Memoria Nortina

Tarapacá

Juanito Zola
Editores
Osvaldo López y Nicanor Polo

PRESENTACIÓN

Le debemos a Mario Bahamonde en su monumental obra, inexplicablemente no publicada, “Guía de la producción intelectual nortina”, quizás la primer reseña a la obra que hoy, ciento tres años después que apareciese en Iquique, reeditamos. Dice: “. . . novela sobre la descomposición social de Iquique motivada por el capitalismo salitrero y la ambición de las clases altas. Los personajes encierran nombres en clave con respecto a las familias iquiqueñas de la época. El seudónimo de “Juanito Zola” responde a los periodistas señores Osvaldo López y Nicanor Polo, residentes en Iquique. La novela fue adquirida por los afectados y, de este modo, fue retirada de circulación. Sin embargo queda un ejemplar en la Biblioteca Nacional y otro en la Biblioteca de Mariano Latorre” (Bahamonde, 1971).
En la década de los años ochenta dos iquiqueños consiguieron copias de esta obra. Pedro Bravo Elizondo, se la llevó a Estados Unidos, y Ramsés Aguirre Montoya la trajo a Iquique. Al leerla pensé en reeditarla para su centenario. No se pudo. El destino, sin embargo, puso en mi camino a Cristóbal del Río, quien, sin ninguna duda, aceptó la idea de ponerla a disposición de los lectores. Y aquí está como un homenaje a esos dos intelectuales de comienzo del siglo XX.
El año 1903, la imprenta El Pueblo, ubicada en la calle Serrano Nº 83, edita la novela “Tarapacá”. El subtítulo señala “Novela Socialista por Juanito Zola”. Sus editores son Osvaldo López y Nicanor Polo. En la página que sigue dice: “Novela local, debido a la pluma del escritor don Juanito Zola”. Tiene 479 páginas. Tapa de cartón y mide 25 cms de alto por 18 cms de ancho.
Para la historia social y cultural de Iquique, y del norte grande, “Tarapacá”, constituye un olvido imperdonable, no tanto por su calidad literaria que, puede ser cuestionada, pero sí, por su carácter testimonial, en tanto recrea el Iquique y la pampa de principio de siglo.
“Tarapacá”, si no se demuestra lo contrario, es la primera novela editada en Iquique y, cuya trama se desarrolla entre el puerto y la pampa. Escrita desde la posición de un narrador ilustrado, preocupado de la emancipación del proletariado.
Poco se sabe de Osvaldo López y menos aún de Nicanor Polo. Sobre el primero, se dice que nació en Valparaíso, el 5 de agosto de 1857 y que muere en Santiago en 1922. Fue artista de circo e hizo teatro obrero. Fue un intelectual obrero, editor del diario El Pueblo, y autor del “Diccionario Biográfico Obrero”, publicado en 1912. Sobre este autor, Luis Moulián, dirá que resulta increíble que un intelectual de la talla de López, esté postrado en las sombras y en el olvido (Moulián 1996: 6). Agrega, además, que la labor desarrollada por López en Iquique, le significó ataques y atentados de los que salvó ileso. La imprenta de su propiedad fue quemada y destruida en más de una ocasión. De ello, es fácil entender, en consecuencia, la furia de los salitreros y del clero, por silenciar la novela “Tarapacá”.
Este silencio, persiste, sin embargo, en la actualidad. En las antologías sobre literatura, es casi frecuente el olvido de los escritores nortinos. La obra de López y Polo, ni siquiera es conocida en los centros de estudios tanto universitarios como de enseñanza media.
“Tarapacá”, es una novela en que su autor describe a sus personajes en torno a cuatro ideas centrales. Primero, señala el ambiente de podredumbre moral en que vive la burguesía iquiqueña de la época; segundo, denuncia las pésimas condiciones de vida de los obreros, tercero, muestra la fuerza moral de un hombre, Juan Pérez cuyo objetivo era:
“. . . constituir una gran federación de obreros, una sociedad vasta y bien organizada, de la que ningún operario se sustrajese. Y pensó que esa institución gigantesca extendida desde Zapiga hasta Lagunas, podía convertirse en la República del Trabajo, la que se iniciaría con una fiesta roja que hiciera conmover los cimientos en que descansa la República burguesa” (Zola, 1903: 24).
Y cuarto, ofrecer una solución al conflicto y a la explotación que se vivía en la pampa.
Osvaldo López fue el fundador de la prensa obrera en el norte grande de Chile. A fines del siglo XIX llega proveniente de Valparaíso a Iquique. Funda el diario “El Pueblo”. En este periódico logra darle voz a los cientos de miles que viven en deplorables condiciones. Según la historiadora María Angélica Illanes, logra articular una red de corresponsales esparcidos a lo largo y ancho de la pampa. Los poetas populares encuentran en éste, una tribuna en la que expresan sus esperanzas y frustraciones.
El mismo año en que se edita “Tarapacá” Osvaldo López sufre un intento de asesinato en la Plaza Condell. La investigación señala como responsables a dos miembros de la policía secreta de Iquique.
Con la reedición de “Tarapacá” queremos llenar el vacío que existe en la literatura nacional, sobre todo nortina. Ya lo hicimos con la obra de Theodor Plievier “Revuelta en la pampa salitrera”. También un modo de reconocer la gran obra realizada por Osvaldo López y Nicanor Polo. Además, como un modo de conmemorar los cien años de la matanza de la escuela Santa María.

Bernardo Guerrero Jiménez
En Iquique, otoño de 2006

PRESENTACIÓN

TARAPACÁ, Novela olvidada (y sepultada) sobre la Era del Salitre en Chile.
El salitre por su significación histórica en el desarrollo económico de Chile (1880 – 1930+), y su alcance en las luchas sociales y organizativas del movimiento obrero chileno, fue motivo persistente en la literatura. A través de poemas, novelas, cantatas y obras de teatro, autores nacionales y extranjeros anotaron no sólo el testimonio de una época, hoy conocida entre los estudiosos como la Era del Salitre, sino una muestra de la impronta que tal período dejara en ellos, desde el poema “Las Pampas Salitreras” (1896) de Clodomiro Castro, a las narraciones de Theodor Plievier y “Revolt on the Pampas” (1937), traducida como “Rebelión en la Pampa Salitrera” (2003), pasando por Andrés Sabella y “Norte Grande” (1944), Luis González Zenteno, “Caliche” (1954), Volodia Teitelboim, “La semilla en la arena” (1957) para llegar a Hernán Rivera Letelier y “La Reina Isabel” cantaba rancheras (1994), “Himno del ángel parado en una pata” (1996), “Fatamorgana de amor con banda de música” (1998) y “Los trenes se van al Purgatorio” (2000). Denise Astoreca nos entrega “Remolinos en la Pampa” (1996), Sergio Missana “El Invasor” (1997), Roberto Castillo “Muriendo por la dulce patria mía” (1998) y finalmente Patricio Jara quien recrea de alguna manera “la pre- historia de Antofagasta” como cataloga sus dos novelas “El sangrador” (2002) y “El mar enterrado” (2005). Todos ellos aportan diferentes visiones y puntos de vista sobre nuestra tierra salitrera. Aclaro que la lista no es exhaustiva.
Iquique, durante algunos años el puerto más importante del litoral, cuenta con la primera novela del salitre, TARAPACÁ (1903), dedicada por el autor Juanito Zola, “A los obreros de Tarapacá. ” En las anotaciones figuran como editores Osvaldo “Mocho” López y Nicanor Polo, ambos periodistas. Del primero sabemos que residió en Iquique a comienzos del siglo XX. Su interés en la gesta social lo llevó a editar un “Diccionario Biográfico Obrero”, en el que solicitó a cada dirigente del país una pequeña biografía y datos pertinentes a su labor sindical. Como editor del periódico El Pueblo de Iquique, el Comité Obrero de la Pampa le solicitó que dirigiera los debates para realizar la presentación a la Comisión Consultiva del Norte (1904) de un memorial del cual se pidió a López la redacción de un folleto del que se editaron mil ejemplares, en el cual los pampinos plantearon sus puntos de vista sobre el sistema laboral vigente.
Los editores de “Tarapacá” conocen muy bien la obra del padre del naturalismo francés Emile Zola, “Germinal” (1885), en la que presenta las condiciones laborales de los mineros del carbón y su predicamento de la novela como indagación social. De esta manera el narrador es portavoz de la realidad político-social y su registro del ambiente corresponde a la transposición literaria que caracteriza el naturalismo y la concepción utilitaria de la literatura.
Los autores de Tarapacá son los primeros en Chile y América Latina en escribir un “Germinal” a la Zola, adelantándose a Baldomero Lillo y sus narraciones de la zona del carbón, “Sub Terra” (1904). Consciente de su modelo literario, la oficina salitrera foco de interés de la narración, se llama “Germinal”, lo que en el plano metafórico apunta al despertar de la conciencia obrera pampina y a la idea implícita en Zola del alzamiento revolucionario en el mes de “germinal” (1º de abril de 1795, durante la Convención).
Tarapacá se adscribe a la técnica documental e historicista, que a la estrictamente literaria, en cuanto relata la trayectoria de personajes reales con un trasfondo sincrónico de sucesos ocurridos en la pampa salitrera, con cuyos elementos el autor representa el espacio salitrero, aunque no necesita literaturizar las condiciones de vida de los pampinos para igualarlos a la explotación de los mineros carboníferos de Zola. Por tal razón se asegura al lector que la novela “posee el mérito de tener su fuente en la verdad, y de ser escrita por un hijo del pueblo”. El autor esta dentro del ámbito obrero, no fuera de él, de allí su simpatía y empatía para con ellos. De la misma manera, se inserta en el medio ambiente de la elite iquiqueña. Esta mirada doble, le otorga la perspectiva ideal para el contrapunto. No olvidemos que sólo la escritura recoge la voz del otro.
Como novela de tendencia política, busca la identificación del lector con la historia y el trasfondo de los hechos. Para verificarlos, basta recordar Iquique y la pampa salitrera del 1900, donde imperan las grandes compañías y en el puerto su secuela de corrupción, politiquería y caciquismo, fiel reflejo de la actividad chilena de la época, a lo que se agregan las primeras huelgas generales, la de julio de 1890 y la de diciembre/enero de 1902, dirigida por la Combinación Mancomunal de Obreros de Iquique.
En la explotación del salitre, en el plano laboral, intervenían fundamentalmentecuatronacionalidades,chilena,peruana,boliviana y argentina. En el administrativo y de ‘management’, ingleses, yugoeslavos, alemanes, amén de los criollos. Los primeros fueron los grandes inversionistas, y atrajeron a cientos de compatriotas, obreros calificados, ingenieros, mecánicos y administradores al lejano Norte chileno. La novela rescata la memoria de todos ellos. La internacionalización a todo nivel, hace que un viajero francés, Andrés Bellesort, se refiriera en 1897 a los habitantes chilenos en Iquique, como “La Colonia Chilena. ”
La publicación de “Tarapacá” provocó escozor en la burguesía iquiqueña de la época, al igual que “Casa Grande” (1908) de Luis Orrego Luco en Santiago, no por el tema obrero, sino por los comentarios íntimos de la clase dirigente y los nombres en clave fáciles de reconocer. El ‘establishment’ compró la edición y la novela fue sepultada en el olvido. Hernán Rivera Letelier en “Fatamorgana con banda de música” rinde homenaje a “Tarapacá”, al mencionar el narrador que el padre de Golondrina, peluquero de profesión, anarquista por ideología, Sixto Pastor Alzamora tiene consigo un ejemplar de ella.
El dinero proveniente del salitre eliminó la circulación del texto. No sabemos cuántos originales aún permanecen en algún baúl antiguo. El de la Biblioteca Nacional de Santiago que tuve en mis manos, ya no existe. De aquí el valor de esta re-edición, debido al interés del profesor Bernardo Guerrero Jiménez, quien como un viejo anticuario ha desempolvado y recuperado el discurso del salitre, al cumplirse el centenario de un texto que registra la gesta del proletariado pampino, la vida en Iquique con sus barrios e inquietudes, una amalgama que hoy es leyenda y mito, como toda verdadera historia de un pueblo.

Pedro Bravo Elizondo
Wichita State University

NOVELA TARAPACÁ

Hurgar en el desierto sin duda estremece, encontrar documentos que milagrosamente se han mantenido por casi cien años en las abandonadas oficinas y pueblos salitreros, bajo el sol calcinante casi milagrosamente surgen verdaderos tesoros del tiempo como: invitaciones a galas en el Teatro Olimpo de Huara con artistas nacionales y extranjeros, seguros industriales emitidos en Liverpool y botellas de Champagne francés, son sólo un fragmento inimaginable de ese frenético pulso que vivió el desierto mas árido del mundo por casi ochenta años.
Pero son pocos los testimonios de la otra cara de la moneda que se pueden encontrar, el dolor, el trato déspota y la impotencia sufrida por los que entregaron sus mejores años a la pampa, no dejaron marcas ni registros tangibles. Alguno puede decir que las fichas con que se pagaba a los obreros y que todavía aparecen diseminadas en algunas oficinas son ese testimonio. Tienen razón, es la prueba económica y tangible de que una ley publicada por el Congreso Chileno en 1885 prohibía la circulación de cualquier otra moneda que no fuese la oficial de la república, se nombraron comisiones de parlamentarios que jamás nada hicieron, pero no importaba, se hizo la vista gorda ya que los afectados con aquel ilícito no eran los mas conocidos ni los que tenían más influencia en la sociedad chilena.
Yo me refiero a ese dolor, de lágrimas, de corazones apretados con la rabia de la injusticia sufrida. Eso no está, solo las tumbas anónimas en los cementerios del desierto guardan esos secretos que difícilmente podremos algún día escudriñar. La situación no ha cambiado mucho y que este país es conservador nadie lo discute, ha pasado casi un siglo y todo sigue igual. Cientos de miles de personas que con esperanza y credibilidad pusieron sus ahorros en los sistemas de pensiones, hoy ven que sus ahorros de toda una vida se han transformado en una jubilación miserable, pero las autoridades, casi calcadamente al periodo salitrero, nombran comisiones para estudiar la situación y seguramente, y como ha sido siempre, los mas beneficiados serán las minorías, los dueños del capital a los que no se puede tocar, los otros tendrán que seguir esperando, quizá otro siglo.
Casi milagrosamente de toda esta oscuridad surge una fotocopia que inteligentemente obtuvo el profesor universitario y gran escritor Bernardo Guerrero. No se trata de otro documento mas, es ni mas ni menos que la novela “Tarapacá”, la primera que se tenga registro del norte salitrero y que se le denominó la novela maldita por aquellos que se sintieron aludidos, aquellos que quemaron sus ejemplares e imprenta y persiguieron a sus autores Nicanor Polo y Osvaldo López, quiénes no sólo nos transmiten vívidamente aquella época, sino que además testimonian el nivel de preparación intelectual que llegó a tener el movimiento anarquista en esta región.
Esta obra es el testimonio de los sueños y padecimientos de la clase obrera salitrera y además de la degradación moral y espiritual de aquellos que lo tenían todo. Se ha dicho que la calidad literaria de la obra puede ser discutible, para mi el análisis no puede tomarse por esa vertiente, es principalmente un testimonio histórico tanto en sus páginas como fuera de ellas, ya que fue tanto el odio y la furia que desató en los que se sentían aludidos como: jueces, curas, militares y políticos, que quedó solo un ejemplar guardado en la Biblioteca Nacional, que en el 2002 curiosamente desapareció. Ese es su valor; no pasó desapercibida por los aludidos, es por eso que no pudimos mirar para el lado.
Cuando supe que existía la posibilidad, más de un siglo después, de reimprimir esta novela, exterminada de manera inquisitiva; me sentí con el deber de participar y colaborar para devolvérsela a la historia. El mundo no ha cambiado. La gran Patria soñada por tantos desheredados del derecho de ser simplemente felices, aún está lejos de existir. Esa patria universal que proclamó y que menciona la novela “Tarapacá”, no la de una elite, sin fronteras, sin desigualdades, donde las montañas, los mares, los ríos, la cultura, la educación, la salud, el techo y alimento y por último. . . la justicia, sean el derecho para todos por igual.
Agradezco una vez más el haber tenido esta oportunidad de colaborar en este importante hecho histórico y cultural.

Cristóbal del Río Siggelkow

A LOS OBREROS DE TARAPACÁ
Cuando viví en esa árida y desolada Pampa del Tamarugal, compartiendo con vosotros las viscisitudes de una existencia triste y afrentosa, germinó en mi cerebro la idea de escribir una novela, que fuera algo así como una historia de lo que ocurre en la rica provincia de Tarapacá, teatro de muchas proezas y de grandes crímenes.
Libre ya de esa férula odiosa, que soportais aún con tanto estoicismo, y disfrutando de la tranquilidad de mi hogar, del cual me apartaron ilusiones de una juventud inexperta, he tratado de anotar en esta novela los apuntes de mi libro de memorias.
“Tarapacá”, no es un monumento literario, ni siquiera una obra de mediano valor intelectual; pero, posee el mérito de tener su fuente en la verdad, y de ser escrita por un hijo del pueblo, honrado y sincero como todos los hombres de su clase.
Recibid, pues, la novela que os dedico, como una muestra de compañerismo y estimación.

JUANITO ZOLA
Santiago, 1º de septiembre de 1903

LIBRO PRIMERO
I
La junta de la Asociación Salitrera de Propaganda, había terminado en medio de la consternación más terrible, en que los rostros de los miembros de esa institución comercial, mostraban la lividez de los cadáveres.
Verdaderamente, que la noticia no era cosa para reir. Veían destruidos en un día los brillantes negocios soñados por sus cerebros de grandes expeculadores. ¡Adiós lujosas moradas en Londres y en Berlin, expléndido boato en Iquique y enorme derroche de dinero en los Clubs! ¡Adiós soberbios banquetes, carreras de caballos y noches de orgía en los burdeles aristocráticos!. Todo eso tendría que terminar, y podrían darse por muy satisfechos, si de la venta de las maquinarias de las oficinas y del salitre, que pudieran elaborar hasta dentro de dos años, sacaran lo necesario para vivir modestamente.
¿Pero, era posible semejante enormidad? ¿No sería aquello una bola, de esas que, continuamente, transmite el cable? ¿No habían dicho los yankees, otra vez, que tenían salitre en California, lo que era una gran mentira? Ahora, no se podía desconfiar; las grandes maquinarias que habían salido de Nueva York y Baltimore, para el Africa, no dejaban lugar á duda de que, en el desierto de Sahara, existían inmensos depósitos de nitrato.
En la sesión, se habían leído documentos, enviados por los corresponsales de la Asociación en Europa, en los que detallaban latamente los análisis efectuados con el caliche africano, las hectáreas de terrenos salitrales, la abundancia del mineral y su buena ley, y las probabilidades de que sería vendido á un precio sumamente barato. Agregaban los corresponsales que ya se había dado principio á los trabajos de extracción, y que los puertos de Marruecos se veían invadidos por una plétora de inmigrantes, que acudían de Europa y del continente africano.
A los dueños de oficinas de Tarapacá, no les quedaba otro recurso que hacer pagar los platos rotos á los obreros, sistema antiguo, que tiene por objeto aniquilar al operario, para resarcirse de pérdidas ocasionadas en el juego, en las bacanales, en el lujo desmedido, ó en la Bolsa. En el local de la Asociación, se había hablado de introducir economías en la elaboración, para ahorrar todo lo posible en los dos años que le quedaban de vida al salitre tarapaqueño, y desde luego, los capitalistas, estuvieron acordes en disminuir los jornales y aumentar los precios de los artículos de consumo. Las injustas leyes sociales que nos rigen, iban pues, á hacer una vez más muchas víctimas entre la clase humilde, que viene al mundo con el estigma de ser bestias de carga; clase sobre la cual pesa la sombría maldición de Dios, al arrojar á Adán del Paraíso: “Comerás el pan con el sudor de tu rostro.”
La impresión que produjo en los salitreros la alarmante noticia de Europa, se debía á que ellos tenían sus cálculos trazados de treinta años más de explotación, y se veían, de la noche á la mañana, caídos de la nube en que cabalgaban orgullosos por los espacios siderales. Nada habían aprovechado en veinticuatro años de pingües negocios, de usura y explotación de los operarios, arrojándolo todo por la ventana, confiados en que les quedaba mucho tiempo para pensar en el porvenir. Los millones que habían derrochado, costaban muchas vidas y miles de sufrimientos y privaciones de obreros; pero, á ellos nada les importaba las miserias de los proletarios, porque los consideraban como seres nacidos para purgar crímenes no cometidos, para vivir en la indigencia y morir en el abandono.
Media hora después de la junta de la Asociación, los capitalistas, habían olvidado los dolorosos datos, y, alrededor de las mesas del Club Inglés, ahogaban los últimos penosos recuerdos entre copas de whisky y rebanadas de queso suizo.

II
El plan de los oficineros, de rebajar los jornales en un veinticinco por ciento, había caído como una bomba entre el elemento obrero, que, hacía años, soportaba pacientemente la explotación inicua que se hacía con su trabajo. Ya no bastaba el cercenamiento que, paulatinamente, se había hecho en los salarios, sino que, so pretexto de futura crisis comercial, se introducía en ellos una merma escandalosa.
Como obedeciendo á una misma consigna, los correctores y mayordomos de máquina, habían notificado á los operarios de su dependencia que, la piltrafa que se les daba en pago del sudor y sangre que derramaban, tenían que disminuirla á tres cuartas partes; que la casa iba á sufrir fuertes pérdidas, con el descubrimiento de salitre en el Africa; y que si algunos no estaban contentos con las nuevas medidas, podían retirarse.
Los quince mil trabajadores de las faenas salitreras de Tarapacá, tuvieron un momento de estupor, ante semejante actitud de los patrones, y la vacilación se apoderó de todos los ánimos, sin que nadie pudiera pensar qué se debía hacer. La orden, los había cogido tan despreocupados, que no tuvieron palabras qué responder. Algunos jóvenes osados, solteros y libres como las aves, quisieron protestar; pero la mayoría, que era compuesta de jefes de hogares, vislumbró las aventuras á que se exponían, retirándose del trabajo, sin contar con las economías necesarias para gastos de movilización.
Nadie aprobó la disminución de los jornales; pero dieron á entender con su silencio, que aceptaban la reforma. Talvez influyó mucho en esa aceptación muda, el horror que les inspiraba el campo con sus salarios tan reducidos, ó el deseo de ir á sus antihigiénicas covachas á consultar con su almohada lo que debían hacer.
Al día siguiente de haberse rebajado los jornales, el clamoreo de las mujeres, en las ventanas de las pulperías, era inmenso. Reclamaban del súbito aumento del precio de la carne, del pan, de las menestras y de todos los artículos de consumo, y les preguntaban á los pulperos si los capitalistas, no contentos con robarles á sus maridos la cuarta parte del salario que les pagaban, subían escandalosamente el valor de las mercaderías. Algunos escasos pulperos, hombres de buen corazón, daban escusas y lamentaban las órdenes superiores; otros, contestaban a las señoras con frases obscenas y gesticulaciones groseras, tirándoles los objetos por la cara y amenazándolas; y algunos, se acaloraban de tal manera en la discusión, que daban de palos ó poruñazos á sus contendores.
A las diez y media de la mañana, hora en que empieza el almuerzo obrero, las maldiciones que se oían en los campamentos, llenaban la atmósfera de las habitaciones de un vaho malsano que enrarecía el aire y ahogaba á los moradores. Las mujeres se quejaban de que la plata que les daban sus maridos, no alcanzaba ni para el caldo; y los hombres renegaban contra la baja de los jornales. En la tarde, el furor llegó a su colmo, cuando el periódico obrero, editado en Iquique, que era el portavoz de ellos, anunciaba que las autoridades, con el objeto de apoyar á los capitalistas, que temían levantamientos, originados por las economías introducidas, habían inventado la farsa de decir que la peste bubónica acababa de aparecer en la pampa, y mandado á las diferentes estaciones del interior destacamentos de cien hombres de línea, llegados en el crucero Ministro Zenteno.
Antes de notificar á los operarios la resolución de rebajarles los jornales, los capitalistas, se habían avocado al Intendente de Tarapacá, comunicándole sus temores, y consiguiendo de él el pedido al Gobierno de dos batallones de tropa, á cuya llegada a Iquique se declararía en la pampa una de las pestes más temidas; la bubónica, por ejemplo. El Gobierno de Santiago, fiel á su compromiso de tener el ejército á la disposición de los intereses extranjeros, no había trepidado en acceder á lo pedido por los ingleses y alemanes de Tarapacá. Mandaba á la rica provincia del Norte, un puñado de soldados, para que maltrataran y fusilaran á sus hermanos de infortunio.
¡Qué farsa tan grande, son las constituciones de los países! Todas reconocen los mismos derechos, á pobres y á ricos; pero cuando llega la ocasión de que el Capital y el Trabajo son beligerantes, la constitución no existe para los pobres, y las balas de los rifles ó los yataganes, se encargan de acorralar al rebaño obrero en las propiedades del señor.
Instalados los piquetes de tropa, en todas las estaciones, desde Zapiga á Lagunas, se colocó carteles en los pueblos y oficinas, anunciando que el flajelo de la India acababa de aparecer en la provincia y que se hacía necesaria la presencia de fuerza armada para combatirlo, como si la tan temida epidemia fuera cosa capaz de ser destruida á balazos.
III
El cuartel general de la Junta de sanidad, compuesta por los doctores pampinos de todo el Tamarugal, estaba en Central, y de ahí se impartían las órdenes á las dos secciones en que está dividida la región del salitre. La primera medida de la Junta, fué ordenar el registro de los campamentos, para mantener en perfecto estado de limpieza las habitaciones. Los obreros, que sabían por su órgano LA VERDAD, de que todo no era más que una burda comedia, sonrieron ante este medio de combatir la peste. En lugar de limpiar las calles de los campamentos, verdaderos muladares, donde las inmundicias se descomponían tranquilamente á los ardientes rayos solares, se penetraba á sus hogares, en busca de los gérmenes del mal.
El registro, se efectuó simultáneamente en todas las oficinas, en una hora en que los operarios estaban casi todos en sus labores: los particulares, barreteros y carretoneros, en la pampa; los tiznados, chancheros y derripiadores, en la máquina. Comisiones de soldados, mandadas por oficiales, cayeron sobre las covachas obreras y lo registraron todo: las cajas, las camas, la cocina y cuánto secreto puede tener una casa. El domicilio, sagrado é inviolable, según la constitución, se vio hollado y vejado por los defensores de esa misma constitución. Las mujeres, que presenciaban ese registro sui géneris, se admiraban de ver que los militares, no les decían nada por alojar chanchos y cabras en las habitaciones, sino que se dirigían directamente á levantar los colchones y á abrir las cajas, de donde sacaban los revólveres y puñales, que les habían costado su plata á los maridos.
Algunas señoras varoniles y que conocían un poco los derechos de los ciudadanos por haberlos leído en LA VERDAD, quisieron oponerse al registro; pero fueron arrolladas por los soldados y obligadas á callarse. Esperaron á sus maridos, para contarles entre suspiros y lágrimas el atropello de que acababan de ser víctimas.
Lo curioso fué, que cuando los obreros volvieron de sus faenas, encontraron que las comisiones militares no solo se habían llevado las armas de su propiedad particular, compradas en los almacenes de Iquique y no prohibidas por ninguna ley, sino también el dinero y las prendas de los baules. Muchas señoras, habían sido estropeadas, al querer intervenir en la sustracción de plata y alhajas hecha por los soldados.
En las distintas oficinas, el registro se había verificado satisfactoriamente por los militares, puesto que solo habían tropezado con mujeres pusilánimes. Solo en la oficina “Germinal”, un obrero valiente é ilustrado, que por casualidad se encontraba en su cuarto cuando llegaron los soldados, había opuesto enérgica resistencia.
-Venimos á inspeccionar la higiene de esta casa, le dijo el oficial.
– Puede Ud. pasar, le contestó Juan Pérez.
Cuando Pérez vió que el oficial, levantaba el colchón, se interpuso cortesmente, y le dijo:
-Perdone el caballero. Yo no tolero que Ud. me revuelva mi lecho. Los reglamentos sanitarios dan facultades á usted para inspeccionar los corrales; pero no para mover la cama en que duermo. El domicilio es sagrado, y si yo le he permitido que penetre usted á esta humilde casa, es porque no se diga que quiero rebelarme contra las autoridades.
Mientras hablaba, Pérez, se había sentado sobre la cama, estirando ambos brazos sobre ella, para no dejar que se la tocaran.
El oficial le replicó:
-Cuando tú tienes tanto interés en que no vea lo que guardas debajo del colchón, es prueba de que ahí tienes armas escondidas.
-Y suponiendo que las tuviera, ¿quién me puede negar el derecho de poseerlas? ¿No me han costado mi plata en Iquique? ¿Acaso las he robado? Si usted no desea que tenga armas, prohiba á los almacenes que las vendan. Puede usted buscar lo que quiera; pero yo prefiero que me haga pedazos, antes de tolerar un atropello tan grande.
Talvez un resto de escrúpulo, que dormía en el alma del oficial, lo hizo vacilar, y no deseando ser autor de una escena desagradable, puesto que la actitud de Pérez, á pesar de su calma, era resuelta, le respondió:
-Caramba que habías sido guapo. Me voy, no porque te tenga miedo, sino porque no quiero estropearte. ¿Quién eres tú, que te muestras tan valiente?
-¡Soy chileno!
IV
Juan Pérez, era un fornido hijo del pueblo, alto y bien formado como todos los que han pasado su juventud en el trabajo, ejercitando los músculos y ganando el pan con muchas fatigas y privaciones. Nacido en Caldera, amaba el mar como á su familia, y cada año, cuando las festividades del 18 de Septiembre le permitían bajar á Iquique, su primer paseo era á Cavancha, sobre cuyas orillas rocallosas se sentaba á contemplar la tenacidad de su viejo amigo, al estrellarse contra las piedras.
El 79, cuando el clarín de la guerra llamaba á todos los chilenos á pelear por la Patria, corrió á enrrolarse á un batallón, y en él hizo su campaña, desde Dolores hasta Miraflores, peleando como un león, y saliendo más de una vez con la piel agujereada. Cuando terminó la guerra, no volvió á su hogar porque supo que los ancianos que le habían dado el ser, dormían bajo la fría tierra. Se quedó en Tarapacá, en el suelo que tanta sangre chilena costara, pensando que tenía derecho á disfrutar del bienestar que había conseguido para Chile, exponiendo su vida en varias batallas.
Pérez, estaba equivocado. El bienestar lo habían monopolizado los aristócratas, los que no pusieron su pecho al frente, los que se quedaron en la capital, aglomerando los rebaños que mandaban á los mataderos de Tacna, Chorrillos y Miraflores. Para los obreros que habían abandonado todo, sufriendo las privaciones de la campaña y quedando tendidos en los campos de batalla, no existía ningún premio. Habían ido á pelear, porque ese era su deber, porque era obligación de los pobres, sacrificarse por los ricos.
Los millones que producía Tarapacá, debían repartirse entre los cogotudos que nada hicieron en la guerra. En cambio, los hijos del pueblo, que formaron esos ejércitos brillantes que pasearon por el Perú el tricolor de la estrella solitaria, debían seguir su misión de bestias de carga, para no morirse de hambre. Lo único que habían sacado, eran unas cuantas cintas de colores y unas pocas medallas de oro ó plata. Con eso quedaba pagado su valor y sacrificios.
Cuando Pérez supo que los que no habían peleado, estaban despilfarrando las riquezas de Tarapacá, se mordió los labios de ira, y de su boca salieron terribles maldiciones para aquellos sinvergüenzas que acudían hambrientos á devorar las viandas de un festín en que se servía el vino en cráneos de chilenos. Pérez, no quería dinero, porque sabía que su sangre no se compraba con plata y porque se consideraba con fuerzas suficientes para trabajar y no pedir limosna; pero le indignaba que los aristócratas, en lugar de destinar las entradas de Tarapacá á obras de progreso, que hicieran de Chile un país adelantado, se entregaban á la molicie, gastando en inmundos vicios lo que no les pertenecía.
V
La Junta de Sanidad de Central se había convertido en oficina militar, en la que los doctores discutían sobre los levantamientos y matanzas que soñaban, sin preocuparse un ápice de los bacilos de Yersin, ni de poner remedio al mal, que, según ellos, acaba de aparecer en la pampa. Y claro, ¿qué iban á estudiar los doctores, si no existía tal epidemia, ni tampoco eran competentes para conocerla?. Simples boticarios que habían conseguido el título á fuerza de influjos, solo podían figurar como médicos en la pampa, adonde, á trueque de un peso que sacaban mensualmente á cada trabajador, no recetaban otra cosa que tilo y tela emplástica; el tilo, para toda clase de enfermedades internas, y la tela emplástica, para heridas, torceduras y quemaduras.
Cada médico, atendía seis ó siete oficinas, con un total de tres mil operarios en ellas, más ó menos, ó sean tres mil pesos que recibían mensualmente. Sin embargo, por tan enorme cantidad, no se daban el trabajo de cuidar con esmero á los enfermos, y, siempre que podían, se desembarazaban de ellos, mandándolos a Iquique.
Estos médicos, que solo conocían de nombre a la bubónica, y que carecían de los instrumentos necesarios para descubrir al bacilo de la peste, puesto que no poseían ni un mal microscopio, habían declarado terminantemente que el flagelo existía, ilusionados por las gratificaciones prometidas por los oficineros, eligiendo como su primera víctima á un pobre hombre, que sufría hacía muchos años de epilepsia. Los restos del desgraciado, fueron rodeados de mucho aparato. Se cercó de tropa la manzana en que murió, se prendió fuego á la casa mortuoria y se redujo á cenizas habitación y cadáver.
En seguida, empezó un espionaje indecente, en el que, individuos, que se titulaban inspectores de sanidad, recorrían las oficinas y estaciones, husmeando y averiguando donde había enfermos, para denunciarlos y hacerlos llevar al Lazareto instalado en Central. La misión de los inspectores, era avisar el lugar en que hubieran enfermos, sea cual fuere el mal de que padecían, para decir que estaban atacados de peste y llevarlos al Lazareto. Por cada denuncio de estos, se les pagaba una prima extraordinaria, aparte del sueldo que recibían. La infamia de esos inspectores azuzados por la ambición de las gratificaciones, llegó hasta el extremo de hacer conducir al Lazareto á individuos que sufrían de espinillas.
En vano, los parientes de las víctimas, protestaban de que se trataba de un cólico, de fiebres ó de un reumatismo. Los carretones plomos del servicio sanitario, sacaban á los sentenciados bubónicos y cargaban con ellos á las estaciones, y de ahí al tren, en viaje al Lazareto de Central, donde, según el humor del médico interno de ese establecimiento, les colocaban uno ó dos bubones ingínales, los hacían mejorar, los declaraban en estado grave, ó los despachaban para el otro mundo.
La clase obrera, convencida de que se trataba de una criminal farsa, soportaba pacientemente tanta ignominia, sufriendo, cual nuevo Job, las plagas que la aristocracia descargaba sobre ella, colocándola en el camino de la revancha, en el cual tendría que haber un victorioso: los de arriba, ó los de abajo.

VI

Los oficineros, que habían pedido soldados, para hacer la rebaja de los jornales, se admiraron de la calma con que los esclavos blancos recibieron la noticia, y de la tranquilidad con que soportaban la bubónica. Un gran pánico se apoderó de ellos, porque presintieron el despertar del león. No dudaron que tras de la capa de serenidad, fermentaban muchas catástrofes.
Comunicaron sus temores á la Junta de Sanidad, y este cuerpo, dictó, como medida de previsión, una orden, prohibiendo bajo penas severas la entrada de gente extraña á las oficinas, y la salida de los operarios á las estaciones. De esta manera, se aislaba á los obreros en las oficinas, evitando el contacto entre las masas, contacto que creía peligroso, puesto quede la unión nace la fuerza.
Los correctores, mayordomos de máquina é ingenieros habían recibido instrucciones de despedir á los trabajadores varoniles, los que eran enviados á Iquique, bajo buena custodia, y de ahí desterrados á los puertos de Norte ó Sur. Se quería por este medio, limpiar al ganado de toros bravos, y solo dejar á los mansos, que tendieran el cuello para uncirles el yugo. Además, los correctores y mayordomos de máquina, debían conquistarse operarios, para que, á trueque de preferencias en las faenas, sirvieran de espías de sus compañeros.
Un médico de la Junta de Sanidad, propuso la prohibición de que LA VERDAD entrara á las oficinas, por cuanto hacía campaña antibubónica y aleccionaba á las masas, abriéndoles los ojos y haciéndolas ver la realidad de las cosas; pero, sus demás colegas, disentieron de ese modo de pensar, que traería como consecuencia el desprestigio del plan que estaban poniendo en práctica con tanta facilidad. Lo mejor, era enviar un agente especial á Iquique, para tratar con el editor del periódico, y comprarlo por medio de una recompensa en metálico. El asunto no era muy fácil; pero, tenían mucha fe en el brillo seductor del oro.
El agente de la Junta, salió de Central para Iquique, y una vez en esta ciudad, envió una tarjeta al editor de LA VERDAD, invitándolo á su alojamiento del Hotel Génova, donde debía tratar con él asuntos de gran interés, que se relacionaban con su porvenir. El editor de LAVERDAD, con esa perspicacia que dan los años y la carrera periodística, adivinó de lo que se trataba y se propuso parar el golpe. Contestó al señor Gomez, que sus muchas ocupaciones no le permitían ir á verlo al Hotel Génova; pero que podía recibirlo en su escritorio, calle de la Luz, número 1.
El agente Gomez, viendo que su primer disparo no había dado en el blanco, no se intimidó y, por el contrario, volvió á la carga con más bríos. Una hora después, se presentaba á la redacción de LA VERDAD, elegantemente vestido y dando á su fisonomía la zalamería más pronunciada. Quería predisponer en su favor el ánimo del periodista.
El editor de LA VERDAD, lo hizo pasar á su gabinete, y con mucha cortesía le preguntó:
– ¿A qué debo la honra de su visita, señor?
-Deseo hablar con usted un asunto reservado, de mucho interés, y le ruego que estemos solos.
Con esta palabra, hacía ilusión al redactor, que escribía en una mesa cercana.
El editor le respondió:
-Su visita á esta imprenta, quiere decir que se trata de asuntos relacionados con la publicación, y como yo no tengo secretos, en este caso, para mi colega, puede usted hablar.
-Es que…………

-Pues, entonces, siento mucho decir á usted que no puedo oirle. Esta es una imprenta pobre, donde vivimos con mucha estrechez. Esta habitación, nos sirve de redacción, administración y sala de recibo. Si el compañero redactor, sale, para dejarle el campo libre, tiene que estar parado en el pasadizo, y yo creo que no sería nada decente que le diéramos ese plantón.
-Si no hay otro remedio, dijo el agente Gomez, algo amostazado, empezaré. Soy comisionado por una persona de gran valimento, para hacer á usted una oferta que creo le ha de convenir. Se trata de que cese usted en esa estéril campaña en que está empeñado, de decir que la bubónica es obra de los capitalistas para hostilizar á los operarios, y de que nos ayude á combatir la epidemia, recomendando al pueblo el aseo y las medidas profilácticas necesarias para evitar que el mal tome cuerpo. En recompensa á su cooperación en esta empresa, estoy facultado para ofrecer á usted dos mil pesos.
-Esa es la puerta, caballero. Usted no viene á insultarme á mi casa. Si yo estoy empeñado en la tarea de ilustrar á la clase obrera, haciéndola distinguir la verdad de la mentira, es porque tengo conciencia de mi misión; y no son dos mil pesos, ni un millón, los que me harían cambiar de opinión. Puede usted decirle a quien lo manda, que el editor de LA VERDAD no se vende.
VII
-Sirve champaña para todos, Laura.
-¿Cuántas botellas?
– Las que quieras. Yo pago.
-Regálame un peso, gringuito.
-Ahí tienes cinco.
-A mí,… á mí,…, á mí,… y á mí.
-Para todas esos cincuenta pesos. ¿Están contentas?
Estas frases se oían en la cantina de una de esas casas de tolerancia que en Iquique llaman irónicamente, decentes, como si la decencia fuera cosa para albergarla en los lupanares, ó para tratarla á puntapié.
Una veintena de gringos, chilenos y peruanos, en su mayoría administradores de oficinas y empleados de alta categoría del comercio de Iquique, rodeaban el mesón, dando el brazo á pintarrajeadas mujeres, blancas á fuerza de polvos. El ruido era ensordecedor. Las mesalinas, reían y charlaban, colgándose al cuello de sus galanes, y éstos, sonreían de satisfacción; entornando sus pequeños ojillos de beodos, en los que llameaba una lujuria máxima: la que puede sentir un burgués que ha comido como un cerdo, y bebido como una cuba.
El champaña, hervía sobre las copas y se esparcía sobre el mostrador, produciendo un murmullo parecido al del vapor; los cristales chocaban unos con otros y se despedazaban; los borrachos, cantaban coplas picantes y daban puñetazos sobre el mostrador; las prostitutas, hastiadas del champaña, pedían jerez, ojén, sidra y soda néctar. Aquello era una Babilonia, en que hablando todos el idioma castellano, no podían entenderse.
La cantinera, una negra, nacida y criada en los prostíbulos de Lima, no podía atender á tanta gente, y con el morado belfo caído; y la piel de cordobán del rostro, bañada de sudor, destapaba botellas y servía copas, escusándose de no tener más que dos manos para servir y recibir el dinero.
-Vicenta, hace una hora que te estoy pidiendo dos medias maltas y todavía no me las sirves.
-Ya va, señor. Tenga usted un poquito de paciencia.
-Oye, Laura, qué despaciosa esta cantinera. Sírveme tú, dos medias maltas.
-Eso es, que sirva la Laura!
-Yo me pongo detrás del mostrador; pero no vendo más que champaña.
– No importa! ¡Venga el champaña!
Y el espumoso vino francés, burbujeaba un rato en las copas, y luego caía por los gaznates de fuego de los bebedores, chorreando las pecheras ó los desnudos senos.
-¡Abailar! dijo una voz, y todos repitieron las mismas palabras, dirigiéndose en tropel al salón, donde un pianista preludiaba un vals. A los primeros pasos dados por las parejas, sonó un timbre y el piano enmudeció. El portero apareció y llamo á la abadesa, la que se dirigió apresuradamente á las puertas de la calle, regresando á los pocos minutos muy oronda, para decirle al pianista que siguiera tocando.
-¿Qué pasó, Laura? le preguntó uno de los danzantes.
-Nada. Era un comisionado, que me ordenaba que cesara la música, porque son las dos de la mañana, y yo le dí diez pesos para que se callara.
Entre los bailarines, no faltaban algunos jovencitos, á quienes las mujeres trataban con mucha confianza, y que no gastaban nada en la cantina, limitándose á beber de gorra. Eran los llamados pijes, mocosuelos, hijo de burgueses, que iban á los burdeles á hacer sus primeras armas en la carrera de la prostitución, á corromperse moral y materialmente, á convertirse en una calamidad física, en la que los doctores usaban el bisturí, el nitrato de plata y el yodoformo, con el objeto de curar la sífilis que los devoraba.
¡Pobres muchachos! Entraban á los lupanares, con la sangre medio envenenada, por la herencia paterna, y en ellos acababan de pudrirse.
Uno de esos mocitos, bailaba con la abadesa Laura, irguiendo la cabeza con mucha altanería, como si tuviera entre sus brazos á la Reina de Holanda. ¿Y cómo no había de estar altanero, si podía jactarse de ser el amante de esa mujer, que ganaba mucho dinero y le hacía abundantes regalos? Los demás pijes, lo miraban con envidia, y más de uno, sentía en su interior el aguijón punzante de los celos.
La llegada de la cantinera al salón detuvo el paseo triunfal del afortunado mocosuelo. La cantinera, habló al oído á Laura, y ésta se dirigió con ella al interior del edificio, diciéndole:
-¡Caramba que eres bruta! ¿No podías mandarles lo que te pedían, sin llamarme?
El amante de la Laura, se sentó en un sofá, y uno de sus compañeros, el más envidioso de su situación, se le acercó y le dijo:
– ¿Te dejó? Parece que alguien la espera en su cuarto.
-No es cierto. La llaman del salón reservado. Están allí los Ministros de la Corte y el Intendente y ellos la han mandado buscar para tomar una copa con ella.
-¿Qué están haciendo los Ministros?
-Viendo cuadros plásticos?
-¿Qué son los cuadros plásticos?
-Exhibiciones de mujeres desnudas, de las que gustan muchos los viejos impotentes.
A las cuatro de la madrugada, empezó el desfile de los trasnochadores, que no deseaban alojarse en casa de mamá Laura. En su mayoría, eran pijes que se iban, ahogando en sus pechos los innobles celos que sentían, al ver que no tenían dinero para quedarse. En la puerta de calle, se despidieron de las afortunadas parejas que ascendían la escalera que conduce á los dormitorios.
El piano, desde el salón, dejaba oir una marcha muy conocida, cuyas notas fueron acompañadas de las mujeres, que entonaron en coro, el familiar estribillo:
¿Qué querís tomar Simón?Agua con sifón, agua con sifón.Yo no quiero tomar ná. Pucha la tontá, pucha la tontá. A pucha el futre,tan bien fantoche, remuele en cochetoda la noche.A pucha el futre, tan bien planchao, no tiene gracia, ni un centao. ¿Qué querís tomar, Colón? Agua con sifón, agua con sifón.
VIII
Una parte de los millones que producían á los industriales la elaboración del salitre en Tarapacá, iba á perderse en los burdeles, en la constante orgía á que se entregaban en Iquique los miembros de la burguesía. Capitalistas, jefes de casas salitreras, tenedores de libros, cajeros y demás empleados, iban noche á noche á dejar á las casas de tolerancia sus ganancias y sus sueldos. A esos templos del vicio, no solo acudían los solteros, sino también los casados, los hombres serios que de día, se les veía muy estirados en los escritorios, y de noche, se dejaban zarandear por cualquiera meretriz.
Mientras los burgueses, dilapidaban en bacanales, y que sacaban de la explotación de los operarios, éstos, sufrían toda clase de privaciones. Comían mal y dormían peor. Se les pagaba un mísero jornal, se les recargaba bárbaramente los precios de las mercaderías, y por último se les castigaba con la bubónica.
Cuántos sufrimientos, habrían calmado los capitalistas si, en lugar de ser los ogros insaciables del oro, hubieran mejorado, en una pequeña parte, la situación de sus obreros. Pero, los burgueses, necesitaban mucha plata, para satisfacer sus inmoderados apetitos. En su insaciable sed de placeres, habían olvidado que en el Sahara, la dinamita estallaba, levantando costras y dejando en descubierto ricos manos de salitre, y se abandonaban con furor en brazos del vicio, dejando que la explosión de una gran catástrofe los sacara de su oriental amodorramiento.
La prostitución, era para ellos el placer infinito, y la cultivaban todas las noches, haciendo gala de sus malas costumbres. Así como algunos individuos, creen de buen tono acudir á los bares, á beber aperitivos, ellos, consideraban como una manifestación de la moda, ir constantemente á los burdeles, á contribuir con su dinero y su salud al culto del vicio, el más propagado entre la juventud que se levanta.
Si los chilenos que pelearon en Tarapacá, Tacna y Miraflores, hubieran sabido que su sangre la derramaban para fomentar crímenes, habrían arrojado á un lado los rifles, corriendo á abrazar á sus enemigos, séres inocentes como ellos, que iban á la guerra, como van las reses al Matadero.
Los pueblos chileno y peruano, el año79, estuvieron muy equivocados, cuando creyeron que peleaban por defender la integridad territorial. No existía peligro entonces, sino la ambición desmedida de un grupo de burgueses de ambos países, que arrojaban á las masas, unas sobre otras, á fin de sacar de ellos la mejor parte, en esa lucha de autómatas. El pueblo era engañado vilmente, con falsas alarmas y discursos llenos de superchería. ¿Cuándo será el día en que la clase obrera, la eterna carne de cañón de todos los países, se convenza de que ella no tiene más que una patria: la patria universal?
Juan Pérez, pensaba en todo esto, y se mesaba los cabellos, en su infecto zaquizamí de la oficina “Germinal”, buscando en su cerebro algo nuevo, que tuviera los rasgos de una redención de los humildes. Leía bastante, y leía cosas buenas, instructivas, que le proporcionaban conocimientos sólidos y un criterio sano, capaz de apreciar la verdad en toda su estensión. Sabía por experiencia, que de la unión nace la fuerza; que la unión, es el principio fundamental de la vida, en sus diversas manifestaciones; que los salvajes como el hombre civilizado, se acercan y estrechan, para construir tribus ó pueblos; que los pueblos necesitan vincularse, para fundar las naciones, y las naciones para formar los continentes; que el aislamiento de los individuos como el de los pueblos, los conduce á la decadencia, á la extinción, como sucede actualmente en el Asia, que el enorme imperio Celeste, se desmorona, mientras el Japón, que ha abierto sus puertas al progreso europeo, se levanta temible, asombrando al mundo.
Desde que Pérez se convenció de que la salvación de los hijos del pueblo, estribaba en una fusión de todos ellos, no tuvo otro objetivo que el de constituir una gran federación de obreros, una sociedad vasta y bien organizada, de la que ningún operario se sustrajese. Y pensó que esa institución gigantesca, extendida desde Zapiga hasta Lagunas, podía convertirse en la República del Trabajo, la que se iniciaría con una fiesta roja, que hiciera conmover los cimientos en que descansa la República burguesa.
IX
Al primer obrero, á quien comunicó Pérez su proyecto, fué á su vecino Pedro Mendoza, joven peruano, de unos veinticuatro años de edad, que era su compañero de calichera.
Una tarde, que volvían de la Pampa al campamento, hablando sobre el acopio que iban á entregar, lo abordó de la siguiente manera:
-Hemos pasado ciento cinco carretadas de caliche, que á dos pesos carretadas, suman doscientos diez pesos, de los cuales nos tocan ciento cinco á cada uno. En los dos meses que hemos trabajado, para sacar ciento cinco pesos, he recibido de diario noventa; asi que el alcance que voy a tener, es de quince pesos. ¿Que le parece compañero, nuestra situación? Trabajar dos meses, comiendo miserablemente, para obtener al fin de fiestas, quince pesos!
-Igual cosa me sucede á mí. Con el alcance que saco, no tengo ni para comprarme un buen pantalón. Ya esto no es vida; y al paso que vamos, nos convertiremos en bestias, trabajando solamente para comer un mal pienso.
-No hay que desesperar, compañero Mendoza. Podemos aún conquistar el bienestar que no gozamos.
-¿Está usted loco, Pérez? ¿Conquistar bienestar, cuando la carne es objeto de lujo, que sólo se puede comer una vez por semana?
-Todo depende del modo, de la manera como nos las arreglemos para que los que trabajen no elaboren más miel para los zánganos. Y crea usted, que no quiero la extinción de los zánganos, nó. Lo que quiero es que trabajen y se vuelvan obreros.
-¿Cómo se conseguiría eso?
-Hay un medio de obtenerlo; pero se necesita que los que lo realicen, sean hombres de alma grande, y valientes; que todos los obreros de Tarapacá nos unamos y formemos una sociedad poderosa y sólida.
– ¿Y esa sociedad que haría?
-Esas son cosas que debo decirle, cuando usted me jure por su palabra de honor, que es capaz de sacrificarse por sus hermanos. Y como ya hemos llegado al campamento, y no conviene que cualquiera se entere de lo que bulle en mi cerebro, mañana seguiremos la conversación.
-Pérez y Mendoza, pasaban en esos momentos por frente á la casa de la administración, en cuyo corredor, arrellenados en sillones, charlaban alegremente los burgueses, bebiendo aperitivos que predispusieran sus estómagos para recibir una buena cantidad de viandas exquisitas.
-Pérez miró su vestimenta humilde y llena de polvo, la comparó con las flamantes telas y las cadenas de oro que llevaban los burgueses, y no se pudo reprimir.

-¡La sociedad de que le hablo, haría trabajar como á nosotros, á esos holgazanes! le dijo á Mendoza.
X
Al día siguiente, cuando se encontraron en la calichera, Mendoza, á quien habían interesado las palabras de su compañero, reanudó la conversación:
-Anoche, me acosté, pensando en lo que me dijo usted ayer, y soñé que todos los pampinos, nos habíamos levantado é impuesto nuestra voluntad á los patrones.
-Puede ser que tenga mucho de verdad ese sueño, si nuestros compañeros dan pruebas de virilidad.
-¿Y por qué nó, tratándose del bienestar, de la terminación de las miserias que estamos sufriendo?
-Me alegro de que se muestre partidario de los medios extremos. Hay que convencerse, compañero Mendoza, que el obrero, por los medios pacíficos, no conseguirá nunca hacerse respetar. Las pruebas están palpables. En Valparaíso, el 12 de Mayo, hubo que incendiar los edificios de las Compañías de Vapores, para obtener un aumento de salario.
-Voy comprendiendo sus intenciones, compañero Pérez, y deseo que de una vez me declare lo que piensa.
-Bien, Mendoza. Voy á abrirle mi corazón, para que sepa usted la que madura en mi cabeza. Usted es peruano y yo soy chileno; pero eso no quiere decir que no seamos hermanos. Para los pobres, no hay patria, no hay leyes, no hay justicia. El obrero, es una bestia en todos los países, al que se aprecia, según la fuerza de resistencia que tenga para el trabajo. En Tarapacá, estamos pasando por una gran crisis, en la que hemos llegamos á la triste situación de reemplazar la carne por el frangollo. Todo por qué? Porque vivimos aislados, porque no hay entre nosotros hombres capaces de mancomunar á todos los desheredados de la fortuna, y disciplinarlos para la reivindicación de nuestros derechos.
-¿Y usted, por qué no se pone á la cabeza de ese movimiento?
-Eso es lo que voy á hacer, querido amigo, siempre que cuente con hombres honrados y del temple de usted.
-Cuente conmigo en su empresa, compañero, y le juro por esta luz que nos alumbra, que Pedro Mendoza será uno de los doce apóstoles del Cristo Pérez.
-Gracias, por el título. Seré un Cristo; pero no me dejaré crucificar; porque sobre el Calvario de nuestra vida, es el Capital quien pagará sus crímenes.
-¿Cómo comenzaremos nuestra labor?
-En primer lugar, tendremos esta noche una reunión en mi casa, usted, yo, Manuel Retamales, Francisco Urbina y el cuyano Juárez. He escogido mi casa para celebrar esa junta, porque como soy soltero puedo disponer de toda mi covacha para este caso. La misma conversación que he tenido con usted, la tendré con los otros, y como sé que ellos son valientes y honrados, el negocio estará arreglado. En seguida, los cinco, nos convertiremos en propagandistas de los nuevos ideales, tratando de agrupar á los obreros de esta oficina y á los demás de la Pampa del Tamarugal.
-Ojalá nuestros deseos no se vean obstruídos por la desgracia.
– No lo serán, porque sabremos trabajar.
– Silencio, compañero. Oigo los pasos de la mula del corrector.

XI
Los oficineros, en vista de que los obreros, no daban señales de protesta, en dos meses que llevaban de bubónica, creyeron que el pez había caído en la remanga, y que era innecesaria la Junta de Sanidad de Central, la nube de inspectores, los carretones plomos y los destacamentos de fuerza de línea. Dieron las gracias al Gobierno por su oportuno envío de tropas, y se dedicaron con toda tranquilidad á sacarles el jugo á sus esclavos.
¡Qué engañados estaban los oficineros, cuando creyeron que las apariencias de sumisión eran realidad! Con sus grandes inteligencias de hombres educados en las Universidades, no alcanzaban á ver más allá de sus narices.
Una capa de ceniza, se extendía sobre las brasas sociales, que permanecían en activa combustión, esperando que algun osado soplara el polvillo blanco, para que apareciesen á la vista los rojos carbones, simbolizadores de corazones en los que palpitaba el odio y la revancha de muchos siglos.
El osado, existia en la oficina “Germinal”; se llamaba Juan Pérez; y ya había dado principio á su obra redentora de agrupar á todos los obreros bajo una bandera, para llevarlos á la lucha, donde debían jugar el todo por el todo.
La reunión acordada por Pérez y Mendoza, se realizó en el cuarto del primero. Acudieron, aparte de los iniciadores, Manuel Retamales, Francisco Urbina y Fernando Juárez. Pérez y Retamales, eran chilenos; Urbina, boliviano; Mendoza, peruano; y Juárez, argentino. Podía decirse que el elemento obrero de Chile, Bolivia, Perú y Argentina, estaba representado por esa minúscula junta.
Como en un cuartucho de obreros, esquilmados y tiranizados por el Capital, no podía haber las comodidades de que disfrutaban los burgueses, los concurrentes, se instalaron del mejor modo que pudieron. Pérez y Mendoza, como más de casa, se sentaron en la cama; Retamales y Urbina, sobre la caja de pino, en que guardaba su ropa el dueño de casa; y Juares, sobre un cajón que había sido de cerveza y que entonces hacia las veces de velador, lavador, silla, etcétera. Por falta de mesa, la vela, acuñada en una botella, fué colocada en el suelo, en medio del círculo formado por los asistentes, lo que permitió ver dibujarse en la pared las anchas siluetas de Pérez y Mendoza, parecidas á las sombras de dos gigantes mitológicos.
Los cinco obreros, con los sombreros colocados sobre el húmedo suelo, fumaban sendos cigarrillos, manteniéndose en el más profundo silencio, como si se encontraran en una iglesia. Comprendían la seriedad de lo que iban á tratar, y revestían sus modales de mucha solemnidad.
Perez, fué el primero que habló, y después de manifestar que podían tener confianza, puesto que de un lado tenían por vecinos á la familia de Mendoza, y del otro, á un matrimonio, cuyo marido estaba en su labor de derripiador, mientras la mujer se entretenía por ahí cerca, en el cuarto de un joven, ayudante de mecánico, dijo:
-Los he llamado, compañeros, para comunicarles mi modo de pensar, respecto á la situación de nuestros hermanos de infortunio. Los capitalistas, no contentos con habernos explotado á su antojo, durante veinticuatro años han querido sacarse con nosotros el clavo del Sahara, rebajándonos los jornales é inventando la bubónica. Todo esto, lo hemos soportado pacientemente. ¿Por qué? Lo ignoro. La culpa de que ellos, en veinticinco años de expléndidos negocios, no hayan aprovechado el dinero que han derrochado en vicios, la estamos pagando nosotros. Esto no es justo. El ánimo se subleva ante tamaña iniquidad. Es necesario que cese este estado de cosas.
-Tiene razón, contestaron los demás, en coro.
-Pues bien, antes de entrar de lleno en el objeto que motiva esta reunión, quiero saber si ustedes están dispuestos á ayudarme en la tarea de redimir á los obreros, sacrificando si es posible vuestra tranquilidad y vuestra existencia, porque en la vida, es necesario muchas veces la inmolación de unos pocos para la salvación de muchos. Yo y Mendoza, hemos jurado dedicar nuestras energías y nuestra sangre á la causa del pueblo. Ahora, solo falta que vosotros nos imiteis.
Retamales, Urbina y Juarez, se pusieron de pie, y con voz temblorosa, en la que se traducía una emoción intensa, exclamaron:
– Lo juramos, por nuestro honor.
-Perfectamente, les contestó Pérez. Los hijos del trabajo, no necesitan muchas fórmulas para jurar, porque saben respetar su palabra. Vosotros me habeis prometido ayudarme, y de ello tengo la mas firme convicción. Principiaré, pues, mi exposición. El primer paso que debemos dar, es atraernos á todos los obreros de “Germinal”, para fundar una asociación de resistencia, cuyo nombre se acordará después. Esto requiere mucho tino y mucha prudencia, porque si los administradores traslucen que nos unimos, se ponen en guardia y tenemos nuevamente la bubónica, con los destacamentos de fuerza de línea. La nueva sociedad, no necesita de estatutos, ni de cuotas de incorporación y mensuales, ni de directorio, ni de ninguna de esas patrañas que constituyen hoy día la formación de las sociedades obreras. Baste que un operario dé su palabra de honor de servir á sus hermanos, para que se le considere socio. Si no cumple con su promesa, peor para él, porque nosotros nos encargaremos de hacerle entrar en vereda, ó castigarlo, si traiciona. Las cuotas de incorporación y mensuales, son inútiles, porque no necesitamos pagar lujo de estandartes, sillas, armarios, ni alfombras. Tampoco nos hace falta directorio, porque ello da orígen á ambiciones mezquinas y á preponderancias de unos pocos sobre los muchos. Cuando nos reunamos, nombramos á un compañero para que dirija la discusión y santas pascuas. Una vez que todos los obreros de “Germinal” formen en las filas de nuestra institución, les diré el plan que tengo para redimir de la miseria á nuestros hermanos, y seguiremos la propaganda por las demás oficinas, hasta conseguir la unificación del proletariado pampino.
Los oyentes, escuchaban á Pérez con la mayor atención, asombrados de verlo verter palabras hermosas y enérgicas que les hacían palpitar el corazón é hinchar las venas, como si la sangre perdida en tantos años de trabajo duro y humillante, se introdujera toda por sus arterias exhaustas, comunicando torrentes de vida á sus gastados cuerpos.
Eran las doce de la noche, cuando cuatro hombres, arropados en ponchos, abandonaban el cuartucho de Pérez, en dirección á sus viviendas. Iban pegados á los tabiques de calamina, pisando con tiento y tratando de no meter bulla, para no despertar á las personas y al sereno, que con su rifle entre las piernas, dormía en el corredor de la administración.
X
Amanecia, con ese amanecer prematuro de los días pampinos, en que el alba comienza á clarear á las cuatro de la mañana, y á las seis, ya el sol envía sus rayos, sobre la inmensa y desolada pampa gris.
La campana de la administración, tocada por el trasnochado sereno, había despertado á la gente con su tintineo seguido y melancólico, invitándola á dejar el lecho, para ganar la ración de hambre con que los burgueses pagaban su hercúleo trabajo.
Del corral, salían en tropel y formando algarabía, las carretas de tres mulas, dirigidas por los carreteros, que estiraban los músculos, dando latigazos á los brutos. Las puertas de las covachas, se abrian para dar á paso á los particulares, que se encaminaban á las calicheras, con el tarrito ó la botella de agua en la mano, y á las mujeres, que iban á la pulpería, á comprar la carne, uno de los alimentos más caros y difícil de comerlo bueno.
En la ventana, donde el pulpero encargado de la venta de ese artículo, mostraba su faz regordeta y sus grandes ojeras de trasnochador, se apiñaba un enjambre de hembras de todas edades, que se empujaban y esforzaban por ser las primeras en recibir el codiciado maná.
El pulpero, que había pasado la noche en un burdel de la estación cercana, tenía el gesto avinagrado por el cansancio que dejan los placeres impuros, y despachaba con una calma que desesperaba á las compradoras, vendiendo primero á las que eran de sus simpatías, y postergando á las demás.
Una veterana, larga y flaca, con la piel rugosa y pegada á los huesos, se lamentaba:
-Pero hasta qué hora me va á tener aquí, don Manuel? Hace media hora que estoy aguardando, y no me despacha. Otras que vienen después, se van primero.
-Cállate, vieja bruja. Si quieres esperarte, te venderé carne; si no, te vas á un cuerno.
-Miren al insolente cómo trata á la gente. No se acuerda que cuando llegó de su tierra, venía en un buque de marinero.
……………………………………………………………………………….
-Buenos días, doña Eurasia.
-Buenos, doña Sinforosa.
-¿Cómo ha pasado la noche?
– Muy mal. La tos no me ha dejado dormir.
-Y, ¿por qué no se hace ver del doctor?
-Tengo recelo, porque vayan á querer mandarme al Lazareto, por bubónica.
-No tenga miedo. Ya se acabó la farsa. ¿No es verdad, Genoveva?
-Tome tilo y póngase un parche poroso en el pecho, doña Sinforosa, porque el doctor viene aquí á la muerte de un obispo, y cuando llega á venir lo hace tan apurado, que examina á los enfermos de á cinco y de á seis.
-Entonces se parece al obispo Cárter, que confirma á los muchachos por docenas.
……………………………………………………………………………..
-Don Manuel: aquí no hay dos libras de carne; y, además, es puro nervio.
-Si quieres que te dé buen mercado, ven esta noche, para que hablemos.
-Muchas gracias. No soy de la calle San Martín.
-Más ó menos.
-¡Cállese el sinvergüenza! Como está usted acostumbrado á tratar con las prostitutas, para las cuales roba hartas fichas, cree que todas las mujeres son de esa condición.
– ¡Toma, atrevida, rota cochina!
– ¡Ay, ay! Se lo voy á avisar á mi marido.

