Memoria Nortina

Roberto Silva Renard, el general represor

EL GENERAL REPRESOR DE LA “HUELGA DE LOS 18 PENIQUES”.
TARAPACÁ, DICIEMBRE DE 1907.
Mario Zolezzi Velásquez
El general de división Roberto Silva Renard (1855-1920) prestó servicio en el Ejército por espacio de 39 años (Hoja de Servicio, Archivo General de Guerra, Ministerio de Defensa) Habla seguido la misma carrera de su padre, el coronel JoséMaría Silva Chávez, “militar ilustrado, de carácter recto pero duro” (F. A. Encina, Historia de Chile, tomo 13, p. 339), que durante la revolución de 1859, estando al mando de una fuerza gobiernista de línea, fue derrotado en Los Loros por los rudos mineros atacameños acaudillados por el empresario de minas Pedro León Gallo, sublevado contra el gobierno de Manuel Montt. Medio siglo después el hijo del jefe militar venci­do en Los Loros, el coronel Roberto Silva Renard a fines de 1907, recibió la misión del gobierno de Pedro Montt, hijo del Presidente Manuel Montt, de enfrentarse a mineros, pero no en el campo de batalla, sino a trabajadores huelguistas de las Oficinas Salitreras de Tarapacá, El Coronel Silva Renard con tropas del Ejército y la Armada, en cumpli­miento de una perentoria arden oficial, hizo desalojar sangrientamen­te a los huelguistas de dos puntos de Iquique, al negarse a abandonarlos. Así ese jefe militar reprimió la “Huelga de los 18 peniques; formidable movimiento de reivindicación social de los obreros de las sali­treras tarapaqueñas.‑
En abril de 1879, cuando Chile ya había declarado la guerra al Perú, Roberto Silva Renard fue nombrado alférez en el regimiento núm. 1 de artillería, con lo cual inició su participación en la “Guerra del Pacifica”, donde alcanzó el grado de capitán. En la batalla de Chorrillos (enero de 1881), sufrió la sensible pérdida de su hermano Carlos, segundo jefe del Regimiento Talca, a consecuencia de una gravísima herida a bala del enemigo.
Fue ascendido a sargento mayor graduado en 1886, y al año siguiente a sargento mayor efectivo. Entre 1889 y 1890 tuvo algunas destinaciones y comisiones.
En mayo de 1890, durante el grave conflicto entre el gobierno del Presidente José Manuel Balmaceda y el Congreso, mayoritariamente opositor, hubo bochornosos incidentes en un banquete castrense en homenaje a la victoria de Tacna (mayo de 1880), que se originaron cuando un militar brindó en honor del general José Velásquez, Ministro de Guerra, sobrevi­viendo una silbatina de reprobación de asistentes favorables a la oposición, entre los cuales se encontraba el sargento mayor Roberto Silva Re­nard. El banquete terminó a bofetadas entre unos oficiales. Se decretó un sumario, sancionándose a los implicados en los incidentes, que recayeron en el coronel Estanislao del Canto, el sargento mayor Silva Renard, etc. (General Estanislao del Canto, Memorias Militares, p.420)
El conflicto entre el Ejecutivo, que defendía vigorosamente el régimen presidencialista, y el Congreso, que sostenía tenazmente el régimen parlamentario, culminó cuando el Presidente Balmaceda manifestó al país el 1 de enero de 1891 que se encontraba gobernando a Chile sin ley de presupuestos y sin que se haya renovado la ley que fija la fuerza de mar y tierra, porque la mayoría parlamentaria las había dejado sin aprobación por no haberse sometido “a la dictadura parlamentaria” que deseaba “adueñarse del gobierno por ministros de la confianza de la mayoría del Congreso”. Días después, el 5 de enero, decretó que mientras se dicta la ley de presupuestos para 1891, regirán las que fueron aprobadas para 1890.
La mayoría congresista reaccionó destituyendo al Presidente Balmaceda por estar en “abierta rebelión contra el orden constitucional”, designando al capitán de navío Jorge Montt” para que coadyuve a la acción del Congreso a fin de restablecer el imperio de la Consti­tución” (F. A. Encina, Historia de Chile, tomo 20, pgs. 65-66) Sobrevi­no la sublevación de la Escuadra contra el Gobierno para cooperar en la misión que había encomendado el ‘Parlamento al capitán de navío Jorge Montt, que fue nombrado jefe de una división naval para dicho objetivo. Era el comienzo de una cruenta guerra civil.
Días después de la insurrección de la escuadra (7 de enero de 1891), Silva Renard fue destinado al Estado Mayor de Plaza de Santiago. Dice Encina que los enemigos de Balmaceda hicieron empeñosas gestiones subversivas en la guarnición de Santiago, las que fracasaron completamen­te. “El pronunciamiento de la guarnición de Santiago evitaba la larga y cruenta guerra civil que era la otra solución del conflicto ( Historia de Chile, tomo 20, pgs. 78-79)
Un importante grupo de jefes, oficiales y civiles afectos a la causa del Congreso esperaban la oportunidad para reunirse con las fuerzas de la Armada que iniciaba la campaña militar para apoderarse de las provincias del norte, en especial, la de Tarapacá, con su vital puerto de Iquique. Entre los oficiales deseosos de participar en la lu­cha armada contra el gobierno de Balmaceda se encontraba el sargento ma­yor Silva Renard.
La caída definitiva de Iquique en manos de las tropas con­gresistas (20 de febrero de 1891) fue un serio revés para el gobierno de Balmaceda. Pero el golpe mortal para el dominio gubernamental en Ta­rapacá lo constituyó la rotunda victoria obtenida por los congresistas en Pozo Almonte (7 de marzo de 1891). La oposición se posesionó de la rica provincia de Tarapacá, con la cuantiósa” renta del salitre” que generaba la exportación del “oro blanco” tarapaqueño, la que iba a ser­vir para la Organización de un ejército con el propósito de derrotar al ejército gobiernista y precipitar la dimisión del Presidente Balmaceda.
No tardó en darse realidad los anhelos de Silva Renard de unirse a los congresistas que dominaban la provincia de Tarapacá, gracias a la sublevación del transporte gobiernista “Maipo”. Integró un escogido grupo de jefes y oficiales que furtivamente salió de Santiago, para embarcarse en el “Maipo” con destino a Iquique. Por esta deserción Silva Renard fue borrado del Escalafón General del Ejército por arden del Gobierno.
El 14 de marzo de 1891 el transporte “Maipo” llegó a Iqui­que, Silva Renard se incorporó al ejército congresista, llamado oficialmen­te constitucional, siendo ascendido a teniente coronel, Fue nombrado comandante de la segunda brigada de artillería de línea, pues pertenecía a esa arma del Ejército. {Hoja de Servicios, Archivo General de Guerra, Ministerio de Defensa)
La Junta de Gobierno de Iquique, con jurisdicción en las pro­vincias de Tacna, Tarapacá, Antofagasta y Atacama organizó un ejército expediconario, dividido en tres brigadas, en las cuales se enrolaron obre-ros de las Oficinas salitreras de Tarapacá y Antofagasta, y mineros de Atacama. Silva Renard se integró a la fuerza expedicionaria, que fue transportada por via marítima, desembarcando en Quinteros, el 20 de agosto de 1891. Participó en las decididas batallas de Concon (21 de agosto) y La Placilla (28 de agosto), donde los congresistas vencieron completamente a las tropas gobiernistas, provocando la renuncia del Presidente Balmaceda, que luego se suicidó.
En reconocimiento a sus servicios en favor del triunfo de la causa del Congreso, fue ascendido a coronel de Ejército (noviembre de 1891), por disposición de la Junta de Gobierno que había asumido provi­soriamente el mando supremo del país.
La sangrienta victoria del Congreso sobre el Ejecutivo presi­dido por Balmaceda, que propuso una visionaria política salitrera, permi­tió la instauración del régimen parlamentarista (1891-1925), cuyo fracaso y fin fue vaticinado por el derrocado Presidente en su Testamento Políti­co. Durante ese desprestigiado régimen político-social la llamada “Cues­tión Social” originó un inquietante malestar de la clase obrera, en espe­cial, en el norte salitrero, el que culminó en los trágicos sucesos de Iquique (21 de Diciembre de 1907), donde el Coronel Silva Renard desarro­lló una durísima acción represiva.