-Te doy un peso, si se lo dices.
Cuando el pulpero Manuel, dió una bofetada á la mujer de Pedro Mendoza, quiso la casualidad que Juan Pérez, pasase por frente á la pulpería, en dirección á su calichera.
-¿Qué tiene vecina, le preguntó, al verla llorando.
-Este cobarde, me ha pegado, porque le contesté que yo no era de la calle de San Martín, para venir de noche á hablar con él.
-¿Con qué derecho, se atreve usted, á pegarle a esta señora?
– ¿Y á tí qué te importa. ¿Eres su marido?
-No lo soy; pero es mujer de un amigo mio.
-Andate á freir monos!
Ante este insulto, Perez, no se pudo contener, metió el cuerpo por la ventana, cogió con sus nervudos brazos el cuello del atrevido, y lo sacó para fuera, propinándole en seguida una tanda de puñetes y puntapiés, que hacían pedir auxilio al insolente pulpero.
Los trabajadores, que pasaban por ahí, se detenían á mirar en qué paraba el arrebato de Pérez y las mujeres lo aplaudían, animándolo á que le pegara más al pulpero. A los gritos de éste, apareció el sereno diurno, esgrimiendo en una mano un grueso garrote, y en la otra un revólver. Llegó á la ventana, y levantó el palo, para dejarlo caer sobre Pérez; pero una mano le cogió el brazo, mientras otra, le quitaba el revólver. Eran Mendoza y Juarez, los que habían desarmado al sereno; librando á Pérez de una apaleadura. Pérez, al terminar de castigar al pulpero, tomó tranquilamente el camino de su calichera.
El administrador, que se había asomado á la puerta del escritorio, á los gritos del pulpero, vió cómo había sido detenido el sereno, y creyó prudente no salir. Se acercó al teléfono y pidió policía á la estación más cercana. Diez minutos después, cuatro guardianes montados, penetraban á “Germinal”.
Los guardianes, enterados de que el osado que se había atrevido á faltarle á un señor pulpero, estaba en las calicheras, se dirigieron á la Pampa, acompañados del corrector. Llegaron al sitio en que trabajaba Pérez, y con una dureza, en la que se reflejaba el servilismo de los soldados á los burgueses, le ataron las manos con un cordel y se lo llevaron preso.
Mendoza, al ver que los guardianes se llevaban á su compañero, abandonó las herramientas y corrió á buscar á Retamales, Urbina y Juarez. Les comunicó lo que pasaba y solicitó su concurso, para hacer un reclamo al administrador, pidiendo su libertad. Aceptada la propuesta de Mendoza, se lanzaron á la Pampa á pedir á los barreteros y á los particulares, que los acompañasen á pedir la libertad de Pérez.
Una hora después, cuatrocientos hombres, se paraban frente al escritorio de la oficina, pidiendo hablar al patrón. Apareció éste, que era un inglés recién llegado de su tierra, y Mendoza, adelantándose unos cuantos pasos del grupo de operarios, habló:
-Venimos, señor, á rogarle que ordene se ponga en libertad á Pérez, y se destituya al pulpero Manuel, que tuvo el atrevimiento de pegarle á mi señora, porque no se dejó ultrajar en su honor por él.
-Siento mucho, no poder acceder á lo que solicitan, porque no es posible que un operario cualquiera le falte á un empleado.
-Tan hombre es el operario como el empleado, señor, y si el empleado le falta al operario, justo es que éste lo castigue. En caso de que usted no acceda á lo que le pedimos, no respondemos de lo que pueda suceder.
La policía de la estación cercana, avisada de la presentación que hacían los obreros, apareció nuevamente en la oficina, á las ordenes de un oficial, colocándose al lado del administrador.
Los trabajadores, cuando vieron á los guardianes, sintieron que la sangre se les subía á la cabeza, y prorrumpieron en murmullos de desaprobación contra esos soldados, que estaban listos siempre para acudir en defensa de los aristócratas.
Los murmullos iban acompañados de silbidos, y por debajo de las blusas, más de una mano acariciaba la cacha de un revólver ó el mango de un corvo.
El oficial, con una rápida mirada, comprendió el alcance de la reclamación, contempló á sus cuatro soldados, y se bajó para hablar en secreto al administrador, en el interior del escritorio.
Reapareció el patrón, y manifestó que accedía á lo pedido por los obreros, suplicándoles se disolvieran en el mayor orden.
En cuanto al pulpero Manuel, les dijo que, desde ese momento, quedaba despedido de la oficina.
Las palabras del administrador, fueron recibidas en medio de aplausos y vivas, y el grupo se dispersó rápidamente.
XII
El Teatro-Circo de la calle Vivar, mostraba iluminado el rústico pazadizo que conduce al foyer, esperando á la gente alegre de Iquique, que fuera á echar una cana al aire y á esperar el año nuevo, entre copas de licor y lujuriosas danzas.
Eran apenas las once de la noche, y ya varias parejas de mascaritas penetraban al Teatro, á echar una ojeada á la platea, la que había sido despojada de las sillas, para convertirla en un gran salón, y volvían á salir, á recorrer las calles, que presentaban un movimiento excepcional.
Alguno que otro curioso, se destacaba en los pasillos, esperando las doce, hora en que se debía dar principio el baile.
Sobre el proscenio, cuyo telón estaba alzado, siete murguistas, sentados delante de sus respectivos atriles, alumbrados con velas, ensayaban sus instrumentos y preparaban sus pulmones para una tanda de soplar, que debía durar seis horas.
Cuando el reloj de la Plaza Prat, tocó las doce, los murguistas rompieron con una marcha cualquiera, y minutos después, una avalancha de hombres y mujeres, con disfraz y sin él, hacía irrupción en la vasta sala del coliseo, palmoteando y aullando furiosamente.
Terminada la marcha, los murguistas acometieron un vals, y cien parejas se deslizaron sobre el áspero piso, raspando las desiguales tablas con las suelas de los zapatos. Los que no bailaban, abrieron calle y se colocaron debajo de los palcos de segunda fila, á mirar el raro expectáculo de arlequines, bailarinas, dominós, jardineras, frailes y monjas, que se revolvían con furor, estrechándose y confundiéndose entre ondas de lascivia.
Entre los que hacían papel de espectadores, se veía á muchos burgueses, de diversas edades, sin disfraz, que miraban con ojos incendiarios los desnudos senos y las rollizas piernas de las mascaritas. No tomaban parte en la danza, esperando que el contagio les bajara de la cabeza á las piernas, para rendir culto á Terpsícore.
Calló la música y todos se dirigieron en tropel á la cantina, donde varios mozos atendían á los bebedores. La cerveza, el cogñac, el jerez y la sidra, corrían con profusión y el cajón del dinero, con su enorme boca cuadrada, devoraba billetes y escudos por mayor, con los que habría bastado para dar de almorzar á muchos desgraciados que no tenían un pan para desayunarse.
Los burgueses que no habían bailado, fueron los primeros en acudir á la cantina y fraternizar con las parejas bailarinas, solicitando de algunos galanes que les permitieran por un instante á sus damas. Los galanes, que eran su mayoría pijes, no se hicieron de rogar, y facilitaron por un momento á sus amigas, después de haber bolseado unas cuantas copas al interesado.
La música volvió á tocar, y las parejas corrieron otra vez al salón, ejecutando los menudos pasos de una polka.
La cantina había quedado desierta, y solo dos personajes, un gringo ebrio, que mascullaba el castellano con dificultad, y un empleado de la pampa, quedaban delante del mesón, apurando los últimos tragos de dos copas de whisky con soda.
-Con qué, Manuel, por qué yu no estar en “Germinal”?
-Por un roto, mister Jones.
-¿Qué hacer á usted el roto?
-Me armó una bolina, porque se le puso que yo había insultado á una mujer, y como me faltó de hecho, el administrador lo mandó preso. Esto enfureció á sus compañeros, los que se reunieron en gran número y pidieron al administrador mi separación.
-Usted no tener cuidado. Mañana mismo mi darle otro empleo en Iquique.
-Mañana no, mister Jones, porque deseo descansar algunos días.
-All right. Mozo: más whisky con soda!
-Vamos á bailar, mister Jones.
-Un momento. Primero tomar ultima copa.
Bajo los palcos de segunda fila, conversaba un vejete con una mujer, vestida con un dominó blanco.
– ¿Qué dices, mascarita, vamos á cenar, ó nó?
-No puedo, porque mi mamá me esta esperando allá arriba.
– No seas mentirosa. Tú eres la Gioconda.
-¿En qué me has conocido?
– En, el olor.
-Bueno, suponiendo que yo sea la Gioconda, no quiero ir á cenar contigo.
-¿Por qué?
-Porque me das asco, no tanto por tu cara, sino por lo corrompido que eres. Tienes tu mujer, dos queridas y todavía andas haciéndole malilla á tus amigos.
– Hola doctor, ¿usted por acá?
-He venido un momento, á ver bailar. Son tan raras las diversiones en Iquique, que uno se entusiasma por cualquier cosa.
-Tiene usted razón. Yo, por ejemplo, no vengo por hacer conquistas, ni por remoler, sino por distraer el ojo.
-¿Por distraer el ojo, picarón? si ví cuando á esa mascarita, que está disfrazada de Mefistófeles, le decía usted que la esperase á la salida.
A las tres de la mañana, la confusión era fenomenal en el salón. El vapor de los licores, se había subido á la cabeza de los bailarines, que chillaban como becerros, y brincaban como cabras. La atmósfera estaba caldeada con el vaho que despedían los cuerpos sudorosos y las bocas resecas. Por los ojos de los antifaces, salían llamaradas de deseos mal comprimidos, que mareaban é invitaban á salir á la calle, á respirar aire más puro. En un palco oculto, una pareja se abrazaba y se besaba, sin reparar que se encontraba en un sitio público. Sobre el proscenio, algunos mozalvetes de smoking y zapatillas de charol, hacían piruetas y daban saltos mortales, que eran aplaudidos por la concurrencia. Era la hora de las grandes laxitudes, en que si no se daba nueva energía á los músculos, podía acabar la fiesta de una manera lamentable.
De repente, salió de entre la multitud una voz ronca y apagada, parecida á la de los fonógrafos, que gritó:
-¡Cueca!
Fué aquello como la chispa que, desprendida de una locomotora, cae sobre un campo de algodón, produciendo el incendio. Cuatrocientas bocas, repitieron la palabra cueca, palmoteando y zapateando de placer, y sacando á relucir los pañuelos.
Los murguistas preludiaron la conocida zamacueca de los “Ciento cincuenta pesos”, y las mascaritas se entregaron á una danza infernal, moviendo los piés, manos y cinturas, como si fueran muñecos de cartón, de esos que, automáticamente se ponen en movimiento por medio de un hilo.
Terminada la cueca, los hombres, levantaban en alto á sus compañeras y, en medio de la mayor alegría, corrían á la cantina, á refrescar los gaznates, abrasados por el ejercicio.
A las seis, cuando las cumbres de los cerros de Huantajaya, aparecían iluminadas por los rayos del sol, salían los trasnochadores del Teatro Circo, dispersándose en distintas direcciones, como demonios que van á caza de almas. El contraste que hacía sus trajes de colores chillones y formas extravagantes, con los modestos vestidos de los pobres que iban al Mercado, llevaba oleadas de rabia á los rostros de los segundos, que veían con indignación cómo botaba el dinero esa burguesía corrompida, tonel sin fondo que no se saciaba de explotar á sus esclavos blancos.
XIII
Cuando Juan Pérez, le dijo al oficial que fué á registrar su habitación: “¡soy chileno!” no quiso manifestarle que considerase á los chilenos superiores á los demás hombres, puesto que era socialista y no reconocía otra patria que la universal. Se expresó así, porque trataba con un fanático de la patria, como lo son todos los militares, que, hipnotizados por un himno y una arenga, se hacen matar miserablemente, cosa que llama heroísmo el vulgo.
Pérez, era socialista avanzado; pero no aceptaba las teorías anarquistas, esos extraños principios que quieren hacer retrogradar á la humanidad á las épocas patriarcales. Comprendía que las artes y la ciencia habían llegado á un desarrollo tal, que era imposible que el hombre pudiese acomodarse á la vida sedentaria.
Entendía el socialismo de la siguiente manera: abolición de la categoría de clases, carcoma que roe hasta las Repúblicas democráticas; distribución entre todos los hombres de las riquezas acumuladas en tantos siglos de explotación, por los llamados aristócratas; el trabajo forzoso para todos los individuos, según sus aptitudes: el labrador en el campo; el minero, en las galerías subterráneas; el químico en su laboratorio; el escritor, en su bufete; el marino, en su buque. Quería Pérez, también, la supresión de las siguientes polillas que destruyen el organismo de la actual sociedad: abogados, políticos, militares y curas.
Debía borrarse de los mapas las fronteras, y concluir con todos los sistemas de gobierno, porque ninguno era bueno. Los pueblos, no necesitaban para progresar, de esa nube de empleados públicos, verdaderas sanguijuelas que chupan la sangre de la clase trabajadora, á cuyas expensas viven y dan pábulo á sus vicios.
En lugar de los decantados gobiernos, cada pueblo debía ser dirigido por un grupo de ciudadanos probos é inteligentes, elegidos anualmente, por voto público, y que formarían una especie de municipalidad. No era posible que se suprimiera la representación de las ciudades, porque entonces aquello sería un pandemonium imposible. Esa municipalidad se encargaría del cuidado del ornato é higiene, y sus funciones serían extrañas a la política, cosa que se olvidaría como expectro de una pesadilla.
El dinero, debía existir, para evitar el engorro de los cambios de objetos. Al ser el trabajo forzoso, nadie podía temer al dinero. Lo acapararían los que más trabajasen, cosa justa, porque no es posible que un hombre laborioso gane lo mismo que un zángano que se entrega á la molicie.
Le faltaba un punto por resolver á Pérez, y era el de la justicia, ¿Cómo se castigaría á un hombre que, impulsado por los celos, asesinase á otro? Los anarquistas, niegan el derecho de encarcelar ó fusilar á un criminal, y los socialistas, más ó menos, aceptan esta teoría; pero Pérez no estaba acorde con ellas. El castigo debía existir para los malos pues no era tan optimista que creyera que, en la nueva sociedad, formada sobre las ruinas de la actual, todos los hombres fueran palomas sin hiel.
El hombre, ya sea en el estado salvaje como en el civilizado, no está exento de poseer feos instintos, y si estos no tienen un freno, pueden desarrollarse y convertirse en una plaga funesta, debido á lo fecundante que son las semillas del mal. Entre las tribus salvajes del Africa central, donde no se conoce ni el pudor, como en las colectividades de las metrópolis europeas, hay seres que matan y roban, por el placer de hacer daño. Pues bien, esos crímenes no debían quedar impunes, porque si se les toleraba, se multiplicarían y remedarían á aquel estado de corrupción á que alcanzó el mundo, cuando Dios se vió obligado á purificarlo con un diluvio universal.
En la asfixiante calichera, como en su malsana bohardilla, Pérez, discurría sobre estos puntos meditando y buscándole solución al problema, cual si de sus esfuerzos intelectuales dependiese el porvenir de la humanidad.
¡Qué contraste ofrecía este hombre bueno, honrado y amante de los desgraciados, con aquel león que el 79, se regocijaba con la orgía de sangre de los campos de batalla!
XIV
El triunfo de la presentación obrera ante el administrador de “Germinal”, fué una victoria para la causa iniciada por Pérez, y aceptada por Mendoza, Urbina, Retamales y Juarez. Los cuatro últimos, vieron realizarse las predicciones de Pérez sobre la unión. Habían palpado el poder de la voluntad de cuatrocientos obreros, al imponer su deseo al administrador, al patrón que los trataba como á esclavos y los explotaba á su antojo.
Si cuatrocientos harapientos, pronunciando veinte palabras, habían obligado á un elegante burgués á que accediera á lo que pedían, ¿por qué los quince mil oprimidos de la Pampa del Tamarugal, no podían quitar la soga que estrangulaba al proletariado? Esto se preguntaban los cuatro amigos de Pérez.
El primer paso estaba dado, y debían seguir adelante. Esto fué lo que hicieron Mendoza, Urbina, Juarez y Retamales, empleando para su propaganda los mismos medios de que se valió Pérez para persuadirlos. En menos de quince días, contaban con quinientos adherentes, y, al finalizar el mes, los ochocientos obreros de “Germinal”, se encontraban cobijados bajo la bandera de la unión pampina.
Cuando Pérez, supo que el proletariado de “Germinal”, estaba dispuesto á reivindicar sus derechos, creyó necesaria la campaña en las demás oficinas, y comunicó esto á sus íntimos amigos, avisándoles que estaba dispuesto á abandonar ese establecimiento, para seguir por otras partes la propaganda empezada. Ya no se radicaría en ninguna oficina, sino que, cual ave de paso, iría por la amplia extensión del Tamarugal, predicando la nueva era é invitando á todos los desheredados de la fortuna á prepararse para la conquista del bienestar, á que tienen derecho todos los seres que viven sobre la tierra, desde las aves, que cruzan el espacio, hasta los hombres, que poseen el don del entendimiento y la palabra.
El secreto del plan redentor, se lo comunicó á Mendoza, quien quedó encargado de divulgarlo, cuando llegara la hora tan anhelada, la hora en que los polluelos proletarios rompieran el cascarón en que los aprisionaban los burgueses.
XV
Sobre la cubierta del Loa, que acababa de largar el ancla, en la rada de Iquique, un joven imberbe, de frente vasta, nariz aguileña y ojos azules, contemplaba la metrópolis del Norte, ese Iquique tan ponderado en el Sur, considerado como el país de las fortunas colosales y de la prostitución más descarada.
Ese joven, sano y robusto, que mostraba en sus extremidades bien conformadas, y en su ancho cuello, la exhuberancia de salud de una raza sana y vigorosa, venía á Iquique, como habían venido tantos otros jóvenes, á probar la suerte. Traía por todo patrimonio, una inteligencia bien cultivada, y cincuenta pesos en los bolsillos. Con ambas cosas, se proponía luchar por la vida, en el país que habíasele pintado con los más risueños colores.
Desde abordo miraba los grandes caracteres que se destacaban sobre las bodegas vecinas á la playa. Leía: Locket Bros y Ca., Inglis Lomax y Ca., Gildemeister y Ca., Gibbs y Ca., y pensaba que los ingleses y alemanes, con ese espíritu absorvente que los caracteriza, habían monopolizado la industria salitrera, convirtiendo la región del nitrato en un feudo sajón. Recordaba que el Presidente Balmaceda, aquel espíritu grande y netamente chileno, á cuya muerte se suicidó la política recta, quiso nacionalizar la industria del salitre, previendo con su clarovidencia los atropellos que cometerían esos albioneses y teutones que habían venido á Chile en busca de esclavos á quien explotar. Esos Lockett, Gibbs, Lomax é Inglis, encabezados por aquel plebeyo soberbio que, en Inglaterra, se hizo noble debido á sus millones de libras, y que se llamó mister North, ó por otro nombre el “Rey del Salitre”, fueron los que azuzaron al pueblo, el 91, á que desconociese el gobierno de Balmaceda, y facilitaron armas y dinero, para conseguir la caída del último Presidente honrado de Chile.
¡Qué fea encontraba á la ciudad, encajada en una llanura árida, sin asomos de vegetación! Los edificios, casi todos de un solo piso, se achataban sobre la improductiva tierra, dejando paso á dos únicas eminencias, dos aristas que simbolizaban cosas distintas; pero que tenían su origen en el fanatismo: la torre de la Iglesia Parroquial y la de la Plaza Prat.
Cortando la bahía, como una especie de camino entre la isla Serrano y el continente, veia una ruina de pasaje de piedras, destrozado por la braveza del mar. Aquel camino costaba millones de pesos, que habían sido robados al Fisco, por un trabajo tan mal hecho. El contratista de la obra, había engañado miserablemente al Gobierno; pero nadie se había atrevido á molestarlo, y lo dejaban que gozara en paz lo que había cobrado indebidamente, por aquella inteligencia que existe entre los burgueses de protegerse mutuamente.
Cuando el bote que conducía á nuestro huésped, pasó frente á los muelles particulares de las empresas salitreras, presenció un expectáculo sorprendente: el drama del trabajo, representado por cientos de obreros, de constitución hercúlea y rostros atezados por las faenas marinas, que corrían sobre los muelles con sacos de tres quintales de nitrato, los hacían levantar por las grúas y los arrojaban al fondo de las lanchas, para ser conducidos á los buques que debían llevarlos á Europa, á rejuvenecer las gastadas tierras del viejo mundo.
Entre los viajeros del bote, además de Luis Luza, que era el nombre del joven que llegaba á Iquique en el Loa, iba un anciano endeble y enfermizo, que tosía y sacaba con dificultad la respiración, como si padeciese de asma, y dos muchachas bonitas y muy humildes, acompañadas de una señora gorda, negra y chata, que llevaba arracadas y anillos de brillantes.
El anciano le preguntó al botero:
-¿Cómo está Iquique? Hace seis años que falto de aquí.
-Regularcito, patrón. Con la baja de los jornales á los pampinos, algo se ha resentido el comercio de esta ciudad.
-Entonces, es posible que me vaya mal en un negocio que traigo.
-Aquí, los mejores negocios, son los de cantina y los de casas de tolerancia. ¿No es verdad, señora Cecilia?
El botero, se dirigía á la señora de los brillantes, lo que significaba que esa mujer ejercía el tráfico del lenocinio, y, probablemente, aquel par de muchachas que parecían sencillas é inocentes, eran dos nuevas víctimas que traía para abastecer su mercado de carne humana.
Luza, que aún ignoraba los secretos de la prostitución, no paraba mientes en lo que hablaba el botero y el anciano, concentrándose á admirar los ojos de una de las muchachas, que eran negros como dos bolitas de ébano, y estaban velados por dos rejillas de sedosas pestañas. Esos hermosos ojos, tenían un no se qué de dolor y ternura, parecidos á los que se ve en los de los corderos que están atados, listos para el degüello.
El bote llegó al muelle y los pasajeros brincaron á la escala, empezando á andar como ebrios, por efecto del balance del vapor.
XVI
Luza, después de abrir su maleta, para que se la revisaran los empleados del Resguardo, tomó un coche y se dirigió á la casa de la persona á quien venía recomendado, que era un miembro del foro iquiqueño, de muchas campanillas y perteneciente á lo que los ingleses llaman la hig life. El abogado, cuyo nombre era Carlos Baeza, vivia en la calle Baquedano, la vía aristocrática de la ciudad del salitre, donde poseía una de esas construcciones de corredor, que algunos cronistas han llamado chalets, y que no son otra cosa que casas fabricadas por carpinteros adocenados, sin el menor rasgo de belleza, ni originalidad.
El señor Baeza, era un hombre de unos treinta y cinco años de edad, delgado, de estatura baja y bastante miope, por cuya causa tenía que acercarse mucho á un objeto para distinguirlo. Hacía vida de soltero, no teniendo más compañía que una muchacha de quince primaveras, morena y rolliza, que tenía unos ojazos capaces de alumbrar en las tinieblas y unas formas tan mórbidas, ante las cuales se le hubiera abierto el apetito á cualquier Tenorio retirado. Genoveva, que así se llamaba la chica, se ocupaba en arreglarle el cuarto á don Carlos, darle el diario á la cocinera, servir la mesa, limpiar el escritorio y, según malas lenguas, acompañar en algunas veladas á don Carlos, cuando éste, devorado por la fiebre de rendir culto á Venus, le suplicaba con sus ojillos de bicho encandilado, que no lo dejara á solas.
A esa casa llegó el joven Luza, que aún no había comido de la manzana que Eva ofreció á Adán, y que poseía un corazón de oro, aún no corroído por el ácido quemante del vicio; pero que había recibido la educación suficiente para conocer el bien y el mal.
El señor Baeza, recibió á Luis en su estudio, y después de enterrar la cara en la carta que le presentó, lo abrazó, diciéndole:
-¡Cuánto gusto tengo, querido sobrino, de que vengas á establecerse en Iquique! ¡Al fin tendré un compañero y no me aburriré en la soledad de esta casa, donde vivo como un eremita!
Genoveva vino á desmentir las últimas palabras de don Carlos, presentándose con un telegrama que acababa de traer un mandadero.
Luis la miró de soslayo; de una ojeada apreció la hermosura de ese cuerpo, en que palpitaba un sensualismo espantoso, y pensó que su tío era muy injusto, al quejarse de su aislamiento, viviendo en compañía de una muchacha tan encantadora.
Don Carlos, cuando acabó de leer el telegrama, le dijo á Genoveva que no había respuesta, y ya se iba á marchar la chica, cuando la detuvo, diciéndole:
-Prepara, Genoveva, el cuarto contiguo al comedor, que este joven, que es mi sobrino, viene á vivir en esta casa.
-Está bien, contestó la muchacha, clavando sus abrazadores ojos en Luis, y adivinando, con ese instinto delicado de las mujeres, que se encontraba ante uno de esos mancebos que poseen fuerzas de gigante para las grandes batallas de la vida.
Salió del estudio la muchacha, y Luis, la siguió con la vista, admirando sus combas bien modeladas, y pensando que don Carlos no debía quejarse de su soledad, viviendo en compañía de un pimpollo que podía servirse en la mesa del más exigente gastrónomo.
Como don Carlos no veía más allá de sus narices, no pudo mirar la cara que había puesto su sobrino, al ver á la simpática Genoveva, así es que le dijo:
-Esta pobre muchacha, es la única persona que me acompaña. Es muy tonta, pero yo la tolero, por no verme obligado á cambiar de sirviente, cosa que detesto mucho.
– Sin embargo, parece ser muy servicial.
-En cuanto á servicial, lo es. Tiene mucha voluntad para hacer las cosas; pero hay veces que está con la luna y no hay poder humano que la obligue á hacer las cosas. Como ya es hora del bitter, vamos al Club. ¿Qué te parece?
-Como usted guste, tío.
XVII
Tío y sobrino, se encontraban en una mesita del Club de la Unión, sentados delante de dos copas de bitter batido, que habían sido llenadas cuatro veces. El rostro del primero, no se había alterado en lo menor, como acostumbrado á las batallas alcohólicas. En cambio, el del segundo, parecía un tomate por lo colorado.
Delante del mesón y en las mesas contiguas, muchos caballeros de la aristocracia, bebían brebajes de varios colores, en cuyacomposición, los cantineros, hacían entrar el contenido de varias redomitas, verdaderos depósitos de venenos.
El ruido que se oía en la sala de la cantina, era uniforme, siendo producido por el batimiento de las bebidas, el choque de los cristales y los murmullos de los bebedores.
-Hola, mi querido Pepe, ¿qué te has hecho que no veniste ayer?
-He estado muy enfermo. La trasnochada del Sábado me hizo mucho mal.
-Caramba que había sido bien pololo cuando te curabas! Quebraste como diez copas, mojaste con cerveza á las mujeres y le pegaste á la cabrona.
-¡Que se frieguen! ¿Para qué se meten á tener casa de tolerancia?
……………………………………………………………………….
– Llegó mister Tontis!
-Móni, caballeros.
-¿Cómo, recién se levanta usted?
-Nó, vengo del escritorio.
Mister Tontis, con su faz de pavo inflado, denotaba á la legua que se hallaba con muchas copas en la cabeza. Su mirada vaga, denunciaba al ebrio, y sus piernas inseguras, eran el signo más característico de la borrachera, cosa que en los ricos se llama alegría.
A pesar de que mister Tontis, se encontraba en un grado máximo de idiotismo, todos le hacían atención, lo que probaba que el gringo era hombre de muchas libras esterlinas, a las que la adulación siempre se posterna.
Mister Tontis, después de muchos apretones de manos ysaludos á sombrero quitado, que le prodigaron los bebedores, se instaló solo en una mesa, y poniendo sus enormes pies, calzados con gruesos zapatos Bostock, sobre ella, gritó:
-Mozo: whisky and water! …………………………………………………………………………..
– ¿Cómo estas, Juan Vicente?
-Regularcito. El constipado no me deja.
-Tú, siempre andas tosiendo, á pesar del clásico sobretodo negro que usas.
-Es una enfermedad contraída en el Liceo, cuyas frías baldosas me han puesto así.
-¿Cómo á mí me habían dicho que tús no vigilabas á los niños, sino que te la pasabas en tus habitaciones particulares?
-Habladurías de envidiosos.
-Con la muerte de Mac-Iver, te encuentras muy bien. Sé que te han nombrado administrador general de EL TARAPACÁ.
-Sí; pero es mucho lo que trabajo.
-Sin embargo, me han dicho que lo único que haces en esa imprenta, es leer el diario en tu cama, por la mañana, y preguntar, por las noches, cuántos avisos han caído.
-No es cierto. Si trabajo como un negro.
………………………………………………………………………….
-Ven, Luchito!
-¿Qué quieren conmigo?
-Aquí está Rafael, Pedro Nolasco y Carlos. Podemos echar una pintita de familia.
-Bueno, hombre. ¡Mozo, trae los dados y un paño para que limpies la mesa!
-Páren.
-Tercios de á peso.
-Cuartos de á cinco.
-Burro de á diez.
-Tiro el burro y pago á todos. ¡Maldición! Me pelé.¡Mozo, trae champaña, que los gananciosos pagarán!
………………………………………………………………………….
En la noche, antes de retirarse á descansar, don Carlos Baeza, afirmándose en la puerta de su dormitorio, para no caerse, le preguntó á su sobrino:
– ¡Qué tal Luis! ¿Te ha gustado el Club?
-Bastante, tío. Lo único que tengo, es que las copas me han hecho doler la cabeza.
– No le hagas caso. Pronto te acostumbrarás á beber.
XVIII
Luis Luza, el imberbe que había venido á Tarapacá, en busca de fortuna, no podía haber caído en manos más corrompidas, que las de su tío, quien le había hecho el primer agasajo, convidándolo al Club de la Unión, á coger una regular mona.
Al otro día, serían las nueve de la mañana, cuando despertó Luis, sintiendo una gran pesadez en la cabeza, y una sed espantosa. Cogió del velador un vaso con agua y lo bebió hasta las heces. A los pocos instantes, un temblor invadió todo su cuerpo, un sudor frío le corrió por las sienes y la espalda, y sintió un desvanecimiento terrible, como si la cama se hundiera en un abismo espantoso.
Asustado, sin saber lo que le pasaba, dió un gran grito, al mismo tiempo que se aferraba al catre con ambas manos. Apareció la criada, preguntando que tenía. Luis, con el rostro cadavérico y los ojos desmesuradamente abiertos, le decía que no sabía lo que le pasaba, pero que se iba á morir.
La muchacha, toda confundida, corrió á su cuarto, se puso un manto y salió en busca de un médico. Al poco rato volvió con un facultativo, quien, después de examinar al enfermo, le recetó unas gotas de un líquido negro, y le encargó que cuando se emborrachara, no cometiera la barbaridad de tomar agua cruda en ayunas.
-Cuando tenga usted sed, le dijo el doctor, beba ginger-ale con cogñac, que es con lo que componen el cuerpo los aficionados al licor. Su tío Carlos, puede enseñarle la manera de evitar lo que le ha pasado.
Una vez que el doctor se despidió, Genoveva, se acercó al lecho de Luis, y le dijo:
-¿Ha oído usted, lo que dice el médico? No debe usted tomar agua fría por la mañana. Yo creo que lo mejor que haría, es no beber. Es usted joven, y bien puede huir de ese vicio. Un borracho, es un hombre muy fastidioso. Cuando su tío llega ebrio, da lástima. Viene sucio de tierra y vomitando. Además, se pone insoportable; muy cargoso.
Genoveva, al decir esto, denotaba en su gesto la repulsión que le inspiraba la ebriedad de don Carlos, quien se convertía en un sátiro asqueroso, cuando el fuego de el alcohol corría por sus venas.
-Prometo no tomar una copa en toda mi vida. Estoy tan mal, que parece que me voy á morir.
-Ojalá cumpliera usted su promesa, y no hiciera como don Carlos, que cuando se siente enfermo, jura no beber, y apenas sana, coge una borrachera, en que ve hasta diablos azules.
A las once del día, Genoveva, según su costumbre, entreabrió la puerta del dormitorio de don Carlos, y lo llamó. El beodo no respondió, y sus ronquidos de cerdo, probaron que dormía á pierna suelta. Volvió á nombrarlo Genoveva, y entonces, cual si le fuera muy molesto el despertar, le contestó con brutalidad:
-¿Qué quieres……? Recién me acuesto y ya me recuerdas?
-No, don Carlos. Son las once, y ya se va acercando la hora del almuerzo.
-Traeme una limonada, que tengo mucha sed.
Genoveva se dirigió al comedor, y en seguida regresó, trayendo la bebida que solicitaba su patrón. Al acercarse al lecho, don Carlos, cogió el vaso y la mano de la muchacha, atrayéndola hacia él. Ella esquivó el cuerpo, desasiéndose y diciéndole:
-Tenga usted cuidado, que su sobrino puede venir.
– ¿Ya se levantó?
-Está vistiéndose. Casi se muere, por haber tomado agua fría y hubo que llamar al doctor Neuhaus.
-Supongo que no habrás entrado á su cuarto, estando él en cama?.
– Entré, para hacerle los remedios que mandó el doctor.
-¡Mucho cuidado, Genoveva, con meterte con mi sobrino! Yo soy muy celoso.
-Descuide usted.
XIX
A las doce del día se hallaban instalados en el comedor de la casa de don Carlos Baeza, él y su sobrino Luis. Don Carlos tenía los ojos hinchados de tanto dormir, y el rostro abultado, como el de los hidrópicos. Luis, con el semblante desencajado y los ojos hundidos en las órbitas, parecía un tísico en el último grado de la enfermedad.
Sobre el blanco mantel, se veía las suculentas viandas con que los aristócratas regalan ese exigente caballero, llamado paladar. Lenguas de erizos, amarillas y bien gordas; rabanitos de la “Quinta Rojas”; queso Gorgonzola, de roja cáscara; anchoas al natural, apio pelado, mantequilla, camaroncitos iquiqueños, jaivas sancochadas y otros platos de manjares más ó menos esquisitos. No faltaba, tampoco, las botellas de vino Zavala, un frasco pequeño de champaña y una frutera, pletórica de plátanos, uvas y ciruelas.
Don Carlos, fué el primero que rompió el fuego, sirviéndose una buena dosis de erizos, á los que esprimió el jugo de un limón, invitando á su sobrino á imitarlo:
-Come, Luis, erizos. Son muy buenos para componer el cuerpo, y sobre todo, muy tónicos.
-Estoy sin ganas.
-No seas tonto. Come un poco, y luego verás cómo se te abre el apetito. Yo, al principio, era lo mismo que tú. Apenas bebía media docena de cerveza, amanecía con la cabeza trastornada; pero ahora es muy distinto, soy más fuerte que un roble, y puedo pasar una semana entera de malas noches, sin que me hagan mella.
– ¡Ay, tío! Tengo unas náuseas, que no me van á dejar comer.
-Mira, cómete esta jaiva, y en seguida bebes una copa de jerez. Verás cómo te entonas. Después, tomas un plato de cazuela y quedas expedito.
Accedió, Luis, á las insinuaciones de su tío y, con gran contento, vió que no iba mal, pues al terminar de engullirse la jaiva, le había desaparecido el mareo y se encontraba dispuesto á acometerle á la cazuela, el pescado, el befsteak, la fruta y el vino.
Ambos, comieron como un par de obispos, y bebieron á discreción, asentando ambas cosas con una taza de café bien cargado.
Al terminar el almuerzo, Luis, se sentía bueno y dispuesto á ir esa tarde al Club, á ver jugar la pinta, cosa que lo había intrigado mucho, y de lo que estaba muy curioso por conocer sus secretos. Aquel día, como el anterior, fueron tío y sobrino al Club, de donde regresaron en el mismo estado de la víspera, y así continuaron por varios días, entregados al culto del dios Baco.
Luza, escarmentado por lo que le había pasado por tomar agua en ayunas, tenía especial cuidado en aplacar la sed con limonadas, ginger-ale ó té sin azúcar, cosa que le había recetado un jovenzuelo como él, que hacía su aprendizaje en la carrera del vicio. Del trabajo, no se preocupaba, contando con mesa y cama en casa de su tío, aparte de las copas que le convidaba. Podía, pues, echarse á la bartola y dejar que el mundo continuara girando alrededor de su eje.
Una cosa lo tenía pensativo, y era las contínuas trasnochadas de su tío, quien llegaba siempre en coche, á las tres ó cuatro de la madrugada, tropezando con sillas y mamparas, y haciendo un ruido fenomenal. Había visto con curiosidad, que después de la comida, salían á la Plaza Prat, á dar unas cuantas vueltas, y en seguida, don Carlos lo acompañaba hasta la casa, volviendo á salir, para no llegar hasta el alba.
Su imaginación juvenil y ardiente, excitada por el abuso de las bebidas espirituosas, se torturaba, pensando en esas correrías nocturnas tan contínuas, á las que no era invitado, talvez por creerlo muy niño, ó sin mérito para ir adonde iba don Carlos. Muchas veces, el piteo de los guardianes del orden, marcando las doce de la noche, lo sorprendía con los ojos abiertos, inquiriendo en las tinieblas lo que haría su tío á esa hora.
XX
La morada del abogado Baeza, se componía de: un pasadizo con mampara, que dividía una serie de cuatro piezas iguales. La primera de la derecha, era ocupada por el estudio, la segunda por un gabinete secreto, y la tercera y cuarta, por dormitorios. Luza, ocupaba la cuarta habitación. La primera de la izquierda, servía de dormitorio á don Carlos, la segunda de tocador, la tercera de biblioteca, y en la cuarta, dormía Genoveva, encontrándose frente á frente la puerta de su dormitorio con la del de Luis. Seguían después, el comedor, la despensa, dos cuartos para la servidumbre, la sala del baño, los desagües, la cocina y el corral.
Dice un refrán que no hay que jugar con fuego, y ese dicho vulgar, podía muy bien aplicarse á Luis y Genoveva, á quienes, el abogado Baeza, inconscientemente, colocaba en el camino de rendir tributo á Cupido. Luis, era joven, vigoroso, capaz de ser un campeón en las lides sensuales; pero no se atrevía á decir nada á Genoveva, por esa especie de timidez, tan característica en los muchachos castos. Genoveva, por el contrario, había perdido su virginidad, como la pierden la mayoría de las muchachas de su clase, con un burguesito cualquiera, en la playa ó en casa de madama Perdón, una vieja alcahuete, que tenía negocio de lenocinio, y en casa de don Carlos, bajo la patente de criada, continuaba desflorando su púber capullo. Al ver á Luis, había sentido nacer en su alma una de esas pasiones avasalladoras, que tienen vida efímera; pero que poseen la violencia de un incendio de paja seca. Siguiendo las reglas de la educación que se da á las mujeres de las distintas esferas sociales, no decía nada á Luis, limitándose á darle oportunidades para que la cortejara.
Cuando don Carlos, después del paseo en la Plaza Prat, dejaba á Luis en casa, y se despedía para no volver hasta las primeras horas del otro día, Genoveva y Luis eran las únicas personas que se encerraban en esa morada. Ambos, desde las puertas de sus dormitorios, se decían las buenas noches, daban vuelta á las llaves y se hundían en sus lechos, devorados por una sola idea: la de amarse.
Luis buscaba en su mente la idea de declararse, y cuando creíahaber encontrado un medio, se arrepentía al ponerlo en práctica. Un día pensó en escribirle, pero desistió de ese propósito, en vista de lo que la había dicho su amigo, el jovencito que estabainiciándose en el vicio, sobre que el hombre no debía escribir á una mujer de clase inferior, porque era dar armas al enemigo para que después se volvieran en contra del autor. Otra vez, se propusodarle un pellizcón, pero no tuvo el valor de hacerlo, y cuando se acerco á Genoveva para realizar su intento, se puso colorado como una frutilla y se limitó á pedirle un poco de agua tibia.
Genoveva, comprendía la batalla que se libraba en el interior de ese pobre muchacho, y le daba pena no poder salvarlo de ese pobre martirio. Estaba hastiada del ridículo hombrecillo de don Carlos, siempre oliente á alcohol y á tabaco, que no le prodigaba otras caricias que las triviales de los momentos supremos. Ella necesitaba un joven robusto y cariñoso, que la hiciera experimentar las sensaciones que sintiera con aquel mocito que fué su primer amante, y que tan villanamente la olvidó, después de haber merodeado un año por su casa, para conseguirla.
Don Carlos, creía que con la amonestación hecha á Genoveva ésta se iba á convertir en una moderna Susana, y á poner blindaje á sus encantos, para librarlos de los proyectiles que pudiera lanzarle su sobrino. Estaba muy equivocado el miope abogado, pues la fusión de esos cuerpos, tenía que realizarse tarde ó temprano, debido á esa natural solidificación de las moléculas iguales.
XXI
Hacía quince días que Luza vivía en casa de su tío, y todas las noches, se despedía de Genoveva en la puerta de su dormitorio, sin dirigirle la menor palabra que oliera á pasión; pero la décima sesta noche, estaba decretado que las murallas de Jericó caerían, á los toques de la trompeta del amor; y así sucedió.
-¿Cuando se acuesta, usted, se queda dormido al acto, don Luis?
-Nó, necesito por lo menos de una hora para conciliar el sueño.
-Entonces le pasa lo mismo que á mi. Yo, hay veces que á las doce, recién puedo quedarme dormida. Pienso tanto ¡ay! que me desvelo.
-Yo, también, pienso mucho.
-Talvez en la novia de Santiago.
-No tengo ninguna novia.
-Imposible. Los hombres son muy pícaros.
-No todos. Hay buenos y malos en el mundo. Yo, nunca he pensado en esas cosas.
Siguió un intervalo de silencio, en el que Genoveva, con los ojos fijos en la palmatoria que tenía en la mano, no se atrevía á levantar la vista hacia Luis. Este, con el embarazo propio de los novicios en lides amorosas, callaba, apretando la perilla de la chapa, que tenía en la diestra, lista para darle vuelta.
-¿No tiene usted miedo á los temblores?
-Nó, porque sé que las casas de madera no se desploman.
-Yo sí, y esta noche voy á dejar la puerta de mi cuarto sin llave, por si acaso hay alguno, para poder salir ligero á la calle.
Cualquiera que no hubiera sido el inocente de Luis, habría adivinado en las palabras de Genoveva, una indicación de que la puerta de su dormitorio, quedaba abierta, á su disposición; pero el pobre muchacho no comprendió, ó fingió no entenderlo, y guardó silencio, acariciando la perilla de la cerradura.
La situación era delicada. La ocasión se presentaba expléndida, hasta para el conquistador más cobarde; y se hacía necesario un desenlace.
Genoveva, esperaba una declaración, un abrazo mudo, cualquier cosa; pero perdió toda esperanza, cuando Luis abriendo la puerta de su dormitorio, penetró á él, diciéndole con voz temblorosa:
-Buenas noches.
El reloj del estudio, dió las doce, estremeciendo el silencio sepulcral de la morada de don Carlos, y todavía Genoveva y Luis, se revolvían en sus lechos desvelados por algo que enardecía su sangre, y por las pulgas, que los picaban, como si los diminutos bichos se complacieran en atormentarlos. Varias veces, ambos, habían prendido la vela, para buscar á los mortificantes animalitos que brincaban con una agilidad pasmosa, burlándose de sus víctimas. Una chinche roja de sangre, que sorprendió Luis bajo la almohada, lo acabó de desvelar, causándole más fiebre.
Genoveva, se ahogaba entre las sábanas, sacaba al aire sus brazos, y se desabrochaba la camisa, para no sentir tanto calor. Con el oído aguzado, esperaba oir abrirse la puerta y que Luis penetrara. Su ardiente imaginación, creyó más de una vez ver, entre las tinieblas de la habitación, la blanca camisa de dormir de Luis, que se acercaba muy quedo, sin dejar oír sus pasos. Era tal el silencio que guardaba la muchacha, que llegaba hasta sus oídos la labor lenta de la polilla, royendo los tabiques.
A las once y media, no pudo resistir más y se sentó en el lecho. Prendió una cerilla, cogió del velador un vaso con agua y lo apuró. Arrojó al suelo el fósforo, y buscó á tientas las zapatillas, calzándoselas en seguida. De las varillas inferiores del catre, tomó su pañolón, se lo colocó sobre los hombros, arropándose lo mejor que pudo, y en ese estado tan comprometedor, se dirigió resueltamente á la puerta. Entreabrióla con tiento, atravesó el pasadizo y puso su mano sobre el picaporte del cuarto de Luis.
El corazón y las sienes de Genoveva, latían con violencia; las piernas, le temblaban; y un sarpudillo le cubría todo el cuerpo. A pesar de que había comido muchísimas veces del fruto prohibido, tenía miedo de dar un paso tan audaz, vedado á su sexo, que podía acarrearle algún sinsabor. Dió vueltas al picaporte; pero la puerta no cedió, lo que probaba que Luis le había echado llave. Luis, que dormitaba, estremeciéndose y sufriendo espasmos nerviosos, sintió el ruido que hacía Genoveva, y adivinando lo que podía resultar de una entrevista á esa hora, saltó de la cama y corrió á abrirle.
Dos brazos mórbidos, calientes tras la batista de la camisa, se cogieron al cuello de Luis, envolviéndolo en un pañolón que olía á ese perfume especial que despiden los cuerpos de las mujeres, siempre que son limpias; y una sensación suprema, paralizó sus miembros, al sentir el contacto de un seno y un vientre turgentes, que temblaban con el hambre de caricias infinitas.
XXII
Si don Carlos, no hubiese sido tan miope, habría podido estudiar en los rostros de Genoveva y Luis, al día siguiente de su nocturno encuentro, ese rubor que denuncia la existencia de vínculos estrechos. Pero, don Carlos, que amanecía siempre con el cerebro embotado por el alcohol, no se dió cuenta de nada, y la vida de su casa siguió su curso normal.
Pasaron varios días, y las citas de los dos jóvenes, se realizaban todas las noches, entregándose ambos á los desenfrenos de una pasión tempestuosa, sin sobresaltos ni recelos, pues sabían que don Carlos, cuando llegaba á dormir, jamás se acercaba por sus dormitorios. Con la presencia de Luis, el calavera abogado, había dejado de perseguir á la muchacha, é iba á los burdeles á saciar sus apetitos carnales. Los dos amantes, llegaron á acostumbrarse á esa especie de maridaje apócrifo, que se permitían algunas libertades delante de la cocinera, la que, con su experiencia de mujer vieja, comprendía que los dos pimpollos habían llegado á entenderse:
Por ese tiempo, murió la madre de Genoveva, que era lavandera, y la muchacha quedó sola en el mundo, sin más amparo que la casa en que servía, y sin más cariño que el de Luis. El dolor que le causara la muerte del único pariente que tenía, lo mitigó, entregándose con más ardor á las expansiones amorosas.
Estaba decretado que poco había de durar la felicidad de la dichosa pareja; y la nube que obscureció su cielo, fué el desarrollo del abdomen de Genoveva, á consecuencia de encontrarse en cinta. Lo que no había podido realizar el tunante que la gozó por primera vez, ni el abogado don Carlos, con sus arrebatos carnales, lo había conseguido Luis, probablemente por su constitución vigorosa, no envenenada por el virus de la sífilis, ni debilitada por el abuso de los placeres.
A los cinco meses de amores, entre Genoveva y Luis, los síntomas de la preñez, dejaron transparentarse con tales detalles, que fué imposible á Genoveva ocultar su estado interesante. El mismo don Carlos, que su miopía no lo dejaba ver á gran distancia, tuvo un violento sobresalto, cuando miró el abultado vientre de su criada. Lo primero que pensó el abogado, fué que él era el autor de esa situación, y acudió á su mente la idea de echarle tierra al asunto, despidiendo á la muchacha. Así, se figuró librarse de las responsabilidades que le pudieran afectar, y de las murmuraciones de la gente.
Una noche, contra su invariable costumbre de salir á caza de aventuras, se encerró en su estudio, llamó á Genoveva y sostuvo con ella la siguiente conversación:
-Siento mucho decirte, querida hija, que no tienes más empleo en esta casa, que hasta pasado mañana, día en que se cumple tu mes. Un viaje intempestivo, me obliga á salir de Iquique.
El golpe fué mortal para la desgraciada muchacha, que sentía agitarse en su seno un sér nuevo, fruto de sus amores con Luis. Vió desvanecerse la ilusión que alimentaba su alma, de vivir en compañía de su amante. Su mente enamorada no pensó en el porvenir, sino en la separación del objeto que amaba.
Don Carlos, viendo que Genoveva no le respondía, continuó:
-No debe afligirte mucho esto, porque yo antes de irme te dejaré algún dinero, para tu subsistencia. Y, después, cuando regrese, cuenta siempre con mi protección. Alquílate una casita barata, yo te pagaré el arriendo.
Don Carlos, jugaba así, sobre seguro. Exponía su dinero á una carta, en la seguridad de que sacaría provecho. Genoveva, vendría a ser para él, una especie de querida, sin más obligación que darle de comer y vestirla. De buena gana, la habría tenido siempre en su casa; pero temía á las murmuraciones.
La entrevista de los dos amantes, fué esa noche muy dolorosa. Ella, inundada en un mar de lágrimas, le contó lo sucedido. El, tuvo como primer pensamiento, ofrecerle su protección, cual correspondía á un amante y caballero; pero recordó que de los cincuenta pesos que había traído del Sur, no le quedaban sino dos, y, además, aún no tenía ocupación.
¿Qué hacer en tan dura situación? ¿Cómo consolar á Genoveva, sin brindarle amparo? Luis, se consideraba perdido, incapaz de poder hacer algo por ella, así es que se limitó á deplorar lo acaecido y á prometerle visitarla siempre.
-De mis ahorros, tengo reunidos cien pesos. Con ellos voy á alquilar una casa, y á comprar algunas cosas que me son indispensables. En seguida, buscaré trabajo, porque no es posible que encuentre ocupación, en el estado en que me hallo.
-Tú me dirás el número y la calle, adonde irás a vivir. Yo iré siempre á verte.
XXIII
¡Qué horrible encontraba la soledad de la casa de don Carlos, el abandonado Luis! ¡Cuánto lo desesperaba el recuerdo de la dicha perdida! Aquellas noches de amor, tan dulces, en que se comían á besos ¿ya no volverían? ¿Serían como las golondrinas del poeta sevillano?
Lo que torturaba más su imaginación, era el silencio de Genoveva, que no había cumplido con su palabra de avisarle adonde vivía. ¿Por qué esa conducta? Era que, acaso, se había arrepentido de haberse entregado á él, ó que un nuevo amante ocupaba su plaza?
El pobre Luis, ignoraba los sucesos que habían tenido lugar, después de la partida de Genoveva. Don Carlos, se había presentado en la nueva habitación de la muchacha, la noche del día de su mudanza, y por medio de halagos y promesas, consiguió que le permitiese hacerle el amor. En la mañana, al despedirse el abogado, había prometido á Genoveva, regresar en la noche, cumpliendo al pie de la letra su palabra, y continuando sus visitas en las noches siguientes.
Genoveva, que no podía librarse de don Carlos, que cada día se mostraba más enamorado, como si el abdomen abultado despertase en él la lujuria, se abstenía de avisar á Luis su residencia, temerosa de que se encontraran tío y sobrino, y que pudiera ocurrir algo. Esperó con impaciencia que dejara de ir el viejo, para buscar á Luis; pero los días se sucedieron, y la asiduidad de don Carlos, acabó por enfriar en ella el ansia de reanudar sus relaciones con el mancebo.
La humanidad, en sus contínuas evoluciones de progreso, en el orden material, y de decadencia, en el orden moral, ha convertido el amor, esa pasión que inspiró á los poetas antiguos sus mejores trovas, en una cosa tan trivial, que á nadie llama la atención el cariño de dos seres. Hoy día, el amor está personificado por la unión sexual. Ya no existen pasiones como la de los amantes de Teruel, la de Paolo y Francesca da Rimini, la de Pablo y Virginia y la de Abelardo y Eloisa. El amor se ha vuelto práctico, y ha perdido su romanticismo. Se le expone en los escaparates, para que lo obtengan los hombres, pagando siempre su valor. Puede comprársele en lotes que tanto valen un millón de pesos, como un centavo.
Muchas veces; al encontrarse dos caracteres parecidos, jóvenes y sentimentales, brotan destellos del amor antiguo; pero luego se desvanecen, ahogados por la terrible realidad. Entre Genoveva y Luis se habían manifestado esos golpes de luz, mientras se extremecieron sus cuerpos, en los delirios del placer. Mas, cuando la ausencia hubo levantado una muralla entre los dos, Genoveva, entregada á las caricias de don Carlos, había ido perdiendo, poco á poco, ese entusiasmo por Luis, acabando por olvidarlo. El mancebo, la extrañaba, y continuaba deseándola, por no tener á la mano una mujer á quien amar.
Ambos amantes, podían felicitarse de haber roto, antes de que el hastío hubiera asomado entre ellos su faz pálida y displicente. El hastío, se ha convertido en implacable mayoral de Cupido, á quien arroja contínuamente de los corazones, no dejándolo imperar mucho tiempo. Es por eso, que las relaciones entre los casados, cuando no son frias, son aburridoras.
El alma de los mortales, se ha vuelto muy voluble. Cánsase muy pronto de alimentar un cariño, y apenas ha acercado á sus labios la copa de un néctar, ansía beber de otro. El rendido galán, que componía versos tiernísimos y enviaba suspiros á la luna, se transforma en el hosco marido, maldiciente y huraño, que no se acuerda ni de dar los buenos días á su esposa.
Genoveva, de la misma manera que había olvidado á Luis, se cansó de las caricias de don Carlos, y entonces, volvió á su mente el recuerdo del muchacho tímido, á quien iniciara en el camino de la vida. Pensó en Luis, y la figura del simpático muchacho, se le fotografió en la mente, persiguiéndola con tesón y apareciéndosele á todas horas. Comenzó á buscar la manera de hablar á Luis, y atraerlo nuevamente, aun que tuviera que perder á don Carlos, con el dinero que le daba para su alimentación.
Quiso la casualidad que, en la Avenida de Cavancha, se encontraran una tarde los antiguos amantes. Luis, no se mostró resentido. Por el contrario, no cabía en sí de gozo, y dejaba traslucir la alegría que experimentaba. La abstinencia á que se había visto obligado, se transformaba en hambre fenomenal.
Genoveva, como todas las mujeres, se negaba á decirle donde vivía, excitando de esa manera el deseo de Luis, quien estaba nervioso, semejante á los potros que, después de estar varios meses en la cuadra, los sueltan, en una manada de sus congéneres. Después de mucho insistir, cedió la muchacha, y en un tranvía, se dirigieron á la calle de Juan Martinez, donde ella tenía su nido.
XXIV
Los primeros días del encuentro de Genoveva y Luis, las cosas marcharon á pedir de boca. Los jóvenes enamorados, pasaban el día juntos, y en la noche, se despedía él, por no serle permitido pasar la noche fuera de la casa de su tío. Como don Carlos solo iba á dormir á casa de Genoveva, la dejaba el campo libre de día, y por esta razón, tío y sobrino alternaban en el amor, ignorando la comunidad de bienes que existía entre los dos.
Pero, como la casualidad, desbarata los mejores planes, un modesto bastón se encargó de romper las relaciones entre don Carlos y Genoveva. Una mañana, el abogado, á pesar de su miopía, vió brillar en un rincón del dormitorio, algo reluciente. Se acercó y vió, con gran sorpresa, que era un bastón, con empuñadura de plata, que había obsequiado á su sobrino el día anterior. Nada dijo á la muchacha, acabó de vestirse y se despidió, para no regresar más.
Genoveva, no lo extrañó, y se sintió muy satisfecha de su ausencia ¿Para qué necesitaba de él, cuando Luis la iba á ver todos los días, y á prodigarle caricias superiores á las suyas? La pobre muchacha, no se fijaba en que, no solamente se vive con ilusiones, sino que el estómago necesita alimentos diarios, para poder mantener en pie un cuerpo.
A la semana siguiente á la retirada de don Carlos, Genoveva, despertó un día sin tener un centavo para desayunarse. Era la primera vez que le pasaba tal cosa, y una angustia grandísima se apoderó de ella El instinto, la hizo comprender que debía empeñar algo para poder comer. Cogió un reloj de oro, que le había obsequiado don Carlos, y lo llevó á una casa de préstamos, con lo que pudo pasar varios días. Después del reloj, empeñó un anillo, un par de pendientes, algunos trajes, un manto y hasta una frazada.
Su situación era crítica. Las pocas prendas de que podía disponer, se encontraban en el Monte de Piedad, y el día del alumbramiento, se acercaba con celeridad. Luis, con esa inexperiencia de los muchachos que aún no conocen los secretos de la vida, se limitaba á acariciarla, no ya con el ardor de antes, sin preocuparse de su alimentación, ni de los preparativos del desembarazo. Ella, se vió obligada á tomar una determinación en tan duro trance, y después de consultar á una vieja, que en el barrio pasaba por santa, se decidió á ingresar al Hospital á la sala de maternidad.
Un día, que llegó Luis á casa de su querida, la encontró desocupada, con un papel en la puerta, que decía: “Se arrienda”. Una vecina, se encargó de decirle, que la infeliz muchacha, viéndose en la mayor miseria y sin tener para pagar una matrona, se había visto en la necesidad de recurrir al Hospital, en busca de los cuidados que requería su estado.
El muchacho respiró. Iba ese día á comunicarle que ya no podría verla, porque acababa de emplearse en un Banco, y se encontraba con que ella se había anticipado á dejarle el campo libre. Recibió la noticia, si no con júbilo, por lo menos con satisfacción, y se encaminó al Banco de Chile, respirando con toda la fuerza de sus pulmones.
Era una mañana de invierno, y las calles de Iquique, se veían inundadas por un barro, que hacía levantar á las mujeres los trajes, dejando en descubierto los torneados nacimientos de las pantorrillas, que miraba Luis, entornando los ojos y sonriendo de alegría, como un gastrónomo, ante un plato exquisito.
XXV
En su empleo, Luis, empezó á alternar con sus compañeros, con mucha reserva, cual conviene á todo hombre que se emplea en un establecimiento nuevo. Ocupó el último puesto en el escalafón, ó sea de chupe, nombre con que se designa en las casas comerciales, al empleado de inferior categoría. Su obligación, se reducía á llevar las cartas al correo, recoger la correspondencia de la casilla, cobrar letras ó cheques de poco valor y ayudar á algún empleado, cuando hubiere necesidad. El trabajo era liviano, y no necesitaba ningún derroche de inteligencia para desempeñarlo. La hora de entrada, era á las 9 de la mañana, y en la tarde, á las 12, retirándose todo el personal á las 4, salvo rarísimas excepciones, en que se trabajaba más tiempo.
Como el Gerente del Banco, era íntimo amigo de su tío, pronto ascendió, y pudo parangonarse á los empleados antiguos, algunos de los cuales miraban con envidia su rápido encumbramiento.
Llegó el primero del mes, y Luis, se vió con ciento cincuenta pesos en el bolsillo, producto de su trabajo durante treinta días! ¡Que contento se sintió el muchacho, con esa cantidad, que nunca había tenido á su disposición! ¿Qué haría con ese dinero? ¿Le mandaría algo á sus padres, ó se compraría ropa?. Toda la tarde ese día, estuvo nervioso, esperando la hora de la salida. Los billetes, le daban fiebre; parecía que, tras el cuero de la cartera que los encerraba, quemaban su pecho.
El burguesito aquel, que le aconsejaba que no se debía escribir á una mujer de clase inferior, lo sacó de dudas, presentándose en la puerta del Banco, en el momento que salía.
-¿Adónde vas, Luis?
-A mi casa;
-Vamos primero al Americano, á tomar un cocktail. Hoy es día de pago, y quiero abrirme contigo.
-Bueno; vamos.
Cogidos del brazo, se encaminaron por la calle de Bolívar hacia el Salón Americano, que se encontraba invadido por una nube de empleados de todas categorías, que celebraban el primer día del mes. El gordito Sorbini, detrás del mesón, agitaba las cockteleras y servía copas, con una agilidad asombrosa.
La llegada de los dos jóvenes, fué recibida con un murmullo de aprobación. El burguesito, presentó á Luis á sus amigos, quienes le brindaron asiento en una mesa redonda, alrededor de la cual jugaban al cacho, unos doce mozalvetes. El que perdía la partida pagaba una convidada general. cuyo precio era más ó menos de cinco pesos.
A las siete de la noche, todos los parroquianos del Americano, estaban como cubas. Tenían en el estómago, cada uno, más de veinte copas, y el alcohol se les había subido á la cabeza, tiñendo de carmín sus rostros, Algunos, bamboleando, se habían dirigido en coche á sus casas; y otros, entre los que figuraba Luis, se quedaron á comer ahí, para no llegar donde sus familias en tan lamentable estado.
La comida, fué digno complemento de los aperitivos, porque el vino se bebió á discreción, no faltando los pousse café y los cigarros puros, con lo que acabó de emborracharse esa turba de mocitos, que encontraba un gran placer en la bebida.
A las nueve, salieron de la cantina los seis valientes que aún se mantenían en pie, á pesar de todo lo bebido. Tomaron un coche de alquiler, y uno de ellos que, dirigía el pandero, gritó al auriga con voz aguardentosa:
– ¡Tira para donde la Chepa!
El coche rodó por varias calles, atravesó la Plaza Condell, donde los carrrouseles aturdían los oídos con su música insustancial, y se paró en una casa de dos pisos, situada en la calle de Serrano, entre las de Amunátegui y Juan Martinez.
Bajaron los calaveras, tocaron el timbre y se abrió la puerta. Penetraron á un largo corredor, alumbrando con mecheros de gas, que conducía á un gran salón, que se veía en el fondo, bastante iluminado. En la mitad del corredor, los alcanzaron varias mujeres, vestidas con trajes de baile, que habían dejado las butacas del salón, donde reposaban indolentemente, esperando la llegada de los clientes nocturnos. Con la mayor familiaridad, se cogieron del brazo de los recién llegados,, desfilando como una procesión de damas y caballeros de las leyendas medioevales.
El sonido del timbre había puesto en movimiento al personal de la casa, que no contaba con una visita tan prematura. Generalmente, después de las diez, era cuando los parroquianos llegaban. La dueña del burdel, dejó su habitación, en la que se entretenía, contando los billetes que había producido la venta del día anterior. La cantinera, corrió á ocupar su puesto, detrás del mesón. Algunas mesalinas, que se encontraban en sus cuartos, arreglando sus toiletes, se presentaron á medio vestir, en fustán y corsé, averiguando si los recién llegados eran sus camotes. Cuando se convencieron de lo contrario regresaron á sus habitaciones. á continuar la transformación de sus rostros, por medio de las pomadas, blanquete, polvos de arroz, carmín, corcho quemado para las orejas y tinta china para los lunares apócrifos.
En los divanes y sofaes del amplio salón, reverberante de luz que hería el rojo de la alfombra, los marcos dorados de los espejos y los cuadros lascivos de desnudeces tentadoras, se desparramaron las parejas de improvisados amantes, iniciando una conversación igual y sin pizca de interés: de celos, por parte de ellas; de vindicación, por parte de ellos.
Es curioso el modo de comportarse de las prostitutas. Cobran celos, á hombres, que no han tenido con ellas la menor relación, por haberlos visto otra vez en compañía de algunas de sus amigas. Aquí podría aplicarse muy bien, aquel dicho popular de: “el ladrón detrás del juez”. Los hombres, aceptan esas estupideces, y tratan de levantar los cargos que les hacen, queriendo aparecer como inmaculados corderitos, que recién van a dejar entre sus manos el blanco vellón. Si en las horizontales, que son mujeres sin educación ni instrucción, elevadas al rango de deleites carnales de los burgueses, por la ola del vicio, son censurable esos celos, mucho más lo son en los hombres que lo aceptan, la mayoría de los cuales tiene dos dedos de frente, y ostenta títulos de abogados, médicos, ingenieros y la mar.
Luis, á pesar de la borrachera en que entró al burdel, se quedó aturdido, cuando una mesalina, oliente á magnolia; lo cogió del brazo con familiaridad, tuteándole y preguntándole de dónde era. El muchacho, vió á sus demás compañeros que trataban á las mujeres con mucha confianza; pero no se atrevió á tanto, deslumbrado por la luz y por el ambiente nuevo que respiraba. Al cambiar la obscuridad del coche en que había venido del Americano, por la iluminación de ese vasto salón, se encontraban en la situación de un preso, que después de haber estado mucho tiempo en las tinieblas de una mazmorra se encuentra en pleno día.
Su situación era embarazosa, y así lo comprendió la mujer, que miraba con disgusto la rígida posición que guardaba, no abrasándola ni besándola, como hacían los otros con sus amigas. El novicio, solo hablaba de cosas triviales, que no tenían para su compañera ningún sentido, puesto que no conocía ni las letras del alfabeto. La mujer, rompió los fuegos, cogiéndole un muslo, que él retiró inmediatamente, y preguntándole.
-¿De quién es esta pierna?
-Mía.
Una carcajada de la mujer, recibió ésa perogullada, dicha por Luis en tono seco, probando que no le agradaba que lo tocaran.
-Ya sé que es tuya. Pero ha de tener, también, otro dueño.
-Ninguno.
-¿Ni yo?
Las reglas de la educación, que enseñan á ser galantes con el bello sexo, impidieron que Luis hubiera contestado en sentido negativo á la prostituta; pero se calló, creyendo más prudente guardar silencio.
-¿No me contestas? Estás pensativo. Parece que piensas en alguna otra.
El burguesito de marras, y cuyo nombre era Héctor Vergara, sacó del apuro á Luis, gritando:
– ¡Vamos á la cantina!
Como rebaño sediento, que después de una larga caminata por el desierto, se precipita á una fuente, que encuentra á su paso, se arrojaron hombres y mujeres á la cantina, pidiendo cerveza á voz en cuello. Después de beber algunas copas, se dirigieron las parejas al salón á bailar, alternando las libaciones con el arte de Terpsícore.
Concluído el primer valse, Luis, perdió un poco de su cortedad y se hizo más expansivo, lo que prueba que los hombres se acomodan á todo medio ambiente. Basta que den e, primer paso en él camino de la perdición, para que vayan derecho hasta el abismo. Le contó á su pareja quien era su tío, adonde estaba empleado, la fecha en que desembarcó en Iquique, y el nombre del vapor que lo trajo. Al decir que había llegado en el Loa la muchacha lo miró fijamente, y en seguida lanzó una carcajada, más estridente que la que lanzara, cuando él le dijo que su pierna no tenía más dueño que él.
-Pero, hombre; ¡qué mala memoria tienes! ¿No me has visto otra vez?
-No, te lo juro.
-¿No recuerdas que yo y otra amiga nos embarcamos en Coquimbo, en el Loa, y después desembarcamos en Iquique, en el mismo bote?
-Entonces, ¿tú eres una de las muchachas que venía en compañía de una morena gorda y chata?
-Efectivamente. Aquella negra, es la Cecilia, una cabrona muy atrevida y miserable. Estuve dos meses en su casa, y después me salí, porque no me convenía. He estado donde la Laura, la Peta, la Juana y en el Palacio de Cristal; pero no me ha gustado ninguna de esas partes. Aquí estoy contenta, porque le dan libertad á uno. No le exigen que se acueste con los hombres, y puede tenerse lacho, sin que se lo estén sacando en cara
-¡Caramba, qué desconocida estás! En el bote, parecías una muchacha honrada!
-Como que lo era. A mi madre la engañó la Cecilia, diciéndole que yo venía de sirviente de mano, ganando cincuenta pesos mensuales. Como en mi tierra, no se ganan esos sueldos, y mi madre era pobre, consintió en que me viniera con esa mujer, que se mostraba muy expléndida y que le adelantaba dos meses de mi sueldo. Al llegar á Iquique, me hizo dormir por la fuerza con un viejo, que oí decir que era juez, y que supe después que le había pagado doscientos pesos.
-¡Qué, barbaridad! Tú no debiste aceptar ese género de vida. ¿Por qué no le escribiste á tu madre?
-Como yo no sé escribir, la Cecilia se encargaba de hacerlo, y quién sabe lo que le diría. Además, me tenía como presa; no me dejaba salir á la calle; y una vez que le dije con tono alto que yo no era esclava, me agarró del pelo y me arrastró por el suelo.
-¡Qué cosas, se ven en Iquique!
-Pero, dejemos á un lado estas tonterías, que me hacen entristecer. No quiero acordarme de mi vida antigua. ¿Quieres convidarme una copa de coñac, para bajar la cerveza?
-Bueno.
XXVI
Al otro día de su iniciación en la vida crapulosa, Luis, abandonaba el burdel, sin un centavo en los bolsillos, y con el corazón oprimido por una gran pena. Al malestar que sentía en el cuerpo, por los efectos del licor y los placeres carnales, debía añadir el del alma, por la vergüenza de haber dormido fuera del hogar de su tío, y por la manera tan escandalosa como había gastado los ciento cincuenta pesos de su sueldo.
¡Adiós esperanzas, que se forjaron sus padres cuando lo enviaron al Norte! Dominados por el dolor que les causaba la separación del hijo querido, le había encargado entre lágrimas y besos, que se acordara de los autores de sus días, que quedaban pobres y cargados de años. El, les había jurado, enviarles todo cuanto ganase, portarse como un hijo modelo y ser báculo de su vejez. Sin embargo, fué débil, y en lugar de haberles enviado parte de las primicias de su trabajo, las había derrochado todas en una noche de orgía.
Del burdel, se dirigió directamente al Banco, donde encontró que todos los empleados tenían las caras pálidas y ojerosas, síntomas claros de que habían pasado la noche en juerga. Cuando á las once, fué á almorzar á casa de su tío, no lo encontró. Preguntó por él á la cocinera, quién le contestó que no había amanecido en su cuarto. Esto lo tranquilizó, porque, al no haber dormido en casa su tío, no podía enterarse de su bribonada. Lo que continuaba amargándole, era el recuerdo de sus padres, canosos y decrépitos, en una modesta casita de un barrio apartado de Santiago, esperando con ansia la remesa del hijo amado.
Dos día le duró á Luis el remordimiento de su mala conducta; al tercero, fué perdiendo intensidad; y á los cinco, ni recordaba nada. Otra imajen ocupaba su pensamiento, no ya la de curvas voluptuosas y continente modesto, que se llamaba Genoveva, y que había ido á esconder en la cama de un Hospital la miseria que la afligía, sino una que tenía aires insolente; y brazos y seno desnudos: la de la muchacha coquimbana, con quien había pasado la noche del primero, en el burdel de la Chepa.
¡Qué diferencia tan grande, entre las caricias de una y otra! Genoveva, se entregaba á él con timidez, con ese pudor que tanto mérito da á las mujeres, y que viene á ser una especie de encanto en el bello sexo. La otra, lo hizo descaradamente, con la mayor desenvoltura, tratándolo como á un antiguo conocido. La primera, consumó el acto, en las tinieblas del cuarto de Luis. La segunda, se desnudó en su presencia y no tuvo reparo en dejar al descubierto las partes más ocultas.
No hay duda que la diferencia entre ambas mujeres era enorme; pero Luis, como todos los jóvenes inexpertos, se dejó seducir por el alto moño, el traje de seda y los zapatos de raso, y pensó que más valía la coquimbana Elvira, con su apostura insolente, que la cándida y ardiente Genoveva, que lo había ido á buscar á su dormitorio, impulsada por la fiebre del deseo.
Llegó el día diez del mes, é imitando á sus compañeros de empleo, pidió dinero anticipado, á cuenta de su sueldo, y con él se dirigió al burdel de la Chepa, en busca de Elvira. La encontró, y después de manifestarle que había pensado mucho en ella, la convidó á la cantina y bailó bastante con ella.
Elvira, en diez meses que llevaba de vida airada, había aprendido mucho. El trato cotidiano con distintos hombres, le había enseñado lo ridículo que son éstos, tan lujuriosos ante la carne de mujer; tan estúpidos, cuando se les niega la posesión de un cuerpo; y tan llenos de vanidad, en la calle, ante la sociedad, donde se muestran altaneros, insultando á los humildes con su orgullo.
Al ver á Luis, que le hacía una declaración de amor velado, rió Elvira, pues eso había oído á los doscientos hombres á quienes le había entregado su amor, en el tálamo del vicio. ¡Que había pensado mucho en ella! Eso era música celestial, y hacía diez meses que la oía de labios de jóvenes y viejos. Todos le decían que la amaban, que era su cielo; pero ninguno le había ofrecido rescatarla de esa vida de abyeción. ¡Bonito amor!
A media noche, Elvira propuso á Luis ir á cenar al “Zorro”, establecimiento nocturno, de dudosa reputación, adonde acudían todos los trasnochadores, que querían confortar el estómago con un valdiviano ó un befsteak. Aceptada por Luis la indicación, tomaron un coche y se dirigieron á la calle de Thompson, donde estaba instalada la casa de cena. Por fuera, el edificio, pequeño y de feo aspecto, parecía no encerrar otra cosa que soledad y telaraña; pero una vez que la pareja hubo tocado y se le hubo abierto la puerta, apareció un mundo de bebedores, que comían y chupaban á discreción.
Recibía á los parroquianos, una mujer gorda y baja de estatura. que tenía los ojos muy pequeños y turbios, como si la naturaleza la hubiera dotado con semejantes órganos visuales, para que no pudiera ver las miles de escenas desvergonzadas que se verificaban en esa sucursal de la prostitución.
Los comensales de segunda, que estaban instalados en las mesitas de la cantina, recibieron con murmullos á los nuevos parroquianos.
Luis, se mostró cortado, y no supo qué decir. No así su compañera, quien, adelantándose á él, dijo á la mesonera:
-Necesitamos un comedor reservado.
La de los ojos diminutos, los condujo por un pasadizo obscuro y angosto, á un comedor, bastante confortable, adornado con cuadros obscenos y cabezas de ciervos. En un rincón de la sala, un gran sofá, denotaba claramente que ahí tenían su de epílogo las grandes cenas que se regalaban burgueses y prostitutas.
Instalados, Luis y la horizontal, alrededor de la gran mesa que se exhibía en el centro del comedor, empanzaron á devorar las viandas que ella elegía. En la casa de cena, Genoveva, como más ducha en el asunto, pedía lo que se le antojaba, y Luis, desempeñaba el papel pasivo de acatar las órdenes de su reina. Ella, hizo servir pichones, huevos pasados, vino Urmeneta, paltas y otras golosinas. Cuando el galán pidió la cuenta, ésta ascendía á quince pesos. Pagó y salió del brazo con su querida, humillando a los parroquianos de segunda, que en las mesitas de cantina, comían pescado frito y tomaban vino ordinario.
XXVII
Una cena, siempre predispone el espíritu á grandes confidencias. Las viandas y regalos con buenos vinos, son el mejor medio de llegar á un buen acuerdo. Es por eso que los diplomáticos, cuando tratan de atraerse á algunos personajes de alta categoría, los banquetean; les dan de comer y beber bien, y luego pueden contar con su amistad. Si los humanos de la primera capa social, esa que se llama la aristocracia, encuentran en la comida una especie de encanto que los seduce y los convierte de leones en corderos, los de abajo, no pueden menos que sentir iguales emociones, ante una buena cazuela y una malaya, asada con bastantes condimentos.
En el “Zorro”, Luis y Elvira, fueron víctimas de las fruiciones que proporciona la comida, y se entregaron á las confidencias, que es por donde empieza la juventud á manifestar su alegría. Luis, le contó que la amaba, que desde la noche del primero, la llevaba clavada en el corazón, sin que pudiera hacerla olvidar, ni la ausencia, ni el ambiente en que vivía. Elvira, le dijo que estaba desesperada de la vida que llevaba, que él le era muy simpático, y que comenzaba á sentir una pasión que nunca había experimentado. Le aconsejó que no debía gastar mucho en la cantina del salón, que podía ir á verla á las siete de la noche, hora en que no hay parroquianos. Podía subir directamente á su cuarto, y allí estarían, sin necesidad de bajar al salón. Si la cabrona te pone mala cara, peor para ella, porque me saldré á vivir sola, que es lo mejor. Estando en burdel, no tiene una nunca nada. Lo que se gana, no alcanza para pagar los sesenta pesos de pensión, ni para comprar ropa. Siempre se debe una exhorbitancia, porque apuntan en la libreta con trinche, por un traje cualquiera, ochenta ó cien pesos; por las medias, cinco pesos el par; por un corsé, veinte pesos. Total, que nunca puede pagarse la deuda, y cuando queremos cambiar de residencia, tenemos que pedir prestados á otra cabrona trescientos ó más pesos.
-A ustedes, las explotan mucho.
-Por tontas. Conozco á varias amigas, que viven en sus casas particulares, y pasan una existencia feliz. Duermen con gustan quieren, comen buena comida, en lugar de las aguas sucias que dan en los salones, se acuestan á la hora que quieren y el dinero no les hace falta. El dormir tarde, es lo que más me da rabia. Hay veces que son las dos de la mañana, y estoy dormitando en un sofá, esperando parroquianos. Todo, por tener á gusto á la cabrona.
-Para vivir independiente, necesitas tener mucho dinero, para amoblar la casa.
-Por lo pronto, no hay necesidad. Con diez pesos que pague semanalmente, me arriendan todo lo necesario para un dormitorio. Con una cama ancha resistente, no se necesita más. Yo no quiero tener sala, comedor, ni nada de comodidades.
-Arrendando muebles, no podrás poseerlos de tu propiedad.
-Qué importa eso? Mañana ó pasado me muero, y las cosas quedan para otra. Ademas, si yo quisiera muebles, hay un gringo que me los regalaría; pero en cambio de vivir con él, y esto es lo que a mí no me agrada. Me gusta ser libre y no tener que dar cuenta á nadie de mis acciones……. ¿Por qué no comes? Te veo pensativo.
-Me da pena la vida que llevas.
-No seas leso. En el mundo, hay que divertirse. Lo demás, es pura tontería. ¿Qué otra existencia mejor, puedo llevar? ¿Acaso las mujeres honradas, gozan más? Sus maridos, se cansan pronto de ellas, y buscan entre las mujeres de mi clase, el placer que no encuentran en las suyas. Esto, aparte de que la reputación de ellas, anda al nivel de la nuestra, pues rara es la que no adorna á su marido con un par de astas.
Luis, la escuchaba admirado. No se daba cuenta de que una muchacha, sin instrucción ninguna, disertarse sobre la prostitución, procurando convencerlo de que el libertinaje era superior á la virtud.
-Sigue dándote pena mi vida? Preferible es entregarse á los hombres, en cambio de dinero, aunque digan que es uno prostituta; y no, á trueque de que la llamen honrada, tener un querido que no le dé un centavo, la haga trabajar para mantenerse, y la deje plantada con uno ó más hijos.
Estas palabras, hirieron directamente á Luis, que se extremeció al oirlas. En su cerebro, embotado por el alcohol, hubo un choque de pensamientos, una lucha de recuerdos que pugnaban por levantarse de sus tumbas, amenazándolo con sus rostros espectrales. Entre esos cadáveres, distinguía uno de vientre demasiado abultado, que tenía mucha semejanza á Genoveva, y que parecía amenazarlo con un puño, mostrándole con la otra mano el abdomen inflado, tras de cuya piel, se agitaba algo que proyectaba curvas; talvez un feto.
Elvira, al ver á Luis meditando, se levantó muy quedo de su asiento y se tendió en el sofá, colocando sus pies, cruzados, sobre uno de los brazos del mueble, y dejando en descubierto los sapatos blancos de razo y las medias negras. Con los ojos entornados, miraba el alambre, negro de hollín y de moscas, que sostenía la lámpara, á cuyo alrededor volaban algunas mariposillas grises, y pensaba que un alambre, también negro, sostenía su brillante existencia, en cuyo torno revoleteaban insectos de todas clases, desde los fúnebres moscardones, hasta los cínifes incautos.
Dos golpecitos disimulados, dados en la puerta del comedor, sacaron á Luis de su ensimismamiento. Era el mozo, que preguntaba si deseaban café.
-Trae café, y dos copas de cogñac, dijo Luis.
XXVIII
Aceptando la invitación de Elvira, todas las noches, de siete á ocho, acudía Luis al burdel de la Chepa, se introducía por la puerta falsa, subía la escalera, y llamaba al cuarto de la mesalina. Ella, que generalmente se encontraba preparando su tocado, corría á abrirle con mucha alegría.
Luis, se sentaba sobre la cama donde estaba desparramando el escaso ajuar de Elvira, y miraba con atención los movimientos que hacía ella ante el espejo. Admiraba sus espaldas fornidas y bien conformadas, capaces de competir con las de cualquier obrero. Ella, no se preocupaba de su presencia, y continuaba su toilete, charlando como una cotorra, contándole lo que le había sucedido la noche anterior. Cambiaba las babuchas por los zapatos de baile, que tomaba de abajo de la cama, dejando escapar con este movimiento las robustas y lacias ubres, que se escapaban de la camisa. Para calzarse, colocaba un pié sobre la rodilla, dejando en descubierto la rolliza pierna y parte del muslo.
El muchacho, entonces, no se podía contener, la abrazaba, la besaba, en los ojos, la boca, el pecho; se arrodillaba en el suelo y le tomaba la cintura entre las manos.
-Ponme los zapatos, le decía ella, y él, como si fuera un esclavo, le obedecía, temblando de emoción y con la boca abierta.
Una vez calzada, ella tomaba la chaqueta para ponérsela; pero él no la dejaba. La cogía entre sus brazos y pretendía arrastrarla á la cama.
-Déjame, tonto, ¿no vez que te ensucias con los polvos?
-No entiendo, ahora quiero. Si me amas, dame ya.
– Mañana, mejor. Me harías arrugar el traje.
-Quítatelo. No espero.
-Bueno, te daré gusto.
Una noche, que á la hora consabida, tocaba Luis la puerta del Elvira, nadie le contestó. Acercó un ojo á la cerradura, y pudo distinguir una escena, que le hizo afluir la sangre á la cara. Vió á la prostituta, dormida sobre la cama, con los brazos y piernas estiradas y los cabellos en desorden. Al lado de ella, distinguía un bulto, que vestía vestón y pantalones negros, cuya faz no le era posible apreciar. Varias botellas y dos copas sobre el velador, denotaban á las claras que ahí había habido una minúscula orgía. Golpeó nuevamente, ciego de ira. Quería enrrostrarle su perfidia á esa mujer, que lo citaba á una hora, en que se entregaba á otro. Como no le contestaran, tocó con más fuerza, tan recio que el hombre del vestido negro se incorporó en el lecho, y pronunciando una interjección, gritó:
-¿Quién es, canastos?
En ese momento, salía de un cuarto contiguo una de las mujeres de burdel, la que al ver á Luis, prorrumpió en una gran carcajada, que hizo asomar á las horizontales que en sus habitaciones estaban vistiendo sus trajes elegantes.
-¡Pobre pije! Está tocando la puerta, y la otra se halla borracha, durmiendo con el pianista.
Luis, bajó la escalera á escape, sintiendo que detrás estallaban las risas y las pullas. En el último tramo, tropezó con la cabrona, quien lo insultó, ordenando al portero que no dejara entrar más á ese muchacho y cuando llegó á la calle, casi lo atropella un coche, que se paraba á la puerta del burdel, conduciendo cuatro gringos borrachos, que cantaban y silbaban.
Ya en la vía pública, respiró el decepcionado amante, sintiendo que los celos le destrozaban el alma. Su dolor y desesperación eran tales, que las lágrimas asomaron á sus ojos. Anduvo sin dirección, y, sin saberlo, se encontró en la Plaza Condell, donde una banda tocaba retreta.
Afirmado á uno de los raquíticos pinos que se levantaban en ese paseo, trató del calmar su agitación, observando á la concurrencia, que era de todos los matices sociales: burgueses de medio pelo, niñeras, soldados, pampinos, obreros marítimos y agentes de la policía secreta. Estos, armados de gruesos garrotes, se paseaban altaneros, haciendo alarde de su ocupación, lo que era una discordancia con lo misterioso de su empleo.
Repuesto un poco de la dolorosa impresión que sufriera, iba á encaminarse á su casa, cuando divisó á Genoveva, que con un niño debajo del manto se acercaba hacia él. Estaba flaca y envejecida. Aquellas curvas tan pronunciadas, que tanto habían llamado la atención de Luis, habían desaparecido. Un sufrimiento intenso, se pintaba en su rostro. Cuando estuvo cerca de él, Luis adelantó el rostro para que lo viera; pero ella, haciendo un gesto de desprecio y odio, volvió la cara á otro lado, siguiendo su camino, como si hubiera visto una cosa desagradable.
Luis, sosteniéndose como un ebrio contra el pino, la miraba alejarse, y le pareció oir llorar al niño que llevaba debajo del manto, y que era su hijo.
XXIX
Después de ese encuentro, Luis, no volvió á ver á Genoveva. Por más que la buscó en todos los paseos y en el Mercado, no le fué posible dar con ella. Parecía que la tierra se la había tragado, y que esa aparición de la Plaza Condell; había sido como un castigo de la Providencia, en premio de su mala conducta.
Un mes después, recibió por correo una carta que decía:
“Mal padre: Tu hijo, ha muerto. Genoveva.”
El muchacho, sintió una gran corazonada ante esta noticia. Aunque no podía comprender el cariño paternal, una voz oculta le decía que el niño muerto era carne de su carne, y sangre de su sangre, y que debía amarlo, de la misma manera que amaba á sus padres.
Consecuente con la volubilidad de sus sentimientos, muy luego echó al olvido la muerte de su hijo y la ausencia de Genoveva, dedicando todos sus pensamientos á la mesalina que tan cínicamente se había burlado de él, entregándose á un rufián, en los momentos que lo debía esperar.
Su corazón, inclinado siempre más del lado de lo malo. no recordaba á Genoveva, que había llevado en su seno un hijo suyo, y sólo tenía palpitaciones para la meretriz, para la mujer que había encontrado en el charco infecto, donde las aguas estancadas de la prostitución salpican las pecheras de los más encopetados aristócratas. Es por eso, que la clase llamada baja, es la que surte en su mayor parte á los prostíbulos. Las hijas del pueblo, que son requebradas por los mocitos burgueses, se vuelven fácilmente prostitutas, porque comprenden que son más consideradas en ese estado, que en el de muchachas formales.
Genoveva, una vez que dió á luz en el Hospital, y que estuvo en estado de poder andar por sus pies, abandonó ese establecimiento y se trasladó á casa de una señora lavandera, antigua amiga de su difunta madre. No pensó por un momento, reconciliarse con Luis, cuya conducta pudo apreciarla en los días en que había estado en el Hospital, que no se dignó ni enviarla una palabra consuelo. La miseria, los dolores del alumbramiento, el hambre, todo lo habría soportado con resignación, siempre que su amor hubiera sido correspondido. Luis, se había portado como un miserable. Después de saciar bien sus apetitos desordenados, le había correspondido con la ingratitud. ¡Qué desengañada estaba de las pasiones de los burgueses! El primero, la abandonó, después de conseguir su objeto; el segundo, que fué don Carlos, desapareció de la noche á la mañana; y el tercero y último, Luis, padre del hijo que tantos sufrimientos le había costado, la dejó al amparo de la caridad pública.
Los tres, le habían jurado amor, mintiendo canallamente. Los tres, la habían colocado en una extensión desierta, con dos únicos caminos que seguir: el de la prostitución y el de la miseria. ¿Cuál eligiría? Una muchacha inexperta, á quien no hubiera escocido la ingratitud de los hombres, se habría dejado seducir por las rosas venenosas del sendero del mal, sin vacilar; pero, ella que había confortado su alma en el doloroso calvario en que naciera su hijo, se propuso seguir por el camino de la miseria, disponiéndose á luchar con toda energía, para ganarse el sustento de ella y de su pequeñuelo.
Trabajaré, se decía, día y noche, para que no le falte a mi hijo un pedazo de pan. Ya sé lo que puedo esperar del amor de los aristócratas, de esos chanchos, que no valen ni el afrecho que comen. Voy á regenerarme en el yunque de la labor, y cuando esté purificada, y encuentre un obrero que me ofrezca abrigo bajo su techo, me iré con él de mil amores. ¡Cuánto os aborrezco, infames, ladrones de las honras de las pobres! ¡Malditos seáis, vosotros y vuestros descendientes!… Pero, ¿qué digo? ¿Maldito mi hijo, también? ¡Nó! Pobre pequeñuelo, tú no tienes culpa ninguna, no debe caer sobre tí alguna maldición. Yo, solamente yo, he sido la pecadora, porque me dejé seducir por un cuello alto y un nudo de corbata, porque olvidé los consejos de mi malograda madre, porque no tuve entereza suficiente para acallar la lujuria de la carne.
Quiso la suerte, que la señora á quién se había acogido Genoveva, fuese una anciana honrada y buena, que no tuvo reparo en brindarle su casa y en proponerle que la acompañara en sus faenas de lavado, lo que aceptó con alegría la desgraciada muchacha. Así, podría contar con un seguro plato de comida.
XXX
El cuerpo de Genoveva, una vez que se extinguieron los dolores que le causara el abandono en que se vió, en el Hospital, empezó á recuperar la belleza perdida. Así como los árboles, después del invierno, retoñan y engalanan de hojas sus desnudos brazos; así Genoveva, comenzó á experimentar una hermosa transición. Los colores rosados, volvían a su rostro ajado y pálido; las combas de su seno y caderas, adquiriendo relieve; su talle, se alargó y recuperó la esbeltez perdida. Sin que fuera una hermosura perfecta, podía decirse que se había convertido en una muchacha agradable, como las frutas en sazón.
Mientras ella volvía con vigor á la vida, conquistando los encantos que parecían haber muertos, su pequeño hijito, fué desmejorando de salud y adquiriendo una tos muy intensa. El angelito, era víctima de una aguda bronquitis, que en pocos días lo arrastró á la tumba. Sobre el cadáver de su hijo, lloró abundantemente, la pobre Genoveva, al ver perdidas las ilusiones que se forja toda madre con su hijo. Su dolor fué inmenso, y durante dos días, no quiso probar bocado, entregada á las más grande aflicción.
La anciana Luisa, la consolaba, tratando de apartar de su mente ese persistente recuerdo del pequeñuelo.
-Tiene usted razón; doña Luisa, dijo al tercero día. No me queda otra cosa que conformarme. ¡Quién sabe si es mejor, que mi hijo haya muerto inocente! Quién sabe si iba á ser un mal hombre como su padre! Y tú Luis, añadió como si hablara con su antiguo amante, debes saber que todo se ha acabado entre nosotros. El hijo de nuestros amores ha muerto, y junto con él el cariño que te tuve.
Poco á poco, fué calmándose el dolor de Genoveva, acabando por tranquilizarse. Se dedicó, entonces, al trabajo con un furor inaudito. Parecía que quería mortificar á su cuerpo con la labor ruda, para castigarlo de sus pasados deslices. La vieja Luisa, la quería muchisímo, tanto por su buen carácter, cuanto por lo servicial que era. Con la ayuda de Genoveva, la diminuta lavandera, adquirió más clientes y, los días Sábados. pudo sumarse una regular ganancia, que les daba demasiado para vivir.
Cuando los Domingos, después de un suculento almuerzo, reposaban de las fatigas de la semana, doña Luisa, le contaba á Genoveva varias historietas de su juventud, que tenían mucho de parecido á lo que le había pasado á ella. La señora Luisa, perdió su virginidad, en los brazos de un viejo, en cuya casa servía su madre. El sátiro burgués, abusó de su inocencia, engañándola con obsequios de chucherías y golosinas. Ella, era muy niña; sólo contaba trece años; pero eso no fue un obstáculo para que el malvado consumara su obra. Al enterarse su madre del crimen, quiso protestar; pero unas cuantas monedas que le regaló el patrón, la hicieron callar. El viejo era casado, tenía hijas casaderas y tuvo miedo del escándalo. Dió una buena gratificación á la madre ofendida y la despidió, en compañía de su hija, para quitar de su camino un estorbo que podía acarrearle malas consecuencias. A los quince años, tuvo su segundo amante, un mozalvete relamido, que la olvidó á los pocos días, dejándole como recuerdo una enfermedad terrible, que le causó un año de sufrimientos. Desengañada de las pasiones de los burgueses, y comprendiendo que la mujer sólo puede encontrar la felicidad, al lado de un hombre de su clase, contrajo matrimonio con un obrero pampino, particular de una oficina salitrera. Muy feliz fué los dos años que vivió con su marido, quién jamás le enrostró su pasada conducta. No tuvo hijos, porque el tunante que la enfermó, la volvió estéril. Una tarde, mientras preparaba la comida para su esposo, oyó ruido en las calles del campamento. Salió á la puerta, para enterarse de lo pasaba, y vió que todos la miraban con curiosidad, cuchicheando. Preguntó qué pasaba, y le contestaron que su marido había sido destrozado por un tiro de dinamita.
XXXI
El mundo está compuesto por tres clases de seres: los aristócratas, los plebeyos y los animales. Los primeros, gozan de miles de prerrogativas, están excentos del trabajo mecánico y desconocen los sufrimientos materiales. Los segundos, nacen con el estigma de ganarse el pan con la labor cuotidiana, sin descanso ninguno; están proscritos de los placeres y de los honores. Los terceros, cargan sobre sí la tiranía de las otras dos clases; son los eternos condenados de un infierno superior en suplicios al del poeta florentino, los verdaderos párias, los que no tienen derecho ni de respirar un poco de aire, los que reciben en recompensa á su labor hercúlea, el látigo y la estaca.
El creador del universo, fué muy injusto, al dotar á unos seres con más poder que otros. Debió pensar en el porvenir, en el abandono que entregaba á los irracionales.
El hombre, orgulloso de sí mismo dice: “Yo tengo derecho á gozar de la vida porque estoy dotado de una inteligencia, porque poseo el dón de la palabra, porque soy superior á las bestias”. ¡Fatuo! ¿Quién dice que los animales no tienen inteligencia, muchas veces superior á la de los que visten frac y llevan las manos enguantadas? ¿Quién puede afirmar que los brutos no tienen su idioma especial, por el que se entienden? Se abusa con los animales, porque no hablan. ¡Ah! Si esos seres infelices pudieran articular palabras, cesarían las injusticias que con ellos se comete, concluiría la nefanda tiranía á que están expuestos.
Para apreciar los sufrimientos de los irracionales, no hay más que observarlos en cualquier faena; en la de las carretas, por ejemplo. El carretero, carga el vehículo sin compasión, se encarama encima, enarbola el látigo y empieza la vía crucis de la mula. Si el animal es joven y robusto, arrastra el carro fácilmente, sin que esto lo libre de unos cuantos zurriagazos, los de reglamento. En cambio, si sus fuerzas están gastadas por muchos años de labor, ó si padece de una enfermedad que no puede manifestar, entonces, el cabestro zumba sobre sus ancas, sobre sus lomos y sobre su cabeza. ¡Arre, mula floja! ¡Huif, huif, huif, demonio! El animal, con una cuarta de lengua afuera, la respiración cortada y los jarretes próximos a romperse, tiene que sacar vigor de donde no hay y tirar adelante, sin quejarse, sin proferir el menor reproche. Un guardián, encargado de impedir que se maltrate de ese modo á los animales, ve la inhumanidad del carretonero, se encoge de hombros y continúa su marcha, con ese paso estúpido de los policiales. ¿Para qué se va á molestar en reprender al hombre ese? ¿Qué saca con defender á un animal, que no puede recompensarle su servicio?
Un hombre, siente dolor en la cabeza. Al acto, corre á la botica y compra obleas de antipirina ó nervalina, con las que mitiga su dolencia. ¿Le duele el estómago? El remedio, lo encuentra en el bicarbonato, la magnesia, ó el bismuto. ¿Un constipado, le aqueja los órganos respiratorios? Ahí están los jarabes, los pectorales y los parches porosos. ¿Envenena su sangre y su cuerpo, con el virus de la sífilis? Tiene médicos y drogas, que se encargan de curarlo.
Un caballo ó mula sufre de la cabeza, el estómago, ó los órganos respiratorios? Nadie lo sabe, desde el momento que el animal no habla. Y luego ¿qué van á enfermarse de esas cosas los brutos? Ellos, no padecen otra cosa que de mataduras en el lomo, roturas de la piel por el látigo y exceso de sangre mala. Para lo último, está el veterinario que los sangra sin piedad; y para lo demás, la parafina y los polvos de mercurio.
En verdad que hay ejemplares raros de bestias, que gozan de muchas gollerías, tales como los caballos de los burgueses; pero esto no significa nada, porque es muy pequeñísimo su número, comparado con los que soportan el peso abrumador de las distintas faenas á que el hombre los destina, como es diminuta la porción de aristócratas, ante la inmensa muchedumbre que, en el campo, en las minas ó en las fábricas, consume su existencia, en cambio de un mezquino alimento.
Desde que Juan Pérez, emprendió la tarea de redimir á sus hermanos del Tamarugal, sufrió una metamórfosis muy grande. Su cerebro, se convirtió en una maquina de movimiento constante, en la que las ideas entraban en bruto y salían convertidas en brillantes objetos, fáciles de ser reconocidos como producto de una inteligencia superior. Los sentimientos humanitarios, se despertaron en él con entusiasmo, y cuando veía á los carretoneros, azotar sin razón á las bestias, sufría inmensamente, como si sobre sus espaldas cayera el látigo inconsciente, y trataba de convencer á sus amigos, que no era justo que abusaran de esa manera de la desgracia de las bestias. Como era respetado por todos, que miraban en él á un hombre excepcional, que preparaba algo que ellos no comprendían; pero que estaban dispuestos á obedecer, aceptaban sus indicaciones y las acataban con voluntad.
-El hombre, decía Perez, tiene tanto derecho á gozar de la vida, como los animales. Es mentira aquello de que los irracionales fueron creados por Dios, para que los humanos explotasen sus fuerzas. Esa es una patraña, inventada por nuestros famosos sabios, para justificar la infame conducta de la humanidad. ¿Cómo no se domestica al león y al tigre, para dedicarlos á la labor? Porque ellos, no soportarían el nuevo género de vida; porque esos carniceros no tolerarían que se les arrebatase su libertad. El caballo, la mula, el camello, el buey y el ciervo, han sido uncidos al yugo del trabajo, porque no tuvieron la energía del león y el tigre, para no dejarse esclavizar. Esa explotación de la fuerza de los animales, podría ser disculpable, siempre que no se abusara de ella, siempre que hubiera un poco de humanidad en los hombres. Desgraciadamente, los obreros, imitando á los burgueses que abusan de ignorancia, se vengan en las bestias, tratándolos con rigor innecesario. Yo quiero que el mundo sea un Paraíso, donde todos trabajen, hombres y animales; pero que nadie sufra, porque el mundo no fué creado para el sufrimiento, sino para la dicha.
XXXII
Juan Perez trabajaba por su idea, con una tenacidad inquebrantable. Hacía labor sorda, jesuítica, cambiando de residencia constantemente. A los pocos días de estar en una oficina, y después de dejar sembrada la semilla del bien, pedía su arreglo, liaba sus bártulos y continuaba su peregrinación. Nada se oponía á la buena marcha de sus planes. Los obreros, agobiados por la miseria, se entregaban en sus manos, sin vacilar, sin hacerle muchas preguntas. Les inspiraba fé su continente modesto, su palabra persuasiva y su virtud á toda prueba.
Perez, comprendía que todo predicador de una buena causa, debe ser de moralidad reconocida, y por eso guardaba un comportamiento irreprochable. No bebía, no asistía á remoliendas, ni á las fondas. De la casa donde comía á su bobardilla, y de la bobardilla al trabajo, era su sistema de vida. En vano, en las fiestas llamadas patrias, cuando sus compañeros, olvidando sus dolores y sufrimientos, se entregaban á la remolienda, trataban de arrastrarlo á los centros de diversión. Se negaba rotundamente á ir, y se molestaba de la exigencia de algunos.
El apóstol debe ser virtuoso, para que su palabra encuentre eco entre la multitud. Cristo, halló muchos prosélitos, porque practicaba las mismas doctrinas que enseñaba. Si Cristo, desde la arcada de un palacio de su propiedad, hubiera querido enseñar los principios de igualdad y fraternidad, nadie le habría hecho caso, porque mal podía, abogar por esas ideas, el que, viviendo en una lujosa morada, no conocía las miserias del pueblo. Hubo necesidad de que el Nazareno, naciera en un pesebre, se criara entre la clase humilde y fuera un modelo de virtud, para que le escucharan aquellos á quienes redimía, enseñando una moral desconocida.
Después de un año de contínua propaganda, Perez se acordó del mar, de su viejo amigo de la infancia, y tuvo deseos de verlo. Pensó en su viaje á Iquique, el que á la vez que le sirviera de descanso, le proporcionara el placer de contemplar la inmensidad del Océano. Y tal como lo pensó lo hizo. Aprovechó el Carnaval, para bajar. Asomado á una ventanilla del vagón de segunda en que venía, miraba la enorme pampa gris, dilatarse y perderse en el horizonte, como muerta, sin rastros de vitalidad. Solo, al pasar por delante de alguna oficina, ó al llegar á las estaciones, el paisaje perdía su monotonía y denotaba que ahí había vida. Muchas veces, de entre las grietas del suelo, se elevaban grupos de obreros, que se quitaban los sombreros y saludaban á los viajeros del tren. Perez, les contestaba con agrado su saludo, adivinando en ellos á los futuros soldados del porvenir, que aún ignoraban la redención por la que él trabajaba.
La pampa, sin el menor asomo de vegetación, sin ningún ejemplar de la flora animal, sin nada que se agitara, inmóvil y muda, parecía un cementerio enorme, donde las tumbas eran las oficinas. Como en los sepulcros, los gusanos, representados por los obreros, se movían devorando la carroña del cadáver de la burguesía. Pensaba Pérez, que esa pampa, había sido testigo de infinitas escenas sangrientas, desde la batalla de Dolores y el combate de Agua Santa, en los que se derramó tanta sangre peruana y chilena, hasta los encuentros del 91, donde los chilenos, al pelear entre hermanos, mostraron un ensañamiento digno de mejor causa. Ese suelo, árido é inhospitalario, no podía convertirse aún en terreno fértil, con los cadáveres con que había sido abonado, ni con el sudor y lágrimas de los veinte mil obreros que regaban diariamente sobre él. Era una tierra maldita, que se complacía en asesinar paulatinamente á los obreros.
Mientras meditaba Pérez, dirigía su vista hacia adelante, donde divisaba una enorme curva, por la que tenía que pasar el convoy. Cerca de ella, un objeto negro, pequeñito como el punto de una i, se destacaba junto á los rieles. A medida que el tren se iba acercando, el punto crecía y tomaba formas de cuerpo humano. Pérez reconoció en él á un obrero, que iba de una oficina á otra, en busca de trabajo, y que viajaba de esa manera, porque no tenía el pasaje. Llevaba la ropa destrozada, el sombrero lleno de barro, y sobre su espalda un saco con todo su patrimonio, compuesto de una camisa, un pantalón, cigarrillos, fósforos, una marraquete de pan, la libreta del último arreglo y una botella de agua. El convoy pasó cerca del caminante, quien levantó la vista para ver á los felices que tenían la suerte de viajar por piés agenos. Pérez sacó el busto por la ventanilla, y comprendiendo que ese hombre sufría horriblemente, al vagar por la Pampa, bajo un sol que achicharraba, le gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
– ¡Valor y esperanza!
Muchas cabezas se asomaron á las ventanillas de los coches, al oir la voz de Pérez, creyendo que había ocurrido alguna desgracia; pero sólo vieron al peregrino, que con paso cansado y la cerviz inclinada, hundía sus pies en la caldeada arena del desierto.
En un vagón de primera, una dama de la aristocracia, preguntó á su marido qué significaba aquel ruido.
-Es que saludan á un roto, que va haciendo el camino á pié.
– ¿Y por qué no toma el tren, en lugar de mortificarse tanto?
-Porque es un bruto, como todos los de su clase. No te preocupes de esa gente.
XXXIII
-Buenas tardes, doña Luisa.
-Bien hayga la suerte. ¿De qué techo has caído, araña?
-Vengo, llegando de arriba.
-¡Caramba, que hacía ratito que no te veía! Siéntate y dí que quieres tomar; para la sed.
-Nada, doña Luisa. No bebo.
-¿Por qué?
– Estoy enfermo. Y quién es esa joven que veo allá adentro? -¡Ah, picaronazo! ¿Te gusta?
-Ni me gusta, ni me desagrada. Yo le pregunto á usted, por simple curiosidad.
-Es una infeliz muchacha, que se le ha muerto la madre, y que ha sufrido mucho, por su mala cabeza. Tuvo un hijo de un mocito burgués, y el miserable la abandonó en el Hospital.
-¡Pobre muchacha!
-¡Genoveva! Ven que te voy á presentar á un amigo de mi difunto esposo.
-A sus órdenes, Genoveva Perez.
-¿Perez? ¿Qué edad tiene usted?
-Dieciocho años.
-Su madre, ¿cómo se llama?
-Murió la pobre. Se llamaba Dominga Nieto.
– ¡Hija de mi alma! ¡Ven á mis brazos!
-Juan Pérez, llorando como una criatura, estrechó contra su pecho á Genoveva, la desgraciada huérfana, ex-amante de Luis.
¿Cómo era que Juan Perez, resultaba ser el padre de Genoveva? En ello no había ningún misterio. La madre de la muchacha, que en su juventud conoció á Pérez, cuando volvía de la campaña del Perú, tuvo relaciones con él, quedando en cinta. Perez, se apartó de ella, amigablemente, porque no podía tolerar su mal genio, prometiéndole socorrerla siempre y reconociendo que la criatura que llevaba en el seno, era hijo suyo.
La madre de Genoveva, que era muy orgullosa, no quiso nunca solicitar favores de Perez, y se contentó con vivir del fruto de su trabajo. Nació Genoveva y la crió á sus expensas, luchando afanosamente porque nada le faltase. Nunca le habló de su padre, ni comunicó el secreto á sus amigas posteriores. Era por eso que doña Luisa, que era la amiga de Pérez, como lo había sido de la difunta Dominga, ignoraba que ambos habían hecho vida marital.
Después de la primera impresión que le causara aquel encuentro inesperado, Perez cayó en una especie de sopor. Esa muchacha, despertó en su alma los dormidos recuerdos de su juventud; fué como una evocación de su pasado truhanesco de soldado, en que llevaba vida disipada, siendo uno de los principales Tenorios de su regimiento. ¿Con que tenía una hija, que era desgraciada, y él no lo sabía? ¡Qué ingrato había sido, con su único vástago! Contemplaba extasiado á la muchacha, recordando en los rasgos de su fisonomía algunos de los de la madre, y encontrando otros que tenían gran parecido á los de él. No había duda que era su hija. Para él, que no sabía qué era el cariño de un hijo, se encontraba ante un objeto que debía amar, y por cuya felicidad era de su deber velar. ¡Una hija! ¡Yél, que se creía solo en el mundo!
Genoveva, con un pañuelo sobre los ojos, sollozaba de alegría. La aparición de un hombre que se decía ser su padre, producía en su alma la resurrección del amor hacia la autora de sus días. No tenía ninguna prueba de que Perez fuera su padre; pero una voz secreta, le decía que ese varón era el que la había engendrado.
-¡Pobre hija mía! Me dicen que has sufrido mucho.
-Sí, padre. He expiado mis pecados.
-¿Pecadora tú?
-Por desgraciada, padre mío. Como las mariposas incautas, quemé mis alas, en las llamas del mal. Perdone usted mis faltas.
-¿Cómo no perdonarte, cuando yo no he cumplido nunca con mis deberes de padre?
Esa noche, cuando se acostó en la cama de su alojamiento, su corazón latía con violencia nueva, á impulsos de un cariño que nacía avasallador, ocupando todo sus pensamientos, extendiéndose, como crecen las ondas de luz del crepúsculo matinal.
El deseo mayor de la humanidad, es el de la procreación. El rey, como el jornalero, ansían tener hijos, en los cuales se reproduzca su fisonomía, sus costumbres y sus apellidos. Un hombre, sin descendientes, es como esos árboles solitarios, que se levantan en los caminos, y que parecen impregnados de una gran melancolía, esperando á cada momento que un huracán los derribe. El hombre con hijos, es como los árboles de las selvas, que están siempre rodeados de otros más pequeños, y que cuando el vendabal descarga sobre ellos las furias de su cólera, se bambolean, sin caer al suelo, porque sus vecinos le sirven de sosten.
Un hogar sin hijos, es como un día sin sol. Los niños son la alegría, la felicidad de la familia. Ellos, impiden infinidad de veces, la divergencia entre los esposos; ellos, regeneran á muchos padres, que olvidan sus deberes; ellos, son un freno, para algunas madres, cuya educación viciada, las tienta á atropellar sus obligaciones.
El mortal que muere, sin que una vocesita infantil, con ese encanto de la media lengua de los pequeñuelos, le haya llamado ¡papá! puede decirse que no conoce la más sublime de las armonías. ¡Felices de aquellos que, antes de pisar el umbral de la tumba, encuentran en su camino, por primera vez, á un hombre que les diga: “¡Padre mío!”
Pérez, comprendía que hasta ese momento no había sido dichoso, porque ningún lazo de simpatía lo ataba á la tierra. Recién, en su noche eterna, empezaban á desmenuzarse las tinieblas.
XXXIV
Al llegar el día primero del segundo mes que trabajaba en el Banco, Luis, se juntó con varios amigos, para correr la juerga. La abstinencia en que había vivido varios días, por la escena que contempló en el cuarto de Elvira, había despertado en él el apetito furioso de la carne. En compañía de muchos amigos que había adquirido, después de comer opíparamente, se dirigió á los burdeles, centros obligados de la aristocracia, adonde acudían grandes y pequeños, encontrando en ello la cosa más racional, después de toda fiesta.
Los burgueses, al terminar un baile, un banquete, ó cualquiera manifestación por el estilo, toman siempre el camino de las prostitutas. El único placer de ellos, existe en el vicio. Hay muchos, que en un salón de baile, entre damas aristocráticas, ricas y hermosas, se sienten fastidiados, ansiando la hora que la fiesta concluya, para correr á la casa tolerancia más cercana, á fraternizar con mesalinas feas y enfermas. Las mujeres, comprenden esa indiferencia de los hombres hacia las honradas, y es por eso que miran con envidia á las hijas de la noche.
Trabajo le costó á Luis, dar con Elvira esa noche. Recorrió varios burdeles, sin poderla hallar. Por fin, en casa de la Petit Pois, una vieja chica y ñata, que se había enriquecido con el lenocinio, poseyendo muchas alhajas y propiedades, dió con ella.
Al entrar al salón, no le habló, siguiendo la táctica de los enamorados. Ella, al verlo tan serio, lanzó una sarcástica carcajada y se puso á bailar con uno de los amigos de Luis. Este, la imitó, cogiendo á la primer mujer que halló á la mano.
-Qué pronto han peleado ustedes? ¿Cierto que te puso el gorro, con el pianista de la Chepa?
-Mentira. Estamos disgustados por otra cosa.
En una de las vueltas del vals, se encontraron Luis y Genoveva, y ésta, riendo á toda boca, le gritó:
-Memorias te mandó el pianista!
Por los visto, Luis comenzaba á perder terreno, y si se descuidaba, se exponía á un fracaso. La horizontal se mostraba insolente y lo desafiaba. Perfectamente. El aceptó el reto y se propuso emplear todas las armas posibles, para no ser burlado. En la cantina, se le presentó la primera ocasión. Cogió del talle á su pareja, y sentándola sobre el mesón, le preguntó qué bebía. Champaña, le contestó ella, riendo orgullosa, comprendiendo que el objeto de Luis era darle celos á Elvira.
-Media botella de champaña, para los dos!
Mozos y mujeres, voltearon la cara, para ver quién era el osado que pedía champaña, en esa reunión, donde los burguesitos, solo podían gastar en cerveza.
-Sí, señores. Pido champaña, para convidarle á esta mujer, que es á quien amo.
– ¡Cállate, cabrón sinvergüenza!
-Mucho cuidado con meterse conmigo.
-¿Quién eres tú, para que no te pueda decir lo que te digo? ¿Te acuerdas, cuando venías todas las noches á mí cuarto y te arrastrabas como perro?
-Yo no me acuerdo de nada. Lo único que sé decir es que esta mujer es mía, y que la quiero.
– Es cierto. ¿Y por qué te picas, niña?
-No es pica, porque yo lo he botado, y si quisiera que fuera otra vez mío, lo sería.
-Eso lo veremos. Sírvete, Luis.
-Además, una piojosa como tú, no me pone á mí el pie.
Elvira, hablaba, haciendo de tripas corazón. Como todas las de su clase, encontraba lo más lógico la infidelidad de la mujer; pero temblaba de celos, ante la traición de Luis, que buscaba una fea; para hacerla rabiar. Comprendió que por el camino de la violencia, nada conseguiría, y se propuso usar la diplomacia. Aprovechando que Luis se había dirigido al interior de la casa, corrió tras él, y le dió alcance en el urinario. Le descargó un puñete en el pecho, al mismo tiempo que le decía:
– ¿Cómo nos entendemos? ¿Te has propuesto burlarte de mí?
-Tú eres la que te burlas, porque fuistes quien primero se puso á bailar con otro.
-¿Si…no? ¿Y qué tiene eso? ¿De dónde has salido tan delicado?
-Bueno, déjame que voy para afuera.
-No quiero. De aquí nos vamos á mi cuarto.
– Imposible. Tengo que ver á mis amigos.
-Mira, que si te propones reírte de mí, te va á costar caro.
Y un cortaplumas diminuto, con una hoja abierta, brilló en las manos de Elvira.
Luis, que no deseaba otra cosa que ser rogado por Elvira, aceptó la imposición de ella, y dándole el brazo, atravesó el salón y se dirigió á la escala, mientras pijes y prostitutas les gritaban, haciendo un ruido infernal:
-¡Otro tooo…ró! !Otro tooo… ró! ¡Otro tooo…ról ¡Al corraaa… al! ¡Al corraaa… al!
XXXV
Al día siguiente de la reconciliación de Elvira y Luis, en el comedor de la Petit Pois, se comentaba la noticia, aprovechando la ausencia de Elvira que había salido á tomar un baño, según ella, y á una cita con su madre, recién llegada de Coquimbo, según sus colegas.
La Petit Pois, en la cabecera de la mesa presidía el almuerzo, mirando tras los vidrios de sus anteojos, los rostros pálidos de sus pensionistas, nombre con que designaba á las mujeres, de cuya explotación vivía.
-¿Qué te parece Clara, lo que hizo el pije García, con la Cara de Caballo? Después de haberle dicho que se iba á quedar con ella, y que la hizo perder á un gringo bueno, se fué con la Moco Verde, que lo trató tan mal.
-Así son estos pijes, niña. Farsantes como ellos solos. Tienen su camote, y le hacen frente á otra, para burlarse.
-Y ¿qué le había dado á la Moco, que está tan perdida con él?
-Yo no sé; pero es el caso que el mocito no le da ni cobre, y á veces le saca plata.
-A mí, quisiera que me tocara de camote ese muchacho, para ponerle las peras á cuatro. ¿Te acuerdas cuando Pedro quiso hacerme tonta? Lo hice levantar una noche de la cama, para que se acostara un viejo. Así se castiga á los bribones, que creen que uno es del Fisco.
-Mejor fuè lo que hice yo, con Uribe. Lo hice llevar á la policía, acusándolo de que me había robado un anillo con brillante.
-Bueno, niñas, exclamó la Petit Pois, la comida se enfría y es necesario que coman. Para charlar, tienen todo el día.
-¿De adonde salió esta mamá tan seria?
-No os podéis quejar nada de mí. Yo os trato como si fuera vuestra madre
-Madre abadesa………..
-Nosotras, Petita, tenemos mucho que conversar, y si á Ud. no le gusta oir, puede retirarse á rezarle á la Virgen, para que haga que el obispo Carter le devuelva los cinco mil pesos que le ha estafado.
-Eso es, váyase a rezar, y mientras habla con los santos, se fuma este cigarro puro, que me dió anoche un marino.
-Y á propósito de marino. No me has dado la partición de anoche.
-Es que ese teniente no me ha dado nada.
-Van cuatro veces, que esto está sucediendo, y no me conviene. Si otra vez ocurre lo mismo, te apunto en la libreta diez pesos. No es posible que todos los días me salgas con esas. Anoche, bien pudiste atrapar á un gringo, que son los que se portan mejor.
-Yo sí que me porto bien. ¿No es verdad, Petita? Van siete días que no dejo de entregarle por la mañana diez pesos.
-Pero no acabas de pagar la cuenta.
-¿Cuánto le debo, todavía?
-Más de cien pesos… Me voy, porque tengo que salir á hacer compras. Yo hace rato que acabé de almorzar, y ustedes todavía no salen del segundo. Coman ligero, que la cocinera se molesta, cuando la hacen esperar tanto.
Abandonó el comedor la Petit Pois, con su pasito menudo y rápido, que la hacía semejar á las japonesas que presentan algunas compañías teatrales, y tarareando la conocida cueca:
Amores y dinero
quitan el sueño;
yo como no los tengo,
muy bien que duermo.
Con la retirada de la abadesa, las monjas quedaron á sus anchas, y se entregaron á toda clase de expansiones. Los secretos del día anterior, salieron á relucir, con multitud de detalles. Algunas, se abrasaban y besaban. Otras, pellizcaban á sus compañeras. Todas reían y manifestaban en sus semblantes demacrados por la vigilia y el placer, esa alegría pasajera, que no brota del corazón, peculiar en las mujeres de vida airada.
– ¿Te has fijado lo seria que se ha puesto la Carmela?
-Está celosa, porque la Juana no fué á dormir con ella, anoche, y se acostó con la Clara.
Las risas y gritos del comedor, fueron interrumpidos por la llegada de Elvira, quien se presentó, radiante de satisfacción, con un perrito negro en la mano.
– ¡Ay, qué bonito choco! ¿De adónde lo has sacado?
-Me lo ha regalado mi lavandera, la señora Luisa.
Algunas de las pensionistas, se pusieron á cuchichear, y una de ellas lanzó una estrepitosa carcajada.
-Mira, Elvira, lo que dicen acá.
-¿Qué es lo que dicen?
-Que ese perrito los has traído para…………..
-Se equivocan las embusteras, que hablan así. Tengo suficientes, para necesitar de perros. Y si no, ahí están Luis, el paco Pancho, el gringo Cooper y don Mamerto.
-Don Mamerto es muy viejo, y de seguro que no hace otro oficio que el de perro.
-Te falta uno Elvira.
-¿Quién?
-El pianista G.
Con una risotada general, fué recibido el nombre del pianista. Elvira, con el rostro encendido de rabia, las insultó groseramente, y salió del comedor, renegando contra aquellas mujeres tan insolentes.
XXXVI
Juan Pérez, después del grato encuentro con su hija Genoveva, se sintió poseído de una especie de misantropía, que lo hacía huir de los lugares animados, para entregarse en los parajes solitarios, á la meditación sobre el plan de redención del proletario y sobre el bienestar de su hija.
Escogía la avenida de Cavancha para sus escursiones, y ahí, en un banco, contemplando las olas que chocaban contra las rocas, ó las blancas velas de los buques que entraban á la bahía, se abandonaba en sus sueños de dicha y felicidad, para las dos porciones de la humanidad que ocupaban su pensamiento: los obreros y su hija.
Permanecía en ese paseo, hasta que el crepúsculo recogía el último pliege de su túnica. La luz eléctrica, corriendo por el interior de los alambres, é inflamando los focos que hay en la avenida, lo despertaba de su meditación, indicándole que era la hora de que volviera á la ciudad. Tomaba el camino de la calle de Baquedano, con paso mesurado; para apreciar el lujo y la opulencia en que vivían los burgueses, mientras en el Colorado, un barrio infecto, levantado en medio de muladares, se refugiaban los pobres, respirando el aire envenenado de las basuras y de los desperdicios.
El día que se fué á despedir de Genoveva y doña Luisa, para subir á la Pampa, llamó á la segunda, y después de recomendarle á su hija, le dijo:
-Te ruego, Luisa, que no consientas que Genoveva tenga amistad con esa mujer á quién le regalaste el perrito.
-No tengas cuidado por eso. Esa muchacha, sólo viene cuando tiene que decirme que vaya á su casa por la ropa sucia.
La despedida del padre y de la hija, fué tierna, cual corresponde á dos seres, ligados por los vínculos indestructibles del amor paternal y filial.
Cuando el tren, cruzaba los cerros que se extienden al oriente de Iquique, y la ciudad se veía desde arriba, enclavada en el fondo del abismo, adonde jugueteaban las ondas del Pacífico, Pérez, sacó su pañuelo, y con los ojos humedecidos por las lágrimas, lo agitó despidiéndose de la ciudad, donde quedaba un pedazo de su corazón. Genoveva, estuvo muy triste por varios días, sintiendo intensamente la ausencia del autor de sus días. Una pena muy grande, invadió á su alma, matando en ella esas sonrisas que se habían eclipsado durante su permanencia en el Hospital, y que habían vuelto á renacer, junto con su resurgimiento á la vida.
Un Sábado, que doña Luisa no pudo cargar con todos los atados de ropa, que debía entregar á su clientela, encargó á Genoveva que llevara un lío, á casa de un caballero soltero, que vivía en la calle de Wilson. La veterana, dió esa comisión á Genoveva, con doble intención, pues ya había conversado con el cliente, el que le ofrecía una buena propina, en cambio de su ayuda, para conquistar á Genoveva.
Llegó la muchacha á la casa del parroquiano, un hombre de regular edad, quien la recibió amablemente, y le pagó con un billete de diez pesos. Al decirle ella, que no tenía dinero sencillo, para darle el vuelto, le contestó que no importaba, que le dijera á la señora Luisa que emplease el saldito en lo que ella sabía.
Se retiró Genoveva, tranquila, sin adivinar la red que se le tendía. Encontró á Edmundo Quintana, bastante atento y caballero, y creyó que los cumplidos que había gastado con ella, no eran otra cosa que hijos de la cortesía que usa toda persona educada.
-Dice el señor Edmundo, que el vuelto de cuatro pesos ochenta centavos, lo destine usted á lo que ya sabe.
-Ni me acordaba del obsequio! ¡Qué cabeza tengo yo! El señor Edmundo, me había prometido hacernos un regalito, para que comiésemos dulces á su nombre. Ahora mismo voy á comprarlos.
-¡Qué bueno parece ese caballero!
-Es un modelo de generosidad. Tiene un corazón de oro, siempre dispuesto á consolar á los pobres Y ¿cómo no había de ser tan expléndido, si es tan rico? Voy corriendo á traer los pasteles.
Por la mente de Genoveva, no cruzó la más leve sospecha. Creyó en las patrañas de doña Luisa, y después de engullir los dulces, no se acordó más de don Edmundo, ni de su cara risueña, ni de su voz melosa.
Al siguiente Sábado, volvió á pretextar algo doña Luisa, y la mandó nuevamente á casa de don Edmundo, quien se portó mucho más amable y le preguntó qué había dicho doña Luisa de su encargo.
-Me encargó que le diera las gracias y yo también se las doy, dijo Genoveva, poniéndose encarnada, ante la fanfarronería de ese hombre, que después de hacer un obsequio, se complacía en recordarlo.
-No me agradezcas eso, hija, que mucho más vale tu hermosura.
-Es favor que usted me hace
-No es favor, linda. Tú, en lugar de estar estropeándote las manos, con el lavado, debías vivir en un palacio, como una reina.