En el periodo 1892-1897 recibid determinadas destinaciones y co­misiones. A fines de 1897 fue nombrado Jefe de la Primera Zona Militar y Comandante General de Armas. de Tarapacá, en reemplazo del coronel José Ignacio López, que había sido comandante de. la primera unidad que se for­mó en el ejército congresista: el batallón Constitución número 1.
Este nombramiento permitió a Silva Renard reencontrarse con la provincia de Tarapacá, a la cual había llegado 7 años atrás como sargento mayor desertor del ejército gobiernista para ponerse a la órdenes de las autoridades congresistas de Iquique (1891) Ahora arribaba a Iquique (enero de 1898) con el grado de coronel- .fin de asumir el cargo de Jefe de la Primera Zona Militar, que tenía jurisdicción sobre las provincias del norte
Eh el desempeño de ese alto cargo castrense que mantuvo hasta principios de 1899, Silva Renard gracias a su inquebrantable voluntad y decidido empeño “consiguió, a pesar de las muchas dificultades que luchaba, preparar debidamente la Guardia Nacional” en la la. Zona Militar (El Tarapacá, 8 de enero de 1899), cuando había grave amenaza de guerra con Argentina por la cuestión fronteriza de la Puna de Atacama.
Tarapacá vibró de patriotismo en aquellos difíciles momentos para el país. “Aquí en la pampa, donde el patriotismo de los chilenos está tan desarrollado, donde la querida estrella irradia con luminosos fulgores, aquí en estas cálidas regiones donde más se ama a la Patria”, señala El Nacional, del 27 de enero de 1898.
En Iquique se organizó el Comité Patriótico, el que se amplió a los representantes de las sociedades obreras. El Coronel Silva Renard asistía a las reuniones del Comité, que se encargó de recolectar los aportes populares con la finalidad de ayudar a la adquisición de un po­deroso buque para la Armada. Esa iniciativa encontró entusiasta acogida en Iquique y las salitreras.
El acuartelamiento en Iquique de los milicianos de la Guardia Nacional de Tarapacá motivó manifestaciones patrióticas. Un tren recogió a los milicianos de las Oficinas del norte. Otro tren lo hizo con los que provenían de las salitreras del sur . Los dos convoyes ferroviarios se encontraron en la Estación Central y juntos arribaron a Iquique.” El entusiasmo en la Pampa entre la gente trabajadora es increíble” (El Na­cional, 8 de julio de 1898) Los milicianos de Iquique y la Pampa inicia-ron su servicio militar en la Guardia Nacional, creada en 1896 para ayu­dar a la defensa del país en caso de guerra exterior. En la revista mili­tar del 18 de Septiembre ante la atenta mirada de Silva Renard desfila-ron los milicianos. La enorme concurrencia a la parada pudo observar “la sólida instrucción militar que en pocos de 2 meses han recibido los jóve­nes de la Guardia Nacional” (El Nacional, 21 de septiembre de 1898)
Mientras la economía nacional soportaba el gravoso peso de los gastos militares por el conflicto fronterizo con Argentina, en Julio de 1898 sobrevino una grave crisis económica ante persistentes rumores sobre el cambio del régimen monetario. Estalló el pánico de los depositantes de los bancos, que frenéticamente comenzaron a retirar sus depósitos eh oro. Para evitar la quiebra de las instituciones bancarias, se estableció un feriado bancario de 4 días; y una moratoria de 30 días. Se produjo una gran escasez de circulante. El Gobierno tuvo que suspender el régimen del patrónoro, volviéndose al papel moneda, autorizándose la emisión de billetes fiscales de curso forzoso, pagaderos en pesos oro de 18 peniques, con posterioridad al primero de enero de 1902. Para lo cual se formó un ‘Fondo para realizar la conversión metálica. El régimen del patrón oro significaba la ansiada estabilidad del cambio afirmaban sus partidarios
En Tarapacá la crisis económica causó una inquietante falta de dinero para el pago de los trabajadores de las Oficinas salitreras y de los del embarque de salitre, que de prolongarse podía tener funes­tas consecuencias. Para afrontar ese problema monetario las casas sali­treras y el alto comercio de Iquique acordaron pagar transitoriamente a los obreros con “certificados de depósito”, emitidos por la Asociación Salitrera de Propaganda y el alto comercio (El Nacional, 14 de Julio de 1898)
La conversión metálica tuvo que ser postergada sucesivamente. El régimen del papel moneda continuó, desprestigiándose cada vez más con las posteriores emisiones, que hacían bajar el cambio y depreciar la moneda, originando el alza de los precios de primera necesidad de la clase obrera y la disminución del poder adquisitivo de sus salarios. En cambio se veían favorecidos Pon la desvalorización de la moneda los agricultores con deudas hipotecarias contraídas en pesos-papel, y los especuladores de la Bolsa. La calda del cambio hizo crisis en 1907. El malestar obrero desembocó en movimiento de reivindicación social en Tarapacá, donde nuevamente Silva Renard era Jefe de la Primera División Militar y Comandante General de Armas de Tarapacá;
Cuando pe estaba alejando la amenaza de guerra de Argentina, gra­cias a las gestiones diplomáticas para solucionar la candente cuestión de la Puna de Atacama, Silva Renard dejó la jefatura de la Primera Zona Militar , al ser nombrado miembro de la Comisión Calificadora de Servi­cios del ejército. Su alto cargo fue ocupado por el general de brigada Wenceslao Bulnes. Un grupo de amigos del ex Jefe Zonal le ofreció un banquete ex su honor en el Club de la Unión, entre los asistentes se encontraba el abogado Arturo del Río, caudillo del balmacedismo tarapaqueño.
Tiempo después que el coronel Silva Renard se alejó de la Jefa­tura de la Primera Zona Militar, denunció a su anterior jefe, el coronel José Ignacio López, de manejo irregular de los fondos de la Primera Zona
(El Nacional, 28 de septiembre de 1899)
Para estudiar y resolver el bullado asunto planteado por Silva Renard, se formó una “Junta Revisora de Cuentas” de la contabilidad de esa zona militar durante la época que la comandó el coronel López.
El coronel López expresó que una vez que esa Junta terminara su labor, iba retar a duelo a Silva Renard, el que finalmente no se pudo realizar por orden superior.
Con motivo de la denuncia del coronel Silva Renard contra el coronel López, un diario de Santiago hizo un comentario al respecto: El Ejército está dividido entre militares “meritorios que cumplen simplemente sus deberes, y ambiciosos ‘pechadores que tratan de hundir a los que están arriba para sucederles. Estos pechadores están encabezados por el Gral. Boonen Rivera encubiertamente instiga- a los propaladores tra López” (El Nacional, 29 de septiembre de 1899)
El bullado caso promovido por el coronel Silva Renard terminó favorablemente al Coronel López, que quedó absuelto, reconociéndose “que durante su administración de la Primera Zona no hubo errores e incorreccio­nes que justifiquen los cargos y dudas hechas por el coronel Silva Renard ( La Patria, 6 de enero de 1900)
En el período 1901-1903 ocupó sucesivamente la jefatura de la Cuarta y Tercera Zona Militar, y fue miembro en la Comisión Calificadora de Servicios. Estando en esa Comisión recibió el nombramiento de fiscal ad-hoc en el proceso mandado a instruir “por la conducta observada por la marinería en los desordenes de la huelga de Valparaíso el 12 de mayo último (El Nacional, 8 de julio de 1903) Siendo Ministro de Interior Ra­fael Sotomayor G., en ese puerto estallaron sangrientos disturbios duran-te una huelga de estibadores, lancheros y tripulantes, en los cuales, se­gún denuncia del Intendente de Valparaíso elevada al conocimiento del Go­bierno “ la tropa de marinería habla rehusado, en repetidas ocasiones, ha­cer fuego sobre los huelguistas e inclusive se habla sumado a los actos de saqueo” ( Claudio Véliz, Historia de la Marina Mercante de Chile, Santia­go, 1961, p.290)
Por segunda vez fue nombrado Jefe de la Primera Zona Militar y Comandante General dé Armas de Tarapacá. En octubre de 1903 llegaba a Iquique para asumir sus funciones castrenses. Días después de su llegada a la capital tarapaqueña, se manifestaba el malestar obrero en la pampa salitrera, Un meeting en Alto de San Antonio fue disuelto por la policía (1 de Noviembre) Otro meeting se realizó en ese pueblo salitrero a mediados de Noviembre de 1903, con la finalidad de protestar por un proyecto de ahorro obligatorio para los trabajadores de Tarapacá. En la Oficina Centro Lagunas hubo una protesta obrera contra los vales que emitía esa Oficina, en consideración al acuerdo de los salitreros de canjear las fichas en moneda corriente a la par (El Nacional, 4 de Di­ciembre de 1903) Los acontecimientos citados motivaron al Intendente A. Gana Urzúa a realizar un viaje a las Oficinas del sur, donde escuchó los reclamos de los trabajadores. El Nacional, el 19 de diciembre de 1903, señala que el Intendente en un informe recomendará al Gobierno la urgente necesidad de tomar algunas medidas “ para lograr así el adveni­miento pacífico y armónico que restablezca de una vez por todas las re­laciones, por desgracia, no muy cordiales que existen entre el capital y el trabajo en esta provincia”.
En marzo de 1904 Silva Renard integró la comitiva de autori­dades locales de Iquique que subió a bordo del crucero-acorazado “O’Higgins” a saludar al Ministro de Interior Rafael Errázuriz U., que presidía la Comisión Consultiva de Tarapacá y Antofagasta, la cual había llegado con la misión de conocer de cerca la situación de los trabajadores de las salitreras y sus reclamos. Tropas de la guarnición desfilaron en honor del Ministro Errázuriz Urmeneta.
El jefe de la Primera Zona Militar figuró entre los asistentes al banquete ofrecido en honor del Ministro de Interior, quien en ese acto social pronunció un discurso: “ observaremos de cerca las condiciones en que se desarrolla la gran industria del salitre y la situación especial del elemento trabajador con el propósito de indicar medidas prudentes que tiendan a mantener en todo instante la necesaria armonía entre uno (capital), y otro (trabajo)”,refiere El Nacional, el 16 de marzo de 1904.
La sociedad iquiqueña conoció por la prensa local el informe de la Comisión Consultiva de Tarapacá y Antofagasta sobre su visita a esas provincias salitreras. Allí se manifiesta claramente “ que nos encontra­mos enfrente de un malestar efectivo que se manifiesta de manera obsten­sible en las relaciones de los empresarios y de los asalariados, y que ese malestar ha de proyectar consecuencias sociales y políticas de carácter peligroso si no se adoptan medidas eficaces e inmediatas” (La Patria, l8 de abril de 1904) Lamentablemente esa seria advertencia fue desoída por el desprestigiado régimen parlamentarista, La tozudez de la oligarquía dominante hizo posible que tiempo después Tarapacá fuera conmocionada por una gran huelga que tuvo un trágico fin (1907)
Silva Renard, que ostentaba el grado de general de brigada desde junio de 1904, viajó a Santiago por asuntos de servicios de la Primera Zona Militar. En la capital conversó con “El Mercurio”, al que expresó que venía sobre todo para tratar la distribución de los cuerpos en la Zona y el mejoramiento de la situación de la oficialidad y soldados “porque la vida en el norte es casi el doble más caro que en Santiago, mo­tivo por el cual los militares consideran un castigo que se les envíe allí; Añadió- que el Gobierno estaba preocupado que el Congreso Nacional aproba­ra un proyecto de ley que otorgaba una gratificación del 40 % para el per­sonal de la Zona.
En relación al cumplimiento del Servicio Militar Obligatorio, Silva Renard expresó a “El Mercurio” que en su Zona como en el resto del país es bastante malo “ a excepción honrosa hecha en la provincia de Ta­rapacá, donde acudieron casi todos los conscriptos” (E]. Tarapacá, 9 de agosto de 1904)
El proyecto de ley al que se refiere Silva Renard fue aproba­do por el Parlamento, convirtiéndose en ley que empezó a regir a partir del primero de Octubre de 1904. La ley estableció una gratificación al personal militar (con la excepción de los cirujanos), que prestan . sus servicios en los cuerpos y secciones del Ejército, residentes desde Taltal al norte. Los generales, jefes, oficiales y asimilados gozaran de una gratificación equivalente al 40 % de los sueldos que fija la ley del primero de febrero de 1903. Se fijó también una gratificación anual a los sargentos primero y segundo; cabos primero y segundo; soldados y asimilados. Y a los conscriptos se les otorgó una gratificación de cinco pesos mensuales. (E]. Tarapacá, 24 de septiembre de 1904) La gratificación beneficiaba a. los militares que se prestaban servicios en las provincias salitreras de Tarapacá y Antofagasta.
En septiembre de 1904 tuvo que intervenir enérgicamente para terminar con una importante huelga que había estallado en el cantón de El Toco, al interior de Tocopilla, en la provincia de Antofagasta, en cumplimiento de una arden del Gobierno de Germán Riesco.
El Toco era un importante distrito salitrero de la provincia de Antofagasta, cercano a les límites con Tarapacá. Un ferrocarril lo comunicaba con el puerto de Tocopilla. Entre las Oficinas del Toco sobre-
La huelga en El Toco impulsó a las casas salitreras de Toco-pilla a solicitar al General Silva Renard, Jefe de la Primera Zona Militar, que en El Toco se instale permanentemente una respetable fuerza de caballe­ría que no debía tener menos de 200 hombres. Sostenían que ese destacamen­to “ se mantendría siempre la tranquilidad y la confianza que necesitamos para explotar nuestra industria y creemos que la presencia de esta tropa será también muy útil al gobierno de la República, pues evitará en lo futu­ro las alarmas y los fuertes gastos en movilizaciones de tropas, etc, que originan las huelgas”, informa “El Tarapacá, 2 de Octubre de 1904.
El General Silva Renard en oficio dirigido al Ministro de Guerra, en relación a la petición de los salitreros del departamento de Tocopilla, expresa que para resguardar el cantón de El Toco debía acantonarse allí un destacamento de 150 hombres de caballería. Añade “que los industriales fre­cuente ofrecen cuarteles y seguramente se avendrían, como lo han dicho hasta ahora, a proporcionar también agua, forraje y rancho” (El Tarapacá, 2 de Octubre de 1904) Pero considerando que habían similares solicitudes de los salitreros de Antofagasta y Taltal, se podía satisfacer adecuadamente todas esas necesidades con la organización de un regimiento de gendarmes para toda la provincia de Antofagasta. Finaliza Silva Renard su oficio solicitando al Ministro de Guerra patrocine la petición de las casas salitreras de Tocopilla ante el-Ministro de Interior, que la resolución gubernativa se extienda a toda la provincia de Antofagasta.
Un diario de Santiago, “El Porvenir”, al referirse a la huelga ocurrida en El Toco, señala que “ es la ocasión para recordar la obligación que hay de preocuparse en el problema obrero del Norte (El Tarapacá, 1 de Octubre de 1904)
Poco después de su enérgica actuación en la huelga en el cantón de El Toco, Silva Renard dejó la Jefatura de la Primera Zona Militar en Noviembre de 1904. Fue nombrado miembro de la Comisión Calificadora de Servicios del Ejército. El antiguo cargo de Silva Renard fue ocupado por el Coronel Juan de Dios Vial Guzmán”, de espíritu tranquilo y conciliador” y porque “ ha hecho estudios especiales sobre la cuestión obrera del Norte, manifiesta “La Patria, el 8 de noviembre de 1904.
Se vinculó con la sociedad iquiqueña, al contraer matrimonio en la capital tarapaqueña (febrero de 1905) con la señorita Ana Lafrentz Mar­quesado, “ una de las flores más preciadas de la ciudad” (“El Tarapacá, 12 de febrero de 1905) Su padre era Carlos lafrentz, conocido miembro de la colonia peruana residente en Tarapacá. La ceremonia religiosa se reali­zó en la iglesia vicarial (hoy catedral) Al salir de la iglesia los no­vios fueron saludados por la banda del regimiento “Carampangue”.
Recibió un nuevo nombramiento en abril de 1905: Jefe del Depar­tamento del Personal del ejército, cargo que desempeñó por muy poco tiem­po, pues en junio de ese año asumió el mando de la Segunda Región Militar, la más importante del país, ya que tenía jurisdicción sobre las provincias de Valparaíso, Sántiago, etc.