Por más tonta que fuese una muchacha, no habría dejado de comprender que don Edmundo, ocultaba tras sus palabrasestudiadas, algo más que el amor al prójimo. Genoveva, adivinó lo que se proponía ese hombre, y sintió una gran indignación contra el miserable que, envuelto con la piel de cordero, dejaba asomar las orejas de lobo.
-Oye, hijita. Tengo un vino oporto excelente, que me han obsequiado, con motivo de mi cumpleaños, que es hoy. ¿Quieres hacerme el favor de aceptarme una copita?
– Muchas gracias. Yo no bebo.
-El oporto, no es bebida fuerte, y la puede tomar cualquier señorita. Acéptame una copita, que es muy sabroso y muy tónico.
-Le he dicho á usted que no tomo; hágame el favor de no ofrecerme licor, porque no soy ninguna borracha.
Comprendió el don Juan, que la muchacha no era plaza que se podía tomar al primer asalto, y resolvió usar táctica prudente. Afectando la mayor indiferencia, la pagó del importe del lavado, al mismo tiempo que le decía:
-No te vayas á enfadar, porque te he ofrecido Oporto. Creí que te agradaría una copa de buen vino. Soy hombre serio, y no me gusta faltar á nadie.
Genoveva, al llegar á casa de doña Luisa, no le contó nada de lo sucedido, por temor á que la señora creyera que las cosas habían pasado más adelante de una simple invitación, y por esa especie de vanidad, innata en las mujeres, que las hace ver con buenos ojos cualquier galantería que se les diga, así sea el sér más humilde el que se la dirige. Rara, muy rara, es la doncella, que avisa á sus padres que es fastidiada con requiebros por tal ó cual hombre. Y doblemente rara, es la casada, que cuenta á su marido las proposiciones de amor que ha recibido. No quiere decir esto, que todas acepten las frases que se le dirigen; nó. Gustan de ellas, y las encuentran agradables, aunque sus labios se encarguen de rechazar al galán.
El hombre, es el principal culpable de los deslices de doncellas y casadas. No respeta nada, y siempre tiene en su boca, lo que él llama una flor; pero que no es otra cosa que una gota de ácido nítrico, que cayendo sobre la nieve purísima de la honra, la mancha y disuelve lentamente.
¡Cuánto bien, harían los varones al bello sexo, no siendo lo que ellos apellidan galantes! Evitarían el cincuenta por ciento de las caídas desastrozas de las mujeres, que no son otra cosa que efectos de las contínuas solicitudes que se les dirigen, para hacerlas olvidar sus deberes.
Desde que la mujer cumple doce años, ó desde que sus formas, empiezan á adquirir ese desarrollo que indica que se aproxima su estado núbil, el hombre se encarga de envenenar la atmósfera que respira, haciéndola ver que es hermosa, que cualquiera se sentiría feliz, poseyendo sus favores, y que la felicidad, el placer supremo, consiste en la fusión de dos cuerpos. Si la doncella, es incauta, cae fácilmente en el lazo; si no, demora algún tiempo en caer; y en pocas ocasiones, sabe salir triunfante de la red que teje la araña del mal para coger á la virtud.
¿Qué son los bailes de la aristocracia, sus banquetes y tertulias? Nada más que ocasiones, hipócritamente preparadas, para obligar á las mujeres á que pierdan el pudor y la honra. Los padres, son los más afanados, en que sus hijas escuchen declaraciones amorosas; y por eso, cuando alguna de ellas, adquiere la edad conveniente para contraer matrimonio, dan un baile, el que invitan á todos los jóvenes de sus simpatías, generalmente á los más ricos, y exponen á su hija de la misma manera que un mercader cualquiera. La incauta joven, se inicia en el amor, aleccionada criminalmente por sus padres, quienes no tienen empacho, en indicarle lo que debe hacer, y cuáles son los jóvenes á quienes debe escuchar con más atención, porque son ricos.
En esas diversiones aristocráticas, entre el vapor del champaña y los perfumes que emanan los apenas velados cuerpos de las mujeres, los solteros requiebran á las casadas; los casados, á solteras y casadas; y todos se entregan a un combate furioso de pasiones, en el que hay una sola víctima: la mujer. El baile, es la ocasión más favorita, para que naufrague el bello sexo. Un apretón del talle, la caricia á una mano, el rozamiento de los pechos y vientres, todo eso, enardece la sangre de los que se divierten, y los predispone al crimen. Si se pudiera escudriñar el origen de las distintas desgracias que sufren las mujeres, se vería que muchas de ellas han nacido en un salón, entre los acordes de un vals.
La clase aristocrática, tiene una idea muy curiosa de la elegancia y del buen gusto. Exige que las damas, en los bailes ó en el teatro, exhiban la mayor cantidad de carne, de esa carne que debía estar siempre oculta, sin que ojos profanos la manchasen con los dardos ponzoñosos de miradas lascivas; de esa carne que solo debía admirar el esposo, en los misterios del tálamo nupcial.
“No hagas á otro lo que no quieras para ti”, dice una máxima antigua, la que debían tener muy presente los hombres, para refrenarse en sus inmoderadas pretensiones. Los enamorados que cortejan con malas intenciones á doncellas y casadas, debían pensar que á ellos no les agradaría que otros hombres quisieran hacer con sus hermanas ó sus esposas, lo que ellos pretenden consumar con otras mujeres.
Si todos los hombres, viejos y jóvenes, solteros y casados, guardaran á las mujeres el respeto que se merece la porción más hermosa de la humanidad, destinada á inspirar una de las pasiones más sublimes que puede abrigar el corazón humano, el bello sexo, sería respetado y adorado, sin que proporcionara el feo y repugnante expectáculo de la prostitución.
En vano, se esfuerzan los filósofos y moralistas, por predicar que se arranquen de las garras del vicio á las mujeres, por medio de la educación; en vano las religiones combaten, por evitar que menos víctimas vayan á sumergirse en el fango de los prostíbulos. Los lupanares, continuarán haciendo su presa en la humanidad, mientras una reacción general de los hombres de todas las categorías sociales, los haga salvar á las mujeres de las caídas á que están expuestas por culpa de ellos.
Genoveva, había sido frágil, para aceptar el amor de los amantes que la habían engañado, y continuaba siéndolo, á pesar de la entereza con que rechazó la oferta de don Edmundo, para que bebiera una copa de Oporto. En esa debilidad, no había nada de extraño, puesto que la mayoría de las mujeres son así, por el medio ambiente en que viven.
XXXVII
Edmundo Quintana, era uno de esos hombres á quienes se conoce con el calificativo de solterones. Había cumplido los treinta años, y no pensaba aún en casarse, debido á las ideas que tenía sobre el matrimonio y la mujer, de cuya virtud desconfiaba. Ladrón empedernido de honras, desde su juventud, temía con horror que otros hicieran con él lo que había hecho y continuaba haciendo con los maridos á quienes podía faltar.
Vivía solo, sin más compañía que las ratas, que en profusión merodeaban por las habitaciones, denotando con su presenciaque ahí reinaba la soledad más grande. Y así no más era, porque Quintana solo llegaba á su casa á dormir, y el resto del día lo pasaba en el escritorio donde trabajaba, en el Hotel, en las cantinas, en los burdeles y en las visitas que hacía á algunas familias del pueblo, donde había muchachas buenas mozas, fáciles de conquistar.
Era un tenorio moderno, que se alborotaba ante cualquier falda bien recogida, y que siempre andaba á caza de mujeres nuevas. De espíritu inconstante, se aburría ligero de amar á una mujer, y apenas la conseguía, ya estaba buscando la manera de deshacerse de ella, para dedicarse á otra campaña amorosa.
Como disponía de un buen sueldo podía darse el lujo de gastar bastantes pesos en sus aventuras, no trepidando en el dinero, cada vez que deseaba satisfacer sus apetitos carnales. Tenía temporadas, en las que se dedicaba á cortejar á las meretrices, y otras en que buscaba sus víctimas entre las hijas de los obreros, donde él calculaba que podía hacer una maldad, sin comprometerse mucho. Jamás dirigía sus armas traicioneras sobre las muchachas aristócratas, porque comprendía que con ellas no podía burlarse tan fácilmente y se exponía á parar en la cárcel, ó á colocar el cuello en el pesado yugo del matrimonio.
Quintana, poseía varios agentes, de ambos sexos, que por cierta remuneración, se encargaban de ejecutar sus órdenes, para conseguir lo que él pretendía. Uno de ellos era la señora Luisa, quien le había desempeñado varias comisiones, y quien le había propuesto á Genoveva para que la hiciese suya. La señora Luisa, convino con Quintana, en que Genoveva llevaría siempre á su casa la ropa limpia, para que de esa manera fuera preparando el terreno y haciéndose simpático á los ojos de la muchacha.
-¿Qué tal, don Edmundo? ¿Cómo le ha ido con Genoveva?
-Mal, porque no bebe. La he invitado una copita de oporto y me ha rechazado bruscamente. Usted bien debe saber que el licor es una de mis principales armas de combate, porque sé por experiencia que las mujeres que beben son presa segura.
-Entonces, ofrézcale usted dinero.
-Sé que esa es una arma poderosa; pero creo que no surtirá efecto. En las dos veces que he visto á la chica, he podido apreciar su carácter. Temo que rechace el dinero. Mejor voy á empezar mi táctica de regalos.
-Como usted guste, don Edmundo. Yo he cumplido con el compromiso, de hacer que la muchacha viniera con la ropa. Lo demás es cuenta suya, y yo no puedo responder del resultado.
-Tiene usted razón, doña Luisa. Ha desempeñado bien su misión, y se ha ganado usted los diez pesos que le prometí. Aquí los tiene.
-Gracias don Edmundo. Me voy porque estoy muy apurada. Adios.
Se fué la vieja alcahueta, y don Edmundo, quedó sumido en sus reflecciones, discurriendo la manera de hacer suya á Genoveva.
El Sábado siguiente, se presentó la muchacha á casa del solterón, llevando la ropa limpia, y quiso la casualidad de que encontrara a don Edmundo, en compañía de una señora entrada en años, y dos jovencitas que parecían ser sus hijas, y que vestían con bastante elegancia. Eran unas de las muchachas conocidas del dueño de casa, á quienes cortejaba.
El galán, conocedor del corazón de las mujeres encontró magnífica la ocasión para sembrar el deseo en el alma de Genoveva, y puso en prácticas su plan. Recibió á la muchacha con mucha seriedad, no la invitó a sentarse mientras contaba las piezas, y sacó un billete de la cartera, diciéndole:
-Dame el vuelto.
-No tengo
-Pues entonces, cambia el billete en cualquier parte, y tráeme el saldo.
Genoveva salió de casa de don Edmundo, mordiéndose los labios de ira. La humillación que había pasado, ante aquellas muchachas tan elegantes, y el modo tan altanero como la había tratado don Edmundo, la hicieron perder el seso. Sintió odio hacia esas dos mujeres que ostentaban bonitos trajes, y pensó que el parroquiano, debía haber sido algo amable con ella, pues no por el hecho de ser lavandera, merecía tanta indiferencia.
Cuando volvió con el vuelto, las visitas se habían retirado, y don Edmundo, se ocupaba en acomodar la ropa en un baul. Al sentir los pasos de Genoveva, no se volvió, y continuó tranquilamente su tarea.
-Aquí le traigo el vuelto.
-Ah! No me había fijado en tí. Toma asiento.
-Gracias. Las sillas no se han hecho más que para las niñas elegantes.
-¿Te refieres á las que estuvieron aquí enantes? No seas tonta. Son primas mías, que vinieron con mi tía á verme.
Genoveva respiró. Se había equivocado. Creyó que las dos muchachas eran enamoradas de don Edmundo, y resultaba que eran sus parientes. Así son todas las hijas de Eva. Aunque no tengan relaciones con un hombre, si ven que corteja á alguna mujer, se ponen celosas. Cada una de ellas quiere para sí las galanterías de todos los hombres. En amar, son el tonel de las Danaidas.
Quintana, con su gran experiencia, comprendió que estaba sembrada la semilla, y que no había más que esperar la aparición de la planta. Trató á Genoveva con mucha amabilidad, y no le dijo la menor palabra, respecto á amor. Se guardaba para otra ocasión, porque comprendía que no por mucho madrugar amanecía más temprano.
XXXVIII
Según la Biblia, cuando Dios colocó á Adan y Eva en el Paraíso, les dijo: “Creced y multiplicaos”. Con estas palabras, quiso manifestarles que, al igual que todos los animales, debían procrear y aumentar el linaje humano, instituyendo la unión monógama, al igual que la de ciertas aves y mamíferos. Si el gran arquitecto de la naturaleza no hubiera concebido la idea de que existiese la multiplicación de las diversas especies de racionales é irracionales, no las habría dotado de órganos sexuales, ni habría colocado sobre sus cabezas el fantasma negro de la muerte. Habría fabricado una enorme cantidad de seres neutros, con vida eterna, para que poblaran el mundo. La unión sexual, que es mirada como una cosa horrorosa por los sacerdotes de algunas religiones, no es otra cosa que la función natural de ciertos órganos, tal como la de los aparatos digestivo y respiratorio. La castidad, no es otra cosa que una patraña, para engatuzar á las masas, presentándoles ejemplares heróicos de abstinentes.
El matrimonio monógamo, ó sea la vida de dos seres de sexo distinto, en íntimo consorcio, es una de las cosas correctas. La poligamia es detestable, ya sea como la de los turcos y chinos, donde los hombres poseen harenes, ó como la de algunas islas de la Oceanía donde las mujeres ricas tienen serrallos. La poligamia mata el amor, debilita la raza, propaga las enfermedades secretas y predispone al onanismo á los moradores de los harenes, ya sean machos ó hembras.
Ciertas religiones, son la más cruel aberración, al exigir castidad perpetua á sus sacerdotes y vestales. Con esa práctica tan contraria á la naturaleza, fomentan vicios y crímenes, tales como los que se ven continuamente entre los frailes y monjas del culto católico, seres desgraciados que juran entregarse únicamente á los goces espirituales, sin pensar que la carne tiene que reclamar imperiosamente lo que necesita para su subsistencia. Esos frailes y monjas, hipnotizados por prédicas falaces de misioneros que encarecen la virtud, mientras ellos se entregan á la lujuria más desenfrenada, vienen á notar que han cometido una torpeza moral y material, cuando ya están encadenados á la religión, por el ropaje, por su presentación en la iglesia, y por la veneración idiota que les profesa la multitud.
Siendo la unión sexual, uno de los actos legítimos de la naturaleza, muchos individuos malignos, partidarios de la poligamia, que han existido en todas las edades, han dado alas al nacimiento de la prostitución, que en nuestros días se presenta amenazadora, siendo un peligro para la procreación y la salud de todos. Los gobiernos, en lugar de aceptarla, dictando leyes que sean una especie de reconocimiento de su existencia, debían prohibirla extrictamente, castigando con mano de hierro toda infracción. La sociedad, también debe contribuir con su ejemplo y moralización á la extirpación de ese cáncer que destruye los organismos, especialmente de la juventud que se levanta.
Genoveva, no podía permanecer mucho tiempo sin rendir culto al amor, y si los desengaños le habían hecho prometer que no se entregaría á nadie, pasajeramente, aquello no pasaba de ser otra cosa que un juramento sin fuerza, perteneciente á un sexo que, por la educación que recibe, sus palabras son en raras veces sinceras, cuando trata del cariño de amante.
Quintana, se presentó en el camino de Genoveva, en uno de los momentos críticos para ella, en que sentía abrasarse su cuerpo con el deseo de placeres que vía en lontananza, sin poder saborear.
La ocasión, hace al ladrón, y si Quintana persistía en su propósito, vería fácilmente rendirse á la arisca gacela.
El momento de la caída de la muchacha, no se hizo esperar mucho tiempo, y cuando el sábado siguiente, se presentó en casa de Quintana, con el consabido lío de ropa, sintió una gran opresión en el pecho, síntoma claro de que ese hombre ejercía ya alguna influencia en ella.
-Tome usted asiento, Genoveva.
-Gracias, don Edmundo.
-¿No siente usted calor?
– Bastante. Este verano, va a ser más fuerte que el anterior.
-Yo, si no bebiera cerveza helada, creo que no podría resistir la estación. Voy á destapar una botella, y no le convido, porque sé que á usted no le gusta beber.
-Es cierto.
-Pero, un poco de jarabe con agua, creo que no le haría mal. El jarabe es cosa agradable. ¿Quiere usted un vaso de grosella?
-Bueno. Siempre que sea uno.
Al pagarle el importe del lavado, Quintana, le retuvo la mano, diciéndole cariñosamente:
-¿Por qué eres tan esquiva, negrita? ¡Si supieras lo que te amo!
Ella, no retiró la mano, y se dejó acariciar agachando la frente, mientras Quintana, experto como todos los tenorios de escuela, le decía ternezas al oído y la abrazaba furiosamente, trasmitiéndole el fuego que circulaba por sus venas. La situación de Genoveva, no podía ser más delicada. La abstinencia á que había estado sujeta, y el contacto con un hombre robusto, que respiraba fiebre por todos sus poros, la inflamaron y convirtieron en sumisa esclava de la voluntad de Quintana. Se rindió, y esa noche, Quintana, pudo agregar una mujer más en la lista de sus conquistas, y Genoveva, un desliz más en su corta y desgraciada historia.
XXXIX
El encargo que le diera Juan Pérez á su amiga Luisa, de que no permitiera á Genoveva que tuviera amistad con Elvira, no fué cumplido. Doña Luisa, que era una vieja hipócrita, amiga de andar metida en tapujos y enredos, aunque en su exterior pareciese una buena mujer, recibía á Elvira con mucha atención, y facilitaba el que las dos jóvenes intimasen.
A Genoveva, le había despertado la curiosidad, aquella joven tan elegante y perfumada, que visitaba una morada humilde como la de doña Luisa. Le chocaba su lenguaje y modales desenvueltos, la ostentación que hacía de sus conocimientos de algunos caballeros de la aristocracia, y su odio a las esposas de éstos, á quienes trataba con epítetos groseros, talvez como revancha del modo como se conduce con las prostitutas la sociedad corrompida de nuestros días.
-¿Qué le parece, doña Luisa, lo que ha hecho la esposa de N.N., decía Elvira. Dió una cita en su casa á un amigo de su marido, y mientras se entretenía con el amante, apareció N.N., quien le disparó un balazo á su rival.
-Esto es imposible. Yo he visto anoche á ese matrimonio en la calle de Tarapacá.
-Parece que usted no conociese lo que son esas gentes. Los maridos, saben que sus mujeres les son infieles; pero se callan, por no armar escándalos. ¡El escándalo! Le temen peor que á la muerte. Por no meter escándalos, se ve diariamente que los esposos de la aristocracia disimulan perfectamente las faltas de sus esposas, y hasta hacen el ridículo papel de abrazar a sus rivales y llevarlos á sus casas; por no meter escándalos, muchos padres, mandan al sur á sus hijas, á que vayan allá á dejar el bulto; por no meter escándalos, las mujeres, soportan en silencio las traiciones de sus maridos; por no meter escándalos, algunos que se casan, cargan con un mueble usado.
Un día, que doña Luisa había salido á la calle, Elvira encontró sola a Genoveva, y se puso á charlar con ella sobre cosas triviales. Después, la mesalina, le abrió su corazón y le contó muchos detalles íntimos. Le dijo que estaba alojada en una casa de lenocinio, donde disfrutaba de una bonita existencia. En primer lugar, no tenía que trabajar, teniendo casa y comida segura. Con lo que le reportaba su oficio, podía desplegar lujo y llevar una vida alegre, libre de sinsabores.
-Si supiera usted, lo que se sufre siendo honrada! Todo el mundo se burla de una. Los mocitos, le hacen la rueda, y luego la olvidan. Los viejos, la codician; pero para un momento. Las jóvenes pobres, somos miradas nada más que como objeto de placer, que cualquiera, con un poco de dinero, puede poseernos y luego arrojarnos á la basura. La culpa de todo, la tenemos nosotras mismas, porque gustamos mucho del lujo, y el lujo no lo pueden dar los obreros. Adquirimos trajes elegantes y joyas, vendiendo nuestro honor. Entre ser una muchacha soltera, con muchos amantes, ó una meretriz pública la diferencia no es grande. Por eso, prefiero ser de las últimas, porque gozo de más libertad, y no estoy atada á la cadena de los padres sinvergüenzas, que expeculan con la juventud y hermosura de sus hijas.
-Yo he oído contar cosas horrorosas de los salones. Dicen que las abadesas tratan á las mujeres de sus establecimientos, peor que á esclavas.
-Según y cómo. Ellas abusan con las que son tontas; pero tienen buen cuidado de no meterse con las que conocen sus derechos.
La pobre Genoveva, olvidando los sufrimientos que le causara su reciente alumbramiento, gustaba de conversar con Elvira, aunque no participaba de sus mismas ideas, respecto á la prostitución. Ignoraba que el vicio es como el aceite, que basta una gota diminuta, para formar una mancha grande. Sin querer quemar sus alas en la llama de la corrupción, revoleteaba alrededor de ella, como esas mariposas incautas que giran en contorno de la luz de una bugía, hasta caer abrasadas en ella.
Elvira, como todas las desgraciadas que han caído en el arroyo, y que no tienen una mano compasiva que las levante y convenza que siguiendo ese camino sólo las espera el Hospital, con sus horrorosas enfermedades, odiaba á las mujeres que no seguían su carrera, y se complacía en probar con sus vistosos atavíos, que la mejor existencia era la de las vendedoras de sus encantos.
Modestas muchachas, nacidas para vestir el percal baratísimo, se sienten orgullosas, al ostentar la seda adquirida por el crimen, y creen que es una de las cosas más naturales la prostitución á que se entregan.
Los sabios y estadistas de todos los países, elaboran continuamente leyes, tendentes á poner remedio á los diferentes defectos de los organismos social y político; pero nunca han ideado la manera de combatir á ese expectro fatídico que se levanta sobre las generaciones que vienen á la vida, amenazando destruirlas como el dragón mitológico de los chinos, que devora ciudades enteras, cuando está acosado por la rabia.
¡La prostitución! Infinidad de hombres, contribuyen poderosamente á su desarrollo; desde los fabricantes de esas innúmeras chucherías y baratijas que usan únicamente las hijas de la noche; hasta los que, abusando de su dinero ó de su audacia, conquistan doncellas que abandonan muy luego; desde los miserables que regentan los prostíbulos, entregados al lenocinio y la molicie; hasta los casados que se dan el lujo de tener queridas; desde los senadores y diputados que confeccionan leyes, tendentes á reconocer la existencia de la prostitución, hasta los funcionarios de policía, que á trueque de unos cuantos pesos, hacen la vista gorda á los múltiples escándalos que se suscitan en las casas de tolerancia.
¡La prostitución! Si la juventud inexperta, que cuando se inicia en la vida, hace su bautismo en los templos del vicio, supiera las desgracias que la esperan, cuántas víctimas se escaparían de las fauces insaciables de esa fiera que consume energías y existencias. Pero la juventud no reflexiona, ni acepta consejos, cuando ha dado el primer paso en la carrera de la corrupción. Es como el toro, que cierra los ojos y va de frente á morir en la espada del matador.
¡La prostitución! El terrible flajelo toma más cuerpo cada día. De las cortesanas griegas y romanas, que poseían palacios, donde rendían culto á Baco y á Venus, ha pasado la herencia del maldito culto á la actual sociedad, escogiendo la mayoría de sus sacerdotisas entre las hijas del pueblo, de ese pueblo que tensiona sus músculos para alimentar á los burgueses, y ofrece á sus mujeres en holocausto, ante la lascivia aristocrática.
Pensar un momento en lo asqueroso de esos mercados de carne humana, llena el alma de horror y repulsión, tales como los que se experimentarían ante un cuerpo despedazado, que fuera arrastrado á girones por una turba inconsciente. En primer término, se destaca en esos antros tenebrosos, la embrutecida faz de la abadesa. Siempre es ella una mujer obesa, rechoncha, como si llevara á cuestas el saco de crímenes que forma su existencia. Ansiosa siempre de ganar dinero, no repara en el medio de obtenerlo, y es curioso ver la manera como pone en práctica sus dotes de industrial. Sabe por experiencia, que la renovación del personal de horizontales, es uno de los mayores atractivos, para tener mejor número de parroquianos, y á ese punto dedica toda su escasa inteligencia, para conseguir su objeto. Posee, generalmente, corresponsales en distintas ciudades, y éstos se encargan de enviarle remesas buenas y en perfecto estado, sobre todo lo segundo, porque conoce perfectamente que la mercadería deteriorada le causaría el desprestigio de su establecimiento.
Conoce los gustos de su clientela, y siempre tiene bocados especiales, para aquellos que pagan bien los platos delicados, tales como las doncellas. Estas, las busca personalmente ó por medio de sus agentes, ya valiéndose del dinero, ó del engaño. Su plan es llevarlas al burdel, que una vez adentro, tienen que acomodarse á lo que las mande, por grado ó por fuerza. Aprecia el mérito de sus pensionistas y sabe cuál es la que da buen producto, y la que solo irroga gastos, la que es altiva y la que es sumisa. Sus constantes y grandes compras, hace muy popular á la abadesa en el comercio, donde es considerada, lo mismo que entre los corrompidos aristócratas, con los cuales está en intima comunicación. Esto, la hace orgullosa, y la predispone á mirar con insolencia á los obreros. A pesar de lo criminal de su conducta, siempre es supersticiosa y amiga de la iglesia y de los santos. La superstición es en ella una pesadilla, y se pone nerviosa si le dicen que alguien ha vaciado sal ó aceite en la puerta de su casa. En su dormitorio, verdadero nido de reptil, las imágenes de santos, alumbradas por perpetuas lámparas de aceite, hacen un gran contraste con las elegantes colgaduras y figuras obscenas que cubren las paredes.
XL
En la oficina “Germinal”, como en todas las demás de la Pampa del Tamarugal, se alistaban todos los obreros á la defensa de sus derechos, incitados por Juan Pérez, quien solo comunicaba á unos pocos el secreto de la regeneración obrera, los que se encargarían de transmitirlo á toda la masa de proletarios, el día que él designara para iniciar la era de bienestar que anhelaba para sus hermanos.
A los correctores, les llamaba la atención ese hombre, tan formal y resistente para el trabajo, que solo alcanzaba á durar un mes en una faena y luego pedía su arreglo y se encaminaba á otra parte. Algunos, le preguntaban el motivo de su retirada; pero él siempre tenía una disculpa á la mano, para despistarlos. Ya era un pariente enfermo, que reclamaba su presencia, ya un hijo agonizante que le pedía fuera á verlo, ya su propósito de irse al Sur, á ver una vez más los campos queridos donde pasó su juventud.
Una vez, dió á conocer sus facultades de intrepidez, con motivo de una injusticia, cometida con un particular, de nacionalidad boliviano. Volvía Juan Pérez de la Pampa, al caer el sol, cuando encontró á la entrada del campamento al hijo de la altiplanicie, envuelto en un poncho, recostado sobre una calamina, y llorando. Le preguntó cuál era el motivo de su pena, y habiéndole contestado que el boletero le había botado dos carretadas de buen caliche, solamente por hacerle mal, se enfureció y le dijo:
-¿Por qué no vas á reclamar al administrador de ese abuso?
– Qué voy reclamar, señor. Patrón puede despedirme.
-No seas tonto, no te puede despedir, si se trata de que tu caliche es bueno.
-Mejor perder no más.
-No, señor. El hombre que tiene conciencia de que ha procedido bien, no debe dejarse atropellar por los que tienen una ocupación mejor. Si te callas, te expones á que otro día vuelva á hacer lo mismo. Vamos donde el administrador. Yo hablaré por tí.
El boliviano, que no tenía valor para hablarle al patrón, al ver que era otro quien iba á hacer su defensa, se decidió á entablar el reclamo. Enjugó sus lágrimas con la manga de su blusa y siguió á Pérez, que con paso altivo, personificando la justicia, marchaba á interponer queja en favor de un individuo á quien no conocía.
Cuando ambos llegaron á la casa administración, le palpitaba á Pérez el corazón de alegría, al pensar que iba á tener que habérselas con el amo de la oficina, de quien se murmuraba que era muy altanero. Hizo sonar el timbre, y pidió al mozo que participara al administrador que deseaban hablarle dos obreros de una cosa muy urjente.
Con sus polainas de cuero de Rusia, la gorra de seda puesta, y el fuete en la mano, apareció el potentado, á quien todos temían, por su mal genio y por sus arbitrariedades, llevadas hasta el extremo de haber azotado á algunos obreros. Miró á los dos humildes hijos del trabajo, entornando los ojos y frunciendo el ceño, como si no le hubiera agradado la presencia de ambos trabajadores.
-¿Qué quieren?
-Venimos, señor, habló Pérez, á reclamar de una irregularidad cometida por el boletero, botando dos carretadas de buen caliche, por el solo gusto de hacer daño á un pobre hombre, que le cuesta tanto ganarse la vida.
-No tengo nada que hacer con esas cosas, contestó en tono insolente el administrador. El boletero, tiene orden de botar el caliche malo.
Ya se disponía el patrón á voltear las espaldas, para encaminarse al interior de la casa, cuando Pérez lo detuvo, avanzando algunos pasos.
-Tenga la bondad, señor, de oirnos, porque si usted como jefe no nos escucha, á quién recurriremos en demanda de justicia? Lo valiente no quita lo cortés, y usted, sin afectar su dignidad de patrón, puede muy bien atender á dos obreros, que son de carne y hueso como todos los hombres.
– ¿Y qué quieres que yo haga?
-Molestarse un momento en venir á la rampla; y ver si es cierto que el caliche es bueno. De esta manera se convencería usted si el empleado en quien deposita la casa su confianza para recibir el caliche, procede ó no con corrección.
-Ahora es tarde. Mañana iré.
-Mañana, ya no habría lugar, porque esta noche botarían esas carretadas á los ascendradores.
El corrector, que pasó en ese momento, por frente á la administración, decidió al administrador á aceptar la proposición de Pérez. Le hizo indicación de que se acercara diciéndole:
-Vamos á la rampla, á ver un reclamo que me hacen estos dos, de que el boletero les ha botado dos carretadas de caliche bueno.
El corrector miró de arriba abajo á Pérez y contestó á su jefe:
-Este, no puede haber pasado caliche porque es barretero.
-El caliche no es mío, sino de este compañero, quien se lamentaba de su pérdida, diciendo que no había justicia para los pobres. Yo lo persuadí de lo contrario, diciéndole que eso no era cierto, porque el señor administrador era un caballero á toda prueba, que atendía á los obreros, siempre que tuvieran la razón. Es por eso que lo he venido acompañando.
El administrador, halagado por las palabras de Perez, ordenó al corrector ir á la rampla, y los cuatro tomaron esa dirección, yendo á la retaguardia de los primeros, Pérez y el boliviano.
Llegados al sitio en que el boletero, instalado en su garita, esperaba la llegada de las carretas, para revisar el caliche, el administrador lo llamó y le dijo:
-Dígame cuáles son las dos carretadas del caliche, que ha botado usted á este particular.
-Esas, le respondió el boletero, mostrándole dos pequeños cerros de trozos de costra oscura.
El administrador, dirigiéndose al corrector, le ordenó:
-Hagame el favor de revisar si ese caliche es bueno.
Perez y el boliviano, cogían los pedazos de la sustancia salitrosa y se los entregaban al corrector, quien los examinaba y arrojaba al suelo. Después de cuatro minutos de requisa, habló el corrector:
– El caliche es bueno, señor.
Entonces el administrador, ordenó al boletero:
-Entregue á este particular dos fichas, como comprobante de esas dos carretadas de caliche. Y ustedes, pueden retirarse.
Los dos obreros se alejaron, después de dar las gracias al administrador por su atención. Cuando estuvieron á gran distancia, el administrador dijo al boletero:
-Esto ha sido una pura fórmula, en vista de lo parlanchín que es ese defensor del boliviano. Cumpla usted con las órdenes que tiene, de botar cuatro ó cinco carretadas diarias, y de esa manera tendrá usted derecho á la gratificación que le tengo ofrecida.
XLI
La noticia del triunfo de la reclamación de Pérez, corrió de boca en boca, en la oficina. El boliviano, se encargó de divulgarla á sus compañeros de trabajo, abundando en alabanzas para su protector, á quien invitó á beber una copa, cosa que fue desechada por Perez.
En la noche, el boliviano, abrazado á una damajuana de vino, adquirida á un precio más alto que las dos carretadas de caliche que había recuperado, celebraba la ganancia, convidando á discreción el licor, á sus paisanos y paisanas, quienes sentados en el suelo, á su alrededor, entonaban canciones tristes, que denotaban el espíritu melancólico y sumiso de los habitantes de las sierras americanas.
Juan Perez, era mirado con respeto por sus compañeros, quienes trataban de manifestarle siempre la admiración que sentían por su persona; pero él, modesto como todo verdadero apóstol, esquivaba toda ocasión en que pudiera hacerse pública su popularidad. Una vez que le quisieron ofrecer una comida, se disculpó, diciéndoles;
-Nó, compañeros. Nada de banquetes, ni cosas que huelan á bombo. Eso está bueno para los burgueses farsantes, que forman asunto de cualquier incidente. Yo no hago más que cumplir con un deber, al trabajar por el regeneramiento de nuestra clase; y no ambiciono ovaciones ni laureles. La ocasión es solemne, y se necesita guardar silencio, porque la algazara de nuestro regocijo, puede ser los gansos del Capitolio, que despierten de su amodorramiento á los burgueses, que hoy están entregados á las dulzuras de su vida regalada, sin saber que á sus pies se está cavando la gran fosa, en donde se enterrará á todas las injusticias que hasta el presente han pesado sobre los proletarios como una montaña de plomo. La gritería, la música, los cohetes, son costumbres burguesas, que no debemos aceptar los hijos del trabajo. Con música y discursos, los aristócratas, arrastran á las masas á estrellarse unas contra otras, inculcándoles absurdas ideas de patriotismo; con música y cohetes celebran sus triunfos los de arriba, cuando han inventado un nuevo modo de explotar á los de abajo; con banquetes conmemoran los millonarios las nuevas fortunas adquiridas con el sudor de los que labran la tierra y horadan las montañas, para arrancar el oro que ha de locupletar las arcas de los zánganos sociales.
Perez, elaborando en su mente la nueva sociedad que debía ser igualitaria, sin distingos de clases, quería apartarse por completo de las prácticas antiguas, á las que consideraba perniciosas. Quería que en lo futuro, los obreros no recordaran los tiempos pasados, qué debían borrarse de sus imaginaciones como las figuras de un sueño. Lo único que debía subsistir del actual estado de cosas, era el trabajo, grande, contínuo y universal; trabajo, del que nadie se escapase, porque no era posible que unos reventasen en las duras faenas, para que otros dilapidasen lo que nada les había costado.
La burguesía, gusta mucho de la bulla, de la fanfarria, del humo, del incienso y de la pólvora, y de eso quería sustraer al pueblo, Perez. Censuraba á sus íntimos la orgía embrutecedora á que se entregaban en las fiestas, derrochando el último centavo, adquirido en varios meses de ruda lucha. Les decía que el hombre, para divertirse, no necesita emborracharse estúpidamente, hasta llegar á un estado bestial, del que sólo dista un paso del crimen; que la mejor manera de celebrar un acontecimiento, era, comiendo buenas viandas y bebiendo buenos vinos, en unión de sus familias, sin necesidad de tomar hasta el exceso y tener que ir á dormir á los cuarteles de policía.
-¿Sabéis, les explicaba, cómo fabrican el anisado que os venden en las pulperías? Lo hacen de alcohol ordinario, extraído de las coles, papas y otras verduras en descomposición, al que agregan un poco de esencia de anís, unos cuantos terrones de azúcar y una cantidad de agua salada. Eso es un veneno mortífero, y los que lo beben, no hacen otra cosa que intoxicarse y malograr su cuerpo y alma, porque el alcohol, no sólo afecta físicamente á los bebedores, sino que les atrofia el entendimiento y los vuelve insanos. ¿Y qué os diré del vino, que os venden á 50 y 80 centavos botella? Ese vino, comprado al por mayor por los oficineros, les cuesta 15 centavos el litro, y sin embargo os lo dan á un precio tan subido, para engañaros y haceros creer que os expenden un artículo bueno. Ese vino, no tiene ni rastros de uva, porque no puede costar 15 centavos litro una bebida de esa fruta. Lo hacen de alcohol, agua, esencia de rosa, alumbre y una materia colorante, que le da el color sangre. En todos esos brevajes, predomina siempre el alcohol, porque los industriales saben que ese espíritu hace perder el seso al hombre y lo arrastra á beber más. He oído á muchos, lamentándose de alguna borrachera pasada: “Yo no tenía ganas de tomar; pero Fulano me convidó una copa, y luego me piqué. Nó, compañeros; el que no desea beber, no bebe, aunque se lo exija el Padre Eterno. El alcohol, es lo mismo que el juego, y de ambos vicios se debe huir, aunque se haya dado un paso en su camino. Si por muchas exigencias, os obligan á apurar una copa, ó á apostar una chaucha á una carta, debéis no seguir más y retiraros. ¡El juego! Continuamente oigo lamentarse á algunos que han perdido el tapete verde, el miserable alcance del mes. Unos, se quejan de que no han ido á los garitos con el ánimo de jugar, sino para divertir la vista. ¡Bonito modo de distraerse, presenciando un espectáculo criminal! Debéis convenceros de que nadie ha hecho fortuna en el juego, y si alguno ha tenido una buena ganancia, ella la ha vuelto á perder. Quienes hacen su Agosto con los incautos, son las casas de juego. Ellas son las que se apropian, por el disimulado sistema de las contribuciones, del dinero de los jugadores.
Cuando las prédicas, van acompañadas de la práctica, son escuchadas y merecen aceptación. Por eso, Perez, que predicaba y ejercía la virtud, era oído con especial interés por sus compañeros de infortunio. Sus consejos, habían librado á muchos de varios naufrajios. Consultando un día sobre la prostitución, por varios jóvenes solteros, les dijo:
-Me alegáis que, para satisfacer las funciones naturales de vuestro sexo, necesitáis recurrir á los burdeles, porque sois solteros, y por no abusar de la honra de las doncellas. Estáis equivocados. En primer lugar, debo deciros, que los hombres que hacen tanto derroche de fuerzas físicas como vosotros, no necesitan estar continuamente acudiendo al altar de Venus; pero á vosotros sucede lo contrario, porque en lugar de dedicar las horas de ocio á pasatiempos cultos, os meteis á las tabernas. Es el alcohol, quien hace arder vuestra sangre y os incita á la lujuria. El mejor remedio, para esto, es casaros. ¿Por qué no lo haceis? Porque temeis no contar con lo suficiente para mantener vuestras mujeres. Esa es una puerilidad. Todo hombre que no sea inválido, puede ganarse con su trabajo un pan para él y otro para su esposa. Las ventajas del matrimonio, son muchas. En primer lugar, después de la luna de miel, los cónyuges se vuelven parcos en sus apetitos, lo que es un bienestar para la salud, porque el libertinaje lo destruye, al igual que el moho al fierro. Moralmente, el hombre casado, merece respeto y consideración; es bien mirado de todos. Vosotros, que sois trabajadores, acudís á las casas de tolerancia de ínfimo orden, porque no poseeis dinero suficiente para ir á los burdeles aristocráticos, donde no os recibirían. Allí, teneis que contentaros con los últimos desperdicios del vicio, con las mujeres inservibles que los salones de primera han repudiado. ¡Calcudad el estado de salud de esas desgraciadas, y el virus del mal que os transmitirán! Me causa calofríos, pensar á lo que os exponeis: á envenenar vuestra sangre para el resto de la vida; á pasar muchos meses en un lecho, sufriendo atroces dolores; á perder parte ó la totalidad de los órganos genitales, y veros transformados de hombres sanos y vigorosos, en pobres eunucos.
Una gota de agua, cayendo con regularidad sobre una roca, la horada poco á poco. Los buenos consejos, propinados continuamente á la juventud inexperta, pueden apartarla de la vía ruinosa que sigue. Esto es lo que falta á la actual sociedad corrompida. No cuenta con verdadero amigos de la humanidad, que carguen la pesada tarea de redimirla del vicio. Los que no están encenegados en el fango, siguen su marcha, indiferentes, sin mirar á los que chapotean en lo lodo. El egoísmo de los hombres, es muy grande. No piensan más que en la felicidad personal. A veces, de entre esos desgraciados que han vivido en las aguas fétidas del mal, se escapa alguno, que ha tenido fuerzas suficientes para emanciparse, ó que su cuerpo no puede resistir por más tiempo tanta carcoma, y ese raro ejemplar quiere explicar á la multitud los efectos perniciosos del vicio; pero nadie le escucha. Se ríen en sus propias barbas de su filantropía, y lo conceptúan loco. Los cuadros sombríos que pinta de los efectos de la prostitución, consternan por un momento á los oyentes; pero, luego, son echados al olvido, y los que sintieron pavor ante ellos, ríen á carcajadas de su miedo, el que acaban de desvanecer con una orgía.
XLII
Edmundo Quintana, siguiendo su norma de conducta de variar continuamente de mujeres, se cansó muy luego del amor de Genoveva, y á las dos entrevistas que tuvo con ella, empezó á buscar la manera de deshacerse de su presencia. Empezó por tratarla con sequedad, sin abrasarla ni besarla, acabando por manifestarle el más pronunciado desdén.
Genoveva, comprendió la metamorfosis operada en Quintana, y sintió una gran confusión. No podía darse cuenta de un caracter tan voluble. Su primer amante, la había abandonado á los dos meses de relación; don Carlos Baeza, después de dos años; y Luis García, á los nueve meses.
El cariño de estos, había durado un tiempo más ó menos largo; pero lo que le hacía Quintana era una cosa inaudita, una burla sangrienta. Ese era el castigo de la falta cometida, de su no cumplimiento á la promesa que hiciera de no entregarse á ningún burgués.
Como no poseía ninguna amiga de confianza, á nadie comunicó lo que había pasado con Quintana, limitándose á devorar en silencio la rabia que sentía. Se había entregado á ese hombre, no porque lo quisiera, sino porque él la encontró en uno de esos momentos críticos, en que cualquiera virtud puede naufragar; pero eso no quería decir que fuera una mujer de mármol, que no sintiese ninguna emoción. Su desesperación era tal, que empezó á ver con buenos ojos las opiniones de Elvira sobre la prostitución.
Pensaba que esa muchacha libertina tenía razón, al decir que era preferible ser meretriz pública á vivir con amantes, que á la postre resultan ser unos miserables, que se cansan muy luego de las caricias de una mujer. Sin embargo, le causaba repulsión la idea de que esas mujeres se convertían en objetos de mercado, para poder ganarse la vida. Aquello de entregarse á distintos hombres, le hacía sonrojar.
Estos pensamientos, ocuparon varios días su mente, la que se extravió de tal manera, que esperó con ansia la visita de Elvira, para comunicarle que estaba dispuesta á ser su compañera. La ocasión no tardó en presentarse, y un día se apareció en casa de doña Luisa, la anhelada Elvira, mostrando un anillo con brillante que le habían obsequiado.
-Miren qué bonito anillo. Me lo ha regalado un amigo mío, que es muy bueno. Todo lo que yo le pido me da.
Doña Luisa, que tenía que salir á la calle, á efectuar unas compras, se despidió de Elvira, á la que dejó en compañía de Genoveva. Aprovechó esta la ocasión, para preguntarle:
-Es muy difícil poder entrar á la casa donde está usted?
-Nó. Se le habla á la Petita, y ella acepta en el acto. Es muy buena.
-Yo quisiera irme allá.
Se sorprendió, Elvira ante esta salida tan inesperada de Genoveva, y la contempló durante corto instante, para ver si bromeaba, ó hablaba con formalidad. Se convenció de que era cierto lo que decía, al ver su rostro impasible.
-¿Cómo se ha decidido usted á ello? ¿No me había dicho siempre, que le causaba repulsión la vida de los salones?
-Era una tonta, cuando decía á usted tal cosa. Confiada en que podía encontrar un hombre que no se burlara de mí como los demás á quienes he conocido.
-Y ese hombre, ¿no lo ha hallado?
-Nó, porque el último con quien acabo de caer, es el peor de todos. Me juró un amor inmenso, la primera noche; la segunda, se mostró menos expansivo; la tercera, me miró con indiferencia; y á la cuarta, me reveló en sus gestos que estaba harto de mí. Veo que es imposible confiar en el cariño de nadie, y por eso he resuelto cambiar de existencia. En la nueva vida que lleve, creo que no se reirán de mí. Y el que lo haga, le costara su dinero, por lo menos.
-Bien pensado! Eso se llama reflexionar como persona de seso. Hay que gozar en este mundo, porque después de esta vida no hay otra. Hoy mismo, voy á proponerle á la Petita, lo que usted desea, y mañana vuelvo con la respuesta, la que le garantizo que ha de ser satisfactoria.
Elvira, antes de despedirse de Genoveva, la abrazó efusivamente, contenta de haber convencido á una ignorante, según su modo de pensar. Genoveva, desde el umbral de la casa, la vió alejarse, altanera; recogiéndose el traje, lo que dejaba ver su pie, calzado con primor; y dejando un pronunciado perfume á heliotropo. Suspiró, y colocándose una mano sobre el corazón, para apagar los latidos que resonaban sordamente, murmuró:
-¡Perdón, padre mío!
XLII
Al día siguiente de la entrevista de Elvira y Genoveva, ésta recibió una carta de aquella, en la que, después del disculparse por no poder ir personalmente á darle la contestación de su encargo, le decía que la Petita, había aceptado con mucho entusiasmo su propósito; que á la hora que gustase podía dirigirse al burdel, cuyas direcciones le daba; y que no necesitaba que llevara nada de sus cosas, porque allá se le daría todo.
La carta de Elvira, quemaba la mano de Genoveva, como una ascua. Se la guardó en el bolsillo y le parecía que ahí, saltaba el fatídico papel, como si estuviera animado por algún espíritu infernal. Al ser interrogada por doña Luisa, respecto á la carta, le contestó que provenía de una amiga suya, que le avisaba que García andaba buscándola. La vieja poco se preocupó de la noticia, y continuó sus tareas cuotidianas, sin pensar más en la misiva.
Al anochecer, doña Luisa tuvo que salir á cobrar un lavado, y Genoveva aprovechó el momento para huir. Cogió de su baúl una cartera, en la que guardaba un retrato de su madre, su fé de bautismo y algunas otras cosillas, se arropó en un manto y tomó la dirección del burdel donde estaba Elvira. Caminaba como una ebria, dando traspiés, y ocultando el rostro á los transeuntes, temerosa de encontrarse con doña Luisa y que sus planes fueran descubiertos. Algunos tenorios de profesión, con quienes tropezaba, le dirigían piropos; pero ella seguía su marcha apresuradamente, sin hacer caso á nada.
Llegó á una casa de regular fachada, sobre cuya puerta se veía un globo de gas. Hizo sonar el timbre, y apareció la mismísima Petit Pois, quien después de enterarse que era la recomendada de Elvira, la cogió de una mano y la introdujo á la morada del vicio.
FIN DEL LIBRO PRIMERO
LIBRO SEGUNDO
I
Luis García, en su empleo del Banco de Chile, había prosperado grandemente, debido á las recomendaciones de su tío. La bonanza en que se encontraban sus negocios, lo habían convertido en un verdadero calavera, sin más ley que el vino y las mujeres perdidas. Continuaba viviendo en compañía del abogado Baeza, quien nada se preocupaba de pedirle cuenta de su conducta, dejándolo obrar á su antojo. Y, ¿qué cuenta podía pedirle el viejo corrompido, cuando estaban acostumbrados, tío y sobrino, á encontrarse á altas horas de la noche, en las casas de tolerancia?
El primer encuentro de ambos, fué muy curioso.
Era una noche de verano, cálida y bochornosa como son las de Iquique. Luis, se había acostado temprano, y á la una de la mañana, el sueño había huído de sus párpados. Fastidiado del calor que sentía en el lecho, se vistió y lanzó á la calle, en busca de aventuras.
La ciudad, presentaba una soledad imponente. Por la calle de Baquedano, no circulaba sér viviente alguno. Ninguna luz se trasparentaba detrás de las ventanas. Todo dormía; amodorrado por el vaho asfixiante que despedía la tierra.
Luis, se dirigió á la Plaza Prat, y de ahí tomó la recta de la calle Tarapacá, ascendiendo por ella, con paso mesurado, y tarareando el estribillo de una canción obscena. A lo lejos, más allá de la Plaza Condell, divisaba las pupilas de fuego de los coches nocturnos que merodeaban alrededor de los burdeles, esperando parroquianos. Un perro vago, que hecho ovillo como un erizo, dormitaba en la esquina de Patricio Lynch, se despertó al ruido de los pasos de Luis, desperezándose lentamente y sacudiendo la tierra que se le había adherido á la piel. En la esquina de Tacna, un guardián que cabeceaba, afirmado á la puerta de la tienda “La Confianza”, le hizo un saludo militar, creyendo que era el oficial de guardia que pasaba. La Plaza Condell, presentaba el mismo expectáculo desolador de las demás calles: los carrouseles, cubiertos por la carpa de lona, descansaban de sus movimientos y saltos; en algunos bancos, uno que otro desocupado, echaba un sueño, aprovechando la ausencia del guardián del punto; bajo un foco de luz eléctrica, un gringo fanático, leía un ejemplar deteriorado de la Biblia.
Luis, siguió su marcha, sin preocuparse de los objetos que encontraba á su paso. Al pasar por la vereda del Mercado, hirió sus narices el olor de la carne muerta. Por una ventana del establecimiento miró al interior: alumbrados por faroles de mortecina luz, se veía las verduras y demás comestibles que se expendían ahí, y entre ellos, las cabezas asustadas de las ratas, que estiraban los hocicos, olfateando. Continuó su camino; pero un toque de campana de alarma, lo hizo volver la cara atrás, divisando que en la acera poniente de la plaza Condell, se elevaba una gruesa columna de humo. Muy luego los tañidos de otras campanas, y el tintineo de las campanillas de los gallos de las bombas, indicaban que el fuego había hecho su aparición.
Con la rapidez de un rayo, el incendio tomó una proporción gigantesca, y por los techos de las casas, salían llamaradas enormes que consumían la madera de las construcciones con ligereza indescriptible. A los pocos minutos, las nueve compañías de bomberos que habían en Iquique, dirigían chorros de agua sobre el lugar amagado.
Una concurrencia heterogénea, se agolpaba en los cruceros, mirando atónita el desarrollo del drama. Esa concurrencia era compuesta por curiosos de todas las esferas sociales: comerciantes, obreros, empleados, cocineras, suplementeros y mujeres de vida airada. Todos pugnaban por avanzar al teatro del suceso; pero la hilera de policiales, apostados convenientemente, se lo impedía. Cuando las manifestaciones de los curiosos, eran muy pronunciadas, dos guardianes montados, cargaban sobre ellos, atropellándolos y haciéndolos retroceder.
Entre los que miraban impasibles el incendio, se encontraba Luis, quien, en lugar de contemplar el siniestro, pasaba revista á las mesalinas, que envueltas en elegantes capas, charlaban y reían con sus amigos. Entre éstos, divisó á su tío Baeza, y se alejó prudentemente de ese sitio, conservando un poco de respeto hacia el pariente.
Las conversaciones entre los expectadores, eran variadas. Unos, decían que el fuego había salido de la chimenea del “Salón Condell”; otros, que de una sastrería. La mayoría, decía que se trataba de un incendio intencional, como lo eran todos los que sucedían en Iquique.
-Esos comerciantes, saben hacer bien sus negocios. Se aseguran en el doble de lo que tienen, y luego le prenden fuego á la casa.
-Pero el seguro no les paga así no más. Los mete á la cárcel, y averigua con calma el origen del incendio.
-Eso no es más que pura fórmula. Los incendiarios, salen siempre en libertad. Ofrecen á un abogado pagarle una buena suma por su defensa, y asunto concluído. Esto, cuando no es el mismo agente asegurador, quien, mediante una gratificación hecha, termina el asunto.

-Yo, voy á asegurar mi casa, y luego la voy á quemar, para ver si hago un buen negocio.
-No creas que á tí, te aseguren la casa, porque los aseguradores no entran en negociaciones con los pobres.
Una hora después de dada la alarma, el voraz elemento había sido extinguido, y solo se veía el humo que despedían los escombros. Los curiosos se habían diseminado en distintas direcciones, frotándose las manos de placer, por haber presenciado un expectáculo grátis.
Las horizontales, tomaron camino de sus respectivos burdeles, acompañadas de una nube de galanes, entre los que se divisaban á algunos uniformados de bomberos.
Luis, que no se había mezclado con nadie, durante el incendio, se dirigió solo á un salón, entrando á él con la mayor desenvoltura, como si se tratara del Banco donde trabajaba.
Cogió á la primera meretriz con quien tropezó y la llevó á la cantina, donde se apiñaban los bebedores, esperando ser servidos. Penetró sin fijarse en la clientela, y pidió cerveza. Don Carlos, que se encontraba ahí, pero que por su miopía no podía distinguir nada, reconoció en la voz á su sobrino, y volteó la cara, sorprendido, como un ladrón cogido infraganti. Luis; que dirigía la vista hacía el sitio en que se encontraba su tío, se encontró cara á cara con él. Tuvo lugar, entonces, un diálogo corto; pero muy expresivo.
-¿Tú aquí?
-¿Usted aquí?
Don Carlos, abrazó á Luis, contento de haberlo encontrado, le invitó á beber varias copas, y fraternizaron como dos buenos amigos. Desde esa noche, tío y sobrino, se hallaron siempre reunidos en juergas parecidas. ¡Moralidad iquiqueña!
II
Entre los círculos oficiales de Iquique, circulaban extrañas noticias, sobre los obreros, ocupados en el embarque y desembarque de mercaderías. Se decía que iban á pedir aumento de salario, y que en caso de que no fueran atendidos, se declararían en huelga.
Las casas salitreras, que veían que en caso de ser ciertos estos rumores, sufrirían grandes pérdidas, porque no podrían enviar á tiempo á Europa los cargamentos de nitrato que tenían negociados, se alarmaron intensamente y comunicaron sus temores al Intendente. Este, que ya había dado pruebas de pertenecer en cuerpo y alma al capital, como lo probó cuando la rebaja de salarios en la pampa, telegrafió inmediatamente á la Moneda, exponiendo que el tráfico comercial iba á ser paralizado en Iquique, con motivo de una huelga que estaba en días de estallar; que el país iba á sufrir grandemente en sus entradas, por cuanto no se exportaría salitre ni yodo; y que sabía de fuente fidedigna, que los huelguistas tenían en proyecto depredaciones sin nombre, para cometerlas en los intereses públicos y privados. Proponía al Gobierno, como medida de previsión, declarar la peste bubónica en Iquique, cuyo buen resultado en las oficinas, probaba las excelencias del plan.
El Presidente de la República, que era un burgués de marca mayor, contestó el telegrama, aprobando lo propuesto por el Intendente y dándole carta blanca para proceder. Al verse autorizado de semejante manera, el funcionario iquiqueño, procedió á dictar sus medidas, destinadas á hacer abortar el proyecto obrero, que no era otra cosa que una visión hija del miedo de los aristócratas; algo así como un remordimiento de conciencia de los de arriba, por las injusticias cometidas con los de abajo.
Acordado el día en que debía iniciarse el prólogo de la gran farsa, los dependientes del Intendente, se lanzaron á preparar el terreno: un alto funcionario de policía, recorrió las mercerías, averiguando las existencias de armas de fuego, y tomando nota de las vendidas; el médico de policía, y uno de los alcaldes, que también era médico, se pusieron á escudriñar las casas á donde habría enfermos, para escoger entre estos la primera víctima. Llegó la hora fijada para levantar el telón, y los actores de la comedia, llenaron el escenario de Iquique, vistiendo fúnebres trajes.
Un carretonero alcohólico, que había sido atropellado por una carreta, de cuyo resultado murió, fué declarado bubónico. Igual cosa sucedió con una joven que vivía al lado de la casa del carretero, y que padecía del corazón. Se aprovechó de un síncope que sufrió, para declararla pestosa. Los cadáveres de los infelices, fueron incinerados en la pampa; las familias de ellos, aisladas en la isla Serrano; y las habitaciones, incendiadas. Días después, el médico de policía, se vengaba de una muchacha, que se resistía á sus pretensiones amorosas, haciendo trasladar á la isla á su madre y abuela, acusándolas de bubónicas. Esta última, dejó de existir en la isla y su cadáver fué arrojado al mar. La elegante casa, que poseía esta familia en la calle de OHiggins, fué incendiada.
Iquique, presentaba un cuadro sombrío, que infundía pavor. Las calles, se veían desiertas; los médicos, de acuerdo con el Intendente, mandaban á sus enfermos al Lazareto; los inspectores de sanidad, convertidos en agentes de pesquisas, metían sus narices en todas las habitaciones, husmeándolo todo, como perros de caza; el carretón plomo del Lazareto, sacaba á las víctimas señaladas por los doctores, las que eran trasladados, á pesar de las protestas de los deudos; por todas partes, se percibía un fuerte olor á azufre, cloruro, sulfato de hierro y otros menjurges, que vendían las boticas en gran cantidad; las campanas de alarma, sonaban continuamente, indicando que se quemaban las casas de los intitulados atacados de peste; el agua, no se podía beber, porque habían sido desinfectados los estanques con una sustancia de mal sabor. Muy luego, los artículos de primera necesidad, aumentaron de valor, debido al bloqueo del puerto; los obreros de la ribera, se vieron sin trabajo, por la paralización de las faenas; y vino á dar el último golpe teatral, la llegada de un buque de guerra, cargado de soldados, los que se dedicaron á recorrer las solitarias calles de Iquique, turbando la consternación que se sentía, con el ruido de sus sables.
La autoridad, por medio de los diarios burgueses, trató de engañar al pueblo, de que se trataba de una bubónica auténtica; pero el periódico independiente LA VERDAD, se encargó de quitar la venda al público y hacerle conocer la farsa en todos sus detalles, con tan buena suerte que el noventa y nueve por ciento de los habitantes de Iquique, no creyó en la peste.
Los médicos iquiqueños, dieron prueba, entonces, de no ser hombres honrados, porque se prestaron á ser viles instrumentos de una maquinación infernal. Solo uno se reveló y no aceptó desempeñar un papel en la comedia, siendo por esta causa hostilizado por las autoridades y por sus colegas.
Varios meses duró esta peste apócrifa, y durante ese tiempo los obreros iquiqueños, dieron prueba de ser más mansos que las ovejas. No hubo la menor protesta, ni siquiera un meating; se contentaron con pasar una nota al Intendente, lamentándose de la crisis que atravesaban.
Juan Perez, al tener conocimiento de esta nueva infamia burguesa, crispó los puños y se mordió los labios de coraje. Maldijo á los aristócratas, y pensó que las infamias de los reyes del dinero sólo concluirían el día que los obreros se hiciesen justicia por sí mismos.
-Nada de sangre, decía Perez. No se necesita cortar cabezas, para adquirir la felicidad de los pobres. Los burgueses, tienen tanto derecho á la vida como los plebeyos. El bienestar que perseguimos, lo obtendremos, sin recurrir á la guillotina.
III
– ¡Levántate, floja!
-¡Estoy media muerta; tengo el cuerpo muy molido, siento mucha pesadez en la cabeza y creo que voy á vomitar.
-No le hagas caso. Eso te sucederá los primeros días. Después ya te acostumbrarás. ¿Cuánto has ganado, anoche?
-Veinte pesos. Aquí están.
-Has tenido suerte. Yo, hace dos días que no tengo ni chico. Con la bubónica, dicen todos que no tienen plata.
Elvira, envuelta en un peinador blanco tomó asiento en la cama, adonde Genoveva se desperezaba, con un semblante pálido y ojeroso, que denotaba á las claras la vida que llevaba.
Mientras Elvira, acariciaba el perrito que le regalara doña Luisa, Genoveva se entregaba á las meditaciones que asaltaban su mente, desde el día que dió el primer paso en la senda del crimen. Pensó en la nueva existencia que llevaba, tan tumultuosa y tan llena de contratiempos. Hasta ese día no podía quejarse, porque la fortuna le había sonreído, siendo cortejada con insistencia por los parroquianos del burdel; pero no ignoraba que eso tenía su eclipse, como les pasaba á varias de sus colegas, quienes eran miradas con indiferencia. No se podía acostumbrar al nombre nuevo que había adoptado, siguiendo la costumbre de las mesalinas.
-¿En qué piensas, Genoveva?
– En muchas cosas. En mi padre, en primer lugar.
-No te acuerdes de él, que eso solo sirve para entristecerte. Yo, cuando recién llegué á Iquique, de tanto pensar en mi madre, casi me enfermo.
-¿Oiste, anoche, lo que le dijo un pije á la Clara?
-Nó.
-Le dijo: “Anda, vieja jubilada”.
-La pura verdad es eso. ¿No es vieja?
– Lo sé. ¿Y no te da que pensar eso?
-Nada.
-A mi sí, porque reflexiono que algún día tengo que llegar á esa edad, y entonces me insultarán los hombres, también.
-Es que á esa, no sólo la desprecian porque es vieja, sino porque padece de cierta enfermedad.
-Peor que peor. Yo, también, puedo adquirir una enfermedad igual.
-Tú eres muy tonta. Te ocupas de pensar cosas negras. Lo de las enfermedades va en la suerte.
La Petit Pois, hizo su aparición en el cuarto de la nueva pensionista. Le traía una taza de café con leche, la que se la ofreció con mucha cortesía. Cuando la vieja cabrona se retiró, Elvira le dijo á su amiga:
-Esta mujer es muy veleidosa. Te hace atenciones ahora, porque sabe que le convienes. De lo contrario, ni te daría los buenos días, como á mí; que no me saludó al entrar.
– Sin embargo, tú me dijiste que es muy buena.
-Era; pero ahora se ha puesto muy perra.
Genoveva comprendió que la envidia, roía el corazón de Elvira.
Las dos meretrices, conversaron largo rato sobre los sucesos de la noche anterior, riendo á carcajadas de la jugarreta que le habían hecho á la cabrona, robándose dos botellas de cerveza de la cantina.
-No hay que ser tonta, decía Elvira, porque de un bien nada se saca. Cada vez que puedas hurtarle algo á la Peta, hazlo. Cuando te repartas con ella el dinero que ganes, no le digas nunca la verdad de lo que te han dado, sino menos.
Genoveva, después de tomar el desayuno con gran displicencia, se sentó en el lecho, tendiendo una mirada á su alrededor.
-Mira cómo está el cuarto. Parece que hubiera habido una tempestad.
Efectivamente. Las prendas de vestir, aparecían diseminadas sobre las sillas y sofá. Un zapato, asomaba la punta debajo de la cama, y el otro, se hallaba tendido cerca de la puerta. En un rincón, un botón de camisa, denunciaba la estadía de un hombre.
-¡Caramba, que fué fuerte la tempestad! Tú, cuando te emborrachas, pierdes el seso. Le armaste camorra al parroquiano con quien estabas, y lo obligaste á que se fuera á las dos de la mañana.
– Mejor. Los hombres me dan asco.
-Eso lo dices de los dientes para afuera. Yo quisiera verte queriendo de verdad.
-Nó hijita. Aunque ame, soy siempre la misma. Y si no, ahí está lo que hice con Lucho, que me correspondió mal. Lo encontré una noche en la Plaza Condell, y cuando quiso hablar, le volví las espaldas.
-¿Qué Lucho es ese?
-El padre del niñito que se me murió.
-¿Cuál es su apellido?
-García.
-¡Ah!
-¿Por qué te asombras?
-Porque yo conozco un joven de ese mismo nombre y apellido, que es empleado del Banco de Chile.
-Ese es el canalla que, cuando vió que estaba en el Hospital, adonde fuí á desembarazar su hijo, me abandonó.
La noticia cayó en el corazón de Elvira, como un chorro de agua helada. Se puso pálida, y un escalofrío, recorrió todo su cuerpo. Recordó que García le había prometido ir esa noche á verla, y pensó lo riesgoso que sería su encuentro con Genoveva, puesto que era bien cierto aquel refran de: “donde ha habido fuego, cenizas quedan”. Tuvo celos de Genoveva, y reflexionó que sería cosa segura que Luis la buscase, ya que era, entonces, la mujer que conquistaba más atenciones.
-Parece que te ha hecho mal efecto el nombre de ese sinvergüenza.
-Nó, porque solo lo conozco de vista.
-Más vale así.
-¡Qué! ¿Crees que pueda haber tenido algo con él?
-Y por qué no? Desde que él es tan libre como tú.
– Oye, Genoveva. Yo te quiero, y no me gusta engañarte.
-Bien
-Te voy á decir la verdad, respecto á Luis. El es en la actualidad mi camote. Yo le quiero, y parece que me corresponde. Creo que no te disgustarás por esto, puesto que cuando lo conocí, ignoraba las relaciones que había tenido contigo.
-Nó, niña. Yo no me disgusto. Sobre todo, cuando lo he despreciado.
IV
Con motivo de la celebración de la Pascua de Navidad, la Plaza Montt, se veía ocupada por unas cien barracas, construídas con madera y lona, á las que daban el nombre de carpas, y que no eran otra cosa que lugares públicos de diversión, adonde se podía entrar á beber un vaso de ponche en leche y á bailar una cueca.
En todas las carpas, que eran de diversos tamaños había un mostrador, un armario con botellas, un piano, una guitarra, varias sillas, y un espacio adecuado para que los bailarines estirasen las piernas. De los techos pendían colgaduras de papeles multicolores y banderas chilenas. En las paredes, entre banderas, se destacaban los retratos de los héroes nacionales, anacronismo en el que nadie se fijaba, porque los miles de paseantes que llegaban a la plaza estaban ebrios.
Era curioso el expectáculo de esas cien carpas; en las que se cantaban las variadísimas cuecas del repertorio criollo. Dando una vuelta, en torno de las barracas, se podía apreciar la magnitud de la fiesta. Aquí, diez parejas, hacían retemblar el suelo, con un menudeo zapateo; allá, otras, escobillaban con entusiasmo; dos novios, sin preocuparse de la futura suegra, se abrasaban y decían ternezas; los azafates, cargados de vasos de ponche, circulaban entre los concurrentes; en la penumbra, detrás de las carpas, cuchicheaban parejas, tratando él de convencerla á ella, vomitaban los ebrios ó hacían sus necesidades. Y en medio de ese derroche de ponche, de alegría, de música y de amor, se percibía el olor penetrante de las caldúas, los gritos de las vendedoras de cazuelas y la voz sonora de los maraqueros, que con todo el vigor de sus pulmones, lanzaban el conocido:
-¡Juar y cubrir la pinta, niños! ¡Juar y cubrir la pinta! ¡Me voy por lo puesto! ¡Me fuí! Echamos: un sol, una copa y un futre.
La concurrencia á las carpas de esa Pascua, era numerosa, compuesta de gentes de todos los matices sociales: honradas familias, que iban por hacer divertir á las muchachas; burgueses y obreros que acudían en busca de aventuras; prostitutas de diversas categorías, y hasta muchachos, que se contentaban con ser simples mirones.
Era esa la ocasión, para que los enamorados pudiesen cortejar con toda libertad á sus amadas, y probar el estado de sus bolsillos, porque aquello era una verdadera romería, y el placer consistía en penetrar á todas las carpas y bailar en ellas.
Después de las doce de la noche, cuando los ánimos estaban bastante exaltados con el ponche, empezaron los combates á puñetes. Por quítame allá pajas, se cruzaban á moquete limpio los bebedores, y la policía intervenía, apaciguando los ánimos y convenciendo á los contendores, de que no debían pelear. Estas luchas, terminaban generalmente con una libación entre contendores y guardianes.
Alas dos de mañana, se oyó una gritería infernal, por el crucero noreste de la plaza, y apareció por ese lado un grupo compuesto de diez ó doce parejas. Ellos, vestían de negro, y llevaban bastones. Ellas, llevaban trajes claros y mantones de Manila. Llegado el grupo á la primer carpa, hizo su entrada, en medio de una bulla fenomenal, que obligó al pianista á suspender la cueca.
-¡Cueca, cueca! decían los hombres.
– ¡A bañarse! gritaban las mujeres.
Restablecido el orden, se vió que se trataba de caballeritos de la aristocracia y de mujeres de la vida alegre. Los parroquianos que hasta ese instante habían estado divertiéndose en la carpa, tocaron retirada, y los recién llegados quedaron dueños del campo.
Empezó el baile. Los futres, hacían mil piruetas, que eran aplaudidos por los expectadores que se amontonaban á la puerta; y las prostitutas, no les iban en zaga, levantándose las faldas y dejando ver las rollizas pantorrillas.
Una vieja, que hacía pasear á su único pimpollo, se escandalizó, y después de santiguarse murmuró:
-Jesús, María y José. Vámonos Juanita, que estas mujeres son del diablo.
-Esperemos que bailen el otro pié, mamá.
-No, no hijita. Esta gente es muy corrompida.
Entre las meretrices, descollaban Genoveva y Elvira, quienes lucían elegantes trajes de seda y pañoletas de la misma tela. Llevaban por galanes á dos empleados de oficinas, que habían llegado ese mismo día de la Pampa.
Terminada la cueca, burgueses y meretrices, abandonaron esa carpa y se introdujeron á otra, recorriendo varias. En una de ellas, encontraron á Luis García, quien le hacía el amor á una costurerita, bastante simpática. Elvira apenas lo vió, le dijo á Genoveva, al oído:
-Ahí esta Luis con una cartuchona.
-No le digas que yo estoy aquí. No quiero que me conozca.
Luis, embebido en su conquista, no se dió cuenta de los que llegaban. Elvira, se acercó á él, y dándole una palmada en el hombro, cosa que hizo escandalizar á la costurera, le dijo:
-Ven que te necesito.
Volvió la cara el interpelado, y brincó sobre la silla, como si hubiera sido picado por una víbora, encontrándose cara á cara con Elvira, quien le miraba con pupilas inflamadas, en las que reflejaban los celos.
Hubo un momento de vacilación en Luis. De un lado, lo atraía la modesta costurera, que podía considerar como conquista segura; y del otro, su corrompida y vieja querida. En su mente, chocaron las ideas con estruendo, produciéndole una especie de aturdimiento. Elvira, que notó la inseguridad de su amante, y que vió clavada sobre ella los ojos de todos los concurrentes de la carpa, quiso dar el golpe final, y cogiéndolo de una mano, lo atrajó así:
-¿No entiendes que te llamo, ó piensas reírte de mi? Te equivocas, porque soy capaz de todo, antes que sufrir un desprecio. Y ustedes, señora y señorita, fíjense otra vez con los hombres con quien se meten, que no sean comprometidos como éste.
Luis, se dejó arrastrar, avergonzado de no poder resistir á la imposición de la mesalina, y pensando que la costurera y su madre iban á armar grandes pelambres, con motivo de lo sucedido. Los amigos y amigas de Elvira, recibieron á Luis en su seno, en medio de gritos y abrazos, mientras por la puerta de la carpa, se alejaban las desairadas mujeres, acompañadas por las carcajadas de Elvira y las de las demás damiselas.
Genoveva, que se encontraba entre éstas, no quiso darse á conocer de Luis, y tomó asiento, junto con su caballero. Un momento después, principió la cueca, y todos se lanzaron á ejercitar las piernas. Elvira, fué sacada á bailar, y Luis, quedó dando vueltas al rededor de los estaban sentados. Llegó cerca de Genoveva, á la que no pudo conocer; á través de la pintura, las flores y el alto peinado que llevaba, y la invitó á bailar la siguiente cueca.
-Gracias, le contestó ella, no bailo con farsantes.
-Cómo farsantes?
– ¿Y qué otra cosa es usted, ó es que no le conozco?
-¿Qué tiene que sacarme?
-Tengo que sacarte que eres un sinvergüenza que abandonaste en el Hospital á una mujer que estaba embarazada de tí.
-Mientes.
– ¿Miento, canalla? ¡Yo soy esa mujer!
Y una sonora bofetada, resonó en la carpa, haciendo volver el rostro á los bailarines, é interrumpiendo la cueca. Se formó un desórden. Luis, con el rostro encendido por la rabia, quería vengarse de la bofetada, pugnando por desasirse de las manos que lo sujetaban. Genoveva, con los brazos puestos en jarras, lo esperaba tranquila.
-Vas á ver perra mal nacida, lo que te va á pasar!
-Déjenlo, señores, que le ha gustado el dulce y quiere venir por más.
La llegada de los representantes de la justicia, puso fin á la contienda. Se le obligo á Luis á abandonar la carpa, lo que fué recibido con júbilo por todos.
Cuando clareaba el alba, empezó el desfile de los trasnochadores, que salían de la plaza en grupos más ó menos numerosos, dando tumbos y describiendo círculos con los piés. Ellos, iban con los sombreros echados atrás, los cabellos en desórden, los ojos turbios y el labio inferior caído. Ellas, con el pelo desgreñado, las capas arrastrando, los rostros pálidos, en los que se transparentaba el blanquete y el arrebol, como si un pintor hubiera limpiado en ellos sus pinceles.
V
-¿Qué te parece, Elvira lo que hice anoche?
-Expléndido. Eres mujer de pelo en pecho.
-No es la primera que le voy á hacer. Adonde le encuentre, tengo que jugarle alguna mala partida.
– ¿Y si te manda presa?
-Peor para él, porque voy al Banco, y le armo un escándalo, delante de sus patrones.
-Bueno, alístate, porque no tardan en venir los amigos de anoche, para que vayamos á almorzar á Cavancha. Yo voy á vestirme.
Una hora después, un coche conducía á Elvira, Genoveva y dos empleados de oficinas, á la península de Cavancha, el único paseo de Iquique, y donde el vicio gusta de solazarse á sus anchas. En ese tiempo, Cavancha estaba en decadencia, porque habían desaparecido muchos de los negocios de lenocinio que ahí estaban establecidos. Solo quedaba la casa de canto de Filomena Valenzuela, ex cantinera del 79, adonde acudían los que querían divertirse, echando al coleto algunos tragos, ó bailando una cueca de esas de la santa tierra.
El coche se detuvo en la puerta del Restaurant Miramar, de propiedad de un español; llamado Juanito, y descendieron las dos parejas, cuyos galanes pidieron un comedor reservado. Los mozos, al verlos, guiñaron los ojos, para darse á comprender qué clase de pájaros eran los que llegaban.
El almuerzo fué abundante y regado con buenos vinos. Los manjares, los de siempre: erizos, jaivas, mayonesa de camarones, cazuela de gallina, congrio colorado, pollo á la milanesa y café. A las dos de la tarde, salían del Miramar las dos parejas, eructando y sobándose los inflados vientres. En la puerta se encontraron con dos pichones que llegaban, en los que reconocieron á Luis García y á una cartuchona.
Se produjo una escena grotesca y curiosa. Luis abandonó á su compañera y corrió en dirección al mar. Genoveva, con las faldas recogidas, siguió tras él, gritándole las frases más duras de su vocabulario; pero no pudo dar alcance al fugitivo y regresó sofocada, con el rostro congesnado por la rabia y el ejercicio.
La compañera de Luis, que permanecía parada, junto á la puerta del coche, recibió la segunda edición de palabras de Genoveva, quien la cogió de un brazo, y la zarandeó, diciéndole:
-Ese hombre que va ahí, es un chancho, y usted una buscona de mala ley, que bajo el disfraz de hija de familia, se entrega á las liviandades como cualquiera meretriz. Ese hombre, tuvo una querida, á la que abandonó cuando estuvo en días de desembarazar. Esto, también le puede pasar á usted con él.
Los acompañantes de Elvira y Genoveva, reían a toda mandíbula de la carrera de Luis. Subieron al coche, y el auriga azotó á los caballos que tomaron la dirección del puerto.
Minutos despues, apareció por una esquina Luis, todo azorado y caminando con temor. Vió á su enamorada que la aguardaba todo compungida, lloriqueando y suspirando dolorosamente.
-¿Por qué lloras, negrita?
-Porque te vas y me dejas sola, para que esa mujer me insulte á su gusto.
-¿Qué te dijo?
-Me trató de mujer mala y dijo que tú tienes costumbre de abandonar á las mujeres, cuando están preñadas.
-No le hagas caso. Habla de pura picada, porque yo no quiero meterme con ella. No temas nada. Yo te quiero á tí, y debes estar tranquila.
– ¿Y si me abandonas, como dice esa mujer?
-Es mentira eso. Ya te he dicho que habla por despecho. Entra palomita mía. Vamos á hacer onces, y olvida lo que ha pasado, que no volverá á suceder.
Muy luego, Luis y su convidada, se encontraron sentados ante una mesa, llena de mariscos y verduras, á los que hicieron debidamente los honores. El mozo que les servía, cuando llegó á la cocina, le dijo al cocinero:
-Maestro, sírvame dos cazuelas. Una doble.
-¿Para quién es la doble?
-Para una muchacha que está comiendo con un joven.
– ¿Tiene buen diente?
-Se ha comido todos los erizos que puse en la mesa, cuatro jaivas, un plato de almejas, los rabanitos, una marraqueta de pan y cuatro onzas de mantequilla. Cuando vine por las cazuelas quedó llorando.
-¿De hambre?
-Creo que nó. Parece que el joven que está con ella, era conocido de una de las niñas que almorzaron enantes, y tuvieron malas palabras en la puerta. Está celosa.
-Lo que no es un obstáculo, para que ella mueva bien los dientes.
-Así son estas pobrecitas. En sus casas, pasan una hambre canina; pero luego que encuentran un primo, se sacan el clavo. Esta, de seguro que no come hasta dentro de una semana.
-¿Qué tal se portaron los pampinos contigo?
-Bien. Me regalaron dos pesos.
-Y el que ahora está comiendo?
-De este no tengo esperanzas, porque tiene cara de tener los bolsillos aplanchados.
VI
La bubónica burguesa, tenía alarmada al pueblo, que devoraba en silencio la afrenta que se le hacía, sin proferir el menor reproche, sin dar un quejido. Los que podían movilizarse, huían hacia la Pampa, en dirección á Pisagua, donde tomaban los vapores que iban al Sur ó al Norte. Las aguas de la bahía, sin embarcaciones que las surcaran, batían melancólicamente sus ondas sobre el muro del malecón, entonando misereres. Las habitaciones de los obreros, eran rejistradas diariamente por comisiones higiénicas é inspectores de sanidad, que dictaban medidas terminantes y estrambóticas, para combatir el flajelo que veían en lontananza. Las calles aristocráticas, como la de Baquedano, eran dejadas en paz, porque no creía la autoridad que allí pudieran albergarse los bacilos de la peste.
A las ratas se les señaló como culpables de la enfermedad, y la aparición de los cadáveres de algunas de ellas, fué el síntoma más característico de la existencia del mal; invocado por los médicos. Las ratas muertas, encontradas en el Colorado, no habían dejado de existir expontáneamente, sino que habían sido asesinadas en la Policía, Cárcel, cuarteles de la guarnición y otros lugares, y llevadas á los basurales del Colorado, para que tropezara con ellas el Intendente, y representara la comedia de decir que esos bichos habían muerto de bubónica. En los diarios, la Municipalidad puso un aviso, ofreciendo diez y veinte centavos por cada rata viva ó muerta que se llevará al Matadero; pero nadie le hizo caso á la muy ilustre corporación, y los pocos tontos que creyeron en la noticia, sufrieron un gran chasco, porque en el Matadero no tenían dinero para comprar esos animalitos.
Como el Gobierno había votado ciento cincuenta mil pesos, para combatir la bubónica, muchas personas se frotaron las manos de alegría con la esperanza de tocar algo del reparto. Los médicos, que eran la parte más interesada, no cesaban de mandar enfermos al Lazareto, donde por arte de birli birloque, se llenaban de bubones inginales, convirtiéndose en calamidades que, en la mayoría de los casos, tomaban pasaje para el otro mundo. Los médicos, se transformaron en una verdadera pesadilla. Todos huían de ellos, temiendo que se les antojara achacar dicha enfermedad á cualquier prójimo. Los que sufrían de algunas dolencia se resistían á llamarlos, por el temor de ir al Lazareto. Las fiebres, los dolores de muelas, las espinillas, los bubones ordinarios y hasta la borrachera, eran clasificados como síntomas de peste.
Los conventillos, donde siempre moran los pobres, por la baratura de los arriendos, se veían asediados continuamente por el carretón plomo del Lazareto, quien cargaba con los inquilinos, sin piedad. En balde, protestaban las familias de las víctimas de semejantes atropellos. Se les hacía callar, amenazándolos con la cárcel. Muchos de los enfermos que eran llevados al Lazareto, morían de la impresión que experimentaban; y otros, según la opinión general, fallecían por envenenamiento.
Un caso curioso, vino á probar que sólo los pobres debían ser el pato de la boda. Se declaró bubónica á una sirviente de la casa aristócrata, situada en la calle de Moquegua. Las medidas que tomaron con ella los médicos, diferieron totalmente de las establecidas. La casa no fué quemada, ni la enferma aislada. Se le curó en su habitación, y ahí sanó. Esto indignó grandemente al pueblo, que vió la gran injusticia que se hacía con sus hijos, los que eran tratados sin misericordia.
Un soldado del batallón Carampangue, que padecía de tuberculosis, fué conducido al Lazareto; pero antes de llegar á ese lugar, abandonó el coche que se le llevaba y emprendió la carrera, en dirección á su cuartel. Se suscitó una gran discusión, entre algunos doctores y el comandante del Carampangue. Este, alegaba que su soldado, no tenía peste bubónica; pero los médicos le contestaban que la tuberculosis era prima hermana del flajelo. Total, que el Intendente intervino, y el pobre soldado fué llevado al Lazareto.
Entre la masa popular; las injusticias cometidas de una manera escandalosa, causaron exaltaciones de ánimos, y la imaginación de algunos, se lanzó á fantasear. Se decía que la autoridad, con el objeto de introducir á la fuerza la peste que había anunciado, envenenaba el agua, y hacía repartir á los niños pastillas misteriosas que causaban la muerte de los incautos pequeñuelos. Esto causó mucha alarma, y la justicia tuvo que intervenir, quedando todo entre tinieblas. A pesar de las aseveraciones de gentes sensatas, que certificaban la existencia de individuos extraños, que ofrecían á los niños pastillas y monedas para que comieran las primeras, la policía no pudo descubrir á los pastilleros, que se evaporaban á cada paso.
La prensa grande, estaba de parte del Intendente. LA PATRIA, defendia la existencia de la peste con un calor rayano en locura. EL NACIONAL y EL TARAPACA, hacían el papel de equilibristas. No se inclinaban de ningún lado, y una vez que con frases de doble sentido, se permitieron dudar de la epidemia, el Intendente los obligó á callarse, gratificándolos expléndidamente. Solo LA VERDAD, no cejó nunca, en su tarea de azotar á la mentira. Sus furibundos artículos, caían en los círculos oficiales, como latigazos que hacían retorcerse á los farsantes. A su director se le amenazó con flajelarlo y desterrarlo; pero esto sólo sirvió para enardecer su espíritu y darle más bríos para la lucha.
Los obreros de Iquique, soportaron tanta ignominia sin chistar, alentando con su paciencia á los de arriba, á continuar en su tarea maldita de abusar de su poder.
VII
Luis García se vió de la noche á la mañana, convertido en el hombre más desgraciado. Los encuentros con Genoveva, le causaron una impresión muy grande. Esa muchacha, que se le presentaba ataviada con las galas del vicio, despertó en su alma los recuerdo de su vida pasada, cuando aún no se había dejado arrastrar por el torbellino del mal, y sintió remordimientos de conciencia, al pensar de que quizás él era el autor de la desgracia en que se hallaba sumida su ex-amante.
Dejó de concurrir á los burdeles y á las casas de sus amistades, y empezó á observar una conducta honrada. Esto despertó la curiosidad entre sus amigos, y algunos, que sabían lo que le había pasado con Genoveva, se burlaron de su retraimiento y trataron de persuadirlo de que no se debía dejar avasallar por una mujer.
-¡Qué cobarde eres, Lucho! Parece que no fueras hombre.
-Pero, ¿qué quieres que haga?
-Divertirte. Echar las canas al aire, porque las canas no deben guardarse, pues son muy fecundas.
-Temo encontrarme con ella.
-Eso es. Le tienes miedo. Tú, un hombre con pantalones, huyendo de una meretriz.
-Antes de ser lo que es, fué mi querida.
-¿Qué hay con eso?
-Y tuvo un hijo mío.
-Eso se ve á cada rato. Yo tengo tres hijos por ahí. Sus madres se encargan de alimentarlos, porque ese es su deber.

-Mi hijo murió.
-Mejor para tí. Muerto el ahijado, se acabó el compazdrazgo.
-No, Roque. Yo no puedo pensar como tú. Mi carácter es distinto. Sé que he obrado mal, y me pesa haberme dejado arrastrar por el vicio.
-Ahora sí. ¿Quieres convertirte? ¿Volverte hombre de bien? No seas leso. Ya se acabaron los tiempos en que habían caballeros andantes. Hoy, la humanidad no vuelve la cara atrás. Lo pasado, es pasado. ¿Qué sacas con martirizarte, pensando en lo que has hecho? ¿Crees que élla se preocupa de tí? ¿Crees que te ama? No seas tonto. Ella lo que ama son los pesos que le reporta el oficio que tiene.
-Talvez tienes razón.
-Vamos si la tengo! Escúchame y contéstame con sinceridad. ¿Crees tú, que ella aún te quiera?
-Nó.
-Si ella te quisiera, después de la vida que está llevando, ¿serías tú capaz de vivir con ella?
-Nó.
-Pues, entonces, no veo la razón de que te eches á morir. Tú eres para ella un pucho de cigarro, y ella debe ser para tí otro tanto. Lo esencial es, ahora, que le des una lección bien dada y le hagas ver que no eres un muñeco á quien se asusta con bravatas.
-Así lo haré.
-Entonces, á la noche vengo por tí, para que vayemos á la casa en que está ella. Quiero ver como te portas.
-Aceptado.
En la noche, Luis y su amigo Roque, cogidos del brazo, penetraron á casa de la Petit Pois. Roque, iba tranquilo, como que nada tenía que temer. En cambio, Luis, tiritaba y se sentía desfallecer. Haciendo un supremo esfuerzo, puso un pié en el salón de baile. Recorrió con la vista las caras de las prostitutas y no encontró ni la de Elvira, ni la de Genoveva. Respiró con satisfacción y se acercó á una mujer, á la que dió un abrazo.
-Mucho cuidado Luis, que no tarda en venir la Elvira, y si te ve abrazándome, te araña.
-No hay cuidado de nada. Yo soy libre y puedo abrazar á quien me plazca. ¿Tienes algún compromiso, esta noche?
-Ninguno.
-Pues, entonces, cuenta conmigo.
Un dúo de risa, proveniente del interior de la casa detuvo esta conversación. Luis miró á su pareja, y ésta á él, como preguntándose algo que los dos sabían.
-¿Es ella?
-Sí
Las risas se acercaban, tomando inflexiones burlonas, como si sus autores comentaran alguna ridiculez. Luego, aparecieron Genoveva y Elvira, en la puerta del salón. Avanzaron las dos, hacia el sofá, donde se encontraba Luis y su compañera, quienes no habían dirigido la vista á las que recién llegaban. Tomaron asiento en dos sillones, y empezaron á hablar:
– Haz de saber, niña, que el tal mocito me quiere.
-Y su hermano, á mí.
-Entonces, vamos á ser cuñadas.
-¿Qué buenos son los dos?
-¡Oh! Cariñosos y expléndidos. Manejan el dinero á manos llenas. No son como otros pijes que les gusta tener mujer de balde, y cuando la ven que va á parir al Hospital, se olvidan de ellas.
-Ni como otros; que por tener querida gratis, soportan que ella esté durmiendo con otro, en el momento que les dá citas.
-Nuestros amantes de ahora, son caballeros.
-Y los otros, unos rufianes.
Esta conversación, la oía Luis, cuyo rostro congestionado, parecía un tomate, próximo á reventar. Su compañera, comprendiendo lo que sucedía, quiso ahorrarle el duro momento que estaba pasando, y le dijo:
– ¿Vamos á la cantina? Tengo sed.
-De mil amores, aceptó Luis la invitación, y se dirigió con su nueva amiga á la cantina, seguido de Genoveva y Elvira, quienes hacían sonar los piés como él, y tosían, en són de burla.
Luis pidió á la mesonera una botella de cerveza en dos vasos, y cuando ya iba á llevar á sus labios, la fermentada bebida, se le acercaron Genoveva y Elvira, las que después de hacerle una reverencia burlona, le digeron:
-Por lo que se ve, parece que usted está abierto. ¿No podría invitarnos á nosotras, alguna cosita?
Luis, se mordió los labios de ira. Aquellas mujeres, con sus sonrisas diabólicas y sus estudiadas palabras, lo sacaban fuera de quicio. Quería aparecer sereno; pero un ligero temblor que circulaba por su cuerpo, denunciaba su estado de ánimo.
-¿Qué dice el caballero? ¿Se abre ó no?
-No convido nada.
-Entonces, cantinera, sirva usted una botella de cidra para nosotras. Yo pago, ya que este galán se muestra tan cicatero. ¿Quiere usted acompañarnos, don Luis?
-Muchas gracias.
-Lo veo muy preocupado, señor banquero, dijo Genoveva. Está usted enfadado y parece que nuestra presencia le fuera desagradable.
-Talvez.
En ese momento llegaron á la cantina varios parroquianos con sus respectivas damiselas. Genoveva aprovechó la ocasión, para levantar la voz y continuar la conversación.
-¿Por qué puede serle antipática la vista de nosotras? Somos dos muchachas algo hermosas, según declaración de usted mismo.
-Y dignas de ser coronadas como reinas, como me lo ha dicho á mí, añadió Elvira.
-Entonces, no veo la razón de que usted se porte así.
Las miradas penetrantes de los bebedores y de las meretrices, se hallaban clavadas en Luis, Elvira y Genoveva, esperando con curiosidad que aconteciera algún suceso, de los que causan hilaridad. Genoveva apuró el desenlace, acercándose á Luis, y colocándole una mano en el hombro, al mismo tiempo que le decía:
-Me han contado que eres un calavera de marca mayor y un mal hombre; pero yo digo que eso no es cierto, porque sé que eres un bandido, peor que los animales, puesto que no quieres ni á tus hijos.
Lo que allí aconteció, es indescriptible, y en menos de un segundo se vió á la sangre, chorreando de algunas cabezas. Luis había dado un puñete á Genoveva, quien cogió un vaso del mesón y se lo estrelló en la cabeza á su enemigo. La compañera de Luis, dió un silletazo á Genoveva, y Elvira, con una botella en la mano, empezó á repartir golpes á diestra y siniestra, sin saber á quienes iban dirigidos. Se formó una confusión, en que llovían golpes sobre los contendores y sobre los que querían apaciguar la revuelta. La presencia de la Policía, puso fin al escándalo.
VIII
En la puerta del conventillo de “Las Camaradas”, sitio en la calle de Tacna, se apiñaba un grupo de mujeres y chiquillos, que comentaban la presencia del carretón del Lazareto, estacionado ahí. Eran las doce del día y el sol caía á plomo sobre las cabezas descubiertas de esa turba de haraposos que miraban con la boca abierta el fúnebre vehículo, manejado por hombres siniestros, vestidos con trajes del color de los sayales.
Entre los curiosos, descollaba la alta figura de una vieja de nariz de alcatraz y labios plegados, tras los que se adivinaba la ausencia de los dientes. La veterana, con los blancos y sucios cabellos al aire, hablaba, moviendo los labios como si estuviera comiendo, y accionando con vivacidad.
-¿Qué les parece, decía, lo que están haciendo con nosotros? ¡Nos quieren meter á la fuerza la peste borbónica!
-Es lo único que nos faltaba, le contesto la muchacha que denotaba en su rostro no tener más que catorce años; pero cuyas extremidades, demasiado desarrolladas, denunciaban á la mujer de mundo.
-Van á sacar á don Panchito, dijo un chiquitín andrajoso, que sostenía en la mano el hilo de un volantín, hecho con papel de estraza.
-¿Qué es lo que tiene don Panchito?
-La puntada; pero el médico ha dicho que es la bubónica.
– ¿Y para qué llamó médico?
-El no lo llamó, sino que la mujer de un paco, que vive al lado de él, fué á denunciarlo que estaba enfermo.
-¡Maldita paquera!
En ese momento, salía del interior del conventillo la mujer del guardián, conduciendo de la mano á un niño de dos años, que cubría su cuerpo solamente con una camisita tan corta, que se le veía el ombligo y los órganos de la generación. La mujer, representaba treinta y cinco años. Era gorda, chica y ñata. Caminaba con dificultad, debido á la prominencia del vientre, que indicaba que se hallaba en estado interesante. Cuando quiso abrirse paso por entre la gente que llenaba el hueco de la puerta, la vieja se le interpuso, diciéndole:
-¿Cierto, Panchita, que usted dió el parte de que su tocayo estaba enfermo?
-Sí. ¿O quería usted que me callara y que mis hijos se contajiasen?
-No resuelles tan fuerte hijita, que la cosa no es para tanto.
-Como usted me pregunta con cierto modito.
-Es que es así mi modo de hablar. ¡Buena la niña, que está delicada!
-¿Cómo no ha de ser delicada, intervino la muchacha, si su marido es teniente de Policía?
-No será teniente, pedazo de intrusa, pero es cabo. Peor eres tú que estás embarazada y no sabes quien es el padre de tu hijo.
– ¿Yo embarazada?
– Sí, señor. Ayer y hoy has tomado purgante.
Las dos rivales, iban á agarrarse del pelo, cuando apareció la sombría comitiva que sacaba á don Panchito, un viejo aguador, que ganaba su vida expendiendo agua por latas. Por delante, venían los dos médicos, que hablaban en secreto, moviendo la cabeza y compadeciendo al enfermo. En seguida, dos empleados del carretón, conducían, sosteniéndolo por debajo de los brazos, al paciente, el que andaba con dificultad, abriendo los ojos desmesuradamente, como asustado de ese aparato con que se le extraía de su covacha. Cerraban la comitiva dos guardias, que caminaban lentamente, con los ojos fijos en el suelo, talvez pensando en las iniquidades que cometían las autoridades. Detrás de la comitiva, se divisaba á los moradores del conventillo, que, desde sus barracas, asomaban las cabezas, denotando en sus rostros la impresión dolorosa que les causaba la partida del vecino.
Al traspasar el umbral de la puerta, la vieja alta le dirigió la palabra al paciente:
-¿Por qué se lo llevan, don Panchito?
– Quien sabe, respondió el enfermo con dificultad.
-No tome ningún remedio de los que le quieran dar, porque lo pueden envenenar!
-¡Cállese señora, le dijo un policial á la vieja, si no quiere que la notifique.
-Eso es, niño. Solo falta que me notifique, para que quede lucida.
Con no poca dificultad, fué subido don Panchito al carretón, y una vez instalado en él se treparon los empleados sanitarios, y partió el vehículo, en medio de la rechifla de los muchachos que estaban parados en la calle.
Los guardianes, ordenaron á los curiosos despejar la vereda, y muy luego la calle de Tacna, recobró su habitual soledad.
IX
El Lazareto, estaba situado al lado norte del Hospital de Beneficencia, y ahí se detuvo el carretón plomo, siendo bajado de él don Panchito, que se sentía algo fatigado con la caminata.
Mientras instalaban al enfermo en una cama, un practicante se acercó al pescante del carro y habló con el auriga.
-¿De dónde han sacado á éste?
-Del conventillo de “Las Camaradas”
– Ese conventillo, he oído decir que lo piensan quemar.
-Dime una cosa como amigos. ¿Será cierto que haybubónica?
-Francamente no sé que decir. El doctor de aquí, me afirma que hay peste; pero dice que es benigna.
-Yo creo que eso no es más que pura música. En fin, á nosotros no nos incumbe averiguar si es mentira ó verdad la tal peste. Lo que nos conviene es que esto dure algún tiempo, para ganar buenos pesos.
-Ojalá durara un año.
Don Panchito, después de ser sometido á varias torturas de desinfección, fué colocado en una cama. Le tomó el pulso, el doctor. le hizo sacar la lengua, le auscultó el cuello y las ingles, y le preguntó que adonde sentía dolor.
-En este costado, le contestó don Panchito, señalándole la región del hígado.
-Entonces, no hay duda de que se trata de la bubónica. ¡Practicante! Traiga usted una jeringuilla, para aplicar á este enfermo una inyección.
Un momento después, don Panchito llevaba en su organismo el suero antipestoso, y dormía profundamente, soñando con enormes toneles de agua, vendidos por él. Cuando despertó al día siguiente, sintió un dolor agudo en las ingles, y vió con gran estupefacción que le había brotado un soberbio bubón. Una gran fiebre, lo hacía disvariar.
Después de varios días de sufrimiento, durante los cuales fué operado y estrujado por el médico del Lazareto, dejó de existir don Panchito, en medio de atroces dolores.
Cuando la noticia llegó al conventillo de “Las Camaradas”, se reunieron muchos inquilinos, entre los que figuraba la vieja alta, que habló tanto el día que sacaron á don Panchito, para llevarlo al Lazareto, y comentaron el fallecimiento, á su antojo.
-Bien decía yo, exclamaba la veterana, que esos bandidos iban á hacer más de algo con el pobre don Pancho.
-Yo habría querido ser pariente de él, para que hubieran visto si lo dejaba sacar.
-Yo le recomendé que no tomara ningún remedio.
-Eso era imposible porque lo harían beber á la fuerza. Usted sabe que una vez adentro del Lazareto, hacen con los enfermos lo que quieren, porque como prohiben la entrada á la gente de afuera, nadie sabe lo que ahí pasa.
-He oído decir que le aplican á los pacientes una inyección que los hace llenarse de bubones, los que causan la muerte.
-A mí me han dicho que al médico de ese establecimiento le pagan una gratificación por cada persona que manda al otro mundo.
-¡Jesús, María y José! Eso es increíble.
-Todo es creíble, ahora que las autoridades se han propuesto meternos la bubónica por los ojos. Ya ustedes han visto lo de las pastillas. Al hijo de la Juana, le dieron una, y el chiquillo no la comió, sino que se la pasó por la cara, lo que fué suficiente para que se llenara de granos.
-El bachicha de la esquina, sorprendió ayer á un individuo que le quería hacer comer pastillas á sus hijos, le dió de puñetes y patadas, y lo mandó preso.
-Nada se saca con mandar presos á esos hombres, porque como son pagados por el Intendente, los dejarán en libertad.
-Mi marido, recogió una de esas pastillas y se la dió á comer á un perro, el que murió á la media hora.
Un ruido, acompañado de ligeras trepidaciones, hizo suspender la conversación de los habitantes del conventillo de “Las Camaradas”, quienes dirigieron la vista á la puerta de calle, inquiriendo lo que pasaba. Vieron que acababa de estacionarse el carretón plomo del Lazareto, y los murmuradores se dispersaron, como ratas sorprendidas por un gato. De las puertas de sus respectivos cuchitriles, atisbaban al sombrío carruaje.
Los empleados sanitarios, penetraron por el solitario corredor del conventillo, como soldados victoriosos á una fortaleza abandonada. Sus pasos, resonaban lúgubremente, y su eco parecía el de las tumbas. Tocaron la primer puerta que encontraron, y asomó su larga nariz la veterana de marras.
-¿Es aquí, adonde hay un mecánico enfermo?
-Nó señor. Yo habito sola en este cuarto. Soy viuda, que vivo de mi trabajo.
El largo apéndice nasal de la vieja, temblaba, y sus labios se contraían dolorosamente. Estaba poseida de rabia.
-Abra usted, que queremos registrar y convencernos si es cierto que vive usted sola.
-¡No les he dicho que soy sola! ¿O crean que estoy jugando con ustedes?
-Abra no más señora, que si no lo hace por la buena, tendrá que hacerlo por la mala.
-Pues hagan lo que quieran, dijo la tía, cerrando la puerta y corriéndole el cerrojo.
Los empleados sanitarios, empezaron á descargar puñetazos sobre el cuarto, y los vecinos, fueron dejando sus madrigueras, para acercarse al teatro del suceso, y ver en qué paraba el asunto. El guardián del punto, que asomó en la puerta del conventillo su asoleada figura, fué llamado por los sanitarios, los que solicitaron su cooperación, para echar abajo la puerta.
Los dos empleados y el guardián, colocaron los hombros á la madera, y después de dos empellones, las apolilladas tablas caían, haciendo un gran estrépito y arrastrando consigo al guardián, quien se dió un tremendo golpe, que produjo una explosión de risa entre los curiosos. La veterana que, armada de un garrote, esperaba el asalto, cargó sobre el guardián y le dió un palo en la cabeza. El policial, medio aturdido, se levantó y cogió á la vieja por el cuello, haciéndola rodar por el suelo. Los empleados sanitarios, penetraron al cuartucho y se convencieron de que no había nadie. En el interior, solo encontraron un colchón de paja, una silla quebrada y un brasero, donde hervía una olla de porotos.
X
Doña Luisa, escribió una carta á Pérez participándole la huída de Genoveva; pero ocultándole la nueva existencia que había abrazado. Un remordimiento de conciencia, por no haber cumplido el encargo de Perez, quien le recomendó que no dejara juntar á su hija con Elvira, la hizo guardar silencio sobre el paso dado por la joven.
Perez, recibió la noticia con mucha serenidad, á pesar de que en su corazón de padre se producía una tempestad de sentimientos.
Se imaginó que Genoveva, se había escapado con algún amante, y rogó á Dios que ese hombre fuera fiel á su desgraciada hija. Varios días le duró la impresión de este suceso, y sus compañeros de trabajo pudieron contemplar en su semblante las huellas del dolor, imposibles de ocultar.
-¿Quién es el principal culpable de lo que está pasando Genoveva, sino yo? filosofaba Perez. Yo, tengo la culpa de que esa muchacha no haya seguido por el sendero del bien. Abandoné á su madre, me olvidé de que quedaba en cinta y que un hijo tenía que ser el resultado de nuestros amores. El hijo nació, y por desgracia perteneció al bello sexo, y creció bajo la tutela de una madre, cosa peligrosa para las mujeres, que necesitan el cuidado paternal. La muchacha cometió el primer desliz, el segundo, y ahora ha realizado el tercero. Es la misma historia de siempre de las pobres hijas del pueblo.
Perez, pensó bajar á Iquique, buscar á su hija, convencerse de si era feliz ó desgraciada; pero encontró que perdería un tiempo precioso, sin probabilidades de éxito, tiempo que necesitaba para la continuación de su obra de propaganda, que estaba en vísperas de terminar. Acalló, pues, sus afectos de padre, los que pospuso á los que sentía por la masa proletaria.
Un Domingo, que Genoveva y Elvira, envueltas en elegantes mantos negros de seda, y ostentando lujosos devocionarios, salían de la Vicaría, se encontraron con doña Luisa. La veterana, las acogió con una sonrisa mefistofélica, tras de la que se adivinaba la avaricia de las mujeres viejas que gustan de explotar á las meretrices.
-Buenos días, niñas. Tanto tiempo que nos las veía. ¿Qué se habían hecho?
-Buenos días, doña Luisa. Hemos estado muy ocupadas, y por eso no hemos pasado á su casa.