Durante el tiempo en que silva Renard ejerció el mando de la segunda Zona Militar, en Santiago (Octubre de 1905) se realizó una protesta popular contra el impuesto a la carne argentina que terminó en cruentos desórdenes promovidos por enfurecidas turbas. Las tropas de la guarnición se encontraban fuera de la ciudad, realizando maniobras. Para hacer fren­te a los amotinados la policía contó con él apoyo de civiles de la “alta clase” y bomberos a los que se les distribuyó armas y municiones, El gobierno ordenó el inmediato regreso de las tropas a la capital. El arden público y la tranquilidad fueron restablecidos con un doloroso número de muer­tos y heridos, además de destrozos en bienes públicos y privados.
Los violentos disturbios desatados por el pueblo en Santiago pu­sieron de manifiesto descarnadamente la existencia de la “Cuestión Social” en el país. El diario “El Porvenir” al respecto comenta: “ que después de los sangrientos sucesos ocurridos se hace necesario robustecer sólida-mente el principio de respeto al arden y a la autoridad constituida” (“El Nacional, 26 de Octubre de 1905)
Días después de los gravísimos disturbios, se reunieron en el Ministerio de Guerra los generales Körner, Palacios y Silva Renard. Se acor­dó reforzar los cuerpos que se hallan en guarnición en los puertos y San­tiago. “El efectivo de línea del Ejército será de 6.000 y el de conscrip­tos de igual número. El General Silva Renard y el Coronel Soto quedarán encargados de presentar un presupuesto para el mayor gasto” (“El Nacional, 4 de noviembre de 1905)
Silva Renard desempeñó la presidencia de la Comisión Militar de Chile en Europa (marzo de 1906-marzo de 1907) Después ocupó nuevamente ese mismo importante cargo (1909-1911) En esos años era notorio el espíritu germánico en el Ejército Chileno, forjado por instructores militares alemanes que establecieron la organización y rígida disciplina prusiana del poderoso Ejército Imperial. Reflejo de la cordialidad chileno-alemana en el plano castrense, el Kaiser Guillermo II condecoró a Silva Renard con la Orden de la Corona de Prusia de primera clase.
Silva Renard tuvo la oportunidad de volver a Iquique gra­cias a que en marzo de 1907 fue nombrado Jefe de la Primera División, puesto que ocupaba el General J. Ignacio López, quien a su vez recibió el mando de la Cuarta División. Por esta razón este último jefe militar en abril viaja al sur para asumir su nuevo cargo, quedando el Coronel Sinfo­roso Ledesma como comandante en jefe interino de la División, hasta que su titular, el General Silva Renard, arribara a la capital tarapaqueña desde Europa, donde cumplió la función de Presidente de la Comisión Mili­tar de Chile en el Viejo Continente.
Cuando Silva Renard llegó nuevamente a Iquique, la industria salitrera,- que se encontraba regida por un beneficioso convenio de los productores (Combinación Salitrera), se encontraba en un estado floreciente, obteniendo el Fisco una cuantiosa renta por la exportación de salitre y yodo. En Tarapacá laboraban muchos miles de trabajadores chilenos, bolivia­nos y peruanos. Las principales Oficinas salitreras eran: “Alianza”, “Norte Lagunas”, “La Granja”, “Carmen Bajo”, “La Palma”, “Peña Chica”, “Rosario de Huara”, etc. La bonanza del “oro blanco” generaba gran actividad comercial a Iquique, Caleta Buena, Pisagua, Junín y los pueblos pampinos.
Progresivamente se fueron manifestando los efectos perturbado-res de la crisis económica en el país, reflejada en la preocupante caída del cambio que depreciaba la moneda, afectando especialmente a la clase obrera, pues originaba el alza de los artículos de primera necesidad y dis­minuía el poder adquisitivos de sus salarios. La baja del cambio se fue haciendo más ostensible con las nuevas emisiones de papel moneda, desacre­ditándose cada vez más el régimen monetario imperante (papel moneda). Esa agobiante situación hacía imperioso el restablecimiento del régimen del patrón oro, que aun no era posible concretar, pese a las promesas del go­bierno de Pedro Montt (1906-1910) El malestar de los trabajadores tarapaqueños por la perjudicial inestabilidad cambiaría produjo algunas huelgas en la Pampa, Iquique y Caleta Buena, hasta que finalmente en Diciembre de 1907 es-talló la tan temida gran huelga {La “Huelga de los 18 peniques”)
Al estallar en Iquique en los primeros días de Diciembre de 1907 movimientos huelguísticos que luego se extendieron progresivamen­te en la Pampa salitrera, la única autoridad militar local era el Te­niente Coronel Agustín Almarza, comandante del Regimiento “Granaderos”, quien se desempañaba como Comandante General de Armas de Tarapacá y aten-día el despacho diario y urgente de la Jefatura de la Primera División, en ausencia de su titular el General Silva Renard. Tampoco se encon­traba en la ciudad el Coronel Sinforoso Ledesma ni el Prefecto de Poli-cía Oscar Gacitúa. El Intendente Carlos Eastman, que había viajado al sur haciendo uso de su feriado legal, aun no regresaba. Por lo que el mando interino de la provincia seguía siendo ejercido por el secreta­rio de la Intendencia, el abogado Julio Guzmán García.
El gobierno considerando la urgencia que el Intendente Eastman y el General Silva Renard, Jefe de la Primera División, reasumieran sus funciones para afrontar debidamente la delicada situación que se estaba produciendo en Iquique, dispuso que ambas autoridades- conjuntamente con el Coronel Ledesma y el Prefecto de Policía se embarcara en el cruce “Zenteno” que salió de Valparaíso el 16. El crucero recaló en Caldera, donde se embarcaron tropas del Regimiento “O’Higgins” para reforzar la guarnición de Iquique.
El “Zenteno” arribó a Iquique el 19 de Diciembre. El Intendente Eastman tuvo un entusiasta recibimiento popular al llegar a la explana-da del muelle de pasajeros. “Una muchedumbre que no bajaría de 8.000 almas siguió detrás de la comitiva (en la cual se hallaba Silva Re­nard), hasta llegar al edificio de la Intendencia” (donde antes funcio­naba la Corte de Apelaciones), señala “El Tarapacá”, del 20 de Diciem­bre. Una multitud escuchó un breve discurso pronunciado por el mandata­rio provincial desde la Intendencia. Expresó que venía con el encargo del Presidente Pedro Montt de solucionar el conflicto laboral” en la forma más favorable para vosotros, consultando con equidad los intere­ses de los industriales salitreros. Mi viaje obedece a ese propósito, de .vol-veras a ver de nuevo en vuestras faenas, contentos y tranquilos. Estudia­ré las desavenencias entre obreros y patrones y para ello espero me secundareis en todo sentido, hasta conseguir el éxito que espero. Una estruendosa salva de aplausos acogió estas frases, aplausos que duraron un largo rato, retirándose después la concurrencia (pampinos) hacia la Escuela Santa María” (“El Tarapacá, 20 de Diciembre de 1907)
La llegada de Silva Renard mereció un conceptuoso comentario de un diario iquiqueño: “Este ilustre Jefe de Ejército, que tanto cono-ce las necesidades de la Provincia y la índole tranquila de los traba­jadores será un auxilio prestigioso del señor Intendente”. Agrega: “ Es-tamos seguros que el señor general es garantía de orden y respeto. “El Tarapacá” lo saluda con todas sus consideraciones y confía en que su talento y experiencia serán un factor decisivo para la solución de las di­ficultades” (“El Tarapacá”, 20 de Diciembre de 1907)
Los obreros vieron con recelo el arribo de Silva Renard, pues temían que ligara su nombre a una matanza de huelguista, refiere “El Co­mercio”, de Lima, del 22 de Diciembre de 1907. Este diario, decano de la prensa del Perú, daba preferente ubicación a las noticias procedentes desde Iquique sobre el movimiento de los trabajadores de las salitreras, en el cual participaban muchísimos peruanos.
Al reasumir Silva Renard su alto cargo castrense, la guarnición de Iquique se encontraba reforzada con la llegada de tropas del Ejército provenientes de Tacna, Valparaíso y Copiapó Además, contaba con el apo­yo de fuerzas de desembarco de los cruceros “Blanco Encalada”, “Esmeral­da” y “Zenteno”. Con esta fuerza a su disposición se aseguraba el mantenimiento del arden en la ciudad, como también para ejecutar una acción represiva contra los huelguistas pampinos si las circunstancias la hacía necesaria.
El Jefe militar pudo constatar el impresionante estado de para­lización comercial e industrial de Iquique, producto de la adhesión de los trabajadores locales a los huelguistas pampinos. No circulaban los carros del Ferrocarril Urbano, coches públicos ni carretas de carga. No funcionaban los teatros. Una gran masa de obreros de las salitreras en huelga se encontraban concentrados principalmente en la Escuela Santa María, cuyo número iba creciendo progresivamente con la llegada de nuevas columnas de pampinos procedentes de distintos cantones salitreros. Patru­llas del Ejército y la Armada recorrían las calles para resguardar el arden público. No se había producido ninguna alteración del orden gracias a la actitud pacífica de los pampinos. Esta actitud mereció elogiosos comenta­rios de la prensa local. “Los directores del Comité obrero se turnan para cuidar día y noche que el orden no sea alterado”. Dicho Comité recomendaba a los trabajadores que llegaban desde la Pampa “ que observaran una acti­tud tranquila, como corresponde a aquellos que persiguen su mejoramiento económico, no usando más armas que la justicia y la equidad” (“El Tarapa­cá, 20 de Diciembre de 1907)
En la costa norte de Tarapacá la huelga tenía también paraliza-do a los puertos de Pisagua y Caleta Buena. Al primero llegaron desde Iquique una pequeña fuerza de caballería ‘y el crucero “Blanco Encalada” para asegurar el mantenimiento del orden público que estaba a cargo de la policía, en consideración a que avanzaban sobre el puerto una gran canti­dad de huelguistas de Oficinas de cantones del departamento de Pisagua, a fin de exigir tren que los transportara a Iquique.
Por otra parte, en la Pampa la huelga era general, abarcaba desde el cantón de Zapiga, por el norte, hasta el de Lagunas, por el sur. Los fe­rrocarriles estaban paralizados. En la Pampa existía una fuerza de 300 hombres de infantería y 80 de caballería. En la estratégica estación Central estaban acantonado: 200 soldados de infantería, el resto se encontraba distribuidos en diversas Oficinas (Informe del Cónsul Británico, Iquique,3 de enero de 1908, The Public Record Office, Londres) ro habían estallado dis­turbios como en 1890. Existía un frenético entusiasmo entre los huelguistas para unirse a sus compañeros que se hallaban en Iquique. Para lo cual los pampinos continuaban apoderándose de locomotoras y carros para concretar ese objetivo, con las consiguientes protestas de la Cía. de los P.C. Sali­treros de Tarapacá por uso ilegal de material rodante y de la línea de su propiedad.
El Intendente Eastman retomó las gestiones de mediación iniciadas por el Intendente interino para lograr un acuerdo entre trabajadores y pa­trones, reuniéndose en forma separada con los representantes de ambas partes en conflicto.
Los pampinos habían presentado un pliego de peticiones a los sali­treros, entre los que se destacaban dos puntos: Mientras se supriman las fichas y se emita dinero sencillo, cada Oficina reciba las fichas de otras Oficinas y de ella misma a la par; y el pago de los jornales a un cambio fijo de 18 peniques. Esta última petición era la más importante. “El Tarapacá”, del 18 de Diciembre de 1907 manifiesta: “… las peticiones de los obreros están basadas en la equidad, y así lo han comprendido desde hace tiem­po los patrones, cuando a la gente de la ribera de este puerto, acordaron pagarle sus jornales con un recargo en relación con las fluctuaciones del cambio” (escala de cambio en relación con las bajas que experimentaba)
En el meeting obrero de Zapiga (15 de Diciembre de 1907) se acordó remitir telegráficamente una comunicación al Presidente Pedro Montt: “en vista de la situación calamitosa creada para el trabajador con motivo de la depreciación del cambio… Por lo que se le solicita que “en resguardo y beneficio del pueblo oprimido… cumpla su programa de regeneración de Chile”, dándole las seguridades que el pueblo. lo apoyar para cumplir ese gran objetivo.
Pedro Montt, calificado de símbolo de la honradez y tener gran-des dotes administrativos, triunfó en el proceso electoral en 1906, co­mo abanderado de la “Regeneración” impulsada por la Alianza Liberal, en reacción al ineficiente e ímprobo gobierno de Germán Riesco. “El Señor Riesco ha sido el peor de los presidentes que ha tenido el país” (“El Tarapacá”, 15 de septiembre de 1906) En su programa regenerador prometió concretar la sucesivamente postergada conversión metálica, dándose así cumplimiento a una ley de 1898, que estableció que “ Desde el primero de enero de 1902 el Estado pagará el papel moneda con igual cantidad nomi­nal de peso oro de 18 peniques” (“El Tarapacá”, 2 de agosto de 1898) De esta manera se pondría término al desacreditado régimen del papel mone­da que era defendido tenazmente por poderosos intereses que especulaban e improvisaban fortunas al amparo del billete de curso forzoso, en per-juicio de la clase obrera, en especial.
El Presidente Montt manifestó claramente su opinión al respecto al responder el 18 de Diciembre de 1907 al memorial enviado por el comercio de Iquique sobre la grave situación económica. “Pienso como Vds. que la estabilidad en el valor de la moneda es una condición necesaria para la marcha regular de las industrias y el comercio y que esa estabilidad no puede obtenerse sino en la moneda de oro. Las continuas y enormes fluc­tuaciones del papel moneda impide o hace casi imposible la fijación equi­tativa de los sueldos de toda clase y en general la justa remuneración del trabajador”. Agrega el primer mandatario: “ Uno de mis principales deberes es dar cumplimiento a la ley que ordena el retiro del papel moneda y su reemplazo por moneda de oro, para lo cual debe mantenerse intacto el Fondo de Conversión. El Congreso autorizó la ley de agosto último la contratación de un empréstito para completar el Fondo de Conversión” (“El Tarapacá”, 20 de diciembre de 1907)
La Asociación Salitrera de Propaganda en una circular privada para los productores de la provincia de Tarapacá señala que el Directorio de la Asociación informó a una comisión de notables de Iquique que “ los Estatutos de la Asociación no faculta al Directorio para tomar en repre­sentación de los demás salitreros de esta provincia ninguna resolución referente al pago de los jornales, pues cada cual tiene entera independencia para proceder en su Oficina, como lo estime conveniente a sus intereses” (Circular, Iquique, 17 de Diciembre de 1907, Archivo Inten­dencia de Tarapacá)
Como una “medida sumamente justa” los salitreros acordaron el 17 realizar el cambio a la par de todas las fichas que estaban en poder de los huelguistas (“El Tarapacá”, 18 de diciembre de 1907) Solo daban cumplimiento al acuerdo del 11 de noviembre de 1903 (“La Patria”, 27 de enero de 1904)
La misión mediadora del Intendente Eastman continuó el día 20 bus­cando la anhelada solución a la huelga. Primero se reunió con los sali­treros, los cuales reiteraron que no resolverían las peticiones de los huelguistas hasta que no hayan vuelto a sus faenas habituales en la Pampa, debiendo dejar una comisión en la ciudad para tratar sus peti­ciones. Consideraban que mientras los pampinos permanecieran en Iquique eran una amenaza para ellos. Después el Intendente conversó con el Co­mité Central Unido-Pampa e Iquique, que hizo “ una propuesta conciliado­ra” (“El Tarapacá, 21 de diciembre de 1907)
El Cuerpo Consular le encargó al Cónsul de Gran Bretaña C. Noel Clarke (salitrero) la misión de entrevistarse con el Intendente, a fin de expresarle las inquietudes de sus miembros sobre la tensa situación que se vivía en Iquique. El mandatario provincial reconoció que la si­tuación era grave “ pero que no tenía duda que con las tropas a su dis­posición (al mando del General Silva Renard) el protegería la ciudad” (Informe del Cónsul Británico, Iquique, 3 de enero de 1908)
La ciudad totalmente paralizada, con una gran masa de huelguistas pampinos a la expectativa de los resultados de las negociaciones con sus patrones, era presa de rumores perturbadores sobre siniestras in­tenciones de los huelguistas en caso de no aceptarse sus demandas. El 19 y 20 de diciembre familias extranjeras tomaron vapor con destino a Arica y muchísimas otras se trasladaron a buques surtos en la bahía. Por otra parte, seguían arribando a la ciudad trenes conduciendo más trabajadores pampinos. El Laboratorio Químico Municipal había comenza­do a desinfectar la Escuela “Santa María” “en prevención del desarrollo de alguna epidemia “ (“El Tarapacá”, 20 de diciembre de 1908) Para aumentaría inquietud en la población, en la tarde del día 20 empezaron a circular alarmantes rumores sobre un incidente en la estación de Buenaventura , cuya gravedad quedó confirmada al llegar a la ciudad en la noche del mismo día un tren desde la Pampa, con huelguistas y algunos heridos procedentes de esa estación salitrera, donde algunos trabajaron fueron muertos por fuego de fusilaría de un piquete del Ejército. Fueron los primeros muertos de la “Huelga de los 18 peni­ques”.