La vieja no se dió ni por aludida de la huída de Genoveva, y siguió la conversación, dispuesta á sacarle algo á las horizontales.
-¡Qué malo está el tiempo, hijas! Es imposible vivir. Las casas están por los cielos, el trabajo por los suelos.
-¿Sí?
-Sí, hijas, Ya esto no es vida. Si yo fuera joven como ustedes, otro gallo me cantaría, porque no me faltarían hombres que me cortejaran; pero, por desgracia, soy vieja, y ya nadie me hace caso.
– Bueno, doña Luisa, estamos muy apuradas. Adiós.
-Aguárdate un momento Genoveva, que te quiero pedir un favor.
-¿Cuál?
-Que me prestes cinco pesos, hasta el Sábado que te los devuelva.
-Aquí los tiene usted. Adiós, doña Luisa.
-Adiós hija. Que el cielo premie tu buen corazón.
La vieja quedó mascullando varias frases de agradecimiento, mientras las dos meretrices, tomaban un carro que pasaba en esos momentos, en dirección á la avenida de Cavancha. Una beata, comadre de doña Luisa, que salía del interior de la parroquia, se topó con ella.
-¿Quiénes son esas jóvenes, comadre?
-Dos niñas de vida alegre. Son muy buenas, muy cariñosas, muy amables. Lo único que tienen de feo las pobrecitas, es que son malas de la cabeza.
-¡Qué lástima! ¡Tan simpáticas que son! ¿Usted debe ser muy amiga de ellas?
-Como nó. A una, le he lavado mucho tiempo; y á la otra, la he tenido allegada en mi casa.
-Entonces, me va usted á hacer el favor de recomendarme á ellas, para que me tomen números de una rifa que estoy corriendo.
Seguía saliendo de la iglesia, la concurrencia, compuesta de personas de todos los matices sociales: damas encopetadas, arrastrando sedas y encajes; jovencitas elegantes, muy prendidas; mujeres del pueblo de distintas edades y cataduras; y algunos hipócritas del sexo feo.
Doña Luisa y su comadre, lenguaraces como toda gente de rosario é incienso, empezaron á murmurar de sus colegas en religión.
-Mire, comadre, esa vieja tan pintada y tan coqueta. Quiere parecer muchacha como sus hijas, á las que están buscando novios.
-¿Cómo se llama?
-Es la esposa del señor Metro Peludo. Como en el Sur no ha podido casar á sus hijas, está tendiendo sus redes, para conseguir atrapar á algunos de los jóvenes iquiqueños. Las chiquillas son bonitas; pero se dice tantas cosas de ellas, que es difícil que logren casarse.
-Me dicen que dos están ya de novias. Una con un abogado, y otra con un gringo.
-La del abogado, parece que se matrimoniará. En cuanto á la otra, dificilillo veo el asunto, porque el gringo se ha cansado de que le bolseen, y se cree que ha retirado su palabra. La madre tiene la culpa de ésto, porque le bolseaba tanto al gringo, que lo ha corrido.
-Fijese comadrita, en esas muchachitas que van con mantilla.
-No las conozco.
-¿No recuerda usted de las hijas de la Manuela Prieto?
-¿Ellas son?
-Ellas mismas. Hace dos meses que están gastando un lujo exhorbitante. Los vecinos dicen que tienen dos viejos ricos que son sus queridos, los que les dan mucha plata.
-¿De qué otra manera ha de ser? Las costuritas no dan para usar esos trajes y esos zapatos.
Los últimos fieles, que se habían rezagado en los altares, orando, salieron por la amplia puerta de la parroquia, que empezó á ser invadida por la tinieblas. Nubes de incienso, se escapaban por las celosías, llevando en sus espirales de humo los ecos muertos de cánticos idolátras, entonados por muchedumbres á una divinidad que no conocen ni comprenden.
Ya el sacristán, se disponía á cerrar las grandes puertas, cuando aparecieron el obispo y un conocido burgués. El primero, mostraba en su faz regordeta y en su robusta humanidad, la buena vida de que disfrutaba. El segundo, ya de edad provecta y bastante conservada, denotaba á las claras al hombre que posee una gran fortuna. Ambos, conversaban detenidamente, hablando en voz baja, con los ojos entornados, y manifestando la más grande mansedumbre. Se despidió el seglar del obispo, y antes de que su silueta se perdiera en el recodo de la próxima esquina, las dos comadres lo cojieron entre sus tijeras.
-Dicen que ese señor ha obsequiado un terreno, para que el obispo construya una buena iglesia.
-Talvez sea cierto; pero yo sé que es un hombre muy miserable, que no come huevos por no botar la cáscara. Cuando los pobres llaman á su puerta, pidiendo limosnas, no les contesta.
-Con el obispo, se porta de distinta manera. Le da el dinero á manos llenas, para los gastos del culto. ¡Ah! Me olvidaba decirle que mañana comulgo, porque hoy me he confesado.
-Yo no comulgo hasta el Domingo. Me voy, comadre, porque tengo mucho que hacer en casa. Hoy es Jueves, y aún no le he puesto mano á la ropa que tengo que entregar el Sábado. Adiós.
-Adiós.
XI
La provincia de Tarapacá, se había distinguido siempre, por su espíritu liberal. Aislada del núcleo del fanatismo chileno, ó sea de Santiago, los hombres de sotana se habían preocupado muy poco de conquistar la región del salitre, dejándola por mucho tiempo libre de la polilla clerical. Sus habitantes, vivieron por espacio de bastantes años, alejados de esas patrañas y embustes que constituyen el degenerado culto católico, que desde la muerte de Cristo ha venido prostituyéndose, hasta convertirse en un mercado inmundo, donde los mercaderes, disfrazados con los trajes de frailes, explotan descaradamente al rebaño humano.
Pero, en aquellos tiempos en que se desarrollaron los sucesos consignados en este libro, ya la hidra clerical había asomado su cabeza en Iquique, amenazando propagarse en el resto de la provincia. El obispo, monseñor Cárter, un fraile corrompido, á quien se acusaba de ser reo de varios delitos, y quien poseía una hoja de servicios nada limpia, era el encargado de resucitar la maltrecha religión. Monseñor Cárter, cumplió al pie de la letra las instrucciones que recibiera del arzobispo de Santiago, y en poco tiempo, logró hacer resucitar las dormidas creencias, olvidadas desde la guerra del 79.
Sabiendo por experiencia, que la mujer ha sido siempre el principal elemento de propaganda clerical, se atrajo al bello sexo de diversas categorías, entre el que trató de formar su ejército propagador de añejas doctrinas.
En todas las edades, los frailes han escogido siempre á las mujeres, para engatuzar á la humanidad y mantenerla uncida al carro de la ignorancia y la superchería, que personifica el catolicismo. Conocedores de que el sexo débil, por varias razones, recibe una instrucción deficiente, siendo por consiguiente de fácil conquista, lo han atraído con falsos halagos, con adoraciones ridículas y hasta con el amor carnal.
Cristo, aquel hombre tan humano como cualquiera de los mortales, que vino al mundo, predestinado á cumplir una santa misión socialista, ha sido el hombre escogido por esa anónima entidad, llamada Iglesia Romana, para formar el tegido de embustes que constituyen los llamados dogmas en que descansa el edificio de oropel católico.
Desde el siglo I de nuestra época hasta el presente, las sanas y sencillas doctrinas predicadas por el humilde hijo de Nazareth, han sufrido miles de transformaciones en los laboratorios de los nigrománticos romanos, hasta convertirse en un pandemonium, en el que se mezclan, en abigarrada confusión, las aberraciones más estupendas que hayan podido inventar los cerebros enfermisos de los intitulados papas, arzobispos, abates, y toda esa cohorte de traficantes que se ha abrogado la dirección espiritual del mundo.
Cristo, no pensó jamás en fundar ninguna religión, porque ellas son innecesarias, ya que todas las existentes, no obedecen á otro objeto que al de la explotación de la humanidad. Predicó el bien, la igualdad y la fraternidad, para que esas máximas se grabaran en el corazón del genero humano y lo libraran del vicio y el crimen en que vegetaba. Fué un hombre bueno y sabio, un verdadero filántropo que se sacrificó, para enseñar el camino de lo bueno á las sociedades futuras. Está probado, que para observar una vida ejemplar, no se necesita andar metido en las iglesias, aspirando el humo de los incensarios y engullendo hostias. El hombre que tiene conciencia del bien y del mal, que ha recibido una instrucción sólida y que conoce sus deberes para con sus semejantes, enseñados por sus padres, es el más útil á la humanidad. La religión no puede considerarse ni en la categoría de los pasatiempos artísticos, como la música y la pintura; ni en la de las ciencias, porque nada se adquiere con sus prédicas. Es algo que está demás en el mundo y que va extinguiéndose paulatinamente, á medida de que la civilización va libertando á la especie humana del error en que ha estado sumida por espacio de muchos siglos.
El principal enemigo del socialismo, es el clero. Los frailes odian á muerte toda evolución en el sentido de inculcar á las masas ideas que les enseñen á distinguir la verdad de la mentira. Esto es un gran absurdo, ya que los tonsurados invocan á Cristo como el fundador de esa religión á cuya sombra engordan, pues es bien sabido que fué el mártir del Gólghota quien sembró las semillas socialistas, que recien después de épocas de tiranía y autocracia, empiezan á asomar en el campo universal las robustas briznas de árboles que, en el porvenir, alzarán al cielo sus gigantes copas.
El catolicismo, es hermano del feudalismo, del despotismo y de la plutocracia. Desdeñando las doctrinas de Cristo sobre igualdad y fraternidad, reconoce la división de clases; aprueba los sistemas de gobierno aristócratas, sobre los cuales quiere aún hacer pesar el poder de ese elefante blanco, llamado Papa.
El catolicismo, odia á muerte al socialismo, que es la doctrina del Cristo, y la que libertará al proletariado de la ignominia en que yace, porque ambos sustentan principios completamente opuestos. El primero, se atribuye potestad divina, se cree la institución más sabia y justa, y reviste todos sus actos de un tren pomposo, igual al de las cortes de reyes y emperadores. El segundo, no pretende mistificar al pueblo, y enseña que los fines que persigue son verdaderamente humanitarios; no redime almas, sino cuerpos; y su modestia es tal, que imitando al gran Maestro, busca sus prosélitos entre los humildes, entre los haraposos, entre los desgraciados.
Cristo, nació en un pesebre; sus padres, fueron dos pobres y sencillos obreros; vivió entre pescadores y agricultores; no conoció la molicie de los palacios; y llevó una existencia de verdadero vagabundo. En cambio, sus sucesores, los que se intitulan sus representantes en la tierra, algo así como Ministerios Plenipotenciarios de un sér que no existe, qué distinta existencia llevan. Se hacen llamar reyes de reyes; habitan la mansión más suntuosa y confortable del mundo; ganan el dinero á manos llenas, se entregan á los placeres desordenados, y dirigen todas sus armas á la conquista del dinero.
Los astutos comediantes de la Iglesia Romana, están dispuestos á no soltar muy fácilmente á la humanidad. Por eso, se amoldan con una facilidad asombrosa á las diferentes modificaciones que ha sufrido su corrompida institución. La pérdida de su antiguo poderío, no les ha afectado, como tampoco el fuerte revés que le dieron los liberales italianos, reduciéndola al estado en que hoy se encuentra. Empleando las armas jesuíticas, lamen la mano que los castiga y se acomodan á todo, con tal de que los dejen explotar con libertad su negocio.
¡Extraño negocio! Estos mercaderes, son inferiores hasta á los avarientos judíos, porque sus mercaderías espirituales tienen la ventaja de no apolillarse, de exponerse á las contingencias de las alzas ó bajas. Hacen su comercio, sobre seguro, con la certeza de no perder nunca. En el Vaticano, miran á los fieles, como los tenderos á sus parroquianos. Les hacen atención, según el estado de sus bolsillos. Para conseguir una audiencia particular del Papa, hay que mandarle como tarjeta de presentación, un valioso regalo. El que se presenta con las manos vacías, se expone á un desaire, tal como ha acontecido á varias personas que han querido hablar al Santo Padre, contando con el valor de sus prendas personales.
XII
Cuando Monseñor Cárter, pisó las playas de Iquique, solo había una iglesia en la metrópoli del salitre, la que daba abasto á contener el escaso número de fieles que acudía á celebrar los ritos romanos. Cárter, introdujo una revolución en la aletargada ciudad, y se dió tales trazas para hacer su propaganda, que en pocos años alzó dos templos en Iquique y muchos otros en las estaciones de la pampa.
Monseñor, no había llegado á Tarapacá, á vivir como un modesto pastor, y al par que hacía trabajos en pró de su falsa religión, no descuidaba sus negocios particulares, que le producían pingües ganancias. Se hizo accionista de minas y salitreras, y adquirió propiedades urbanas. Esto, unido á su sueldo de obispo y á las gruesas entradas de la parroquia, lo convirtió en poco tiempo en un acaudalado industrial.
La manera como ejercía el mercado religioso, era de la más escandalosa. Jamás se vió avaricia clerical más desarrollada que la suya. La tarifa de bautismos, era una cosa invariable, de la que no podían sustraerse ni los menesterosos. Estableció categorías, bautizando por cinco pesos en la sacristía, y por dos cincuenta, en la iglesia. Su secretario, después que anotaba las partidas de nacimiento, preguntaba con la mayor desenvoltura á los padrinos, si querían un óleo de á cinco, ó de á dos pesos cincuenta. Con los matrimonios, pasaba igual cosa. No perdonaba los derechos á nadie, y cuando llegaban de Lima frailes franciscanos, que casaban gratis á los pobres, el ambicioso obispo, se mesaba de rabia los escasos cabellos que pendían de su robusta nuca de porcino.
Monseñor, no reparaba en los medios de conseguir el dinero, y por eso su nombre corría hasta en boca de las meretrices, las que sabían una historieta del obispo y la Petit Pois, historieta que contaban, adornándola de ciertas adiciones que provocaban hilaridad.
Según voz popular, hubo un tiempo en que la diminuta negociante en carne humana, conocida con el apodo de Petit Pois, resolvió, cual nueva Magdalena, olvidar su pasada existencia de vicios y crímenes, y dedicarse por entero al amor de Cristo, á quien creía encarnado en la robusta humanidad del obispo Cárter. Consultó el caso con el ilustre prelado, quien tenía un olfato muy delicado, para trascender que en el baul de esa vieja fea y arrugada, se escondían abundantes monedas amarrillas, y recibió la más entusiasta aprobación. La antigua abadesa, liquidó su casa de tolerancia, metiendo mucha alharaca sobre la penitencia que iba á observar, con el objeto de alcanzar el cielo, y librarse de las terribles llamas del infierno, que le pintaba monseñor en sus conferencias.
La existencia de la Petit Pois, cambió como por encanto. Se aisló en una casa de su propiedad, donde vivía en compañia de una niñita que hacía pasar por hija suya. Rompió toda clase de relaciones con sus antiguas alumnas, y no tuvo otra ocupación que la de llevarse los días enteros en la parroquia, departiendo con los santos y con monseñor. Tanta intimidad entre la abadesa retirada y el obispo, dió por resultado que éste pensase sacar partido de la situación. Con halagos amorosos, según unos, y con mentidas promesas de indulgencias, según otros, logró arrancar á la arrepentida cinco mil pesos, para ayuda de la construcción de un nuevo templo, á lo que accedió gustosa ella, contenta de contribuir con su dinero á la salvación de su alma.
Como el moro viejo, no puede ser nunca buen cristiano, la voluble Petit Pois, sintió muy pronto el hastío del culto, y suspiró con dolor, recordando las pingües ganancias de su negocio de lenocinio. Con la nueva existencia que llevaba, veía que iba derecho á la ruina, porque las limosnas para la iglesia mermaban grandemente sus ahorros, sin que tuviera entradas de ninguna clase. En su diminuto cerebro, libraban batalla encarnizada sus toscos pensamientos. Después de mucho pensar, en la soledad de su alcoba, entre el humo de los cigarros que fumaba, acordó desertar de la religión y volver á instalarse con un burdel.
Un día que Monseñor le preguntó la causa del abatimiento en que se encontraba, le respondió que se hallaba muy mal de dinero, y que eso la tenía muy preocupada. Le pintó su situación, cargando el cuadro de tintas negras, acabando por rogarle que le devolviera el préstamo ó donación que había hecho para una iglesia. Monseñor, saltó sobre su asiento, como picado por una víbora. El proyectil, habíasele dirijido á quemaropa, y de una manera tan brusca, que no tuvo tiempo de cubrir su faz con la máscara de la hipocresía. En lugar de convencer con buenas razones á su hermana en Jesucristo, la trató con aspereza, manifestándole su poca seriedad para proceder en asuntos de esa naturaleza, y diciéndole que no le hiciera otra vez esa petición, porque se vería en el caso de hacer que Dios no le perdonara sus grandes pecados.
La Petit Pois, ante semejante salida del obispo, sufrió un síncope y se desmayó, siendo trasladada á su casa en ese estado. Cuando volvió en sí del letargo, derramó abundantes lágrimas de dolor y desesperación, al ver que esos cinco mil pesos serían como las golondrinas de Becquer. En un minuto olvidó los cinco meses que había vivido entre rezos y cánticos, y de su boca salieron sapos y culebras contra el infame que le robaba de un modo tan cínico su dinero. La vieja, recorrió las calles de Iquique, contando á todo el mundo lo que le había sucedido. Monseñor, ni se dió por aludido de las murmuraciones, dedicándose muy tranquilo á la continuación de sus explotaciones.
Pocos días después de la escena del desmayo, la Petit Pois, abría una elegante casa de lenocinio, para cuya apertura había repartido tarjetas de invitación á la crema de la burguesía, la que fué puntual en acudir á la fiesta, dando con ello prueba del grado de relajación en que se encontraba. La abadesa, recibía con sonrisas y abrazos á sus viejos clientes, agasajándolos expléndidamente con champaña y otros licores. Después de los afectuosos saludos, en que los parroquianos la felicitaban por su determinación de volver á su antiguo comercio, salía á relucir la historia de los cinco mil pesos, contada por ella con todos los recursos de la mímica necesarios, no escaseando entre ellos ni los lagrimones, que enjugaba con un monísimo pañuelo de seda morado, recuerdo del mal fraile que le negaba su plata.
XIII
Lo de la Petit Pois, no era solamente lo que se hablaba de Monseñor y de su secretario Montero, un fraile rollizo y coloradote, que ganaba sueldo como cura y como profesor del Liceo, aparte del tanto por ciento que le tocaba de las ganancias del culto. Se decía que los cajistas de EL NACIONAL, diario de la mañana, cuyo local estaba situado al frente de la parroquia, habían visto varias veces muy de madrugada, salir á dos mujeres, por la puerta de las habitaciones particulares de monseñor y de su secretario. Hasta se llegaba á señalar quiénes eran esas dos Venus, que traían alborotados á los hombres de la curia
También se decía, y de esto dió cuenta a la prensa, de que una noche, á eso de las once, se oyó en el interior de la parroquia, gritos de un niño. A la bulla acudió la Policía, la que hizo abrir la puerta de la iglesia, no encontrándose á nadie adentro. Una hora después, por la puerta de la habitación particular de los frailes salía una mujer muy tapada, con niño de corta edad. Según versión de algunas personas, cuando después del oficio fúnebre, se retiró toda la concurrencia de la iglesia, se quedó una mujer y un niño, hijo de ella. Cerrada la puerta del templo, la madre encargó al pequeño que la esperara, mientras ella iba al interior de la iglesia á traer un poco de agua bendita. El chico aguardó mucho rato y como le asustara la soledad, empezó á gritar. Cuando la Policía hizo abrir la puerta, no encontró al niño, porque antes había sido llevado al cuarto de Monseñor, adonde se encontraba su madre.
Cuando la bubónica, cernió sobre el Iquique proletario sus alas fúnebres, los frailes, encontraron una magnífica ocasión, para hacer propaganda en su favor. Aconsejaron á unas cuantas damas de la aristocracia, que pidieran en el comercio artículos para repartirlos entre la gente menesterosa, con el nombre de “Olla del Pobre”. La idea dió buen resultado, y muy pronto las bodegas de los frailes se vieron repletas de multitud de objetos. Pero, como los hombres de sotana sostienen la máxima de que primero es el número uno que el dos, solo distribuyeron á los pobres lo inservible y se guardaron lo mejor para ellos y para sus amigas.
El reparto de los mendrugos destinados al pueblo, se hizo con el mayor despotismo. Los frailes, bromeaban con las infelices mujeres, que cargadas de hijos, iban á solicitar una miserable ración de porotos. Les preguntaban por sus maridos, les aconsejaban que debían buscar hombres que les dieran dinero. A las jovencitas, les decían que ya estaban en estado de casarse. Alas viejas, no les daban nada, y cuando reclamaban, les contestaban con frases atrevidas, y si las ofendidas protestaban, les asestaban un empujón ó un palo.
Un día, las mujeres que acudían á la “Olla del Pobre”, cansadas de la chacota que hacían con ellas los frailes, resolvieron vengarse, y aprovechando de que un coronilla había maltratado á una señora, llenaron de los improperios, y les digeron tales cosas, que los obligaron á cerrar las puertas contra piedra y lodo, á suspender el reparto. Las mujeres, se dirigieron en masa á la redacción de LA VERDAD, á comunicar lo sucedido, y el periódico, apareció al día siguiente, zurrando de lo lindo la badana á Monseñor y á sus acólitos.
XIII
En las oficinas, desde que se principió á elaborar en grande escala el salitre, los capitalistas, introdujeron un sistema muy curioso de explotación de sus operarios, que era uno de los varios modos con que esquilmaban á esa pobre bestia de carga, llamada obrero: las fichas.
Las fichas, eran pedazos de caucho de colores, que daban diariamente á los trabajadores, para que atendieran á sus compras en la pulpería. Como las pulperías vendían las mercaderías á precios fabulosos, los operarios se veían obligados á ir á los almacenes de los pueblos á obtener lo que necesitaban, lo que conseguían con un aumento del veinte y treinta por ciento sobre los precios corrientes en plaza. Este aumento, les hacían los comerciantes de las estaciones, porque cuando iban ellos á las oficinas á cambiar por moneda legal las fichas recibidas, las administraciones les hacían un descuento igual. Los oficineros, daban las fichas con un valor; y las recibían por menos cantidad, con lo que tenían una ganancia bárbara.
En vano, se había recurrido varias veces á la justicia y autoridades, en demanda de amparo. Los funcionarios chilenos, apoyaban á los capitalistas, y los reclamantes, tenían que contentarse con perder el descuento. Esta era una de las causas principales del malestar que pesaba sobre la provincia de Tarapacá como una montaña de plomo, ahogando á todos. Los obreros veían con indignación que los oficineros, no contentos con violar las leyes del país, que prohibían la emisión de monedas ó señas por particulares, ejercían la usura con las fichas que lanzaban á la circulación.
Cansados de soportar tanta sangría, y con la esperanza de conseguir algo bueno, elevaron los pampinos una solicitud al Ministro del Interior, pidiéndole, entre otras cosas, el cambio de fichas á la par. La solicitud, bien confeccionada, hizo ruido en las cámaras, donde un diputado obrero, abogó con tal calor pot la abolición del descuento con que recibían los oficineros lo que daban por un valor, que se consiguió que el Gobierno expidiera un decreto, ordenado cesara era inicua explotación. El decreto gubernativo fué comunicado al Intendente; pero este funcionario no le dió el debido cumplimiento, permitiendo que los capitalistas se burlaran del gobierno chileno.
Las fichas, eran una pesadilla para los obreros, quienes sufrían horriblemente con ese inicuo sistema de explotación. Con jornales bajos y descuento de fichas, ¿adónde iban á parar los pobres operarios?
Otra de las calamidades que sufrían los proletarios de Tarapacá, era la prohibición absoluta que tenían de comprar fuera de las pulperías de las oficinas los objetos que necesitasen. A los contraventores de esta orden, se les castigaba, decomisándole lo que les costaba su dinero, como si se tratara de una aduana de la nación.
Nada podían adquirir los obreros, en las estaciones, ó de mano de los comerciantes ambulantes, quienes á pesar del descuento de las fichas, vendían sus mercaderías con mayores vantajas para el comprador. Los serenos de las oficinas, convertidos en guardas de un Resguardo extranjero, ejercían el papel de Argos implacables, que escudriñaban las partes mas recónditas de las ropas de los transeuntes, para saber si habían desobecido las ordenes de los amos.
La tiranía llegó hasta el estremo de declarar contrabando los dulces, verduras y hasta las prendas de uso personal, como la ropa los colchones y los catres.
Semejante estado de cosas, era imposible que pudieraprolongarse. La paciencia, sucumbió con la muerte de Job, y no era posible que los obreros de entonces soportaran por más tiempo la burla sangrienta que se hacía de sus derechos. El malestar, tomaba cuerpo, y se conocía que de un momento á otro, podía ocurrir una catástrofe.
Comprendiendo el periódico LAVERDAD que era de su deber hacer toda clase de tentativas, para conseguir la terminación de los sangrientos de los hijos del trabajo, abrió ruda campaña contra el Intendente de la provincia, señalándolo como él principal causante de lo que pasaba, y pronosticando fatal desenlace. El Intendente y los oficineros, se asustaron de semejantes vaticinios y haciendo una farsa de preocuparse de la suerte de los obreros, resolvieron cambiar las fichas á la par.
Con esta medida, creyeron adormecer á la clase trabajadora; pero se equivocaron los aristócratas. Los pampinos, querían un bienestar general: aumento de jornales, supresión de fichas, libre comercio, abolición del preso del doctor y otras medidas necesarias á su felicidad.
El Intendente de la Provincia, comprendió muy luego, que los obreros no veían satisfechas sus aspiraciones con el cambio de fichas á la par, y que deseaban una era completa de dichas. Después de meditar detenidamente sobre la situación, buscando la solución del conflicto que divisaba en lontananza, concibió un proyecto con el que creyó seguro el triunfo de los salitreros: el ahorro forzoso.
Por medio del diario burgués LAPATRIAempezó una campaña abierta, en favor del proyecto de ahorro forzoso, presentado por él al Ministerio de Hacienda. El tal proyecto, cayó entre el elemento obrero como una bomba. Se le combatió tenazmente, por medio de la prensa independiente, y en comicios públicos, celebrados, á pesar de las arbitrariedades de la policía que disolvía á sablazos las reuniones.
La propaganda de la Patria fué inútil, y después de una serie de artículos kilométricos, en los que el Intendente vaciaba toda la bilis que almacenaba su despechada alma, se sumió en el más completo mutismo, cansado de haber trabajado inútilmente por la causa capitalista, sintiendo la pérdida de las recompensas que le habían prometido burgueses, en el caso de haber tenido éxito sus planes.
XIV
El teatro Municipal, se veía invadido por una gran concurrencia, que penetraba por su amplia puerta, como un torrente de carne humana, que iba en busca de sensaciones. La pequeña sala del coliseo, estuvo muy luego casi llena, causando la satisfacción del empresario de la compañia de zarzuela que ahí funcionaba.
La platea estaba ocupada por burgueses de varias categorias: comerciantes, empleados y damas de la baja aristocracia. En los palcos de primera y en los anfiteatros, las familias encopetadas, lucían sus valiosos trajes, sus brillantes y las y las desnudeces escandalosas de las mujeres. En los palcos de segunda, alternando entre los despacheros y obreros, algunas meretrices, ataviadas con vestidos de colores chillones y altos moños, se ostentaban altaneras, cuchicheando entre ellas y sonriendo á sus amigos de platea. La galería, era acupada en su totalidad, por ese público abigarrado que va siempre á la parte más alevada de los teatros, adonde el precio de las localidades contrasta con la altura á que están colocados los expectadores, que se ven encumbrandos sobre la burguesia.
En la platea, se encontraban Luis García y su amigo Roque Chavez, embutidos en dos butacas, divirtiendo la vista por la sala, mientras la orquesta preludiaba una obertura. En el palco de la Alcaldía, don Carlos Baeza, con un anteojo, se esforzaba por vencer su miopía y dirigía los vidrios de los gemelos á la concurrencia.
-Fijate Lucho, en la hija de Metro Peludo, la que se casó con el abogado Pavo.
-¿Adonde está?
-Allá, en ese palco.
-Ya la veo. ¡Caramba que está escotada, ese traje griego! Si se le rompiera esa cinta que tiene sobre el hombro derecho, se le caería la túnica hasta la cintura y admiraríamos contornos de estatura.
-El escote es bueno. Lo acepto, porque permite ver cosas que me hacen cosquillas sin tocarlas.
Los dos amigos, dirijieron sus gemelos á los palcos de segunda, y Luis se extremeció. Acababa de ver en el palco contiguo al de la Municipalidad, á Genoveva y Elvira, que sacaban busto fuera de la barnada llamando la atención de la sala. Genoveva, vestía un traje encarnado, y llevaba una flor roja en la cabeza. Elvira ostentaba un vestido blanco, y en sus cabellos se mecía una rosa del mismo color.
-Ahí están Genoveva y Elvira, le dijo Roque á Luis.
-Ya las he visto. Nos están mirando y se sonrien las malditas.
-Yo creo que están pensando en hacerte alguna jugarreta como
las que te han hecho.
-Lo dificulto, después de la lección que les dí la otra noche.
-Dí mas bien, la que te dieron á tí, porque tú saliste con la
cabeza rota.
El telón se había alzado, y los expectadores concentraron sus miradas en el proscenio, no así Luis y Roque, quienes, como muchos jovenzuelos de su clase, iban al teatro solo por mirar á las
mujeres.
-¡Qué flaca está señora R!
Dicen que el día que se casó mister W., se desmayó tres
veces.
-¿Y su marido, no adivinó nada?
-El gringo R, sabe todo; pero se hace el tonto, porque le conviene. Figúrate que W le pasa mesada á ella y le hace regalos cuantiosos que R. no ignora. Hace pocos días le obsequió una vaca lechera.
-La hermana de ella ya se casó con V.
-¿Sabes tú como ocurrió aquello?
-No.
-Escucha, entonces. V. era mucho tiempo enamorado de la
chiquilla, y consiguió de ella algo más que hacerle la corte, por cuyo resultado quedó embarazada. Los padres de la muchacha, cuando se ebteraron de lo que pasaba, llamaron al orden á V., y quisieron obligarlo á casarse; pero él se negó rotundamente á ello, diciendo que tenía compromiso de matrimonio con una señorita del Sur. Los suegros le hicieron ver que había deshonrado á su hija; pero V les replicó que ella ya sabía comer con sus manos, cuando cuando él la conoció.
-¡Qué curioso! Continúa.
-Viendo los padres que la presa se les escapaba y que iban á clavarse con la muchacha, idearon un plan, que ejecutaron en el último carnaval. Aconsejaron á su hija que se disfrazara y en ese traje se dirijiera á casa de V., de donde no debía salir en toda la noche mientras ellos fingian la comedia de dar parte á la Policía de su desaparición.
-Una verdadera comedia.
-El plan salió á pedir de boca. La muchacha fué á casa de V., á las siete de la noche, diciéndole que se había escapado por un momento, para verlo. El, embriagado por las caricias de ella, celebró la idea y la estrechó entre sus brazos, permaneciendo en éxtasis delicioso los dos amantes, hasta las diez de la noche. A esa hora, V., creyó prudente poner término á sus expansiones amorosas y le manisfestó á la muchacha que creía que ya era hora de que se retirara á su casa.
-En lugar de que ella recordara la hora?
La chiquilla rompió á llorar, al ver que V, le decía que no era prudente que durara más tiempo su ausencia de casa de sus padres, echándole en cara su poco cariño. El trató de consolarla, olvidando por algunos momentos enseñarle su deber. Entre caricias y lágrimas, llenaron las doce de la noche, y V., bastante intranquilo, le habló seriamente á la muchacha de que se fuera á su casa. Entonces ella, cambió de tono, y secando su llanto, le dijo furiosa que no se movería de ahí en toda la noche, porque había ido con el propósito de quedarse á vivir con él para siempre.
-Adelantos del siglo! Las mujeres haciendo el papel de hombres! ¿Y pasó la noche en casa de V?
-Sí, y á la mañana siguiente, cuando el abrió la puerta de su habitación, se le presentó un agente de la Policía secreta, quien lo invitó á la Prefectura, donde encontró á los padres de la muchacha. Allí, se hizo ver á V., que si no se casaba con la chica, se exponía á ingresar á la cárcel.
-Y él, temeroso de ello, aceptó el matrimonio?
-Sí.
-¡Qué estúpido! Yo, en su lugar, habría gritado bien fuerte, que se trataba de una infame celada. Habría dicho que la muchacha era quien había ido por su gusto á mi casa.
-No te habría creído el juez, y lo que habrías conseguido sería meter un escándalo.
Los ruidosos aplausos del público, apagaron la conversación de los dos amigos, La ovación continuaba, para obligar á una artista á ejecutar un baile europeo, en el cual ponía en movimiento las piernas, mostrando de ellas las rollizas pantorrillas. Cayó el telón y los concurrentes salieron á tomar aire.
Durante el entreacto, Luis y Roque, subieron al pasillo de los palcos de segunda fila, con el objeto de hacerse ver Genoveva y Elvira, para manisfestarles que Luis no les temía y estaba dispuesto á aceptar la guerra que le habían declarado. Cogidos del brazo, se acercaban al palco de las meretrices; pero; pero tuvieron que retroceder. En el pasillo, las dos horizontales, departían amigablemente con dos elegantes. Luis comprendió que habría sido una imprudencia acercarse hasta ellas, y arrastró á su amigo hacía la escalera, la que bajaron á saltos, riéndose de la aventura.
En el foyer, se paseaban los elegantes, fumando sedos habanos, que despedían oleadas de humo. Entre ellos, circulaban los bomberos, con uniforme de de parada, arreglando las mangueras de alistandoel material salvador; para el caso de un incendio. Luis y Roque, que lucían smokings y zapatos de charol, cubriendo sus cabezas con sombreros de paja, siguiendo de ese modo las extravagancias inglesas, se acercaron á un grupo y formaron parate de él.
El tema de la conversación de los jóvenes, era el de las mujeres. Hablaban de todas, desde de las mujeres casadas y muchachas de la aristocracia, hasta de las meretrices y de las de las hijas del pueblo. Esa juventud iquiqueña, educada en colegios donde apenas aprendía un poco de gramática, otro poco de aritmética y nada de ciencías ni de arte, albergaba en sus cabezas vacias la soledad, más espantosa. Lo único que aprendía con voluntad, era el idioma inglés, desconociendo completamente el castellano. Por eso, los jóvenes iquiqueños, se dedicaban al vicio en cuerpo y alma, ya que eran profanos en otras materias, y no contaban con la instrucción necesaria, para buscar en las bellas artes los pasatiempos agradables á que se dedicaba la juventud ilustrada de otros pueblos.
Toda la concurrencia que iba al teatro, apenas comprendía lo que veía. Concurría á los expectáculos, tan solo por pasar la noche, sin poder apreciar las melodías de la música, ni la trama de las obras. El público de Iquique era compuesto por gente comerciante, que solo se preocupaba de los negocios, al revés de los industriales de otros países, que comprendían que las bellas artes no estaban reñidas con las industrias.
XV
La casa de doña Luisa, la veterana que dió alojamiento durante algún tiempo á Genoveva, estaba situada en las afueras de la calle de Thompson, cerca de la pampa. Componían la pequeña morada dos piezas diminutas y un extenso corral. En la primera habitación estaba la sala, alfombrada con jergones viejos y descoloridos; en las paredes se veían cuadros de las marinas europeas, obsequiados por casa comerciales, y figurillas de los cigarrillos. Media docena de sillas de Viena, bastante deslucidas, y una mesita arrimada á un tabique, completaba el ajuar de ella.
En la segunda pieza, estaba el dormitorio, y lo formaban un catre angosto de fierro, con su respectiva cama, una mesita de noche y un lavatorio. En esta habitación, se encontraban los utensilios del aplanchado, tales como los caballetes, la tabla de aplanchar y los canastos para recibir la ropa.
En el amplio patio, estaba instalado el comedor, un jardincillo, donde asomaban sus débiles tallos algunas plantas ordinarias, y el resto del terreno era ocupado por los cordeles, adonde la dueño de casa hacía secar la ropa.
Era día del cumpleaños de doña Luisa, y la reducida morada, se encontraba invadida por los amigos de la festejada. Ahí estaban su comadre Manuela, aquella viela con quien murmuró de lo lindo en la puerta de la parroquia; Genoveva y Elvira, luciendo elegantes trajes de seda negros y altos peinados; su compadre Hernandez, un zapatero que solo trabajaba el día domingo, pasando el resto de la semana en completa ebriedad; un pampino, que había sido portador de una carta de felicitación, que enviaba Juan Perez á su antigua amiga; y un burguesito, amigo de Elvira, que andaba de capa caída, arrojado de su casa.
La pequeña sala, era demasiado chica para contener tanta gente, y como faltaran sillas, se llevaron algunos cajones que habían en la cocina, los que fueron transformados en butacas. Sobre la mesa, doce botellas de cerveza, con las bocas rodeadas de espuma, indicaban que la libación se hallaba en su apogeo. Doña Luisa, su comadre Manuela y su comadre Hernández, apuraban las copas con entusiasmo charlando á rienda suelta. Genoveva, Elvira, el burguesito y el pampino, bebían moderadamente, hablando muy poco. Las Meretrices y su amigo, callaban, porque se encontraban disgustados al verse reunidos con gentes á quienes consideraban de baja estofa. El pampino, guardaba idéntica conducta, porque se encontraba en país extraño, como gallo en corral ageno.
Concluída la primera docena de cerveza, convidada por la señora Luisa, una segunda edición de ese Líquido, mandaba traer por el pampino, ocupo nuevamente la mesa. Con el refuerzo llegado, y con el vapor del alcohol que había empezado á ascender de los estómagos á la cabeza, los que habían permanecido en silencio, empezaron á aflojar la lengua y á perder un poco de la rigidez que habían guardado.
El pampino, que no era otro que Pedro Mendoza, el íntimo amigo de Juan Perez, y que había bajado de la Pampa, con el objeto de comprar varios artículos de primera necesidad, fué el primero que rompió el fuego. Se puso de pié, y tomando la bandeja de manos de doña Luisa, empezó á servir á la concurrencia al mismo tiempo que pedía disculpas.
Mendoza, hombre casado y de buenas costumbres, era en la Pampa un modelo de honradez. Nunca bebía, ni iba á las estaciones á divertirse, dedicándose todo entero al cuidado de su hogar, en el que dos criaturas, con su alegría infantil, disipaban las nieblas de la oscura bohardilla. Al despedirse de su mujer, para bajar a Iquique, ella le había encargado que no fuera á beber, y él se lo había prometido, contanto con firmeza de voluntad para no dejarse seducir por el alcohol.
Desgraciadamente, al ir á casa de doña Luisa. á cumplir el encargo que le confiara Perez se encontró con el jolgorio del cumpleaños, y no tuvo mas remedio que tomar parte en la fiesta, decidido á desempeñar un papel meramente pasivo, y á retirarse muy pronto.
Acostumbrado Mendoza á no conocer otros placeres que los que le brindara su esposa, nunca se había preocupado de mirar á las demas mujeres, las que no existían para él. En casa de doña Luisa, se encontraba por primera vez, frente á dos muchachas bonitas y elegantes, que denotaban en su exterior ser damas de la alta sociedad, pero que un individuo de más mundo habra reconocido que no eran otra cosa que dos hijas de la noche.
El pampino, contemplaba con la boca abierta á las dos horizontales. Les miraba con atención las cabelleras, las frente, los ojos, las narices, la bocas, las barba, los cuellos, los senos, las caderas, las manos y los pies. Parecía un escultor escudriñando los detalles mas minuciosos de un mármol antiguo. Ante ese examen prolijo, su imaginacíon se caldeaba, y su sangre corría por las arterias con doble velocidad que la ordinaria. En sus ojos, ligeramente húmedos por vapor de la cerveza, las pupilas aparecían bañadas de un resplandor extraño, parecido al que se nota en las de los gallos que, después de mucho tiempo de encierro, son soltados en un corral.
Mendoza, creia estar soñando. Jamás pensó que podía encontrarse en una reunión con mujeres aristócratas, que amanaban perfumes deliciosos y enervantes. A medida que la cerveza se deslizaba por su garganta, la corteza del hombre honrado y juicioso, se iba evaporando, dejando desnuda á la bestia humana, con todos sus feroces instintos.
El zapatero Hernandez, quien se encontraba en su elemento, ponía cara de pascua y daba agilidad á sus entumido miembros de ebrio consuetudinario, para atender á los festejantes. En su faz embotada de alcohólico, se pintaba de satisfacción que sentía, al ver burbujear la cerveza en las copas. Aprovechando un momento, en que las mujeres se hallaban abstraídas, conversando sobre un rapto que había tenido lugar el día anterior, se acercó á Mendoza, y le habló al oído:
-¡Qué bien nos vendría una copa de fuerte, para bajar la cerveza!
-Vaya Ud. á buscar una botella de pisco. Aquí tiene el dinero.
Y el pampino, sacando un grueso rollo de billetes multicolores y mugrientos, dió uno á Hernandez, quien salió de la casa, disparado como un proyectil, en dirección del despacho de la esquina. Los ojos de doña Luisa, doña Manuela, Genoveva, Luisa, y hasta los del burguesito se clavaron lánguidos en los billetes de Mendoza. Los Huéspedes de la festejada, sintieron pasar por sus pechos una oleada de ambición, de deseo de atrapar ese dinero.
Mendoza, vió todas las miradas fijas en su tesoro y sintió una especie de orgullo. Comprendió que era envidiado y que representaba gran valía en esa reunión de gente que no disponían de plata.
Genoveva y Luisa, se secretearon:
-¿Viste cuántos billetes tiene ese roto?
-Sí. Debe tener ahí unos quinientos pesos.
-Cómo pudieramos sacarle algo!
-Sería bueno; pero creo que por la buena no aflojaría mucho.
-Entonces, tratemos de emborracharlos. Yo le trastornaré un poco el seso, para que beba, y cuando se duerma, le sacamos la plata.
-Magnifico. Voy á comunicarle el plan á doña Luisa.
Doña Manuela, que ya empezaba á sentir los efectos del mareo, propuso echar una cuequita, lo que fué recibido con júbilo por todos. Ella misma se encargó de ir a buscar una guitarra al vencidario; no sin haber sacado ante los pesos al pampino, para pagar el alquiler del instrumento.
El zapatero Hernández, llegó con una botella de aguardiente de uva, y los festejantes se acharon al coleto sendos tragos del blanco líqnido. Mendoza y Hernandez, vaciaron sus copas hasta las heces, no así las mujeres y el burguesito, quienes arrojaban disimuladamente al suelo el licor, á fin de no embriagarse mucho y poder llevar á cabo el plan de desbalijar al forastero.
Elvira, se levantó de su asiento, y dirigiéndose a Mendoza, le dijo:
-Deseo tomar con usted otra copa de Pisco, y quiero que la primera cueca la bailemos los dos.
Los bebedores, aplaudieron las palabras de la meretriz, y vivaron á Mendoza y á Elvira. En la puerta apareció en ese instante la beata Manuela, haciendo sonar las cuerdas de la guitarra, y pidiendo que se le sirviese una copa de fuerte, porque quería tener la garganta despejada para cantar.
Después de los preludios de templar el instrumento y de repasar la escala natural, fórmula empleada por todos los tocadores, para despertar el interés entre el auditorio doña Manuela, anunció que estaba lista la cueca y que necesitaba ver la pareja de bailadores en su puesto.
Mendoza, sacando de un bolsillo un enorme pañuelo de seda colorado, invitó á Elvira á bailar, y ambos, se situaron uno enfrente del otro, listo para dar movimiento á las piernas. El burguesito, se arrodilló a los piés de la cantora, y colocó las manos en la espalda del instrumento, aprontándose para tañar. Empezó el canto, y los bailarines, se lanzaron en brazos de Terpsícore.
El primer pie, fué bailado con timidez, por parte de ambos. Doña Luisa, recomendó á Mendoza que botara el polvo de la pampa y que se mostrara más animado. El segundo pie, fué terminado, en medio de un zapateo furioso, en que el pampino, hacía estremecer el suelo con los golpes de sus botines, y Elvira, con el traje y las enaguas recogidas, escubillaba de lo lindo.
-¡Son chilenos gritó la duaña de casa, indicando con estas palabras que debían bailar un tercer pie de la cueca, por lo que se vieron obligados los bailarines á dejar sus asientos, y tomar otra vez posición para seguir bailando.
Concluyó la primera cuaca, entre los gritos de los bebedores, que animaban con sus exclamaciones á la pareja, á zapatear con mayor entusiasmo. En seguida, bailó el burguesito con Genoveva, y el zapatero Hernández, pidió una cueca especial, para bailar con el santo, ó sea doña Luisa.
Todos, se deshacían en atenciones con Mendoza; invitándolo á beber partícularmente, y alabando su explendidez. El pampino, por única respuesta á estas zalamerías, sacaba el rollo de billetes y mandaba comprar más licor.
La remolienda había durado cuatro horas, y con la caída del sol, empezó el alcohol á hacer sus efectos, Los festejantes, sudorosos y con las caras arreboladas demostraban que la borrachera tomaba posesión de sus cuerpos. Mendoza, era quien daba mayores señales de ambriaguez, y sus piernas vacilantes, indicaban que muy pronto no podría levantarse de la silla. Sobre la atmósfera de la habitación, flotaba un vaho pesado que asfixiaba, lo que obligó á que doña Luisa abriera la ventana que hasta ese momento había permanecido cerrada.
Media hora después, el zapatero, dormitaba a pierna suelta, echado de codos sobre la mesa, y Mendoza se bamboleaba en su asiento, por efectos del sueño, que había hecho presa en él. La guitarra había enmudecido, y las mujeres, con los ojos desmesuradamente abiertos, seguían los movimientos del pampino, como gatos que acercaban á un ratón.
La dueña de casa, se acercó á Mendoza, y con voz melosa le dijo:
-Venga, mi hijito, á reposar un momento en mi cama.
-Eso es dijo Elvira. Haga usted descansar al amigo.
El pampino; se dejó arrastrar por la vieja, la que quedó instalado el expléndido anfritrión, rocando como un energúmeno, completamente olvidado del mundo, de su mujer y de los encargos que había bajado á comprar.
Cuando transcurrió un cuarto de hora, el burguesito, que había sido elegido por las mujeres para ejecutar la operación rateril, se deeslizó de puntillas hasta el lecho y quitándose los puños postizos, empezó su labor. Movió al ebrio, para convencerse de que estaba bien dormido, é introdujo con mucho tiento la mano en el bolsillo del pantalón. Doña Luisa, su comadre Manuela y las dos horizontales, asistían al desbalijamiento, llenas de emociòn. El burguesito, andando de puntillas, regresó á la sala con el trofeo de su victoria.
-Yo haré el reparto, dijo doña Luisa .
-No, contestó el ladronzuelo. Yo, que he cometido el robo, debo ser el repartidor.
Extendió sobre la mesa los billetes y contó ciento sesenta y cinco pesos. Sacó un lapiz, y en el puño de su camisa, hizo la operacíon de dividir esa suma por cinco, diciendo que él era muy escrupuloso en todos sus actos, y que quería que la distribución se hiciense por partes iguales, sin que nadie saliese con un centavo de más, ni de menos.
La división, dio por resultado treinta y tres pesos á cada persona, y como todos los billetes eran de diez y cinco pesos, el burguesito manisfestó que iba al despacho de la esquina, á buscar sencillo. A las mujeres, dominadas por la ambición de poseer treinta y ters pesos que nada les había costado, no se les ocurrió que el raterillo podía jugarles una pasada, y esperando, cuchicheando muy quedo la vuelta del muchacho.
Pasaron cinco, diez y quince minutos, y el bribonzuelo no parecía. Las mujeres, empezaron á sentir una especie de temor por la demora del ladrón. Se miraron con rostro compungido, y no dijieron nada, temerosas de que apareciese la realidad. El tema de la conversación se había agotado, y en las caras de los cómplices del robo, brotaba el sudor de la angustia.
Al cuarto de hora de espera, doña Luisa no pudo reprimir, y habló.
-Se ha demorado mucho Pepito.
-Sí: hace como diez minutos que salió.
-Quizás no ha encontrado cambio en la esquina y ha ido á otra parte.
Volvió á reinar el silencio en la habitación, turbado únicamente por los ronquidos de Mendoza, que dormía como un bendito. Las mujeres, escuchaban con terror los ronquidos del ebrio, que repercutían en sus cabezas como el eco de un desgarramiento de telas.
La noche envolvía en su manto de tinienblas á la metrópoli salitrera, y á la luz de un quinqué de escaso brillo. Doña Luisa, sostenía un violento alternado con sus amigas, que querían retirarse,dejándola con el pampino, que continuaba roncando, terriblemente.
-Es necesario que ese hombre salga de aquí, porque yo no puedo quedarme con una persona extraña en mi casa.
-¿Qué tiene eso? Creo que no le pasaría nada.
-¿Si? Y cuando despierte y pregunte por su dinero, carga sobre mí, y tengo que ir á la Policia, á pagar culpas agenas.
-Bueno, comadre, yo me voy, porque ya es tarde, y debe haber llegado mi marido.
-No consiento que usted, ni nadie se vaya. Así como han sido buenas para eceptar el robo, sufran las consecuencias. Se pueden ir; pero llevándose á ese borracho.
-Una idea: entre las cuatro, saquémosloafuera de la calle y lo dejamos ahí. Don Manuelito se encargará de llevarlo á alojar al Hotel de la plaza del Brasil.
-¡ Magnífico! ¡Manos á la obra!
El pampino, fué tomado en brazos por las mujeres, las que hacían esfuerzos sobrehumanos, para poder transportar tanto peso.
Al pasar por la sala, una de las conductoras dió un tropezón que casi hace dar en tierra la carga. Hernandez, que ya había dormido algo la mona, alzó la cabeza y con sus ojillos turbios de beodo, miró el expectáculo que se ofrecía á su vista. Las mujeres, asustadas por el despertar del zapatero, sintieron flaquear sus fuerzas y soltaron á Mendoza, que cayó al suelo como una masa inerte, sin dar señales de vida, y que continuo roncando, como si se encontrara en su lecho.
Afirmándose en la mesa, se puso de pié Hernande, y con voz ahogada, preguntó:
-¿Qué tiene el compañero?
-Nada. Lo hemos traído aquí, para que usted vea qué se hace con él, porque no es posible que yo pase la noche con él en esta casa.
-¿Está muy dormido?
-Como un poste.
-Entonces, llevémosle á mi casa. Allá le arreglaré una cama. Pero no lo conduzcamos como un muerto. Parémoslo y lo llevamos, sujetándolo de los brazos.
El inanimado cuerpo del pampino, fué puesto en posición vertical, y conducido trabajosamente á la casa del zapatero, que estaba situada á cinco metros de la doña Luisa, é instalado en un montón de ropa sucia.
Cuando Genoveva, Elvira, doña Manuela y doña Luisa, se despidieron, para retirarse á sus casas, respiraron con satisfacción, como si les hubiera quitado algún peso que oprimía sus pechos.
Al día siguiente, el zapatero Hernandez, era conducido á la Policía, acusado por Mendoza de haberle sustraído una gruesa suma de dinero. Comparecieron al juzgado las cuatros mujeres de marras, las que declararon que el pampino llevaba toda su plata cuando fué condenado á treinta días de prisión, y Mendoza, después de empeñar un anillo, que había salvado del naufrajio, se dirigía al día siguiente á la Pampa, con el alma enferma por la desgracia sucedida, y calculando las escenas que se iban á desarrollar en su hogar, cuando se presentase con las manos vacías.
XVI
El salón de la Laura, brillaba, iluminado a giorno por multitud de mecheros de gas, que lanzaban sobre los pintados tabiques su temblorosa luz. Aquella noche, se trataba de una recepción regia, puesto que se conmemoraba nada menos que el cumpleaños de la abadesa.
La gran sala de baile, había sido despejada de las butacas y sofáes, para hacer más grande el espacio en que pudieran dar vueltas los danzantes. En la cantina, la negra Vicenta, completamente vestida de blanco, tenía orden de atender á la concurrencia, sirviéndole lo que pidiera, sin cobrar nada. Era el santo de la dueña del burdel y se encontraba ella dispuesta á festejar á sus parroquianos.
Las pensionistas de la casa, lujosamente ataviadas con soberbios escotes, trajes de seda y gró, zapatos de raso, peinados caprichosos y hermosos abanicos discurrían alegres entre el mar de burgueses que se extendía por las distintas habitaciones del prostíbulo, prodigando sonrisas, abrazos y besos á discreción.
Los convidados de la Laura, eran sus clientes cotidianos. Habían comerciantes, empleados públicos y particulares de alta y baja categoría, usureros, propietarios, militares, marinos y toreros.
Las nacionalidades extrangeras, también tenían su presentación entre esos libertinos, entre los que había españoles, ingleses, franceses, italianos, alemanes y austriacos. Al lado de dos gringos que mordían el idioma de Lord Byron, se oía el acento andaluz, el ag meg lag pag de los teutones, el dobro y jutra de los compatriotas de Francisco José, y el ini de los hijos de la tierra de los tallarines.
Se bailaba; pero con una especie de flojedad. Los festejantes esperaban algo que animara la vista; y ese algo era la presencia del santo, que se encontraba en su habitacón, haciendo un toilete. A las diez de la noche, hizo su entrada triunfal la Laura en el salon, siendo recibida en medio de ruidosas aclamaciones y fuertes apretones de mano. Ninguna dama de la aristocracia iquiqueña, recibió semejante manifestación.
Varios galanes, le ofrecieron el brazo; pero ella los rechazó á todos, aceptando solamente el de un discípulo de Lagartijo, que se deshacía en requiebros amorosos con ell. La pareja, dió vueltas por la sala, atrayendo la admiración de todos. Un oficial de caballería, que había ido esa noche al burdel, con la exclusiva pretensión de hacerle la corte á la regente de la casa, se sintió ofendido con la derrota sufrida, y sintió algo así como innobles celos en su corazón. A fin de disipar el malestar que experimentaba, vació en la cantina varias copas de cogñac, para pasar el enojo.
Detrás de la Laura y del torero, varios aspirantes á rufianes, formaban cola, semejando el conjunto de ellos, á una de esas manadas de canes que se ven siempre por las calles, tras de alguna hembra dispuesta. Aunque no podían contar con la adquisisción de lo que ellos, consideraban una prenda de gran valor, se contentaban con aspirar el olor que despedían su cuerpo y sus ropas; olor muy pronunciado á heliotropo, que se metía hasta los sesos, causando mareos y náuseas.
-¡Qué buena noche vamos á pasar! decía un tendero, moviendo la cabeza de satisfacción y frunciendo los labios.
-¡Soberbia! le respondía un empleado de la Intendencia.
-Se porta bien la Laura con nosotros.
-No tan bien, porque por estar en amores con el torero, se olvida de hacernos atención.
-¿A qué no se ha fijado usted en una cosa?
-¿En qué?
-En que el teniente P. está que se muere de rabia, porque no ha podido obtener que ella acepte su brazo.
-Ya lo había reparado. Mírelo como está en ese rincón. Parece un tonto. Se muerde los labios y habla consigo mismo.
-Apostaría á que ese estúpido, va á cometer esta noche alguna tontería. Lo conozco mucho, y se que cuando le sucede algo parecido, arma un escándalo gordo, en el que no falta su poquito de sangre.
-Mejor, así la fiesta será completa.
En la cantina, reinaba una confusión babilónica. Como el licor se daba gratis, muchos esponjas, secaban los vasos con una rapidez pasmosa, pidiendo nuevas dosis. La cantinera, echando maldiciones, servía á esa turba de bolseros, que semejaba un tonel sin fondo. La Laura, mandó servir una copa general de champague, siendo muy bien recibida la órden por todos.
Las copas del espumante vini, fueron cogidas por cincuenta manos, ávidas de no quedar sin paret y ya iban á ser llevadas á los labios, cuando un parroquiano, pidió hacer uso de la palabra, El orador, era un muchacho de veinte años, empleado de una casa inglesa, que estaba bastante borracho.
Se subió sobre una silla, y espetó á la concurrencia una biografia de la Laura, pintándola como modelo de Honradez, virtud, caridad, inteligencia y una porción de cosas por el estilo, que muchos no comprendieron, y los que pudieron apreciar que el licor hablaba por boca del ebrio, se rieron interiormente, sin manifestar su hilaridad.
Grandes aplausos recibió el jovencito de esa columnado soldados del vicio, que parecían contagiados por la fiebre de las aclamaciones y que palmoteaban y aullaban por cualquier incidente. Una compañia teatreal, habría hecho una buena adquisición, contratándola para hacerle claque en las representaciones de obras malas.
El baile duró hasta las dos de la mañana, y á esa hora, como las piernas estuvieran bastante rendidas, los danzantes se dirigienon al comedor, donde mostraba su enorme vientre, una gran mesa, repleta de viandas y licores, á cuyo alrededor tomaron asiento anfitrión é invitados, quedando varios de pie, por ser materialmente imposible que cupieran. Desde su sitio de hono, la dueño de casa, paseaba sus vista por aquella concurrencia, enorgulleciéndose de codearse con las autoridades y los capitalistas.
La cena duró una hora, y el champagne estuvo á discreción, acabando por trastonar los cerebros de los bebedores. Paulatinamente, desaparecían parejas, que se iban para o volver, cuya ausencia se comentaba por los quequedaban, con frases picantes. A las tres de la mañana, sólo se hallaban en el comedor la Laura, el torero, el teniente P, que se había emborrachado estúpidamente, y dos amigos de éste, que hacía rato lo estaban invitando para irse, pero que él no aceptaba, encaprichado en vengarse del desaire que le hiciera la abadesa.
El torero, como hombre práctico, y deseoso de no tener disgustos inútiles, se levantó de la mesa, y se dirigió al dormitorio de la Laura, en cuya cama se acostó. El oficial, al ver sola á la cabrona, se le acercó y con frases groseras, le echó en cara su mal proceder. La Laura, que aún le duraba el orgullo de su triunf, contestó al militar en términos no menos duros, y ahí se armó la gorda.
El teniente dió un bofetón á la abadesa, y ésta le estrelló una botella en el pecho. Desenvaino su espada el oficial, y le dió un hachazo en la cabeza á su contendora derribándola en tierra y huyendo al interior de la casa, al mismo tiempo que los sabuesos de la Policía, hacían su aparición.
El teniente, fué preso y conducido á la Policía de donde se le trasladó al cuartel de Húsares, á cuyo cuerpo pertenecía, sin que se le aplicara ningún castigo po haber sacado en un burdel, y usándola tan canallamente la espada que le confiara la nación para la defensa de su integridad. La herida fué llevada al Hospital, y tuvo que pagar su curación.
XVII
El teniente P., no recibió ninguna pena por su delito por tratarse de un oficial del ejército. En cambio, si hubiera sido un simple soldado el autor de semejante crimen, se le habría puesto barra de grillos, se le habria encerrado durante algún tiempo en un calabozo, siendo después arrojado á la calle.
Al teniente, lo trasladaron á otro cuerpo, y él se fué orgulloso de ver que nada se le había hecho problamente ha ascendido, como ascienden todos los burgueses, y hoy será sargento mayor ó comandante.
Esa es la ley del embudo que impera en el mundo, ley cuya parte ancha es patrimonio de los ricos, por cuya parte angosta se impone á los pobres, como estigma por el pecado de ser menesterosos.
¿Se conseguirá algún día, con estas injurías, la tan decantada armonía entre el Capital y el Trabajo, pregonada por los escritores mercenarios, al servicio de los de arriba? claro que nó. El Trabajo, ó sea la masa proletaria, no puede estrechar la mano del Capital, mientras éste no se despoje de esa corteza de tiranía y arbitrariedades que gobierna todos sus actos. El trabajo, no es loco; tiene cerebros bien equilibrados que estudian el problema social; y sabe por dolorosa experiencia de muchos siglos, que es imposible una reconcilación entre las dos porciones sociales en que está dividida la humanidad.
Echese una ojeada por sobre las instituciones de un país, creadas para gobernar y administrar justicia, y se verá que en todas ellas predomina la bondad criminal para con los de arriba, y el rigor despiadado para con los de abajo. El rico, que mata, viola ó roba, tiene siempre en su favor algún artículo del Código que atenúa su falta. El pobre, que comete iguales cosas, cuando no paga su falta en un cadalso, es encerrado en una cárcel. Si los soldados Vilches y Cortés, autores de dos asesinatos á compañeros suyos, hubieran sido dos oficiales, es segurísimo que la pena de muerte que sufrieron, se la habrían conmutado con la de prisión. Pero, eran proletarios, y tuvieron que morir, para vengar á la sociedad, palabras con que los llamados jueces, disfrazan su crimen de mandar asesinar á un hombre.
Hay muchas cosas, en las que, haciéndose una propaganda constante y bien ordenada, se puede llegar al fin apetecido. La propaganda del trabajo, en el sentido de que haya Justicia, Igualdad y Fraternidad, es inútil, porque la burguesía no ha querido, ni querrá jamás, conceder iguales derechos á los pobres. El capital, invocando los conocimiento bursátiles que posee, no se contenta con una ganancia equitativa en sus negocios, sino que trata de hacer fortunas rápidas, explotanda miserablemente al trabajo, al que remunera á su antojo. Si le fuera posible, haría retroceder al mundo á las épocas de esclavitud, para tener peones que trabajen á cambio de la comida, únicamente, de la misma manera que las bestias, que revientan en las labores por ganar el pienso que engullen.
El Capital, podía disfrutar de los placeres que les brindan sus palacios, sus banquetes, sus soirees y sus pastiempos, sin que el Trabajo mirara con malos ojos ese Paraíso artificial de que goza, siempre que fuera justo y que la usura no royera sus entrañas, haciéndolo cometer con los pobres las más inicuas explotaciones.
Una empresa industrial, tiene sobre sus trabajadoresmuchísimas ventajas, y puede explotarlos á su antojo, sin temer contingencias. So pretexto de economías ó de pérdidas imaginarias, introduce rebaja de salarios. La noticia, subleva los ánimos de los operarios, los que en la mayoría de los casos, por su situación crítica de hombres pobres, tienen que soportar la nueva esquilmación, que merma algunos panes de su alimento. Si los obreros han sido precavidos, tienen fondos de reserva y se declaran en huelga, los burgueses se ríen, porque como poseen mucho dinero, poco les importa que las máquinas estén paralizadas. Es verdad que dejan de ganar; pero también es cierto que perjudican á los trabajadores, haciéndolos gastar los pequeños ahorros, hechos á costa de tantos sacrificios.
Los burgueses, son malos por naturaleza, como el perro de Terranova, gusta del agua por instinto, aunque haya nacido en la cordillera de los Andes. Desde sus gabinetes, por medio de sus empleados, plebeyos con aspiraciones á burgueses, ordenan las maniobras que han de sacar de los obreros la mayor cantidad de provecho, aunque peligre sus vidas. De ahí, esas disminuciones de personal en las faenas peligrosas, como los ferrocarriles y distintas elaboraciones, que traen por consecuencia la muerte ó mutilaciones de varios padres de familia, que legan á sus hogares la miseria ó un cuerpo inservible, pra el que tienen que trabajar la viuda y los hijos pequeños.
Algunos ilusos, aún creen que un buen gobierno, podía hacer algo en bien de los obreros. ¿Qué se entiende por buen gobierno? ¿Aquel, que poniéndose de punta con los ricos, los obligue á ser buenos, honrados y compasivos? Pero, ¿adónde se va á encontrar ese buen gobierno, cuando los hombres que lo componen, pertenecen á la burguesía?. Todos ellos, son capitalistas, investidos de los poderes: el del dinero y el de la autoridad. Los dirigentes, son industriales, aristócratas corrompidos, y nunca pueden trabajar por alijerar la carga que pesa sobre las espaldas de esa bestia llamada pueblo.
Y así como son los individuos del Poder Ejecutivo, son los del Legislativo, como que todos pertenecen á la misma hornada, y tienen su origen en el amasijo burgués. Que unos se llamen Presidente, otros Ministros, Intendente, Senadores ó Diputados, no quiere decir que sus ideas sociales sean diversas, porque todos tienen la misma opinión, respecto á los proletarios.
Ellos dicen: los obreros, deben reventar en las labores, para que nosotros disfrutemos existencias sibaritas, recorramos en viaje de recreo el Viejo Mundo, y reconstruyamos sobre los progresos del siglo XX el Edén que perdieron Adán y Eva. Tenemos derechos á los placeres, porque contamos con dinero abundante, con instruccuón esmerada y con el poder de autoridad.
Eso lo dicen para ellos conversando con sí mismos, guardándose mucho de declararlo en público, por temor á lo que llaman impopularidad. En cambio, cuando sus palabras tienen que ser estampadas en los periódicos, ó dirigidas á la muchedumbre, niegan, hipócritamente; los goces que apuran. Con tono meloso, hablan de los derechos del pueblo de la igualdad ante la ley y de todas las patrañas de que se valen los políticos que necesitan votos, en épocas eleccionarias.
Un senador, ó un diputado en candelero, son los democratas más grandes del mundo. Con la sonrisa en los labios, escuchan el más infeliz operario, prodigándole apretones de manos y abrazos. Sus cuellos, se convierten en resortes que mueven las cabezas continuamente, saludando á todo transeunte. ¡Qué amables, qué exquisitos son esos hombres!
-¡Que hable el señor B dicen cien voces.
El candida, se encarama sobre una mesa, un cajón ó un grifo, y habla:
-Compañeros: al venir á estas tierras heróicas, conquistadas con la sangre de miles de chilenos, siempre yuve la confianza de que el pueblo tarapaqueño me había de favorecer con sus votos. Esta manifestación, es la prueba más evidente de que el Domingo el triunfo será nuestro.
-Bravo! ¡Viva el señor B! ¡Viva el partido XI.
-Yo amo al pueblo, compañeros, porque soy hijo del pueblo; porque soy roto, que es la clase más noble de Chile!
El orador, aclamado furiosamente, baja de la tribuna, en medio de una tempestad de aplausos y de vivas. Los oyentes, se hacen miles de comentarios. Le alaban que haya dicho que es un roto; le ensalzan su inspiración, y acaban por declararlo el primer hombre del país .
Mientras tanto, el futuro senador ó diputado, se dirije al Hotel en que está alojando, en compañia de varios burgueses, con los que se rie de la farsa que ha acabado de representar.
-¡Qué bueno eres para engañar á los rotos! le dicen sus amigos.
-¿Y como quieren que consiga simpatías? les contesta. Son estos, ardiles de guerra.
XVIII
Convencido el pueblo de que sus derechos jamás serán conocidos por los burgueses, por más que se empeñe en conseguirlo por la prédica, por la persuación, debe ir á lucha, en el terreno legal, hasta conseguir lo apetecido.
Para ello se requiere, en primer lugar, la unión porque sin ella, fracasan las más nobles teorías. El día en que los proletarios de todo el mundo estén unidos por una misma aspiración, la bandera del Trabajo, desdoblará sus pliegues y se extenderá al aire, flameando victoriosa para siempre.
Desgraciadamente, aún está lejano el día en que los oprimidos puedan entenderse y proceder de común acuerdo, en la realización de sus deseos. Minados por los planes maquiavélicos de los de arriba; que se aprovechan de las rencillas de los de abajo, existen las divisiones, las antipatías y los odios. En lugar de darse el abrazo fraternal del martirio, muchos obreros se miran con recelo, enseñandose los dientes.
¡Cómo goza el Capital con ese expectáculo, que le sirve de arma, para combatir á su eterno enemigo! Los mercenarios de la burguesía, andan á caza de ocasiones, en las que puedan hacer que disputen y rompan los obreros. Es la labor de los jesuitas: dividir para reinar.
Algunos pesimistas, dicen: la unión es un mito, no puede existir. ¡Desgraciados los que piensan así! ¿Son ciegos ó pretenden ser los eternos Tomás incrédulos? La unión, ha existido y existe para fines menos nobles que la regeneración obrera, que se llaman el patriotismo y la guerra.
¿No se ve diariamente á uno, dos, diez ó quince millones de hombres, ponerse de pie, en nombre del patriotismo, é ir á la guerra, á sufrir hambres, desnudeces, heridas, y hasta á morir? Para ello ¿no se unen todos los habitantes de un país: hombres y mujeres, ricos y pobres, viejos y niños? ¿No es eso unión; no es esosolidaridad?
Pues si la unión, existe para ir á la guerra, á matar y á morir, convirtiendose los hombres en fieras y en asesinos, ¿por qué no puede arraigarse en los corazones de los que sufren, para dar al traste con las cadenas que los oprimen? Para luchar por lo que se llama Patria, se juntan burgueses y proletarios; para combatir por el bienestar de los pobres, no se necesita más que la armonía de éstos.
La fusión de los obreros, no es una utopia, como muchos, especialmente los burgueses que quieren hacerse simpáticos á sus explotados, se lo imaginan. La masa vejada, va evolucionando hacia ella, y aunque necesite para su realización la labor de dos ó más siglos, llegará el día en que brille en el cielo el sol de la redención social.
Los trabajadores del siglo XX, no son mansos esclavos del Imperio Romano, ni siervos humildes de la Edad Media. Al ruido ensordecedor de los cañones de Bonaparte, que convulsionaron á la Europa, despertaron de su letargo de oruga y empezaron á entrar sus ateridos músculos, para rrojar lejos de sí la cadena en que estaban atados al castillo feudal.
Ya se acabaron los señores de horca y cuchillo, los amos caprichosos y sanguinarios, que gozaban en asesinar á sus súbditos y en abusar de sus mujeres, Los burgueses del siglo XX cometen sus infamias, envueltos en pieles de cordero, pensando bastante para abusar de sus obreros. Antes, los proletarios, actaban ciegamente la voluntad del patrón: hoy, no solo se reviste á los capitalistas, sino también a las bayonetas de los insanos que componen los ejércitos.
Largo ha sido el proceso, para que el proletariado pueda vanagloriarse de los triunfos alcanzados; pero hay el consuelo de que en lo futuro, la evolución ha de ser más rápida, dado el perfeccionamiento que va alcanzando. Siempre la infancia se presenta al hombre con miles de obstáculos, que la adolescencia salva con seguridad, y que la juventud franquea de un solo paso, demorando en él el mismo tiempo que necesitó en las etapas precedentes, para socorrer el camino de la vida.
Si la humanidad, se parece al hombre, en su marcha, aquella tendrá, también, su vejez y su muerte? El problema, es obscuro é imponente, como la boca de una negra caverna, en cuyo corazón se sienta bramar una tempestad. Es cierto que muchas generaciones, muchos países, y quizás continentes enteros, han sucumbido; pero tambien es cierto que esas desapariciones han sido parciales, que en nada han conmovido á la humanidad, quien como la vid, necesita que la despojen de algunos retoños, para florecer con más vigor.
La humanidad, no degenera. Va progresando más cada día, y parece que seguirá en marcha ascendente, si un cataclismo inesperado, algo que no puede precisar ningún astrónomo, ningún físico, ningún hombre de ciencia, acaba con la vida animal de este enorme planeta que se llama tierra, y lo convierte en una de las infinitas moles que giran por el espacio incomensurable, impulsadas por una fuerza que todavía nadie ha podido señalar.
Si tal cosa sucediera; ¡adios riquezas, poder, orgullo, vanidad! El rico y el pobre, transformados en polvo, desaparecian, convertidos en étomos infinitesimales, sin dejar vestigios de su existencia, cual hormigas trituradas por una montaña.
La burguesía, embebida en el goce de los placeres que le brinda su dios Oro, no se entrega á ninguna meditación. Vive y se divierte, sin reflexionar en el fin de la existencia. ¡Ah, si pensara un momento en la tumba, cuánto mejoraría la situación del obrero, porque la muerte, con su terrible realidad, es capaz de matar muchos orgullos y muchos crímenes.
Cuando los aristocratas, recorren un panteón, contemplan los mármoles, las estátuas, los jardines, las verjas; pero nuca se detienen á profundizar lo que encierran las tumbas; nunca llevan su imaginación hasta el fonde de los ataudes, donde se hallan convertidos en asquerosos despojos, los cuerpos de los grandes y de los pequeños.
La mayoría de los humanos, dice que el mundo es un carnaval, que hay que divertirse, sin pensar en lo futuro. La diversión está buena; á nadie se puede negar el derecho de hacer lo que mejor le cuadre; pero es conveniente que, al par que se apuran los placeres terrenales, tratar de que los semejantes no se vean privedas de ellos, por un mero capricho. Los ricos, son dueños de gozar cuanto quieran; pero no tienen el privilegio de hacer sufrir á los pobres.
XIX
Luis García, gracias á las influencias de su tío, seguía ascendiendo vertiginosamente en el Banco; era una planta trepadora, que escalaba la eminencia, asiéndose fuertemente de los objetos que encontraba á su paso. Sus ascensos, le valieron la entrada en el mundo aristocrático iquiqueño, mundo abigarrado, sin los pergaminos que ostentan las viejas noblezas de las antigas ciudades, compuesto de unos cuantos aventureros audaces, llegados de Europa ó de países latino-americanos y emparentados con familias tarapaqueñas.
Si la corrupción imperaba entre el pueblo y la juventud masculina de todas categorias, no dejaba de desarrollarse traquilamente entre la burguesía, cuyos hogares eran otros tantos nidos de placeres impuros y de adulterios.
En las cantinas, en la Plaza Prat, en el Teatro, en todas partes, la honra de las damas elegantes, rodaba por los suelos, al igual que las colillas de cigarros. Cada una, tenía su historia, más ó menos roja, en la que no faltaban los raptos, los alumbramientos ocultos y los maridos burlados. Tal era el grado de relajación á que había llegado la nombrada alta sociedad, que cualquier hijo de vecino se crìa con derecho á decir:
-Las señoritas de la calle de Baquedano, son tan….
como las de……
¿Quién tenía la culpa de semejante estado de degradación Algunos, decían que el clima seco y ardiente de Tarapacá; otros, que el libertinaje de los hombres, que ingresaban á esa clase social, sin que se conocieran sus antecedentes; y otros, que el medio ambiente de Iquique, donde era moneda corriente que entre dos casas de gente honrada viviera una meretriz.
-¡Qué hermosa está L., con su traje de luto ¡Qué lindos ojos, qué pestañas, qué lunar
-Amigo mio, eso no vale nada, porque esa belleza ha sido manoseada por muchos. Yo conozco á un francés y á un peruano, que han metido los dedos en esa pila de agua bendita.
-No lo ignoro; pero me encanta su hermosura. A pesar del ridiculo papel que hace el italiano de su marido, no me pesaría convertirme en él…. Parece que los descendientes de Humberto, están condenados á llevar las testas adornadas. Aparte del que acabo de nombrar, figura un tal M., que dió de balazos á su rival; y un P., ya muerto, que era el rey de los maridos condesceudientes.
-Y, ¿adónde me dejas á los gringos
-Los gringos son los patos de todos los festines amorosos. Con su rigedez automática, no miran nunca atrás, y mientras ellos, embutidos en un sillón, leen el periódico, sus mujeres se abrazan con sus amantes en la pieza cenina.
-Es por eso que el gran deseo de las muchachas es casarse con gringos. Saben que tendrán libertad para hacer lo que mejor les acomode.
-Yo creo que todos los extrangeros de la aristocracia, sufren del mismo mal. Rro es el que pueda vanagloriarse de que se pone el sombrero con facilidad,
No solo los extranjeros. También los peruanos y chilenos sufren del mismo mal.
Luis García, adquirió en poco tiempo bastantes relaciones, especialmente en casa de mister Chamberlain, un gringo viejo, dueño de tres oficinas salitreras, de varias minas, y que tenía acciones en diversas compañias industriales.
Mister Chamberlain, lo había recibido con grandes muestras de deferencia, ya que era sobrino del abogado que defendía sus pleitos, y en poco tiempo, el joven García, era uno de los más íntimos de la familia.
Componían la familia del albionés, su esposa, una valparaisina joven, de veinticuatro años de edad, linda y sonrosada como un damasco,; la hermana de ésta, una muchacha de quince años, hermosa pero muy pálida y ojerosa, lo que daba á su rostro cierto tinte de melancolía, sobre todo cuando flotaba en desorden sus negros cabellos, formando marco á esa cara anémica, en las venas azules se transparentaban; y un chiquitín de dos años, fruto del matrimonio de mister Chamberlain con su esposa.
Isabel, que era el nombre de la consorte del gringo, poseía un foja de servicios matrimoniales nada limpia. Se contaban de ella diversas aventuras, llamando la atención la audacia que desplegaba para realizar sus caprichos amorosos. Una vez, estando su marido inspeccionando sus propiedades salitreras, se embarcó paraValparaíso con un amante, avisándole por teléfono al mister de que á su hijo se le había metido entre ceja y cej ver á su abuela, y que ella no podía menos que darle en el gusto.
Mister Chamberlain, era un viejo borracho, cuya nariz roja, donotaba á las claras su pasión por el licor. Generalmente, llegaba á su casa en estado semi-inconsciente, hablando trabajosamente y con el labioinferior caído. Semejaba, entonces, el tipo verdadero del idiota. Con tan estúpido marido, que todas las noches se acostaba ebrio, sin preocuparse de que tenía una esposa joven é interesante, nada extraño era que ella buscase en otra parte lo que le negaba su compañero.
Además, Isabel, no se había casado por amor con el gringo. Las libras esterlinas del mister, fueron las que la arrastraron á encadenarse á un mastodonte semejante.
Su hermana Julia, difería completamente de ella, como el agua del vino. Eran los polos opuestos en gustos y genios. Julia era seria, honesta, humilde y pudorosa. Isabel era alegre, orgullosa y coqueta. Vivían juntas, porque así lo quería su madre, quien había mandado á Julia, al lado de su hermana. para ver si encontraba un partido bueno; un inglés por ejemplo.
Las dos hermanas, poco fraternizaban, debodo á las represiones que, sobre su conducta, hacía la menor á la mayor. Por eso, Isabel, pasaba el día y parte de la noche en visitas, dejando á Julia Abandonada en la elegante mansión de mister Chamberlain.
Una noche, llegó el inglés á su casa, acompañado de Luis García, á quien había invitado á comer. Venían del Club, adonde habían libado muchos coktails, y en sus rostros arrebolados, se veía claramente el distintivo de los discípulos de Baco.
Isabel recibió al joven con muestras de satisfacción, examinándolo de pies á cabeza, y apreciando su musculatura. Hacía con García. lo que los hombres con las mujeres, que con el pensamiento las desnudan y profundizan los secretos más íntimos de su cuerpo. Julia, recibió con frialdad al recién llegado, porque comprendió, por experiencia de que ese muchacho robusto y colorado, sería dentro de muy pocos días el nuevo amante de su hermana.
La comida fué expléndida. Mister Chamberlain, gustaba de darse buena vida, y en su mesa no faltaban las viandas exquisitas, ni los vinos de buena marca. El anfitrión, ocupó el puesto de honor; á su derecha, seguían Isabel y Luis; y Julia, á la izquierda.
Isabel y Luis hicieron lujo de conversaciòn y hablaron durante la mayor parate de la comida. Recordaron Santiago, Valparaiso, Viña del Mar y el campo. Trajeron á la memoria los conocidos de esa ciudad y hasta se permitieron narrar algunos sucesos amorosos de ciertas amigas. Mister Chamberlain, los escuchaba con la boca abierta, contento de poseer una esposa tan amable, que atendía tan bien á sus amigos. Julia, con los ojos fijos en el mantel, se abstenía de tomar parte en la conversación, y cuando se lepreguntaba algo, contestaba con monosílabos. Estaba disgustada. Aquel joven que charlaba como una cotorra, usando un lenguaje demasiado desenvuelto, y que bebía á discreción, le repugnaba.
Antes de los postres, el Mister sintió pesadez en los párpados, y empezó á cabecear. Abandonó la mesa, con el pretexto de ir á buscar cualquier cosa al salón, y no regreso más. Después de un cuarto de hora, Luis preguntó por el dueño de casa.
-No se preocupe usted de èl, le respondió Isabel, sonriendo voluptuasamente; se ha ido á dormir; lo conozco. Pasamos al salón.
Julia, pretextò una jaqueca, se retiró á su dormitorio. Solo Isabel y Luis, penetraron á la elegante sala de recepciones del inglés. Ella iba delante, y el sobrino de don Carlos, pudo admirar un talle cimbrador; unas caderas de combas bien pronunciadas, una nunca lindamente peinada y era un continente de hermosura y de carne cálida y excitante.
En el salón, tomaron asiento de dos butacas cercanas, y empezaron un diálogo:
-¿Hace mucho tiempo que está usted casada con Mìster Chamberlain.
-Bastante; tres años.
-Eso no es mucho. Puede decirse que fuè ayer.
-Estoy tan aburrida del matrimonio, que los días me parecen años.
Esto le dijo con tal desesperación, que no midió el alcance de sus palabras. Sin embargo, comprendió que había dicho una barbaridad, y trató de enmendar la falta, añadando:
-Lo que me aburre, no es mi esposo, porque es muy bueno y me quiere mucho sino la ausencia de mi madre.
-Siempre las ausencias son dolorosas. El terruño tiene encantos que no se pueden encontrar en otra parte.
Hacía calor en la estancia. Parecía que los globos de luz eléctrica, eran focos de fuego, que despedían bocanadas de vaho astixiante. Los ojos de Isabel, estaban lánguidos, y sus labios rojos, temblaban. Luis, sintió flotar sobre su cabeza la atmósfera tibia de los burdeles, y abrió desmesuradamente los ojos, para convencerse si estaba en una casa aristocrática.
-Si, señora. Hace bastante calor .
-Abriré esa ventana y nos acercaremos á ella. La luz, la creo demás. ¿Quire usted que la apague.
-Con mucho usto.
Isabel, se dirigió á la puerta del salón, donde estaba la llave de la luz eléctrica y le dió vuelta, apagándose súbitamente los globos y quedando la habitación rodeada de tinieblas. Por la ventana abierta, penetraban los rayos de la luna.
Isabel y Luis, colocaron sus butacas tan cerca, que el traje de ella rozaba las rodillas de él. Verdaderamente, que la situación no podía ser más tentadora, y se necesitaba que Luis tuviera la timidez de aquella noche, cuando Genoveva lo fué á buscar á su cuarto, para que dejara desperdiciar una ocasión tan expléndida.
El jovenzuelo, que se se hallaba en el primer grado de la embriaguez, se encontraba con valor suficiente para cometer cualquier cosa, y no tenía el menor recelo para dirigirse á una mujer casada que veía por primera vez. Sentía que sus piernas tropezaban con telas de mujer, y que por su cuerpo corrían culebrinas de fuego.
-A Mister Chamberlain parece que le gusta mucho la bebida.
-Bastante, y esto me tiene muy afligida. Yo no sé que hacer para quitarle ese vicio.
-Es un crimen que teniendo una mujer tan hermosa, se dedique más al alcohol que á usted. Yo, en su lugar; me la pasaría días enteros adorándola.
-Gracias por su galantería.
-Es la verdad, señora. A mí me gusta hacer justicia al mérito… En este mundo, no están todas las cosas equilibradas. Por eso, en lugar de tener usted un marido amable y enamorado , está usted encadenada á un borracho. Dispénseme la expresión; es tanto el interés que usted me inspira, que hablo como un loco.
Isabel, suspiraba, y su pecho se levantaba y bajaba con rapidez, donotando en esos movimientos la agitación que sentía. Sus ojos, lánguidos, miraban al elegante mancebo, cuyo rostro aparecía bañado por los rayos de la luna. Desde la penunbra en que ella se encontraba, contemplaba sus facciones y experimentaba una sensación que la ahogaba algo parecido á lo que se siente cuando se desciende en un carro al fondo de una mina. Estaba en tal período de agitación, que para que su honra naufragase, no se necesitaba más que un pequeño asalto de Luis.
García comprendió que debía aprovechar el momento, que quizás no se presentaría otra vez, y estiró la mano, para coger la de su linda amiga; pero no pudo conseguir su objeto, porque sufrió en el brazo algo así como una galvanización de la extremidad. En un segundo, el mareo huyó huyo de su cerebro y su cabeza se vió despejada, recuperando poco á poco su estado normal.
A medida que volvía en sí, iba desapareciendo el valor de que se sentía animado, y acabó por quedar tan frío como una estatua. Tuvo miedo de su arranque de pasión y gozó al pensar que se había detenido en la mitad de la pendiente.
A las diez de la noche, se despedía Luis de Isabel, dándole un fuerte apretón de manos, que ella correspondió con el mismo entusiasmo, reteniéndole la diestra, mientras le decía:
-Espero que no sea esta la primera vez que usted nos honre con su visita. De noche, rara vez salgo, y siempre estoy solo, porque mi marido se pasa veladas en el Club Inglés.
XX
Al día siguiente, cuando Mister Chamberlain se encontró con Luis en el Banco, lo saludó muy cordialmente, y le pidió excusas por haberse retirado de la mesa, diciéndole que lo había hecho por sentirse muy indispuesto.
-Está bien Mister. A cualquiera le sucede eso.
-Confío en que siempre nos ha de favorecer con sus visitas.
-Tendré el mayor placer. Es probable que vaya esta noche.
-Si no estoy en mi casa, mi esposa y mi cuñada, tendrán el gusto de recibirlo. Son ellas muy amables, y creo que no estará usted disgustado.
A las nueve de la noche hora en que calculó Luis que la familia Chamberlain habría acabado de comer hizo sonar el timbre de la morada del inglés, siendo recibido por una sirviente, la que lo pasar á la sala.
Momentos despues apareció Isabel, ataviada con un lujoso traje, y luciendo un peinado que hacía resaltar más su belleza. Tendió su mano al recién llegado, con la mayor familiaridad, como si se tratara de un antiguo conocido.
-Esto marcha bien, pensó Luis para sus adentros, al ver la mirada tan significativa que le dirigía Isabel.
-Mister Chamberlain, dijo ella, se halla en el Club. jugando su cuotidiana partida de billar. Es loco por ese juego. Primero lo matarían; antes de que faltase á su costumbre.
-Sin embargo, la otra noche se durmío, sin ir al Club.
-Es que se encontraba enfermo.
La conversación siguió girando sobre diversos temas frivolos. que nada importaban á ninguno de los dos, pero que los abordaban, por no estar callados. Ambos, llevaban una tempestad dentro del alma. Ella, habría querido encontrarse en el lugar de García, para declararse, y él, se mordía los labios de ira, acusándose de cobarde, por haber dejado desperdiciar la brillante ocasión que tuvo para hacerle el amor.
-¿Y la señorita Julia
-Está en el costurero, haciendo labor.
-¡Qué trabajadora Hágale usted presente que la vista sufre cuando cose de noche.
-Ya se lo he dicho; pero no me hace caso.
Un golpe seco, sonó en los globos de la luz, y la sala quedó sumida en la oscuridad. La corriente eléctrica se había interrumpido en la fábrica elaboradora y toda la ciudad estaba sumida en tinieblas.
Sin decir una palabra, se acercó Luis á Isabel y cogiendole la cabeza estampó un beso en su boca. Ella, estendió sus brazos y lo atrajo a sí, permaneciendo largo rato reunidos sus labios, mientras sus cuerpos se retorcían con los espasmos del placer.
Los gritos de Julia y de la servidumbre, que aparecieron con velas en la puerta del salòn, arrancó á los enamorados de su éxtasis. Julia, a la débil llama de la bugia, los miró y comprendió que durante el eclipse, se habian prodigado más de una caricia.
-¡Qué sangre fría tienes, Isabel. Ni te has movido.
-Temi tropezar con alguna butaca, y hacerme daño.
-¡Qué malo anda el servicio de la luz eléctrica, dijo Luis, esforzándose por aparecer tranquilo.
Súbitamente prendiéndose todos los globos, y la sala volvió á recobrar su claridad Julia miró la cara de sus hermana y la de Luis , y las encontró pálidas, tan pálidas como la suya. En sus labios delgados, se dibujó una sonrisa de ironía, que hizo extremécer á García, dió las buenas noches, y se dirigió con paso lento al costurero, moviendo debilmente la cabeza.
Cuando en la puerta del salón, se despedían los nuevos amantes, abrazándose efusivamente, sintieron pasos en la antesala, y vieron la rubicunda faz de mister Chamberlain, cuyos ojillos dormidos, denunciaban la borrachera que traía.
Dió la mano á Luis, tartamudeó una escusa, y con paso vacilante se dirigió á su dormitorio. Aún no atravesaba el dintel de la puerta próxima, cuando Isabel, atrayendo á Luis hacia ella, le presentaba sus labios ardientes, al mismo tiempo que lo pellizcaba con furor, hasta hacerle daño.
XXI
Julia, en casa de su hermana Isabel, era una rosa, arrojada en el fango, que tarde ó temprano tenía que manchar su corola con el barro. Hasta entonces, se había mostrado seria é inexpugnable, desempeñando el papel de censor de los actos de su hermana. Había llegado hasta el último límite de la virtud, hasta donde es posible que llegue una mujer, y ahí solo le quedaban dos caminos el de regresar por donde había andado, ó el de saguir adelante, por el sendero de la perdición.
En honradez femenina, raros son los ejemplos de heroicidad. La mujer, por su poca instrucción, por las asechanzas de que es víctima; por su temperamento débil, y por el medio ambiente en que vive, no puede sostener mucho tiempo una guerra con el mal. Su valentía, exaspera al enemigo, que dispone de armas abundantes, y que se empecina con más ardor en la lucha, cuanto más grande es la resistencia que encuentra.
La aristocracia iquiqueña, formda de advenedizos de todos los países, que llegaban trayendo en sus organismos el virus social de distintas partes, no podían formar una sociedad culta y virtuosa. De ahí que los que llegaban de otras partes, con el cuerpo y el alma sanos, se contagiarian y contribuyeran á la propagación del cáncer que amenazaba devorar á la burguesía.
Isabel, no había podido sustraerse á las malsanas costumbres. Su temperamento ardiente, su coquetería y la desproporción de su matrimonio, fueron las causas de que naufragara, apenas respirara el aire de aiaquique. Julia, de carácter distinto á su hermana, no se dejó arrastrar por la corriente del vicio, y cerrando los ojos, vivió como un sordo mudo, sin escuchar ni contestar las palabras tentadoras que se le dirigían.
Mister Chamberlain, conoció á Isabel en Valparaíso; le gustó su lindo palmito; y como buen inglés, se dirigió á la madre de la muchacha, exponiéndole que poseía tantos miles libras, las que ponía á la disposición de su hija. La madre, que vió al gringo, á través de las monedas de oro, aceptó la oferta con el mayor placer, y aunque Isabel lloró y se negó á dar su blanca mano al mister, la madre insistió, suplicó y amenazó, hasta que le arrancó el sí.
Forzada la muchacha á unirse á un ebrio, que miraba á su mujer en menos estima que á una botella de Whisky, sucedió lo que se ve á menudo: que ella se entregó al adulterio, buscando en los brazos de sus amantes las caricias que le negaba su marido.
Los primeros abrazos y besos de Isabel, habían producido en García el nacimiento de una pasión avasalladora, de esas que arrastran al hombre hasta el crímen. Siempre el amor impuro, se presenta con fuerza de tempestad, destruyendo todo lo que toca, agostando flores y llevando consigo ruina y luto. Es un caballo desbocado, atravesando un pedregal, tropezando y cayendo para levantarse y continuar su vertiginosa carrera, hasta destrozarse en un barranco.
A fin de no comprometerse demasiado, García esperó á que pasasen tres días de su segunda visita, para presentarse en casa de Chamberlain. Aunque se había convencido de que el gringo era marido despreocupado, le asustaba se aventura con aquella mujer elegante. Hasta entonces, no conocía otra cosa que el amor de las horizontales. Recién iba á paladear las sensaciones de un adulterio.
Cuando se presentó en casa de Isabel, ésta lo recibió con la mayor familiaridad.
-¿Por qué te has demorado tanto en venir dijo ella, aparentando ligero enojo.
-Temo que la maledicencia nos tome entre sus garras, y por eso he resuelto venir de tarde en tarde.
-¿Qué maledicencia Tú ni yo, nada tenemos que hacer con lo que diga el mundo. ¡Harto han hablado de mí, y sin embargo yo, nunca he hecho caso.
-Es tanto el cariño que te tengo, que me mataría el verme privado de tus ojos. Por eso, ando con tiento, tratando de no comprometerte. Tu hermana, me causa recelo; no me mira con buenos ojos. Creo que si algún día se enterara de nuestro amor, seria la primera en denunciárselo á tu marido.
-Te equivocas. Ella es seria, no le gusta que vengan visitas; pero si algo supiera de mí, nunca se lo diría á Chamberlain. La conozco.
Isabel, olvidando que las puertas del saón estaban abiertas, y que Julia ó cualquier eriado podían llegar hasta él, cogió con ambas manos el talle del mancebo, reposó la cabeza en su pecho y lo empujó á un sofá, sobre el que cayó pesadamente la pareja, unida en estrecho abrazo. Mientras se acariciaban, los amntes, temblaban como paraliticos, suspiraban dolorosamente, se retorcían con furor, y eran presa de ataques nerviosos.
Ella se desasió bruscamente de sus brazos, y poniéndose de pie, arregló su cabellera, diciéndole con voz firme:
-¿Adónde vives
-En la calle de Baquedano, en casa de mitío.
-¿A qué hora va él de noche a casa
-Generalmente, á ninguna hora. Lega después de las doce.
-¿Quieres que mañana, á las nueves, vaya á verte
-¿Será posible exclamó Luis, lleno de júbilo, y besándole las manos.
-Sí, es posible. Esto no puede seguir así. Yo sufro mucho, y es necesario ir hasta el fin. Lo que ha de ser tarde, que sea temprano.
Ligeros pasos se oyeron en el pasillo, y á poco apareció la rigida figura de Julia, con su rostro pálido y ojeroso como el de las docellas cloróticas. En sus ojos, brillaba una llamarada de cólera, que amortiguaba la palidez de la cara. Sin mirar á García, se dirigió á su hermana.
-Si no te es muy molestoso, cuando se vaya la visita pasa al costurero, para que me hagas el favor de enseñarme cómo se hace un tegido que voy á principiar.
Luis, para dárselas de galante, y para disipar la aprehensión que lo dominaba de que Julia fuera á delatarlo trató de hacerse amable con ella.
-La señorita Julia, siempre está ocupada; es muy laboriosa….. Lo siento, porque con ello priva de su grata presencia á las personas que la estiman.
-Preferible es trabajar, á estar ociosa, porque la ociosidad es madre de malos pensamientos.
-¿No teme usted enfermarse del pulmón La aguja, es perjudicial á la salud.
-Es que no solo me didico á coser, sino que también hago ejercicio de gimnasia. Si todo el día estuviera inclinada sobre la labor; podría sufrir el pulmón; pero como á ratos estiro los brazos y las piernas, me tienen sin cuidado las enfermedades.
Inconscientemente, tomó asiento Julia frente á su hermana, jugando con un crochet que llevaba. Isabel, no pudo reprimir un gesto de disgusto, ante aquella presencia tan importuna. García, que tan Lecuaz había querido mostrarse con la doncella, creyendo que como siempre se iba á retirar en el acto, se sintio embarazado, y calló, buscando en los dibujos de la alfombra el medio de salir del paso.
-Puedes esperarme en el costurero; tan luego como me desocupe, iré á enseñarte lo que deseas, pronuncio la adúltera, en tono que demostraba su impaciencia, mientras un tinte carmíneo recorría sus mejillas, que pasaban del rojo al blanco, y de éste á aquel.
-Bueno, le respondió Julia mostrando gran indiferencia. No tengo apuro.
Hay ocasiones en que un tercero está demás, como las hay en que una tercera persona salva el embarazo en que se encuentran dos. Los amantes que están en la luna de miel, necesitan de la soledad, del misterio del silencio, para entregarse en cuerpo y alma del goce de los placeres que les brinda su pasión. Y es que el amor, tiene su poco de egoismo y de timidez. Cuando dos enamorados están reñidos, entonces sí gustan de que un extraño los libre del martirio de permanecer callados.
Julia, comprendía que su presencia causaba fastidio á ese par de pichones; pero, gozaba con estorbar esos amores impuros, tanto porque odiaba el pecado, cuanto porque así se vengaba de los placeres que aún no conocía.
Comprendiendo García, que era inítil que esperara la retirada de Julia, se resignó á cortar el agradable momentoque estaba pasando en compañia de su nueva amnte. Se levantó de su asiento, y después de estrechar cordialmente las manos de las Jóvenes, se encaminó á la puerta. Cuando cogía su sombrero de la percha del pasillo, se le acercó corriendo Isabel, y le dijo:
-No te olvides. Mañana a las nueve en punto.
-Descuida.
XXII
Las nueve sonaban en el reloj de la plaza Prat, y en la morada de don Carlos Baeza, se detenía un coche, del cual bajó Isabel, con el rostro cubierto por el manto. Garcia, completamente emocionado, la esperaba en la puerta, con los brazos abiertos.
Cogió á Isabel, y rodeandole el talle con una mano, la condujo hasta su cuarto, á través de la oscuridad del pasillo. Luis, temblaba al contacto del cuerpo de esa mujer joven, hermosa y elegante. Isabel sentìa correr por sus venas el fuego de la pasión, ese fuego que hacía tiempo no se desbordaba y que permanecía en estado de ebullición.
Hasta las diez de la noche, duró la primera cita de los enamorados, y cuando se despidieron, ella lloraba de rabia al ver que sus deberes de casada le impedìan pasar la noche fuera de su hogar.
-Consuélate, mi reina. Mañana nos podremos volver á ver.
-No puedo consolarme. La idea de que voy á ver ahora á ese gringo borracho, me llena de horror. ¡Maldita sea la hora en que me casé.
-Y ahora, ¿cómo te vas á entender, para que no malicien adónde has estado.
-Ya está arreglado eso. Cuando salí, dije que iba á la iglesia. El gringo llegará á las once ó doce, y no sabrá nada. En cuanto á Julia, ella no dice nada.
-Sabes que esa muchacha me está causando recelo.
-No seas tonto. Vive Tranquilo, respecto á ella.
Cuando Isabel llegó á su morada, se sorprendió, al comunicarle una criada que mister Chamberlain había llegado. Penetró á su dormitorio, donde el gringo, en mangas de camisa, se paseaba furioso. Un golpe agudo, sintió la adúltera en las sienes, al ver á su esposo en semejante estado de excitación, y por su mente de pecadora, cruzó la idea de que el gringo estaba enterado de sus crímenes.
Con paso tímido penetró á la alcoba, haciendo esfuerzos sobrehumanos para aparecer serena, y tocó suavemente en el hombro de su marido. El mister se puso de pié de un salto, como movido por un resorte, y cogiéndola de las manos, la miró fijamente en los ojos, al mismo tiempo que sus dientes rechinaban con furia.
Jamás había visto Isabel los ojos de Mister Chamberlain, encendidos por un tinte tan rojizo. Ni en sus grandes borracheras, adquirían sus pupilas tal color. Tuvo miedo y lanzó un grito de terror, que fué sofocado por la enorme mano del marido, posada sobre su boca.
Mister Chamberlain, con palabras entrecortadas por la rabia, le preguntó:
-¿De dónde vienes
-De la Iglesia, le respondió vivamente Isabel, encontrando en esta mentira una puerta de escape.
La respuesta de la adúltera, hizo en el marido el efecto de un jarro de agua fría. La dura expresión de la fisonomía del inglés, cambió súbitamente, y sus manos saltaron las de su esposa, que quedó parada ante él, con la faz inclinada, como un reo ante el juez.
-¿De veras ¿No me engañas
-Cómo te voy á engañar, cuando tanto te amo, le contestó Isabel, rompiendo á llorar como un niño.
Las lágrimas, recurso de que se valen las mujeres para aplacar las más grandes cóleras, surtieron su efecto en mister Chamberlain, quien se convenció en un minuto de que su esposa era la más fiel de las hijas de Eva.
Con voz cariñosa, le pidió perdón por sus palabras, y atrayéndola hacia él, enjugó su llanto, al mismo tiempo que le decía:
-He sido un loco, querida Isabel. Los celos, me pusieron fuera de mis sentidos. Un anónimo que recibí en en C lub, me sacó de quicio, haciéndome cometer lo que he hecho. No llores, mi linda, jamás volveré á dudar de tu cariño.
Isabel, comprendio que ese era el momento para que ella recuperara el terreno perdido, se deshizo en un mar de lágrimas, censurando á su esposo por su ligero proceder. Le hizo mil protestas de fidelidad, al par que le decía que no le perdonaría nunca que hubiera dudado de su amor. Al mister le costó gran trabajo consolar á su afligida esposa, y hasta llegó á pesarle el paso que había dado.
El anónimo que recibiera en el Club, mister Chamberlain, estaba escritó por letra diminuta, que denotaba su procedencia femenina. Decía así:
Mister Chamberlain:
Una persona, que se interesa por su honor, le avisa que en este momento, su esposa ha abandonado la casa, para dirigirse á una aventura amorosa.
Si usted desea convencerse, vaya en este momento á su morada, y se convencerá de lo que le digo.
Ninguna firma llevaba la carta. Solo una rúbrica tosca, había puesto su autor al final. El gringo, al leer la esquela, dió un puñetazo en la mesa, y sin despedirse de los amigos con quienes bebía, salió á la calle y se dirigió á su casa, donde no encontró a Isabel.
Jamás había pasado por su mente la idea de que su mujer le traicionara; tenía fe ciega en ella; pero una fuerza oculta lo impulsó á ir á su casa, á averiguar lo que hubiera de cierto en el anónimo.
Isabel, se durmío esa noche, contenta de que su falta hubiera quedado oculta, y de que el gringo no sospechara nada de Luis.
XXIII
Al día siguiente, García recibió en el Banco una carta de Isabel, en la que le comunicaba lo ocurrido, y le rogaba que visitara á Chamberlain en su escritorio, para que se enterara si tenía alguna malicia de él. El amante, cumplió al pie de la letra la orden de su querida, y fingiendo preguntarle la dirección de cierto comerciante, se presentó en la oficina del gringo.
-Buenos días, mister Chamberlain.
-Muy buenos mister García. ¿Qué es de su vida. ¿Como no vá por casa
-He ido; pero no lo he encontrado. Antenoche estuve allá, y solo encontré á su esposa y á su cuñada.
Después de un ligero cambio de palabras, sin valor alguno, se despidió García, convencido de que el inglés no tenía la menor sospecha de él. Y esto era cierto, porque como en el anónimo no se le decía con quien era que lo engañaba su mujer, el mister estaba ignorante de todo.
En la calle, el afortunado galán se encontró con don Edmundo Quintana, á quien hacía pocos días había sido presentado, y con el que se había hecho muy amigo, hasta el extremo de revelarle sus más íntimos secretos.
-Qué dice el afortunado joven. Veo que tiene usted mucha amistad con el marido.
-Yo sé lo que me corresponde, amigo mío. La amistad del gringo, debe ser cosa que debo conquistarla, para estar seguro de que no me moleste.
-¿Cómo marchan las relaciones ¿Cayó ya la paloma
-Anoche, compañero.
-¿Qué tal se portó
-¡Expléndida ¡Que formas, amigo Quintana Una estatua, de esas que se exhiben en el museo del Louvre, en París, no posee una corrección de líneas más perfectas.
-¿Quién salío vencedor
-¿Quién había de salir. Eso de sabido se calla. Los hombres, en esa materia, somos muy débiles.
Todo el día, estuvo García intranquilo, pensando en el maldito anónimo que estuvo á punto de aguar su dicha. Como Isabel le dijiera en su carta que la letra del papel delator parecía de mujer; su primer pensamiento fué de que Julia era el autor de él.
En la noche, se presentó en la casa de Chamberlain, á la hora de costumbre. Lo recibió Julia, quien le manifestó que su hermana guardaba cama, por encontrarse algo indipuesta. La adúltera, había creído conveniente fingirse enferma, para hacer creer á su esposo que su duda la había herido gravemente.
En el amplio salón de la casa, García tomó asiento cerca de Julia, tratando de disimular la impresión que le causara la nueva de la enfermedad de Isabel. De muy buenas ganas se hubiera despedido; pero el temor de que Julia dijese que iba solo por ver á su hermana, lo hizo quedarse.
-¡Cuánto siento la enfermedad de la señora Isabel ¿Será algún resfrío.
-Algo parecido. Creo que es fiebre.
-¿Y usted se siente bien
-Como siempre. No me enfermo nunca. Tengo una contextura de hierro.
García, mientra hablaba, examinaba atentamente á la doncella, encontrándola bastante hermosa; eso sí que su palidez amortiguaba los correctos rasgos de su fisonomía.
Un poco de sangre en esa cara, pensaba Luis, y habría un soberbio tipo. Efectivamente, si en las megillas de Julia, se hubiera deslizado el carmín, habría superado en belleza á su hermana.
Por la mente de García, cruzó un pensamiento malévolo, que lo hizo sonreir. Tuvo la idea de matar el tiempo, galenteando á la muchacha. De esta manera, se dijo, pueda ser que saque en limpio si ésta es el autor del anónimo dirigido al gringo.
-A usted señorita Julia, no se le ve en nungun paseo.
-Desde que llegué á este puerto, he vivido tan retraída, que me he convertido en una verdadera recoleta.
Es sensible su comportamiento, porque he oído decir que su hermosura haría en una fiesta el efecto del champagne en un banquete. Y usted, bien sabe que un banquete sin champagne no sirve, dijo García, sonriendo picaramente, y dando á sus ojos una expresíon de dulzura, peculiar á los ojos de los enamorados.
-¡Qué barbaridad No creía á los iquiqueños tan topos, que les llamara la atención mi cara. ¿Qué tengo mejor que otras mujeres Yo creoo que aquí hay cien, superiores á mí.
-Nadie señorita Julia, puede conocerse á si mismo. Ese es un dón que nos negó Dios. Usted no puede apreciar su hermosura. Yo sí, y le declaro formalmente que pocas mujeres hay en esta ciudad que puedan rivalizar con usted.
-Y mi hermana le respondió Julia, mientras prorrompía en una alegre carcajada, contenta de haber encontrado una ocasión, para poner á prueba á ese merodeador de cariño.
-La señora Isabel, es tan bella como usted. Ambas, son las más lindas.
-Ha venido usted muy bromista, señor García, hasta el punto de que me ha hecho olvidar mi seriedad.
Una criada, se presentó y anunció á Julia que la señora Isabel enviaba á decir al señor Luis, que sentía infinito no poder atenderlo, y queproblamente al día siguiente dejaría, y tendría el gusto de recibirlo.
-Le decía á usted, que me ha hecho olvidar mi seriedad.
-Sin pecar de indiscreto, ¿Se podría saber la causa de ese eclipse de alegría que siempre que siempre se nota en su rostro.
-¿Por qué no. El motivo lo tiene á que por todas partes solo veo corrupción, en esta sociedad iquiqueña.
La afirmación era bastante avanzada, y García creyóconveniente no comprometerse en la conversación. Guardó silencio, manifestando su interés por oir á su bella amiga.
-Aquí, se ven las cosas más absurdas. Los hombres, son todos unos tunantes. El que no es borracho, es jugador ó amigo de pasar la noche en diversiones deshonestas.
-¡Caramba, señorita Julia, que sabe usted cosas que yo ignoraba.
-Por la cocinera y los sirvientes me he enterado de muchas cosas de la vida de Iquique. Todo es aquí ficticio como las figuras de yeso, pintadas con polvos de oro. Le pasa usted la uña á la estatua, y se convence de que debajo de la brillante pintura solo hay un poco de tierra blanca.
-Talvez. Como yo, poco frecuento la sociedad, no tengo acasión para enterarme de las cosas.
Julia comprendía perfectamente que Luis mentía descaradamente, al decir que estaba ignorante de la corrupción que predominaba en la aristocracia, ya que él era uno de los actores, y sonriendo con incredulidad le dijo:
-Me admira mucho que usted, conozca aún lo que es Iquique.
En ese momento, apareció en la puerta del salón el marido. Contra su invariable costumbre de pasar la noche en el Club, se recogía temprano, alarmado por la enfermedad de su esposa.
-Cuánto siento el malestar de la señora, dijo Luis, estrechándole la mano. Dios ha de querer que sea solo una ligera indisposición.
-Así espero. Gracias, amigo mío, por sus buenos deseos. Disculpe usted que lo deje. Buenas noches.
En el corazón de Gracía brilló como fuego fatuo la compasión. El rostro pálido y desencajado de mister Chamberlain, signo revelador de que sufría por la enfermedad de Isabel, le causó pena. Se arrepintió de hacerle mal á ese hombre que, aunque bebedor, denotaba poseer buenos sentimientos. Pero, aquella bondad, le duró solo un minuto, y la reacción criminal, volvió en seguida á poderarse de él, trayendo á su imaginación el esbelto cuerpo de la adúltera, cuando se debatía gozosa en el lecho del placer.
-Veo que está usted muy distraído, señor García.
-¿Cómo no estarlo, si una amiga tan buena, como su hermana, se halla enferma.
-El mal no es de cuidado. Es una fiebre que luego pasará.
Mister Chamberlain, envuelto en una bata y con gorro, asomó su cabeza en el salón, hablando á Luis.
-Mañana, deseo tener el gusto de hablar con usted, señor Gracía. Sírvase pasar por mi escritorio de á de la mañana. Se trata de un asunto de importancia.
-Seré puntual, míster Chamberlain.
Luis se depidió de la doncella, la que lo acompaño hasta el pasillo, departiendo familiarmente, sin mostrar el ceño adusto de otras veces. No había podido descubrir si ella era el autor del anónimo, porque la conversación no se lo había permitido, y esto lo martirizaba, mientras se dirigía á su casa. Reflexionaba que, así como se dió ese aviso al inglés de la salida de su esposa, podía comunicarsele otra vez adonde iba, y entonces todo estaba perdido.
En la alcoba de los esposos Chamberlain, se desarrollaba una escena de ternura, por parte de él; de disimulo, por parte de ella. Cuando Isabel sintió que su esposo se acercaba al lecho, había cerrado los ojos, fingiendo dormir. El inglés, llegó de puntillas hasta la cama, la contempló breve momento, y depositó un beso en su boca. Despertó sobresaltada, y mirando al míster, lanzó un doloroso suspiro.
-¿Comó te sientes, hija
-Estoy un poco mejor.
-¿Y la cabeza
-Ya no me duele mucho.
Míster Chamberlain, pusó su mano en la frente de Isabel, le tomó el pulso, y exclamó:
-La fiebre ha disminuido notablemente. Mañana guarda cama, y pasado puedes ya levantarte.
-No; mañana me levantaré.
El inglés se sentó en una silla cerca de la cabecera, y poniendo su cabeza en la almohada en que reposaba la de Isabel, juntó su mejilla á la de ella, diciéndole ternezas Isabel, le escuchaba absorta. Desde la luna de miel, pasada tan ligera, no había oído de boca de su esposo frases tan tiernas. Como Luis, tuvo un instante de misericordia y pensó que era una infamia engañar á ese hombre, que si era cierto que estaba dominado por el vicio de la embriaguez, también lo era que poseía una alma noble. Su arrepentimiento duró muy poco, y cuando el maridó besó sus labios, para darle las buenas noches, estaba decidida á tener una entrevista con Luis al día siguiente.
García, fué puntual en asistir al escritorio de mister Chamberlain. El inglés lo recibió amablemente, y después de invitarlo á tomar asiento, le dijo:
-Hablando anoche con Isabel, sobre el reemplazante que debía poner al administrador de la oficina Germinal que se dirije á Europa, me ha insinuado ella que lo nombre á usted. Yo, he encontrado muy buenas su recomendación, y desde luego, no titubeo en ofrecerle á usted ese puesto.
Luis, que no esperaba noticia tan grata, brincó de su asiento, presa de una alegría infantil, y estrechándole la mano á us amigo, le respondió:
-Con el mayor placer, mister Chamberlain. Estoy á su disposición.
-Entonces, puede usted prepararse para el primero.
FIN DEL LIBRO SEGUNDO
Libro Tercero
I
Luis García, llegó á la oficina Germinal, á hacerse cargo de la administración, completamente ciego en materia de salitre, al igual que muchos otros de sus colegas, que debían sus puestos á influencias de familias.
Aquello, fué para él algo como un cuento de hadas. Se vió con un poder inmenso sobre esa gran faena salitrera, y pensó que era un pequeño rey de ese territorio. Por donde quiera que extendía su vista, encontraba obreros que trabajaban afanosamente, animales que corrían llevando el caliche, locomotoras que resoplaban, poleas que chirreaban, chancadoras que desmenuzaban.
Nunca se había él figurado, que podía ser jefe de un establecimiento de esa naturaleza. Tenía conciencia de que ignoraba completamente la dirección de esos negocios; pero se consolaba, al saber que los empleados subalternos eran antiguos en la oficina, y que sabían sus obligaciones.
El primer día de su llegada, lo dedicó á examinar minuciosamente el escritorio, la casa habitación y la máquina.
El contador, un gringo tunante de marca mayor, que la mayoría de las noches se dirigía al pueblo cercano, á rendir culto á Baco y á Venus, sonrió, al ver la juventud de García, y en su corazón sintió penetrar oleadas de esperanza. Pensó que el nuevo administrador, si no era aficionado a las orgías, era fácil el perderlo.
-¿Qué dice Iquique, señor ¿Siempre es un pueblo monótomo.
-Siempre. Diversiones no hay ninguna, aparte de los juegos de pelota y de las carreras de á caballo.
-Sin embargo, algunos amigos que tengo allá, me dicen que se divierten de noche muchisímo.
-¡Ah. En los salones, no falta entretenimiento; pero ahí no va la gente seria.
El contador se mordió los labios, al ver que García se mostraba enemigo de los burdeles. Este muchacho, se dijo, no me la pega á mi. Como es el administrador, quiere aparecer como un medelo de rectitud. Yo cazaré, si es que es cierto que no le gustan las mujeres de la vida alegre.
El fichero y el cajero, eran dos jovencitos santiaguinos, muy pijes y muy remidos, que secundaban al contador en sus noches báquicas, siendo el terror de las casas de tolerancia, en las que continuamente formaban escándalos, atenidos á que el oficial de Policía era amigo de ellos, y á que este defensor del orden, casi siempre los acompañaba en los desórdenes que cometían. Los dos empleadillos, que esperaban tener un nuevo administrador, viejo y rígido, se frotaron las manos de gusto, al ver á Luis.
-Estamos en la pura boya, compañerote.
-Así parece, aunque hay que mostrarse reservado los primeros días, porque puede ser que debajo de esa juventud se esconda una austeridad á toda prueba.
-El contador me ha dicho que, hablando sobre las diversiones de Iquique, le ha contestado que á los salones no van los hombres serios. Esa es una pasada, para aparecer como jefe de conducta irreprocable.
En la casa habitación de los empleados, encontró Luis á una rolliza cocinera, de buenos bigotes, que, á pesar del Tizue de las ollas, que embadurnaba su cara, se admiraba que poseía buen palmito. García sonrió de satisfacción, recordando sus amores con Genoveva, y por su mente pasó la idea de hacerla suya a primera ocasión. Poco le duró este pensamiento, porque el mozo se encargó de decirle que él y su señora, la cocinera, tendrían mucho gusto en etenderlo lo mejor posible.
La máquina elaboradora de salitre, fué para García una cosa nueva. Transportado del Banco á la oficina Germina, se encontró con que, no solo era su misión hacer anotaciones en los libros, sino también velar porque el conocimiento del caliche se hiciera en debida forma y porque en la Pampa se llevaran en buen estado los trabajos de extracción. El mayordomo de esa sección, lo recibió con mucha amabilidad; le hizo dar un paseo por el laberinto de escaleras, cañones y fierros que constituía la máquina y le habló de las economías con que hacía el trabajo, empleando la menor cantidad de operarios.
Los pulperos, se mostraron muy atentos con el nuevo administrador. Le hicieron presente que vendían las mercaderías á muy alto precio, que robaban tres y cuatro onzas á cada libra, y que las ganancias de esa sección de la oficina, podían competir con las mismas que producí la elaboración del salitre. Lo único que callaron, fué que gran parte de esas utilidades pasaba á sus bolsillos.
García, se vió enterado, en un día, de la marcha del negocio. Los diversos empleados, deseosos de atraerse sus simpatías, se habían afanado por ponerlo al corriente de todo, mostrándose lo más solícitos posible. Le faltaba conocer la pampa, adonde iba á ir al día siguiente, según se lo había manisfestado al corrector.
La primera noche que Luis García durmió en Germinal, en el salón de la estación cercana, se notaba una gran tristeza. El piano estaba mudo, las botellas permanecían inmóviles en el escaparate, y por la sala de baile, vagabn las mesalinas, silenciosas, como sombras. La dueño del burdel, preguntaba á cada momento si no habían llegado los empleados de Germinal, y en sus gruesos labios se dibujaba un gesto de impaciencia, al enterarse de lo contrario.
-Entonces, dijo la vendedora de carne humana, ha llegado un nuevo administrador, y por eso no pueden venir. El contador, mister Jones, me dijo anoche que si llegaba el jefe, dejaría de visitarnos esta noche. Son las doce de la noche, y lo más conveniente es irse á dormir. Vamos á acostarnos, niñas.
Y la gorda abadesa, poniéndose en pie con dificultad, se dirigió á dormitorio, apoyándose en los muebles que encontraba á su paso.
Al día siguiente, Luis, montado en su soberbio caballo, se dirigió á la Pampa, acompañado del corrector, quien cabalgaba en una mula. Recorrió las calicheras, donde vió á los particulares, hundidos en esas enormes cavernas, despedazándose las manos con los trozos de caliche, y comparó su situación con la de esos infelices que se asaban vivos en la pampa, mientras él, ganaba un buen sueldo, sin más trabajo que el de decir unas cuantas palabras y firmar algunos papeles. Tuvo un poco de compasión á esos desgraciados; reflexionó que eran dignos de que se les tratara con más humanidad; pero el corrector lo arrancó muy pronto de sus buenas intenciones, diciéndole que la casa, podía estar satisfecha de las ganancias de la oficina, porque él había rebajado más el precio de las carretadas de caliche, t estaba de acuerdo con el boletero, para botar cinco ó seis carretadas al día.
-¿Y no protesta la gente, al ver que se le multa caliche de buena calidad.
-Como nó. Vienen adonde mí; yo me hago el sordo, les prometo hablar con el administrador; para que vea el caliche. Pasa un día, y al siguiente, ya las costras han sido echadas al chancho.
-¿Y si vinieran á mí, para que les hiciese justicia.
-No les hace usted caso. Les dice que va á averiguar el asunto con el boletero, y santas pascuas.
Al regresar á la oficina, una detonación que hizo extremecer el suelo, como si un volcán hubiera reventado, encabritó al caballo de Luis, quien tuvo que agarrarse con ambas manos de la montura, para no caer; y vió cerca de él, elevarse una columna de tierra, humo y fragmentos de costras, que cayeron después como una lluvia de piedras. Se había tronado un tiro. De los recodos del camino, surgieron las caras pálidas de los obreros que se habían alejado á escape del sitio en que se prendió la dinamita.
II
El contador de Germinal, mistre Jones, celebró una conferencia con García, para explicarle el modo como debía proceder la nueva administración, para que mister Chamberlain pudiese ganar la mayor cantidad de dinero posible.
Sentados ante una mesa del salón, sobre la que se vía un frasco de whisky, dos copas y variar botellas de soda inglesa, prueba evidente de que empezaban á entenderse, tuvieron una larga conversación, tendente á establecer la norma de conducta que debían seguir.
-Aquí, mister Luis, manejamos á los rotos con todo rigor. Se les paga poco, se les vende caro en la pulpería, se les ha suprimido las fichas, sustituyéndolas por vales de cartón, para evitar que compren en la estación, y se persigue con furor á los contrabandistas.
-¿Qué se entiende por contrabando
-Toda mercadería que se quiere introducir de afuera á la oficina. Hay un sereno nocturno, bastante activo, que no deja pasar ni un alfiler.
-Usando el rigor con los operarios no habría temor á que pueda ocurrir algún levantamiento.
-Ninguno. La estación queda cerca, y llamando por teléfono á la Policía, ésta se presenta aquí en dos minutos. Apropósito de Policía, mañana estamos á primero, y hay que abonar las subvenciones que esta oficina da al ificial de la guarnición, al sugdelegado, al juez y al agente postal.
-¿A cuánto asciende la subvención
-Aciento cincuenta pesos, para los tres primeros, y á veinticinco para el último.
-Puede usted abonarla, ya que es costumbre darla sereno de noche, un moreno grande y fornido, con el rostro lleno de cicatrices y con una mirada torva, como la de los bandidos. En su mano derecha, llevaba un garrote nudoso, signo de su autoridad.
-¿Qué hay Antonio le preguntó mister Jones
-Que ha puesto la barra á ub hombre, porque me faltó de hecho. Queria introducir un atado de mi penderías, y como yo se lo impidiera, cargó sobre mí.
-Que duerma esta noche en labarra, y mañana se le arregla su libreta y se le bota, respondió mister Jones, quien procedía así, sin esperar la venia de Luis.
-Está bien; pero es el caso que en el campamento la gente está alborotada por esto, y parece que quieren hacer un reclamo ante el señor administrador.
Al oir la palbra alboroto, brincó de su silla el gringo, y sin detenerse á levantar las botellas que habían caido al suelo, debido á lo brusco de su movimiento, corrió al aparato telefonico que había en la sala, y se puso en comunicación con la Policía de la estación.
Pocos minutos después, tres guardianes de á caballo, con las carbinas cargadas, penetraron por las calles desiertas de Germinal y echaron pie á tierra en la puerta de la casa administración. Los guardianes; acompañados del sereno, recorrieron el campamento; pero no encontraron nada. Las puertas de las covachas, herméticamente cerradas, denotaban que los moradores reposaban tranquilamente, y que el terror de Antonio era infundado.
Paseando por el corredor de la administración, continuaron García y mister JOnes, la interrumpida conferencia.
-Para estar bien con el jefe de la guarnición, cuya voluntad hacia esta oficina, acaba Ud. de conocer, con el envío inmediato de policiales, es necesario festejarlo de vez en cuando invitarlo á comer á esta organizar paseos á los establecimientos cercanos, y acompañarlo de tarde en tarde á las remoliendas, de que es gran partidario.
-Mi antecesor, ¿hacía todas esas cosas.
-Sí, señor; y mister Chamberlain lo había autorizado para ello, á fin de poder estar seguro de que el orden no sería interrumpido en esta oficina. Es conveniente de que Ud. ó yo, vayamos mañana Domingo al pueblo, á dar las gracias al señor Cabrera, por su oportuno envío de los guardianes.
-Vaya usted. Yo no quiero salir mañana.
-Perfectamente. En nombre de usted, le daré los agradecimientos por su atención. Ahora, podemos dormir, sin temor de que ocurra ninguna revuelta.
Antes de que se retiraran los policiales, fueron obsesionados con sendas botellas de coñac y whisky, en recompensa de la velocidad con que habían llegado. Los obreros de Germinal, se levantaron al día siguiente, sin saber que habían tenido entre ellos á la Policía, ni que el sereno los había indispuesto con el patrón.
III
-Bueno, Antonio, es necesario que nos entendamos, decía el jefe de pulpería de Germinal, al sereno de noche.
-Perfectamente, don Santiago. Yo estoy dispuesto servirle en todo lo que crea usted conveniente.
-Me alegro. Como tú comprenderás, yo soy interesado en las ganancias que se obtengan en la pulpería, y me conviene que aquí las cosas marchen muy seriamente, para que haya utilidades. Los empleados que tengo, como jóvenes que son, sé que salen de noche al campamento y arman remoliendas; ó bien se van al pueblo cercano, á emborracharse en los burdeles. Esas zandungas, no las hacen con su plata, sino que roban á la pulpería para organizarlas.
-Es una barbaridad lo que hacen esos señores.
-Estoy dispuesto á concluir con esas salidas de noche, y ya les he notificado de que el primero que lo haga, será despedido. Como no es posible que yo vigile; porque tengo que dormir, he pensado de que tú, podías hacerme el favor de expiarlos y darme aviso si alguno burla mi orden. En recompensa á tus servicios, te abonaré veinte pesos mensuales. ¿Te parece bién
-Aceptado, don Santiago. Todas las noches rondaré por los cuartos de ellos, y si veo que alguno sale, se lo aviso.
-Muy bien. Ahí tienes adelantada la primera mensualidad.
El sereno, salió de la pulpería, frotándose las manos de placer; al ver que podía contar con un sueldo más. Era un hombre sin educación, un rústico en toda la, extenciónde la palabra, que no pensaba en otra cosa que en juntar dinero para irse á Valparaíso, á remolerlo. Su carácter atrevido, le había conquistado la estimación de la administración de Germinal. Cuandorecién llegó á la oficina, se dedicó con ahinco á perseguir á los comerciantes ambulantes, que penetraban á escondidas, y á los obreros ó á las mujeres de éstos, que se aventuraban á comprar en la estación los artículos de su consumo. Después, comprendiendo que por ese camino no sacaría provecho, y que le sería dificil reunir los dos mil pesos que necesitaba; para ir á Valparaíso, á ver a los suyos, empezó á tolerar á los mercachifles y á los contrabandistas, mediante módicas recompensas.
La noche en que se había presentado á García y á mister Jones, diciéndoles que tenía á un hombre en la barrera por contrabandistas, era una gran mentira. El preso, era marido de una mujer de buenos bigotes, á quien el garrotero cortejaba, é ideó la estratajema de acriminarlo, que había introducido varios paquetes de mercancías, para apalearlo y llevarlo á la barra, con la intención de hacer suya á la hembra. Pero sus cálculos le salieron fallidos, porque cuando se presentó á casa de su Dulcinea, después de dejar al marido con pie en la argolla, se encontró con la puerta cerrada á piedra y lodo, y por más que golpeó, no obtuvo respuesta ninguna.
Ciento veinte por la administración, veinte por don Santiago, y unos sesenta de gratificaciones de los contrabandistas, son doscientos pesos mensuales. Estas cuentas se hacía el sereno Antonio, mientras se dirigía á la pulpería, á comprar cigarrillos.
-¿Qué tiene, don Panchito, que lo veo tan aflijido
A tí que te importa ¿Acaso con saberlo, me podrías consolar.
-¡Quién sabe Bien puede ser que este pobrecito, pueda hacerle á usted un gran favor.
Y al decir esto, el sereno guiñaba el ojo izquierdo, sonriendo maliciosamente, al pensar que don Panchito, ya no podía salir de noche al campamento, en donde andaba en amores con una chiquilla lindísima, hija de la vieja recobera.
-Tienes razón Antonio, le contestó el pulpero, dándose una palmada en la frente, y cambiando súbitamente de semblante. Tan pensativo estaba, que no reparé en que tú puedes hacerme un favor grandísimo.
-Hable usted,
-Voy á comunicarte un secreto que no se lo confiaría á nadie; pero que lo hago contigo, porque te considero bastante hombre. Yo tengo amores con Enriqueta, la hija de doña Anastasia. Nuestras relaciones marchan viento en ponpa. La muchacha, me quiere; y la vieja, también me aprecia. En casa de doña Anastasia, como tú sabes, hay dos chiquillas más, sobrinas de ellas, á las que cortejan mis compañeros Benito y Juan de Dios. Nosotros, hasta ayer nos hemos ido todas las noches á remoler con ellas; pero don, Santiago nos ha prohibido hoy terminantemente las salidas de noche, amenazándonos, con despedirnos, en caso de que infrinjamos su orden.
-Y en qué le puedo servir yo.
-Tú. En mucho. Callándote, si él te pregunta si salimos de noche.
-El caso es serio, y con ello me expongo á perder mi empleo. Yo soy pobre, y no me convienen esos líos.
-Es que entre yo, Juan de Dios y Benito, te podemos dar una gratificación mensual.
-Si es así, acepto; pero entendido de que yo no me comprometo para nada. Si don Santiago se entera de las escapadas, no me culpen á mí.
-Descuida de eso. Nosotros asumimos toda la responsabilidad. Esta noche, vamos á salir, y te daremos las primera mensualidad adelantada. ¿Aceptas el negocio.
-Aceptado.
IV
En la noche, cuando los tres pulperos, Pancho, Benito y Juan de Dios, calcularon que su jefe dormía á pierna suelta, salieron en puntillas de sus habitaciones, en dirección á casa de doña Anastasia. Cada uno, llevaba debajo del paletó sendas botella de licor; con las que se proponían festejar á sus enamoradas, que se encontraban de jolgorio, con motivo de haber llegado de Iquique una amiga de la señora Anastasia, que gozaba de la fama de poseer una linda voz para cantar cuecas.
El sereno que, envuelto en un grueso capote, estaba sentado á la baranda del corredor de la casa administración, vió á los tres bultos deslizarse hacia el campamento, corrió hacia ellos, y les dió alcance.
-Buenas noches, señores.
-Buenas Antonio. Aquí tienes lo prometido. Ahora, silencio y discreción.
-Una palabra: deben estar ustedes de vuelta antes de las cuatro de la mañana, y no beber mucho, porque si don Santiago ve que tienen cara de haber trasnochado, soy yo el que me perjudico. Si á las cuatro, no regresan, los denuncio.
-Pierde cuidado. Adios, Antonio.
-Que les vaya bien, y que abrasen y besen bastante á las muchachas.
-Por los intersticios de la casa de la fondera, se escapan hilitos de luz, prueba clarísima de que la familia velaba, esperando á los galanes. Estos, se acercaron á la puerta, y tocaron. La señora Anastasia, les abrió en persona, y al mismo tiempo que los abrasaba, les decía:
-Ya había perdido la esperanza de que vinieran, y les decía á las niñas que nos acostásemos.
-Habíamos prometido venir, y habríamos venido sobre la cabeza de San Pedro.
Colocadas en fila sobre la mesa, las botellas traídas por el pulpero, éstos, dirigieron sus miradas en derredor de la habitación, extrañandose de no ver á sus amantes. Doña Anastasia, que notó la ansiedad de los tenorios, los tranquilizó.
-Ya vienen. Están arreglándose, en unión de la cantora. Voy á llamar á los vecinos, según hemos convenido, para que no se enojen de la bulla y vayan á denunciarnos.
-Bien, doña Anstasia. Convide usted á todos los que quiera. Con el licor que le mandamos hoy, y con el que hemos traído ahora, hay para darle de chupar á medio mundo.
En ese momento, los tres pimpollos, vestidos con trajes de percal, y cubiertos de cintas multicolores, aparecieron en la sala, acompañados de la cantora, una jamona bastante apetitosa y que se conservaba intacta, como esos trozos de carne helada, que parece fresca, á pesar de los meses que tiene de muerta.
Mientras se hacían las presentaciones del caso, llegó doña Anastasia con los convidados. Estos eran don Hermógenes y don Emeterio, las mujeres de ellos, y dos muchachas más, cuyos padres les habían dado permiso para que fueran con doña Anastasia, á divertirse un momento.
Don Hermógenes y don Emeterio, eran dos entusiastas aficionados al trago y al baile. Jamás faltaban en ninguna fiesta del campamento, donde hacían divertir á los festejantes con su entusiasmo para animar la cueca y su afición á hacer uso de la palabra. Don Emeterio, era el más amigo de pronunciar discursos, en los que sacaba á relucir que había hecho la campaña del, cosa que le desmentía don Hermógenes, armándose discusiones, á las que seguían los mogicones y una reconcilación de los dos amigos.
Generalmente, estas escenas jocosas, hacían los efectos de intermedios en las reuniones, y la cueca continuaba con la misma fuerza, sin que los rivales se acordaran de los golpes propinados.
Con el buen humor que predominaba en todos, nadie se hizo rogar para beber; y en un cuarto de hora, los amigos de doña Anastasia se hallaban, como vulgarmente se dice, en punto de caramelo; es decir, dispuestos á todo: á echar una cueca, á darse besos y abrazos furtivos, y á aflojar la bolsa para hacer una cazuela, ó para pedir ponche, que la dueño de casa había hecho.
Las primeras cuecas, terminaron algo frías, debido á que don Hermógenes y don Emeterio, estaban engolfados en una discusión, sobre la procedencia de la estrella que tiene la bandera de Chile. El primero, decía que los Estados Unidos, la habían arrancado de su escudo, para obsequiárla á Chile; y el segundo, que esa estrella se la había encontrado Ohíngenes en la cordillera.
Con la salida á escena del pulpero don Panchito y de doña Anastasia, que iban á bailar una cueca, terminó la porfía de los dos discutidores, y todo el mundo se echó saliva en las manos, para palmotear con más fuerza.
-¡Vamos á ver cómo se porta la veterana.
-¿Cómo me he de portar Como siempre. Así viejecita como soy, desafío á cualquier joven.
La concurrencia sonrió ante las palabras de doña Anstasia, quien con la mano izquierda se había levantado el traje bien alto, y con la otra, hacía jugar en el aire á un pañuelo de seda bordado.
Con las exclamaciones de don Hermógenes y de don Emeterio, la cueca fué bailada, con tal animación, que el zapateo hacía temblar las débiles paredes de calamina.
-Ahora birlocho, bizcocho, maravilla, frutilla, tomate, petate, velita, velón, aróóóóh………………..
-Con uno que se pare basta.
-Echele, cumpa Meterio, un guen trago de ponche, que es mejor que ese whisky de los gringos.
-La obligo, señorita Juanita.Le cumplo, y obligo aquí á don Benito.-Y la cantora tendrá boca de caballo vigilante………-¡Ay Ispense, ña Bartolita; éi va el brindis de ño Hirmogio,
que lo hizo pusté.
-Le pago con mucho gusto y me repito.