Los acontecimientos fueron precipitándose cuando en la noche del día 20 el Intendente Eastman, en virtud del Régimen Interior del Esta-do, con la aprobación del Ministro de Interior, Rafael 2 Sotomayor (vin­culado a valiosos intereses salitreros), decretó el “Estado de Sitio”. El General Silva Renard como Comandante General de Armas de Tarapacá quedó encargado de dar estricto cumplimiento a las disposiciones del decreto. Este establecía la prohibición de “ traficar por las calles y caminos de la provincia en grupo de más deseis personas a toda hora del día o de la noche”. Su finalidad era impedir que continuara la movilización de los pampinos hacia Iquique. Además, impu­so otras prohibiciones, y ordenó que “ la gente venida de la Pampa y que no tiene domicilio, en esta ciudad se encontrará en la Escuela Santa Ma­ría y Plaza Manuel Montt” (“El Tarapacá, 21 de diciembre de 1907) Los diarios y periódicos dejaron de publicarse, estableciéndose la censura cablegráfica y telegráfica.
La ley marcial, que se dio a conocer por bando y los diarios al día siguiente, aumentó el temor en la población sobre la inminencia dé gran acontecimientos. En la mañana del día 21 continuaron familias extranjeras refugiándose en buques anclados eh la bahía. En los pampinos la de-terminación oficialista causó gran impresión y desconfianza, pues se da­ban cuenta que se iba a desarrollar pronto una operación militar para forzarlos a abandonar la ciudad y regresar a la Pampa. Esto significaba el desmoronamiento de la huelga. Había una urgente necesidad de termi­nar con la huelga por afectar sensiblemente los intereses fiscales. “El Mercurio”, de Santiago, del día 20, expresa “… no es patriótico… la gran paralización de toda una industria que representa la vida de la re­gión y que está ligada a la actividad general y a las finanzas del Esta-do”. Agrega el diario capitalino: “ los antecedentes expuestos nos indu­ce a mirar lo que ocurre en Iquique como hechos de excepcional gravedad”. (“E1 Tarapacá, 27 de diciembre de 1907, Por su parte, “El Tarapacá” del día 20 señala: “ Los obreros saben que es esta una cuestión de interés nacional que afecta profundamente al país y a la delicadísima situación económica porque atravesamos.”
Sobre este mismo aspecto el General Silva Renard pensaba que los huelguistas “colocaban sus intereses, sus salarios, sobre los grandes in­tereses de la Patria” Añadía el jefe militar: “« Indudablemente… (su)tra bajo es pesado… (su) vida ingrata, y todo… propio para que el hombre se choree y se irrite” Además consideraba al pampino “altanero, creyendose el productor de las riquezas, explotado por el patrón” (Gonzalo Vial, Historia de Chile, volumen II, p.903)
El General era anglófilo. Los ingleses poseían una gran influencia en Tarapacá, por sus grandes intereses radicados en el comercio; gene-ración de agua potable, luz eléctrica y gas; ferrocarriles e industria sa­litrera. Tenían una preponderante participación en la Asociación Salitrera de Propaganda. Conocidos miembros de la colonia inglesa residente eran fi­guras relevantes en la sociedad iquiqueña, a la cual se vinculó Silva Re­nard gracias a su matrimonio con Ana Lafrentz Marquesado. Poco después del aciago 21 de Diciembre de 1907 el Jefe Militar confirmó sus sentimientos anglófilos con ocasión del arribo a Iquique de un buque de guerra inglés, al expresar a su comandante” que sus compatriotas eran sus mejores amigos”. (Informe del Cónsul Británico, Iquique, 15 de enero de 1908)
Bajo la vigencia del Estado de Sitio, el Intendente Eastman in-tentó el día 21 obtener un acuerdo entre ambas partes en conflicto. En la reunión los salitreros reiteraron al Intendente que “ no era posible seguir tratando tan delicados problemas bajo la presión de la gran masa de huelguistas… “ Agregaron que “ siendo el respeto del obrero la única fuerza moral de los Administradores, ese respeto desaparecería por comple­to si los jefes o gerentes de las Oficinas cedieran bajo la presión de los 10 o 15.000 huelguistas reunidos en la ciudad en forma que importaba perma­nente y grave amenaza para el vecindario” (“El Tarapacá”, 24 de Diciembre de 1907)
El Intendente Eastman propuso someter al arbitraje las dificul­tades entre ambas partes. Los salitreros aceptaron la proposición, sin em­bargo, le expresaron “ que bajo ninguna circunstancia estarían de acuerdo a la demanda de los trabajadores que sus salarios serían pagados sobre la base de 18 peniques” (carta de John Lockett, Iquique, 25 de diciembre de 1907). Insistían que previamente los huelguistas debían retirarse de la ciudad y volver a sus Oficinas, excepto un comité para tratar la cues­tión. Los patrones no dieron importancia a la propuesta oficialista de que el Estado se haría cargo de la mitad del aumento que se acordara pa­ra los salarios de los obreros pampinos por un mes, mientras ambas partes negociaban la solución definitiva. En la proposición se incluía el retor­no de los huelguistas para reiniciar las labores. Los salitreros manifes­taron que si la aceptaban se vería afectada su autoridad moral en la Pam­pa, porque se consideraría que esto sería efecto de la presión de los tra­bajadores.
El Intendente invitó al Directorio de los huelguistas a su oficina, con el fin de comunicarle la última determinación tomada por los patrones en torno a sus demandas. El Directorio obrero, receloso temió que al ampa­ro del Estado de Sitio pudieran ser detenidos, se abstuvieron de concu­rrir a la reunión en la Intendencia. Se limitó a proponer a la autori­dad provincial “el camino práctico de notas o comisiones” para las nego­ciaciones , alegando “que su ausencia del centro de la huelga (la Escue­la Santa María) puede producir desórdenes” (“El Tarapacá”, 24 de diciem­bre de 1907)
La actitud adoptada por el Directorio de los huelguistas fue consi­derada como un grave desacato a la autoridad del Intendente. Este intentó la última gestión ante dicho Comité para llegar a un arreglo amistoso y así evitar a la autoridad “el uso de los medios de coerción que siempre tiene a su mano para hacer cumplir sus resoluciones en bien del orden pú­blico y de la tranquilidad del vecindario, por sobre toda otra considera­ción” (“El Tarapacá”, 24 de diciembre de 1907) El encargado de dicha deli­cada misión , el Presidente de la Combinación Mancomunal de Obreros, Ab­dón Díaz, después de dialogar con los directivos de los pampinos, a las 1 P.M. regresó a la Intendencia para informar que los huelguistas exigían que sus peticiones fueron totalmente resueltas para retirarse de la ciudad y volver a sus salitreras. Con lo cual se ponía fin a la etapa de las con­versaciones en la “Huelga de los 18 peniques”, y comenzaba la etapa mili­tar: la intervención de las fuerzas del Ejército y la Armada para desba­ratar esa gran movilización obrera. Había llegado el momento para que el Gral. Silva Renard asumiera esa delicadísima misión.
Poco después de las 11/2 P.M. del día 21 el Intendente Eastman de­cretó que “ En bien del orden y la salubridad públicos: Los huelguistas: concentrados en la Escuela Santa María, se trasladarán al local del Club de Sport
Comuníquese al Jefe Militar de la laza (General Silva Renard) para su inmediato cumplimiento “ (“El Tarapacá”, 24 de diciembre de 1907)
Esta disposición tenía el objetivo de alejar a los pampinos de la ciudad y concentrarlos en el hipódromo, situado en sus alrededo­res. Luego se organizaría su regreso a las Oficinas. Así se evitaban los siniestros propósitos que se atribuían a huelguistas exaltados. Se buscaba el restablecimiento de las actividades económicas de Tarapacá. Y se demostraba que el Gobierno Chileno garantizaba debidamente la protección de las vidas y propiedades de los extranjeros de la provincia, en resguardo de la buena imagen exterior del país. El Cuerpo Consular estaba molesto por la actuación del Intendente interino que “nunca pare-ció darse cuenta de la importancia de proteger los grandes intereses extranjeros en peligro en la provincia” (Informe del Cónsul Británico, Iquique, 3 de enero de 1908) El General Silva Renard pensaba que la huelga era perjudicial para “la soberanía nacional” (Gonzalo Vial, op. cit., volumen 2, p. 903), por la desconfianza que se comenzó a generar en los salitreros (mayoritariamente europeos ) hacia Chile, por no haberse adoptado oportunamente las medidas para proteger sus vidas y cuantiosos intereses.
El General Silva Renard ya había movilizado una fuerza mixta, del Ejército y la Marina, que se encontraba reunida en la plaza Prat para emprender aquella acción que estaba prevista. Cuando pasaba revista a las tropas, a las 1 3/4 P.M., recibió el decreto del Inten­dente. Inmediatamente se puso a la cabeza de sus tropas en dirección a la plaza Manuel Montt y la Escuela Santa María, con el propósito de cum­plir la arden del Intendente “ en las mejores condiciones de arden, sin dispersión de huelguistas, encausando la turba por la calle de Barros Arana hacia el Club Hípico”, señala el Jefe Militar en su parte oficial (“El Tarapacá”, 24 de Diciembre de 1907)
Las tropas rodearon el área ocupada por los huelguistas. El General se dirigió a la plaza Manuel Montt, con 100 granaderos, acompa­ñado por el Coronel Ledesma y sus ayudantes. Al arribar a dicho lugar observó que la escuela Santa María “ estaba repleta de huelguistas pre­sididos por el titulado Concejo Directivo de la huelga, instalado en la azotea con frente a la plaza y en medio de banderas de los diversos gre­mios y naciones. Desde adentro hacia el centro de la plaza, rebozaba una turba de huelguistas que no cambian en el interior de la escuela y que en apretada masa cubría su entrada y frente”.
El Jefe militar calculó que en el interior de la escuela habría 5.000 individuos y afuera 2.000 que “constituían ciertamente la parte más decidida y exaltada. Aglomerados así oían los discursos y arengas de sus oradores en que se sucedían sin cesar en medio de los toques de cornetas, vivas y gritos de la multitud”. Agrega: “los oradores no hacían otra cosa que repetir loa lugares comunes de guerra-al capital, al arden social existente”.
Encomendó al Coronel Ledesma la misión de comunicar al Directorio de los huelguistas la terminante arden del Intendente de evacuar la plaza y escuela y dirigirse al Club Hípico. El Directorio Obrero se negó a acatar aquella medida oficialista.
Ante la actitud de los pampinos, Silva Renard ordenó disposiciones “para imponer a los huelguistas el respeto y sumisión”. Hizo avanzar las dos ametralladoras del crucero Esmeralda y las coloqué al frente de la escuela con puntería fija a la azotea donde estaba reunido el Comité Directi­vo. Coloqué un piquete del Regimiento O’Higgins a la izquierda de las ame­tralladoras para hacer fuego oblicuo a la azotea por encima de la muchedum­bre aglomerada al lado de afuera”. Además hizo colocar un piquete de la ma­rinería. El General no señala la cantidad de hombres de cada piquete.
Los preparativos de esa fuerza de fusileros apoyada por dos ametralladoras de mortífero poder de fuego, daban a entender que inexorablemente se aproximaban los momentos finales de esa gravísima situación, que podían ser trágicos por la firme decisión del Directorio de los huelguistas de no retirarse al Hipódromo.
Para evitar un desenlace sangriento, dos capitanes de navío tra­taron de convencer a los dirigentes pampinos para que cumplieran el decre­to del Intendente, gestiones que fracasaron. Con ese mismo propósito el General Silva Renard se entrevisto con dicha Directiva: “ Quise agotar hasta lo último los recursos pacíficos. Pasando por entre la turba, llegué a la puerta de la Escuela y llamé al Comité. Este descendió de la azotea y ro­deado de banderas se presentó en el patio exterior, ante la apiñada muche­dumbre. Ahí les comuniqué la arden del Intendente y les rogué, mejor dicho, les supliqué con toda clase de razones evitasen al Ejército y Marina el uso de las armas para hacerla cumplir”. Su gestión no tuvo éxito. El General se retiró “ haciéndoles saber que iba a emplear la fuerza”.
Silva Renard estudió la posibilidad de obtener la sumisión de los huelguistas “ con las armas blancas, introduciendo infantería con bayoneta armada que con un ataque vigoroso hacia el interior apre­hendiese a todo el Comité o haciendo cargar a la caballería la turba aglomerada en el exterior.” Esas operaciones fueron descartadas porque “no darían los resultados por lo apretada y compacta que se mantenía la muchedumbre del exterior para cargarla con éxito y se vió, por el con­trario, que un ataque de arma blanca o caballería podía dejar a la infantería y jinetes en el peligro de ser copados por los huelguistas, compli­cándose la situación para las operaciones siguientes”. Llegó a la conclu­sión que “ no había más recursos que el empleo de las armas de fuego para obtener un resultado eficaz y ordenado”.
Hubo otros intentos a cargo de un capitán de navío y del Coman­dante Agustín Almarza para convencer a la directiva de los huelguistas para obedecer la arden oficialista, Comunicaron que se-iba a hacer fuego y que la gente pacífica debía retirarse hacia la calle de Barros Arana. Luego se presentó nuevamente el General con el mismo objetivo, logrando qué solo unos 200 pampinos se apartaran de la multitud y se colocaran en la citada calle “ no sin ser insultados por la muchedumbre rebelde, que momento a mo­mento se iba exaltando más con la inacción de la tropa durante hora y me­dia ocupada en parlamentar con los huelguistas.”
Tampoco habían tenido éxito las intervenciones dalos Cónsules de Bolivia y Perú. Este último refiere que suplicó al Comité Directivo de la huelga que acatasen la arden de la autoridad. “Mis palabras fueron inútiles”, debiendo retirarse “entre los vivas y frases de gratitud de esa pobre gente que pronto iba a ser diezmada por la metralla del Ejérci­to, como víctima de su obcecación y terquedad”. Agrega: “nuestros connacionales no quisieron aprovechar la autorización para salir que le concedió en mi presencia el Comité Directivo de la huelga, declarando que estaban dispuestos a seguir acompañando a sus compañeros” (Cónsul del Perú, Iquique, 26 de Diciembre de 1907, Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú, Lima )
Ante la obstinada y temeraria conducta de los trabajadores de las salitreras, el General ya convencido “ de que era posible esperar más tiempo sin comprometer el respeto y prestigio de las autoridades y fuerza pública y penetrado también de la necesidad de dominar la rebelión antes de que terminase el día”, a las 3 3/4 P.M. ordenó una descarga por el piquete del Regto. “O’Higgins” hacia la azotea de la escuela y por el pique-te de la marinería ubicado en la calle Latorre hacia la puerta del estable-cimiento escolar donde estaban los huelguistas más rebeldes y exaltados.. El Jefe militar añade que en reacción a la descarga de los piquetes, desde el lado de los huelguistas se hicieron disparos con revólver y aun de ri­fle “ que hirieron a tres soldados y dos marineros, matando dos caballos de Granaderos”.
“Entonces, relata Silva Renard”, ordené dos descargas más (por los piquetes) y fuego a las ametralladoras con puntería fija hacia la azo­tea donde vociferaba el Comité entre banderas que se agitaban y toques de cornetas. Hechas las descargas y este fuego de ametralladoras que no duraría sino treinta segundo la muchedumbre se rindió. Hice evacuar la escue­la y todos los huelguistas en número cae 6.000 a 7.000 rodeados por las tro­pas, fueron conducidos por la calle Barros Arana al Club Hípico”
Bajo vigilancia militar los huelguistas quedaron concentrados en el recinto del Club hípico, donde pernoctaron.