-Salú, ño Hirmogio, aquí ña Bartolita le guelve á
comprometer.
Chiqui chiquichín, chiqui chiquichán.
En el hospital de Cádiz
hay un ratón con terciana
………………………………………..
-Ahora Sobaco, macaco, trina, trena, los ojos del paco, chispa, fuego, brasero candela, puchito de vela, hacha, fuego, á la casa de alto, á la casa de bajo, pónete la leva quítate el paltó.
La reunión, merced á don Hermógenes, á don Emeferio, y á las consortes de éstos, quienes secundaban admirablemente á sus maridos, ayudándolos á mantener el entusiasmo entre la concurrencia, tomaba auge con rapidez. Las botellas se vaciaban con una agilidad pasmosa, y luego eran arrojadas debajo de la mesa, donde se hacían pedazos, lo que provocaba á una de las muchachas convidadas, diciendole:
-Mire, señorita, de que la ví la quise; si usté me quiere, yo la considero á mi cargo, y si nó, pa chasconas hay montón.
La muchacha, que era una mauchita que aún no había botado el pelo, le contestaba:
-Si es mostro lo que me ha de querrer, lléveselo diciendo así toitito el día no más.
Don Hermógenes, que se había acercado á la cantora y le decía al oído ciertas cosillas que la hacían sonreir, gritó:
-¡Uífaa mi alma, así cantan los sapos en la gloria; échele agua á la noria…
En ese momento sonaron recios golpes á la puerta, la guitarra enmudeció y todos los rostros se tornaron graves.
Tal deben quedar inmóviles los ratones, entregados á sus correrías, cuando sienten el maullido de un gato.
Doña Anastasia, como dueño de casa, se acercó á la puerta, y con voz fuerte y arrogante, preguntó quién llamaba.
-Yo, doña Anastasia.
-Abrale señora. Es Ignacio.
Ignacio, era un operario muy aficionado á empinar el codo, gran amigazo de don Emeterio y cuñado de don Hermógenes. Llegaba á la reunión bastante ebrio.
-¿De dónde venís, diablo
-De la fonda.
-Entonces, estarís más pobre que una rata.
-Mire comparde, por la entre flauta, aquí hay todavia unos cobrecitos pa ponche. Yo, aunque pobre, naiden tendrá que decir que le hei robado una hilacha á naiden, y donde usté lo ha de ver, póngale no más. ¡Onde ha de haber como un rato de gusto………… ……..
Después de varios cuchicheos de las mujeres, doña Anastasia, alzando la voz, exclamó:
-¡Ya está la cazuela Vamos, caballeros y señoritas, a batirnos con la cuchara.
Ante la mesa, formada con cajones vacíos de cerveza, se instalaron los comensales del mejor modo que pudieron. Las fuentes de cazuela, humeaban, incitando el apetito, y todos los ojos se clavaban con avidez en las presas que, despertando el hambre, asomaba sobre el caldo.
-Que hable don Meterio, dijo la cantora, al mismo tiempo que cogía un tuto de la gallina, con la mano.
-¡Eso es, que hable don Megaterio, que ha sio melitar.
-Estoy ocupado con esta rabadilla.
-¡Nó, señor, que hable, que hable
Don Emeterio, se puso de pie, limpió la grasa de sus húmedos labios con la manga del paletó, y dió principio:
-Siñores, ceviles y señoritas talvé: Ya que nos encontramos reundíos en esta reundión que nos reodea, voy á agarrarme el habla por si acaso. Yo, siñores, ei peliao en Taina, Tarapacá, Chorrillo y Miraflor talvé, y por ei por esos intermedios fué cuando Prá empuño la epiquía y se avalanchó sobre el navió marítimo de apelativo denominado Huasca, haciendo volar al mestro y al contramestro altiro talvé………………….
Ignacio, que en un rincón de la pieza cabeceaba de lo lindo, se paró, y dirigiéndose al orador, le apostrofó:
-Qué habís de haber peliao vos, costal de mentiras.
Cuando mucho habrís llegao á ser tapaera de algún soteniente.
-Y vos qué tenís que meterte en cosas agenas, bolsero, indino de la gente, huacho, lanbe platos, y por último no pasáis de ser más que un puro indivío.
-Eso sí que no te aguanto, miéchica. A mi naide me llama indivío. Yo soy Ignacio Perales, por la gracia é Dios, y pa que vean lo que soy, toma ese.
Se armó la pelotera. Don Emeterio é Ignacio, se propinaron sendos mogicones, y rodaron por el suelo, hechos ovillo. Los pulperos, quisieron intervenir para separar á los contendientes; pero don Hermógenes se lo impidió.
-Déjelos que esahogen un poco el cuerpo. No hay cuidao de que se hagan mucho daño.
Después de que la pareja de ebrios, se debatió algún rato en el suelo, el mismo don Hermógenes puso fin á la contienda, agarrándolos de un brazo y separándolos.
-Pa gusto está bueno. Ahora á beber un trago de ponche y hacer las paces. Las mujeres, á arreglar los muebles, que están en desorden.
Ignacio y Emeterio con el rostro lleno de tierra y de sudor, se dieron la mano, sonriendo, sin que en sus caras arreboladas se notara el menor rastro de rencor.
-Pucha que habíais sido diablo. Por nada no me hundes un acostilla.
Doña Anastasia, que se acercaba con la bandeja de vasos de ponche, tomó parte en la pacificación:
-Gueno, niños, ya está gueno pa gusto. A remojar la garganta, y á darse un abrazo, como guenos amigos que………………
Fuertes garrotazos que sonaron en la puerta, impidieron á que la dueño de casa continuara hablando. Abierta la puerta, se presentó el sereno, y pidió hablar con los pulperos. Estos, que se encontraban en animados coloquios con sus enamoradas, quisieron prorrogar sus horas de places; pero el sereno, con enérgicas frases, les recordó su obligación.
-No, señores, El trato, es trato. Yo acepté el negocio, con la condición de que se acostarían temprano y de que no beberían demasiado. Si ahora mismo no se van á dormir, los denuncio.
-¿De adonde ha salido este padre exclamó Ignacio, que guardaba ojeriza al sereno, por ciertos garrotazos que le había propinado; estos señores están ya creciditos y no necesitan ama seca.
Benito y Juan de Dios, se convencieron pronto de que el sereno tenía muchísima razón, y después de despedirse tiernamente de sus adorados tormentos, tomaron el camino de la pulpería, mohinos y afligidos.
Don Panchito, que era el segundo pulpero, no quiso escuchar lo que decía el sereno. Le daba pena separarse de su querido pimpollito, quien con frases cariñosas lo instaba á que se quedara.
-Si me quieres, no te vayas. Aquí puedes dormir Cama hay en la otra pieza. Cuando estén todos dormidos, te voy á ver á tu lecho, y á decirte una cosa que te conviene.
El sereno, que ya se fastidiaba con la majaderia de don Panchito, le hizo la última notificación, y viendo la testarudez del joven, abandonó el campo, yéndose directamente á la pulpería. Golpeó en la puerta del dormitorio del jefe, don Santiago.
-¿Quién va, exclamó el primer pulpero?
-Yo, don Santiago. Venía á decirle que don Francisco salió anoche, y se ha quedado en casa de la recobera. Cumplo con mi palabra de denunciar á los empleados, cuando salgan de noche.
V
Elvira y Genoveva, durante el intérvalo que Luis se dedicó á frecuentar la sociedad, y á cortejar á la señora de Chamberlain, tomaron por camotes á dos muchachos, que desempeñaban sus papeles á las mil maravillas.
El de Elvira, se llamaba Pedro: y el de Genoveva, Lorenzo. Pedro, tenía padre, madre y hermanas, en cuya casa almorzaba, comía y á veces dormía. Lorenzo era solo como un hongo, sin parentezco de ninguna clase. Su familia residía en un pueblecito del Sur, y él había llegado á Iquique, huyendo de la casa paterna, adonde se le obligaba á marchar por la senda de la virtud.
Lorenzo, tenia alquilado un cuarto amoblado, en un chirivitil de la calle Patricio Lynch. En su habitación, aparte de la cama, una mesa, dos sillas, el lavatorio, un espejo y el paño de cara, que pertenecían al propietario de la casa, no se veía otra cosa que un paletó raído, colgado de la pared, y unos cuantos cuellos y puños, esparcidos sobre la mesa. Ese era todo el ajuar del muchacho. No poseía más que el terno negro que llevaba y los lustrosos zapatos con que calzaba sus piés. Como el vestido no era muy viejo, y él tenía buen cuidado de cepillarlo bien, y de usar cuellos y puños limpio, su exterior no era del todo miserable. Sin embargo, en su cara pálida y perfilada, se adivinaba al joven ocioso y malo.
Pedro , no estaba tan depravado como su compañero. El hecho de poseer familia en Iquique, lo detenía en la pendiente del libertinaje, por la que iba resbalando, poco á poco. En vano, usaban sus padres toda clase de amonestaciones, para con el perverso muchacho. Aleccionado por sus amigos, oía esas reprensiones como quien escucha llover, y continuaba impertérrito en su feo papel de rufián, Como sus padres vivían con algún desahogo, le proporcionaban todo el que necesitaba, creyendo que en cambio de esos beneficios abandonaría la vida que llevaba.
Lorenzo y Pedro, pasaban la vida de grandes señores, en unión de otros diez ó doce muchachos de su edad, que se dedicaban á explotar á las prostitutas, á las que hacían el papel de amantes, que en jerga del oficio se denominaba de camotes. De día, recorrían las calles y paseos, aspirando el aire y recibiendo sobre sus cabezas los abrasadores á los viajeros que llegaban; en la estación del Ferrocarril, buscando entre los pasajeros que venían del interior algún pampino conocido á quien explotar; en los bancos de las plazas Prat, Condell y Santa María, contemplando á los transeuntes y lanzando piropos á las mujeres; en la avenida de Cavancha y en los baños públicos, respirando las brisas marinas; y en todos los lugares adonde hubiera expectáculos que pudieran gozar gratuitamente, tales como en las canchas de carreras y de foot-ball, en las formaciones del ejército, en los reñideros de gallos y en los pleitos en plena vía.
En la noche, los rufianes, esperaban las doce, oyendo las retretas, mirando á la gente que se divertia en los carrouseles, en las cantinas La Gloria y La Fama de la calle de Vivar, ó devorando cuadras enteras, á menudos trancos. Cuando los piteos de los guardianes, anunciaban la media noche, se dirigían al Bar del Progreso, establecido en la calle de Tarapacá. Su propietario, un italiano de edad madura, que poseía casa de cena, los recibía con ceño adusto, refunfuñando y dando á manifestar un mal humor de todos los diablos.
-Llegó la palomilla, decía el hijo de Víctor Manuel. Cinco, seis, siete, ocho. Son ocho. Vamos á ver cuál es el gasto que van á hacer.
-¡Cállate viejo y trae el naipe ¿Cómo anda el negocio ¿Se ha vendido mucho.
El italiano movía la cabeza en señal de negativa y píaba como canario, para dar á entender que la venta había estado mala.
El mal humor del dueño del Bar del Progreso, no era real, sino fingido. Cuando la tropa de rufianes llegaba á su casa, él, con su gran experiencia de viejo cantinero, sentía en el interior de su alma un gran placer, porque esos jovenzuelos daban animación á la cantina, y formaban bulla, lo que atraía más parroquianos. Si les manifestaba disgusto, era para que la buena clientela que tenía, la que pagaba lo que consumía, no creyera que él aceptaba de buen gusto á esa gente.
Los rufianes, tomaban asiento alrededor de una mesa, y empezaban, después de las doce de la noche, su invariable partida de brisca, que terminaba á las dos ó tres de la mañana. Otras veces, reemplazaban el billar por el naipe. Terminado el juego se acercaba el italiano, y arrugando la frente y las cejas, clavaba en ellos, tras los vidrios de sus anteojos, sus ojillos azules.
-Vamos á ver qué se ha jugado aquí
-Trae una botella de vino.
-¿Cómo una botella de vino Han jugado hasta las dos de la mañana, y piden una botella de vino para ocho.
-¿Qué más quieres? Antes debes darte con una piedra en el pecho.
-¿Qué clase de vino traigo?
-Del corriente de ese de á treinta cobres.
-No tengo vino tan ordinario. El más barato es Carolina. Lo vendo á ochenta centavos; pero á ustedes se lo daré á cincuenta.
-¡Bueno, viejo cicatero! Sirve una botella de ese Carolina.
Los rufianes, le servían al italiano de palos blancos. Cuando habían clientes incautos, se les acercaban, trababan amistad y comían y bebían á costillas de ellos. Otras veces, fomentaban partidos de brisca y dominó, en las que jugaban con picardía, tratando de hacer que perdieran las personas honradas. Sin embargo, sucedía á veces que iban por lana y salían trasquilados. Entonces, el italiano, lanzaba un silbido como canario, servía lo que habían perdido sus amigos y mascullaba un rezongo, anotando en su memoria la pérdida, para cargársela al primer parroquiano que se presentara.
Los rufianes, tenían vara alta en el Bar del Progreso, y en todas las cantinas, adonde se les apreciaba por la misma razón que en la primera; entre las mujeres de vida airada, y aún entre los agentes de policía secreta, de los que eran grandes amigos. Los sabuesos del orden, gustaban siempre de reunirse á altas horas de la noche, en casa del italiano al que bolseaban copas y cazuelas. Ahí se encontraban con los rufianes, y por ese instinto que existe entre individuos de una misma jaez, fraternizaban expléndidamente, con gran contento del dueño de casa.
Con esta amistad, los rufianes, tenían carta abierta para fomentar un desorden, para dar de puñetes á sus queridas, y hasta para desbalijar á algún ebrio. En cambio de esa tolerancia, servían á los agentes secretos en algunas comisiones. De esta manera, la Policía, se veía asesorada por los seres más abyectos.
Ninguno de los mocitos libertinos, era conocido en ese círculo por su verdadero nombre. Todos tenían apodos, más ó menos expresivos. Se llamaban: Raja Diablo, Pajarito, Chascón, Manso Pije, Zorzal, Cara e huata.
Sus únicas conversaciones eran las mujeres de vida airada, cuya existencia conocían al dedillo del mismo modo que los corredores de comercio saben el alza, baja y transferencia de las acciones en que negocian.
-Estoy en la pura boya, hermanito. La pelada Rosa, me va á regalar un reloj de plata, marca Waltham, con cadena de oro.
-¿Lo compró expresamente para tí?
-Nó. Se lo dejaron empeñado por dos docenas de cerveza, y me ha prometido obsequiármelo, siempre que le lleve un hueso del finado Vilches, aquel soldado que fusilaron.
-Y cómo te las vas á entender, para conseguir ese hueso?
-Voy al cementerio de los pobres, y agarro allí la primer canilla que encuentre.
-Y si nota que no es de Vilches?
-¿Que hay diferencia entre los huesos de los soldados y los de los que no lo son?
………………………………………………………………
-Necesito que esta noche me acompañen el Chascón y el Zorzal.
-¿Para qué?
-Para que me ayuden á transportar las cosas de la Laucha. Se va á arrancar del salón de la chepa, para vivir sola.
-¡Pucha que eres farsante! ¿Para que necesitas que te acompañen esos dos hombres? ¿Cuales son las cosas de la Laucha?
-Varias. Tiene una caja, llena de ropa, una colcha de vicuña, dos esquineros, dos pares de floreros y una máquina de coser.
-¡Cállate embustero! Esa mujer no tiene nada, absolutamente nada. Lo que hay en su cuarto pertenece á la Chepa, á la que debe cerca de mil pesos. Sabes qué es lo único que tiene ella?
-¿Qué?
-La…….
Los rufianes rieron á carcajadas de la ocurrencia del Chascón, quien continuó.
-Con eso, ¿para qué quiere más? Es una maquinita de sellar plata.
-Siempre que no se malogre y haya que mandarla al Hospital, para que la compongan.
.No sería la primera vez que fuera á ese establecimiento, á carenar sus fondos. En el Hospital hacen prodigios los médicos con esa clase de barcos. Les pasan la rasqueta, para arrancarles las algas y mariscos que se adhieren á las paredes; les cortan los pedazos de madera podrida; y hasta les cambian la forma, de tal manera que, á veces, no se les reconoce.
-Sin embargo,cuando los médicos ven que el buque está en mal estado, y que puede causar daños á los tripulantes, lo echan á pique, dándole un pasaporte para el otro mundo.
-Nos estamos engolfando en cosas fúnebres, que no nos importan. Volvamos al punto principal, Chascón dice que la Laucha no tiene en qué caerse muerta, y Raja Diablo dice que tiene muebles. ¿En qué quedamos?
-¿Quieren saber? Escuchen. Cuando la Laucha, se arrancó de donde la Juana, la ayudé yo á salirse. Me hizo buscar un coche, para que condujera su equipaje, y casi se rompe el vehículo con el peso de los objetos.
-¿Eran muchos los muebles?
-No. Iban envueltos en un paquete, que llevaba ella debajo del brazo, y los formaban una caja de polvos con su bellota, un corsé y un par de medias.
-¿Ese era todo el mobiliario?
-Sí, y ya verán ustedes si tengo razón para decirle á Raja Diablo de que la Laucha no tiene más prendas que su máquina de sellar plata.
VI
A los camotes de Genoveva y Elvira, se les conocía por los nombres de guerra de Torito y Señorita. A Lorenzo se le llamaba Torito, por ciertas habladurias que corrían entre las prostitutas, respecto á la longitud de su dedo del corazón. A Pedro se le designaba con el apodo de Señorita, por lo afeminado de su rostro y de su cuerpo, lo cual había dado margen muchas veces á que se le achacaran cosas contrarias á su sexo.
Torito y Señorita eran inseparables. Cuando el segundo se sublevaba y dejaba de ir á casa de sus padres, por espacio de dos ó tres semanas, encontraba un protector en el primero, el que compartía con él su comida y su lecho. Esto, de dormir juntos en una misma cama, había provocado la maledicencia en los corrillos de los rufianes, adonde se comentaba esA amistad con dichos demasiados expresivos.
-La Genoveva, ha prohibido al Torito que tenga amistad con Señorita.
-¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
-Nada. Pero es el caso que ella está celosa con ese muchacho. Se dice de él tantas cosas, que han llegado hasta los oídos de ella.
-Y él, ¿qué le ha contestado?
-Que no puede acceder á su pedido, porque Señorita es un buen amigo, á quien sin motivo ninguno, no puede retirarle su amistad.
-¡Claro, qué lo va a dejar, cuando entre los dos se entienden lo más bien! Genoveva, no puede estar siempre á disposición de Torito, mientras que á Señorita lo tiene á toda hora.
-La Genoveva, en vista de la negativa de Torito á abandonar sus relaciones con señorita, le formó un desorden fenomenal. Lo araño, le rompió una botella en la cabeza, y le tajeó la ropa con un cortaplumas.
-¿Hubo mucha sangre?
-Regular. Ambos fueron á dar á la Policía, porque como el hecho sucedío en La Gloria, acudieron dos guardianes y cargaron con ellos al cuartel, adonde durmieron esa noche. Al otro día la cabrona en cuya casa está Genoveva, le pagó la multa y la sacó de la cárcel.
-¿Y Lorenzo?
-También salió, momentos después que su chei. Ella, consiguió plata prestada, y le dió para la multa.
-Esa mujer es lo que se llama un averdadera señorita. A pesar del pleito que tuvo con él, no le guardó rencor y le buscó dinero para que saliera en libertad. ¡Qué distinta esa conducta á la de la tonta Leonor, que cuando caí preso, fué á reclamar en mi contra!
Los rufianes, eran odiados á muerte por las abadesas, á quienes no convenía esa clase de amantes de sus pensionistas, que no les dejaban un centavo de provecho, y que á veces causaban perjuicios en sus intereses. Los repudiaban de las casas de tolerancia como á bichos malignos, y sermoneaban á las mujeres que prestaban sus favores á esos gandules. Los mozalbetes, en cambio de esa aversión, hacían propaganda entre las mesalinas, en contrade las cabronas, y cada vez que podían jugarles una mala pasada, se la hacían, aprovechándose de ese rencor que guardaban siempre en sus corazones las busconas á sus explotadoras.
El Chascón, á quien una vez la dueño de un burdel, había sorprendido y hecho abandonar el lecho, á altas horas de la noche, jugó una broma bastante pesada á su enemiga. Valiéndose de las artes de la diplomaciA, tal cual lo hacen los políticos de grande escuela, logró poner de acuerdo á todos sus amigos y á las mujeres del prostíbulo de marras, para que en la fiesta del dieciocho de Septiembre, á una señal, se escaparan todas las pensionistas, y dejaran desierto el burdel.
El plan, se llevó á cabo á satisfacción del autor, y en la noche del 18, mientrasla abadesa con el alma henchida de placer, destapaba champagne y cerveza á la enorme concurrencia que invadía la cantina, se oyó en el pasadizo de la casa una bulla fenomenal, y aparecieron en el salón los rufianes, gritando á voz en cuello:
-¡Margarita, Laura, Lidia, Juana, Elvira, Carmela, Julia! ¡Se está incendiando el teatro! ¡Vamos á ver el fuego!
Las palabras de los rufianes hicieron el efecto deseado. Todos los parroquianos y las mesalinas, abandonaron la casa en tropel desordenado, como hato de corderos, perseguido por lobos famélicos. En la puerta de calle, las mujeres se cogieron del brazo de los rufianes, y entonanado canciones báquicas, se dirigieron á las ramadas de la Plaza Montt, mientras que la cabrona, gesticulando y moviendo los brazos, como un muñeco automático, llenaba de improperios á los sinverguenzas que de esa manera le arrebatabansu mercancía.
Para los rufianes, era cosa corriente ceder su puesto al buen parroquiano, que pagaba bien su deseo. Se hacían los desentendidos y dejaban que sus queridas, aún en presencia de ellos, pactasen compromisos amorosos. En ellos, les iba una ganancia del cincuenta por ciento, y por eso, cuando el cliente quería hacer trampa, estaban listos para sacar la cara por las hembras. Usaban; al principio, de buenas razones, y cuando veían que nada conseguían por el terreno pacífico, se valían de los puños, que manejaban con gran habilidad.
Entre algunos de esos seres corrompidos, existía la fidelidad; es decir, respetaban á las amantes de los amigos. Por eso, mientras veían con la mayor indiferencia que sus camotes, se iban del brazo con un extraño, perdían los estribos cuando se enteraban de que tenían por rival á algunos de su círculo. La traición entre la mayoría de los rufianes, era considerada como un delito muy grande, que debía ser castigado con una buena tanda de golpes y con el rompimiento de relaciones.
Como los tales Mercurios, pertenecían á la clase media, había entre ellos algunos que habían recibido una regular educación y que poseían el inglés. Estos, se dedicaban á servir de cicerones á los capitanes de buques y á los gringos que bajaban de las oficinas. Desempeñaban su papel tan bien, que llegaban á acreditarse entre los ingleses, quienes los buscaban para que los acompañasen en sus juergas.
Genoveva y Elvira, eran explotadas miserablemente por Torito y Señorita, que pasaban su vida á costillas de ellas. Los mozalbetes, se habían impuesto de tal manera á sus amates, que las obligaban á darles cuenta diaria y minuciosa del dinero ganado.
El balance, tenía lugar en la habitación de Lorenzo, adonde se dirigían ambas desgraciadas, pretextando una disculpa cualquiera á la abadesa del burdel.
-¿Cuánto ganaste anoche?
-Veinte pesos; pero la cabrona me quitó diez, á cuenta de lo que le debo. Con los otros diez pesos me he comprado un par de medias, un pañuelo, un jabón y una vará de cinta azul. Ahí tienes el resto, que son seis pesos.
-Y crees tú, que con seis pesos, voy á comprarme un par de zapatos que necesito? Mira como los tengo; ya están para romperse y voy á andar con los dedos al aire.
-Ten paciencia. Puede ser que esta noche, vya mejor el negocio.
-¡Qué va á ir mejor; con una tonta como eres tú! Te dejas quitar la plata por la cabrona. No debías haberle dado ningún centavo. Hace dos meses, que todos los días le dejas plata á cuentade la deuda, y todavía no acabas de pagar. ¿Cuánto le restas aún?
-Ya te he dicho que lo ignoro, porque como yo no se leer, tengo que llevarme de lo que ella me dice.
-¡Esto es el colmo de la brutalidad! Pagas y no sabes lo que debes? Esto no puede seguir más tiempo así. Debo la pensión, debo la casa y no tengo ropa que ponerme. Lo mejor es que me mande mudar á otra parte. De esa manera, me libraré de las miserias que estoy pasando aquí.
-¿Y por qué no trabajas? ¡Porque no encuentro! Poque por causa tuya, deque ande contigo paseando en las calles, todo el mundo me desprecia. Ya ves en qué situación me hallo, por darte gusto á tí.
El arreglo de cuentas, entre Torito y Genoveva, era siempre reñido. El Torito, quería sacar de su querida todo el dinero posible, y se encontraba con que nunca podía satisfacer sus deseos, por una ú otra causa.
Señorita, era menos exigente. Como tenía comida, casa y ropa en casa de sus padres, se contentaba con cualquier cosa que le diera su amante para gastos de copas con los amigos.
-Y tú, ¿qué me traes?
-Ahí tienes dos pesos, que son demasiado para que pases el día.
-Bien. ¿Saldrás esta noche?
-Sí. A eso de las ocho, me aguardas cerca del carrousel de la Plaza Condell. Allá te iré á buscar, para que conversemos.
Y se abrasaban y besaban, lo que provocaba la ira del Torito, quien encarándose con su amigo, le decía:
-¡Me admira tu sangre fría! Nada te importa que las mujeres te den lo que quieran. Ya se ve que nada necesitas. Eres un tonto, que sufres toda clase de desprecios, y que no sabes exigir recompensa. Ya te arrojarán un día de tu casa, y entonces veré qué es lo que vas hacer. Entonces te morirás de hambre!
VII
Luis García, de acuerdo con el contador Jones, elaboró un plan de economías, tendente á que las ganancias de ese año, superasen á las del anterior, Jones, eran un gringo turante de malos instintos, que se complacía en hacer todo el daño posible á los obreros, y que se valía de la ignorancia de su administrador, para inducirlo á cometer injusticias.
Un día, recibieron orden el corrector, el boletero y el jefe de máquina, de presentarse al despacho del administrador, á horas distintas. El primero que acudió á la cita, fue el corrector, un peruano de rostro moreno, fornido y de andar calmoso.
-Es necesario, Martinez, le dijo Luis, que introduzcamos economías en el trabajo de pampa. He resuelto acabar con ese sistema de dar las calicheras á los particulares. Quiero que se les reemplace por jornaleros, á los que se les pagaría dos pesos diarios. Hay muchos brazos abarrotados en la pampa, y si los actuales particulares, se niegan á trabajar como jornaleros, hay gente que acepta el nuevo sistema. En estos días, deben llegar de Bolivia doscientos indios que han mandado traer las oficinas de, este cantón, y con esa cantidad de operarios, no debemos tener miedo á que haya escasez de trabajadores.
-Está bien, señor. Se hará todo lo que Ud. desea. Tan luego como acaben de pasar el caliche que tenga sacado, los iré poniendo al jornal.
-No debe usted esperar nada. Mañana mismo, los pone á todos al jornal. Les tasa el caliche que tengan extraído y se les arregla sus libretas.
Al boletero, le habló García en estos términos:
-Lo he llamdo, para manifestarle que la oficina no puede pagar á usted los doscientos pesos mensuales que gana. He resuelto rebajarle cincuenta.
El boletero, recibió la noticia con estupefacción. El soñaba con una buena recompensa, en pago de las muchas carretadas de caliche que botaba diariamente, y se encontraba con que se le rebajaba el sueldo. La impresión de la nueva, lo afectó grandemente; pero pronto se repuso, para responder á su jefe:
-Yo creía, señor, que mis afanes por servir bien los intereses de la casa, tendrían alguna recompensa, y ahora veo que, por el contrario, se me castiga. No creo justo que, después de botar ocho ó diez carretadas diarias de caliche, se me rebajen cincuenta pesos del sueldo .
-Probablemente, en eso esta el premio que da á Ud. la oficina. Le disminuyecincuenta pesos, antes dedecirle que se busqueocupaciónen otra parte. La reforma introducida en los trabajos, de suprimir á los particulares y poner en su lugar operarios á jornal, hace quesea innecesario el puesto de boletero. Yo, que se que Ud. ha hecho bastante por la casa, he creído conveniente dejarlo en su empleo; pero rebajándole cincuenta pesos. Su ocupación, va á ser un puesto honorario, porque no tendrá que revisar el caliche, ni bltar carretadas. Simplemente, se ocupará Ud. de contar las carretadas que se vacien diariamente á los chanchos.
El jefe de máquina, recibió del administrador un discurso, parecido á los anteriores, en el que se le ordenaba rebajase á los derripiadores veinte centavosen fondada, y á los demás, les aumentase el trabajo y les disminuyese los salarios.
Luis García, se frotaba las manosde satisfacción, al pensar que las economías introducidas iban á producir algunos miles mñas de ganancias, y que misterChamberlain se pondría contento y lo felicitaría por su acción. Todo su anhelo, eraservir bien y conquistarse el mayor aprecio de ese marido á quien había engañado, y á quiense proponía engañar en lo sucesivo, buscando algún pretexto para efectuar un viaje á Iquique.
En su ardorosa imaginación, se esbozaba la figura esbelta y provocativa de Isabel. Se la representaba, loca de placer, impúdica, presa de los paroxismos del delirio, debatiéndose entre sus brazos, como en aquella primera é inolvidable noche en que se entregó á él.
Luis no habíasaboreado los encantos de Isabel más que una vez, y ese pensamiento, cuando traía á su mente á la hermosa adúltera, despertaba en su sér un apetito atroz, aguzado por la soledad y abstinencia de la Pampa. En esos momentos de excitación, habría tomado un caballo y corrido á la estación á apagar su sed en los burdeles; pero la idea de que con ello daría mal ejemplo á sus subalternos, lo detenía. Si la robusta Maritornes, no hubiera tenido marido, es seguro que Luis habría calmado su hambre de amor, aspirando el perfume de cebollas y ajos, que emanaba de su cuerpo.
Isabel, tampoco estaba conforme en Iquique. Acostumbradá á apurar la copa del placer hasta las heces, no podía consilarse de haberla llevado á los labios con Luis, y luego abandonarla. La idea del apuesto mancebo, alfilereteaba su linda cabeza, robando á su rostro la alegría y los colores sonrosados. En su organismo, la histeria principiaba á desarrollarse.
Mister Chamberlain, que aunque despreocupado con su mujer, no por eso dejaba de contemplar á ratos, notó esa palidez que gradualmente iba invadiendo el rostro de su cara mitad, la que después de aquella escena de celos, que coincidio con la ausencia de Luis, se había tornado grave y melancólica.
-¿Qué tienes, querida? Parece que estás enferma.
¿Soy yo la causa de ese mal? ¿Acaso todavía me guardasrencor por mis celos estúpidos?
-Nó.
-Entonces, ¿qué es lo que te pasa? Tú sufres. Lo adivino en tu cara.
-Yo no siento nada.
Por más que mister Chamberlain, trataba de arrancar á su esposa el secreto de su tristeza, no conseguía otra cosa que atizar esa hoguera que, en silencio y oculta, incendiaba el corazón de Isabel. El desgraciado marido, inventaba distintos medios, para libertarla del dolor, sin obtenerlo. Los paseos, los obsequios de joyas, y sus ternezas, no alcanzaban á borrar del alma de la adúltera el deseo que la torturaba, la sed que caldeaba su boca, el hambre que aguijoneaba sus entrañas.
Julia, la austera hermana, por uno de esos fenómenos tan comunes entre ciertas personas, había cambiado de carácter, al ver á Isabel taciturna y sufriendo la nostalgia de la dicha perdida. De esa manera, se vengaba de su hermana, quien no había querido oir nunca sus consejos.
Isabel, al igual que los amantes que se empecinan más en obtener los favores de una dama, mientras mayores sean los obstáculos que los separan, se debatía con furor, víctima de la impotencia de no poder estar al lado de Luis. En su cerebro, combinaba mil maneras de tener una entrevista con él; pero desechaba todos los planes que formaba, por encontrarlos irrealizables.
Hacía un mes que no veía á su querido, y durante ese tiempo no sabía de él otra cosa que las noticias que le daba su marido, todas ellas satisfactorias á Luis.
-Estoy contentísimo de tu designación: García ha salido un empleado activo, celoso, de su puesto, inteligente y recto.
-¿Se acostumbra allá? ¿No extraña Iquique?
-Creo que nó. En la Pampa no hace falta nada, porque hay hasta lugares de diversión.
Isabel tuvo celos de Luis. Pensó que se entregaría á los placeres, con las meretrices, olvidando su cariño. En su alma, se desencadenó una furiosa tempestad, que contribuyó á minar su salud con mayor rapidez.
Los insomios la atacaron. Se pasaba las noches en vela, buscando en su imaginación un medio de satisfacer su anhelo. Mientras mister Chamberlain, roncaba como un bendito, ella, se revolvía en su lecho, presa de la fiebre del deseo, extremeciéndose al menor ruido. Aveces, lograba conciliar el sueño por breves momentos; pero, en seguida, despertaba sobresaltada, lanzando gritos.
Una mañana, al tiempo que arreglaba su tocado, ante un soberbio espejo con luna de Venecia, tuvo una idea feliz, que transformó su rostro como por encanto. Sin concluir su peinado, hizo sonar un timbre, y apareció una criada.
-Ve á llamar al doctor, Clorinda. Díle que deseo tene una consulta con él.
Media hora después, se presentó en casa de mister Chamberlain, el doctor X…, un joven elegante, de exterior simpático, de modales bastante finos y de escasísima inteligencia. Era un médico de salón, galante y afeminado, que sabía á las mil maravillas las reglas de la etiqueta; pero que desconocía muchos secretos de su ciencia, cuyo título había recibido, debido á las influencias de su familia. En los salones aristocráticos, era muy querido y disputado, por sus charlas amenas, que sazonaba con anécdotas oportunas. Sus viajes por los países del viejo mundo, le daban tema para formarse auditorio.
El doctor X…, llegó hasta la alcoba de Isabel, donde ésta se hallaba recostada en un sillón. Sobre el terciopelo rojo del mueble, se destacaba el fino óvalo de su rostro, rodeado por la ensortijada cabellera. Estaba en un abandono, que hacía resaltar muchísimo su belleza. Tendió al médico su primorosa mano, al mismo tiempo que le decía:
-Sigo mal, doctor El pecho se me oprime, y me dan ganas de llorar, de gritar, de reír y de destrozar todo lo que está al alcance de mi mano. Me ahoga el ambiente.
El doctor le tomó el pulso, colocó su oído en el pecho de la joven, contempló su cara, y exclamó:
-Se trata de una excitación nerviosa, provocada tal vez por el estado interesante en que se encuentra usted.
-Cómo, doctor, le repuso ella, presa de una alegría infantil, ¿cree usted que estoy embarazada?
-Todos los síntomas lo confirman. Puede usted decir á mister Chamberlain, que ya tiene el heredero que tanto ansiaba. Se encuentra usted en el período serio de la vida y es necesario que trate de guardar toda la calma posible. No sea que alguna emoción intensa, una alegría inesperada, ó un dolor muy grande, causen la muerte de ese ser que lleva usted en su seno.
Isabel, sintió un placer inmenso, al saber que se encontraba en cinta. Su dicha era mayor, al pensar que el padre de su hijo era Luis, el hombre por quien se moría. Mientras hablaba el doctor, buscaba en su mente la manera de comunicar la noticia á mister Chamberlain. Temía un fracaso, y que el inglés, después de varios años de matrimonio, en que la había creído estéril, dudase de ser el padre de la criatura.
-Veo que está usted muy distraída, dijo el doctor, poniéndose de pie para retirarse, y me voy, aconsejándole únicamente que esté usted tranquila; y que guarde el mayor reposo.
-Yo siento, doctor, que la atmósfera de Iquique me asfixia. ¿No podría hacer un viaje á la Pampa, á cambiar de temperamento?
-Como nó; pero le recomiendo que no monte á caballo, ni practique usted ejercicios fatigosos.
-Tendré en cuenta sus consejos. Entonces, ¿puedo decir á Chamberlain que usted me ha recomendado que aspire los aires de la Pampa?
-Si usted lo desea, puede usar mi nombre para ello. Siempre estoy dispuesto á servir á una dama tan hermosa como usted. ¡Hasta la vista!
-¡Adiós, doctor!
Cuando se retiró el médico, Isabel, á pesar de sus prescripciones, empezó á saltar de gozo. ¡Ella, madre! Ella, que creía que era infecunda. Bien se lo había dicho una amiga, que la culpa de que no tuvieran hijos, era de su marido. La prueba era evidente. Lui, en una noche, había hecho lo que el inglés no había podido en varios años. Julia, que en esos momentos llegaba á decirle que estaba convidada á un paseo, se sorprendió del cambio que encontró en su hermana.
-¿Estás mejor?
-Sí, hija. Tengo que comunicarte una noticia. Estoyembarazada.
-¡Cuánto me alegro! Mañana mismo, escribo á mamá, comunicándoselo.
Mister Chamberlain, que llegaba de su escritorio, en busca de un papel que guardaba en su dormitorio, participó de la grata noticia. Abrazó con efusión á su esposa, y con los ojos humedecidos por las lágrimas, le dijo:
-¡Por fin, se cumplieron mis deseos! ¡Bendiga el cielo mi hogar! Ahora mismo hago un cablegrama á Inglaterra, anunciándolo á mi familia.
-El doctor me ha encargado que cambie de temperamento. Dice que vaya á la Pampa.
-Bien, querida, irás. ¿Adónde quieres ir, á Germinal ó á Trabajo? En las dos oficinas, hay buenos administradores, que te atenderán como es debido.
De muy buena gana le habría contestado Isabel á su marido, que prefería Germinal; pero ese temor que siempre existe entre los culpables, le quitó el valor para pedir la oficina que administraba su amante. Ahí estaba presente Julia, y comprendía que esa muchacha estaba enterada de su Luis y que no era conveniente que sospechase un momento que el hijo que llevaba en el seno era de él.
-Adonde tú quieras, repuso Isabel á su esposo.
-Entonces irás á Germinal. Voy á hablar por telefono á García, para que se prepare á recibirte. ¿Cuándo deseas subir?
-Dentro de dos días.
VIII
El aparato telefónico de Germinal, fué conductor de una grata noticia para Luis García. Su patrón, le comunicaba que, dentro de dos días subiría á esa su esposa, en busca de salud, y le rogaba que la atendiera lo mejor posible, porque su estado era bastante delicado.
-Descuide usted, mister Chamberlain, le había contestado Luis. La señora Isabel estará aquí como en su casa. Nada le faltará.
Y tenía razón el joven administrador, porque se proponía complacer de tal modo á Isabel, que tenía la seguridad de que nada estrañaría, inclusive á su esposo.
Luis pasó dos dñias de mortal sufrimiento. Los minutos, le parecieron horas, y las horas años. Habría querido tener poder suficiente para que esos dos días hubieran tenido la duración de un segundo; tal era la exaltación en que lo puso el encargado de mister Chamberlain.
Isabel llegó á Germinal, en compañia de su hermana Julia. Descendieron ambas de un coche, frente á la puerta de la administración, donde se hallaban reunidos todos los empleados, deseosos de manifestar sus respetos á la esposa del principal.
Isabel y Luis, se estrecharon las manos con efusión y, contrariando las reglas de la estiqueta, y olvidándose de que los miraba gente extraña, permanecieron enlazados un buen instante. Julia, saludó fríamente á Luis, sintiendo en su alma, hasta entonces incorrupta, algo así como envidia, á la felicidad que manifestaba su hermana. Si guiendo las inclinaciones de su caracter, se había tornado grave, al ver que Isabel sonreía y brincaba de placer.
Cuando las dos hermanas, arreglaban su tocado en la habitación que les había designado Luis, alistándose para ir á la mesa, Julia se escandalizó del amplio descote que ostentaba el traje de Isabel.
-Creo que no está bien, hermana, que te pongas ese vestido. Aquí, en la pampa, no hay necesidad de gastar tanto lujo. Además, recien estás convaleciendo, y me parece que no es propio que hagas derroche de contento.
Isabel, sin hacerle caso, se arreglaba los encajes del descote, ponía en orden sus cabellos, y ensayaba sonrisas ante el espejo. Terminó su toilette, prendiéndose una gigantesca rosa en el seno.
La comida fué larga y suculenta. Luis, había preparado un banquete para recibir á su querida, contando con la autorización de mister Chamberlain, para no omitir ningún gasto que tuviera por objeto festejar á su esposa.
Isabel, que ocupaba en la mesa un puesto á la derecha de su amante, se ocupó de colocar su pie y restregar sus piernas sobre las de Luis. Como todos ignoraban las relaciones que existían entre ambos, nadie se dió cuenta de las lánguidas miradas y de la confianza con que se trataban.
Terminada la comida, todos pasaron al salón, en donde Isabel y Julia, tocaron algo el piano. Se charló hasta las once, y á esa hora los empleados se retiraron, quedando en la sala Luis y las dos hermanas. Julia, pretextó sueño y se retiró á su habitación.
Cuando se vieron solos, los dos amantes se arrojaron uno en brazos del otro, dando rienda suelta á sus ansias tanto tiempo contenidas. Luis, le dió las señas de su cuarto y se despidieron, dirigiéndose cada uno á su dormitorio.
Una hora después, Isabel, en traje de dormir, atravesaba el corredor, al que daban todas las alcobas, y empujaba la puerta del cuarto de Luis, al que penetró resueltamente, olvidando los consejos del doctor X, que le recomendaba guardara el sosiego más grande.
Al día siguiente, escribia la adúltera á su marido:
Querido José:
Bien me decía el doctor, que yo necesitaba respirar el aire salitroso de la Pampa, para recuperar la salud que estaba perdiendo en Iquique.
Apenas hace un día que estoy aquí, y ya me siento distinta. El tedio y la jaqueca, han desaparecido, tengo buen apetito y me siento muy ágil, tanto que anoche he practicado ejercicios de gimnasia, según recomendaciones del doctor.
Recibe un millón de besos de tu mujercita que tanto te extraña. -Isabel.
Tenía razón Isabel, en decir á su marido que se encontraba curada de su tristeza. En Germinal había encontrado el remedio para su enfermedad.
IX
Genoveva y Elvira, sobre todo la primera, jastiadas de las exigencias de sus camotes, que cada día se mostraban más tiranos con ellas, resolvieron hacer un viaje á la Pampa, con la seguridad de hacer fortuna.
Por colegas suyas, que bajaban del interior, se enteraban de que en la región salitrera el negocio de la prostitución florecía, protegido por la cooperación de la Policía, cuyos jefes permitían á los burdeles que vivieran en orgías desenfrenadas, á trueque de gratificaciones.
En el Pueblo de Huara, era a donde el vicio tenía echadas raíces profundas. El comisario, encargado del orden y seguridad de ese cantón, era un viejo corrompido, amigo del alcohol y de las juergas con mujeres de vida airada. En lugar de permanecer en su cuartel, vigilando que sus subalternos cumplieran con sus obligaciones, se lo pasaba en las casas de tolerancias, cual un sultán en su haren.
Genoveva y Elvira, concertaron el plan para dirigirse á la Pampa, guardando el mayor silencio, porque tenían la seguridad de que si los rufianes se enteraban del viaje, lo frustrarían, con todos los recursos de que disponían. Una vez, que ambas amigas, resolvieron dirigirse á Caleta Buena, Pedro y Lorenzo, habían desbaratado su proyecto, fomentando una jarana, que trajo como consecuencia que las dejara el vapor, y que gastaran el dinero que tenían reunido para los pasajes.
Había, pues, que proceder con tiento, y Genoveva y Elvira, aprovechando un viaje que hicieron sus amantes al Mineral de Huantajaya, empaquetaron su escaso ajuar y tomaron el tren que subía al interior, desembarcándose en la estación del cantón a donde se hallaba situada la oficina Germinal.
Ambas amigas, se instalaron en la casa de tolerancia, adonde concurrían los empleados de las oficinas inmediatas y los comerciantes de la localidad. Era ese, un salón que lo intitulaban decente , dando con ello una triste idea de la decencia de esos burgeses, y allí acudía la crema de los contornos. Los obreros, ó sea los rotos, como intitulaban los de arriba á la gente de trabajo, tenían, también, sus salones, adonde se entregaban al libertinaje.
La casa, á la que ingresaron Genoveva y Elvira, era mixta; es decir, tenía dos salas: una grande, para el soberano pueblo, con mujeres especiales para él, y otra pequeña, á la que se le daba el nombre de Reservado, que era la destinada para los burgueses.
Ambos salones, se comunicaban por una puerta grande, en medio de la cual se hallaba colocado el piano. De esta manera, la música de ese instrumento podían aprovecharla simultáneamente los pobres y los ricos. Los primeros, no bailaban otra cosa que cuecas, y los segundos, gustaban más del vals, la polka y la marzurka. Generalmente, cuando el pianista tocaba cueca, los parroquianos del Reservado no bailaban, y cuando tocaba un vals, los concurrentes del salón grande, permanecían sentados.
Las prostitutas del Reservado, manifestaban su desprecio y su superiodidad sobre sus colegas de segunda clase. Las trataban con altanería, y cuando ocurría alguno de esos disgustos, tan comunes en las moradas del vicio, siempre tenían listas las consabidas palabras de:
-¡Cállate, china asquerosa rota! Te quieres igualar á mí, que soy persona decente.
¡Hasta en los burdeles, existía la diferencia de posición social! Esas desgraciadas, que habían caído al arroyo de aguas cenagosas, sin pudor, sin honra y sin sentimientos, pregonaban un tonto orgullo y menospreciaban á sus camaradas de infortunio.
Las meretrices de alto rango, salidas del detritus humano, y elevadas falsamente sobre su casta, por la evaporización de los miasmas, se envanecen de codearse con los burgueses, y, olvidando la comunidad de origen que las liga á sus hermanas que sirven de pasto á los desenfrenos brutales de la llamada clase baja, forman la triste aristocracia de la prostitución.
Coged á cualquiera de esas hembras hermosas y elegantes, que constituyen la admiración de los viejos sibaritas, de los jóvenes perdidos y de las mujeres sin seso, y preguntdle que adonde ha nacido y que quienes son sus padres, y os contestará seguramente que nacío en los arrabales de tal ciudad, que su madre fué lavandera ó cocinera y que su padre era un zapatero beodo, ó un jornalero sin pizca de instrucción.
Si quereis conocer los secretos de esa mujer, cuyo nombre llega á adquirir celebridad, y á cuyos pies se arrastran infinidad de nombres lascivos, y le decís que os cuente algo de su vida, escuhareis de sus labios, confesiones, más ó menos parecidas á las siguientes:
-A mí padre, no lo conocí. Murió cuando yo era muy pequeña. Mi madre, lavaba, y yo la ayudé en su labor, cuando fui grande. El señor A…, me enamoró, y consiguió que mi madre lo apoyara en sus pretensiones, á trueque de cierta cantidad de dinero. Fuí durante un año, la querida del señor A….; pero él luego se cansó de mí, y me abandonó. Una amiga, me aconsejó que me vengara de él, entrándome á un burdel, y en esa vida he seguido hasta ahora.
-Yo huí de mi casa, á la edad de quince años, en compañia de Policarpio, un joven simpático y de familia distinguida. Anduvimos varios meses, errando de pueblo en pueblo, hasta que un día desapareció él, dejándome en el Hotel en que estábamos, alojados, y al que debíamos más de cien pesos de comida y alojamiento. El hotelero, que era hombre amable, consistió en perdonarlos la deuda, en cambio de mi amor. Sin poder hacer otra cosa acepté su proposición y seguí haciendo vida marital con él. Después , se enteró de que yo lo engañaba con uno de sus clientes y me puso de patitas en la calle. Elcliente, que resultó ser bribón de marca mayor, me llevó á una casa de tolerancia Lo demas, por sabido se calla.
-No sé quienes son mis padres. Abrí los ojos á la razón, en un asilo, y en él me crié hasta que fuí grande. Un día, en unión de dos compañeras, huí de esa casa, escapando del maltrato que recibíamos. Pasamos dos das sin comer y durmiendo á la intemperie, hasta que unosí vagabundos nos llevaron á sus covachas y nos hicieron sus mujeres. Abandonadas por esos miserables, ingresamos á un burdel de ínfima clase, del cual fuimos vendidas á un salón elegante, mediante una fuerte suma de dinero. Por mis manos han pasado muchas fortunas. En mi lista de amantes figuran: un Presidente de la República, muchos Ministros nacionales y extranjeros, varios banqueros y una multitud de muchachos aristócratas.
-Me casé muy joven, cuando apenas tenía catorce años. Al cumplir los veinte, tenía cuatro hijos, y mi marido, que era un empleado con un sueldo pobrísimo, no podía atender á la subsistencia de la familia. Pasé infinidad de miserias: hambres, enfermedades y desprecios. De repente, apareció una vieja, que comenzó á soplarme al oido una porción de cosas, que me trastornaron el seso y me hicieron olvidar á mis hijos, á mi marido y á mi hogar, con todo su cortejo de calamidades. Me hizo prostituta, y con ello, ha desaparecido la pobreza que me afligía.
Genoveva y ELvira, formaron una revolución en el pueblo de………… con su llegada. Los aficionados á saborear los placeres impuros, tuvieron conocimiento de que dos guapas chicas, recién iniciadas en la carrera del libertinaje, habían llegado, y se alistaron á concurrir al burdel en que alojaban. La fama de ambas, fué tan grande, que se extendió hasta las oficinas cercanas, inclusive á Germinal, donde mister Jones recibió una atenta invitación de la dueño del burdel, para que concurriera á conocer á sus nuevas pensionistas.
X
Julia, la hermana de Isabel, en los días en que ésta se hallaba melancólica, había concebido malos pensamientos, hijos de las reflexiones que hacía sobre el adulterio y sus consecuencias. La doncella, saliendo de la órbita en que debía girar su imaginacíon, se engolfó en multitud de ideas, que acabaron por trastornarle el seso, y por hacer brotar en su alma y cuerpo ese deseo que se llama amor.
En su mente, aún no llena de las imágenes rojas de la pasión, cruzaron las sombras negras del crimen, del adulterio, extremeciendo su sér y haciendolo gozar las emociones de lo malo. Pensó que talvez Isabel tendría razón, al entregarse á nuevos amores, puesto que mister Chamberlain, era un gringo viejo y borracho. A la moralidad, que siempre había considerado como el elemento primordial, de la vida, la encontró ridícula. Recordó á todas las amigas casadas que tenía, y vió que la mayoría de ellas, engañaban á sus maridos.
En el hombre y la mujer, el instinto de lo sexual, se desarrolla más temprano, á medida que es mayor la ilustración de los individuos. La lectura de novelas, el teatro, las galanterías de los salones, todo eso contribuye á que los niños, antes de entrar á la pubertad, conozcan las relaciones íntimas que existen entre los dos sexos.
Julia, conocía demasiado que los hombres y las mujeres, se buscaban y fundían en una explosión de cariño; pero, siempre había mirado eso con aversión, debido á la educación que le diera su madre, recomendándole que huyera de las tentaciones y que no pusiera oídos á los falaces halagos de los enamorados.
El amor, era para ella una cosa que nada le importaba. Veía que muchos, le rendían culto, sin que por su cerebro hubiera cruzado la idea de ofrendar su tributo en el altar de Cupido. A pasar de los devaneos de Isabel, nunca se había detenido á estudiar el adulterio, limitándose á reprochar á su hermana su coquetería, por considerarla indigna de una persona honrada como ella.
Pero, una vez que el amor carnal ocupó su pensamiento, cambió completamente de caracter. Esto, sucedió en aquellos días en que la nostalgia por la ausencia de Luis, consumía á Isabel. Julia, había buscado el origen de la enfermedad de su hermana, y una vez encontrado, se había entregado á reconstruir ese amor impuro. ¿Qué habrán hecho, cuando se han visto solos? se preguntaba ella, recordando los delirios amorosos, pintados en las novelas. Se representó á Isabel y á Luis, abrazados fuertemente, comiéndose á besos. Ella, llorosa y despeinada, reclinaba su cabeza sobre el pecho del galán; y él, la acariciaba tiernamente, besándola en la frente, en los ojos, en los labios, en la mejilla, y jugaba con su sedosa cabellera.
Todo el proceso de una escena de amor, cruzó por su mente, afiebrándola y fatigando su corazón de doncella con el deseo de algo desconocido. Su carne. le pedía á gritos algo que le faltaba, y no sabiendo lo que le pasaba, lloró amargamente, revolcandose en el lecho, presa de un ataque de histeria.
Viviendo retraída como vivo, alejaba del bullicio del mundo, se dijo no puedo satisfacer ese anhelo que brota expontaneo de mi ser. Hasta ayer, vivia tranquila, creyendo que no lo habrían más delicias de las que proporcionan la tranquilidad y el trabajo mecanico, y he desdeñado las invitaciones que me han hecho para asistir a las fiestas y saraos. Desde hoy, cambie completamente de carácter: reiré con todos, charlaré bastante, aceptaré convites, oiré los galanteos de los jóvenes y me enteraré de los secretos del amor.
Seguía divagando: el amor, ha de ser una cosa muy buena, cuando todos, hombres y mujeres se dedican á él con ansia, con entusiasmo, pasando muchas veces sobre las conveniencias sociales, desdeñando el qué dirán y las reputaciones. Los abrazos y besos entre amantes, deben producir algo más grato que este temblor que recorre mi cuerpo, haciéndome cosquillas y dándome ganas de reir y llorar á la vez.
Cuando llegaron á la oficina Germinal, y Julia” vió que su hermana y Luis, se estrechaban las manos con efusión, tuvo envidia de esa felicidad. Se consideró la más desgraciada de las mujeres, que no tenía nadie, que la galantease, ni la brindara ese amor de que estaba hambrienta. Ella no amaba á nadie; pero era tal su empeño en conocer los misterios de esa pasión, que habría aceptado de buena gana cualquier proposición. La moralidad, que tantas veces predicara á su hermana, había naufragado en ella.
Mister Jones, encontró á Julia bastante simpática, y aunque era un perdido de marca mayor, no por eso dejaba de pensar en un matrimonio ventajoso, que le reportara bastantes libras. Reflexionó que Julia le convendría para mujer, porque era hermana de la señora de su patrón, quien al ser su concuñado, no había la menor duda de que o nombraría administrador de una de sus oficinas. Aunque el sabía que la mayoría de sus compatriotas no eran muy afortunados en sus casamientos, hizo una mueca de desprecio, como diciendo que él no se casaba por cariño, sino por el deseo de prosperar.
Un Domingo, después del almuerzo, el inglés, con la mayor reserva, pidió á Isabel una entrevista, para tratar de un asunto muy importante. A la adúltera le intrigó el rostro serio de mister Jones y la solemnidad con que le hablaba. Temió de que sus relaciones con Luis hubieran sido descubiertas y que el inglés se valía de la ocasión, para exigir en recompensa, tal vez su amor. Durante la hora que precedió á la conferencia, mil ideas cruzaron por la mente de Isabel, las que se desvanecieron, cuando Jones, con calma y voz sonora, le dijo:
-He molestado á usted, señora, para pedirle un favor. Yo estoy enamorado de su señorita hermana, y antes de decirla una palabra, le ruego me diga si la señorita Julia tiene contraído algún compromiso.
-No, señor; ninguno.
-Y creed usted que mi persona pudiera ser grata á su familia? ¿No encontraré resistencia en usted, en su señora mamá ó en mister Chamberlain?
-Antes de averiguar si nosotros daremos nuestra.aceptación á ese matrimonio que usted desea; debe usted consultar con ella y obtener su consentimiento. De nada le serviría á usted que los de la familia le dijéramos que sí, cuando ella dijera que nó. En esas cuestiones, todo debe ser expontáneo: nada de imposiciones, ni violencias, porque ellas tienen después fatales consecuencias que se traducen en………….
Isabel, acalorada por el recuerdo de su matrimonio forzoso con mister Chamberlain, se había exaltado é iba á decir una barbaridad; pero se detuvo, asustada de ver que su despecho la había conducido casi á descubrirse.
Jones, que no ignoraba que la hermosa señora de su principal, era una dama de cascos alegres, cuyo nombre corría de boca en boca, entre los círculos e los hombres, cogió la palabra á Isabel, y continuó:
-Sé, señora, que los matrimonios impuestos traen la infidelidad; pero esa infidelidad a mí no me causa pena. Yo soy un estoico á toda prueba, que no me arrebato por cosas tan baladíes. Esto, no quiere decir que yo desee casarme por la fuerza con la señorita Julia. Lo que he hecho, es darle mi opinión sobre los matrimonios forzosos, de los que hay tantos en nuestra sociedad. He sabido lo que ne-cesitaba saber, y agradezco á usted inmensamente su amabilidad.
Mister Jones, al salir de la estancia en que quedaba Isabel, comprendió de que su persona no le era grata á ella, y de que no le convenía declararse á Julia, sin contar con un buen apoyo. Como sabía que Luis era íntimo amigo de esa familia, se dirigió á él, para suplicarle que intercediera con Isabel, para que no le hiciera oposición á sus pretensiones.
-Pierda usted cuidado, Jones. Ese es asunto mío. Yo me encargo de que Isabel lo apoye á usted.
Los empleados de Germinal, á pesar de que todos eran unos tunantes de marca mayor, ninguno se había atrevido á levantar sus ojos hasta Julia. Sabían que era la cuñada del patrón, y temían de que su osadía pudiera costarles caro. La muchacha, que anhelaba que alguien le brindase amor, continuaba en su estado inquieto, sobresaltada, fuera de sí. Había llegado á una edad en que la carne reclamaba una función natural de la vida, y no podía estar tranquila, sin satisfacerla.
Una noche, que Julia se paseaba en un extremo del corredor, mientras en el otro, apoyados en una baranda, conversaban Isabel y Luis, ensimismados en sus palabras, Jones, aprovechó la ocasión de acercarse á la doncella.
-Qué hermosa noche, señorita Julia!
-Es verdad. La luna está tan grande y el cielo tan limpio, que no dan ganas de dormir.
-Feliz usted, á quien las cosas gratas le quitan el sueño. Yo, también, hace días que no duermo; pero es debido á algo, que es á la vez plácido y martirizarte
-Se puede saber qué es lo que le pasa?
-Vale más callarlo, señorita Julia. Soy un pobre gringo, desgraciado, y tengo miedo de revelar mis secretos.
-¿Por qué? ¿Teme usted que le haga traición? Me hace usted muy poco favor, mister Jones.
El inglés, dió un suspiro prolongado, se afirmó á un pilar, y con voz emocionada, habló:
-¿Me promete usted, no reírse de mí?
-Le doy mi palabra,
-Bien; voy á decirle cuál es la causa de que yo pase terribles noches de insomnio,
A estas palabras, siguió un breve silencio, interrumpido por el melancólico trepidar de la máquina elaboradora de salitre. La luna, se hallaba en el zenit, y el vasto campamento de Germinal, completamente desierto, á la claridad que difundía el astro nocturno, tenía un aspecto fantástico. La situación no podía haber sido mejor escogida por Jones. Era la hora en que una alma inquieta, como la de Julia, podía fácilmente caer en las redes del amor.
-La causa, continuó el inglés, es usted.
-¿Yo? le contestó Julia, dando un brinco, como si hubiera pisado un, reptil.
La impresión que sufrió la doncella, fué grande. Jamás habla pensado que jones podía declararse. Ella, se había. hecho la ilusión de un amante joven y americano; pero nunca se inclinó á aceptar á un extranjero. El inglés, le era desagradable, y en cualquiera hora del día, le habría vuelto las espaldas, dejándolo con la palabra; pero, en esos momentos, en que la noche daba á todo un aspecto poético, su corazón se hallaba dispuesto á cualquier sacrificio.
-No sé por qué, pueda yo, quitarle á usted el sueño.
Jones, que no por ser inglés, dejaba de conocer los secretos del arte de enamorar, dando á su fisonomía la expresión más tierna, le respondió:
-¡Ah.Yo, también me preguntaba por qué su presencia había trastornado toda mi existencia, y no encontraba la solución. Después de muchas vigilias, he descubierto que la amaba, y no puedo Menos que declararme á usted formalmente, pidiéndole su bella mano..
Con la mirada fija en el cielo, y talvez con el pensamiento errando en el espacio, Julia, permaneció muda, sin responder a Jones, que se había callada, y esperaba su contestación, como un reo la sentencia. La doncella, no tenía simpatías por Jones; ese inglés, era para ella el último de los mortales; pero las palabras que acababa de pronunciar, cayeron sobre su corazón como gotas de fuego, que la abrasaban y enardecían. Si el papel de Jones, lo hubiera hecho un joven cualquiera, el idilio se habría desarrollado.
-No puedo responder á usted, mister Jones, dijo Julia, dolorosamente. Déme usted tiempo para pensar lo que debo decirle.
– ¿Y podré tener esperanzas de…….?
-Quizás. Nada puedo prometerle. Pasado mañana, sabrá usted mi resolución.
La declaración del inglés á Julia, que se encontraba en el período crítico de la exaltación, hizo el efecto de una bomba en un incendio: La duda que afligía á la doncella, desapareció, y ante su vista se extendió el paisaje del amor, adornado de multitud de cosas bellas.
Mientras hablaba Jones con Julia, Luís é Isabel, que es hallaban en el extremo opuesto de corredor, entregados á sus delirios, tuvieron la siguiente conversación:
-Jones; me ha dicho que consiga contigo que mires con buenos ojos su proposición de matrimonio, que de seguro es lo que está proponiendo á Julia.
-Yo no puedo prestar mi aprobación á ese proyecto. Soy del parecer que los ingleses deben buscar mujeres entre sus compatriotas. Cada oveja, con su pareja.
-Jones es un buen muchacho, tiene reunidas algunas libras esterlinas, y es bastante inteligente. No es un partido despreciable.
-Yo creo que Julia no lo aceptará, Y tiene razón, porque un gringo no infunde cariño. Lo digo por experiencia. Si no fuera por tí, yo hace tiempo que me habría muerto de pena, al lado de Chamberlain.
Luis, sonrió de satisfacción, y cogiendo a su querida de una mano, continuó.
Quiero que me hagas un favor. ¿Me lo harías?
-Todos los que tú quieras, inclusive si me pides que huya contigo al fin del mundo.
-No se trata de tanto, sino de lo que estamos hablando. Quiero que apoyes á Jones
-Bueno, Luis. Por nuestro amor, lo haré, aunque contraríe á mi propósito.
Esa noche, fué de meditaciones en la oficina Germinal.
Julia, no pudo conciliar el sueño, presa de una excitación terrible. Pensaba en la respuesta que debía dar al inglés. Jones, era para ella un hombre antipático; pero eso no era motivo para que no le diese una contestación. ¿Qué le diría? ¿Aceptaría ser su esposa? No, eso sería horroroso. ¿Cómo se iba á unir á un hombre á quien no amaba? Pero, era el primero que le hacía, semejante proposi-ción. Los jóvenes elegantes y buenos mozos, que le habían dirigido frases galantes, jamás le habían hablado dé matrimonio; no iban por el camino recto. La vacilación en que se encontraba Julia, fué tan grande, y su desesperación tan intensa, que no pudo menos que dar rienda suelta á su llanto, quedándose dormida, cuando clareaba. el alba y el silencio era turbado por los gritos de los carreteros, que en sus pesados vehículos se dirigían á la Pampa.
Isabel, meditó bastante sobre el porvenir de su hermana, y le tuvo lástima. Comprendía que Julia no amaba á Jones y que si se casaban, tendría que serle infiel; que quizás se descubriría su traición y le costaría caro. Ella, bastante había sufrido con Chamberlain, y no quería que a su hermana le pasase otro tanto. Le había prometido á Luis interceder en favor de Jones; pero no lo haría. Que Julia procediese como se lo dictase su conciencia. No quería tener remordimientos de haber contribuido á la desgracia de Julia. Tuvo un rapto de alegría: quizás, Chamberlain se opondría al matrimonio, y entonces todo estaba arreglado.
Luis, dejó vagar á su imaginación por los campos de placer, pensando que Julia, que hasta ese momento era una buena muchacha, si se casaba con Jones, podía convertirse en una adúltera, igual á Isabel, y entonces, él podría pescar algún favor. Se sonrió, al fijarse que podía hacer una nueva conquista.
XI
En Iquique, circulaba una noticia de gran bulto, que era el tema favorito de los corrillos; y del cual no decían nada los diarios, porque los que figuraban como protagonistas de un feo espectáculo, eran caballeros de la aristocracia.
Se decía que en el Club de la Unión, el centro elegante de la metrópoli del salitre, había tenido lugar una partida de pinta, que había arruinado á más de uno de los socios de esa institución, que con el disfraz de Club, no era otra cosa que un garito.
Algunos de los distinguidos y honorables miembros del Club, se habían puesto en connivencia con un jugador de oficio, un truhán que recorría los puertos del Pacífico, á caza de incautos á quienes desvalijar, mediante ardides nada limpios. Este tahúr, en unión de varios burgueses que figuraban en la sociedad iquiqueña como personas respetables, se encargó de robar miserablemente. su dinero á. otros socios del Club, valiéndose para ello de dados falsos.
El desvalijamiento, se llevó á efecto en tres noches. Un tal S., agente de aduana de renombre, ex-intendente de una provincia, era el compañero principal del tahur, y quien cogió la mayor cantidad de pesos en esa victoria. Las víctimas, fueron: un señor S., negociante en provisiones á los buques; un abogado joven, muy conocido y apreciado en todos los círculos sociales; un joven italiano, y algunos otros pobres alucinados.
Fueron esas tres noches de verdadera orgía. Después de las doce, cuando todo Iquique dormía, descansando del trabajo diario, la sala de juego del Club de la Unión, cuyo aspecto exterior denotaba calma y reposo, se veía invadida. por una multitud ávida de ganar dinero, que abría desmesuradamente los ojos, siguiendo el movimiento de los dados, y lanzando maldiciones. Sobre la gran mesa, cubierta con un paño verde, las monedas de oro, se amontonaban en pilas de todos tamaños. La fiebre de la ambición, transformaba á todos esos hombres.
-Tercios de á diez libras, decía S., el de las provisiones.
-Pago, le contestaba el agente de aduana.
Y los dados falsos del tahur, corrían sobre el tapete, dando la suerte al segundo.
-Se me ha acabado el dinero, dijo la tercera noche uno de ellos. ¿Me aceptan que juegue sobre mi palabra de honor?
La vacilación, se pintó en el rostro de esos corromplidos, que ante la sociedad aparecían como personas intachables. Ninguno contestó á la pregunta del desgraciado que, exaltado por la pérdida, pedía se le concediese jugar al crédito. Y todos eran sus amigos, que le manifestaban aprecio y respeto! La sed de dinero, había vuelto á esos hombres insensibles á todo afecto.
La víctima del juego, viendo que nadie aceptaba su proposición, sintió pasar por sus ojos oleadas de odio y de sangre. Tuvo intenciones de vomitar insultos sobre esos canallas que, después de haberle ganado ochenta mil pesos, se mostraban indecisos para jugar con él, bajo palabra de honor; pero, el deseo de que el juego se prolongara, para ver si podía recuperar lo perdido, le hizo contener su rabia.
-Quiere decir, entonces, que nadie me brinda crédito, exclamó el infeliz, con voz temblorosa, que tenía mucho de parecido á un lamento?
-Mejor es que suspendamos el juego por esta noche dijo S., el agente de aduana.
-Nó le respondió con viveza su explotado. No es de caballeros, dejar á los que han perdido con el deseo de la revancha. Si no se me abre crédito, sírvanse esperarme un momento. Voy corriendo á mi casa y traeré dinero;
Las últimas palabras del desesperado, produjeron un efecto mágico entre los jugadores. Desaparecieron los rostros severos, y en todos los labios brillaron las sonrisas d la satisfacción.
-Apúrate, pues. Vuelve ligero!
-Y el que había perdido los ochenta mil pesos. bajó á escape la escala del Club, tomó uno de los coches estacionados frente á la puerta y se dirigió á su casa, á la que penetró en puntillas, tratando de no hacer ruido.
Llegó como un ladrón hasta la alcoba de su mujer, y se detuvo en la puerta. En el silencio de la habitación, se percibía claramente la respiración pausada de la esposa, que dormía tranquila, sin saber que su marido, en el elegante Club de la Unión, perdía su fortuna.
¿Qué iba á hacer ese hombre, á la alcoba.de su mujer, cuando ahí no guardaba ningún centavo.? El miserable, temblaba de piés á cabeza, y por su frente corrían gotas de sudor, que caían á sus ojos, causándole daño. Ni avanzaba, ni retrocedía. Clavado en el umbral, con el oído aguzado, parecía una estatua..
El reloj de una pieza vecina, dió las tres de la mudrugada, y pensó que ya hacía rato que había salido del Club, y que sus amigos lo estarían aguardando. Tuvo miedo de que los jugadores se aburrieran de esperarlo y de perder la ocasión para recuperar lo perdido; se dijo que la suerte estaba echada y que había que llegar hasta el fin; y avanzando recatadamente, como un felino, llegó hasta la caja. en que su esposa guardaba un cofre con sus alhajas.
Cuando apareció en el Club de la Unión, sus compañeros le manifestaron su, disgusto, por lo que se había demorado. El balbuceó una escusa; y colocando el cofre sobre la. mesa, dijo:
-Esto no es dinero; pero es lo mismo, porque son alhajas.
La partida se reanudó, en medio de la mayor alegría, y el mal marido, que robó á su mujer sus joyas, las perdió, como perdiera los ochenta mil pesos.
A las seis de la mañana, cuando los trabajadores de la bahía se dirigían al muelle, vieron que del Club de la Unión, salían varios aristócratas, envueltos en gruesos abrigos, llevando en sus caras verdosas, las huellas imborrables de una noche de vicio.
-Estos caballeros, han trasnochado, dijo un fletero á un compañero suyo.
-Como siempre. En este Club, se juega á la pinta como en cualquier garito, con la diferencia de que los que juegan aquí tienen patente de inmunidad.
-Y la policía, ¿no lo sabe?
-Claro que lo sabe; pero hace la vista gorda. ¿Cómo va á meter bulla, cuando uno de los jueces es uno de los más terribles jugadores.
-Parece mentira que en este Club, que debía ser un centro de cosas decentes, se descamisaran unos á otros.
-¡Cosas decentes! ¿Sabes lo que hacen ahí los socios?
-No
-Pues, sábelo: emborracharse y descuerarse.
-Ysin embargo, cuando están en público, hablan de moralidad, de honradez; predican la virtud y son miembros de ligas antialcohólicas.
-Estos burgueses, son linos farsantes; son lobos, disfrazados con piel de corderos. Aparentan ser muy buenos; pero en el fondo, cada uno de ellos lleva un corazón corrompido, sanguinario y falso.
-Ynosotros trabajamos de seis á seis para que estos se diviertan y jueguen á los dados, las fortunas que les labramos?
-Ya lo ves, Mientras ahora, vamos nosotros á echar los pulmones, remando ó cargando pesados sacos, ellos, se van á dormir, á reposar del gran trabajo que han tenido anoche, entreteniéndose en juegos de azar.
-Y como el hilo, siempre se rompe por lo más delgado, los que hayan perdido, extorsionarán á sus obreros, á fin de resarcirse de lo que han botado.
-La eterna ley del embudo, en que la parte ancha es la de ellos, y la angosta, de nosotros.
-¡Cuando terminarán todas estas injusticias, cuándo cesaremos de sufrir tanto, para que gózen los que nada hacen?
-Cuando seamos unidos, sin que existan esas divisiones que nos matan; cuando la sangre de gallina que llevamos en las venas, se convierta en sangre de león; cuando, cansados de poner el cuello á la cuchilla., pidamos cabezas que cercenar; cuando derribemos la fortaleza de la burguesía. y coloquemos sobre ella el baluarte del proletariado.
XII
Los burgueses americanos, exclaman continuamente: “¿Por qué los obreros nacionales, forman huelgas y manifiestan públicamente la aversión que nos tienen? ¿No se les da de comer y de beber; no tienen cuarto en, qué dormir? Aquí, no es lo mismo que en Europa, adonde existe el problema social. En América, a nadie le falta el pan. Las huelgas, están buenas para el Viejo Mundo, adonde mueren miles de personas, de hambre y de frío”.
¡Curioso modo de raciocinar! ¡Los que llenan sus estómagos con porotos y chicha baya, no tienen derecho á quejarse de su suerte, aunque se les dé un tratamiento peor que al de las bestias, por el hecho de. que las tripas las llevan repletas! Quiere decir, que para los proletarios, no debe existir otros goces que los de comer, beber, dormir y procrear. Los demás placeres, que las clases aristócratas han inventado para hacer más llevadera la existencia, no deben saborearlos los pobres.
“Qué maldad, qué egoísmo revelan en todos sus actos los burgueses; y cómo, presa del miedo que les infunde la multitud, tratan de adularla! Le dicen: “ustedes son superiores á sus hermanes de Europa, porque nada les falta para satisfacer sus necesidades animales; ustedes son superiores á los obreros ingleses, franceses é italianos, y por que están sobre ellos, no deben reclamar de nada, sino seguir tranquilos, tirando el pesado arado”
No. señores aristócratas, los obreros de hoy, no se conforman con el alimento, la bebida y la cama. Persiguen conocer los secretos de lo que llamáis el arte; anhelan beber en las fuentes de la ciencia; quieren permitirse el lujo de saborear ciertos placeres, que habeis monopolizado. Y podéis dar gracias de que es poco lo que piden esos infelices que, desde las épocas más remotas, han muerto en las batallas sin razón, satisfaciendo las vanidades de los poderosos, construyendo gigantescas pirámides, abriendo canales inmensos, perforando el corazón de las minas, arrancando á la tierra sus frutos, y construyendo todo aquello que han necesitado los poderosos, para vivir felices y hartos.
La doctrina de Cristo, ese Quijote de almas, como alguien lo ha bautizado, doctrina que invocan todos, dice que todos los hombres somos hermanos. Sin embargo, los capitalistas, no están conformes en ser iguales a los pobres. Ellos, tienen pergaminos, sangre azul y blasones. Los segundos, son algo así como bestias, destinados a trabajar para que gocen los primeros. Muchas veces, los burgueses, tienen más consideraciones á un caballo ó á una mula, que á un trabajador.
En una oficina salitrera, oímos una vez que decía un administrador, refiriéndose á un accidente, en el que habían muerto varios operarios y algunas mulas: “Lo siento por las mulas, porque cuestan á la casa ciento cincuenta pesos cada. una. Los obreros. no..me importan, porque hay muchos y no representan para el establecimiento ningún valor.
¿Puede darse mayor salvajismo e inhumanidad? Y luego se quiere que los proletarios tasquen pacientemente el freno, sin sublevarse; se desea que todos vivan en paz octaviana; se pone el grito en el cielo, contra el socialismo; se invoca la ayuda de los ejércitos, para exterminar la los revoltosos: se emplean medidas terroríficas, para ahogar las voces de protesta; se encarcela o mata a los valientes, que tienen coraje para pedir buen trato; y se insulta cobardemente á la porción más numerosa de la humanidad.
La doctrina de Cristo, aunque sea un anacronismo el decirlo, tiene mucho de parecido á la célebre de Monroe, invocada por los yankees, cuándo la débil España, pretendía ahogar en sangre la rebelión de Cuba, y guardada en el fondo de la caja secreta de Roosevelt, cuando las naciones europeas humillan á las repúblicas americanas.
Los burgueses, encuentran todo convencional. Cuando necesitan defender sus intereses, ó poner en práctica sus proyectos; todos los mortales somos iguales, ricos y pobres; todos somos hijos de Adán y Eva.
Se trata de los impuestos? Debemos pagarlos los grandes y los chicos. ¿De la defensa del país? Los pobres, deben defender á los ricos; ir á los campos de batalla, morir como perros, ó regresar inválidos:
En cambio, cuando se ofrece la distribución de las rentas del Estado, ó de los botines de guerra, entonces, los caros dirigentes, monopolizan el reparto y se apropian de todas las gangas. ¿Los demás? Que se chupen él dedo. Tienen la obligación de contribuir, pero no de pedir; de dar, pero.no de recibir; de pagar, pero no de cobrar. ¡La eterna ley.del embudo! ¡La ley del fuerte contra el débil! ¡La ley animal, en que las bestias grandes devoran á las pequeñas!
Los obreros de América, no tienen razón de declararse, en huelga, ni de reclamar aumento de salarios, ni de pedir la abolición de la tiranía que pesa sobre ellos. Tienen porotos, tienen agua y un rancho de calamina, ¿qué más quieren?»
Eso, que dicen hoy, insolentemente los burgueses, no lo pronunciaban el 79, cuando necesitaban que el pueblo los ayudase á la guerra, á conquistar la rica provincia de Tarapacá. Entonces, cómo se halagaba el fanatismo de los rotos! Se les hablaba en las calles y plazas; de la patria; se les ponía en las nubes, ponderando su buen corazón y su valor; se les recordaba la familia, la esposa, los hijos, etcétera.
Pasó la guerra; en los campos del Perú, quedaron miles de chilenos muertos, abonando tierra extraña; los que regresaron, lo hicieron inválidos ó extenuados por las fatigas de la campaña; el país adquirió la valiosa zona salitrera; el oro entró en abundancia en las arcas fiscales; y los famosos dirigentes, vieron repletos sus profundos bolsillos. Al pueblo, no se le dió ninguna participación en el reparto; se le eliminó de toda recompensa; se le dió el pago de Chile.
Cuando los soldados del 79, quisieron reclamar una pequeña parte de lo que habían conquistado con su sangre, los aristócratas, que no conocieron ni el olor de la pólvora de esas batallas, les contestaron con altanería: “No sean exigentes, en reclamar lo que no se les debe. Ustedes fueron á pelear por su gusto. Esos servicios no se pagan, ni el país tiene dinero para hacerlo.
Los burgueses, exclaman mucho: “Es necesario que el pueblo tenga siempre una religión, que lo moralice. De lo contrario, va á la ruina” ¿Sabéis cuál es la madre del cordero? Lisa y llanamente, la de que los obreros vivan sumidos en la ignorancia y en el fanatismo de la iglesia, para que soporten mansamente todos los atropellos que se les hagan. Saben por experiencia, que los católicos son carneros, que parodian expléndidamente la mansedumbre de ese cordero, en quien se personifica á Cristo, y tratan por todos los medios posibles de mantenerlos en el oscurantismo.
¡Cuánto mal hace á la burguesía el liberalismo! Los obreros, que se independizan del error y respiran las brisas de la verdad, no se dejan aplastar por la carga que sus amos colocan sobre sus espaldas. Si el bulto es muy pesado, protestan, y si se les aumenta la cantidad, lo arrojan al suelo, antes de morir.
La burguesía y la iglesia, marchan unidas por el escenario de la vida. Han arrojado las espadas, y reemplazado armas por la palabra, convencidas de que nada, conseguirán por el camino de la violencia. En sus rostros pálidos, se adivina el terror de los que ven acercarse la hora de su caída, esa caída que será espantosa, por las profundas raíces que ha echado en tantos siglos el arbol del Mal.
XIII
-Julia, después de dos días de vacilaciones y de luchas terribles, en que su organismo sufrió bastante, se decidió á tener con mister Jones la entrevista que le prometiera. Estaba resuelta á sacrificarse, para que no se dijera que rehuía el matrimonio, con la esperanza de gozar de libertad, para hacer lo que quisiera.
La entrevista se realizó en el mismo corredor en que declarara Jones su amor á la doncella. Fué fría, ceremoniosa, como lo son. todos los convénios de matrimonio, en que no predomina el amor.
-Después de haber meditado sobre su proposición, mister Jones, he acordado aceptar su mano.
-¡Oh, qué felicidad! !Qué bien tan grande me hace usted, señorita Julia! Durante estos dos días, “no he comido ni dormido, con la zozobra de que usted pudiera haberme respondido negativamente, convirtiendo mi vida en un eterno dolor, Por fin, veo colmados mis anhelos y puedo esperar que mi existencia no sea tan solitaria!
-Solo debemos esperar una cosa: que mi cuñado Chamberlain, me dé su permiso. Aunque él nada tiene que hacer con mi corazón, quiero, por un deber de cortesía, solicitar su venia. Vivo en su casa, él hace las veces de mi padre, y justo es que lo respete.
-No hay duda, y yo mismo me encargaré de solicitar su autorización.
Con un fuerte apretón de manos, sellaron los dos novios su promesa. Así terminan las conferencias en que no impera el amor, sino el sacrificio.
Mister Jones, no cabía de gozo con el sí que le había dado Julia. Ante su vista, se aparecía la administración de la oficina “Trabajo”, con todas las ventajas de ese alto empleo. ¡Ser administrador! ¡El sueño que tanto tiempo acariciaba!
Al otro día, bebió muchas copas con sus compañeros de escritorio, en celebración de tan fausto acontecimiento. Todos lo felicitaban, diciéndole frases de doble sentido que él no comprendía. Las copas que bebía, fueron tantas, qua cuando llegó la noche, se hallaba en el primer grado de la embriaguez.
El licor, despertó en él el apetito de la carne, y tuvo deseos de correr una noche de juerga, parecida á las muchísimas que había efectuado en el salón del “Pique”, nombre cón que se conocía al burdel en que se hallaban instaladas Genoveva y Elvira., Los otros empleados, que desde la llegada de Luis a Germinal, no podían ir a la estación, animaron á Jones, para que solicitara un permiso del administrador, para ir esa noche al pueblo vecino.
El inglés, no encontró el menor obstáculo en García, para darle permiso, y después de hacer ensillar tres caballos, para él y sus amigos, tomó junto con ellos el camino de la estación, brincando de alegría sobre la montura.
La luna brillaba en el cielo con la misma fuerza que en h noche de la declaración. de Jones a Julia, La desierta pampa. iluminada por una luna llena, convidaba á las almas á la contemplación. El silencio, era grave; un silencio de tumba. Parecía que la pampa, cansada de soportar el peso de miles.de hombres, carretas y animales; se entregaba a la meditación de los grandes problemas de la vida. Esa tierra, que en el día recibía los calcinantes rayos del sol, sufría en la noche el hielo penetrante de las alturas.
Por el monótono paisaje, galopaban mister Jones y sus compañeros, sin preocuparse de la poesía salvaje de la pampa. Ellos, que solo vivían para el vicio, no tenían el alma suficientemente educada, para apreciar la hermosura de la naturaleza. Eran muñecos, elegantemente ataviados, sin seso y sin corazón.
Caminaban por el medio de una línea de ferrocarril de trocha angosta; que servía para el acarreo de caliche, de la Pampa á la.máquina elaboradora, riendo á carcajadas y comentando el próximo matrimonio de mister Jones, cuando á. lo lejos, vieron brillar algunas chispas, que, parecían candelillas de cigarros.
Al principio, no les llamó la atención las lucecitas; pero á medida que se acercaban á ellas; sintieron algo de recelo, al ver que verlos bultos negros, se movían junto con las chispas, en el fondo de una calichera.
– ¿Ve usted esas luces, mister Jones?
-Sí. Una, dos, tres, cuatro. Son cinco. Creo que hay cinco hombres en esa calichera.
-Hagamos alto.
-No conviene. Daríamos á entender que les tenemos miedo. Lo esencial es preparar los revólvers y avanzar.
Los tres burgueses, sacaron de sus respectivas fundas, tres Smit Wesson, cuyos cañones de acero despidieron destellos. Los caballos, continuaban su galope, moviendo la§ orejas, signo revelador de que distinguían los cuerpos. que se movían en la obscuridad.
-Buenas noches, patroncitos, dijo uno de los bultos negros,
-Toma buenas noches, le contestó Jones, disparándole un balazo, y lanzando su caballo al galope, seguido de sus dos amigos.
Un lamento desgarrador, turbó el silencio de la Pampa, al mismo tiempo que se oyó una lluvia de imprecaciones.
-¡Párense esos asesinos! gritaban los amigos del herido, que lo habían recibido en sus brazos.
Del pecho del pobre obrero, brotaba un chorro de sangre, que empapaba sus ropas y las de sus amigos. La agonía fué corta. El pobre hombre se quejába lastimosamente y recomendaba á sus compañeros que cuidaran de su familia.
-¡Ah, hermanos! Voy á morir, sin poder ver á mi mujer ni á mis hijitos. Les ruego por su madre que me los atiendan. ¿Qué he hecho yo para que esos canallas me
asesinaran? ¿Sería porque les di las buenas noches? ¡Adios…….
a…..mi…….gos.
Los compañeros del muerto, lo cogieron en peso, y emprendieron su marcha hacia á Germinal, en donde trabajaban. “Habían reconocido que el contador Jones, era quien había disparado sobre ese hombre indefenso, é iban dispuestos á recordar al administrador, para avisarle lo sucedido.
Mientras tanto, Jones y los otros dos empleados, continuaban su camino, riendo de la ocurrencia del contador. —Yo creo, mister Jones, que lo ha herido usted á ese hombre.
-!Qué importa que lo mate! Todos los rotos son unos pillos. Si no lo hago así, quizás nos saltean.
-¿Serían ladrones?
-Le digo á Ud. que todos los rotos son bandidos, y con eso basta. Parece que tiene usted miedo.
Una ruidosa carcajada, fué la respuesta.
El salón del “Pique” se puso en revolución cuando llegaron los tres empleados de Germinal. La abadesa, recorría las habitaciones llamando á sus pensionistas, que hacían sus toilettes, para que se presentaran á recibir á los Mesías.
-¿Que es de su vida mister Jones? Aquí se le ha echado mucho de menos.
-He estado muy ocupado. Me ha sido materialmente imposible venir. Pasando á otra cosa, sé que tiene Ud. un par de mujeres que son bocado de obispo.
-Usted las verá y dará su opinión. No quiero que me digan que exagero. Ahí están ellas; son las muchachas más bonitas que hay en este pueblo.
Las dos meretrices, afectando gran desdén, pasaron cerca de Jones, lo saludaron con una lijera inclinación de cabeza, y tomaron asiento en un sofá, conservando el busto y el cuello rectos. El inglés, quedó cortado, ante la rigidez de las mujeres, y se encontró vacilante para acercarse á ellas y abrazarlas, como era su costumbre hacerlo con todas las meretrices.
Genoveva y Elvira, se secretearon:
– Este es el gringo de quien tanto hablaba doña Lucha.
¡Valiente espantajo! Mira con qué cara de estúpido nos contempla. Yo le hago una pasada á este animal.
-Se acerca. Hay que seguir guardando circunspección y ver qué es lo que hace.
El inglés, se detuvo frente á las mujeres, y con voz melosa, les dijo:
-Las invito beber uña copita de algo.
-Gracias, no tenemos sed.
-Una copa de champaña, creo que nos sentaría bien.
-Talvez á usted; pero lo que es á nosotras; estamos bien asi.
Jones, se dirigió á la cantina, donde la gorda cabrona, echada de.codos sobre el mesón, conversaba con los otros dos empleados de Germinal.
– ¿Qué tal le parecen las niñas, mister.Jones?
-Muy honradas. No quieren beber una copa de champagne. ¿Cómo no quieren beber?
-Ellas me lo han dicho; han rehusado mi invitación —Esto no puede ser. Quiero que lo respeten delante de mí
La abadesa, con el rostro conjestionado, abandonó la cantina, y se dirigió al salón; seguida del inglés. Aquella. vendedora de carne humana, se extremeció de coraje; al ver que Genoveva y Elvira, iban contra su negocio, no aceptando el convite del gringo.
-¿Es cierto lo que me dice este caballero, que ustedes no quieren beber?
-Si señora, Hemos tomado mucha agua y tenemos el estómago lleno.
-No creo que eso sea una razón; una copa de champagne nunca hace daño.
-Pues, tómela usted.
-Quiere decir, pedazos de salvajes, que se niegan á atender á la gente. A mí no me convienen mujeres así. Si no les gusta la casa; se van.
-Bien, señora, nos iremos. No crea usted que nosotras estamos mendigando favores: No nos da la gana de tomar con el señor, y santas pascuas. Hace tiempo que murió mi madre, y no es usted, quien viene á mandarme.
Los compañeros de Jones, que se habían acercado al grupo en disensión, intervinieron.
-Calma, calma. Estas niñas tienen la razón. No tienen sed, y ¿por qué se les va á hacer beber á la fuerza? ¿Le gustaría á usted, doña Luisa, que la hicieran comer sin apetito?
-No, señor. Aquí no se trata de que no tengan ganas de beber. Me quieren hacer mal, y eso es todo. Vamos los dos, mister Jones, á tomar una copa, y dejemos á este par de malcriadas. Pasando á otra cosa, cómo se llama el nuevo administrador?
-Luis García.
Genoveva y Elvira, escucharon este nombre, y se extre-mecieron de sobresalto. La casualidad, las colocaba otra vez cerca de su ex-amante.
Los dos jovencitos, empleados del escritorio de Germinal, se acercaron á las meretrices, y con cara risueña, deseosos de hacerse simpáticos á las mujeres, entablaron conversación:
-Hacen bien en no dejarse mandar por esta cabrona. Nadie tiene derecho de obligarlas á ustedes á que hagan lo que no es su gusto. ¿Quieren que hagamos una cosa buena, para darle pica á doña Luisa? Vamos los cuatro á la cantina, y ahí bebemos una copa dé cerveza. Verán qué cara pone la cabrona.
Las horizontales, encontraron agradable la proposición de los jovencitos, y tomándose del brazo de ellos, se encaminaron á la cantina, donde Jones y la abadesa bebían jerez. Genoveva y Elvira, estaban intrigadas, por haber oido pronunciar el nombre de García. Accedían á la invitación de los galanes, con el deseo de enterarse de si el administrador de Germinal, era el mismo Luis García, á quien tanto conocían ellas.
Carlos Alba, que era el nombre de uno de los compañeros Jones, pidió con voz sonora:
-Media docena de cerveza para nosotros. Acérquese, mister Jones; lo convidamos.
-Estas señoritas, ¿no me dijeron enantes que no bebían?
-Es que usted les convidaba champagne, y lo que ellas querían era cerveza. Apenas se la ofrecí, han aceptado. ¿No es verdad, buenas muchachas?
Sí.
A Germinal, llegaron los trabajadores que conducían al obrero muerto por Jones, y quien no era otro que Manuel Retamales, uno de los intimes amigos de Juan Perez, el valiento proletario que recorría la Pampa del Tamarugal, sembrando la semilla que debía producir el árbol de la redención.
El sereno Antonio, cuando distinguió á la fúnebre comitiva, creyó que se trataba de algún contrabando, y echando saliva á su garrote, en actitud de alistarse para apalear á alguien, se lanzó sobre los que llegaban.
-¿Qué traen ahí?
-Ya lo ve usted. El cadáver de Manuel Retamales.
-¿Quién lo mató?
-El gringo Jones.
-Eso es imposible. ¿Cómo ha pasado?
-Veníamos del pueblo á, la oficina, y nos sentamos al lado de la línea, á descansar, fumando un cigarrillo. Divisamos tres ginetes que se dirigían á nosotros, y reconocimos en ellos á mister Jones y los otros dos jóvenes de escritorio. Retamales, queriendo portarse atento con ellos, se puso de pié, y quitándose el sombrero, les dió las buenas noches. Entonces el gringo, estirando la mano, en la que llevaba un revólver, le disparó un tiro.
-No creo que mister Jones haya disparado, solamente por el placer de matar.
-Es la pura verdad. Ahora, hágame el favor de despertar al administrador, para darle cuenta de lo sucedido.
-No hallo por conveniente que se le despierte. Pudiera enfadarse.
-No se enfadará. El caso es grave. Se trata de la muerte de un hombre y la justicia debe venir. ¿O cree usted que porque el muerto es un roto, debe tratársele como á perro?