El Intendente puso a disposición del General trenes de la Cía. de los Ferrocarriles Salitreros de Tarapacá para iniciar la operación de retorno délos huelguistas a la Pampa. En la mañana del día 22, fue disuelta la masa obrera, siendo embarcados “ de 5 a 6.000; el resto compuesto en su mayor parte de gente de Iquique fue entregada a las Policía para su identificación incluso 200 individuos que manifestaron el deseo de irse al Sur”, refiere el Jefe militar. Los trenes iban custodiados por tropas del Regto. O’Higgins, que recibieron la misión de reforzar ].as fuerzas acantonadas en la región salitrera (“El Tarapacá”, 24 de Diciembre de 1907)
Silva Renard señala en su parte oficial sobre los cruentos suce­sos del 21 de Diciembre de 1907, que los únicos responsables eran “los agitadores que ambiciosos de popularidad y dominio arrastran al pueblo a situaciones violentas, contrarias al arden social que por la majestad de la ley la fuerza pública debe amparar por severa que sea su misión”
La cantidad de víctimas por la acción militar dirigida por el General Silva Renard ha sido motivo de controversia. Aquel jefe castrense en su parte oficial reconoce que los muertos y heridos ascendieron a 140 personas. El Cónsul Peruano en su informe ya citado da las cifras de 140 muertos y 200 heridos. Por su parte, el Cónsul Británico señala 120 fallecí dos y 230 heridos. El salitrero John Lockett indica 200 muertos y 300 heridos.
Una fuente interesante es la del propio administrador del Hospital de Bene­ficencia de Iquique y Cementerios, el salitrero A. Syers-Jones, quien en un informe indica que hubo 126 muertos y 135 heridos (Archivo Intendencia de Tarapacá). Hay otras fuentes que entregan cantidades superiores de muertos por la represión militar.
Durante la operación militar para desalojar a los huelguistas de la plaza y la Escuela habrían ocurrido actos de indisciplina en las filas del General Silva Renard. Circularon versiones de que un grupo de soldados se negaron a cumplir la arden de sus oficiales de abrir fuego sobre los trabajadores. Por lo que fueron ejecutados en las primeras horas del día 22, manifiesta el Cónsul Británico, quien no pudo obtener alguna información oficial al respecto. Igualmente, 2 marinos del crucero “Esmeralda” habrían desertado para unirse a los huelguistas, pero habrían sido ultimados. Antes del cruento desenlace del conflicto laboral, los huelguistas afirmaban que alguna tropa que simpatizaban con ellos no harían fuego contra sus herma­nos (“El Tarapacá”, 24 de diciembre de 1907)
Silva Renard habla ahogado en sangre la “Huelga de los 18 pe­niques”. Iquique fue lentamente recuperando su normal actividad. Solo quedaban dos focos de resistencia obrera: las de los cargadores y lancheros de las bahías de Iquique y Pisagua, que se mantenían en huelga, la que final-mente terminó el 30 de diciembre. En la Pampa habla completa tranquilidad, donde paulatinamente se reanudaban las labores de las Oficinas paralizadas. Muchos trabajadores chilenos y peruanos abandonaron la provincia en busca de mejores espectativas.
El Gobierno de S. M. Británica envío desde Montevideo a Iquique el crucero “Sappho”, el que arribó el 7 de enero de 1908, causando gran sa­tisfacción en la colonia británica residente, que habla vivido tensos días durante la huelga. El General Silva Renard expresó al comandante del cruce-ro, M. H. Hodges, que lamentaba que no hubiera siempre un barco de guerra británico en aguas chilenas, refiere el Cónsul de S. M. B. en su informe del 15 de enero de 1908. En aquel tiempo la Gran Bretaña Imperial era la “Reina de los Mares”, por su formidable poder naval.
Quedó como Intendente interino de Tarapacá en febrero de 1908 , al dejar su cargo el Intendente titular Carlos Eastman. Durante su interinato (medio mes), Silva Renard en su oficio manifestó al Intendente de Valparaíso la conveniencia de no permitir la internación de armas de fuego en la provincia de su mando “ por lo menos en esta ocasión y a raíz de los últimos sucesos. Ha llamado la atención las variadas solicitudes de personas para internar revólveres, carabinas y balas, como así mismo el despacho de estas armas como mercaderías de cabotaje desde ese puerto (Valparaíso) a Iquique. “Por lo que considera “como una medida de pruden­cia suspender hasta mejor oportunidad los permisos de internación de ar­mas en esta provincia en previsión de acontecimientos futuros” (Archivo Intendencia de Tarapacá)
Entregó el mando de la provincia al nuevo Intendente Joaquín Pinto Concha, que siendo Prefecto de Policía de Santiago tuvo una destaca-da actuación en la represión de los gravísimos desórdenes acaecidos en la Capital en Octubre de 1905.
Silva Renard volvió a ejercer el cargo de Intendente interino de Tarapacá desde marzo a mayo de 1908.
Dejó el mando de la Primera División, al ser nombrado Jefe de la Segunda División (mayo de 1908) De esta manera abandonó Tarapacá, donde su carrera militar quedó impregnada de sangre de los trabajadores huelguis­tadores que perecieron en los trágicos sucesos del 21 de diciembre de 1907.
Posteriormente prestó otros servicios. En mayo de 1910 fue ascen­dido al grado de General de División.
El General Silva Renard, estando a cargo de la dirección del Material de Guerra, sufrió un intento de asesinato por parte de un español que lo atacó con un arma blanca, provocándole una gravísima herida “ que mantuvo enfermo al General Silva Renard durante varios meses, librando la vida solo gracias a su robusta constitución” (“El Mercurio”, Santiago, 8 de julio de 1920) El autor de este atentado criminal, ocurrido en la Capital en diciembre de 1914, y que pretendía vengarla muerte de su herma­no en la matanza de la Escuela “Santa María”, fue detenido y después sen­tenciado a algunos años de prisión. Las noticias sobre el atentado con­tra la vida del jefe militar causaron impresión en Tarapacá, considerando que solo hablan transcurrido 7 años de los cruentos sucesos del 21 de Di­ciembre de 1907.
En abril de 1918 presentó su cédula de retira absoluto del Ejér­cito, por razones de edad.
El General(R), radicado en Viña del Mar, se encontraba con su -salud muy delicada desde hacía algún tiempo, haciendo crisis su mal en los últimos días, hasta que se produjo el desenlace fatal en la noche del 7 de julio de 1920. Sus restos mortales fueron conducidos a Santiago y sepultados en el Cementerio General.
“El Mercurio”, de Valparaíso, del 8 de julio de 1920, expresa que el General Silva Renard “tuvo una destacada actuación en su vida militar, mostrándose como un hombre de grandes energías y dotado de las cualidades propias de las armas, a las que consagró todos sus esfuerzos y su clara inteligencia”. Agrega el decano de la prensa nacional: “demos­tró las brillantes cualidades que le correspondió poner de relieve en el cumplimiento de delicadas comisiones que le confirió el Gobierno y que desempeñó fielmente”
Por su parte “El Mercurio, de Santiago, del 8 de Julio de 1920, refiere que al implantarse en 1906 la nueva organización del Ejército “el General Silva Renard se dedicó con loable entusiasmo a la aplica­ción de los nuevos métodos, cooperando en forma espléndida a la delicada tarea de colocar al Ejército en el buen pié que conserva hasta hoy día…” Además señala quo era uno de los oficiales más entusiastas y mejor prepa­rados de la arma de artillería, siendo autor de varias obras relacionadas con los servicios del arma.
Silva Renard figura en la historia tarapaqueña como un personaje estigmatizado por los funestos sucesos de la Escuela “Santa María” que pusieron abruptamente fin a la “Huelga de los 18 peniques”. Un diario peruano comentó que el jefe militar tuvo “la triste gloria de dirigir el fusilamiento de los indefensos obreros de Iquique” (“El Comercio”, Lima, 22 de diciembre de 1907) El trágico 21 de diciembre de 1907 el General Silva Renard empuñó con extrema severidad el sable represivo de la Oli­garquía que dominaba a Chile para sofocar un gran movimiento obrero peligro so para el arden social existente, en el cual las huelgas en las salitre-ras constituían una alteración del arden público y un perjuicio para los intereses del país.
El Ejército honró la memoria del General Roberto Silva Renard al otorgarle su nombre a un Grupo de Artillería, que acantonado en Concep­ción, participó en el ataque de las tropas del Gobierno del Vicepresiden­te Manuel Trueco contra la base naval de Talcahuano, durante la gran sub­levación de la Armada, que fue aplastada por el Ejército y la Aviación (Septiembre de 1931)