Esta conversación tenía lugar á la entrada del campamento, y fué oída por algunos trabajadores, los que, al enterarse que se trataba de un asesinato, brincaron de sus lechos y salieron á la calle, á enterarse de lo sucedido, condenando con frases enérgicas la conducta de mister Jones.
El sereno, no se dió por vencido, é insistió en resistirse á despertar al administrador; pero como á la bulla de la discusión, se abrían las puertas de los ranchos y aparecían nuevos espectadores, tuvo miedo por su pellejo, y con pasa ligero se encaminó á la administración, empujó la puerta y se dirigió al corredor de los dormitorios, llamando á la puerta del cuarto de Luis, quien se levantó asustado, al saber semejante desgracia. Isabel, que se hallaba durmiendo con García, se enteró de la nueva, y se vistió apresuradamente, recordando á Julia para comunicarle lo que pasaba.
En el corredor de la administración, encontró Luis el funebre espectáculo del hombre muerto, rodeado por gran número de curiosos, que habían acudido á gozar de la impresión que producen los cadáveres.
-¿Cómo ha sucedido esto? preguntó Luis á los obreros que estaban más cercanos al muerto.
-Veníamos del pueblo á la oficina, y en el camino nos encontramos con tres empleados de aquí, que iban á la estación. Retamales les dió las buenas noches, y el señor Jones le disparó un balazo.
Un grito de mujer, se oyó, al decir el que hablaba; que Jones había asesinado á ese hombre. El grito era de Julia, quien, con las facciones desencajadas y presa de una crisis nerviosa, se agarraba con ambas manos á la baranda, para no caer,
-¿No mediaron ningunas palabras; no hubo ningunaprovocación?
-Nada, patrón. Apenas Retamales, les dió las buenas noches, mister Jones, que iba adelante de los tres ginetes, estiro el brazo, que llevaba armado, y le disparó un tiro en el pecho.
Luis, quiso dar sus ordenes; pero fue interrumpido por los gritos de una mujer, que con el cabello en desorden y á medio vestir, se presentó en el teatro del suceso, arrojándose sobre el cadáver de Retamales. Era la esposa del infeliz, que acudía á enterarse de la terrible noticia, y que la veía confirmada por la triste realidad.
-Llévense el cadáver á casa de esa señora. Yo daré mañana el cajón, correré con los gastos del entierro, y daré algo á la viuda.
-Supongo, que avisará usted á la Policía, para que tome preso á mister Jones.
– Inmediatamente lo voy á hacer.
Luis se acercó al teléfono y comunicó al destacamento policial de la estación, lo ocurrido. El oficial, se dirigió directamente al salón del “Pique”, en la seguridad de que ahí encontraría á Jones, como así sucedió. Lo enteró de lo ocurrido, avisándole que el hombre había muerto. El inglés, se puso pálido como la cera, é inclinando la cabeza sobre el pecho, contestó al oficial:
-Puede usted llevarme preso.
-No hay necesidad. Lo vine á buscar, solamente para decirle que se presente en el cuartel, en lugar de ir á la oficina. Puede usted seguir divirtiéndose.
– Eso es imposible. Tengo el alma en un puño.
-¿Por tan poca cosa? No se amilane usted, y tenga fuerza de voluntad, para imponerse á los acontecimientos. ¿Cómo ha sucedido la desgracia?
-Veníamos los tres de Germinal, y al llegar á un hoyo que hay cerca de la línea, un hombre que estaba ahí junto con otros, se adelantó hacia nosotros, en actitud sospechosa y nos dió las buenas noches. Como hay ahora tantos pillos, yo creí que se trataba de algún salteo, y le disparé un balazo al aire; pero veo que he tenido la fatalidad de dar en el blanco.
-Ahora, lo principal, mister Jones, es que usted piense lo que le ha de decir al juez. Si usted sabe hablar y gasta un poco de dinero, no hay cuidado de que le suceda nada.
-¿Qué voy á pensar yo, que no entiendo de cosas judiciales? Aconséjeme usted lo que debo hacer; yo pagaré todo.
-Bueno, mister Jones. Llame usted á los otros dos compañeros, vámonos á la calle y en una parte en que nadie nos oiga, le voy á dar lección a de lo que debe hacer. Los cuatro individuos,. salieron del salón del “Pique” y se encaminaron á las afueras del pueblo, deteniéndose, cuando estuvieron á veinte metro de distancia de las últimas casas.
-He aquí lo que deben decir los tres: Veníamos de Germinal, y al llegar á tal parte, varios hombres que estaban escondidos en el interior de una calichera, salieron de improviso, lanzándose sobre nosotros, y tratando de sujetar de las bridas á los caballos. Viéndonos asaltados tan violentamente, sacamos nuestros revólvers y disparamos sobre los bandidos, los que huyeron al ruido de los tiros. Ignoramos cómo haya, sucedido que resultara muerto uno de ellos. Esto es lo que deben decir. Ni una palabra más.
Uno de los jóvenes, á quien el miedo lo tenía tembloroso, habló:
-Fué mister Jones, quien tiró.
-No importa, le replicó el oficial. Disparen ustedes un tiro cada uno, para que cuando el juez examine los revólvers vea que los tres usaron de sus armas. No conviene decir de ninguna manera que el señor Jones fué quien hirió á ese hombre.
El inglés, que había comprendido el objeto de la trama formada por el oficial, respiró con toda fuerza, y presa de la alegría que siente todo aquel a quien se quita de encima una carga moral muy pesada; le dijo, abrazándolo:
-Muchas gracias, amigo mío. Usted me salva. Creo que mis compañeros, estarán dispuestos á seguir sus indicaciones. .
– Sí, sí, contestaron Carlos Alba y Jesús Iriarte
-Bueno, como este asunto está terminado, vamos al salón del Pique», remolemos hasta las seis de la mañana, y a esa hora nos constituimos presos en la Policía. ¿Qué le parece mi idea, señor oficial?
XIV
Al día siguiente, amanecieron presos en la Policía, el contador de Germinal, mister Jones, y sus otros dos compañeros. El oficial, pasó un parte al juez, dando noticia de la muerte del obrero Retamales, como consecuencia del asalto que él, en unión de otros compañeros suyos, quisieron efectuar.
El parte relataba el pretendido asalto, con tal lujo de detalles, que parecía que su autor había asistido á él, presenciando todo minuciosamente.
El Juez de subdelegación, ante el cual comparecieron los tres reos, era un tinterillo, que recibía gratificación de la oficina Geminal, por estar siempre de parte de ese establecimiento. Recibió con mucha amabilidad á Jones y a sus colegas, invitándolos á tomar asiento..
-Qué le ha pasado, mister Jones? El parte, dice que ustedes han sido asaltados por unos pillos, que pretendieron desmontarlos, y que hicieron uso de sus revólvers resultando un bandido muerto.
-Es esa la verdad, señor Juez. Anoche, veníamos tranquilos de la oficina, los tres que estamos aquí presentes, y al llegar al cambio que existe frente á la oficina Trabajo, fuimos asaltados por cinco ó seis ladrones, que se lanzaron sobre las bridas de nuestros caballos, tratando de desmontarnos. Nosotros, como era natural, sacamos nuestros revólvers y disparamos sobre ellos, haciéndolos huir. Después, nos hemos enterado de que uno de los bandidos ha muerto.
-Entonces, se trata de un salteo. No hay cuidado de que les suceda nada. Ustedes han obrado en defensa propia. Ahora, solo falta que concurran los compañeros del muerto, á los que he mandado aprehender, y una vez que ustedes den esta declaración delante de ellos, los dejo en libertad, y á los pillos los mando á la cárcel de Iquique.
A pesar de que el juez era gran amigo de Jones, Alba é Iriarte, los tres reos, no las tenían todas consigo. En sus caras pálidas y ojerosas, se adivinaba, á través de las hallas de la crápula, el miedo que experimentaban. Cuando oyeron decir al juez que tenían que declarar lo mismo delante de los compañeros del muerto, se estremecieron de pies á cabeza, presintiendo lo terrible de la escena, en que tenían que mentir cínicamente para poder salvarse. No les quedaba más que dos caminos: ó la mentira, con la libertad; ó la verdad, con la prisión.
-No teman nada al careo. Esos pillos, tienen que ir todos á la cárcel de Iquique, y cuando salgan de ella, se les desterrará Como recién han ido los soldados por ellos, ¿vamos al hotel á tomar, una copa?
Los tres reos, aceptaron la invitación y se dirigieron.á una cantina cercana, adonde bebieron varias copas de whisky con soda, y.gingerale con cognac y old tom. Algunos amigos de ellos, que llegaron á la cantina, se unieron á los bebedores y la libación continuó con toda fuerza hasta las once del día, hora en que un policial se presentó á decir al juez que estaban los presos en el juzgado.
El juez, que tenía más ganas de divertirse que de cumplir con sus obligaciones, contestó al guardián con tono agrio: Póngale barras de grillos y enciérrelos en un calabozo. Yo avisaré cuando los han de llevar á mi presencia.
XV
La tarde del día en que tuvo lugar el luctuoso suceso, Manuel Retamales, en unión de Pedro Mendoza, Francisco Urbina, Fernando Juarez y otros amigos, habían salido de Germinal hacia la estación cercana, á recibir á Juan Perez, que iba á hacerles una visita, para alentarlos á no desmayar en la obra comenzada.
En el andén de la estación, desierto por hacer mucho rato que había partido el tren, encontraron á Perez, que con las manos cruzadas detrás de la espalda, se paseaba á largos trancos, haciendo sonar sus pesados zapatos de Valdivia sobre el entablado.
El encuentro fue cariñoso y efusivo. Los amigos y compañeros de lucha, se abrazaron, contentos de verse reunidos, después de tanto tiempo de ausencia. Uno de los obreros de Germinal, que ha conocía á Perez, propuso ir á una cantina, a beber una copa por su feliz llegada; pero los demás, que sabían que él odiaba a muerte al licor, se opusieron á ello.
La modesta comitiva se dirigió á un restaurant, con el objeto de comer, antes de emprender el viaje á Germinal. Durante la comida, habló Perez de su obra, que cada día ganaba más adeptos, creciendo y tomando cuerpo como las ondas de una tempestad, Dijo que estaba cercano el día en que la redención, tanto tiempo anhelada y perseguída, se esbozara con fuertes relieves en el horizonte obrero.
-¿Cómo andan aquí los trabajos? preguntó Perez á su más íntimo amigo, á Pedro Mendoza.
-Mal, compañero. Cada día se pone más mala la oficina. Han suprimido las fichas; pero nos han dado vales, que es peor. Con las fichas, podíamos comprar algunas cositas á los comerciantes de afuera. Los vales, nadie los quiere recibir.
-¡Bonito modo tienen los burgueses para burlarse de nosotros! Pedimos al Gobierno que se cambie las fichas á la par, el Presidente de la República lo ordena, y los oficineros, engañan al Intendente, diciéndole. que aceptan la orden, y lo que hacen es ahorcarnos más, porque los tales vales son peor que las malditas fichas.
-¿Cuántos días, hace que están circulando los vales?
-Como un mes.
-No debieron ustedes aceptar ese nuevo sistema de explotación. En la oficina B., también quisieron introducir los vales; pero los obreros en masa los rechazaron y el administrador se vió obligado á darles fichas.
-Es que allá, estaba usted Perez, que es enérgico y sabe hablar bien. Aquí,. las cosas cambian de aspecto. No tenemos un buen jefe que nos enseñe lo que debemos hacer.
-Y la cuestión jornales, ¿cómo anda?
-Eso está por los suelos. El nuevo administrador, que es un jovencito muy presumido y que según malas lenguas, vive con la mujer del patrón, mister Chamberlain ha llegado con más hambre que una perra parida. La pulpería, ha subido los precios de todo. Ya no hay particulares, sino que todos los trabajadores de pampa, están al jornal, teniendo que trabajar con mayordomo, como los antiguos esclavos. Los desrripiadores, :los chancheros y los timados, también ganan menos.
-Esto es inaudito. Los oficineros, están precipitando los acontecimientos. Ellos, que tanto alardean de ser gente de orden, nos están arrastrando á la revuelta. Que ella sea, y que tiemblen, cuando llegue el día de nuestra reivindicación…..I ustedes, se han sometido á las leyes de ese nuevo Sultán, sin protestar?
-¿Que iba á hacer yo? Hace dos meses que me ha tocado la mala, y estoy debiendo cincuenta pesos á la casa. Si digo algo, me despiden y con qué me traslado?
-Yo tengo mucha familia, y usted sabe que para moverse de un punto á otro, se necesita mucho dinero, cosa que no tengo, porque como he estado un mes enfermo, ando muy mal de fondos.
-Yo, habría podido irme de aquí; pero, ¿adonde voy? En la oficina Trabajo, los jornales son más bajos. Verdad es que las calicheras se las dan á los particulares; pero los terrenos son pobres y hay que echar la gota gorda para ganar para el chupe..
Juan Perez, con la frente apoyada en la mano, se quedó pensativo sobre la mesa donde humeaban las tazas de té, postre dé aquella comida de obreros. Por su despejada frente, pasaban en tropel las visiones de la miseria pampina, de los sufrimientos de esos pobres obreros, tan explotados y vejados por capitalistas y autoridades. Sus Compañeros lo contemplaban en silencio, respetando su meditación
Las sombras de la noche, invadían el comedor del restaurant, dando á los rostros de los comensales aspecto de aparecidos. Muy pronto, las llamas de los quinqués, lanzaron su claridad indecisa sobre la sala. El mozo se acercó con la cuenta, la que pagó Pedro Mendoza, y levantándose todos con solemnidad, salieron de esa casa, tomando la dirección de la oficina Germinal.
La luna en plenilunio, derramaba sus rayos sobre la población, que presentaba un bonito golpe de vista, con sus despachos, tiendas y cantinas, iluminadas.
En las afueras de la población; antes de que comenzara la Pampa gris, la comitiva se detuvo en la puerta de una casa de tolerancia, adonde se apiñaban varios hombres y muchachos, que con los ojos desmesuradamente abiertos, contemplaban á las prostitutas que bailaban.
La cantora, mientras tamboreaba, entonaba una cueca, que terna los versos de:
Volando viene, volando se va; …………………… con plata viene,sin plata se va.
-He ahí una verdad de á folio, dijo Juan Perez á sus compañeros. Los desgraciados que entran á estas casas inmundas, llegan con plata y salen sin un centavo y sin salud.
Los curiosos, que presenciaban desde la puerta, el, para ellos, delicioso expectáculo, miraron. á Perez con la boca abierta, como si nó comprendieran el significado de sus palabras. Ellos, que habrían dado un día de su vida, por conseguir diez pesos para entrar á esa casa, se admiraban que hubiera un individuo que hablara de ella tan malamente. Perez, comprendiendo esa admiración, continuó:
-He estado en el Hospital de Iquique, y he visto que de cada cien enfermos que hay ahí, noventa y cinco lo es tan por enfermedades venéreas. Esos hombres cuya sangre está envenenada por el virus de la sífilis, no sirven para nada. Son seres inútiles á la humanidad, porque no pueden procrear, y cuando lo hacen, dan hijos degenerados. ¿Qué es lo que se saca de aquí? Bailar, chupar y dormir con una mujer. Eso se puede hacer, también, con las esposas propias, y sale más barata la diversión.
Un sargento de Policía, en completo estado de ebriodad, arrastrando el largo sable, se abrió paso por entre los curiosos, dando empujones y vomitando, juramentos, y penetró al salón, donde fué recibido por los brazos de diez mujeres.
-He ahí á un representante del orden! dijo Perez. Ese es un encargado de la seguridad pública, que sabe desempeñar su obligación á las mil maravillas. El, se divierte aquí, y sus subalternos lo harán en, otro salón, Total: la población está en estos momentos abandonada. ¡Vamonos, compañeros! dijo, dirigiéndose á sus amigos.

La comitiva obrera, se internó en la Pampa, y continuó su marcha hacia Germinal, deteniéndose de cuando en cuando, para conversar sobre el gran proyecto de Perez, y para fumar un cigarrillo.
En una de esas pascanas, divisaron tres ginetes que galopaban por el medio de la línea, en dirección hacia ellos. Mendoza, dijo á Retamales:
-Esos, deben ser empleados de Germinal. Dales las buenas noches, para probarles que somos corteses.
Retamales; con su, corazón sano, sin pensar,.que su atención podía ser castigada tan terriblemente, se adelantó á los ginetes, y descubriéndose, les dió las buena noches: El cobarde Jones, que creyó que se trataba de un asalto, y acostumbrado como estaba á tratar á los obreros como á perros, disparó el revólver que llevaba en la mano, matándolo.
XVI
Jones, Alba, Iriarte y el juez, se emborracharon en el Hotel, mientras que á Juan Perez, Urbina, Juarez y los otros obreros, que presenciaron el asesinato de Retamales, se les remachaba barras de grillos y se les encerraba en un inmundo calabozo, donde permanecieron todo el día y la noche, sin que por sus gargantas pasara otra cosa que los. jarros de agua que les daban los soldados.
¿Qué les parece? decía Perez á sus amigos. El gringo Jones, mató á Retamales, y á nosotros nos tienen presos como á malhechores!
Ninguno de ellos podía darse cuenta de lo ocurrido. No comprendían que fuera un delito presenciar un asesinato, En sus cabezas, ardían volcanes. ¡Ignoraban los desgraciados, que se les acusaba de salteo!
Al día siguiente, después de una noche de vigilia, fueron sacados del cuartel los obreros, y conducidos al juzgado, adonde estaban Jones, Alba, Iriarte y el juez, con los ojos hinchados y el aliento fétido, signos reveladores de la borrachera que habían cogido el día anterior. Un gentío, compuesto de personas desocupadas y muchachos vagos, esperaba en la puerta del cuartel á los bandidos que pretendieron asesinar á los empleados de Germinal. Las mentiras del asesino y de sus compañeros, inventadas por el oficial de policía, y apoyadas por el juez, habían hecho su efecto.
A la vista de los engrillados, se oyó un murmullo de curiosidad. Todos se preguntaban quiénes serían esos. individuos, Los encontraban de fea catadura. Algunos decían que eran pájaros de cuenta de las cárceles de Chile, y hasta citaban sus nombres de guerra. ¡Siempre la maledicencia se ceba en los desgraciados! Perez y sus compañeros, no habían cometido ningún crimen; pero bastaba que Jones hubiera dicho que lo habían querido asaltar, para que el vulgo viera en ellos á criminales empedernidos, capaces de las mayores atrocidades..:
La conducción de los reos al juzgado, fue lenta., El peso de los grillos, no los dejaba caminar. Iban con la cabeza baja, reprimiendo las lágrimas de rabia que asomaban á sus ojos. Al llegar á la casa del juez, el público quiso penetrar; pero los policiales se lo impidieron, haciendo uso de sus rifles. El pueblo se encontraba excitado con la noticia del apócrifo asalto, y queda oir hablar á los presuntos bandidos. ¡La imaginación popular, se deja siempre seducir por las farsas que inventan los de arribar
Perez y sus compañeros, penetraron á la sala del juzgado, en donde el magistrado que debía. oir sus primeras declaraciones, departía amigablemente con Jones y los otros dos empleados de Germinal. Como conservaran sus sombreros puestos, por un descuido muy natural en personas que se hallaban como locos, sin saber lo. que les pasaba, un policial se los quitó, descargando puñetes sobre sus cabezas, al mismo tiempo que les decía:
¿Quieren burlarse ustedes de la justicia; pedazo de pillos? Al juzgado se entra sin sombrero!
Los presuntos reos, tuvieron que morderse de ira, al ver que eran impotentes para castigar el orgullo y atrevimiento de ese mercenario, que por adular á sus jefes, hacía, el papel de vigilar por el respeto al juzgado. Por sus ojos pasaron llamaradas del incendio que abrasaban sus corazones; sus manos se crisparon, en un espasmo nervioso, como para agarrar y despedazar cuerpos; sus dientes rechinaron, produciendo ruidos secos y fúnebres; y la desolación se pintó en sus semblantes, al ver que nada podían hacer, puesto que estaban prisioneros.
El juez, miró á los acusados, con altanería y curiosidad; sonrió, con la satisfacción del que se siente superior á los que va á hablar; tosió enfáticamente, irguiendo la cabeza, haciéndola ejecutar el movimiento de los péndulos de los relojes, y les preguntó, señalándoles á Jones y á los otros dos empleados de Germinal:
-¿Conocen ustedes á estos caballeros?
– Si, señor, replicaron todos.
-A mí se me da el tratamiento de usía.
-Dispense usía; como. nosotros ignoramos las cuestiones de la justicia, le hemos respondido así, contestó Juan Perez.
-¿En qué parte los encontraron antenoche?
-En el camino de este pueblo á Germinal, cerca del pique que hay á un lado de la línea, respondió Urbina, —¿Qué hicieron ustedes con ellos?
-Nada. Nuestro amigo Retamales, les dió las buenas noches, y entonces el señor Jones le dió un balazo y lo mató.
Mienten, canallas! ¡A mí no se me debe engañar así! Ustedes han querido asaltar á estos caballeros, y por eso ellos dispararon contra ustedes.
Perez, al oir semejante calumnia, no pudo reprimirse, y levantando la cabeza sobre las de sus compañeros, replicó al juez:
-Lo que usía esta diciendo no es cierto. Nosotros somos gente honrada y trabajadora, como se lo pueden probar estas manos callosas, y jamás hemos tenido que ver nada con la Policía. Antenoche, el señor Jones, disparó contra nuestro amigo, solamente porque le dió las buenas noches. Las caras de Jones, Alba é Iriarte, estaban blancas de miedo. Un ligero temblor, recorría sus cuerpos. Las palabras de Perez, pronunciadas con toda entereza, los había aplastado.
El juez, sonriendo de la negativa de Perez, se dirigió al inglés:
-Hable usted, mister Jones. Cuente lo que le sucedió á usted y á sus dos amigos, con estos pájaros.
Con voz insegura, el inglés explicó al juez que esa noche, los ahí presentes, en unión del muerto, los habían. querido asaltar, intentando desmontarlos; que ellos hicieron uso de sus revólveres, y que ignoraban como había salido herido Retamales.
-¡Es usted un impostor! gritó Perez, al ver el cinismo de Jones. !Es usted un canalla! ¡Nadie ha hecho lo que usted dice! Tiene usted miedo de confesar su asesinato!
El juez, dió orden de que los policiales sacasen de la sala á Perez, y de que le aplicasen una mordaza. El interrogario continuó, sin que los obreros pudieran justificarse, porque el magistrado no los dejaba hablar, y una vez terminado, los falsos salteadores, fueron llevados al calabozo en que habían pasado la noche anterior, y Jones, Alba é Iriarte, después de beber una copa de champagne con el juez y otros amigos del pueblo, emprendieron la marcha hacia Germinal.
XVIII
En la oficina, contó mister Jones como había estado á punto de perecer, en manos de esos bandidos, adornando el episodio de rasgos de valor, que lo convertían en un héroe. Julia, que no había estado tranquila, desde la noche que oyó decir que su novio había asesinado á un hombre, recobró la calma. García felicitó á Jones por su hazaña, diciéndole:
-Ha hecho usted muy bien, en castigar á ese pillo. Se necesita darles á estos rotos una lección así, para que dejen de ser aficionados al robo.
-Yo siento mucho lo sucedido, le respondió hipócritamente el inglés.
-No merece la pena sentir la muerte de un perro. Usted no sabe, mister Jones, lo que son estos canallas. Ahora, lo que le conviene es andar siempre prevenido, porque como son muy vengativos, puede ser que haya algún loco que quiera hacerle daño.
-No tenga usted cuidado. El revólver no lo abandonaré nunca. ¿Sabe mister Chamberlain, lo sucedido?

-Sí, y ayer me dió orden de que si el asunto no se arreglaba hoy, tratara yo de dar algún dinero al juez, para que apurara el resultado.
Mientras Jones pasaba por un valiente ante el administrador, su novia y su futura cuñada, en un calabozo del pueblo cercano, Perez y los otros obreros acusados de salteo en despoblado, se mesaban los cabellos de desesperación, presintiendo lo que les esperaba. El policial, que en el juzgado les quitara los sombreros, de manera tan brusca, los visitaba cada un cuarto de hora, para convencerse de que no pretendían evadirse, y les propinaba burlas que redoblaban su martirio.
-¿Les gustó ser niños diablos? les decía. Mañana los bajan á Iquique, y nadie les despinta dos años de cárcel.
Los presos nada respondían á estas necedades. Cual modernos Prometeos, encadenados á la montaña de la impotencia, se dejaban roer las entrañas por ese buitre humano, que vestía el uniforme de los soldados.
Al día siguiente, un gran gentío se hallaba reunido frente al cuartel. Se sabía qué iban. á ser bajados á Iquique los temibles bandidos de Germinal, y nadie quiso privarse de gozar el expectáculo de contemplar á esos desgraciados. Los curiosos, eran compuestos por personas de distintas clases sociales. hombres y mujeres, viejos y niños.
Los mocosos, comentaban lo sucedido, mintiendo descaradamente.
-Yo conozco á dos de los bandidos, decía un pilluelo descalzo, y que por única ropa, llevaba pantalón y camisa. Uno se llama el Chuchampa, y el otro, el Charquecillo.
-¿Adonde los conociste?
-En el salón del “Pique”, una noche que estaban remoliendo.
Las mujeres se santiguaban, contando historias fantásticas de esos hombres, en las que les achacaban virtudes sobrenaturales. Alos chicos, los asustaban con esos bandidos:
– Como seas malo, Pedrito, esos asesinos te van á matar.
Después de un largo rato de espera, que pareció siglos á los curiosos. aparecieron en la puerta del cuartel los reos, caminando pesadamente. Adelante, iba Perez, quien llevaba la cabeza erguida, mirando cara á cara á la muchedumbre. Al pasar cerca de un grupo de desocupados, oyó decir, refiriéndose á él:
-Ese degolló un matrimonio, en el mineral de Santa Rosa.
Volvió el rostro, clavó los ojos en el insensato que profería palabras tan comprometedoras, y no pudiendo contenerse, le escupió:
-¡Cállate, animal! Soy inocente. Me culpan de salteador, siendo que no se trata más que del asesinato de un obrero, en que el criminal es el gringo Jones, contador de Germinal!
Los policiales que iban custodiando. á los reos, hicieron callar á Perez, y como éste les replicara que debía sincerarse ante el público, se le amenazó con las culatas de los rifles. Al subir á la escala de los coches, en el tren que debía conducirlos á Iquique, los pobres obreros sufrieron dolorosos martirios. Como los grillos les impedían levantar los pies, resbalaban, hiriéndose las piernas. Los soldados, en lugar de ayudarlos á ascender, se burlaban de su desgracia.
El tren partió, y en el andén de la estación, las murmuraciones siguieron su curso, añadiendo cada cual algo de su parte, á aumentar la historia extraña del falso salteo. Los reos, iban en los coches de seguida, sufriendo las inquisidoras miradas de los viajeros, que cuchicheaban, y los miraban con horror.
Al llegar a Iquique, se repitieron las mismas escenas de curiosidad. El público se agolpó alrededor de la estación, para verlos subir á los coches, y en las afueras de la cárcel, había aglomerada una gran muchedumbre, deseosa de verlos bajar. Todas estas afrentas, las recibió Perez y sus compañeros, impotentes para vindicarse, esperando coa ansia verse ante el juez del crimen, para poder explicarse.
XIX
Esa misma tarde, el juez de.turno, se presentó á la cárcel, á tomar declaración á los reos. La bulla formada por la prensa, alrededor del famoso salteo, traía alarmada á la justicia; y por eso el juez del crimen,. se apresuró á visitar á los reos, para oir de su boca la espeluznante relación dada á la publicidad.
El juez, al revés de su colega pampino, pidió que los reos fueran llevados á su presencia, uno por uno.
Al primero que le tocó el turno, fué á Perez, quien con la indignación que produce toda injusticia, contó lo sucedido, explicando minuciosamente lo ocurrido desde la tarde de la noche fatal, y acabando por declarar que Jones era el asesino de Retamales.
Sucesivamente, fueren declarando los demás reos, y sus palabras no tuvieron la menor contradicción. Todos estuvieron contestes en afirmar que Jones había asesinado a Retamales, ignorando la causa, y que se trataba de una gran calumnia, inventada por los empleados de Germinal, con el objeto de sincerarse.
El juez, que aunque burgués, se hallaba libre de la influencia de la oficina Germinal, miró las cosas tras el lente de la imparcialidad, y comprendió al momento que se trataba de esos raros casos, en que se quiere tapar me crimen con otro crimen. Le extrañó macho el proceder del juez pampino, al dejar en libertad á los empleados de Germinal, siendo que habían confesado haber hecho uso sus revólvers, lo que probaba que eran los autores de la muerte de Retamales.
A pesar de que todos los reos, eran trabajadores de la oficina Germinal, lo que era una ventaja para ellos, porque era inconcebible suponer que fueran a cometer un salteo con gente conocida, les perjudicaba la presencia de Pérez en ese acto, quien era extraño, por no ser operario de esa oficina.
Ellos, habían declarado, que su viaje á la estación, fué con el objeto de recibir á Pérez, quien llegaba á visitarlos. Cuando el juez les preguntó el, objeto.de la, visita. de Pérez, se turbaron, y eso dió margen á que el representante de la justicia, dudase de sus palabras.
Con Pérez, sostuvo el juez, el siguiente interrogatorio: —¿Usted, cómo avisó á sus amigos, que llegaba ese día á la estación?
-Por carta, usía.
-¿De donde iba usted para allá?
-De la oficina N., á donde se me había cancelado saldo el dia anterior, como se lo puede probar esta libreta.
-¿Qué objeto lo llevaba á Germinal?
La salida del juez fué brusca, y por el rostro de Pérez, pasó la sombra de h turbación. Reanimándose, contestó:
-Visitar á mis antiguos amigos.
– ¿A donde conoció usted á esos amigos?
-En la misma Germinal. Hace un año, yo era trabajador de allá.
-Entonces, conoce usted al señor Jones y. á los otros dos caballeros que los acusan de intento de asalto?
-Sí, usía.
-Y durante el tiempo que trabajó usted en Germinal nunca tuve ningún disgusto con ninguno de los, tres?
-Nunca, usía.
Terminado el interrogatorio á los reos, el juez del crimen, estampó un decreto, al pie del sumario iniciado por el juez pampino, ordenando que fueran notificados Jones, Alba é Iriarte, pará que tuvieran un careo con los reos.
Cuando los empleados de Germinal, recibieron la no-tificación, que les ordenaba bajar á Iquique, sintieron un miedo mayúsculo. ¡Ellos, que creían terminado el asunto, se encontraban nuevamente metidos en un lío, que tenía visos de convertirse en algo desfavorable!
Alba é Iriarte, tuvieron una conferencia, en la que al principio prevaleció la idea de delatar á Jones como el asesino de Retamales; pero, reflexionando un poco, se con-vencieron de que eso acabaría de perderlos, porque como sus declaraciones constaban en el sumario levantado, podían ser reducidos á prisión por engañar á la justicia. Jones, que en esos momentos se presentó ante ellos, acabó de persuadirlos á que debían sostenerse en lo dicho.
El inglés, en los días que habían precedido á la muerte de Retamales, se había tornado pensativo y sombrío. Hablaba poco y rehuía juntarse con sus compañeros. Al andar, volvía bruscamente la cara atrás, como si temiera alguna asechanza. Una vez que Julia lo llamó, sintió tal sorpresa, que dió un grito. Comprendiendo que había cometido una indiscreción, trató de disculparse ante ella, diciéndole que se sentía indispuesto, debido á una fuerte neuralgia qué lo aquejaba.
García, se sobresaltó, cuando supo que los tres empleados de la oficina, tenían que bajar á Iquique, llamados por el juez del crimen; se puso al habla con mister Cham berlain, y consiguió que éste se entendiera con el magistrado iquiqueño, para conseguir que usara de benevolencia con Jones, Alba é Iriarte.
Mister Chamberlain, aceptó al acto servir de padrino de sus empleados, pero, cuando fué á poner en práctica su plan, recordó que él no era muy amigo del juez que entendía en la causa, y que quien tenía bastante intimidad con él. era su esposa. El inglés, recordó que en otros tiempos, el juez de marras, había sido uno de los más asíduos visitantes de Isabel, sin que entre los dos hubiera existido gran conocimiento, debido á que siempre había ido á su -casa, cuando él estaba ausente.
Chamberlain, avisó por telégrafo á García, que no podía usar de influencias con el juez, porque lo conocía solo de vista; que si Isabel se encontraba mejor, podía hacer ese servicio á Jones, ya que ella era muy amiga del juez. García, á quien la soledad de la oficina, había des pertado en él un cariño ardiente hacia Isabel, se extremeció de celos, y le respondió que la señora, recién principia-ba á mejorar, y que un viaje á Iquique, podía causar quebrantos en su salud.
Mister Jones, no pudo dormir, la víspera de su bajada á Iquique. A cada momento, despertaba sobresaltado, gritando y dando puñetes á diestra y siniestra. La sombra del muerto, lo perseguía. Veía ante sí el cuadro de miseria que ofrecía el hogar de Retamales. La mujer, había caído en una especie de demencia, y permanecía acurrucada en un rincón de la casa, sin tomar alimento alguno. Los niños, sucios y desarrapados, con los ojos y boca llenos de moscas, vagaban por las calles del campamento, implorando la caridad. En la desgraciada bohardilla, donde, á pesar de lo escaso del salario que ganaba Retamales, batía sus alas la felicidad, se veía la desolación más grande, la ruina más intensa. ¡Tal es la falta que hace el padre en una casa!
¡La conciencia, le remordía al inglés! ¡Oh, la conciencia! Quien diga que no la tiene, miente. La conciencia, existe en todo individuo, adherida á lo más íntimo de su sér, y aunque la depravación más grande, haya pervertido todos sus sentimientos, no deja de sentir el aguijón del remordimiento; de la misma manera que, aunque el paciente cloroformado, no sufre los dolores de una operación, siempre la carne lo experimenta.
¡La conciencia! Coged á cualquier bandido, al que deba más muertes, y preguntadle si está conforme con las malas acciones que comete, y os dirá que nó. Por eso, todos los criminales, recurren al licor, porque en la embriaguez ahogan los fúnebres recuerdos de sus tristes hazañas.
Si con el juez pampino, se habían portado sonrientes y seguros de sí mismos, los empleados de Germinal, no les esperaba igual cosa con el magistrado iquiqueño, quien estaba libre de las influencias de esa oficina. Esto pensaban ellos, Mientras caminaba por la inmensa pampa gris, el convoy que los conducía á Iquique. Cuando, desde la eminencia que recorre el tren, antes de bajar á Iquique, divisaron la ciudad, sintieron una gran opresión en el pecho y abrieron las ventanillas del vagón, para no ahogarse. Los pampinos, siempre que bajaban al puerto, sentían un gran placer; pero á ellos les sucedía lo contrario. El crimen los tenía en zozobras.
XX
Luis, al quedar solo en la oficina Germinal, tuvo miedo de poner en práctica un plan que habia concebido en unión de Jones, con el objeto de hacer ganar á mister Chamberlain todo el dinero posible.
Se trataba de extraer caliche de terrenos fiscales, que colindaban con los de esa oficina, operación bastante peligrosa; pero también bastante lucrativa. El plan había sido puesto en conocimiento de Chamberlain, quien lo había aceptado, recomendando se tomaran todas las medidas de precaución, para evitar un fracaso.
Luis se hizo la cuenta de que si demoraba el robo de caliche á los terrenos fiscales, mister Chamberlain, podía creerlo demasiado pusilánime, lo que redundaría en su perjuicio, y en beneficio de Jones. Después de meditar bastante sobre el asunto, repitió la frase de César, al atravesar el Rubicón, y llamando al corrector, le dió orden de que procediese á colocar jornaleros en ese terreno y á extraer caliche.
El corrector hizo una mueca de asombro:
-Ese terreno, pertenece al Gobierno.
-Lo acaba de comprar mister Chamberlain.
Eso es otra cosa, porque es muy peligroso internarse en propiedades fiscales.
-No tenga usted cuidado. Le he dicho que son terrenos de mister Chamberlain, y no hay que hablar más sobre el asunto. Aumente usted el jornal á los trabajadores, y dígales que esa pega, va á durar pocos días, para que se apresuren todo lo que puedan.
Al día siguiente, cincuenta barreteros hundían sus pesadas herramientas en las costras fiscales, dejando expeditos los huecos, en los que había que colocar la dinamita, para hacer volar la capa de encima y dejar en descubierto el caliche.
La extracción de nitrato de los nuevos terrenos, se hizo con rapidez. Luis, engañaba al corrector, diciéndole que había urgencia en concluir con esos intereses; porque se iban vender á una oficina cercana, según convenio entre el propietario de ella y mister Chamberlain.
A los diez días de iniciados los trabajos, todos los obreros de Germinal, se hallaban instalados sobre esos terrenos, que resultaron ser de soberbia riqueza. El caliche de buena ley, abundaba, y no bastaba más que tronar un tiro no muy hondo, para que se viera blanquear el nitrato.
La alegría de García, no tenía límites. Aquello, era una gran fortuna, que importaba buenos millones de pesos. El joven administrador, se frotaba las manos de placer, al ver que la felicidad, se le entraba por la puerta. Todo, se presentaba á su vista, con colores de rosa. Contaba con el amor de Isabel, la que se había convertido en una furia pasional, cuya carne se revelaba á gritos, pidiendo el goce de los placeres lúbricos. Los negocios de la oficina, marchaban como nunca, viento en popa, traduciéndose en buenos millones de pesos, que ingresaban á la caja. ¿Qué más podía desear? Tenia amor y consideraciones.
Quiso la mala suerte que un inspector de la Delegación dé Salitreras de Iquique, por una rarísima casualidad, pues esos señores jamás cumplían con sus obligaciones, pasase en visita de reconocimiento por esos lugares, y se encontrara con que los terrenos fiscales, se hallaban invadidos por trabajadores de Germinal, y que los hitos, demarcadores de límites, habían desaparecido.
Tuvo miedo de lo que pasaba y se apresuró á avocarse al administrador de esa oficina, para saber si tenia fundamento para trabajar esos terrenos; pero, Luis, que lo había visto dirigirse á la administracrón, presintiendo lo que podía suceder, se ocultó; y ordenó que le dijeran que se encontraba ausente. Se dirigió á la pampa, y preguntó al corrector que dirigía los trabajos, que con qué derecho se trabajaban esos terrenos. El corrector, que había creído en las palabras del administrador, le respondió que mister Chamberlain los había comprado.
El inspector, se dirigió al pueblo cercano, se puso en comunicación telefónica con la Delegación de Salitreras, y después de enterarse que no había existido tal compra, hizo su denuncio ante el juez del lugar, el amigo de Jones, que recibía subvención de la oficina Germinal.
El juez, se encontró perplejo ante lo que sucedía, sin saber qué partido tomar. Como dependía de Germinal, temia proceder contra la oficina, y perder la gratificación que mensualmente se le daba. Trató de persuadir al inspector de que arreglase el asunto pacíficamente, entendiéndose directamente con el administrador, ó con mister Chamberlain, y hasta se ofreció á servir de intermediario; pero aquel, que era hombre honrado, cosa rara en los empleados fiscales, senegó rotundamente á entrar en negociaciones de ninguna clase, y amenazó al juez con delatarlo a las autoridades superiores, si persistía en no proceder como se lo ordenaba su deber.
Viéndose entre la espada y la pared, amenazado con ser acusado ante la justicia de Iquique, el mal juez, no tuvo más remedio que ceder á las exigencias del inspector, y preparar una visita á los terrenos en litigio.
La visita se efectuó con todas las formalidades de estilo, y la hizo el juez, en unión del receptor, del inspector de la Delegación de Salitreras y de tres soldados de la guarnición. La comitiva llegó á los terrenos del Gobierno y presenció el expectáculo de una masa considerable de obreros, que con actividad febril, se dedicaban á la extracción del caliche.
El juez, interrogó al corredor que porqué se hacía esa labor en propiedades fiscales, recibiendo como contestación que esos terrenos no eran del Gobierno, sino de mister chamberlain, quien los había comprado. Preguntó por el administrador, y se le contestó que estaba ausente.
Siguiendo la tradicional costumbre de los burgueses, de aplicar á todo la ley del embudo, el juez dejó en paz á los empleados de Germinal, y ordenó que fueran apresados todos los operarios que se encontraban trabajando en esos terrenos. Se hizo una protesta por los perjudicados; pero no hubo más remedio que ceder, y los pocos que no pudieron huir al campamento, tuvieron que someterse y dejarse llevar presos al pueblo cercano.
El sumario, levantado por el célebre juez, descargaba toda la responsabilidad del robo de caliche fiscal, sobre los pobres obreros, como si ellos, de motu propio, hubieran procedido á cometer ese acto irregular. Los operarios permanecieron presos seis días en el calabozo de la policía, comiendo mal y durmiendo peor, hasta que fueron puestos en libertad. Como uno de ellos, se presentara al juez, á reclamar de tan arbitraria prisión, el magistrado pampino, le contestó con la desfachatez más grande:
-Retírate de mi presencia, si no quieres que te vuelva á pasar para adentro.
El asunto, pasó á la justicia de Iquique, y concluyó en seis días, como concluían todas las pilatunadas que cometían los de arriba. Mister Chamberlain, se puso en contacto con el Delegado de Salitreras, con el Intendente y con el juez letrado, y mediante una gratificación, que no equivalía ni la tercera parte de lo que había robado al Fisco, consiguió que se le echara tierra al juicio. Esto da una triste idea de lo que eran las autoridades de entonces, que se dejaban sobornar, en cambio de un puñado de libras esterlinas.
Los oficineros, sabían muy bien que podían abusar impunemente con los trabajadores, atropellando el libre comercio y pagándoles con papeles mugrientos, llamados vales, porque contaban con el apoyo de las autoridades complacientes, las que estaban siempre, dispuestas á pedir tropa y buques al Sur, para que los pobres no protestasen de las exacciones que con ellos se cometían.
Fué muy curiosa la escena desarrollada entre mister Chamberlain y el Delegado de Salitreras, con motivo del robo de caliche fiscal. El gringo, que conocía a fondo á los funcionarios públicos, habló de esta manera al Delegado:
-Vengo, señor, á solicitar de su reconocida amabilidad, que me salve del compromiso en que me hallo, con motivo de un desacierto cometido por el administrador de Germinal, oficina de mi propiedad.
El Delegado, por representar mejor la comedia, se puso de pié, al oir ese nombre, y empezando un paseo á grandes trancos por su gabinete, respondió á Chamberlain:
-Ya, ya. Se trata de una cosa inaudita, sin nombre, penada fuertemente por los códigos del país. Se ha cometido una defraudación de los intereses de la nación, y la justicia tiene que ser inexorable con esa falta.
El inglés, que sabía que aquello no era más que pura farsa, le respondió con viveza:
-La falta podía ser grave, siempre que se hubiera procedido con malicia; pero en este caso, se trata de la inexperiencia de un joven novicio en trabajos de salitreras.
-Es muy grave el asunto, mister Chamberlain. Yo soy su amigo; pero es que el juez de la pampa, ha Comunicado lo que pasa al Intendente y al juez Letrado.
-Yo me encargo de hablar con esos dos caballeros. De eso no tema usted. Lo que necesito saber es que si usted está dispuesto á ayudarme á darle solución al litigio. Le prometo recompensarle bien.
Estas palabras, produjeron un efecto mágico en el. Delegado de Salitreras, quien cambiando súbitamente de expresión, contestó:
-De eso no hay que preocuparse, amigo Chamberlain. Ya sabe usted que yo no procedo por interés, sino en vista del aprecio que le tengo. Hable usted con el Intendente y con el juez letrado, que espero no tendrán ningún obstáculo en hacerle ese servicio.
Mister Chamberlain, con rigidez británica, sacó un cheque que llevaba listo en la cartera, lo depositó en manos del Delegado, al que estrechó fuertemente la mano, y salió de esa oficina, más orgulloso que un general vencedor.
Igual cosa hizo con el Intendente y el juez letrado, y estos funcionarios, después de manifestarle lo escabrosa de la cuestión, concluyeron por aceptar ayudarlo á pasar el río, recibiendo en recompensa, sendos cheques, iguales al que recibió el Delegado de Salitreras. ¡Los cheques, eran arma de combate de los extranjeros!
Las autoridades, no se paraban en pelillos, para realizar negociados que les reportaran dinero. Las leyes y los intereses del país, eran para ellos cosa nula. No tenían otro dios que la Libra Esterlina, y ante ella se prosternaban, como los israelitas ante el becerro de oro.
Cuando la conciencia, con sus gritos, les decía que habían obrado mal, buscaban en el champagne, en los banquetes, en las orgías, el lenitivo á tan negros presentimientos. El Club de la Unión, era la panacea que calmaba todos sus dolores. A él acudían, en busca del elixir alcohol que alejara de sus mentes las sombras del remordimiento. Allí, tenían todo á su disposición: cantina bien provista, mesa suculenta, billares, bacarat, pinta y toda clase de jue-go de azar. Después de eso, tenían las casas de tolerancia, donde las bacanales más desenfrenadas, podían acabar con el último resto de pudor que les quedaba.
Los extranjeros, que representaban al capital en Tarapacá, conocían bien el lado flaco de los funcionarios chilenos, y explotaban la situación, ofreciéndoles el dinero á manos llenas, para fomentar sus vicios, y adormecerlos en la molicie, mientras ellos hacían y deshacían con las riquezas chilenas, esquilmando á los obreros nacionales, y empleando con ellos un sistema de explotación y de barbarie, tan pesado corno aquel que soportaron en el imperio romano los llamados esclavos.
La masa de obreros, ocupada en la Pampa del Tamarugal, en la faena de extracción y elaboración del caliche, no tenía otro derecho que el de comer y dormir. Los patrones, les imponían su voluntad, y á ella tenían que someterse pacientemente, sin protestar ni pacíficamente, porque las autoridades, con un servilismo infamante, estaban pendientes de los gestos de los oficineros, adivinando sus deseos, para hacer acudir fuerza armada del Sur, y lanzarla sobre los operarios.
¡La fuerza armada, era el caballo de batalla de los aristócratas!
¡La fuerza bruta! El recurso de que se valen los cobardes, que no pudiendo vengarse por sus propias manos, educan rebaños de hombres del pueblo, para hacerlos chocar contra sus hermanos de infortunio.
Verdaderamente, que es muy triste el papel que desempeñan los soldados en la sociedad. Son individuos, que no poseen el libre albedrío, sino que están sujetos á la tiranía de eso que se llama disciplina militar. Se les enseña á ejecutar movimientos automáticos, á manejar con precisión las armas de combate, y á aprender á matar con la mayor ajilidad posible.
Esos desgraciados, cuando los caprichos de los aristócratas hacen estallar la guerra entre dos países, van á los campos de batalla, como las reses al matadero, y ahí quedan tendidos, en confuso hacinamiento, después de haber sufrido multitud de sufrimientos.
Los aristócratas, los dirigentes de las naciones, que para romper la monotonía de su vida, provocan los conflictos y firman las declaratorias de guerra, no van á la pelea, sino que, con el achaque de dirigir las campañas, se quedan en las ciudades, gozando de sus placeres viciosos y de las pingües ganancias que siempre les producen los estados anormales.
Felizmente, los proletarios, van comprendiendo de que son unos locos, al obedecer ciegamente las leyes militares, que los convierte de hombres libres en simples maniquíes, y son muchos los que, mientras la regeneración social, acaba con los ejércitos, están firmemente dispuestos a no emplear nunca las armas contra sus hermanos.
En Chile, tenemos ejemplos palpables, en los sucesos del 12 de Mayo, acaecidos en Valparaíso, y en los que la marinería de los buques de guerra, se negó á disparar contra los obreros de la ribera. ¿Por qué? Porque comprendia que entre esos desarrapados, que pedían la ración de pan que, por capricho, les negaban los burgueses á ellos y á sus familias, tenía á sus padres, hermanos, parientes y amigos; porque sabían que esos rotos, que reclamaban con justicia las migajas del festín social, eran carne de su carne, y sangre de su sangre; porque el progreso de la educación é instrucción, les ha abierto los ojos, hasta el punto de poder distinguir que los uniformes no eran otra cosa que grotescos disfraces de Carnaval, pues en el fondo, eran siempre los obreros de ayer; despreciados y odiados por los capitalistas, denigrados y atropellados por las autoridades.
El patriotismo, esa pasión que los aristócratas explotan á las mil maravillas, para mantener latente en los pile blos las tontas divisiones de nacionalidades, va enfriandose paulatinamente en los corazones, del mismo modo, que las materias ígneas que ocupaban antes la superficie de la tierra, han ido desapareciendo, escondiéndose en el fondo del suelo.
¿Qué es el patriotismo? Una burda comedia, inventada con el objeto de impedir la fusión de las grandes masas de proletarios. Los burgueses, han comprendido que el día en que los obreros de todos los países se estrechen, están perdido; y por eso han tratado siempre de mantener los dividos. ¡La eterna máxima de los jesuitas: dividir para reinar!
¿Es aceptable que millones de hombres, vayan á lid, armados hasta los dientes, y se despedazen como una manada de fieras? todo, por qué? ¡Por el patriotismo!
¡El patriotismo! No hay más que un solo patriotismo: el universal. No hay más que una sola patria: la universal. El mundo, con sus montañas magestuosos, sus mares inmensos, sus ríos caudalosos y sus praderas amenas, es la gran patria de la humanidad, y las fronteras no son otra cosa que imaginarias divisiones, que tendrán que desaparecer, el en que el huracán de la reforma barra con la podredumbre que cubre la superficie del globo.
Ya que para los pobres, no hay justicia; ya que ellos no conocen otro placer que el del trabajo; ya que las miserias y los dolores, los acompañan desde la cuna á la tumba, justo es que los proletarios se rebelen contra esa patria qué nada hace por ellos, y que; en cambio, les exige lo más precioso que tienen: su sangre y la de sus hijos. ¡No hay patria! deben decir los desheredados de la for tuna, y poniendo en práctica la sublime religión de ese gran socialista que se llamó Cristo, abrir los brazos á los obreros de todos los pueblos, proclamando la gigantesca patria universal, la única que debe existir sobre el planeta.
XXI
Después de la primera declaración de Jones, Alba ó Iriarte, el juez, que comprendió que se trataba de un abuso de esos burgueses, se propuso descubrir cuál de ellos era el autor del asesinato.
Los tres, habían declarado que, al verse asaltados de improviso, dispararon sus armas al azar, sin apuntar y sin presentir los efectos. En vano, el magistrado trató de sonsacarles. Según común acuerdo, se mantuvieron inflexibles en sus aseveraciones.
Entonces, el letrado, empleó uno de esos traginados ardides judiciales, que consiste en que, por medio de la calumnia, se consiga la verdad. Ordenó que se les incomunicara en celdas distintas. Después de veinticuatro horas de aislamiento, y cuando calculó que la meditación los habría desesperado, hizo que llevaran á su presencia a Alba.
El pobre muchacho, había sufrido horriblemente en la incomunicación. Lo atestiguaba su semblante pálido y verdoso, lo agrandado de sus pupilas, que habían adquirido. un brillo extraño, y la excitación nerviosa que mantenía sobresaltado á su ser. En la soledad de la prisión, reflexionando sobre la injusticia de Jones y la mentira que, estaban sosteniendo, la conciencia le había remordido con furia, haciéndolo sufrir dolores atroces. A su mente, acudió el cuadro sombrío del hogar de Retamales, sumido en la más honda miseria. Vió á la viuda, dejándose morir de hambre en un rincón, y á los niños, descalzos y desnudos, pidiendo á los transeúntes un mendrugo de pan.
Comprendió el juez, el resultado de su medida, y se propuso dar la última batida. Con el mayor aplomo, le habló así:
-No sé con qué objeto, me engañaron ustedes ayer. Probablemente, con el fin de repartirse la pena entre los tres, guiados por un falso sentimiento de compañerismo, sin pensar que la verdad tiene siempre que salir triunfante.
Alba, temblaba de piés á cabeza. Las palabras del juez, caían sobre su cabeza, como lluvia de guijarros, que le causaban daño. Bajó la vista, y esperó ansioso el desenlace. El juez continuó:
-Esta mañana, he sabido lo que hay de cierto. El señor Jones, que como hombre de edad, sabe que la mejor manera de liquidar estas cuestiones, es denunciando al culpable, aunque ello sea muy doloroso, me ha dicho que usted fué quien disparó contra Retamales.
Una puñalada, no habría hecho tanto efecto en el reo como la mentira del juez. Sintió asomar á su cara la sangre, y ciego de coraje, al ver la impostura del inglés, siendo que él era el verdadero asesino, irguió la cabeza, trocando su expresión amilanada por otra enérgica. El juez, que examina sus movimientos, comprendió que había dado en el blanco.
-Nó, su señoría; no he sido yo quien disparó contra Retamales; fué mister Jones.
-Es curioso el caso. Ahora tenemos complicaciones, le replicó el juez, con la calma más grande Jones, dice que usted es el que mató á Retamales, y usted dice que es Jones. Lo que falta ahora, es que diga usted que fue Iriarte.
-Le juro á su señoría, que lo que le estoy diciendo es la verdad.
-Ayer, también juró usted, y sin embargo, ahora se está retractando.
-Fué aquello un acuerdo de amigos, para salvar á mister Jones; pero, ya que él ha querido perderme, no puedo menos que pagarle con la misma moneda, con diferencia de que él miente, y yo nó.
-Para justificar Jones su declaracrón, dijo que no había existido tal salteo, sino que usted, se divertía tirando al aire, y que sin quererlo, hirió á Retamales.
-Lo primero es cierto, su señoría; pero lo segundo, nó. El salteo no ha existido. Fué obra de Jones y un oficial de policía. Jones, disparó contra Retamales, por miedo, creyéndolo un bandido.
-Voy á hacer traer á Iriarte y á ver si la declaración que dá, coincide con la suya. En caso de ser así, será Jones el mentiroso y el asesino.
Alba, fué llevado á su celda, é Iriarte, conducido á la presencia del magistrado, quien repitió con él la misma farsa que empleó con el primero, obteniendo una confesión igual. El juez, hizo carear después á Alba é Iriarte, y una vez que ambos ratificaron lo dicho, hizo llamar á Jones, el que penetró á la sala, temblando como un paralítico.
A primera vista, se reconocía en el inglés al verdadero asesino. El rojo habitual de su cara, se había trocado en un color cetrino; los escasos pelos de la cabeza. se alzaban erizados; los ojos, miraban con espanto, torvamente; y sus labios se movían como trozos de carne palpitante.
-Estos dos jóvenes, dicen que usted fué quien mató, Retamales.
El ingles, clavó en sus compañeros sus pupilas azules, con tal expresión de fiereza, que los jóvenes se sintieron dominados por ella. Después, inclinó la cabeza, y no respondió. El último vestigio de esperanza, que alimentaba su alma, había desaparecido, y sentía sobre sus hombros el peso del cadáver del obrero.
– ¿No contesta usted? Mire que nada saca con el silencio.
Jones, no hizo caso de la palabra del juez, y continuo con la frente inclinada, agobiado por la terrible realidad.
Fué aquella, una noche mortal para él. Acurrucado sobre el colchón de su celda, reflexionaba sobre su triste situación. El, había disparado, creyendo que se trataba de un salteo; guiado por el desprecio que le inspiraba la vida de los obreros ¡Se había equivocado, y aunque tratara de burlar a la justicia, el trabajo había sido inútil!
El sueño no acudió á sus ojos, y sintió dar todas las horas, extremeciéndose al toque de la campana que las anunciaba. La conciencia, hacía su presa en él, clavando, en su pecho sus afiladas garras, y mordiéndole con sus dientes de víbora.
Al día siguiente, mister Chamberlain, que estaba reconocido á los servicios de García y Jonés, quienes eran los autores del, robo de caliche fiscal, que le había reportado algunos miles de libras esterlinas, consiguió, por medio de ratificaciones á los empleados del juzgado, ver el sumario, y al enterarse de la desgracia de su paisano, no pensó más que en librarlo.
Quiso su buena suerte, que el juez que entendía en la causa de Jones, fuera el mismo con quien había arreglado Chamberlain el asunto del robo de caliche fiscal, y como ya tenía con él cierta confianza, debido a la propina que le diera, se dirigió al Club de La Unión, adonde sabía que ese funcionario iba todas las tardes, á jugar con varios amigos una partida de bacarat, que era para él algo así como un aperitivo.
Cuando mister Chamberlain, asomó su rubicunda faz en la sala de juego, los tahures se pusieron de pié, y brindaron asiento al inglés, creyendo que iba dispuesto jugar. El gringo, agradeció la invitación y pidió por favor al juez, que le permitiera hablar con él dos palabras á solas. El magistrado, dejó las cartas en la mesa, y cogiendo del brazo á mister Chamberlain, se dirigió á un rincón de la sala, adonde hablaron muy quedo.
-Qué sucede, mister Chamberlain?
-Se trata del proceso que sigue usted á los empleados de mi oficina Germinal, por la muerte de un bandido.
-No, amigo; no hay tal bandido. El muerto, era un pobre hombre, que fué herido por mister Jones, quien creyó que se trataba de algún salteo.
-Estoy enterado de todo, y por eso he venido á buscarlo, contando con la amistad que me brindó usted en la última entrevista que tuvimos.
Los jugadores, que no podían continuar la partida, gritaron al juez:
-Apúrate Z! ¡Concédele á Chamberlain lo que te pide y ven!
-No se impacienten. Estamos arreglando un negocio y como salga bueno, me abro con una copa de Champagne.
-¡Bravo, bravo! Rogamos á Dios, para que se haga el negocio!
Mister Chamberlain; continuó su interrumpida conversación:
-Acudo á usted, para pedirle el favor de que le eche tierra al juicio y ponga en libertad á Jones y á los otras dos jóvenes. Jones, no ha disparado, con el el objeto de matar. Lo que le pasó, fué una desgracia de la que nadie esta libre.
-Yo lo estimo á usted mucho, mister Chamberlain; pero le digo que el caso es bien peligroso. Los deudos de la víctima, pueden hacerse parte.
-De eso me encargo yo, como tambien de dar una gratificación los trabajadores presos, en recompensa de los perjuicios que hayan sufrido.
Y el inglés, sacando de su cartera, un papelito azul, en que se leía, en caracteres rojos, “Banco de Tarapacá y Londres», lo puso en manos del funcionario, añadiendo:
-Espero que usted ha de arreglar satisfactoriamente esta cuestión. Mi reconocimiento por ello será eterno.
-El juez, guardó el cheque en el bolsillo, se acercó á la mesa de juego, tomó asiento, y pidió con voz sonora:
-¡Mozo: trae una botella de champagne!
Dos días después, los tres empleados de Germinal, sa-lian en libertad, incondicionalmente, y un mes más tarde, Juan Perez, Urbina, Suarez y los otros obreros, acusados de salteo, abandonaban la cárcel de Iquique, dispensados, según el juez, del crimen que quisieron cometer con Jones y los otros dos empleados de Germinal.
El asunto quedó en el misterio. No se descubrió quien había sido el asesino de Retamales, ni se estableció el grado de responsabilidad que correspondía á los actores y expectadores de ese fúnebre drama.
Todo terminó en silencio, y la miseria hizo su presa en un hogar abandonado, al que faltaba lo principal: el padre.
XXII
Se acercaba la época del alumbramiento de Isabel. Su vientre, fenomenalmente inflado, indicaba que la hora del desenlace estaba próxima. Luis, miraba con ojos lánguidos á su querida, que apenas podía dar paso, y cuya pasión amorosa, tomaba mayor cuerpo, hasta el extremo de causarle sobresalto.
Isabel, se encontraba en un estado bastante delicado; pero eso no obstaba á que, contra la voluntad de Luis, le -exigiese cariciás y sensaciones perjudiciales á la criatura que llevaba en el seno. Luis, como novicio en esa materia, , sentía gran pánico, cuando Isabel, aprovechando de las sombras de la noche, empujaba la puerta de su dormitorio, y se arrojaba sobre su lecho, con la furia de una abstinente. Temblaba como un azogado, y pensaba que el día menos esperado, un aborto pondría término á esa situación tan vidriosa.
-Tú no me quieres, le decía á veces Isabel, anegada en lágrimas.
-¿Por qué dices eso, mi reina? ¿Ignoras que te pertenezco entero? ¿No ves que tú eres la única que impera en mi corazón; que yo no vivo más que para tí?
-Si; pero noto que te estás volviendo frío; que á mi lado te muestras serio é indiferente.
-Yo lo hago por tí, hijita. Temo que el exceso de mi cariño, pueda hacerte mal.
-No tengas cuidado. Yo me siento bien y con fuerzas para todo. Si me aquejara algún dolor, podrías tener recelo. ¿No ves que estoy buena? Mira cómo ando.
Y la adúltera, dándole la espalda, caminaba á trancos largos por la habitación, con ese movimiento pesado y rítmico con que se mueven los patos.
Luis, tenía miedo de que el alumbramiento, se efectuara en la oficina, donde no había facilidades para atender debidamente á Isabel, y sin consultarle á ella, habló por teléfono á mister Chamberlain, comunicándole sus temores.
El inglés, que ignoraba la fecha de la concepción de su esposa, se sobresaltó con la noticia, y ordenó á Luis que hiciera bajar inmediatamente á Isabel. García, le dió la nueva á su querida, sin decirle que él habla insinuado á Chamberlain que debía dejar la oficina.
La adúltera, sufrió una crisis aguda, cuando Luis le comunicó su viaje. Lloró, gritó y se desmayó. Le echó en cara su falta de cariño, al haber aceptado que la arrebataran de su lado.
-Eso es. Ahora quieres que me vaya; te estorbo. Como estoy en días de desembarazar, no quieres pasar los fastidios de atenderme. Eres un mal padre!
-Pero reflexiona, hija, que necesitas cuidados especiales, los que no se encuentran en la Pampa. Si por mi fuera, quisiera que nunca te movieras de aquí; pero yo lo hago por tu bien, y por el de
-De nuestro hijo! ¿Tienes miedo de decir que el sér que llevo en mi seno es hijo tuyo?
-¿Miedo, por qué?
-Como te veo vacilando.
-Es que me parece que pueden oirnos.
-Y ¿qué importa? Estoy dispuesta á todo. Si se sabe, que se sepa. ¿No serías tú, suficiente hombre, para hacerte cargo de mí, si Chamberlain me arrojara de su casa?
-Con alma y vida lo haría. Tú no sabes Isabel, lo que sufro, al pensar que tenemos que estar ocultando nuestro amor, fingiendo comedias, delante de los extraños y viviendo como ladrones!
-Nunca puedes sufrir como yo, porque tú no me quieres tanto á mi como yo á tí.
-No digas eso, mi reina.
-Como nó La prueba está á la vista. Si me quisieras; le habrías dicho á Chamberlain, que no había necesidad de que yo bajara, y habrías arreglado todo, de tal manera que mi parto se hubiera verificado aquí. Yo no quiero irme de tu lado, Luis. Tengo miedo de que me suceda algo. Soy primeriza, y necesito, tu apoyo.
Las lagrimas, volvieron á empañar las pupilas de la hermosa infiel, y la crisis nerviosa se repitió, con gran susto de Luis, que ignoraba que las mujeres poseen el dón de llorar y privarse á discreción.
A pesar de todo, el viaje de Isabel, fué dispuesto, y tuvo que resignarse á bajar á Iquique, donde mister Chamberlain la esperaba ansioso, queriendo tenerla en la ciudad, para prodigarle toda clase de atenciones.
El encuentro de los esposos, fué conmovedor: Mister Chamberlain, dando al traste con la seriedad británica, rómpió á llorar, cuando vió á Isabel, con el vientre tan inflado, que parecía un globo. El inglés, sufrió una emoción intensa, á la vista de lo que encerraba lo que él creía su hijo.
Isabel, se enterneció, ante la demostración de cariño de su esposo, y, como en la noche que precedió á la de la primera cita que tuvo con Luis le dió pena engañarlo; pe ro su arrepentimiento fué pasajero, y apenas el recuerdo de García ocupó su mente, miró á Chamberlain con odio y repugnancia.
¿Quieres que pase la noche tu lado? le decia el ingles a, su señora.
– Nó, Anda á dormir á tu cama.
-Deseo acoimpañarlo; no temas nada. Es solo por el placer de que estemos juntos. ¡Hace tanto tiempo que hemos estado ausentes!
-No, hijo. Tengo mucho calor; estoy afiebrada, y tu acercamiento puede hacerme daño.
El alumbramiento, no se hizo esperar, y una noche, las criadas tuvieron que salir á la calle, presurosas, en busca de la matrona. Isabel, se revolcaba en el lecho, presa de los dolores del parto. La matrona, que tenía el sueño pesado, no despertó muy ligero, y cuando llegó á casa de Chamberlain, la criatura nacía.
Al oir el primer vagido del nene, el inglés, que hasta ese momento había permanecido en la pieza vecina al dormitorio de su mujer, no pudo contenerse, y cobrando bríos, penetró á la estancia. Sobre el blanco lecho, en medio de charcos de sangre, se debatía el chiquillo, llorando más fuerte cada vez.
Chamberlain, quiso acercarse á la cama; pero el olor que emanaba de la sangre, lo detuvo. Clavado en el medio de la habitación, miraba á la matrona, con una agilidad pasmosa, moverse en torno del lecho, ejecutando las maniobras necesarias al caso. La felicidad de ser padre, embargaba su alma, en dulce éxtasis. Cogió una silla, y sentándose á horcajadas, contempló el espectáculo extraño que se ofrecía á su vista, donde todo se movía con febrilidad y en silencio, como si fueran sombras las que girasen por la pieza.
El niño, después de cortársele la cuerda carnosa que le brotaba del ombligo, fué sumergido en un baño, en medio de los chillidos más espantosos. Después de habérsele quitado las materias granas que cubrían su piel, y una vez que se le vistió completamente, fué llamado mister Chamberlain para que lo contemplara.
La impresión que sufrió el inglés, fué grande. El, se habla imaginado que las criaturas nacían bonitas, tal cual esos pequeñuelos de cabellos rizados, que él había visto correr por entre los jardines de la Plaza Prat, y se encontraba con un muchacho de cara, deforme, cuyos pómulos y párpados, demasiado abultados, borraban todo perfil. Lo único que lo consolaba, era el sexo fuerte del niño.
La matrona, que era muy parlachina, al ver que mister Chamberlain permanecía callado, quiso hacerlo hablar:
-¿Qué le parece el niño, señor?
-Muy hinchado.
-Así nacen todas las criaturas. Pero, á pesar de todo, tiene un gran parecido á usted. Fíjese bien y lo notará. Esa frente, es igualita á la suya.
Chamberlain, que pensaba tener un hijo tan hermoso como su mamá, se encontraba desconsolado. La matrona, que lo comprendió, trató de borrar de su mente, la idea de quien el niño iba á ser feo.
-Dentro de seis días, va usted á ver cómo cambia el nene. Yo he visto nacer otras criaturas, que daba horror el mirarlas, y sin embargo han ido mejorando, hasta el punto de que, cuando han tenido un año, sus caritas parecían de muñecas.
Isabel, que pálida y desencajada, presenciaba la escena de Chamberlain con el niño, sintió en su alma, á pesar de lo delicado de su situación, el aguijón del remordimiento. Los dolores que sufriera, habían depurado un poco su espíritu, y borrado de su corazón el cinismo de que había hecho alarde en su última entrevista, con Luis.
Con voz débil y triste, llamó a su esposo, quien se acercó al lecho, caminando muy quedo.
-¿Cómo te sientes, mi hijita?
-Muy débil; parece que me voy a morir. ¡Cuánto he sufrido, Chamberlain!
Y el llanto asomó á sus ojos, y corrió por sus blancas: mejillas, como gotas de azogue. El inglés, se sintió enternecido por las lágrimas de su mujer, y unió su llanto al de ella.
Julia, que discurría por la habitación; ejecutando todo lo que le ordenaba la matrona, deseosa de ponerse práctica en una cosa que á ella le tenía que suceder, al ver que ambos lloraban, creyó que eso podía hacerle mal á su hermana. Se acercó, y trató de alegrarlos.
-¿Por qué lloran? Parece que sintieran pesar por tener un hijo. Si no lo quieren, yo me lo agarro.
-No es pesar sino alegría, balbuceó mister Chamberlain. Alegría, de ver colmada mi felicidad.
Al otro día, la casa de Chamberlain, se vió invadida por una nube de amigas de Isabel, que acudían á enterarse de la fausta nueva, y á saber si el chiquitín era hombre ó mujer. La alcoba de isabel, parecía una sala de recepciones, adonde acudían todas las cortesanas á cumplimentar á su reina.
Las amigas, mentían como siempre, á destajo:
-¡Qué lindo niño y qué robusto! decía una.
-Se parece á tí, Isabel; agregaba otra.
-Es igualito á Chamberlain, intervenía otra.
-Nó, señor; no tiene nada de parecido al padre. Es un retrato fiel de Isabel.
Juana, una amiga casada, de confianza de Isabel, que estaba enterada de las relaciones de ella con Luis, se acercó al lecho, y colocando su cabeza en lá misma almohada en que reposaba la de la enferma, le habló al oído:
-Dime la verdad. ¿De quién es el niño?
Isabel sonrió y no contestó.
-Habla, insistió Juana: ¿Por qué temes decírmelo? ¿Crees que lo voy á publicar á los cuatro vientos? Bien sabes que yo tengo plena confianza en tí, y que te he dicho cuáles de mis hijos son de mi marido; y cuáles nó.
-No es que dude de tí, sino que me da cierto temor. Yo creo que he hecho algo malo, y que voy á ser desgraciada.
-Deja á un lado los presentimientos tristes. Yo, también pensé lo mismo, cuando tuve el primer niño que no era de mi esposo; pero, después me acostumbré, y miro las cosas como lo más natural.
-¿No se podrá enterar Chamberlain, de que el niño no es suyo?
-¡Qué se va á enterar! El niño ha salido rubio, y con eso basta. Te veo muy afligida, siendo que no hay peligro. Cuando yo tuve el primer niño de mi amante, el chiquillo salió moreno, y á pesar de que todos los hijos anteriores eran rubios, no me inmuté, y le dije á mi marido que el nene, se había acercado á su abuelo, quien tenía el pelo negro.
-Es que tú eres muy arriesgada.
-Ahora te haces la mosquita muerta. ¿Te acuerdas, cuando te fuiste á Valparaíso, siguiendo á Sánchez?
-Cállate, tonta!
-Bueno. Dejémosnos de estar gastando palabras, y dime de quién es el chico.
– No se qué hacer.
-Habla, cándida. No seas cobarde.
-Pues te diré que es de Luis.
-Ya yo me lo había figurado. Me decía que no era posible que fuera de Chamberlain, porque en tantos años que eras su esposa, no había podido ser padre.
-¡Qué va á ser padre, ese borracho!
-Ahora que sé que García es el padre del niño, voy á darte un consejo, que es de gran utilidad.
-¿Cuál es?
-Debes trabajar porque el padrino del niño sea Luis.
-¿Cómo? ¿El mismo padre?
-He ahí el quid del asunto. Sabido es que todo el mundo reconoce que los compadres no pueden tener actos carnales entre ellos. Pues bien, siendo Luis tu compadre, alejas toda sospecha.
-Y aunque sea mi compadre, puede seguir, siendo mi amante?
-Claro que sí.
La noche de ese día, cuando los dos esposos se quedaron soles, y la criada que atendía á la señora, dormía en un sofá de la pieza vecina, Chamberlain estrechó la cabeza de Isabel contra su pecho, y la besó repetidas veces en los ojos. El inglés se hallaba en un estado de ternura infinita.
La adúltera, aproveché la ocasión, para proponerle que Luis fuera el padrino del chico.
-¿Quiénes serán los padrinos de nuestro hijo?
-No lo he pensado todavía; pero lo dejo á tu elección.
-¿Quiéres que sean Luis García y Juana, la esposa de mister Q.?
-Con mucho gusto. Son personas que estimo, y por mi parte no hay inconveniente.
-Entonces, ¿puedo anunciarles á ambos nuestros deseos. Cuando gustes.
-!Qué bueno eres!
Un abrazo estrecho, selló la elección de los padrinos, Mister Chamberlain, dió un beso en la frente á su esposa, y se dirigió á su habitación, ebrio de felicidad. Isabel, quedó sumida en sus meditaciones de esposa infiel.
XXIII
Nunca amante alguno, sintió la ausencia de su prenda, como Luis, sintiera la de Isabel. Fué para él, un golpe mortal. Le pesó en el alma, haber contribuido á ese viaje, que la alejaba de su lado, talvez para siempre.
Quiso la casualidad, que la partida de Isabel, coincidiera con la llegada de Jones, Alba e Iriarte. lo que siquiera distrajo un poco á Luis. Los tres empleados, se habían reconciliado en el viaje de Iquique á Germinal, echando la culpa de la delación al juez, quien había engañado á Alba é Iriarte.
Jones, que estaba contentísimo de respirar el aire de la libertad, cuando creía que la cárcel se lo iba á tragar por algunos años, no cabía en sí de gozo, y cuando despues de la comida, García, quiso retirarse á dormir, lo detuvo.
-No se acueste usted tan temprano, señor García, Hace una luna tan buena, que da pena ir á la cama.
-¿Qué quiere usted que hagamos?
– Que celebremos la nueva que le voy á dar.
-¿De qué se trata?
-Antes de embarcarme, me dijo mister Chamberlain que dijera á usted que podía contar con una gratificación de doscientas libras, por lo del caliche fiscal.
-¡Bien, Jones! Eso se llama portarse como se debe, Mr. Chamberlain no es un ingrato.
-¿Le ha alegrado la noticia?
-Por supuesto.
-Yo, también estoy contento, porque á mí me ha obsequiado cien libras, por lo mismo. Es por esto, que me permito decirle que no se acueste aún, y que vayamos al pueblo cercano, á correr una pequeña juerga.
Luis, no respondió. Quedó sumido en meditación, pensando en su querida Isabel, á la que había prometido no olvidarla Jones, que lo vió vacilante, lo animó.
-No se resista usted, señor García. Es una invitación que le hago por vez primera, y no veo la razón para que usted me desaire.
-Es que no sé si haré bien en ir. El corazón me dice que haría mal.
-Esas observaciones, estarían bien en la boca de u11 viejo; pero no en la de un joven como usted. ¿Qué es lo que lo hace guardar escrúpulos? ¿Talvez el amor á algun mujer? ¡Échese ese cariño á la espalda y déjese de bobadas! La vida es tan corta, que hay necesidad de gozarla bien. De repente, se le acaba á uno el resuello, y se va al otro mundo, sin haber paladeado á satisfacción los placeres. Si hubiera Paraíso, como lo creen algunos ignorantes, entonces las cosas cambiarían de aspecto. Todos, trataríamos de sufrir aquí todo lo posible, para ir á gozar allá arriba, por un tiempo eterno.
– ¿Y á qué hora regresaremos?
-A la que usted guste. Son las ocho; volveremos las diez. ¿Le parece bien?
-Bueno. Voy; pero con la condición de volver á las diez en punto. Ni un minuto más.
No hay cuidado.
El sereno, recibió orden de ir á casa del corralero, á ordenarle ensillara dos caballos, para el administrador y el contador. El corralero, que ya echaba el primer sueño, despertó malhumorado de que, se le hiciera abandonar el lecho, con el frío de cordillera que hacía.
¿Adónde vas, Fermín? le preguntó su mújer, mientras cerraba los ojos, al sentirlos heridos por los rayos de la bugía que había encendido el marido.
-Al corral, A ensillar dos caballos para los patrones
-¿Qué sucederá?
-Nada. Se habrán antojado de ir á remoler al pueblo, y eso es todo.
-Deben tener mucha plata esos señores.
-Toda la que á nosotros nos hace falta. Ganan buenos sueldos, tienen rebuscas, y les dan expléndidas gratificaciones. Todo administrador ó jefe de pulpería, se vuelve rico en pocos años.
-¡Qué desigual es la suerte, Fermín:
¡Ay, Manuela! Terriblemente desigual. Los rotos, estamos condenados á ser las eternos bestias de carga, que debemos trabajar para ganar el dinero que ellos gastan e sus diversiones. Con lo que van a emplear Los patrones esta noche en su remolienda, puede comer una familia un mes.
-El mundo es una cosa imposible, Fermín.
-Y, ¿qué hacerle? Los compañeros, dicen que hay que esperar, que muy pronto nos impondremos á los capitalistas, y que entonces disfrutaremos del bienestar que nos niegan ahora.
-No lo creo. ¿Quién dice eso?
-Juan Pérez, Juárez, Urbina, el difunto Retamales y tantos otros.
-Debe ser así, por haberlo dicho uno que ahora es cadáver. Yá propósito: ¿cómo se ha arreglado ese asunto?
-Como se arreglan siempre las cuestiones de los ricos, El muerto, se está bajo tierra; su familia, en la miseria; y el asesino, riéndose de todo. Ahora, por ejemplo, va al pueblo vecino á divertirse: Me voy á ensillar los caballos.
-Vuelve ligero, Fermín, que hace mucho frío. Abrígate bien; no te vayas á constipar.
-Solo los ricos se constipan. Los pobres somos como los animales.
Galopaban García y Jones, hacia la estación cercana, conversando alegremente sobre el porvenir que les sonreía, cuando de improviso, el inglés, dió un grito y lanzó su caballo á todo galope. García, que ignoraba lo que sucedía, creyó que se trataría de algún salteo, y espoleó á su cabalgadura, para dar alcance á Jones, quo corría como un loco, volviendo la cara á todos lados. No pudo dar alcance al lnglés, quien sujetó á su caballo, cuando estuvieron en la población.
-¿Qué le pasó, mister Jones?
-Nada, fué una tontería.
-Cuénteme lo que le ha sucedido. No me guarde secretos. Usted sabe que lo estimo. Ese grito que usted lanzó, tenía mucho de lúgubre.
-Es una niñería. Como en ese sitio me asaltaron, y yo maté ahí á ese bandido, creí ver su sombra.
La luz del farol, colocado en la puerta del salón del “Pique”, caía de lleno sobre el rostro de Jones, quien, á pesar de la risa que trataba de dibujar en sus labios, dejaba traslucir de que sufría con el recuerdo del muerto.
García, creyó ver algo siniestro en la cara del inglés. Esa sonrisa forzada, tenía mucho de tétrico; parecía alegría de moribundo. Por la imaginación de Luis, cruzó el cuadro de esa noche, en que vió el cadáver de Retamales, y escuchó, que los obreros culpaban á Jones de haber asesinado á ese obrero. Pensó que el inglés había cometido una mala acción, y tuvo deseos de manifestarlo; pero se arrepintió de ello, en vista del lugar en que se encontraban y del porvenir que les esperaba.
Mientras penetraban en el angosto y oscuro pasillo, llegaba hasta sus oídos la algazara del “Reservado”, señal evidente de que la orgía estaba en su período álgido.
-Ya sabe usted, mister Jones. -Ni un minuto después de las diez.
-Convenido.
Luis, penetró al saloncito reservado, como un aldeano a una tertulia aristocrática. Quedó cegado, ante el brillo de las luces, y los vistosos trajes de las mujeres. Su permanencia en Germinal, disfrutando de una existencia tranquila, y no viendo otra mujer que Isabel, lo habían hecho olvidar la vida tormentosa de Iquique, con sus diarias bacanales y sus locas mesalinas.
Jones, lo arrastró por entre las parejas que danzaban, al compás de “Redención”, vals de un amateur iquiqueño, llamado Enrique Pareja, y lo instaló en un sofá, mientras él salía al encuentro de la cabrona. que entraba al Reservado, atraída por la noticia de que había llegado el ad ministrador de Germinal.
-Doña Luisa: presento á usted al señor Luis García mi jefe.
-Tengo mucho gusto de conocerle, caballero. El señor Jones me había hablado bien de usted.
-Gracias, balbuceó García, sintiendo malestar ante esa repugnante traficante de carne humana.
Luis, no había visto á Genoveva y á Elvira, que bailaban con dos empleados de tienda, sin sospechar que á un paso tenían al hombre á quien tanto aborrecían.
La cabrona, deseando halagar á su huésped, invitó á Luis y á Jones á la cantina, donde hizo destapar media botella de Champagne. El espumante licor, produjo en García una metamórfosis completa. Sintió una sensación de alegría, su corazón se expandió, en un sentimiento de infinita dulzura, y tuvo ganas de bailar, de correr, de reir y de beber más.
-Sirva usted otra media, señora, dijo Luis, presa del mayor entusiasmo.
Bebida la segunda botella, la cabrona se dirigió al salón, en busca de las mujeres que constituían la crema de su casa, y regresó con Genoveva y Elvira, á las que presentó á Luis, diciéndole:
-Estas niñas, se las recomiendo como jóvenes decentes.
El primer impulso de las prostitutas, fué arrojarse sobre García, y ahogarlo entre sus manos; pero, al ver su continente tranquilo y grave, se reprimieron. Lo Saludaron atentamente, y aceptaron una copa que les invitó. Aprovechando la ocasión de que la cabrona se había retirado, y de que Jones conversaba con Elvira, se acercó Luis á Genoveva. Ambos, se encontraban en el primer grado de la embriaguez, veían todo color de cielo, y estaban dispuestos á reconciliarse.
– ¿Todavía me aborreces, negra?
– ¿Y tú á mí?

-Yo, nunca te he aborrecido.
-Pero, me abandonaste.
-Fueron extravíos de mi juventud. Después, he reflexionado mucho, y me ha pesado en el alma lo que hice contigo.
-¡Mucho mal me hiciste, Luis! ¿Tú tienes la culpa de que yo lleve esta vida despreciable!
-No es el momento oportuno para que reflexionemos sobre ese punto. Quiero saber únicamente una cosa, y es la de que si me perdonas.
-No merecías que te perdonase; pero basta que hayas sido padre de mi hijo, para que resuelva no tenerte rencor.

-Entonces, choca esos cinco. Señora: sirva usted otra botella!
Jones y Elvira, voltearon la cara, y vieron que García, estrechaba á Genoveva, sellando su reconciliación con un beso. El inglés, que creía á Luis novicio en esa materia,. hizo la señal de la cruz, diciendo á Elvira.
-Ha salido diablo, mi amigo.
-Es que son conocidos viejos.
-¿Sí?
-Como nó. Ella ha tenido un hijo de él.
-¡Aprieta, Jiménez! ¿Esas teníamos? Y yo que lo creía un santo!
-¿Santo? Ha sido hasta cabrón mío, así es que ya puede usted calcular.
La llegada de doña Luisa, interrumpió la conversación. La robusta, matrona, sonrió de satisfacción, al ver que los dos parroquianos se entendían con sus recomendadas. Cuando fueron las diez de la noche, Luis, que quería, manifestar á Jones, que era hombre de palabra, se le acercó y le dijo:
-Son las diez.
-Sí, pero no creo que sea usted tan tonto para desperdiciar la ocasión de tener una hora más de gusto. Nos iremos á las once.
-Bien.
A las once, Luis, se volvió á acercar á Jones, para decirle:
-Son las once.
-Lo sé; pero sería una lástima que usted se fuera sin….
Después, llegaron las once, las doce, y la una, y Luis, ya bastante ebrio, se olvidó de la hora, de la oficina y de Isabel. Para él, toda la vida estaba condensada en las botellas de licor y en Genoveva.
Aquella noche, después de la borrachera fenomenal, en la qué el licor corrió á torrentes, durmieron juntos Luis y Genoveva, después de haber agotado el repertorio de las recriminaciones y juramentos.
Al día siguiente, los empleados de Germinal, se enteraron, con gran escándalo, de que el administrador y el contador no habían dormido en la oficina. !El administrador, el que ellos creían incorrupto!
XXIV
Juan Pérez, Juárez y Urbina, llegaron á Germinal, el día que los jefes se habían quedado en el salón del “Pique”, disfrutando de los placeres que les brindaba ese burdel con sus prostitutas.
Los obreros, los recibieron anhelosos, deseosos de saber el resultado del crimen que les levantaran Jones y los otros dos empleados.
Pérez, explicó en pocas palabras lo que había sucedido, y cómo la justicia había echado tierra al asunto, probablemente con el objeto de recibir alguna gratificación dada por Jones.
La impresión que esta noticia produjo entre los trabajadores de Germinal, fue desconsoladora. Vieron que los burgueses se burlaban de ellos, dejando impune un asesinato, y comprendieron que nada les quedaba por hacer, -en el terreno pacífico, puesto que la justicia no era ciega sino que tenia los ojos muy abiertos, y usaba su histórica balanza, para pesar el oro de las dádivas.
Este atropello de la clase aristocrática á los humildes pampinos, exaltó los ánimos grandemente. ¡A la rebaja de jornales, pago en vales, robo en el peso y prohibición de libre comercio, tenían que agregar los asesinatos por gusto, crímenes que no castigaba la justicia, hipnotizada por el brillo de las libras esterlinas!
Estos acontecimientos, fueron el haz de paja, arrojado en la hoguera que empezaba á arder en la pampa. Todos los trabajadores, se sintieron poseídos da una rabia infinita, y desearon con más ansia, la llegada de la hora que, en sus valientes discursos, les prometiera Juan Pérez.
Sobre el hogar de Retamales, sumido en la mayor miseria, la Desgracia dió su último graznido, cayendo deshechos los pocos vestigios que quedaban de un nido de amor. La esposa, en completo estado de demencia, fue apresada por la Policía, y llevada á Iquique, adonde se le embarcó con destino á la Casa de Orates de Santiago. Los niños, se dispersaron, como bandada de palomas ante la presencia del gavilán; fueron recogidos por personas piadosas.
Los muchachos, que con la inconsciencia de sus años, y el instinto de hacer daño, común á los hombres, gozan, matando pájaros, no pueden calcular la desgracia en que sumen á los poyuelos que, en los nidos, pían, llamando sus padres. Así como mueren de hambre, los pichones, a quienes la liga ó las piedras les arrebata á los viejos que les dieron el ser, así mueren los pequeños, a quienes la suerte deja huérfanos en el mundo.
Uno de los puntos principales de la educación de los niños, y que los padres deben tener muy en cuenta, ya que ellos forman el carácter de sus hijos, es el de hacer comprender á los pequeños, que es un crimen maltratar á los animales. Estas ideas, arraigadas en el cerebro de los infantes, contribuyen poderosamente á quitarles, cuando sean hombres, ese espíritu feroz que domina en muchos mortales.
Desgraciadamente, la mayoría de los obreros, descuida completamente la educación de sus hijos, y, cuando no los deja abandonados á su propia suerte vegetando en el arroyo, los entrega á maestros, que muchas veces no saben inculcar á sus discípulos nociones de moral y humanidad.
Los proletarios, deben mirar el asunto educación de los niños, como una de sus más elementales obligaciones para con su prole. De ella, depende que esos pequeñuelos sean útiles ó perniciosos á sus semejantes; de ella, pende que los obreros de mañana, conozcan sus derechos y la manera de hacerlos respetar.
Juan Perez, aconsejaba á sus compañeros de infortunio, que se ocuparan de la instrucción y educación de sus hijos, con preferencia á cualquier otra cosa.
-Antes, les decía, debe faltarle un pan á los niños, que la clase diaria. Y, antes que el jornal que ganen los pequeños en el trabajo, está la escuela. Mientras vuestros hijos, estén en estado de adquirir los conocimientos necesarios á todo hombre civilizado, debéis imponeros toda clase de sacrificios, hasta hacer de ellos seres conscientes, capaces de poder razonar y reclamar de los atropellos que con ellos se cometan.
Los tres hijos de Retamales, fueron recogidos por Juarez, Urbina y el corralero Fermín. Cada uno de ellos, cargó con uno de esos infelices, que eran semejantes a aquellos pajarillos, huérfanos de padre y madre.
FIN DEL LIBRO TERCERO

Libro Cuarto
I
No hay cosa peor que la tentación. La carne es débil, y cuando no encubre una alma, templada en el yunque de la firmeza, cae fácilmente en las trampas que el vicio coloca en el camino de la humanidad.
Mientras Luis García, permaneció en Germinal, dedicado á sus labores, y al amor de Isabel, sus afecciones á prostitución, dormitaron en el fondo de su sér, sin. que diesen señales de vida; pero, apenas se puso en contacto con las esclavas del crimen, perdió el seso, y cayó de rodillas ante las Venus de la escoria social.
Jones, que le había servido de padrino en su segunda caída, gustaba mucho de los placeres impuros, y al arrastrarlo á la pendiente de la perdición, no hizo otra cosa que poner en práctica su deseo de que Luis lo acompañase en orgías, que constituían para él, el más supremo de los goces.
Al día siguiente del encuentro con Genoveva, en el salón del “Pique”, despertó Luis bastante tarde, cuando el sol de la Pampa se elevaba magestuoso en el espacio, alumbrando con sus abrasadores rayos, el paisaje gris, donde miles de hombres, arrancaban del suelo americano, el abono que debía dar vigor á las cansadas tierras del viejo mundo.
Asustado por lo que había hecho, quedándose á dormir fuera de la oficina, se vistió, con prisa, resuelto á dirigirse á escape á Germinal; pero, en esos momentos, se le presentó Jones, seguido de un rufián, que llevaba una bandeja con varios vasos.
-Buenos días, don Luis. ¿Qué tal ha dormido usted? ¿Cómo se ha portado? dijo él inglés, dirigiéndose á Genoveva, que se desesperaba en el lecho, como una gata friolenta.
-Bien, mister Jones. Lo único que siento, es que es muy tarde, y que deben haberse enterado de que he pasado la noche afuera.
-No haga usted caso de eso. Beba una copa de ginger ale con cognac, y deje que ruede la bola.
-Mande usted ensillar los caballos.
-No Luis, interrumpió vivamente Genoveva. Hoy es mi santo, y quiero que pasemos el día juntos.
¡Buena idea! respondió Jones, batiendo las manos con entusiasmo.
-Es imposible lo que me pides, respondió Luis, poniéndose serio, y dando á su cara, un aire de hablar con firmeza. En cualquier otra cosa, puedo darte gusto.
Las lágrimas, el gran recurso de las mujeres, fueron puestas en acción por Genoveva, quien rompió á llorar, hipando dolorosamente.
Mister Jones, que estaba en vena, y prefería remoler á ir á efectuar operaciones, se puso de parte de la mesalina.
-Soy de opinión, don Luis, de que sea usted complaciente con esta linda muchacha. El trabajo, no se ha de atrasar, porque no estemos allá, así es que no veo la razón de que se afane usted por ir la oficina.
Elvira, se presentó en esos momentos, y. cortó con su palabra el nudo gordiano. Venía en busca de Jones, con quien había pasado la noche.
– ¿Qué es lo que pasa aquí? ¿Qué significan esas caras serias?
-Que Luis, se quiere ir, y no acepta acompañarme, hoy que es mi cumpleaños.
-Luis no se irá, porque no lo queremos, dijo Elvira con entereza, al mismo tiempo que se apoderaba del sombrero del mancebo, y corría á ocultarlo en su habitación.
Una segunda copa de ginger ale, invitada por Jones, desarmó á Luis, quien, en vista de la impotencia en que se hallaba, no tuvo más remedio que ceder, y continuar la juerga.
La orgía de ese día, hizo eco en los anales del salón del “Pique». A las diez de la mañana, hora en que todo el mundo se dedicaba á su labor cotidiana, Luis, Jones y unos tres ó cuatro rufianes, de esos que nunca hacen falta en las casas de lenocinio, hachan retemblar el piso del “Reservado», con el zapateo de las cuecas.
Reanudadas las relaciones entre García y Genoveva, el primero creyó de su deber visitarla todas las noches, lo que efectuaba, yendo á caballo de Germinal al salón del
“Pique», donde hacía lujo de explendidez, derrochando el dinero que ganaba. Jones, lo acompañaba en estas correrías, y de esta manera, los jefes de “Germinal”, se convirtieron en dos tunos de marca mayor, que abandonaban s ocupación, dejando que cada uno de los subalternos, hiciese lo que mejor le pareciese.
II
Juanita, qué contenta estoy, y cuánto agradezco tu consejo.
¿Aceptó tu marido?
-Sí, y es de parecer que tú seas la madrina,
-¡Bien, querida! Ya ves que yo no quiero el mal para tí, y de que me preocupo de tu suerte. Avísale ahora mismo, por teléfono, á Luis, la gran noticia.
El aparato telefónico, funcionó.
-Aló, aló!
-¿Con quién habló?
-Con la oficina Germinal.
-¿Con qué persona? ,

-Con García.
-Oye, negrito; hablas con Isabel. Mi marido, ha aceptado que seas el padrino de tu…….. hijo.
Luis; en cuyo corazón voluble, se había despertado una gran pasión por Genoveva, le daba cólera, la insistencia con que Isabel quería mantener con él las relaciones que los ligaba. Acudía disgustado al teléfono, cuando llamaba la adúltera, y trataba de abreviar en todo lo posible la conversación.
-Está bien, Hasta luego.
-No cortes. ¿Por qué estás tan apurado?
-Tengo mucho que escribir.
-Siempre que hablas conmigo, tienes algo que hacer Parece que ya no me quieres.
-No seas tonta. Hasta luego.
Isabel, colgó la bocina, y se enjugó los ojos con el pañuelo, exclamando:
-Parece que Dios me castiga. Me muero por este hombre, y él se muestra cada día más indiferente.
-Tú tienes la culpa de eso, porque le has manifestado que te mueres por él. En materia de amores, la potencia débil, ó sea la mujer, debe usar mucha diplomacia, para poder mantener en buen pie su poder.
-Yo no entiendo de esas cosas.
-Es que debes saberlas, para evitar sinsabores. Ya ves yo, que bien paso mi vida, sin que el dolor me haga llorar. Los amantes, se rinden á mis pies, sin que ninguno se haya atrevido a darme calabazas.
– ¿Y qué hay que hacer para eso?
-En primer lugar, tratarlos con despego y altanería. Al hombre, le gustan los imposibles, y cuando ve que una mujer lo mira con desdén, se enfurece y es capaz de hacer cualquiera barbaridad por ella.
-Tienes razón. Yo, acepté el cariño de Luis, apenas me lo ofreció. Fui muy inexperta.
-Escucha, y toma nota para el futuro. Cuando se te declare un amante, que sea de tu agrado, no debes ceder al acto, sino mostrarte seria y altiva. El, como es natural, insiste, y tú, con risa mefistofélica, te burlas: pero sin herir su amor propio. Tratas de que la conferencia sea lo más corta posible, y de que haya testigos lejanos, para evitar que intente abrazarte ó besarte. Esa primera entrevista, despierta en él una ansia avasalladora, y desde entonces, lo verás, cual fiel falderillo, seguirte á todas partes, y convertirse en un asiduo adorador. Después de mucho tiempo, cuando él esté á punto de volverse loco por tí, entonces le concedes tus favores, y verás cómo se porta ese hombre. Te trata como á reina, porque sabe que bien caro le cuestas.
-Y si Luis, me llegara á olvidar, ¿qué haré? Soy capaz de suicidarme.
-No seas tonta, Isabel. Eso está bueno que lo digan las muchachas románticas; aquellas que son formadas de espíritu é ilusiones, que no tienen carne, que se mueren de anemia. Las mujeres hermosas y robustas como tú, no piensan en morirse, y cuando sufren alguna decepción, se ríen de la suerte, y continúan gozando de la vida.
-Es que el cariño que le tengo á Luis, no lo he experimentado por ningún hombre.
-Lo mismo dije yo, cuando Quintana fué mi amante. El rompimiento de relaciones, me causó una terrible calentura; pero, después, me convencí de que estaba cometiendo una necedad, y de que la vida se ha hecho para gozarla, y no para sufrir. Solo se suicidan los estúpidos, los que se dejan vencer por los dolores, sin tener fuerzas para combatirlos.
– ¿Entonces, debo pagar á Luis, con la misma moneda?
-Eso es lógico. Toma un amante, haz de modo que él lo sepa, y verás qué cara pone. Todo lo que te mostraba de indiferencia, se convierte en deseo Te persigue, te ruega, y si no consigue nada, se suicida, porque los hombres son más estúpidos que nosotras.
Seguiré tus consejos; pero, antes, esperemos el bautizo de mi hijo. Como Luis ha de venir, quiero ver como se porta.
Juana, era una robusta hija de Tarapacá, de origen peruano, casada con un inglés, muy especulador, quien al contraer matrimonió, no había refleccionado sobre las habladurías que corrían, respecto á la honra de la que iba á ser su esposa, mirando únicamente el enlace, tras el prisma de la conveniencia. Sabía que ella, era propietaria de varias estacas salitreras, y pensó al acto que, uniéndose á ella, explotaría esos terrenos con su capital.
Juana, pertenecía á la aristocracia de medio pelo, pera su casamiento con mister Gladstone. la hizo encumbrarse hasta las alturas, a las que tanto ansiaba llegar, y cuya ascensión fué ruidosa, porque el inglés no omitió gasto alguno a fin de celebrar pomposamente la brillante adquisición, que había hecho.
La misma noche del matrimonio, antes de que el cortejo se pusiera en marcha á la iglesia, tuvo Juana un violento choque, con Edmundo Quintana, que era su amante.
-Te advierto, le decía él, que no consiento en que se realice ese matrimonio. Estoy dispuesto á armar un escándalo.
-Pero reflexiona, le respondía élla, que de esto depende mi porvenir. Tú no quieres casarte conmigo, y si dejo pasar la ocasión, me voy á quedar para vestir santos, y á tener siempre que ocultar nuestras relaciones. Casándome, podemos amarnos libremente, sin temor á nada. Estoy embarazada, y es necesario que haya un editor responsable. De lo contrario, nadie me va á mirar.
-¿Y si tu marido sale celoso, y no nos deja que nos queramos?
-Yo me encargaré de hacerlo entrar en vereda. La primera condición que le ha impuesto mi madre, es de que no sea celoso.
-Si es así, acepto; pero, sábelo bien,: que tengo una rabia muy grande.
-Tú tienes la culpa. Si quisieras casarte conmigo, aún era tiempo de romper el matrimonio.
El baile, dado por mister Gladstone, en celebración de su casamiento, fué regio, como no se había visto nunca en Iquique. El práctico inglés, sacó la cuenta de lo que iba á adquirir, junto con su mujer, y fijó tal cantidad de dinero, para gastos de festejo.
La concurrencia á la fiesta, compuesta de la flor y nata de los advenedizos, que componían la aristocracia iquiqueña, se dió una noche de placer, comiendo, bebiendo; bailando y enamorando á destajo. Las damas, con la mayor desenvoltura, olvidando a sus padres y á sus maridos, se entregaban á coqueterías licenciosas, demostrando con, ello su poco pudor.
Ni Juana, se escapó á ese contagio, á pesar de que se celebraba su boda. Olvidada completamente de su marido, dedicaba todas sus atenciones á Quintana, quien se inflaba de satisfacción, paseando con su amante por la sala, recibiendo las sonrisas de sus amigos, que en posesión del secreto de sus relaciones, gozaban, pensando que el inglés debió obsequiar á su novia una corona de rosas, en lugar de la de azahares.
En los corrillos, se oían conversaciones como ésta:
-Fíjate en Juana, en Quintana y en mister Gladstone, y verás que los novios parecen los dos primeros.
-Es ya escandaloso lo que está haciendo esa pareja de pichones.
-Y el gringo, es un sinvergüenza, porque sabe perfectamente las relaciones que existen entre Quintana y la que va á ser su mujer.
¿Sabes lo que ha dicho Gladstone, á un compatriota suyo?
-No. Dilo.
-Que á él poco le importa que Juana no esté como Dios manda, porque lo que quiere es el dinero, y no mujer.
Algunos individuos, aficionados á las bromas, contaron después que esa noche, á las dos de la mañana, se eclipsaron Jones y Juana, en busca del tálamo nupcial, y que, media hora después de esa retirada, se había presentado el inglés en el salón de baile, en paños menores, ordenando al pianista:
-Para la baila!
El piano enmudeció, y la gran concurrencia, quedó estupefacta, ante el traje demasiado ligero en que se presentaba el novio. La suegra, se acercó él, para preguntarle.
-¿Qué es lo que ocurre, mister Gladstone
-Que yo he sido engañado. Usted me dijo, que su hija era virgen, y ahora resulta que está como María, de pues del parto.
-No sea bueno, mister Gladstone; usted es demasiado exigente. De eso, no hay para los hijos del país, y va á haber para los extranjeros!
-No se aflija por esto, mister, le había dicho el padre de Juana, tomando parte en la conversación. Ese es defecto de familia. Cuando yo me case con esta, tambien estaba lo mismo.

-Entonces, contestó el ingles, siga la baila!
Y se retiró, caminando con paso rítmico, hacia la alcoba, adonde lo esperaba su novia.
III
En menos de un mes, Luis, se convirtió en un furioso parroquiano del salón del “Pique». Todas las noches
se le veía en ese burdel, en unión de Jones, y de otros comerciantes del pueblo, partidarios de ese género de vida.
Los días Domingo, empezaba su visita desde las dos de la tarde, hora en que llegaba de Germinal, dando principio á la remolienda, como si se tratara de días festivos, excepcionales.
Los dueños y los rufianes del burdel, se acostumbraron á tratar á García y Jones, y se permitían con ellos ciertas familiaridades. como si se tratara de antiguos cenocidos. Las prostitutas no se quedaban atrás en lo de tomarse la confianza posible, y los tuteaban, cual á viejos camaradas.
Ese modo de vivir, tenía que resentir grandemente los bolsillos de los dos tunantes, los que, no pudiendo satisfacer sus inmoderados apetitos con el sueldo que ganaban, se dedicaron á desfalcará la casa, haciendo figurar en los libros, partidas imaginarias.
Y como para robar á Chamberlain, debían ahorrar en la elaboración del salitre lo mas que pudieran, los pobres obreros de Germinal, continuaron siendo los patos de la boda, viéndose cada día más esquilmados y hostilizados. García y Jones, querían resarcir á la oficina de lo que desfalcaban, quitándole á los operarios la mitad de sus jornales.
-Esto ya no es vida, decía un obrero á varios compañeros, que sentados á la puerta de una covacha, gozaban. de los rayos de la luna. Cada mes, van disminuyendo los jornales en veinte centavos, de manera que va á llegar el día en que no ganemos ni para el chupe.
-Y, mientras por un lado, nos roban lo que legítimamente nos corresponde por nuestro trabajo, por el otro, suben la pulpería á precios escandalosos, á tal extremo, que nos pasamos varios días sin comer carne. No nos queda otro recurso, que alimentarnos con porotos y papas.
-La pampa, es verdad que está mala; pero adonde llegó Germinal, reventó la papa hirviendo. Aquí es el infierno. Si no fuera porque tengo mucha familia, y no cuento con nada para movilizarme, ya las habría hechado para otra parte.
-Lo mismo digo yo; y el no tener dinero para el viaje, es lo que me retiene aquí.
Urbina, que era uno de los que formaban el círculo de trabajadores, que se lamentaban de su suerte, tomó parte en la conversación.
-Antes de irse Pérez, me dió un encargo, y yo quiero consultarlo con ustedes, para ver si están dispuestos á cumplirlo.
-¿De qué se trata?
-Me dijo Pérez, que si la tiranía del administrador, continuaba en esta oficina, nos reuniésemos y eligiéramos una comisión, para que se acercara á él, á reclamarle un poco de más humanidad.
-No es mala la idea.
Yo la apruebo, y me encargo de citar á todos los amigos. ¿Adónde podemos reunirnos?
-No soy partidario, dijo Urbina, de que celebremos ninguna reunión. El sereno, podía denunciarnos, decir que estábamos conspirando algo, y darnos un disgustó con la Policía.
Tienes razón. Basta con avisar de que nos reunamos tal día, para dirigirnos en masa á la administración, á reclamar aumento de salario. De hablar, nos encargaremos yo, Urbina, Juárez y no faltarán algunos otros.
-¡Expléndido! Ahora, solo falta saber qué día hacemos el reclamo.
– Hoy es Viernes. Si gustan lo podemos hacer el Domingo.
-Siempre que sea en la mañana, porque en la tarde, el patrón se va al pueblo, a remoler.
-¿Se han fijado ustedes, lo tunantes que se han vuelto don Luis y mister Jones?
La conversación se interrumpió, al sentirse pisadas de caballos, y al aparecer el administrador y contador, montados en dos briosos potros.
– La de todas las noches. Ahora hasta mañana.
-Yo me admiro con qué plata remuelen todas las noches, ese par de hombres. El sueldo, no puede alcanzarles para tanto.
-Deben estar robando á la casa, y por eso, nos aprietan el cordel cada día más. Es la injusta ley de la humanidad, de que la soga se rompe por lo más delgado.
El Domingo, señalado para la reunión de obreros, en que debían presentar sus quejas al administrador, amaneció brillante y lleno de luz, como lo son los días de la Pampa. Desde las primeras horas, se notó un movimiento inusitado, señal de que ocurría algo extraordinario.
Los cabecillas del reclamo, recorrían el campamento, golpeando á las puertas de las bohardillas, y avisando á los compañeros de que ya era hora de acudir al punto de la cita, una plazoleta, donde se levantaba el edificio de la administración. Grupos de dos, tres y más operarios, se dirigían al lugar designado, guardando el mayor orden y compostura.
El sereno, que había visto el movimiento de la gente, se sintió alarmado, y corrió á avisar á García lo que pasaba, abultando la noticia, y agregándole mucho de su cosecha.
-Se dice, señor, que va á haber, una huelga general, y que van á saquear la pulpería.
García, presa de la mayor agitación, corrió al teléfono, y llamó á la Policía de la estación; pero con mala suerte, porque el oficial de la guarnición se encontraba ausente, y el sargento, no disponía más que de un soldado para el sericio. Por una ventana, espiaba el administrador á los obreros, y se tranquilizaba, al ver que observaban un continente tranquilo. Calculó que habían reunidos quinientos hombres; es decir, la totalidad de los trabajadores.
A las diez en punto, la muchedumbre se dirigió á la administración, llegando hasta la baranda del corredor, adonde quedó detenida por la barrera de madera. Alba, se presentó, á preguntar muy respetuosamente qué necesitaban, y al respondérsele que se deseaba hablar al señor administrador, desapareció más ligero que un gamo.
Transcurrieron diez minutos largos, para que García, acudiese al llamado de sus operarios. El cobarde burgués, que tan valientemente ordenaba á sus subalternos la rebaja de los salarios, temblaba, al pensar que se iba á ver frente á frente de sus víctimas.
Ignoraba el objeto de la presentación, y eso lo llenaba de pavor. Por fin, se resolvio á pasar el río, y colocando su revólver en el bolsillo trasero del pantalón, hizo su aparición en el corredor, acompañado de Jones.
Vestía de riguroso negro, y en su semblante pálido, se adivinaba que su alma sentía el miedo que experimentan los criminales ante la justicia.
Inmediatamente, Urbina y Juárez, adelantándose á sus compañeros, se acercaron a García, y descubriéndose, dijeron:
Veníamos, señor, a hacer á usted un reclamo justísimo, el cual esperamos que sea atendido, ya que se trata dé algo humanitario, y fácil de realizar por parte de usted.
García, nada respóndió. Sus ojos, desmesuradamente abiertos, los tenía clavados en los dos audaces, que se atrevían á tomar la representación de sus hermanos de infortunio, y á fastidiarlo con sus necedades. Jugaba con la moneda de oro, que pendía de la cadena de su reloj, fingiendo indiferencia.
-Se trata, señor, del miserable salario que ganamos los operarios de esta oficina. Desde que usted se hizo cargo de la administración de Germinal, todos hemos experimentado una crisis espantosa. Los jornales, han sido rebajados, en más de la mitad, y los artículos de pulpería, se han puesto por las nubes. Como usted comprenderá, este estado de cosas, es por demás aflictivo, llegando al extremo de que hoy día, nos encontremos sumidos en una miseria espantosa.
Con el mismo silencio respondió García á estas lamentaciones. Buscaba en su mente, la manera de salir con felicidad del pantano en que se hallaba metido.
Viendo Jones, que su principal nada decía, quiso sacar la cara por él, y encarándose insolentemente á los oradores, les preguntó:
-¿Y para eso, necesitaban meter tanta bulla? No podían haber venido ustedes solos, sin necesidad de alborotar á la gente?
-Dispense, señor Jones, le interrumpió Urbina. Nosotros, no hemos venido á hablar con usted, sino con el señor administrador.
García, comprendió que estaba haciendo un papel desairado, y trató de portarse á la altura de la situación.
-En respuesta á lo que ustedes dicen, debo contestarles de que yo no soy más que un simple empleado, que tengo que cumplir las órdenes que recibo del dueño de la oficina. El, me ha mandado que rebaje los jornales, y yo no he hecho otra cosa que ejecutar su disposición. Si yo fuera el propietario, la cosa cambiaría.
-Perdone, señor, que le repliquemos que no es cierto lo que usted dice. El dueño de la oficina, que reside en Iquique, y que jamás ha presenciado cómo se hacen los trabajos salitreros, no puede haberle ordenado que nos rebaje tan escandalosamente los salarios. Estas son cosas de usted, con el objeto de acreditarse con la casa. La oficina Trabajo, pertenece también al señor Chamberlain, y sin embargo se paga mejor que aquí. Si la orden fuera del propietario, la habría impartido á las dos oficinas.
García, se rascó la cabeza. No supo qué responder, y después de un corto rato de vacilación, contestó:
-Tomo en cuenta el reclamo que ustedes me hacen, y voy á dar inmediatamente noticias de él, á mister Chamberlain, en la seguridad de que los atenderá. De todas maneras, les prometo que haré por ustedes todo lo que me sea posible. Pueden confiar en mi promesa, y retirarse tranquilos á sus hogares.
Los obreros, que no contaban con un hombre del temple de Juan Pérez, se miraron los unos á los otros, sin saber qué hacer. Habían acudido inconscientemente á hacer el reclamo, creyendo que con su presencia conseguirían todo, sin firmar ningún compromiso, ni tomar acuerde alguno, para el caso de que la administración se burlara de ellos. Urbina y Juárez, que eran los oradores, tampoco su-pieron qué contestar a la ambigua promesa que les hacía el patrón, y se retiraron, cabizbajos y corridos, siendo imitados por los demás. ¡Así concluye una empresa buena, en la que falta dirección!
Luis García, notó que sus palabras no habían producido buen resultado; pero que tampoco habían intentado que su promesa revistiera algo de positivo; y sonrió de satisfacción, viendo que había salido victorioso. Llamó al sereno, preguntó por los nombres de los dos que le interpusieron la presentación, y enterado de ello y de que trabajaban en la Pampa, hizo llamar al corrector, á quien dió orden terminante, para que los despidiera.
-Es necesario, le dijo, que esos hombres salgan inmediatamente de la oficina. Hoy, me han revolucionado el campamento, y mañana puede suceder una cosa peor.
-Yo los puedo despedir al acto; pero es el caso de que están debiendo á la casa.
-No importa. Lo que yo quiero es que se vayan.
Al día siguiente, Urbina y Juárez, recibieron la notificación de que estaban despedidos del trabajo, y de que debían salir en el acto. La orden, la recibieron, acompañada de la presencia de dos policiales. La administración, aprovechaba de que todos los obreros se hallaban en sus labores, para despedir á los que consideraba revoltosos. Dos carretas, se encargaron de cargar con los monos de los dos infelices, tomando la dirección del pueblo vecino.
Luis, respiró, cuando las carretas que conducían á Juárez, Urbina, sus familias y sus equipajes, se perdieron de su vista, entre la polvareda de una huella. Pensó que ya estaba desbaratada esa intentona de huelga, y de que bien podía no cumplir lo prometido.
Y tal como lo pensó, lo hizo. No se molestó en avisar á mister Chamberlain, el reclamo de los trabajadores, y dejó las cosas en su antiguo terreno.
A la hora del almuerzo, se enteraron los obreros de
Germinal, de que Juárez y Urbina, habían sido despedidos, por el delito de hacer una presentación pacífica. Tamaña injusticia, produjo indignación entre esos esforzados. hijos del trabajo; pero los estallidos de cólera, fueron aislados é insuficientes para imponerse á la arbitraria voluntad de García.
Los jornales bajos, siguieron subsistiendo, y los obreros se vieron más fuertemente uncidos al carro del despotismo. ¡Así terminan, las reclamaciones, en las que se procede con atolondramiento, sin sujetar los pasos dados, á una pauta segura!
IV
Al día siguiente, cuando todo estaba en calma, en Germinal, hizo su aparición en ella, un grupo de policiales, que recorrían el campamento, amenazando á los obreros; á quienes les señalaba el sereno, como bochincheros.
Esta medida del administrador, acabó de exaltar los ánimas, que permanecían indecisos, y de enrielar los acontecimientos á un fatal desenlace.
Apesar de que no había una cabeza, que guiara á los trabajadores de esa oficina, comprendieron ellos que se había colmado la medida, y que era de estúpidos soportar por más tiempo tanta humillación y tiranía.
El pueblo, es manso como una oveja, y cuesta mucho, arrancarlo de esa especie de retraimiento, innato á su carácter de bestia, tanto tiempo vejada; pero, cuando logra independizarse de su marasmo habitual, tiene cóleras de gigante, y es capaz de realizar las mas difíciles empresas. El valor, brota en él, como las llamas de un incendio, y no hay nada que lo detenga.
En Germinal, la actitud de García, que se burlaba cí-nicamente de los proletarios, ofreciéndoles interceder por ellos, y despidiendo a los que tomaron la representación de los mismos, produjo un despertar terrible en los ánimos. El tema general de las conversaciones, fue la insolencia del administrador, y su conducta fue colocada en el tapete de la discusión, censurándola acremente. Hasta los más indiferentes, especie de idiotas ó egoístas, que nada se preocupaban del problema social, y que vivían contentos, engu-llendo la ración diaria de porotos, se sintieron poseídos de extrañas ideas, y se admiraron de haber permanecido tanto tiempo en un estacionarismo perjudicial para la clase á la cual pertenecían.
En un corrillo, se discutía acaloradamente la despedida de Juárez y Urbina
-¿Que les parece, compañeros, lo que ha hecho el administrador
-No tiene nombre el proceder de don Luis. Nunca creí que fuera tan malvado. Lo obrado con Juarez y Urbina, es algo que subleva hasta a los que tengan sangre de gallina. Esos dos pobres compañeros, cargados de familia, que haran con ese lanzamiento tan intempestivos?
-Es necesario que hagamos algo por ellos. Ya que sufren por nosotros, justo es que aliviemos en algo su situación Es verdad de que somos pobres; pero la solidaridad obrera, exije que realicemos algunos sacrificios, para proporcionar algo á esos desgraciados.
– Eso es. Iniciemos una colecta. Yo pongo dos pesos.
-Yo, tambien dos.
Yo, no puedo dar mas que uno.
-Tú, que eres más entendido en números, puedes hacerte cargo de correr la lista.
-Aceptado.
-Ahora, pasemos á otro punto. Creen ustedes, que debemos quedarnos callados, ante lo que está haciendo el administrador?
¿No sería ello autorizarlo á continuar en su carrera de tropelías, de lo cual tendríamos que arrepentirnos, cuando ya no hubiera remedio?
-Tienes razón hermano. Las llagas sociales, hay que curarlas inmediatamente, porque si se deja que el mal tome cuerpo, cuesta trabajo extirpar el cáncer. Por culpa de nuestros congéneres de la antigüedad, que no tuvieron valor suficiente para destrozar las cadenas de la esclavitud, con que los ataron los señores feudales, estamos nosotros sufriendo ignominia sobre ignominia.
-¿Qué hay que hacer para obtener una revancha? ¿Se trata de mandar al otro mundo á ese pichiruche? Mi cuchilla está á disposición de mis compañeros de trabajo.
-¡Aquí está Perez! El nos puede decir qué es lo que debemos hacer!
Juan Perez, tomó asiento en el banco de madera que se le presentó, sacó un gran pañuelo, con el que limpió el polvo y el sudor que cubrían su cara y tosió fuertemente, apretándose el pecho con ambas manos. Su semblante estaba pálido, y todo su cuerpo revelaba un cansancio abrumador.
Empezó a hablar muy despacio, con dificultad, deteniéndose á cada momento, para pasarse el pañuelo por la cara, y para tragar saliva.
-Estoy muy cansado. Me encontraba esta mañana en la oficina Trabajo, cuando supe la expulsión de Juarez y Urbina, y creí conveniente, venir a enterarme personalmente de lo que ocurría.
-Yo le diré, compañero, como pasó eso. El Domingo, en la mañana. aburridos de soportar por más tiempo las bellacadas del futre que tenemos de administrador, nos dirigimos a hacerle una reclamación en orden. Los compañeros Juarez y Urbina, fueron designados para hablar, y lo hicieron, empleando los términos más respetuosos.. —¿Qué contestó el administrador?
-Que él no tenía la culpa de que los jornales fueran bajos, y que iba á avisar á mister Chamberlain nuestra presentación, prometiéndonos hacer todo lo posible en nuestro favor,
-Y cumplió su palabra, despidiendo á los que hablaron
-Aprovechando de que todos nos encontrábamos en nuestros trabajos, les arregló sus libretas y les puso carreta para que se fueran.
– He oído decir que yo podía indicarles lo que debían hacer.
Sí, sí, sí, dijeron todos.
-Bueno, escúchenme. Lo que ustedes deben hacer, en la actualidad, es permanecer quietos, sin dar señales de vida. Hay que distraer á nuestros verdugos, y hacerlos creer de que aceptamos la situación, tal cual ellos nos la presentan.
-Ya hemos esperado mucho tiempo.
-Me alegro, Juan de Dios, que te muestres impaciente. Hace un año, te hablé de los trabajos que pensaba realizar, en beneficio de la clase obrera, y me contestaste de que era aventurado ponerse en choque con el Capital.
-Hace un año, yo tenía una gruesa venda en los ojos; pero, ella ha caído y ahora veo con claridad; veo que es un crimen sin nombre, el que están cometiendo con nosotros los capitalistas.
-Es una satisfacción para mi encontrar a todos mis hermanos de Germinal, dispuestos á ir á la revancha. Mi labor de hacer de que todos los obreros de la Pampa piensen como un solo hombre, está tocando á su fin. Faltan muy pocas oficinas que se pongan de acuerdo conmigo. Cuando ellas lo hagan, pueden ustedes estar seguros de que la hora de la reivindicación obrera, habrá sonado en. el reloj de la humanidad.
-Entonces, usted, Perez, nos recomienda de que estemos aún tranquilos?
-Sí, compañeros. Por ahora, es necesaria la calma.
Las mujeres, participaban del entusiasmo bélico de que se sentían poseidos los obreros de Germinal. Se reunían en grupos más ó menos numerosos, y planteaban la cuestión social, abundando en razonamientos más ó menos_ aceptables. Los chismes, que constituyen el arsenal de
conversación del sexi débil, estaban dejados de mano.
-Si yo fuera hombre, decía una, ya le había puesto las peras á cuatro, á ese mozalbete, que quiere burlarse de
los pobres. Siento ser tan vieja. De lo contrario, le hacía
ver cuantas son dos y dos.
-¿Ustedes no saben lo que hace ese canalla, en el pueblo? Pues oigánlo Hace vida marital, con una mujer del salón del “Pique»
– Jesús, María, y José! Y aquí, parecía un santito.
-¿Santito? Y tenía relaciones con la mujer del gringo, dueño de esta oficina.
V
Luis, demoró varios días, sin ir al burdel, á ver a Genoveva, temeroso de que los obreros, con la excitación producida por la despedida de Urbina y Juarez le jugasen alguna pasada.
Después de una semana, cuando calculó que los ánimos estarían aplacados, hizo una escapada á la estación, en compañia de su inseparable Jones.
En el reservado del burdel, encontró gran concurrencia de parroquianos, que se entregaban al baile. Busco con la vista á Genoveva; pero no la encontró. Notó que las prostitutas, lo miraban con aire de malicia, como queriendo dar á entender que algo nada católico estaba haciendo su querida.
Con ese instinto, peculiar á los rufianes, comprendió lo que motivaba la ausencia de Genoveva del salón. Por su mente, pasó la escena bochornosa, en que vió á Elvira y al :pianista, ebrios, durmiendo, y tuvo celos, como si se tratara de su esposa.
Elvira, que notó la angustia que lo afligía, se acercó él.
-¿Buscas a Genoveva?
-Sí.
-Pues, espérala hasta mañana, porque ya se fué á dormir.
-¿Con quien?
-Con un camote nuevo, que tiene ahora.
Los ojos de Luis, se encendieron de coraje, y algo muy siniestro debió traslucirse en ellos, pues Elvira, le preguntó.
-¿Qué te pasa? Parece que tienes celos.
-No es para menos la cosa.
-No seas tonto. Ella, me ha dicho que no te quiere ni un pedacito, y que si te pone buena cara, es porque tú le das bastante dinero.
-¿Eso ha dicho, esa perra?
-Delante de todas las mujeres del salón.
-Bueno; está bien. ¿Quieres tomar una copa?
– Eso es. Ahora, que la otra te abandona, recurres a mí.
-No seas tonta, Elvira; yo siempre te he querido.
-Todos los hombres son cortados por una misma tijera. Tienen sus mismas palabras y sus mismas mentiras. Aunque la odien á uno, le dicen que la quieren. ¿Por qué son ustedes tan farsantes?
-Así es la vida hija. Miento yo, y mientes tú. Sin embargo, yo no te saco nada en cara,
Luis tuvo aquella noche una rabia grandísima. Decía que Genoveva era una infame, al hacerle traición, como si una meretriz pudiera guardar fidelidad á un hombre. Elvira siguiendo la táctica de las de su sexo, atizaba la hoguera, contándole que Genoveva no lo quería.
La cabrona, andaba esquivando el cuerpo á García. Sabía que Genoveva, se había ido á dormir con otro, y rehuía una explicación.
Después de las doce, hizo su aparición Genoveva, Vestía una bata blanca, y llevaba el cabello despeinado. El potentado administrador de Germinal, al ver á su querida, no pudo contenerse y olvidando la decencia y el qué dirán, se acercó á ella, para preguntarle adonde había estado.
Los burgueses, esos aristócratas, que pasean por calles y plazas, llenos de brillantes y de orgullo, son seres despreciables y sinvergüenzas, que en la prostitución, hacen los más feos papeles.
Las mesalinas, conocen á fondo sus debilidades, y abusan con ellos, gozando en despreciarlos. Es una venganza que el pueblo se toma de sus tiranos, valiéndose de las flores de fango, que brotan de los pantanos.
Se ha visto muchas veces, á ricos propietarios, que han mostrado una arbitrariedad rusa con sus trabajadores; que no se han conmovido ante la muerte de un hombre, víctima de alguna de sus industrias; que no se han detenido á colocar un centavo, en la mano que pide lastimosamente una limosna por el amor de Dios, arrodillarse á los pies de una mesalina, implorarle su amor con lágrimas en los ojos, y ofrecerles el dinero á manos llenas.
¿Por qué existen divisiones entre el Capital y el Trabajo? Pues por eso; porque los aristócratas, antes que aliviar la situación de las bestias que labran sus fortunas, prefieren arrojar el dinero á la vía pública, que no es otra cosa lo que hacen, derrochando miles de pesos, en orgías, fomentando el vicio.
El egoísmo de los burgueses hace que la clase desvalida, sienta un odio inmenso hacia ellos. Todo lo quieren para sí, los capitalistas. Desean ganar el dinero á manos llenas, para gozar de todos los placeres que inventan. No importa que los obreros, derramen mares de lágrimas, para aumentarles sus fortunas. El fin, es acaparar el metálico, y no se detienen á reflexionar sobre la forma empleada.
Los burgueses, son los que han contribuido á que las meretrices, desprecien á las mujeres honradas de su misma clase social. Han endiosado á las prostitutas, rindiéndoles culto, y derramando sus piés los talegos de oro, mientras que á las infelices, que con la frente limpia, han acudido á ellos, pidiéndoles una limosna, las han insultado y despreciado.
Pero, por un contraste humano, esas meretrices se encargan de vengar á sus hermanas, burlándose y tratando con la punta del pié á los ricos. Es así como las mujeres del pueblo, ven satisfecha, en parte, su rabia contra las hombres de la clase dorada.
¿Por qué existe la fuerte división que reina entre el Capital y el Trabajo? Porque al Capital, no le gusta ver la honradez, entre las mujeres del Trabajo. Quiere que todas ellas, se conviertan en mesalinas, para tener carne en abundancia, en donde apagar su lascivia; porque el Capital, no detiene su vista, en los hogares, adonde las esposas y las hijas de los obreros, disfrutan una existencia santa, y, en cambio, se arrodilla ante los ídolos de los burdeles, á los que entrega su dinero y su reputación.
Sigan los ogros del dinero, en su tarea de fomentar la corra ladón, que no está lejano el día en que, una evolución social, que conmueva los cimientos de la burguesía, libertara á los proletarios, hombres y mujeres, de la esclavitud en que yacen, contribuyendo con sus vidas y honras a que se diviertan los de arriba.
¡Tiemblen los aristócratas cuando llegue la hora de esa evolución!
Luis, aunque sabia perfectamente de que Genoveva lo engañaba, se dió por satisfecho de la explicación que le diera su querida.
-Creí que esta noche no vendrías, y como tenía sueño, me había acostado, le dijo Genoveva, bostezando, presa de fastidio.
El administrador de Germinal, que se había burlado miserablemente de los obreros, prometiéndoles cosas que no cumplió, y despidiendo á los que hicieron uso de la palabra, se deshizo en halagos con la meretriz. .
-Quiero champaña, le dijo ella. Y él, como si se tratara de una dama honorable, se apresuró á satisfacer su deseo.
-Quiero soda néctar, le dijo después. Y García, accedió a lo que le pedía, con la mejor voluntad.
-Quiero jerez, se le antojó. Y Luis, ordenó que se le sirviera el generoso vino.

La infidelidad de la meretriz, despertaba en él mayor grado de pasión. Imitaba á las mil maravillas á aquellas hijas de la altiplanicie que quieren más á sus maridos, mientras es mayor la cantidad de golpes que les propinan.
Genoveva, después de beber champaña, soda néctar y jerez, se le puso comer pichones asados. Como en la Pampa, no existen casas de cena, se vió obligado Luis, á ordenar á la cabrona, que asase un par de esas avecitas. Caro le costaron; pero eso á él, no le importaba.
Cuando los pichones estuvieron servidos, y el olor de la mantequilla en que habían sido fritos, se metía á las narices, abriendo el apetito, Genoveva arrugó la nariz, en un gesto de desagrado, y exclamó:
-Se me ha descompuesto el estómago. Que se lleven los pichones. No quierb comerlos.
Un rufián, con la mayor alegría, se llevó el plato, murmurando:
-¡Lo que son las cosas! Con el nuevo camote que tiene Genoveva, que es un pobre diablo, que ,no tiene en qué caerse muerto, se porta como una oveja. Lo ruega y le llora. En cambio, con éste, que tiene peniques, se extiende como la verdolaga. ¡Lo que son las mujeres! El beneficiado con ello, soy yo, porque voy á comer pichones, sin haberlo soñado.
-Te veo algo fastidiada, negrita; le dijo Luis á Genoveva, viendo que no había querido comer los pichones, y que arrugaba el ceño, mostrando la mayor displicencia.
-Es que tengo calor. Quisiera salir á la Pampa, á tomar aire. Y á propósito, se me ha ocurrido una idea. Deseo conocer Germinal.
La sonrisa, desapareció del rostro de Luis, quien se puso sério, y trató de variar el rumbo de la conversación.
-No esquives el bulto. Te digo que quiero ir á la oficina, para saber cómo es eso.
-Será otro día. ¿Cómo te llevo ahora, que no hay caballos?
-Pues, á la grupa.
– ¿Y podrías sostenerte?
-Como nó. En días pasados, hicimos un paseo y lo más bien que me sostuve.
Colocada Genoveva, en las ancas del caballo de Luis, se dirigieron á la oficina Germinal, escoltados por Jones, quien reía de la ocurrencia de la prostituta.
La mesalina, encontró bonito el edificio. Recorrió todas sus habitaciones, admirando la comodidad y el lujo.
-;Tú, debes pasar aquí la gran vida? Tienes todo á tu disposición.
-¿Cómo todo? Estando lejos de ti, me falta tu cariño.
-Pero tienes el de la mujer de tu patrón. ¡Ah, tunante! ¿Crees que no ha llegado hasta mí, el rumor de que ella es tu amante?
Jones, al oir esto, abrió tamaña boca de admiración. El, jamás había sospechado de que podían existir relaciones amorosas entre Luis é Isabel. Pensó, que siempre de esas cosas, se enteran mejor los de afuera, que los de casa.
-No hables tonterías, Genoveva, le respondió Luis á su querida. No me gustan esas calumnias, que hacen daño á la reputación de una señora digna, y que pueden causarme mal á mí.
-Yo no hago mas que repetir lo que he oído.
Esa noche, Genoveva durmió en Germinal. Luis, llevó su locura, hasta el extremo de permitir que la horizontal se quedara á dormir,
VI
El bautismo del hijo (?) de Chamberlain, se anunció con bastante bombo. El inglés, quería celebrar con toda pompa, la cristianización de su vástago, aunque era protestante, en materia de religión.
Sus amigos y amigas, lo colmaban de felicitaciones,. por la hermosura y robustez del muchacho, quien cada día aumentaba de peso.
-¡Qué bonito muchacho, mister Chamberlain! ¡Y cómo engorda!
-Pronto, se va á parecer al guatón Gallardo.
-No seas exagerada, hija. Es verdad que el niño, va á ser bien grande y bien gordo; pero no tanto. Cuando más, se asemejará al gordo Arriagada, el jefe de la pesquiza.
-De todos modos, lo principal es que se parece á su papá, corno un huevo á otro huevo.
Al decir papá, acentuaban la frase, acompañándola de un guiño picarezco, signo revelador de que dudaban de la paternidad de Chamberlain.
Isabel, había ganado inmensamente, con ser madre, El inglés, la mimaba, adivinaba sus menores deseos, y hacía derroche de dinero, por satisfacer sus más ligeros caprichos. El ser padre, lo tenía trastornado.
Mister Chamberlain, llamó un día por teléfono á Luis, y le rogó que fuera el padrino de su hijo. Al principio, Luis se resistió, fingiendo no poseer, méritos suficientes para ser su compadre; pero, después, cedió y quedó acordado el día en que debía bajar.
Te participo, Isabel, que el bautismo del chiquitín, será el Sábado próximo.
-¿Sí? ¡Cuánto gusto tengo!
-Luis bajará ese día y se subirá el Lunes.
-¿Has pensado qué nombre le pondremos al chico?
-Te he dicho que eso queda á tu elección.
-¿Quieres que se le ponga el del padrino?
-Bueno. Que se llame Luis, nuestro hijo.
Llegó el Sábado designado, y Luis, después de sostener una violenta discusión con Genovesa, quien quería bajar á Iquique en su compañía, tomó el tren que lo debía conducir á la capital salitrera.
Su carácter voluble, lo hacía que, en el tren, mirase con placer su viaje, que lo iba á acercar á Isabel, á la que no veía tanto tiempo. El fastidio que, hasta hacía poco, le había causado esa mujer, se había tornado en una ansia desenfrenada.
Le parecía que el tren, caminaba con demasiada lentitud, y habría querido tener poder suficiente, para cruzar el espacio como las aves. Durante el trayecto, bajó á todas las estaciones, en unión de sus compañeros de viaje, á libar copas; así es que, cuando el tren se deslizaba por la pronunciada pendiente que existe desde el cerro á la estación de Iquique, se hallaba en el primer grado de la embriaguez.
En el andén, lo esperaban Chamberlain, Isabel y Juana. El inglés, se había dado la molestia de acudir á recibirlo, en unión de su familia, para manifestarle la estimación que le profesaba.
Momentos antes de que el tren penetrara á la estación, Isabel era presa de una exaltación nerviosa. Su carne, tanto tiempo en descanso, se revelaba, al sentir la aproximación de aquel que tan bien sabía exitarla.
-¿Qué tienes, hija? le dijo Juana. Estás pálida, tiemblas.
-El gusto, me pone así. ¡Hace tanto tiempo que no le veo!
-¿cómo vas á tener alguna cita con él?
-He pensado que ella sea mañana, á la hora de misa. Tú vendrás á buscar á Julia, y te la llevarás á la iglesia. Yo pretextaré cualquier ocupación, y diré que iré á otra misa. Salgo sola y en lugar de ir á arrodillarme al templo, lo hago ante él.
-Bien pensado! Se conoce que tienes ingenio, y que no eres ninguna boba. Ahora, solo te recomiendo que te muestres con altanería, y que no le manifiestes que te estás muriendo por él.
-Descuida Juana.
El agudo pito de la máquina, anunció la presencia. del tren, él que penetró al andén, resoplando furiosamente, como caballo fatigado. Los ojos de Isabel, devoraban las ventanillas de los coches, buscando al objeto de su amor.
¡Ahí está, ahi está! dijo, cuando vió á Luis, palmoteando y saltando de placer.
Chamberlain; se precipitó al encuentro de García, y le dió un fuerte abrazo. Isabel y Julia, le estrecharon la mano, y presentaron á su amiga Juana, quien lo saludé muy significativamente, adormeciendo los ojos, en una lángui da mirada de enamorada.
-Hágame el favor, García, de acompañar á la familia á la casa, dijo Chamberlain, abriendo la portezuela de uno de los coches estacionados frente á la reja de la estación. Tengo que arreglar un negocio. Luego estaré con ustedes.
Las tres mujeres y Luis, tomaron asiento en el vehículo, el que partió á todo galope, en dirección á la morada de Chamberlain. García, que tenía la cabeza algo trastornada, se sintió más mareado con el perfume de las damas. Inconscientemente, colocó un pié, sobre los de Juana, quien, en lugar de retirar los suyos, apretó el de Luis.
-Esto no va mal, dijo para su capote el administrador de Germinal. He llegado con suerte. Parece que á esta gordita le he caído en gracia.
En la noche, se dirigieron en dos coches á la iglesia parroquial, las siguientes personas: el nene, Isabel, Julia, Juana, García y Chamberlain. Esta vez, las mujeres, ocuparon un carruaje, y los hombres, el otro.
El secretario del obispo, un fraile regordete, que calzaba anteojos, y cuya piel colorada, brillaba, como si estuviera untada con manteca, hizo sentar frente á él al padrino, empezando el interrogatorio:
-¿Cómo se va á llamar el niño?
-Luis Chamberlain.
– ¿Y el padrino?
-Luis García.
– ¿Y la madrina?
-Juana Quiroga.
El secretario, que esa noche había bebido demasiado vino en la mesa, anotó mal la partida, que quedó asentada en el libro de bautismos, de la manera siguiente:
“En tal fecha, bauticé, puse el oleo y crisma, á Luis Chamberlain, hijo de Luis García y de Isabel N…….”
-¿Cuánto le debo? preguntó Luis al secretario.
-Según y cómo. En la iglesia, vale tres pesos, y en la sacristía, cinco.
-¿Cuál es la diferencia entre ambas maneras?
-La de que la gente decente, usa siempre hacer los bautizos en la sacristía, donde se le pone el óleo á cada niño por separado, mientras que en la iglesia, se les aplica el sacramento a todos los que se presenten.
-Entonces, que se haga en la sacristía. Ahí tiene usted los cinco pesos.
Terminada la ceremonia del bautizo, la comitiva se dirigió á la morada de Chamberlain, á celebrar el acontecimiento. Se improvisó un baile, entre las amistades de confianza.
Chamberlain, se pegó esa noche, una gran bomba, y e retiró a su dormitorio, antes de que la fiesta terminara. Luis empinó el codo á su regalado gusto, permitiéndose ciertas libertades con Juana, lo que motivó á que Isabel se pusiera celosa con su amiga.
Estuvo á punto de suceder un conflicto, si no intervienen algunas amigas, que apaciguaron á Isabel, haciéndole comprender el feo papel que hacía. Julia, en cuyo. corazón, ya se había anidado el espíritu del mal, también tuvo celos de Juana, y cruzó algunas palabras con la adúltera
Cuando se retiraron los asistentes al baile, Isabel acompañó á Luis á la habitación que se le había designado, y ahí permaneció con él hasta que amaneció. Se había quedado dormida, y cuando despertó, corrió á su lecho, asustada, temiendo de que Chamberlain se hubiera enterado de lo hecho.
Felizmente, el inglés, sin desnudarse, dormía á pierna suelta sobre su lecho, roncando con toda tranquilidad. La borrachera que había cogido era tan fenomenal, que se había acordado ni de desvestirse.
VII
Juana, había dado á entender á Luis, la noche del bautismo, que no le desagradaba que le hiciese la corte.
– ¿Es cierto, le preguntó, de que Isabel es su enamorada?
-No, le respondió él. ¿Ignora usted que es la esposa de Chamberlain?
¿Acaso es un obstáculo el que una mujer sea casada, para que no pueda tener un amante?
Luis quedó perplejo ante tanta audacia.
-Lo sé, le contestó, aparentando aceptar su razonamiento; pero es el caso de que no existe nada entre nosotros.
-Me alegro, porque lo sentiría muchísimo. Mírela usted cómo dirige la vista hacia acá. Parece que no le agrada que conversemos despacio. ¡Já, já, já! Está celosa. Vea usted la cara que ha puesto. ¡Habían sido muy tontas algunas mujeres!
Ruego á usted que no se ría. Me compromete.
-No sea usted niño, si es que no quiere que le diga cobarde. El hombre, debe ser siempre valiente, y nunca dejarse dominar por las mujeres. El que no usa de los derechos que le dan los pantalones, es un pobre diablo. Vamos á bailar este vals.
Isabel, que conocía á fondo á su comadre Juana, y que sabía lo coqueta que era, se mordía los labios de ira, al ver que quería conquistarse á su amante. Tan luego como terminaron de bailar, se acercó á la pareja, para decirle á Luis.
-Necesitó hablar con usted, compadre.
-Más tarde pueden decirse todo lo que quieran, le interrumpió Juana. Ahora estamos divirtiéndonos, y debes dejarle libertad para que disfrute de su genio.
-Dispensa comadre, que no acceda á lo que dices. Es muy interesante lo que tengo que hablar á mi compadre.
-Pero, bien podría ser luego.
-¿Qué exigencia tienes, en retenerlo á tu lado? —Ninguna, hija. Parece que estás celosa. Puedes llevártelol.
La situación de Luis, no podia ser más delicada, y tuvo que usar de la diplomacia, para no comprometerse, y evitar un conflicto. Comprendió que lo mejor era que permaneciese callado, sin dar la razón á ninguna de las dos rivales. Sabiendo que si se iba con alguna de ellas, la otra podría resentirse, optó por irse con su compadre:
-Me llama mister Chamberlain. Sírvanse dispensarme un momento, dijo Luis, y se dirigió hacia el sitio en que sé encontraba sentado el inglés.
Las amigas y comadres, aprovecharon la ocasión, para cobrarse celos,
-Me haces mucha gracia, Isabel. Porque hablo con tu amante, te pones celosa. Eres un Otelo femenino.
-No seas tan exagerada. Tengo desconfianza de tí,. porque te conozco, y sé que serías capaz de robarme su cariño.
-Estás hablando cosas sin sentido. hasta hace poco te he dado pruebas de que te aprecio, ¿Qué es lo que he hecho para que dudes de mí?
-Mejor será que doblemos esa foja. Sé lo que eres tú..
-Ni mas ni menos como tú.
-No te contentas con tener un amante, sino que posees tres ó cuatro.
-Pero, nunca he abandonado mi casa, ni me he ido detrás de un hombre, como lo hiciste, cuando fuiste á Valparaíso, pretextando un llamado de tu madre.
-Detén la lengua. Mira que somos comadres!
-Tuya es la culpa, porque vienes á toreárme.
-No hago más que cuidar lo mío.
– Lo que yo no te pretendo robar.
Juana, para vengarse de Isabel, contó á la mayoría de los asistentes á la fiesta, las relaciones que existían entre el administrador de Germinal y la esposa de Chamberlain.
En un momento, corrió la noticia por todo el salón, provocando risas y admiraciones.
Un inglés, á cuyos oídos llegó la murmuración, reprendió severamente á su esposa, diciéndole:
-Esas cosas, no se publican. Se guardan en secreto. Ella, es joven, y por eso comete faltas Luego, con los años, le pasará la calentura de cabeza.
-¿Y si se entera de ello, mister Chamberlain?
-No hará caso, porque comprenderá, que se trata de extravíos de la juventud. No abandonando ella el hogar, no hay para qué armar escándalos. .Ahí tienes una pareja de gordos que es muy feliz. Ella, lo ha engañado con A. El, lo sabe; pero, como es hombre práctico, nada se le da por ello. Constantemente recibe anónimos, en los que le dicen lo que hace su mujer, y él, en lugar de maltratarla, cada vez que recibe uno de esos papeles, le compra una nueva joya.
– Habla más despacio, que ahí pasa la viuda de P.
-Otra hermosa mujer, que en vida de su marido, le adornó la cabeza con más astas que las que tiene un ciervo.
-Dicen, que debido á ella, su marido consiguió el empleo marítimo que tenía.
-Es cierto, porque don Jorge Montt, se la llevó Santiago, y cuando regresó ella, le trajo el nombramiento a P.
-Se dice que él no la llevó, sino que ella lo fué siguiendo.
-Da lo mismo.
Ahora, ¿quién es su amante?
-El, mejor postor. Es muy positiva. No le gustan los amores platónicos.
El piano, preludió un vals, y las parejas. se lanzaron a, bailar. Dos jovenzuelos, conversaban én un ángulo del salón.
-He visto á la costurera J. ¡Qué flaca y qué desfigurada está la pobre muchacha!
-Pobre chica! Está pasando las penas del infierno con el hijo que le dejó N.
-Sé que, hay veces, que no tiene para comprarle un diez de leche á la criatura.
-Es que no quiere recurrir á él.
-Ha recurrido; pero le ha contestado que primero necesita atender á sus hijos legítimos.
-Como si el hijo natural, no tuviera tanto derecho á la vida como el legítimo!
-También, ha solicitado auxilios del señor O., el tío de N., quien le ha contestado qué estaba dispuesto hacerle un favor, siempre que fuese su querida.
Dos jovencitas, murmuraban:
-¡Ay hija! ¡Si supieras lo que me han contado de las Lechuzas!
-Qué, qué? Dilo ligero, que me muero por saberlo.
-Dicen que en la tienda de “La Paloma», se robaron una pieza de encajes.
-No es una novedad. Están acostumbradas á hacerlo, y por eso, los dependientes se ponen con cuatro ojos, cuando entran á los almacenes.
-Y sin embargo, míralas qué tiesas se pasean. Ve, como se dan aire de gente muy aristócrata.
-Sobre todo la menor, que desde que está de novia del doctor M.; se ha puesto imposible de orgullosa.
Dos señoras de edad, hablaban de los deberes de las madres,
-Todas me critican que llevo á mis hijas cosidas al traje; pero yo me río de la maledicencia. Sé que hago bien en ello, y se acabó.
-Tienes razón. Si no te portas así, te expones á que las muchachas den un mal paso, coma sucede con todas as chiquillas de estos tiempos.
-Mira esas muchachas, que coquetean con esos mocitos. Ninguna está como Dios manda. Todas, ya saben lo que es canela.
-Yo, detesto la educación moderna. Prefiero la antigua, aunque digan que tenía mucho de tirana.
-Será todo lo tirano que se quiera; pero el honor de las mujeres y el de los hombres, no andaba por los suelos.
Varias muchachas, hablaban fuerte, sobre sus amoríos, riendo á carcajadas.
-El teniente J…, está perdidamente enamorado de mí,
-¿Adónde lo conociste?
-En la plaza del Brasil, en una retreta.
–Y has conversado con él?
-Varias veces. Hasta hemos ido á Cavancha.
-No digas tonterías. No te creo.
-Antenoche, fué á buscarme Luisa, para ir á ver un árbol de Pascua que había comprado su papá, y en lugar de ver el arbol, nos fuimos á Cavancha, con el teniente.
¿Adónde estuvieron?
-En el coche. No nos bajamos, para que no nos conocieran. El nos convidó copas de jerez,
-Ten un poco de cuidado, chica;. no sea que la gente se entere, y se murmure de tí.
Juana, se había propuesto dar esa noche un mal rato á Isabel, á pesar de que era su comadre. El champaña bebido, despertó en ella los malos instintos, predisponiéndola á gozar con el mal hecho al prógimo. Sus ojos, brillaban siniestramente, como los de las fieras, y sus labios sensuales, temblaban de deseo.
-Aprovechó un momento en que mister Chamberlain, dejó solo á Luis, para dirigirse á él, y decirle con la mayor desenvoltura:
-Quiero que bailemos un vals.
– Me siento algo indispuesto. Sírvase usted dispensarme.
-No lo dispenso. Si no baila usted conmigo, me enojo con usted para siempre.
Luis, que deseaba estar en buenas relaciones con esa hermosa adúltera, para conseguir la posesión de sus encantos, encontró que no era conveniente romper con ella. Si Isabel se enoja, pensó, poco me importa. Ha sido mía, y tendrá que serlo, cada vez que yo lo quiera. Lo esencial, es no desperdiciar esta conquista.
-¿Qué me contesta usted? ¿Bailamos ó no?
-¡Bailemos! dijo Luis, en un arranque de entusiasmo, cogiéndola del talle, y abandonándose á la cadencia de la música.
Isabel cuando vió que sus compadres bailaban, conversando y riendo, comprendió la horrible realidad, y se sulfuró. Como tambien había bebido bastante, se sentía dispuesta á cometer cualquier, cosa con tal de no permitir que le arrebataran su cariño. Como tigre, que acecha los pasos de su víctima, dió vueltas por el salón, esperando momento en que terminase de bailar, para precipitarse sobre ellos.
-Cuando la feliz pareja, se dirigía á la cantina, le interceptó el paso.
-Comadre, yo no puedo tolerar más tiempo 10 que usted está haciendo.
-No seas tonta, Isabel. Mira que si me continúas fas
tidiando con tus celos, entonces soy capaz de hacerte mal. Luis, á quien su trato con las meretrices, lo habían convertido en un libertino, se olvidó de que se encontraba en una casa burguesa, y cogiendo del brazo á Isabel; la atrajo hacia él, diciéndole:
No te enojes, negrita. No hay nada entre la señora Juana y yo. Ya sabes que yo te quiero con toda mi alma.
Juana, se sintió escandalizada ante la acción y las palabras de Luis, y desasiendo su brazo del de él, se retiró, diciéndoles:
-Habían de tener un poco de vergüenza y ser mas reservados. Lo único que falta, es que se acuesten á dormir delante de uno.
Julia se tropezó con Juana, ya corno sentía celos de ver que quería conquistarse á Luis, le dió un suave empujón, apostrofándole:
-Sea usted un poco más decente, señora Juana, y no venga á dar mal ejemplo á la juventud.
-Eso se lo puedes decir á tu hermana, que se está abrazando con su compadre. Esa sí que no tiene vergüenza. Tu, tampoco te quedas atrás, porque la alcahueteas á ella, y la ayudas á celar.
VII
Juana, se propuso vengarse de Isabel, denunciando a mister Chamberlain las relaciones que mediaban entre su esposa y su compadre Luis, y la cita que debían tener el Domingo, al siguiente día del bautismo del pequeñuelo.
Según convenio entre ambas adúlteras, Juana debía presentarse á casa de Chamberlain á llevarse á misa á Julia. Isabel, con cualquier pretexto, se excusaría, alegando que iba á otra iglesia, y saldría sola, á. encontrarse con Luis.
Juana, cumplió al pie de la letra lo acordado con su amiga Isabel, pero, dio orden á un cochero que, á determinada hora se presentase én casa de Chamberlain, insistiese en hablar con él, y le entregara una esquela.
Se trataba de un anónimo, en que le comunicaba a inglés lós antiguos amores de Luis é Isabel, y la cita que en esos momentos celebraban.
Luis, se levantó á las ocho de la mañana, y después de ponerse de acuerdo con Isabel, respecto al lugar en que debían encontrarse á las diez, se despidió, dejando recado á su compadre de que no lo esperase á comer, porque tenía una invitación de su tío Baeza.
A las nueve, llegó Juana á casa de Chamberlain, vestida de riguroso negro, con manto y un devocionario en la mano. Isabel, que temía que no cumpliese lo prometido, por las palabras que habían mediado la noche anterior, se acercó á ella, y le estrechó la mano, al mismo tiempo que le decía:
– Gracias, por tu señalado favor.
-Ya ves cómo me porto yo. No te guardo rencor por lo de anoche.
-Dispensa lo que pasó. Fué efecto de las copas.
-Adios hija. Que te diviertas mucho.
Cuando salieron Juana y Julia, Isabel, corrió á su tocador, se echó apresuradamente un poco de polvos, y salió á escape á la calle, en busca de un coche. Le fué fácil conseguir el vehículo; y al subir á él, dijo al cochero con el mayor aplomo.
– Calle de OHiggins. Adonde madama Perdón!
El auriga, sonrió, al escuchar este nombre, como que sabía que se tataba de una casa en la que se alquilaba camas, y azotó con fuerza á los caballos, adivinando que la pasajera sufría impaciencia por llegar al punto de la cita.
Madama Perdón, era una vieja italiana, que poseía una casa de lenocinio, muy concurrida por las mujeres viejas y jóvenes, que pasaban por honradas ante la sociedad; pero que iban con sus amantes á revolcarse á los lechos que, por un fuerte alquiler, proporcionaba la alcahuete.
Durante el trayecto, Isabel, sentía agitarse en su alma una emoción muy grande: Aquella cita, en pleno día, la tenía nerviosa. El placer y el temor embargaban su espíritu. Gozaba, al pensar que iba á gustar de las caricias de Luis, las que encontraba más deliciosas, después de tanta tiempo de ausencia; y sufría, al. figurarse que podían ser descubiertos sus amores impuros.
Los minutos que demoró el coche, en llegar á casa de madama Perdón, le parecieron siglos. Se encontraba tan excitada, que á cada momento sacaba la cabeza por la ventanilla, para ver si ya había entrado en la calla de OHiggins.
Al sentir la celestina, que paraba un coche en su casa, abrió la puerta. por la que asomó su larga nariz de ave de rapiña.
-¿No vive aquí madama Perdón, preguntó Isabel, cubriéndose el rostro con el manto?
-Sí, señorita, pase usted adelante. Espere aquí en la sala.
Isabel, penetró á la sala de recibo de madama Perdón, que estaba amueblada con un lujo cursi. La alfombra, era roja, con flores negras. En la pared; entre oleagrafías de a cuarenta Centavos, se veían mariposas y bailarinas, hechas con papel de seda. Las oleografías, representaban mujeres desnudas, en actitud provocativa. Sobre la mesa de centro, un gato negro, con collar de cascabeles, dormitaba con las patas estiradas. El felino, abrió sus ojos amarillos y miró á la adúltera con curiosidad.
El pequeño animalito, estaba acostumbrado á esas escenas. Había visto á muchas, muchísimas mujeres, llegar allí con sus amantes, arreglar con la madama el precio de la cama, y dirigirse abrazados á las habitaciones.
-Siéntese, señorita. Espere aquí al señor Luis, que ya no tarda en llegar.
Isabel, creyó encontrarse con Luis: Se suponía que lo estaría esperando; pero se hallaba con que aún no había llegado.
– ¿A qué hora estuvo aquí?
-Esta mañana, á las ocho, vino á tomar por su cuenta el mejor cuarto que hay aquí. Me dijo que á las diez y media, vendría una joven de regular estatura, gordita y simpática. Yo. adivino que sea usted, aunque no descubre el rostro. ¿Por qué no se baja el manto? Hace tanta calor.
Gracias, señora. Estoy bien.
El gato, se puso de pie, abrió las patas todo lo que pudo, enarco el lomo, erizó los bigotes y dió un maullido triste y bajito, como pidiendo comida.
¿Qué quieres gringuito? ¿Tienes hambre? ¿Le gusta el gatito, señorita?
-Algo, le contestó Isabel. que se sentía impaciente por la tardanza de Luis.
-Tiene un año apenas, y mírelo usted lo grande y gordo que está. He pasa do muchos disgustos, por causa de este animalito. Una vez, se metió al cuarto de unos parroquianos, y como el gato se asustara de lo que estaban haciendo, y empezara á maullar, el hombre lo agarró á bastonazos y casi lo mata.
-Yo me enojé mucho, y boté á la calle al hombre y á la mujer, por más que protestaron. ¡Pegarle á mi gatito! ¡No faltaba más!
Isabel no escuchaba á la Perdón. Se sentía presa de un ataque de nervios. Ella, se habla figurado que, al tocar la puerta de esa casa, iba á aparecer Luis, con los brazos abiertos, y se encontraba con una vieja charlatana, que en lugar de dejarla en paz, la fastidiaba con conversaciones insulsas.
-Una noche, continuó la Perdón, tuve de cliente á una señorita de la calle de Baquedano.
-Vino con un oficial, y se estuvo hasta las dos de la mañana. Cuando se fueron, como hacia mucho frío, no me levanté a abrirles la puerta y les dije que ellos la abrieran. y le dieran un golpe, al irse. ¿Sabe usted lo que hicieron los dos pícaros? Me llevaron á mi Gringo. ¡Cuánto trabajé, para conseguir recuperarlo!
¿También vienen aquí, niñas de la calle de Baquadano? le preguntó Isabel con impaciencia, por decir algo.
-¡Ay, señorita, si supiera usted lo que yo sé! Aquí, he tenido como parroquianas á la flor y nata de Iquique. Muchas señoras y señoritas que se pasean muy tiesas en la Plaza Prat, me conocen. Lo mismo sucede entre los hombres; conozco á los principales caballeros de Iquique. Pero soy muy reservada. Jamás divulgo nada, y es por eso que mi casa está acreditada entre la gente galante.
¿Conocerá usted también al caballero á quien espero?
La vieja alcahueta sonrió, dejando ver sus largos y amarillos dientes.
-Al señor, es primera vez que lo veo.
-Llamaron á la puerta, y la Celestina, corrió á abrir,. apareciendo Luis, muy sofocado. El joven, en lugar de coger del talle á su amante, y llevarla á las habitaciones del interior, tomó asiento al lado de ella.
-¿Qué te pasa que estás tan colorado? le preguntó. Isabel.
-Que he tenido un mal encuentro. Cuando venía para acá, tropecé con tu comadre y tu hermana, que iban á misa, y me han entretenido hasta ahora, a pesar de mis disculpas, para retirarme. Julia, no me detenía, sino que tu comadre era quien me pedía que la acompañase á la iglesia. Me costó trabajo convencerla de lo contrario. ¡Caramba, que me hizo pasar mal rato!
-Ya te irás convenciendo de lo que es, para que no me hagas sufrir, enamorándola.
-Te juro que no la volveré á hablar más en mi vida.
Mientras Luis é Isabel, se entregaban á sus expansiones amorosas, en casa de madama Perdón, mister Chamberlain, era despertado por un criado, quien le entregaba. una carta, diciéndole que el cochero que la llevaba, decía que se trataba de una cosa urgentísima.
El inglés, se restregó los ojos, embotados por la borrachera de la noche anterior, y ordenó que abrieran una ventana, para poder leer. Con la mayor tranquilidad, pasó su vista por el anónimo de Juana, que decía:
“Señor Chamberlain:
En este momento, su esposa, está en tierno idilio con su compadre Luis. El lugar no se lo digo, porque lo ignoro».
Leyó dos veces el papel, lo restregó entre las manos, lo arrojó al suelo, y subiendo la ropa de cama, hasta la barba, cerró los ojos para dormir.
El sirviente que, en el umbral del dormitorio, esperaba órdenes de su patrón, cerró la ventana, y se retiró de puntillas.
Chamberlain, no había dado crédito al anónimo. Cree yó que se trataba de una venganza. Juzgaba á Luis, como un modelo de honradez, y á su esposa, como á una moderna Susana.
A las doce del día, llegó Isabel, muy colorada y nerviosa. Julia, trató de interpelarla; pero solo consiguió respuestas evasivas. La adúltera, rebosaba de felicidad,. y no podía estar en sosiego.
Preguntó por Chamberlain, y como se le dijera que aún no se había levantado, fué al dormitorio, á despertarlo. Su placer, estaba mezclado con algo de remordimiento, y quería hacer algunas caricias á su pobre esposo, en, recompensa de lo mal que se había portado con él.
El inglés, dormía á pierna suelta. El anónimo, no había causado en él la más mínima impresión. Tenía confianza en su esposa y en Luis, y poco le importaba la maledicencia.
Isabel, llegó de puntillas hasta el lecho, y le besó en la frente. Chamberlain, despertó sobresaltado. La caricia de su mujer, le había hecho el efecto del ósculo de una víbora, por la frialdad de los labios. Le cogió la cabeza, y buscándole la boca; le dió un beso sonoro.
– ¿Vienes de misa, hija?
-Sí. Te he encomendado á la Virgen, para que prosperen tus negocios.
-Gracias, querida.
-¿Cómo te sientes?
-Bien, á pesar de la pretensión de alguien, en quererme hacer pasar un mal rato.
-¿Sí? ¿De qué se trata?
-Enantes, me han mandado un anónimo, en el qué me decían que tú, en ese momento, tenías una cita con nuestro compadre.
Si la ventana de la alcoba de Chamberlain hubiera estado abierta, el marido engañado habría podido ver palidecer intensamente á su esposa. Un sudor frío, parecida al del mareo, mojó las sienes de la adúltera, y su pecho, se sintió oprimido por un peso muy grande.
-Yo, como es natural, no di crédito á tal patraña, y la prueba de ello, es que tú me has encontrado durmiendo como un bendito. ¿Ves ese papel? Es el anónimo.
Isabel, quiso cogerlo; pero él la detuvo.
-No te manches, con esa basura. Los anónimos, no merecen que sean agarrados por manos limpias.
-Gracias, Chamberlain. Reconozco que me quieres y que tienes un corazón de oro, dijo Isabel; al mismo tiempo que rompía á llorar.
El miedo, que experimentaba al principio, al enterarse de que le habían comunicado á su marido, la cita que acababa de tener, y la alegría que sintiera después, al ver que su esposo no daba crédito á la realidad, produjeron en su alma, sacudida por tan violentas emociones, un gran cansancio. El llanto, acudió a sus ojos, y corrió per sus mejillas, proporcionándole alivio.
IX
Cuando Luis, regresó á Germinal, después de permanecer dos semanas en Iquique, se encontró con que Jones,
le tenía una nueva desagradable. Genoveva, había bajado á Iquique, sumamente mal. Una enfermedad venérea, producto de la vida desgraciada. de las meretrices, la había pues to en lamentable estado.
Ante el relato de Jones, que le contó minuciosamente la enfermedad de su querida, con todo el cortejo dé miseria y desprecios que sufrió de la cabrona, sintió García remordimiento de conciencia. Recordó que él era el principal culpable del mal paso, dado por esa infeliz. Por su mente, pasaron las mentidas promesas que le había hecho, engañándola miserablemente.
-Mucho ha sufrido la pobre Genoveva, dijo Jones. La cabrona, á pesar de que estaba enferma, y de que no podía dar un paso, le éxigía que se presentase en el salón, que bajase y que cumpliese con las obligaciones de su oficio. Doña Luisa, decía que todo eran mañas, y no daba crédito á las lamentaciones de la infeliz. Un día, no pudo dejar el lecho, y se llamó á un doctor, á indicación mía, quien declaró que el caso requería una delicadísima operación y que debía ser bajada al Hospital de Iquique.
¿Cuándo partió?
-Ayer, La acompañaba Elvira. Se trata de un caso grave, Parece que Genoveva, ha descuidado una antigua dolencia, la que ha causado un gran desperfecto en las partes genitales. El doctor, me dijo, que había que cortarle algunos pedazos, de carne, y que le llamaba la atención que ella hubiera podido sostenerse en pié tanto tiempo.
Luis, tembló ante tan siniestras palabras. Recordó sus actos carnales con ellas, lo que de seguro podía haber afectado su organismo.
-Yo, continuó Jones, le expliqué al médico que usted había sido su amante, hasta hace dos semanas, y me dijo que tenía seguridad de que le había trasmitido el mal.
García sufrió una conmoción, ante tan nada agradable noticia, y al acto pensó que si él estaba contagiado,
también lo estaría Isabel y mister Chamberlain.
-¿Así le dijo el doctor?
-Sí, don Luis, y agregó que debía usted ponerse inmediatamente en curación, para evitar que el mal tome cuerpo.
Un propio, partió inmediatamente al pueblo cercanos en busca del médico.
-Pasando á otra cosa, prosiguió Jones, debo decirle que los negocios marchan mal. Lo que hemos tomado de la caja, es mucho, y á pesar de todas las economías introducidas, creo que las ganancias de este año, no van á alcanzar á la cuarta parte de las del anterior.
-Eso es grave. Mister Chamberlain, tiene ciega confianza en nosotros, y no es posible que sus esperanzas sean defraudadas. ¿No ha pensado usted en ningún medio, para salvar la situación?
-El único que nos queda, es hacer otra rebaja en los jornales; pero temo que no dé efecto, debido á esa fermentación sorda, que noto entre los trabajadores, Desde el último reclamo que hicieron, me parece que la gente está premeditando algo.
-¿Y no ha podido descubrir usted algo? ¿Nada ha sacado en limpio el sereno?
-Nó yo, ni Antonio, hemos podido descubrir lo que traman. Todos están callados; pero á mi no me engañan
-Ese silencio, me da á entender de que se está urdiendo algo.
-Conviene tener prevenida á la Policía.
-Ya lo he hecho, y el jefe de la guarnición cercana, está avisado, para en caso de que se le llame.
Los dos bribones, quedaron largo rato, sumergidos en sus meditaciones, buscando la manera de recuperar el dinero que habían despilfarrado á mister Chamberlain, en las orgías del salón del “Pique» . Comprendían que su patrón, al enterarse de que la oficina no producía ganancias,
bucaría el origen de la pérdida, descubriría sus pilatunadas y los despediría. Aquello seria una gran desgracia para ellos.
Se verían privados de los placeres tan fácilmente gozados.
-Una idea, don Luis, dijo Jones dándose una palmada en la frente.
-¿Cuál es?
-Nuestra situación. es crítica, y debemos jugar el todo por el todo. La bancarrota es inevitable; pero, antes de que quedemos en la calle, es conveniente que nos aseguremos. Primero es el número uno que el dos; mister Chamberlain es rico, y no importaría que le robásemos unos cuantos miles más.
-Continúe usted.
-Como usted sabe, hay un gran acopio de caliche de baja ley, que tiene muchos años de extraído. No se le ha beneficiado, porque se sabe que es muy pobre en salitre. Nosotros, podemos elaborarlo como si fuera caliche rico,. sacaríamos muchos quintales de mal nitrato, que se mandaría así á Europa.
-Peor para nosotros, porque al descubrirse en. Europa, que habíamos elaborado salitre de ley baja, arruinaríamos á mister Chamberlain, y nos arruinaríamos nosotros.
-Es que cuando el salitre haya llegada á Europa, ya nosotros habremos puesto los pies en polvorosa, llevándonos algo para el viaje.
-¿Sabe que tiene usted razón, Jones?
-Amigo mío, yo siempre veo claro en estas cosas. Si hemos de ser despedidos por haber despilfarrado poco, mejor que sea por haberla hecho grande.
-Eso es. Desde mañana, elaboramos caliche de baja ley. Lo que se necesita, es embarcar muchos sacos de salitre
X
En una sala de caridad del Hospital de Iquique, reposaba Genoveva, esperando el día siguiente, en que el médico interno de ese establecimiento, debía hacerle la operación terrible de cortarle varios pedazos de carne, que se hallaban en descomposición.
La pobre meretriz, tendía su vista por la espaciosa sala, buscando á alguien que aliviase sus penas; pero, solo encontraba caras pálidas y dolorosas, en las que se pintaba, con líneas acentuadas, los sufrimientos físicos y morales.
Genoveva, sufría, al pensar que la iban á operar. Durante su vida turbulenta de horizontal, jamás creyó que podía llegar un día en que tendría que recurrir á un Hospital, en demanda del bisturí y del cauterio.
Ella, había visto todo color rosa, y ahora, se le representaba la existencia, cual una caverna, llena de espectros horrorosos. ¿Adonde estaban esos burgueses, que tanto la adularan? Todos, la habían olvidado! ¡El hombre, mira con tanto desprecio lo que le proporciona el placer pasajero de la lujuria!
Su vida, desaló ante su calenturienta imaginación, como si un cinematógrafo, que hubiera copiado las escenas,, funcionase en la sala. Vió su niñez, cándida y sencilla, al lado de su madre; el abuso que hizo don Carlos Baeza de su inocencia, haciéndola su querida; la pasión avasalladora que le inspiró García; y Ias noches de orgía de su carrera en la prostitución.
Con su entrada al Hospital, había concluido todo. Los hombres, que, á cientos, se humillaban á sus pies, le volteaban la espalda. Ninguno se acercaba á ella; ninguno le tendía una mano piadosa,
¡Qué noche tan lúgubre, pasó la infeliz! No pudo conciliar el sueño. Su angustia era mayor, al escuchar los ronquidos y las toses de las otras enfermas. Cuando el alba, clareó en los cristales de las ventanas, cerró los párpados por un momento, cansada de la vigilia.
El ruido que hizo una empleada, al servirle el desayuno, la despertó.
-Buenos días, hija. ¿Qué tal ha pasado la noche?
-Mal, señora. No he podido pegar los ojos. Tenía mucho miedo: Me parecía que todas las enfermas eran cadáveres.
-He oído decir que hoy le van á hacer la operación.
-Así dijo el doctor. Esto me tiene sobresaltada. ¿Es cierto que los enfermos á quienes se aplica el cloroformo, suelen quedarse muertos?
-Dicen que han sucedido algunos casos; pero eso es muy raro.
Genoveva, no tocó el desayuno. Tenía un fuerte nudo en la garganta, que le impedía pasar la saliva. Para ella, la operación era la muerte.
¡La muerte! ¡Qué miedo tenía de abandonar el mundo! Quería vivir; pero no para gozar, sino para arrepentirse; Comprendía la magnitud de sus culpas y la necesidad de lavarlas, por medio de la penitencia.
A las nueve, fué conducida á la pieza contigua á la sala de operaciones, donde se le presentó una monja, para decirle que era conveniente que se confesase. La meretriz, que no sabía nada en materia de religión, aceptó la confesión, creyendo que, tal vez, ella podía proporcionarle algún alivio. Recordó que la gente católica se confesaba á menudo, y pensó que quizás podía serle beneficiosa.
El fraile, hizo su aparición á los pocos momentos. Era. un hombrecillo pequeño, de nariz afilada, cara y manos largas. Parecía una ave de rapiña.
-Alabado sea Dios, hermana, dijo al entrar.
Genoveva lo examinó de pies á cabeza. Ese individuo, era para ella un pájaro raro. Su alma, que no había conocido otra cosa que las pasiones lujuriosas, desconocía el fanatismo de la iglesia romana. Guardó silencio, y bajó la vista.
-Me ha dicho la madre Juana, que usted deseaba confesarse.
La prostituta no respondió. El individuo, le inspirabarepulsión.
El fraile, continuó:
-Es necesario, hija, que piense usted que pueden llegarle sus últimos momentos. Una operación, es una cosa muy delicada. Bien puede usted morir, y es necesario que tenga aligerada su conciencia de los pecados. Si muere usted, sin haber dado cuenta de sus culpas, puede irse al infierno, y ahí sufrirá los tormentos más atroces. Los demonios, pinchan á los condenados con afilados trinches; los hacen beber plomo derretido, y los arrojan á las calderas de aceite hirviendo.
La enferma, se incorporó y dió un grito espantoso,. ante semejante cuadro, descrito por el fraile. Ese grito, era tan lúgubre y fuerte, que fué oído en las salas anexas. Un médico, que visitaba los enfermos de la habitación vecina, acudió á enterarse de lo que pasaba.
A su vista, Genoveva, se tranquilizó un poco. El doctor, se acercó al lecho. examinó su rostro, descompuesto por el terror, la hizo acostarse, y le preguntó con ternura:
-¿Qué le pasa, hija?
-Este señor, le respondió ella, señalando al fraile, me ha dicho que si no me confieso, voy á ir al infierno, donde los diablos me van á destrozar.
El médico se volvió hacia el fraile, que permanecía cerca de la puerta. con la vista fija en el suelo, como un reo. Comprendió lo que se trataba: la iglesia, aprovechándose del miedo que sienten los pacientes á la muerte, para conquistárselos.
-No está bueno lo que usted está haciendo, padre. Los enfermos, no necesitan de confesión, sino de cuidado.
-Perdone, señor; es tan necesaria la medicina del cuerpo como la del alma.
-Eso sería bueno en los tiempos de Felipe Segundo, cuando se obligaba por medio de la fuerza, de los tormentos y de las hogueras, á que la multitud creyese en las patrañas de las falsedades que constituyen la religión cristiana. Hoy día, la ciencia, sana á los enfermos, sin recurrir á agua bendita, ni á los santos.
-No me admiran los sacrilegios que usted dice. En la actualidad, el mundo está tan pervertido, que es imposible encontrar entre la gente que se hace pasar por ilustrada, unos pocos que crean en Dios.
-Miente usted. En Dios, creemos todos. Los que poseemos dos dedos de frente y raciocinamos, no desconocemos la existencia de la fuerza oculta de un gran, arquitecto, que maneja esta gran bola que se llama el mundo. ¿Qué teoría sobre la existencia de la tierra, puede plantearse, negando á Dios?
-Nosotros, somos representantes de ese Dios.
-¡Es usted un impostor! Ese Dios, no necesita de representantes tan bajos. Ese Dios, es grande, piadoso y humilde. Se entiende directamente con las más insignificantes criaturas; les brinda su apoyo y las fortalece. Yo, sin necesidad, de recurrir ninguna iglesia, ni á ningún fraile; siento la grandeza del ser supremo.
-Es inútil todo lo que usted diga. La prueba de que nuestra religión es la verdadera, está en que cada día cuenta con mayores adeptos.
-¡Qué bien sabe usted lo que pasa en seno de su religión! La deserción es cada día mayor. La humanidad; comprendiendo el error en que ha vivido, se va emancipando poco á poco de ustedes. Hoy solo les quedan las mujeres y los niños.
Una monja, que penetró á la pieza, al escuchar las palabras del doctor, se santiguó y salió á escape, gritando.
-Ese doctor es un hereje, un condenado!
El médico, se volvió á Genoveva, y le dijo, con voz sonora:
-Usted, no necesita confesarse. Si tiene culpas, dígaselas en secreto á Dios, qué él no ha dado poder á ningún hombre, para que sea el juez de otros. Pero, si usted desea tener una conferencia con este señor, puede tenerla. Es usted libre de hacer lo que mejor le parezca. ¿Quiere usted confesarse
– No, señor, respondió Genoveva, con bastante entereza.
-Ya ve usted, señor cura, como progresa su religión. Esta enferma no desea confesarse, y no creo que quiera usted obligarla á ello por la fuerza.
El fraile, ante la rotunda negativa de Genoveva, desapareció, haciendo cruces, como si se encontrara en presencia del demonio. Al salir, tropezó con una monja, que entraba con una taza de leche, arrojando al suelo á la religiosa, la que dió un chillido espantosa.
Varias enfermeras, acudieron al grito de la madre, y la ayudaron á levantarse. La monja decía, señalando á la pieza en que estaba Genoveva.
-Ahí está el diablo! ¡Ese doctor, está condenado en cuerpo y alma!
La operación que se hizo á Genoveva, fue fatal La inexperiencia del médico que la operó, le causó la muerte.
-Dejó de existir en el lecho de caridad, sin tener á su lado quien la consolase. Fué una muerte terrible, como lo son todas las de esas desgraciadas que, en vida, han servido de pasto á la lujuria. Cuando Elvira, fué el día Domingo, á visitarla, encontró á otra enferma en la cama que había ocupado Genoveva. Preguntó por ésta á una empleada; quien le contestó con la mayor tranquilidad:
-Murió al día siguiente de la operación.
-Y adonde la enterraron?
– En la zanja. ¿Adónde quería usted que la enterrasen?
¿La zanja, la fosa común! Ahí van á dar los pobres, los que no tienen quien pague por ellos un pedazo de terreno, para que descansen ahí sus restos.
¿Qué importa, que un muerto sea arrojado á la fosa común? ¿De qué sirve que se le de por sepultura nichos ó mausoleos lujosos?
Solo, la soberbia de las clases ricas, es la que puede haber inventado ese fausto inútil que se nota en los cementerios. El deseo de sobresalir de los burgueses es el que ha hecho que se realicen esos anacronismos en los panteones.
XI
La pampa del Tamarugal, semejaba un campo de algodón, en flor, en el que hubiera caído la chispa de la loco motora de la redención social. Por todas partes, se notaba el despertar de los eternos esclavos, que arrojaban a un lado el fardo de indiferencia que habían llevado tanto tiempo sobre sus espaldas, para ejercitar los músculos, en un ensayo para la lucha.
A nadie, podía ocultarse la reacción que se operaba entre los obreros. Los jefes de los destacamentos de policía, los subdelegados y los oficineros, comunicaban á sus superiores lo que veían y lo que presentían. Les decían que algo iba á suceder; pero no sabían señalar en qué forma se iba á presentar el caso, ni cuando iba á suceder.
Juan Perez, recorría las oficinas, dando sus últimas instrucciones. Ellas estaban compendiadas, en las siguientes palabras:
-El día primero, los obreros de esta oficina, no deben concurrir á las faenas, sino reunirse y esperar que den las diez de la mañana. A esa hora, se acercarán todos a los locales de las administraciones, y pedirán hablar con los jefes. Una vez que se presenten estos, y después de hacerles ver la triste situación por la que atraviesan los pampinos, que apenas ganan para comer mal y vestir peor, se les pedirá que vuelvan las cosas al régimen antiguo; es decir, que restauren los jornales á los precios que tenían ahora cinco años. Se les exigirá que supriman los vales y las fichas, y que paguen en plata; que declaren libre al comercio; que dispongan las maquinarias, de manera que la vida de los obreros esté libre de todo riesgo.
-Y si no aceptan? le habían observado.
-Si no aceptan, entonces, todos, unidos como un solo hombre, se lanzan sobre los edificios de administración y pulpería, y los arrasan. De la pulpería y bodega, sacar todos los comestibles, se los reparten, y así podrán saciar algún día el hambre en que vivimos tantos años. Destruida la administración y pulpería, se hace lo mismo con la máquina, y de esa manera nos habremos vengados de nuestros encarnizados enemigos.
-¿Y á los empleados, tales como administradores, ficheros y pulperos, qué se les hace?
-A esos no hay que tocarlos. Para qué necesitamos derramar sangre? Pero, si se insolentan con vosotros, si tratan de oponer resistencia, entonces podéis proceder como mejor os lo dicte vuestra conciencia:
-Después de que hagamos eso con los oficineros, subirán á la Pampa batallones de soldados y harán una carnicería atroz entre nosotros.
-Es que no los esperaremos. Tan luego como consumamos la gran venganza, cruzaremos el desierto, en viaje hacia el Oriente, y buscaremos refugio en Bolivia. Allá, entre las serranías de ese país medio bárbaro, plantaremos nuestras tiendas de campaña. Ya que esta patria, por la cual nos hemos sacrificado tanto, nos niega un pedazo de pan, busquemos otras tierras, adonde quizás disfrutemos de más tranquilidad.
La proposición de Juan Pérez, era acatada con entusiasmo en las distintas oficinas. Todos los obreros, estaban acordes en hacer la última tentativa, para conseguir un poco de humanidad de los patrones, y si éstos se resistían, si se mostraban dispuestos á mantener la tiranía con que los agobiaban, seguir el camino de la revancha.
-¿Por qué soportar más tiempo tanta humillación? se decían los pampinos. Estamos gastando inútilmente nuestras energías, en labrar fortuna de ingratos. Concluyamos de una vez; que nuestra conducta, haga eco en el mundo entero, y que sirva de lección á los que no tienen valor para exigir de los burgueses otra clase de tratamiento.
Las ideas revolucionarias, cuando persiguen un buen fin, encuentran muchos adeptos; muchos que se ofrecen para el sacrificio. Los pampinos, al proponerles Juan Perez la destrucción de las oficinas, en caso de que los salitreros se negasen á concederles garantías, habían aceptado la idea con el mayor entusiasmo. Sabían que en esa partida todo por el todo; pero nada les importaba, puesto que estaban dispuestos á abandonar lo que la sociedad les había hecho amar sobre todo: la patria.
Se empezó, en todos los hogares obreros, los preparativos para el gran día. Los trastos, que constituían sus modestos ajuares, eran llevados á las estaciones, y realizados á bajos precios. Se trataba de aligerar el equipaje, como para un largo viaje.
Las mujeres, esa vez, dieron un alto ejemplo de solidaridad obrera, no denunciando los planes de sus maridos. Desempeñaban sus faenas, calladas, guardando el mayor sigilo, para que los burgueses, no trascendiesen lo que iba a suceder. laos oficineros, estaban sobre un volcán, próximo á estallar y lo ignoraban.
Mister Jones, dándosela de gran diplomático, había querido sonsacar a la esposa de Juarez, un día que la encontró frente al corredor de la administración.
-Hazme el favor, hija, de decirme si es cierto que tu marido se va de la oficina.
-No lo se, le respondió ella, sorprendida de la pregunta. A mi, nada me ha dicho.
-Yo lo sentiría muchísimo, porque Juarez es un buen muchacho, trabajador y honrado. Si el otro día, tomo parte en la reclamación, fué porque lo instigaron otros.
La mujer, procediendo con una prudencia poco común entre las de su sexo, guardó silencio, pensando que si hablaba, poda comprometer á su marido.
-He oído decir, continuó Jones, que se prepara un movimiento entre los obreros de esta oficina. Creo que el plan es descabellado, porque los obreros nada han de conseguir por la mala. Si se levantan, viene la Policía, hace fuego sobre ellos, y después tenemos viudas y huérfanos. Supongo que Juarez no tomará parte en la conspiración que se esta urdiendo.
-Nada se de lo que usted dice. Juarez no me ha dicho ni una palabra de levantamiento. Yo creo que esta usted equivocado.
-Ojalá sea así, para que no presencie el fúnebre cuadro que se ofrecería á la vista, en caso de ser cierta la rebelión. La Policía está prevenida, y ha recibido orden de sus jefes de disparar sin miedo.
-Hasta luego. Dispense usted que voy apurada.
-Que te vaya bien, y que no dejes de decir á Juarez, que el administrador lo estima mucho, y que no el conveniente que forme parte entre los bochincheros.
El sereno Antonio, era quien estaba más inquieto con el movimiento sordo que se operaba en la oficina. Como tenía la conciencia sucia, temía por su pescuezo. De día, cuando dormía, sufría atroces pesadillas, en las que veía á la oficina convertida en un campo de Agramante, y á los patrones y á él, conducidos al patíbulo.
Cada tarde, se presentaba á mister Jones con alguna nueva. El inglés, que no las tenía todas consigo, se interesaba en fantasear con él, como esas personas miedosas, que cuando temen á los espectros, se ponen á recitar cuentos de penas y aparecidos.
– jAy, señor Jones, qué feo el sueño que tuve enantes
-¿Qué soñó usted?
-Me tiemblan las carnes, de recordarlo. Soñé que los trabajadores de esta oficina se habían declarado en. huelga y que habían asaltado la administración, sacando al señor García y á usted á la plazoleta, á donde los habían apuñaleado. En seguida, corrieron á la pulpería y echaron abajo la puerta. Sacaron los cajones y pipas de licor y las conservas, y se pusieron á comer y á beber. A mí, me obligaban á que les sirviese, y cuando no me apuraba, ó las manos me temblaban, me propinaban pescozones y puntapiés. Hubo un momento; en que las fuerzas me faltaron y me desmayé. Entonces uno de ellos, á pedido de todos, sacó un corvo, y me dió una puñalada en el brazo derecho. La impresión y el dolor que sufrí, fueron ta grandes, que desperté. Me había acostado sobre este brazo derecho, el que lo tenía dormido. Un vecino me tocó la calamina, diciéndome que por qué gritaba.
-¿Yno has podido aún sacar nada en limpio? Te estás volviendo de mal olfato.
-Eso si que nó, mister Jones. El olfato es uno de los mejores sentidos que yo poseo. La prueba está en que,. cuando pertenecí á la Policía secreta, no habla comisionado más listo que yo.
García, apuraba la elaboración del caliche de baja ley. El mayordomo de máquina, lo miró sorprendido, cuando recibió la orden de beneficiar ese caliche, y él le contestó que era mandato de Chamberlain.
En los conciliábulos que celebraba con Jones, apuraba el desenlace de su huída.

-Haga usted figurar, le decía, cincuenta particulares más, que ello no ha de llamar la atención de mister Chamberlain, pues yo le diré que estoy trabajando á toda maquina, siguiendo las instrucciones que me dió el otro día.. Esos jornales, no los guardamos, puesto que para beneficiar el caliche del acopio, no hay necesidad de pagar particulares, porque ya está extraido del suelo.
Esas reuniones con su cómplice, tenían lugar, generalmente, en la noche, ante una botella de whisky y varios frascos de soda water. La velada se prolongaba, hasta que apuraban el whisky, y entonces, se retiraban á sus habitaciones, tambaleándose y afirmándose en los muebles.
Para sincerarse de lo que hacían, empezaron por buscar defectos al principal. Primero, encontraron que era muy borracho, Después, descubrieron que la fortuna que poseía, era mal adquirida, porque había abusado de la buena fé de un peruano viejo, á quien engañó y metió juicio, quedándose con esas oficinas. La pesquisa que hicieron de la vida de Chamberlain, llegó hasta el extremo de levantar el velo de su hogar.
-Es un individuo sin sentimientos, sin delicadeza, frío, excéptico, y ebrio. Aunque sea mi paisano, yo no puedo menos que despreciarlo, decía Jones. No sé como su mujer, que es una señora tan hermosa y tan inteligente, pueda soportar hacer vida conyugal con él.
-Ella me ha contado que sufre mucho con él. No la acaricia, ni le dirije la menor palabra de amor. Llega de noche, en lamentable estado de beodez, se acuesta vestido. La pobre Isabel, tiene que desnudarlo y abrigarlo, para que no se constipe.
-Si yo tuviera intimidad con la señora Isabel, le aconsejaría que lo envenenase. Créame usted que un individuo de esa clase, no merece otra cosa.
Hacemos bien, en robarle algo, antes de que nos mandemos mudar. Viéndolo bien, no hacemos otra cosa. sino tomar lo que en justicia nos. pertenece, porque debe tomarse en cuenta de que nuestro trabajo vale mucho m del sueldo que nos paga.
Los pillos, querían disculpar su conducta. ¿Por qué se afanaban, en querer justificar sus procedimientos? ¿Acaso, había alguien, que se los censurase? Ese alguien, existía, y era sus conciencias. Ellas, les decían que estaban obrando mal, que no tenían ningún derecho de robar á Chamberlain, ni de abusar con los pobres operarios.
Una de esas noches, en que apuraban el whisky con mayor rapidez, se presentó ante ellos el sereno, con el objeto de pedir una órden. Luis, que estaba borracho, le trató con familiaridad.
– ¿Tienes frío, Antonio? Sírvete una copa.
El sereno, trató de excusarse, guardando respeto á sus jefes, pero Jones, lo alentó á aceptar el convite.
-Sírvete no más. El señor García té estima, y por eso te invita.
-¿Qué hay de nuevo en el campamento? le preguntó Luis. Aún no so deciden esos bandidos á levantarse?
-Todavía no alcanzo á descubrir nada, He tratado de escudriñar lo que hacen y lo que hablan las mujeres; pero sin resultado positivo. Todos se han vuelto muy reservados. Ya no se reunen á tomar el mate, ni pelan a nadie.
-A mí me han dicho que tú has sido comisionado, y cómo es que aún no puedes saber lo que se está tramando?
-Si fuera en Iquique, adonde sucediera lo que está pasando aquí, entonces lo podría descubrir. Allá, hay mucho elemento para trabajar.
Jones, fué á la despensa por otra botella de whisky, y las libaciones, continuaron. Antonio, que con las primeras copas, se había sentido con bastante entusiasmo, se servía, sin esperar á que lo convidaran. Al cuarto de hora, estaba tan borracho como sus patrones.
-A estos rotos, hay que tratarlos á palos, decía Antonio. Son muy mal agradecidos. ¿Qué mas bien quieren estar? Y sin embargo, están chirriando. Quisiera que esto pasara en Iquique. Allá, se les maneja como á burros. Yo, los apaleaba bastante, cuando caían en mis manos.
-¿Es cierto, que los comisionados iquiqueños, tienen otros gajes, aparte del sueldo?
-Claro que sí, porque de otro modo no podrían vivir. Con los setenta y cinco pesos. que les pagan, sólo les alcanzaría para el chupe y para la risa. Cuando yo servía en la comisión, recibía dos gratificaciones de veinte pesos cada una, de dos casas de juego; una cabrona, me daba diez pesos al mes; porque la dejara jaranear, después de las doce de la noche; tenía varias cantinas; que me daban copas gratis, y algunos pesos, de vez en cuando. Total que sacaba, más de cien pesos de extras.
-No estaba mal, siendo un trabajo tan aliviado.
-Como aliviado, eso sí que es la pura verdad. Yo me tiraba la pera. Pasaba lista, y luego me iba á pasear. Sabía muy bien la hora en que los jefes rondaban las calles.
-¿Es cierto de que los pacos y los comisionados, les buscan los bolsillos á los presos?.
-Eso es lo primero que se aprende, al ingresar al cuerpo. Los compañeros antiguos, le enseñan á uno la manera de atracar á los ebrios.
– ¿Y cómo hacen el desvalijamiento?
-De una manera muy sencilla. Se trata de llevar al preso, por calles oscuras, y ahí, se le mete la mano a los bolsillos. Si protesta, se le dá unos cuantos chopazos, y
en último caso, el chafalote los hace entrar en vereda. Cuando hay necesidad de llevar á los borrachos en el carretón de don Manuelito, entonces es más fácil pasarles el dedo. Mientras se les acomoda en el interior del coche, se les limpian los bolsillos.
-Me han dicho que, también, los oficiales, no descuidan su parte.
-Eso sucede, cuando uno no ha podido patraquear al preso. El oficial de guardia, que es el que recibe en deposito todas las prendas del preso, se queda generalmente con el dinero y con las joyas.
– ¿Y si reclama?
-No hay reclamo que valga. El juez, cree más á uno de la Policía que á cualquier paisano. La prueba de que los inspectores, que hacen, la guardia de noche en el cuartel, ganan plata, está en que esas guardias son compradas á los interesados en 20 ó 30 pesos, cuando al que le toca ese servicio, desea estar libre, por algún compromiso.
-Era una buena vida, la que tú pasabas en Iquique.
-¡Explendida! Llegué á engordar como un chancho. Es un oficio, en el que hay muchos canchos.
Los tres canallas, estaban bien borrachos, y Jones, á indicación de García, se acercó al piano y estropeó vals.. falta de mujeres con quienes danzar, García cogió á Antonio del talle, y se puso á ejecutar el baile; pero el sereno, no podía acompañarlo, y tropezaban contra los muebles, hasta que cayeron encima de la mesa, en que estaban las botellas y vasos, arrojando todo a1 suelo, con gran estrépito.
XII
El alcohol, fué para García y Jones, la panacea que calmaba su ansiedad. Sufrían atrozmente, al pensar que su plan de robar á mister Chamberlain, fuera descubierto, y que podían ser llevados á la cárcel.
Todas las noches, se reunían en el salón, á consumir sendas botellas de whisky, en unión de Antonio, quien descuidaba sus obligaciones, para llevársela en zandun gas con sus jefes.
Los dos pillos, tenían temor de encontrarse solos y buscaban la, compañía de un individuo malo como ellos, sintiéndose tranquilos, cuando Antonio asistía a sus francachelas
Una noche, que Luis estaba con mucho humor, le preguntó á Antonio.
-Aquí nos hace falta tres mujeres, para efectuar una remolienda en forma. Las jaranas, cuando no hay muchachas, son lo mismo que una cazuela, sin. papas. ¿No conoces tia algunas en el campamento?
-Antes, tenía. bastantes amistades; pero, después del último reclamo, todos. me miran con malos ojos, como si yo les hubiera hecho algo. Es por eso que no confio en conseguir lo que usted desea.
-Me ha dicho que el jefe de pulpería, que la recobera tiene unas chiquillas bastante aceptables, á las que sus dependientes hacían el amar, con grave detrimento de los intereses de la oficina, por cuya causa los despidió.
-Es cierto; pero creo dificilillo hacerlas venir. Están muy enojadas con usted, á quien culpan de haber despedido á los pulperos Pancho, Benito y Juan de Dios.
-Mira, Antonio. Tú vé como te la compones, para hacer venir á las muchachas. Te doy carta abierta para que procedas.
-Por plata baila el mono, así es que si doña Anastasia se resiste á venir con sus pimpollos, le ofrezco dinero. Estas viejas son muy alchahuetes y muy ambiciosas por la plata.
-Haz lo que quieras.
-Antonio, abandonó la administración, á grandes trancos, tomando dirección hacia la casa de la recobera, cuya puerta golpeó con el garrote, signo de su autoridad.
Doña Anastasia, acudió á abrirle, y cuando vió que el visitante era el sereno, ó sea la primera autoridad del campamento, se deshizo en cumplidos. La veterana, sabía muy bien, que era necesario estar en buenas relaciones con Antonio, para poder introducir licor y otras cosillas, prohibidas por los amos de la oficina,
-Pase adelante, don Antonio. ¿Que buen viento le trae por acá, después de tanto tiempo que se ha perdido? Asiéntese usted. Enriqueta, ponle una silla á don Antonio.
-Doña Anastasia. Vengo á pedirle un favor, y espero que no me desaire, porque esas cosas en una cara fea, son más feas todavía, ,
-Hable no más, don Antonio. Ya sabe usted que lo estimo y que estoy dispuesta á servirle en lo que se le, ofrezca.
-Bueno, gracias. Es el caso, que hoy es santo del Administrador, y quiere tener una tertulia en su casa. Me ha dicho que convide a una familia decente, y yo he pensado en que ustedes son las personas de más consideración que hay en la oficina.
Doña Anastasia, ante semejante invitación. experimentó una gran alegría, y contestó inmediatamente:
-Aceptado, aceptado. Arréglense niñas, que vamos á ir á la Administración.
Las muchachas, que tenían ojeriza á Luis, porque creían que él había dado de baja de la pulpería á sus adorados tormentos, recibieron la orden con gran disgusto, y pusieron obstáculos:
-Yo, tengo dolor de cabeza.
-A mí me duele la muela cordial.
-Siento un fuerte dolor de estómago.
-Yo no sé nade, les respondió amostazada, doña, Anastasia. El patrón quiere que vayamos á hacerle una visita, y no es posible desairarlo.
-Pues vaya usted, ya que tanto se afana.
-Como no; he de ir, y también ustedes. ¿Qué se habían creído? O piensan que, por culpa de ustedes, me voy á exponer á que el administrador me mire con malos ojos. A esos piojientos de la pulpería, sí que le ponían buena cara, ¿Qué les dieron los pijes esos? ¿Licores y conservas que se robaban de la pulpería? Vaya usted, don Antonio, y dígale al señor Luis, que las niñas se van á arreglar, y que dentro de media hora, nos tiene por allá.
-Sentiría mucho que por mi causa, pasaran un mal rato las niñas.
-Yo mando aquí, y lo que digo tiene que hacerse.
Antonio, se retiró, bastante desconfiado de que la respetable familia de doña Anastasia, acudiese á la invitación de García.
-Dice la recobera, que dentro de media hora están aquí las niñas; pero yo dudo, porque las chicas manifestaron tener muy poca voluntad.
Jones, ante semejante descortesía, dió un puñetazo sobre la mesa.
-Si no vienen, pobre de ellas! Mañana mismo, salen de la oficina. Tienen gracia esas rotas sinvergüenzas!
A la señora Anastasia, le costó mucho convencer á Enriqueta y á sus sobrinas, para que aceptaran ir á la administración. Tuvo que sacarles en cara el alimento y la ropa que les daba, y amenazarles con arrojarlas á la calle, en caso de que no hicieran lo que ordenaba.
Cuando los mozos de la administración, vieron entrar á doña Anastasia y á sus chiquillas á la casa del jefe, se escandalizaron. En el tiempo que estaban ahí empleados, nunca habían presenciado un escándalo tan grande. Luis y Nones, se deshicieron en atenciones con las muchachas. Mandaron por bastante licor á la pulpería, y ordenaron á la cocinera á que matara gallinas y pichones, para que condimentara una suculenta cena.
Enriqueta, Aurora y Tiburcia, se mostraban cortadas ante el lujo del salón en que se encontraban. Jamás se habían sentado en muebles tan elegantes. Experimentaban placer, de pisar una mullida alfombra y de pasar sus manos por el suave terciopelo de las tapicerías, y esto, las hizo olvidar la aversión que experimentaban por Luis.
Mientras Jones, servía á las muchachas sendas copas de cerveza Malta, diciéndoles: “esta es recomendada para las persnas débiles y para las mujeres que crían”. Luis había acercado una silla junto á la de doña Anastasia, y conversaba muy quedo con ella. Como buen enamorado, sabía que lo esencial, era estar bien con la vieja.
-Tiene usted una hija y dos sobrinas, bastante lindas.
– Gracias, señor. Es favor que usted les hace.
-¿Cuántos años tienen las niñas?
Enriqueta acaba de cumplir los dieciséis. Aurorita, tiene quince, y Tiburcia, catorce.
– Enriqueta, representa más edad. Está muy desarrollada.
-La gimnasia la tiene así. Como ahora, en las escuelas, las hacen ejercitarse en trabajos físicos, echan cuerpo las muchachas que es un contento. Yo, á su edad, parecía un fideo tallarín.
-Debe haber tenido muchos enamorados, Enriqueta.
Me dicen que uno de los pulperos que había a quí, estuvo de novio con ella.
-No es cierto, señor. Iban allá á hacer visitas los pulperos; pero á nada más. ¿Cómo cree usted que iba á tolerar semejante cosa? Yo busco para mi hija un hombre que valga más que un pulpero.
Doña Anastasia, con esa ambición natural en toda madre, que desea príncipes para maridos de sus hijas, quería manifestar á Luis, de una manera disimulada, que ella aceptaría de muy buena gana á un administrador para yerno.
García, que era un pescado muy espinudo, comprendió el alcance de sus palabras, y trató de variar de conversación.
-Hoy es mi santo, y como yo no tengo amistad con ninguna familia del campamento, encargué á Antonio que la invitara á usted, para pasar un rato á gusto.
– Lo que se le ofrezca, don Luis. Aquí estoy para servirle.
Los vasos con la negra y espumosa cerveza, fueron vaciados en un segundo, señal inequívoca de que las chicas de la recobera, tenían los gaznates bastante holgados y acostumbrados á las libaciones.
A medida que los vapores del licor, se subían á la cabeza de las niñas, iban perdiendo la rigidez automática, que les daba aspecto de muñecas. Los talles, demasiado rectos, adquirieron elasticidad; las manos, colocadas en posición invariable sobre las rodillas, conquistaron movimiento, y los cuellos, que semejaban lanzas, demostraron que podían girar con facilidad.
Luis, pretendió hacer suya á Enriqueta, desde que puso el pie en el salón, comprendiendo que ello no lo podría conseguir, si no emborrachaba á doña Anastasia, empezó á cargarle la mano á la vieja. Todas las copas que tomaba, las brindaba con ella, obligándole á beber doble, muchas veces.
– Con usted, doña Anastasia, se va mí amor.
-Correspondido será, decía la veterana, haciendo motines, como una chiquilla de quince.
– Salud, doña Anastasia.
– Me acabo de servir, don Luis

Así será; peroro ha sido conmigo, Ahora, si no quiere aceptar mi invitación, qué le haremos?
-No, don Luis; eso si que no lo verá usted nunca. Yo no lo desairo, aunque me cure,
– ¡Eso es! ¡Viva el buen humor!
Ala vez que las muchachas, habían dado flexibilidad a los talles, brazos y cuellos, sus lenguas, también se movían con desenvoltura, á la vez que las sonrisas brotaban de sus bocas.
Mister Jones, las hacía reir, contándoles cuentos alemanas; les decía, cosas insulsas, que provocaban la hilaridad, debido á su falta de sal.
-¡Qué gracioso, es mister Jones, decía Enriqueta! ¡Cuéntenos usted otro chascarro!
El inglés, imitando la pronunciación ceceosa de los súbditos del emperador Guillermo, decía:
-Este ega un peguito, que estaba con una peguita chiquitita. El peguito, jugaba con peguita, y la peguita con el peguito.
Y largaba la risa Jones, lanzando carcajadas estridentes.
En seguida, volvía á repetir las mismas palabras, y vuelta á reir. Las muchachas, no comprendían un pito de lo que les contaba Jones; pero lo acompañaban á celebrar el cuento, inconscientemente.
A doña Anastasia, que no por estar conversando con Luis, dejaba de parar la oreja, para escuchar lo que Jones decía á las chicas, le dió curiosidad, puso atención á una de las nuevas repeticiones, y lo abordó, diciéndole:
-Pero á ese cuento, yo no le veo la punta.
-¿La punta? le respondió Jones, al mismo tiempo que prorrumpía en una risa fenomenal. La punta la tenía el peguito adentro de la peguita.
Como era natural, la salida del inglés, produjo una explosión de buen humor, y todos celebraron la ocurrencia, golpeando los muebles y dando zapatasos al suelo.
Doña Anastasia, empezaba á tartamudear, lo que probaba que la malta la agarraba. Luis, no la abandonaba, esperando la ocasión de dirigirle el asalto. En un momento en que las muchachas escuchaban con la boca abierta a Jones, su cuento numero veinte, Luis le dijo al oído:
¿Qué diría usted, doña Anastasia, si yo le dijera que quería ser su yerno?
-Pues nada, le contestó la vieja con el mayor aplomo, Le daría las gracias.
-Entónces, pido á usted la mano de Enriqueta.
-Acepto de mil ardores. Hija mía, ven acá, que tengo que hablarte.
La muchacha se acercó al grupo que formaban su madre y Luis, sin sospechar de lo que se trataba. La vieja rompió el fuego.
-Enriqueta: dice el señor Luis, que desea casarse contigo, y yo le he contestado que lo acepto de mil amores. ¿No es verdad que he dicho bien?
La joven se ruborizó, bajó los ojos y guardó silencio. La proposición, no le causaba admiración, ¡tantas veces se la habían hecho! pero, de esa manera tan brusca, y delante de testigos, la cosa no era nada agradable.
Viendo Luis, el embarazo de la chica, trató de ayudarle á salir del pantano.
-¿No me considera la señorita Enriqueta, digno de ser su esposo?
La muchacha le respondió:
-Por el contrario, lo creo demasiado digno; pero me parece que lo que usted hace es burlarse de mí.
-Nó, hijita; yo no me burlo, y es por eso que he ido por el camino recto, pidiendo su mano a su mamá.
Luis mentía descaradamente al decir esto. Quería embaucar á la señora, para que, con la esperanza del noviazgo, lo dejara accionar libremente, y entonces ver si podía pescar á la muchacha.
Las copas se llenaban y vaciaban con celeridad. Todos, mostraban lujo de beber, alentados por García y Jones, quienes se deshacían en atenciones.
Antonio, no descuidaba su propia conveniencia, y se pegaba á doña Anastasia, diciéndole al oído cosillas que hacían sonreir á la vieja.
-Déjese usted de eso, don Antonio. Mire que nosotros ya estamos pasados de moda.
-Los cuerpos estarán así, pero no los corazones. Yo estoy como si recién principiara á vivir.
-Y ¿qué es lo que usted quiere que hagamos? —Pues que nos matrimoniemos.
-A ustedes, les ha entrado la fiebre por casarse. Don Luis, me acaba de pedir la mano de Enriqueta; y usted, me sale con otra proposición parecida. No juegue, don Antonio; no se burle de esta pobre vieja.
-Doña Anastasia: si accede usted á lo que le digo, nos ponemos las botas, porque nos convertimos en los reyes de Germinal. Usted, podrá introducir todo lo que quiera, y haríamos un negocio bárbaro.
¿Cree usted que podríamos hacer eso?
-Y mucho más, siempre que ablande usted su co razón
La vieja, se sintió enternecida ante los requiebros del sereno, hizo pucheros, y varias lágrimas, se deslizaron por sus mejillas arrugadas.
-¿Qué dices, mi vida? ¿Aceptas mi proposición?
-Dame tiempo para contestarte. La emoción me embarga. Vien á mi memoria el recuerdo del finado, que era tan bueno y tan cariñoso.
-Dejemos á un lado á los muertos, que no es esta ocasión de pensar en ellos. Discutamos sobre nuestra felicidad, la que será muy grande, si haces lo que te pido.
-Pero, ¿no me engañas Antonio? Yo soy vieja, y no tengo ningún atractivo. Pronto te cansarías de mi y me abandonarías, lo que sería un gran escándalo. Figúrate lo que hablará la gente, cuando yo me case contigo.
-Ten confianza en mi, negra linda.
Luis, tan luego como hizo el pedimento á doña Anastasia, pidió á Jones que tocara algo al piano, y sacó á bailar á Enriqueta. La chica, acostumbrada á las cuecas, se mostraba bastante torpe, para bailar vals. Tanto le pisó los pies á García, que éste la invitó á tomar asiento, lo que hicieron en un sofá, bastante apartado de la concurrencia.
El administrador de Germinal, empezó su labor de conquistar á la muchacha, prometiéndole un amor que no había sentido nunca. Enriqueta, siguiendo la táctica de las de su sexo, se resistió al principio á dar crédito á las insinuaciones de Luis, acabando por convencerse y por jurarle, á su vez, un amor inmenso, sin límites.
Al cuarto de hora de conversación, sostenían los dos pichones, el siguiente diálogo:
-¿Me quieres Enriqueta?
-Sí, Luis, con toda mi alma.
-Bien me lo figuraba yo, de que mi pasión sería correspondida, ¡Qué feliz soy!
-Y yo también.
-Quiero que me des una prueba de tu cariño.
-Habla.
-Deseo tener contigo una cita, esta noche.
-En qué parte y cómo?
-Cuado te vayes á tu casa, si es que te vas, sales un momento de puntillas, sin que te sientan y te vienes conmigo acá,
-¿Para qué?
-Para que conversemos con más libertad.
-Yo creo que no podré cumplir lo que me pides.
Ustedes los futres, no quieren bien para los pobres.
-¿Quien te ha dicho eso? No seas tonta, Enriqueta. Tú serás mi esposa. ¿Quieres mayor prueba de cariño?
Esta bien todo eso; pero yo no consiento en esa cita. La encuentro muy comprometedora para mí
-Entonces, quiere decir que no es cierto que me amas.
-Te adoro, Luis; pero no me pidas eso, porque no accedo.
García, comprendió que nada podía conseguir por ese lado, porque la muchacha se mostraba inaccesible; así es que creyó prudente tratar el asunto con la vieja, teniendo en cuenta lo que le había dicho Antonio, de que las madres eran muy alcahuetes.
Aprovechando un instante en que Jones llamaba a Enriqueta, para que escuchara uno de sus cuentos alemanes, se deslizó hasta cerca de doña Anastasia, que sostenía un diálogo animado con Antonio, en el que abundaban las frases de ternura. Alcanzó a oír algo; pero se hizo el disimulado. El sereno, al ver que su patrón deseaba hablar á la recobera, escurrió prudentemente el bulto, dirigiéndose al grupo en que Jones imperaba como un rey.
-Doña Anastasia, empezó Luis, quiero hacerle una proposición.
-¿Cuál es? le respondió la vieja, abriendo los ojos, que empezaban á adormecérsele, con el peso, de la borrachera. ¿Quiere usted que el matrimonio se efectúe mañana?
-Más pronto, mamá; esta noche.
-¿Esta noche? No le entiendo, don Luis.
Esta vez, los ojos de la recobera, bailaron en sus órbitas, como dos candiles en una noche de tempestad. Su escasa inteligencia, alcanzó á vislumbrar que pretendía Luis; pero creyó estar equivocada.
-Repita usted lo que ha dicho, don Luis, que no le comprendo.
-Le decía, doña Anastasia, que es tanto mi cariño por Enriqueta, que quisiera que el matrimonio se realizara esta noche.
-Serían muchos los gastos que tendría usted que hacer, siendo que podía esperar muy bien un día más. El oficial del Registro Civil, lo menos que le cobraría, sería doscientos pesos. La hora es avanzada.
-La ceremonia civil, podíamos postergarla para mañana. Ahora, celebraríamos el compromiso delante de los que están aquí presentes.
-Bien, aprobado.
-Pero, Enriqueta, se queda aquí desde esta noche. —Eso sí que nó, don Luis. No aguantís la lora.
-¿Por qué? ¿No va á ser mi mujer?
– Después que los case el cura civil, Antesnó, mi hijito.
-El golpe había sido dado en falso, y Luis, se vió obligado á emplear el último de los recursos, y el más convincente.
-Hablemos prácticamente, doña Anastasia. Si usted accede á lo que le digo, le obsequio cien pesos.
-No, don Luis. Usted no me viene á ofender. ¿Qué se había creído usted, que yo vendía a mi hija por cien pesos? ADios gracias, soy muy honrada.
-Reflexione usted, doña Anastasia Le doy doscientos pesos.
-¿No seria un crimen, el que yo haría, dando mi consentimiento? Imposible, don Luis. Pídame otra cosa y se la concedo;
-Pero, qué es lo que pierde Enriqueta, siendo que me voy á casar con ella? Le doy trescientos, doña Anastasia.
-¡Ay don Luis, qué desgraciada soy! dijo la vieja. mientras rompía á llorar amargamente.
-Hasta cuatrocientos pesos le daría.
La recobera, no pudo responder. El llanto le impedía hablar. Por fin se repuso y le respondió:
-Qué le haremos don Luis, ya que usted se empeña.
Esa noche, doña Anastasia y toda su familia, durmieron en las mullidas camas de la administración de Germinal.
XIII
Mientras se incubaba en la Pampa del Tamarugal, expontáneamente, el gran. movimiento, que debía definir la situación de los obreros pampinos, Juan Perez, sufría toda clase de fatigas, elaborando los planes de la campaña que debía efectuarse.
Comprendía que sobre él pesaba una gran responsabilidad. Sabía perfectamente que sus compañeros de infortunio se entregaban á él, á ojos cerrados, y que si bien podía conducirlos á la cima de su bienestar, también podía cavarles la fosa en que encontraran su sepultura.
Las meditaciones á que se entregaba, le robaban gran parte de la noche. Pensaba en la reclamación general, que debía ser el preludio de los acontecimientos. En todas las oficinas, á una misma hora, los obreros debían exigir enérgicamente aumento de salario, supresión de vales, seguridades sobre muerte ó mutilación en el trabajo, higiene, instrucción y buen tratamiento. Todos los oficineros, debían acceder á esos justos pedidos, y en caso contrario, los quince mil operarios de las faenas salitreras, abandonarían sus labores. Sería esa la gran huelga.
Pero, reflexionaba Perez, qué sacaremos con esa huelga? Los burgueses se reirán de nosotros. Sus capitales son enormes, para que sufran con una huelga de una, dos, tres semanas, ó un mes, que sería el tiempo que podríamos sostenernos sin trabajar. Después, tendríamos que ceder, y entonces remacharíamos más fuerte el grillete á que estamos aprisionados. Hay necesidad de dar una lección á los inhumanos capitalistas; es de rigor, hacerles comprender que el pacifico buey, no huyó del campo, con su paso tardo y uniforme, sinó, que recordó su vitalidad de toro, y vengán-dose de la sumisión á que estuvo sujeto, y de los pinchazos de que fué víctima, atravesó á escape por entre las sementeras, destrozando los plantíos.
Sonreía Perez, ante ese cuadro de represalias que se ofrecía á su imaginación. Hubo un tiempo, en que pensó abofetear á los burgueses con la generosidad obrera; pero después de largas reflecciones, se convenció de que nada sacaría de esa acción, puesto que los empedernidos aristócratas, solo tendrían risa para los hijos del trabajo.
Continuamente, celebraba conferencias, á las que acudían todos aquellos que deseaban beber en las fuentes del saber, Como Perez, estudiaba y se enteraba de los adelantos del siglo, podía fácilmente contestar á las preguntas que se le hacían.
-¿Qué le parece, don Juan? Dicen que nada se mueve en el mundo sin la voluntad de Dios, lo quo quiere decir que cuando uno dá á otro una puñalada, Dios ha prestado su consentimiento al hechor para herir á su víctima.
-Ese es un punto muy delicado, difícil de resolver con presición. ¿Quién es Dios? ¿Dónde está ese Dios? ¿Existe Dios? Estas preguntas me hago continuamente, hace veinte años, y sin embargo, aún no he podido encontrar una respuesta satisfactoria; aún no sé que decir al respecto.
-Todos dicen que sin Dios, no se movería el mundo.
-Nosotros, amigo mío, somos lo mismo que los loros: repetimos todo lo que oímos. Desde pequeños, nos dicen nuestros padres y nuestros maestros: “Hay un Dios, soberano señor de todas las cosas», y como aún no tenemos la facultad de pensar, aceptamos esa afirmación y hablamos de Dios, como de cualquier vecino.
– Quiere decir, entonces, que Ud. no cree en Dios?
Tanto como eso, nó. No puedo pronunciarme ni en pró, ni en contra. Oigamos á los que dicen que hay Dios. Basan sus creencias, en lo maravilloso de este globo, que se llama mundo, donde existen tantas cosas asombrosas que arrancan gritos de admiración. Todo desempeña un papel en el gran conjunto, ya sea una montaña, ó una hormiga, y la maquinaria universal es de tan especial perfección, que ninguna de las que fabrica el hombre, puede asemejársele en lo menor. Escuchemos á los que niegan á. Dios, ó sea á los ateos. Creen que el mundo existe, porque ciertas leyes físicas y fatales, han determinado su formación y progreso, sin que para ello haya tenido que intervenir ningún personaje extra humano.
-En resúmen, me deja usted á oscuras como antes; y lo que es peor, en duda.
-Siento muchísimo de introducir la agitación en su alma. En esta materia, soy partidario del libre pensamiento, y no me gusta de que se diga que trato de. imponer á otro mis ideas.
Aborrecía el orgullo y la vanidad, llegando hasta á censurar á sus mismos hermanos de infortunio
-El hombre que le dice á otro: “tengo la seguridad de pegarte, porque soy más fuerte que tú», es un desgraciado, que no sabe lo que dice. Nunca debe uno pregonar sus méritos; ellos deben ser reconocidos por otros. Preferible es ser oruga á pavo real.
– Los aristócratas, esos si que son orgullosos.
-Y me da pena su comportamiento, que revela en ellos una suma pobreza de espíritu. Analicemos: ¿cómo vienen al mundo, pobres y ricos? Desnudos. ¿Cómo mueren? Lo mismo. Todos son pasto de los gusanos. Pues si tenemos el mismo principio y el mismo fin, ¿para que usar de vanidades, durante el tiempo que media entre la cuna y la tumba? Es de locos, sentir orgullo. Cuerpos como los de nosotros, que no tienen la vida del mármol, ni la del granito, deben ser humildes. Aprended de las violetas, que aunque olorosas y lindas, se esconden modestamente entre la hierba.
Como los obreros oían siempre de boca de Perez, razonamientos que jamás habían escuchado, lo asediaban á preguntas.
-¿Cree usted, don Juan, en la divinidad de Jesús?
– ¿Y en la virginidad de María?
– ¿Y en la Trinidad?

-Voy á contestarles separadamente. ¡La divinidad de Jesús! Desgraciados é impostores, quienes afirman tal cosa, que ni el mismo Jesús, se atrevió á abrogarse. ¿Sabéis lo que es la divinidad? Ser divino, quiere decir tener algo de Dios, y como á Dios se considera una cosa poderosa é indigna de pisar este planeta, manchado con tantos crímenes, es algo absurdo creer que Jesús era Dios. ¿No habéis leído su vida; no conocéis su origen? Su padre, fué un humilde carpintero de Nazareth, llamado José, y su madre, una mujer del pueblo, llamada María. De ese matrimonio, nacieron Jesús y sus demás hermanos, ¿Dónde está pues esa divinidad? Jesús, fué un gran apóstol, talvez el más sincero que haya tenido la humanidad; pero nada más. Querer darle origen divino, es destruir su obra.
– Se afirma que María fué virgen, antes y después del parto.
-¡Que mentira tan gorda, que solo redunda en perjuicio de José, hasta el extremo de creerlo un marido idiota, que no se casa por desempeñar las funciones naturales á dos sexos, sino que por el gusto de mirar á su mujer; Si Dios, quería venir á la tierra, para enseñar los hombres el camino del bien y para hacerles comprender su poder, no tenía necesidad de ocupar el vientre de ninguna mujer, poniendo en tela de duda su procedencia. Con haberse aparecido en el mundo, le habría bastado. Además, como María tuvo varios hijos, eso da á entender que de todos los partos quedó virgen. Semejante aberración, es contraria á la ciencia, y buena para contarla á los salvajes; pero no á la gente civilizada. ¿Si ustedes, se hubieran encontrado en el lugar del carpintero, José, habrían hecho lo que le atribuyen las sagradas escrituras?
– ¿Y qué nos dice usted sobre la Trinidad?
-Que es una cosa tan incomprensible, que el que la inventó, quiso crear un rompe-cabezas, para mantener en oscuridad á los sectarios de la iglesia Romana. La iglesia, tiene el cinismo de llamar á esa Trinidad, “misterio que no es posible comprender». Y si es una cosa que no se puede comprender, ¿quién la inventó? Porque no hay duda que tiene su autor. El Padre, es Dios; el Hijo, es Dios; el Espíritu Santo es Dios. Son tres personas distintas y un solo Dios verdadero. Es algo así como si dijéramos: “el Inten-dente, es autoridad; el Gobernador, es autoridad; el Subdelegado es autoridad; son tres personas distintas y una sola autoridad verdadera» . Luego, quiere decir que hay tres diosos, así como el Intendente, el Gobernador y el Subdelegado, son tres autoridades,
-La religión, dice que Dios es uno.
-Pues, entonces, han andado con pasos desacertados sus fundadores. Si Dios es uno, no tenían necesidad de haber inventado esa Trinidad inútil, que solo sirve para desprestigiarla. ¿Cómo es posible aceptar que tres personas, aunque sean de la misma familia, puedan constituir una sola? Eso está en pugna contra el buen sentido.
-¿ Y el culto de los santos?
-Ese es un negocio como cualquier otro. Los frailes, inventan los santos, para tener á quien decir misas, en cambio de dinero, y para contar con bastantes figuras para adornar esos mercados groseros, á los que han bautizado con el nombre de templos. Deben saber ustedes, que la superchería de los que en la actualidad se titulan representantes de Cristo, en la venta de reliquias y huesos de santos, ha llegado hasta el extremo de convertirse en burdos falsificadores Un curioso estadista, ha hecho cálculos sobre los huesos vendidos, llegando á la conclusión de que con los de cierto santo, puestos en circulación; pueden formarse diez ó veinte esqueletos. Como se ve, este es un fraude inicuo, porque un hombre no puede tener mas que determinadas partes.
XIV
En aquella época, ocurrió en una oficina, muy distante á la en que trabajaba Perez, un crimen que llenó de sensación á la comarca. En una calichera, había sido encontrado el cadáver de un hombre, horriblemente apuñaleado.
Las autoridades, habían tomado cartas en el asunto, tratando de encontrar al hechor; pero todo fué inútil. El velo del misterio, cubría esa muerte.
¿Quién era ese individuo, que había sido asesinado de manera tan trágica? Era un obrero. Se llamaba Arturo Carrasco, y se le conocía por el apodo del Judas.
Carrasco, olvidando la comunidad de origen que lo ligaba á sus compañeros de infortunio, era enemigo acérrimo de los obreros, y paniaguado de los patrones. Debido sus adulaciones, había conseguido que se le diera un empleo, cosa que lo transformó en adversario acérrimo de los operarios.
Era un pobre loco que se había, dejado arrastrar por el degradante instinto de la bajeza, convirtiéndose en verdugo de sus compañeros.
Los operarios, amigos de él, trabajaron mucho, para que volviera al redil. Le prodigaron consejos; invocaron sus sentimientos humanitarios; pero todo fué inútil. Después que concluía su labor en las calicheras, se dirigía á la administración y contaba á los empleados, todo lo que había oído sobre quejas de la mala remuneración del trabajo, y sobre los planes del futuro.
-¿Qué de nuevas nos traes, Carrasco?
-Que he oído decir que en la oficina Trabajo, existe un tal Juan Perez, que es quien trae revolucionada á la gente.
– ¿Y eso no lo saben los dueños de esa oficina?
-Nó. El tal Perez, hace sus trabajos tan ocultamente, que no deja traslucir nada.
-¿Qué pretende ese individuo?
-Está azuzando á la gente, para que, en determinado día, haya un levantamiento general, á fin de reclamar el aumento de salarios.
-Bueno, Carrasco, tú comprometes la gratitud de nosotros, y no podemos menos que darte el empleo ofrecido. Desde mañana, eres el propio.
El Judas Arturo, batió palmas, ante la nueva que hacía tanto tiempo esperaba. Por conseguir ese empleo, se había convertido en agente secreto de los patrones; por ello, había atropellado el sentimiento más noble, cual es el de la lealtad á sus semejantes.
Cuando se vió en su nueva ocupación, se transformó en un orgulloso sin nombre. Era un pequeño tirano, que miraba á los obreros como á la basura. Paseaba por el campamento, sin dirigir la vista á nadie, ni mucho menos saludar,
Siempre estaba á caza de novedades, y en la mañana, se situaba, al lado de la ventana en que vendían la carne, para poder pescar algo que le sirviera de arma contra los operarios
Las mujeres, que acudían á ese sitio, se sintieron molestadas con su presencia.
-¿Viene usted á comprar carne, don Arturo?
-No, hijita; á distraer la vista.
-Yo creía que usted deseaba comer un asado, porque como se me ha muerto una gallina cuentista que tenía, podía ofrecérsela.
Un coro de risas, recibía esta salida.
-Hablemos formalmente, don Arturo. ¿Qué es lo que usted busca?
-No te he dicho que nada? Vengo á mirarlas á ustedes. ¿O quieren mandar á mi vista?
-De diablo, no engorda usted; pero con nosotras la saca chueca. Lo hemos rochado. Usted quiere saber sí nosotras hablamos algo de huelgas o de reclamos, para ir á soplárselo al administrador.
-Yo les juro que no…
-¡Cállese el sinvergüenza, perro de los ricos! Abajo el Judas! ¡Fuera el vendido!
Y Carrasco, recibía una andanada de insultos, que lo hacían correr, temeroso de que esa jauría de hembras rabiosas, pasase de las palabras á los hechos.
-Pero, ¿te has fijado, niña, lo que está haciendo ese hombre?
– Es un canalla. ¡Y á mi hija, que andaba enamorandola!
-¡No faltaba más! Preferible es que se suicide, antes que sea la mujer de ese tunante.
Los operarios de esa oficina, comprendieron de que Carrasco entrañaba un grave peligro para sus propósitos resolvieron quitarlo del medio. Se reunieron, muy calladamente, los más entusiastas, y por unanimidad de votos, acordaron hacer desaparecer al traidor que trabajaba, porque los obreros no se independizasen de la tiranía capitalista.
Todos, se ofrecieron, para ser la mano vengadora que castigase tanta ignominia.
El acuerdo se cumplió, y una noche que Carrasco se dirigía al pueblo vecino, en busca de varios encargos que le hacía la administración; fué detenido por varios brazos robustos, desmontado de la cabalgadura y cosido á puñaladas.
Al día siguiente, se encontró su cadáver, horriblemente tajeado, en el fondo de una calichera.
La noticia llegó á oídos de Juan Perez, quien solo tuvo palabras de condenación para ese crimen.
-Era un Judas, don Juan!
-No importa; no debía habérsele asesinado. El tendría su castigo, tarde ó temprano.
-Andaba diciendo que usted quería levantar á la gente.
-Aunque así lo hubiera dicho, eso no daba derecho para quitarle la vida. Les he dicho, y les repito, que no quiero derramar sangre, ni de los burgueses, ni de los traidores. Mi venganza es más grande. No costará vidas; pero será bastante perjudicial.
Los obreros, se miraban las caras, sin poder comprender á qué era lo que se refería ese hombre escepcional, que hablaba de futuras represalias, en las que no debía haber tintes rojos. Sus rudimentarios cerebros, no podían concebir que hubiera venganza sin sangre.
Juan Perez, declarando que era mal hecha la muerte de Carrasco, á pesar de que se trataba de un individuo indigno de respirar el aire de la vida, probaba su corazón grande y generoso; que buscaba la justicia por medios legales, sin recurrir al plomo ni al puñal; daba á entender que su alma, no abrigaba rencor para nadie.
Carrasco, lo había tratado de intrigar; pero él lo perdonaba, olvidaba su mala acción, y lamentaba su muerte,
Parodiaba al Cristo, que decía que cuando se recibiera un bofetón en un carrillo, debía ponerse el otro.
Pero, su generosidad, para evitar las muertes, no era ilimitada. Hablaba de venganza que debía realizarse; de una venganza que nadie sospechaba; pero que todos tenían confianza de que llegaría. Era ella un misterio que los acontecimientos debían aclarar.
XV
Enriqueta, se convirtió en la querida de García, sin que á doña Anastasia se le ocurriera exigirle que se casara. La vieja, que había recibido un grueso rollo de billetes, se hacía la desentendida, y solo trataba de lucrar con su nueva situación.
Entre ella y el sereno Antonio, habían constituido una poderosa sociedad, para introducir licor y toda clase de mercaderías, con las que hacían competencia á la pulpería.
Luis, que se hallaba bastante embebido en el cariño de su nueva amante, no se preócupaba un pito de los negocios de la oficina, los que había dejado en manos de James, para que éste los manejase como mejor quisiera.
Las murmuraciones en la oficina, respecto al escándalo dado por García, era grande. Las mujeres, que poseen el carácter de la envidia, rajaban de lo lindo á la recobera, Enriqueta, á Luis y al sereno.
-¿Qué te parece, niña, lo que ha hecho el administrador?
-Está viviendo con la babosa de la Enriqueta. —Vieras el orgullo que está gastando la tonta.
-Y á la vieja Anastasia, ¿adónde me la dejas? No se
le puede ni mirar. Anda siempre de mal genio.
-¿Sabes que la veterana, está haciendo vida marital con el garrotero Antonio?
– ¿De veras? No me hagas reir, hija.
-Es la pura verdad. Ya verás como es cierto aquello de que hasta en la vejez da viruelas.
Jones, hacía y deshacía con la gente á su antojo, aprovechando de que el administrador, estaba adormecido por la pasión del amor. Diariamente, pasaba recibos á caja, por gruesas sumas de dinero, que ponía á salvo, presintiendo que el día de su ruina, se acercaba á pasos agigantados.
Casi todas las noches, improvisaba banquetes, á los que acudían la familia de doña Anastasia y algunas muchachas que la pícara vieja había sacado de quien sabe donde.
Luis, tomaba parte en estas comilonas como simple convidado. Jones hacia el papel de anfitrión, y tenía buen tacto para proporcionar á su jefe toda clase de diversiones, á fin de alejarlo de los negocios.
Per ese tiempo, Isabel, cuyo hijo empezaba á andar con dificultad, tuvo ganas de ver á Luis. El ingrato, se había olvidado completamente de ella, y ni siquiera le dirigía una carta. La adúltera, cuya fiebre de amor se había calmado, con su estado de madre, al reponerse completamente de la debilidad en que la dejara el parto, resolvió hacer un viaje á Germinal, para echar en cara á su amante su indigna constancia.
Consiguió que Chamberlain, le diera permiso para cambiar de temperamento, y un día, con gran asombro de Jones, de Luis y de Enriqueta, se apareció en la oficina.
La confusión que se produjo en la administración fue grande. Luis; quiso obligar á Enriqueta, á que escapase por la puerta falsa, y ella, se negó rotundamente, adivinando que Isabel era su rival.
La mujer de Chamberlain, que había divisado á Enriqueta y á Luis, que pugnaba por alejarla, comprendió, con la fina penetración del bello sexo, lo que pasaba, y dejando á un lado el decoro que le obligaba guardar su posición social, corrió hasta la pareja, preguntándole á García:
-¿Quién es esta mujer?
-Soi su esposa! le respondió Enriqueta.
-¿Es cierto, Luis?
El Administrador de Germinal, no supo qué contestar á esa pregunta. Se encontró entre la espada y la pared. Enriqueta, lo tenía trastornado; era capaz de arrebatarlo al abismo. Isabel, despertaba en él, los recuerdos de una pasión que, en un tiempo, había sido para él un mundo de glorias.
-Habla, Luis, porque estoi dispuesta á arrojará palos á esta mujer!
García, tuvo un momento de lucidez. Comprendió que si repudiaba á Isabel, se exponía á perder su empleo, porque ella, con el despecho, le contaría todo á Chamberlain, y entonces !adios vida regalona!
-No es mi mujer, respondió Luis, con voz ronca, al mismo tiempo que se encaminaba á la sala, seguido de Isabel, que dirigía miradas incendiarias á Enriqueta, quien con los ojos humedecidos por el llanto, y los puros crispados por la rabia, lanzaba epítetos bastantes groseros á Luis y á Enriqueta.
-Está bien, canalla, lo que haces conmigo. Me abandonas; pero te juro que no te quedarás riendo, porque he de hacer todo lo posible, para vengarme de tí! ¿Crees que no sé que eres el amante de esa sinvergüenza, que teniendo su marido en Iquique, viene á buscarte?
Doña Anastasia, que llegaba en esos momentos á la administración, donde tenía entrada franca, encontró á su hija, gritando y llorando como una loca.
-¿Qué tienes, hija?
-¡Ay, mamá, qué desgraciada soi! Usted tiene la culpa de todo lo que me está pasando; usted es la responsable do todo.
-Pero, ¿qué es lo que te sucede, muchacha?
.—¿Qué ha de ser? Ha llegado la mujer del dueño de la oficina, que es la querida de Luis, y me ha insultado.
-¿Y qué ha dicho él?
-Nada. La ha apoyado.
-¡Ah, pícaro! ¡Conmigo se las va á ver! ,Qué se había figurado el pije indecente?
Alcanzó á ver á Luis, que atravesaba de una habitación á otra, y corrió hacia él, con las uñas afiladas, profiriendo imprecaciones que harían ruborizar á cualquier hombre. García, que la divisó, corrió y cerró la puerta. La vieja, empezó á golpear, descargando fuertes puñetazos.
-¡Abre, cobarde! !Abre, para sacarte la lengua y enseñarte a ser caballero! ¡Si quieres, te devuelvo tus cuatrocientos pesos!
Cansada doña Anastasia de dar golpes á la puerta, se dirigió adonde estaba su hija, lamentándose de su abandono, y cogiéndola del talle, la arrastró hacia afuera.
-Usted, mamá, tiene la culpa de mi desgracia. Yo no quería meterme con este bandido,
-Estaba pobre, hija mía, y como me ofrecía cuatros cientos pesos, los acepté. ¡Maldita sea la hora en que recibí ese dinero!
El hijo de Luis, miraba atónito la escena que se desarrollaba á su vista. Sentado en las faldas de la ama, contemplaba con ojos azorados ese mundo nuevo, de gritos y llantos, que se desarrollaba á su vista. El pobrecillo, no había visto nunca á su madre hablar de ese modo.
Las recriminaciones entre Isabel y Luis, fueron cortas. Ella, no tenía muchas ganas de romper con su amante, y él, tenía mucha ansia de reconciliarse.
-Te juro, Isabel, que he tenido relaciones con esa mujer, solamente para cumplir las funciones del cuerpo. —Entonces, ¿no la has querido?
-No, hija. ¿Cómo voy á querer á nadie, cuando te tengo entregado mi corazón? Tú no eres como yo. Allá, tienes tu marido, mientras que yo, aquí solo, me veo obligado á hacer lo que he hecho.
-No, señor. Chamberlain, hasta ahora, después de mi parto, no me ha tocado.

-!Qué placer, mi rica! ¡Ven á mis brazos y perdóname el mal rato que te he hecho pasar!
-Te perdono; pero con una condición.
-¿Cuál?
– Que hagas salir inmediatamente de la oficina á esa mujer.
-Se cumplirá tu deseo.
García sonó un timbre, se presentó un mozo, y le ordenó que llamara al sereno Antonio.
Sonó la campanilla de la administración, y poco después, Antonio, armado de su inseparable garrote; se presentó ante Luis e Isabel, con el sombrero en la mano.
-Notifique inmediatamente á doña Anastasia, que mañana á primera hora, debe abandonar la oficina.
Antonio, recibió la noticia, como si le hubieran arrojado un balde de agua. El, que andaba en tan buenas relaciones con la vieja recobera, vió desvanecidas todas sus ilusiones de formar una fortuna. Balbuceó trabajosamente:
-Yo creo que el plazo es muy corto, y que no le será posible irse mañana mismo.
-Debes cumplir con lo que se te manda, le interrumpió Isabel, tomando parte en el asunto.
-Ni una palabra, añadió Luis. Dispone todo, de manera que mañana salga de la oficina, doña Anastasia
El sereno se retiró sin despedirse, dando traspiés como un ebrio. Le parecia mentira lo que había oído. El, que creía que el reinado de doña Anastasia y de Enriqueta, iba á ser de larga vida, veía rodar por el suelo sus esperanzas.
Lé costó trabajo, decir á doña Anastasia: -Tengo que comunicarte una mala nueva, Anastasia.
-Ya me la figuro.
-¿Por qué?
-Porque le ha llegado la querida á Luis, y ha despreciado á mi hija.
-Me ha ordenado de que te diga que te dá de plazo hasta mañana, para que arregles tus monos y te vayas á otra parte.
-Sin necesidad de que él me lo mandara, ya lo había pensada yo. Se cumplirán sus deseos.
En un rincón de la pieza, lloriqueaba Enriqueta, rodeada de sus primas. Antonio, creyó de su deber consolarla:
-¿Qué le haremos, señorita Enriqueta? no hay más que tener conformidad.
La muchacha, cuyo dolor se había trocado en ira, lo mandó á buena parte.
-¡No necesito consuelos de nadie!
– No seas orgullosa, hija. Mira que Dios castiga el orgullo.
Antonio, se retorcía las manos, al ver que sus planes se veían desbaratados por Luis, quien no tenía valor suficiente para sostener un cariño que había mentido á Enriqueta. Tuvo rabia, de ver tanta cobardía, y por su mente, en la que habían siempre germinado cosas malas, nació el odio á su patrón.
-Tú tienes la mayor culpa en lo que sucede, le dijo doña Anastasia.
-Yo? ¿Por qué?
-¿No fuiste tú quien nos convidaste esa noche, diciendo que el señor Luis y mister Jones, eran dos caballeros á toda prueba?
-Sí; pero yo no dije que don Luis era bueno para otras cosas.
-Nosotras estábamos tranquilas en nuestras casas, y tú Antonio, veniste á revolucionarnos.
¡Maldita sea la hora, en que cometí tal disparate!
-Dime Antonio: ¿me voy yo á quedar conforme, con que á mi hija se le burle de esa manera? No crees tú que debo tomar venganza?
El serenó, que ya sentia gran adversión á Luis, por el perjuicio que causaba en sus intereses, le respondió vivamente:
-Como no, doña Anastasia; es muy justo que usted tome la revancha. Yo, que contribuí indirectamente á la desgracia que les está sucediendo, también quiero ayudarlas en lo que hagan, para hacer ver á ese futre que el corazón de los obreros no es un pedazo de desperdicio, que se arroja á la basura.
Doña Anastasia, antes de abandonar Germinal, gozó, contando á todo el que encontraba, la acción de Luis con su hija, y la clase de relaciones que existía entre la mujer de Chamberlain y García.
En la oficina, ya habían rumores sobre los adornos que Isabel ponía en la cabeza á su marido; así es que las declaraciones de la recobera, sirvieron para afianzar más la opinión.
-¡Ay! decía la vieja hipócrita, yo esa noche, me curé con un licor dulce, que creo se llama cocoa
– Sería cacao, doña Anastasia
-Eso es hija; me curé con cacao, y no supe lo que fué de mí. El administrador, me dió cuatrocientos pesos, y yo me quedé dormida. Cuando al otro día desperté, el muy infame había abusado de mi Enriqueta. El mal estaba hecho. Ponerme á llevarlo ante la justicia, hubiera sido nulo, por que los jueces no nos creen á los pobres. Tuve que conformarme con sus promesas de que se casaría con. Enriqueta.
-¡Que poco seso, mostró usted á su edad! ¿Cómo se figuraba usted que un futre como él, se iba á casar con su hija?
-Como tú no eres madre, hablas así. Yo creía que mi hija era digna de casarse con un millonario.
-Así es que el viaje es mañana, señora Anastasia.
-Sí, hija; pero he de hacerle á ese bribón todo el mal que pueda. Por lo pronto, voy á escribir una carta á su patrón, avisándole que su mujer y Luis, están en relaciones carnales.
-Bien pensado! Me alegro de que usted se ponga en contra de ese canalla. Nosotros, estábamos tomando muy á mal que usted se mostrase tan amiga de él.
-Qué quieres que hiciera, después de que me había echado á perder á Enriqueta?
La partida de doña Anastasia, Enriqueta y las demás muchachas que formaban la familia de la recobera, fué un verdadero acontecimiento. Un gran gentío, se agolpó á la puerta de la casa, deseoso de escuchar los periquitos que, la vieja echaba por su boca.
-Han de saber ustedes, que ese sinvergüenza de Luis, no hace nada! Se la pasa bebiendo y durmiendo, mientras el gringo Jones, maneja la administración y los libros á su antojo. Pronto, tendrá que quebrar el dueño de la oficina, porque al paso como van los negocios, la ruina es segura.
El auditorio, daba muestras de aprobación, para alentar á la vieja á que continuara hablando.
-La mujer del patrón, que se llama Isabel, y que llegó ayer, es una grandísima perra. Deja á su marido en Iquique, y se viene á buscar á García. Ella, cree que sus cochinadas van á quedar ocultas; pero se equivoca. Mañana mismo, sabrá el mister Chamberlain lo que ocurre aquí.
Antonio, que se encontraba ocupado en, la administración, limpiando unas espuelas de Luis, llegó á despedirse de doña Anastasia, en el momento en que ésta iba á subir á la carretela. El carretón, que llevaba los monos, ya se había puesto en movimiento, haciendo chirriar sus pesados goznes.
-Creí que por miedo al administrador, no vendrías á despedirte.
-¿Miedo yo? !No faltaba más!
Un obrero, que escuchó á Antonio esa salida tan Valiente, lo abordó:
-Por ahí se susurra que usted es uña y carne con don Luis, y que todo lo que él le manda, lo hace usted á ojos cerrados. Uno, me dijo que si don Luis le ordenaba que se tirara de cabeza á un pique, lo haría.
-Está ese muy equivocado. Yo no tengo compromisos con el señor García. El es el jefe, y yo le obedezco en el trabajo; pero en otra cosa, no tiene que hacer nada conmigo. Se acabaron los tiempos en que le guardaba consideración.
Doña Anastasia y Antonio, derramaron algunas lágrimas, al darse el abrazo de despedida. Los curiosos que los vieron llorar, sonrieron maliciosamente; al ver la ternura de que hacían alarde esos dos seres, cuyos corazones eran duros como la roca.
– No te olvides, Antonio, de vengarme.
– Descuida, hija. Tendré presente tu encargo.

La primera noche que Isabel pasó en Germinal, fué celebrada con un banquete regio, en el que se comió y bebió de lo mejor, por supuesto, a costillas de mister Chamberlain, quien, mientras en Iquique libaba sus vasos de whisky con soda, su mujer tomaba champaña por su cuenta.
El traje con que asistió Isabel á la mesa, era de lo más tentador. Una bata negra de seda, con un descote amplísimo, que casi permitía ver la hendidura que separa los pechos, envolvía su hermoso cuerpo griego. En su cabeza, artísticamente peinada, y en la parte mas baja del descote, se mecían dos rosas lacres, de un rojo subidísimo.
Las miradas de los comensales, se dirigían todas al seno de Isabel, y ella, que lo comprendía, gozaba con mostrarse impúdica,
Luis, no se preocupaba nada de la desnudez de su querida, pues estaba acostumbrado á mirarla más al natural; pero Jones y los demás empleados, pasaban el suplicio de Tántalo.
-Tanto tiempo que nos tenía usted privados de su vista, señora Isabel! le dijo Jones.
-Yo lo sentía muchísimo; ansiaba venir lo más pronto; pero como me encontraba muy delicada, no me era posible. No siempre se puede hacer lo que se desea.
Y la adúltera, dirigía una significativa mirada á Luis, al mismo tiempo que le pisaba el pie con fuerza.
Las atenciones de los empleados, eran todas para ella. Se afanaban en servirle champaña, y su galantería fue tanta, que á los postres, la esposa de Chamberlain, se encontraba roja como una granada, y reía con una risa estrepitosa, igual á la de las meretrices, cuando celebran sus espantosas bacanales.
La mujer casada, que falta á su marido, no se diferencia en nada de las desgraciadas que, en los burdeles, sirven de pasto á la lubricidad de los hombres. Adquiere el hábito de la coquetería; se acostumbra á mirar en cada macho á un ambicionador de sus encantos; y pierde el pu dor, hasta el extremo de hacer alarde de su debilidad.
Isabel, que sentía que la sangre le hacia cosquillas, y que su cabeza se incendiaba, al calor de la embriaguez, miraba todo bajo el prisma de la lujuria. Así como los poetas o escritores, se inspiran, al beber las primeras copas de vino, las adúlteras y mesalinas, sienten deseos de rendir culto á Venus, cuando el licor inflama sus venas.
Alba, uno de los empleados subalternos, cuyo asienta se hallaba en el lado opuesto al de Isabel; pero muy retirado, no despegaba la vista de esa linda muchacha, en la que el parto no había hecho mella, Se la comía con los ojos, extremeciéndose de deseo. Como su ocupación era modesta, no podía tomarse la libertad de dirigirle la palabra; asi es que permanecía callado, devorando en silencio la tempestad que se desarrollaba en su alma.
Si él, hubiera podido, se habría acercado á ella, y habría hecho los que los tontos hacen en los teatros: pasarle el dedo por el cuerpo, y chuparlo enseguida.
-¡Qué linda rosa, señora Isabel! Esa flor, trae á mi mente unos versos de Becquer.
-¿Es Ud. aficionado á las poesías, señor Iriarte?
-Algo. En mis horas de ocio, me dedico á leer á los grandes poetas.
-Me decía usted que esta rosa, le recordaba unos versos de Becquer.
-Sí, señora.
-¿Quiere usted hacer el favor de decirlos?
-No los rcuerdo.
-Pero algo ha de conservar su memoria. Trate usted de decir lo que recuerde.
– Dispense usted que no los diga al pié de la letra., Allá van:
¿Cómo puede vivir esa flor que has prendido junto á tu corazón?
Nunca hasta ahora contemplé en el mundo, sobre el volcán la flor.
Una lluvia de aplausos, recibió Iriarte por su recitación, é Isabel, entornando diabólicamente sus ojos, le dió las gracias, enseñándoles las sartas de perlas de sus blancos dientes.
-Buena memoria, tiene usted, señor Iriarte.
Es un favor el que usted me hace.
García, comprendió que los ánimos estaban demasiados exaltados, y que no era conveniente prolongar más la permanencia en la mesa, porque la adúltera, bien podía simpatizar con alguno de sus subalternos. Poniéndose de pié, dió la señal de dejar el comedor.
Esa noche, los empleados de Germinal, pasaron una vigilia atroz. No pudieron conciliar el sueño, pensando en la tentadora mujer que habían tenido tan cerca en la mesa. Luis é Isabel, se entregaron á sus expansiones amorosas, como dos esposos que se ven, después de larga ausencia.
XVII
A Luis, no le quedó el menor remordimiento, por lo que había hecho con Enriqueta. Acostumbrado á mirar la honra de las hijas del pueblo, como todos los burgueses, se reía de su acción, y exclamaba con el mayor cinismo:
-Una más en la lista!
¡La honra de los pobres! Para los ricos, para esos que se creen con derecho á que los obreros suden y revienten para labrar sus fortunas, los hombres y mujeres del pueblo, son une manada de bestias, sin más derechos que los que tienen los animales: comer, dormir y trabajar.
Diariamente, se ve casos, en que los burgueses abusan de la inocencia de las vírgenes pobres, y sin embargo, esos caballeritos, continúan impertérritos en su tarea, sin que nadie se ocupe en castigarlos.
En todos los países, existen leyes, que obligan á matrimoniarse, á todo aquel que viole á alguna doncella; pero, los encargados de administrar esas leyes, como en la genéral dad de sus actos, solo las aplican á las masas populares, y no las emplean para la aristocracia.
Que el hijo de don Fulano, se ha robado á tal muchacha, hija de pobres humildes. Se dá parte á la policía, la que después de demorar mucho, da con el raptor y la víctima. A él, inmediatamente se le pone en libertad, bajo fianza, y á ella, se le manda á su casa.
Comparecen ante los jueces, al día siguiente. El mocito, con el mayor descaro, niega conocerla. La muchacha, que ha pasado por tan violentas emociones, y cuya educación, la hace que guarde timidez en una audiencia judicial, no sabe sostener con energía que ese hombre la ha se lucido. Total: el juez, viendo que no hay suficientes pruebas, para establecer la culpabilidad, no da lugar la demanda, y el señorito, que engañó miserablemente a esa jóven, sale á la calle, á contar á sus amigos, entre copas de licor y estrepitosas carcajadas, la aventura de que es héroe.
Ea cambio, cuando el raptor y la víctima, pertenecen á la clase dorada, entonces hay justicia, y se les obliga á casarse. ¿Por qué? ¡Porque el juez, ve que se trata de dos personas de la misma categoría, mientras que en el caso anterior, no era posible que el hijo del potentado, dueño de tales ó cuales salitreras, se uniera en matrimonio á la hija de un carpintero ó un sastre!
¡Muy bien, señores burgueses! Negáis á las hijas de los obreros, el derecho de codearse, y de ser las esposas de los aristócratas; pero os dais derechos para abusar y pisotear su honra.
¡Bonita ley! ¡La ley del embudo!
¿O creéis, que vuestra tiranía y opresión contra los obreros, debe llegar hasta el extremo de querer resucitar ese antiguo derecho de los señores de la Edad Media, llamado el derecho de pernada? ¿Os creéis investidos del poder de obligar á los trabajadores, de que tomen sus esposas de entre esas mujeres, á quienes habéis deshonrado?
¡Curiosa es vuestra lógica! No podéis casaros con mujeres humildes; pero podéis quitarles la virginidad.
Y ¿que dicen de esto las leyes, que proclaman la igualdad de todos los individuos, que habitan en este planeta?
¿Qué dicen esos legisladores, que con una gravedad ridícula, hablan que trabajan ,por el bien de la humanidad?
¡Fatuos! ¡Farsantes! ¡Ningún aristócrata trabaja, ni puede trabajar por el pueblo. Para ello, necesita despojarse de sus riquezas, como el gran apóstol ruso, León de Tolstoy! Solo así, puede creerse que procede con sinceridad.
Las leyes que castigan á los seductores, como todas las de su clase, solo han sido inventadas para los proletarios. Los ricos, están exentos de ellas, salvo que el crimen lo cometan con mujeres de su misma clase.
¡La honra de los pobres! ¿Quién sabe lo que es esos ¿Quién la respeta, quién la considera?
El que nació en la bohardilla, no tiene derecho á nada. Todo se le niega; hasta aquello que él mismo, con su sanción moral, ha aprobado: las leyes.
Los viejas burgueses, tienen el cinismo de apoyar á sus hijos, cuando buscan entre las hijas de los obreros, la carne que ha de saciar su hambre de lujuria. Antes que recurran á los burdeles, dicen, preferible es que seduzcan á muchachas de la plebe.
Deben, pues, saberlo bien las mujeres de cuna humilde, que los aristócratas las consideran como objeto necesario para su servicio; pero que no merece que se le honre con el nombre de esposa.
Yqué sin seso son las muchachas obreras, cuando los futrecitos las requiebran! Olvidan todo, por escuchar las zalamerías de esos petardistas. No se conforman con su clase; aspiran á subir, sin fijarse que sus alas no son resistentes para mantenerse arriba, y que fatalmente tienen que caer al suelo.
Diariamente, se ve que las muchachas pobres, desdeñan á los obreros que les hablan de matrimonio, y ponen buenos. oídos los mocitos de la burguesía, que les proponen fugas. ¿Quién tiene la culpa de esto? Los padres, que no saben educar á sus hijas, en la escuela del trabajo y la honrádez; que fomentan en ellas las ideas del pernicioso lujo, sin fijarse en que la seda es la tentación más grande; y que, en la mayoría de los casos, aprueban los primeros pasos licenciosos que dan en la vida.
De la instrucción de las mujeres, nadie se preocupa. Basta que sepan leer y escribir mal, para qué se considere completa su educación. En seguida, se les enseña á hacerse rizos con un fierro caliente, á echarse polvos, á pintarse las megillas y los ojos, á ajustarse el corsé, y a coquetear.
Con semejante educación, que hace del bello sexo, una especie de objeto para la sensualidad, no es extraño que. el cincuenta por ciento de ellas, contraigan matrimonio, y el resto, ingresen á las casas de prostistución, ó vegete entre la escoria, teniendo hoy por querido á un hombre, y mañana á otro.
Muchas veces, nos hemos encontrado, en reuniones, en las que no há faltado una niñita dé once ó doce años de edad, que ha tocado admirablemente la guitarra, y canta do mejor, y hemos entablado conversación con algunas viejas:
-¡Qué bién toca esta criatura, y que buena voz tiene!
-¡Oh! creo que hay pocas en este pueblo, que puedan competir con ella. Yla resistencia que tiene! Hace cuatro noches que remuele, tocando constantemente, y no se cansa.
Semejante respuesta, ha llevado á nuestra alma terrible decepción. ¡Cuantas noches, que esa niña, aún en la pubertad, se pasaba presenciando las escenas que se desarro llan en las jaranas; aprendiendo cosas non santas, que los individuos cometen, trastornados por el alcohol!
La niñita, cantaba con una voz ronca, señal evidente de que su garganta, se iba sintiendo del precoz ejercicio.
-Y así como anima tan bien las cuecas, preguntamos a nuestra interlocutora, sabe leer y escribir?
-creo que no. Solo ha estado dos meses en el colegio, y la sacaron, porque padecía de delibidad al cerebro. ¡La escuela la enfermaba; pero las trasnochadas y la remolienda, le hacían bien!
Vimos que, algunos de los que se divertían, gritaban ¡aro! y pedían ponche para la cantora. La chiquilla, aceptaba los vasos de ese licor, y bebía como cualquier mujer de edad.
Con semejante educación, que los obreros dan á sus hijas, ¿puede conseguirse que aspiren á aprender cosas buenas, y á pensar en formar un hogar honrado? Claro que nó! Una cabeza, en la que no existe la simiente de buenos pensamientos, y en la que solo las ideas del lujo y del placer, bailotean, en un vacío espantoso, no puede nunca guiar á una mujer por el sendero del bien.
Educad á vuestros hijas, obreros, en la escuela del trabajo y de la modestia, si no queréis ser los eternos proveedores de los lupanares; si no queréis pasar por el doloroso trance, de encontrar á aquellas á quienes distéis el sér, en las vías públicas, llenas de afeites y falsos oropeles, siendo el ludibrio de las gentes.
Enseñadles á coser, á lavar, á teger, á aplanchar y á desempeñar las obligaciones domésticas, antes de vestirlas con trajes lujosos, que os cuestan muchos sacrificios, y las inician en la carrera de la prostitución.
Imbuidles hábitos de templanza y de economía; mostradles ejemplos de desgraciadas, que se han perdido, por no haber escuchado los consejos de sus padres; y decidles que la mayor felicidad a, que debe aspirar una joven digna, es á la de contraer matrimonio con un hombre igual á ella, que la respete y la haga respetar.
Si hacéis todo esto, podéis estar seguro, de arrancar muchas víctimas á las casas de tolerancia.
XVIII
Juan Perez, fijó el gran día, tanto tiempo acariciado en su mente, como un ideal supremo, para las fiestas patrias del 18 de Septiembre. Quiso dejar estampada esa fecha en los anales del proletariado chileno, como la de un gran movimiento, que sacudiera hasta en sus cimientos á la carcomida fortaleza de la burguesía.
Los obreros de todas las oficinas, estaban enterados de lo que se debía hacer; pero solo uno en cada establecimiento conocía bien el plan de Perez. A ese, debían obedecer todos los demás, y su voz, en medio de la gran tormenta, debía escucharse, de la misma manera que, el mandato de un capitán es oído, entre los estruendos de la más formidable tempestad.
Todos, sin escepción, estaban acordes en dar el golpe, que debía decidir de su suerte. Nadie preguntaba por las consecuencias. La multitud, es siempre sugestiva. Entusiasmándose por alguna cosa, va á ella, de la misma manera que la mariposa á la llama.
-¿Para cuándo es la reclamación?
-Para el 18.
Con el nombre de reclamación, se conocía el movimiento, que debía principiar con una respetuosa y justiciera presentación, y terminar quien sabe con qué convulsiones. En las explosiones populares, es facil trazar la pauta y dar las primeras órdenes; pero después, nadie puede responder del éxito, ni fijar con exactitud lo que va á suceder. La muchedumbre, en esos críticos momentos, no reflexiona. Es la ola fórmidable, que no respeta nada, que bate con la misma fuerza las rocas como la arena.
Los oficineros, sabían muy bien que un malestar germinaba entre los obreros; pero se encontraban en el caso de los médicos que no tienen conocimientos científicos, para poder apreciar ciertas epidemias, y que las dejan venir, impotentes para combatirlas.
El remedio, en ese caso, habría sido inútil, porque el mal estaba suficientemente desarrollado, para poder aceptar ninguna medicina. No le quedaba otro remedio á ese ab_ ceso, formado por los golpes de los burgueses sobre el organismo proletario, que reventar y ahogar con su pus á los verdugos.
Juan Perez, durante los días que precedieron al 18, trató de rehuir todo lo posible las reuniones, temeroso de que los oficineros pudieran enterarse de su proyecto y desbaratarlo. Se sumergía en la soledad de su covacha, para dar los últimos retoques á su cuadro.
-¿Es un hecho que la reclamación será el 18?
Si, á las nueve de la mañana, debernos encontrarnos todos reunidas, en la plazuela, para dirigirnos en seguida á la administración.
-¿Qué vamos á pedir?
-Abolición de fichas, aumento de salario, libre comercio, indemnización por desgracias y enfermedades y disminución de las horas de trabajo:
-Y si no acepta el administrador?
– El encargado de Juan Perez , no dirá lo que debemos hacer.
– ¿No has podido descubrir qué es lo que se va á ejecutar?

-Nada. El misterio rodea á todo. Eso, no debemos preguntarlo. Queremos bienestar, y lo tendremos á costa de nuestras vidas.
-He oído decir que Perez no quiere que se derrame sangre. .
– Es lo único que dice su encargado. Nada de sangre.
-Yo no me explico, cómo vamos á poder vengarnos de los oficineros, dejándoles con vida.
-Yo tampoco lo entiendo; pero hay que seguir adelante. Juan Perez, es un hombre inteligente, y cuando él lo dice, es porque lo tiene bien estudiado.

El cambio de Intendente de Tarapacá, vino á favorecer mejor los intereses obreros. El nuevo mandatario, que era un hombre recién iniciado en la política, y que todavía, no estaba del todo corrompido, se negó á aceptar las ofertas que le hacían las casas salitreras, en cambio de que duplicara las guarniciones de policía de la pampa.
Dos, eran las razones en que el Intendente se fundaba, para deshechar esas proposiciones. La primera, que si los oficineros procedian bien con sus operarios, como se lo manifestaban, no tenían por que temer nada; y la segunda, que el duplicar esas guarniciones, exigía un aumento de personal, cosa que tenía que consultar con el gobierno.
Los capitalistas, llevaron su audacia, hasta el extremo de proponerle que, ellos, de su peculio, pagarían á los soldados que fueran á aumentar los destacamentos. El Intendente, se mostró inflexible y desechó la indicación. En vano, le hicieron ver que, en la pampa del Toco, la Policía. era pagada por los oficineros. Se mostró inflexible en su negativa.
Los policiales de la Pampa, no las tenían todas consigo. Sabían que se tramaba una conspiración, y comprendiendo que eran impotentes para sofocarla, estaban dis puestos á presenciar los acontecimientos, cruzados de brazos.
¿Qué haría usted, mi sargento, si los trabajadores de alguna oficina, se levantasen?
-Pues nada. ¿Crees tú que sería tan yo tonto para irme á meter allá, para que me carneen?
-Y si el oficial lo mandara?
-No iría. Yo estimo mucho mi vida, para meterme en peloteras. ¿Qué gano con defender á los gringos? Lo único que sacaría es que me despachasen para el otro mundo.
-Entonces, yo tampoco tomo parte en esas revueltas, si llegara á suceder alguna.
-Es lo mejor. Viéndolo bien, es una injusticia la de que nosotros usemos nuestras armas, en contra de los obreros, que son nuestros hermanos. Está bueno, que por cumplir con la obligación, lleve uno presos á los borrachos y á los bochincheros; pero no llegar hasta el extremo de matar á nadie.
En muchas oficinas, los empleados, limpiaban sus carabinas y revólvers, preparándose para un acontecimiento, que tenían la seguridad de que iba á desarrollarse. ¡Los muy cándidos, creían poder contener con unas cuantas armas de fuego á los obreros del Tamarugal!
¡Desgraciados! No pensaban que ante la muralla de los pechos de los proletarios, cuando están unidos por los lazos de la unión y el compañerismo, las balas rebotan.
XIX
Chamberlain, recibió un anónimo, en el que se le daba cuenta de la clase de relaciones que existían entre su mujer y el administrador de Germinal, su compadre.
La carta, difería mucho de las que antes había recibido, denunciándole lo mismo. Esta, estaba escrita en letra tosca y sin ortografia, señal evidente de que había sido
trazada por una persona que conocía poco la gramática mientras que las anteriores denotaban en su autores gente culta.
Mister Chamberlain, se rascó la oreja, fastidiado de que el moscón del anónimo, zumbase constantemente á su oído. Murmuró en SU idioma un adjetivo poco decente, y dando un puñetazo sobre la mesa de su gabinete, dijo:
-Yo iré á Germinal, á ver si es cierto esto!
Y se puso á hacer los preparativos del viaje, confeccionando el plan que debía poner en práctica, para indagar lo que había de verdad en esos denuncios.
Para sacar á un inglés de su calma habitual, y obligarle á valerse de estratagemas para descubrir alguna cosa, aunque sea referente a su honor, se necesita haberlo molestado mucho sobre el asunto.
Mister Chamberlain, alistaba su viaje á la oficina, e iba dispuesto á valerse de toda clase de artes, para enterarse de lo que hubiera de verdad, intrigado por el tercer anónimo.
Era día dieciséis de Septiembre, y faltaban solo dos, para que estallase en la Pampa, la gran reclamación de los trabajadores, cuando mister Chamberlain, arreglando sus maletas de viaje, se disponía á partir á la Pampa.
-¿Qué milagro, mistar Chamberlain, que está usted de viaje?
-Aprovecho los días de fiesta, para pasarlos al lado de mi mujer, á quien no asienta el temperamento de Iquique.
-Muchos saludos á Isabel.
-Dígale usted que aquí la estrañamos mucho; que no sea tan ingrata y que nos escriba.
-Memorias á su compadre García, pregúntele usted cuándo baja.
-Bien, bien, se lo diré, respondía á todo esto, mister Chamberlain, en el salón de espera del ferrocarril, fastidiado de la pegosidad _de sus amigos y amigas.
-Apropósito de su compadre García. ¿Es cierto que está de novió con su cuñada Julia?
-Lo ignoro. Ella, al irse al Sur, al lado de su madre, no me ha dicho nada sobre el particular.
-Así me lo habían asegurado, y la noticia me había agradado bastante, porque de esa manera, García, que es un buen empleado, ingresaría á su familia.
Chamberlain, sintió remordimiento de conciencia, por lo que iba á hacer. Verdaderamente, García, era un empleado inteligente y honrado, que le había conseguido muy buenas ganancias en Germinal; que trabajaba con el interés del que maneja sus propios intereses, y era una villanía dudar de él é ir á sorprenderlo. Quizás, pensó, se trata de algún enemigo que quiere hacerle mal.
El inglés, tuvo ímpetus de regresarse á su casa, acostarse á dormir, y mandar al diablo el viaje; pero tendió su vista por el salón de espera, vió todas las miradas clavadas en él, y comprendió que si se quedaba en Iquique, podía traducirse por locura.
-Se habla mucho, por el gusto de hablar, respondió Chamberlain, al que le decía que García iba á ser su cuñado
-Así es, amigo; hay gentes en el mundo, que solo viven á caza de novedades, para propalarlas y darles cuerpo.
-Cuando no encuentran noticias, nuevas, las inventan.
-Y hasta calumnian á las personas honradas.
-¡Oh! Eso sucede diariamente. El otro día, le mandaron un anónimo á mister J., diciéndole que; su mujer lo traicionaba. ¿Puede. darse mayor infamia? Ud. que conoce perfectamente á esa señora, ¿no es un modelo de honradez y de virtud?
-Ciertamente.
-Sin embargo, su marido, que, es un, animal , tomó, la cosa á pecho y la estropeó malamente. La pobre señora, sufrió tanto con esa acción de su esposo, que estuvo á punto de abortar.
-¿Se convenció mister J., de que había procedido mal?
-Sí, y le pidió perdón; pero es tarde, porque ella no quiere reconciliarse y le ha entablado pleito de divorcio.
El silbato de. la locomotora, anunció que ya iba á partir el tren, y mister Chamberlain, corrió hacia un coche, despidiéndose en general de sus amigos.
Una vez en el vagón, y después. de sustituir su sombrero de fieltro por unos de esos gorritos que usan los jockeys, se entregó el inglés á sus meditaciones, a buscar el origen de esos anónimos que lo habían convertido un rubio Otelo, arrebatándole esa calma. de que antes disfrutaba.
Recordó los tres anónimos. Todos, tenían letra distinta y distinta redacción. Luego, habían sido escritos por tres personas, que estaban empeñadas en hacerle creer que su mujer lo engañaba. Esas tres personas, era segurísimo que andadan por ahí, contando que era un marido desgraciado, y la noticia seria el pasto de las conversaciones. El ignoraba todo esto, por aquello de que los maridos son los últimos que se enteran de las infidelidades de sus mueres.
¿Cómo y á dónde, se habian entendido su mujer y García? ¿En la oficina, cuando ella fué a convalecer? El inglés se encontraba perplejo, sin saber qué responder á las extravagantes preguntas que se hacía.
Hasta cuando recibió el segundo anónimo, su imperturbable individualidad, no se había conmovido; pero, al recibir el tercero, sintió que su cara ardía con más fuerza que si estuviera encendida por el alcohol, y que en su co razón, una mano le rasguñaba con fuerza, produciéndole un dolor angustioso.
Todo lo que en él había de calma y de confianza en su mujer, se había trocado en exaltación y en duda. Le parecía que el tren caminaba con demasiada calma, y si hubiera tenido poder, se habría trasladado con la rapidez de un rayo á su posesión de Germinal.
Cuando el boletero le pidió su contraseña, se sintió turbado, pues no recordaba adonde la había colocado. Después de registrar inútilmente sus bolsillos, se vió obligado á pagar un nuevo pasaje, con el veinticinco por ciento de recargó.
En Central, subieron al coche en que iba Chamberlain, varios ingleses, amigos de él, los que con sus charlas, lograron arrancarlo de la meditación en que se había sumido, desde que partiera el tren de Iquique.
-¿Adónde vas? le preguntó uno de ellos, en el idioma de la Albión.
-A Germinal.
-He oído decir que allá está tu señora, y que se acostumbra mucho en e oficina.
-El doctor, le ha recomendado los aires de la Pampa.
-Ahora que dices los aires de la pampa, me he acordado de nuestro compatriota J., á quien su mujer se la pegaba, diciéndole que iba á las oficinas á cambiar temperamento, siendo que su objeto era tener entrevistas con un amante á quien tenía ley.
-Tal salida, fué para Chamberlain un golpe mortal. Un mazaso, que le hubieran descargado de improviso en las espaldas, no le habría hecho tanto efecto. Estaba escrito que las conversaciones sobre adulterios, debían perseguirlo, torturando su alma, bastante maltratada con el último anónimo.
-Dicen que los rotos, están muy levantiscos, y que traman una conspiración, habló Chamberlain, tratando de variar el rumbo de la conversación.
-Ello es cierto, y lo que me tiene pensativo, es que el Intendente se niegue á aumentar las guarniciones de Policía. Parece qué ese nuevo gobernante, estuviera en connivencia con los trabajadores.
-Yo tuve una entrevista con él, le ofrecí indirectamente dinero, y me lo rehusó con dignidad.
Hubo un momento de silencio, en el que los ingleses, se entregaron á sus meditaciones, dejándose conducir en alas del ensueño á la conmoción obrera que presentían. Vieron masas enormes de hombres, mujeres y niños, aglomerarse delante de las administraciones, vociferando pidiendo á grandes gritos las cabezas de los administradores y demás empleados. Los hombres, estaban armados de révóivers, puñales y garrotes; las mujeres, hacían molinetes con las escobas. En algunas administraciones, los burgueses, asomándose por las ventanas, disparaban sus carabinas sobre la multitud, causando víctimas, lo que hacía prorrumpir al gentío, en aullidos de rabia. Los cadáveres de sus compañeros, despertaban en ellos mayor furia, y avanzaban hacia las cerradas puertas, embistiendo con tal ímpetu, que la madera saltaba, hecha astillas, y quedaba franca la entrada. Entonces, comenzaba una persecución sangrienta. Los asaltantes, recorrían las habitaciones y pasillos, tras de los empleados, á quienes el terror daba, piernas de gamo; algunos, lograban encaramarse á los techos, y otros, eran alcanzados y acribillados a palos y puñaladas.
La idea de que iba á producirse un gran movimiento, estaba tan arraigada entre los oficineros, que todos esos ingleses que iban en el coche de Chamberlain, pensaron en el mismo asunto, durante el tiempo que guardaron silencio.
¿Cuántos días vas á estar en Germinal, Chamberlain?
-Dos días.
-Entonces, convídanos allá, para pasar el 18.
-Es que aún no se si me quede un día.
El inglés, quería rehuir que hubieran testigos en la especie de policía que, iba á desempeñar con su mujer. Viendo sus amigos, que no quería invitarlos á Germinal, se despidieron en una estación, en la que quedaba cerca la oficina adonde se dirigían.
Al quedar Chamberlain solo en el coche, volvió á entregarse á sus meditaciones sobre el probable crimen de Isabel. Sentía rabia y pena, a la vez, y esas manifestaciones de su espíritu inquieto, lo afligían, hasta el extremo de que el llanto acudía á sus ojos. Si se hubiera encontrada en ese momento, en una habitación desierta, de seguro que rompe á llorar como un niño.
Hubo momentos, en que se arrepentía de lo que iba á hacer, y se proponía detenerse en la estación y regresar al día siguiente á Iquique, sin pasar á Germinal, pero la reacción se imponía luego, y los celos lo asaltaban nuevamente, encendiendo, su sangre y dándole bríos para concluir lo empezado.
El tren se detuvo en la estación cercana á Germinal, y Chamberlain como un autómata, bajó del coche, dirigiendose á un hotel, donde pidió alojamiento, El inglés, quería llegar á media noche, para sorprender á los infames, si es que era cierto que lo estaban engañando.
Las horas que transcurrieron, hasta que la noche cayó sobre el pueblo, fueron angustiosas para Chamberlain ,quien deseaba con ansia que acabara la incertidumbre que lo mataba. Para pasar el tiempo, empezó á beber algunas copas de whisky con soda.
Al hotelero, qué lo veía cabizabajo, y rehuyendo entrar en conversaciones con nadie, le llamó la atención su faz misteriosa, y creyó que se encontraba ante uno de esos casos raros de spleen, en que los ingleses acaban por suicidarse. Para evitar responsabilidades, llamó al jefe de la Policía, que pasaba en esos momentos frente al Hotel, y le dió cuenta de lo que pasaba.
-Dice usted que ha tomado alojamiento aquí, en vez de dirigirse á su oficina á donde está su esposa?
– Sí, señor.
-¡Ya caigo! Como se dice que el administrador le pone gorro, bien puede ser que el lo sepa, y se prepare para darle una sorpresa.
-Quizás eso sea.
-Así es que no tema usted nada. Hasta luego!
El oficial de Policía, que era gran amigo de García, quien lo habia recibido espléndidamente, cadá vez que habia visitado Germinal, se dirigió al aparato telefónico y poniéndose en comunicación con Luis, le avisó de que mister Chamberlain se encontraba en el pueblo.
García, dió un brinco al recibir la noticia, y después de agradecerla, corrió .á ponerla en conocimiento de Isabel, la que también la recibió con sorpresa.
Repuestos ambos amantes de la impresión que les produjera la nueva, se dieron un abrazó estrecho, al mismo tiempo que murmuraban:
-;Qué gringo tan bruto! Cree sorprendernos y nosotros ya sabemos lo que va á hacer.
-Es probable que llegue esta noche, y al dirigirse á tu habitación, te va á encontrar sola, y se convencerá de que estaba engañado. Já! ja! já!
-Voy á ponerle llave á la puerta, para que tenga que golpear. Yo, protesto é insulto al atrevido que viene a fastidiar mi sueño; tú, despiertas á la bulla, y te apareces en paños menores, lo que lo convencerá que no estabas conmigo. Después de mucho rato, abro, y veremos qué cara pone.
-¡Bien pensado, bravo! Ahora, vamos á darnos un beso bien rico, á su salud.
Dormia Germinal, envuelto en las tinieblas de una noche oscurísima, cuando mister Chamberlain, con los pantaloneslevantados hasta los tobillos, cruzaba el camino que va de la estación á la oficina, tropezando á cada momento con las costras y con los durmientes de la línea férrea.
Había momentos, en que el inglés se iba de bruces al suelo, y otras, en que se daba tan feroces encontrones, que tenía que detenerse, para esperar que le calmaran los dolores á los callos.
-Maldita sea la hora, decía en su idioma, que me he; metido en esta aventura! Lo único que falta es que me atraque un bandido y me despache para el otro mundo.
El camino le pareció demasiado larguísimo é interminable. Hacia un frío terrible; que le endurecía los huesos, impidiéndole andar
Por fin, después de una larga caminata, que le pareció de muchas leguas, divisó los focos de luz eléctrica de la oficina. A medida que se iba acercando, veía las demás luces de la máquina, que daban á esa sección de la elaboración, un aspecto de altar de iglesia, muy iluminado.
Al entrar al campamento, los perros vagabundos, que dormitaban, cerca de las paredes de calamina, se abalanzaron sobre él, y tuvo que hacer prodigios con su bastón, para evitar dejar algunos pedazos de pantorrilla entre sus dientes.
El sereno Antonio, que dormitaba en el corredor de la administración, despertó á la gritería de los canes, y sacando su revólver, corrió en dirección al sitio de la pelotera.
-¿Quién eres? le dijo á su patrón, sin conocerle.
—Soy Chamberlain, Antonio!
-¡Hola, patroncito! Dispense que no lo había conocido. ¿Qué le ha pasado?
-Venía esta tarde, á caballo, para acá, y en mitad del camino, me botó al suelo el animal, dejándome aturdido. Hace poco volví en sí, me paró y dirigí mis pasos á la oficina.
-¡Cuánto lo siento! Si usted hubiera avisado que venía, habría ido de aquí un propio á recibirlo.
Habían llegado á la administración, y Chamberlain, le dijo á Antonio:
-No hagamos ruido, para no despertar á nadie. Llévame hasta la puerta del cuarto de mi mujer, y déjame ahí.
Antonio, condujo á su patrón hasta el sitio que deseaba, al mismo tiempo que decía:
-¡Se fregaron! Esta noche, como todas, debe estar el señorito durmiendo con ella, y la pillada va á ser madre. Cómo quisiera que lo supiera la Anastasia!
Sucedió lo que había previsto Isabel. El inglés, furioso, descargaba golpes en la puerta del cuarto donde dormía su mujer, la que contestaba, bastante enfadada, que no podía abrir, y que era un abuso muy grande, el que se le tocara á esa hora de la noche. Los perros, que dormían en el corredor, cargaron sobre Chamberlain, y se armó una bulla fenomenal.
En ese momento, apareció Luis en paños menores, armado de un revólver. Chamberlain, al verlo, comprendió la terrible realidad; es decir, que cada uno de los que él creía encontrar en un mismo lecho, escarneciendo su honra, se hallaban durmiendo en distintas habitaciones, lo que significaba que no existía tal traición.
No tuvo más remedio que seguir la farsa dicha á Antonio, de que el caballo que lo conducía, lo había arrojado al suelo.
Todos, lamentaron lo sucedido. Luis é Isabel, lo abrazaron, deplorando la desgracia, que había puesto en peligro su vida.
Chamberlain, aquella noche, se acostó en uno de los lechos que había en el dormitorio de su esposa, no para dormir, sino para entregarse á sus pensamientos sobre el feo papel que había hecho, no descubriendo nada.
Isabel, tampoco durmió. La presencia de su marido, en su misma habitación, la fastidiaba, le causaba fiebre. Si ella hubiera podido, lo habría, arrojado a la calle, para verse libre de semejante fastidio.
En años anteriores, el 18 de Septiembre, era recibido con grandes preparativos, tanto por los operarios chilenos, como por los peruanos y bolivianos. Todos, contribuían con su bolsillo y con su persona, para hacer de ese aniversario americano una gran fiesta.
Se confeccionaban programas, en los que figuraban el himno nacional, los cohetes, globos, carpas y demás diversiones populares.
Las oficinas, instigaban por debajo de cuerda a los trabajadores, para que se divirtieran, con el objeto de que le compraran licores, conservas y géneros, en la pulpería.
Ese año, los obreros, habían prescindido de esa celebración, llamando la atención de los administradores, que no podían calcular por qué se mantenían tan retraídos, hasta el extremo de olvidar el aniversario patrio.
Amaneció el 18 de Septiembre, día en que debla efectuarse la gran reclamación, y esa vez, las banderas chilenas no flamearen sobre las bohardillas; permanecieron guarda-das en los baúles para que no presenciaran las escenas que se iban á desarrollar.
Como de costumbre, todas las faenas habían quedado en descanso. Los calderos, dejaron de ver, una vez al año, sus entrañas abrasadas por el fuego; los cachuchos, se enfriaron; las ruedas y poleas, quedaron inmóviles, y la paz más grande reinó sobre lo que, veinticuatro horas atrás, eran centros de actividad.
Los operarios, despertaron bien tarde en sus lechos. Quisieron darse el lujo de dormir un poco más, vengándose del tintineo desesperante de otras veces, en que el sereno los obligaba, con el toque de la campana, á dejar la cama, en medio de un frío de cordillera.
No había ningún signo de rebelión; nada que denotara catástrofes. Una calma chicha, flotaba sobre la Pampa, llevando la tranquilidad á las almas de los burgueses, que no sabían interpretar el olvido de los chilenos, para celebrar el tradicional 18.
-Dice usted compadre, decía Chamberlain á García, que no se ha arreglado ningún programa de fiestas?
-Nó, y ello me llama la atención.
-¿Qué pretenderán estos rotos? ¿No ha averiguado Antonio, lo que quieren?
– Nó. Antonio, se ha vuelto muy tonto.
-Dejémosnos de pensar en que pueda suceder algo, y almorcemos bien hoy, en conmemoración de la independencia chilena. ¿No te parece, Isabel?
-Sí, hijo.
A las ocho de la mañana, los operarios de todas las oficinas, con gran alarma de los empleados, empezaron á reunirse en las plazoletas, frente, á las administraciones, observando la mayor compostura. Todos guardaban silencío, revistiendo los comicios de solemnidad. Algunos, conversaban en voz baja, trasmitiéndose las órdenes de los representantes de Juan Perez.
Los burgueses, movidos por un mismo impulso, se dirigieron á los aparatos telefónicos, para poner sobre aviso á las guarniciones de Policía, y solicitar su presencia; pero, por más que dieron vuelta á los manubrios, nadie les contestaba. Los operarios, habían tenido la buena idea de destruir los alambres telegráficos y telefónicos de toda la pampa. De esa manera, las oficinas estaban incomunicadas con Iquique.
Cuando las oficinas de los telégrafos del Estado, la del Ferrocarril Salitrero, y la Central de Teléfonos, notaron los cortes simultáneos de todas las lineas, dieron parte á la autoridad de lo que ocurría. Los respresentantes de las oficinas, radicados en Iquique, corrieron á la Intendencia, á solicitar el auxilio de la fuerza pública, alegando que ese rompimiento de alambres, indicaba algo muy grave.
Inmediatamente, salió de Iquique un convoy, compuesto de dos máquinas y muchos carros, en los que Iban trescientos soldados, sacados de los cuerpos de la guarnición, inclusive de la Policía. El tren, llegó hasta la estación de Carpas, y ahí se detuvo, porque la línea aparecía destruida, en una longitud de tres cuadras. Durante la noche, los futuros reclamantes, habían quitado y despedazado los rieles, teniendo en cuenta que de Iquique subiría tropa a la Pampa.
El convoy, tuvo que regresar á la ciudad, á llevar cuadrillas de carrilanos, mecánicos é ingenieros, para reconstruir la línea, mientras los soldados, seguían el camino de á pie, con un sol que los abrasaba.
A las nueve, más ó menos, los grandes grupos de trabajadores, se pusieron en movimiento, guardando uniformidad, hacia los escritorios. A la cabeza, iban los representantes de Pérez, quienes debían hacer uso de la palabra, en nombre de sus compañeros. Avisados los administradores de que la gente pedía hablar con ellos, tuvieron que presentarse, pálidos y temblorosos, ante las muchedumbres de esclavos, á quienes tanto mal habían hecho.
Los delegados de los obreros, expusieron en breves palabras, que los operarios pampinos, cansados de ser por
tanto tiempo víctimas de las inicuas explotaciones e inhumanidades de los capitalistas, exigían las siguientes
reeformas en las oficinas:
Supresión de vales y fichas, y pago semanal.
Libre comercio.
Indemnización, por muerte, heridas ó enfermedad, contraídas en las faenas.
Asistencia médica gratuita.
-Aumento de salario, en un cincuenta por ciento.
Pago proporcional de las carretadas de caliche, rechazadas por malo.
Habitaciones higénicas y aseo en los campamentos.
Los administradores, se encontraron perplejos ante semejantes pretensiones, y contestaron que consultarían con sus respectivos superiores; pero los obreros, exigieron que se les diese inmediatamente contestación, porque en caso contrario, no respondían de las consecuencias. Al decir lo último, la presentación pacífica, se iba trocando en asomos de tempestad. El lenguaje tranquilo y moderado, adquiría mayor vigor.
Sucedió, entonces, en parte, lo que los gringos amigos, de Chamberlain, presintieron, en el vagón del Ferrocarril. Como todos los administradores, contestaron que nada podian prometer á los operarios, éstos, los hicieron prisioneros, y después de ponerlos en buen recaudo, para que sus vidas estuvieran á salvo, se lanzaron sobre las casas de los empleados y las pulperías, sacando lo que había de comestibles y bebidas, y entregando lo demás á las llamas del incendio.
Grupos compactos, se abalanzaban sobre los ingenios,maquinarias y maestranzas, destrozando cuanto encontraban á su paso. La parafina, era sacada de las bodegas, y esparcida por todas partes, para provocar el fuego.
En una hora, todas las oficinas, quedaron convertidas en escombros, en ruinas lamentables. Las guarniciones de Policía, habían tenido el buen tacto de no acudir á intervenir, para que no peligraran la vida de sus soldados. La tropa que saliera de Iquique, y que de Carpas, se dirigiera á pié hacia las oficinas, llegó cuando todo había terminado.
Pero, no hubo una vida que lamentar. La sangre no corrió. Los trabajadores, se vengaron en las propiedades de sus verdugos, respetando sus existencias. El plan de Perez, fué cumplido en toda sus partes. La consigna, era arruinar á los oficineros, y lo consigueron, sin recurrir á asesinatos, que habrían sido un borrón, para los iniciadores del gran reclamo.
Cuando Perez, vió que el proletariado estaba vengado, y que nada quedaba por hacer, dió por terminada su labor, y dando un adios á la tierra donde tanto sufriera, se encaminó en dirección á las sierras.
Después, hombres, mujeres y niños, cubrieron la inmensa pampa, formando una gigantesca romería, que diri gía sus pasos hacia el Oriente, á Bolivia.
Iban allá, a ese país del frío, á buscar entre los habitantes de la altiplanicie, un pedazo de suelo y un pan dulce, que les negaba su propia patria.
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Años después, Luis García é Isabel, vegetaban por las calles de Valparaíso, en medio de la miseria más espantosa. La adúltera, al ver á su marido arruinado, lo había abandonado, para seguir su amante.

FIN DE TARAPACÁ