Memoria Nortina

Carlos Vera Guardia

De la isla Serrano a campeón sudamericano.

Nombre completo: Carlos Sergio Vera Guardia.

Nació el 30 de agosto de 1928.

Vive en los Estados Unidos.

 

Otro grande fue Carlos” Chivato” Vera, que actuó incluso en Brasil. Nació el año 1928. Cuando niño vivía en la Isla Serrano, y se desarrolló como atleta gracias a las enseñanzas de Hernán Cortés. Le decían ” Chivato” por la barba que usaba. Terminando el Liceo se fue a estudiar Arquitectura a la Universidad Católica. Dicen que ahora vive en Venezuela donde sigue compitiendo en la categoría de seniors.

 

Don Pampa escribió la siguiente nota sobre Carlos Vera:

 

Seguramente habría sido crack y hoy estaría contratado en algún club profesional. Aptitudes tenía de sobra para llegar a la consagración. Pero luego vió otro deporte  que “sintió más adentro”. Tenía ocho años, y el padre lo llevó de la mano. Atletas del todo el Norte, desde Arica a Coquimbo, estaban en la pista. Un campeonato de la región. Durante los tres días el chico moreno, flacucho con los ojos muy abiertos, estuvo mirándolo todo, especialmente los saltos: la garrocha, el largo y el alto. El también podría elevarse como una pluma. En su casa iba a practicar. Regresaba ronco todas las tardes, y tuvo un ídolo: el rucio Gómez. Atleta apuesto que en ese torneo, ganó seis pruebas. Años después, aquel pequeño iba a repetir la hazaña del rucio Gómez, hace poco en Tocopilla, en representación de Coquimbo ganó cuatro pruebas del Campeonato del Norte: largo, alto, triple y 100 metros; fue segundo en 110 vallas y 200 metros.

 

Frente a Iquique, a medio kilómetro de la playa está la Isla Serrano, hoy unida al  territorio por un molo de abrigo. Era su isla. Allí vivió desde los 4 hasta los 14 años. Su  padre era empleado de las obras de construcción del puerto. No le interesaban la ciudad, el cine, ni nada. Sí no hubiera existido la necesidad de ir al liceo, nadie lo habría sacado de su reducto. La prueba está que en vacaciones se estaba los tres meses en ese pedazo de tierra incrustado en el océano. Allí tenía lo que quería, lo que amaba: aire, mar, sol, el faro, las gaviotas y el roquerio inmenso atestado de mariscos. Y, además, la cancha de fútbol, la de basquetbol y una piscina. El viejo Neptuno su amigo, la construyó para él. Entre dos rocas inmensas estaba una laguna natural. A las siete de la mañana, en la playa, su padre, su madre, él y su hermano, hacían gimnasia; después un poco de basquetbol y el desayuno. El papá iba al trabajo, la mamá al mercado y ellos a esperar a los amigos para la práctica de fútbol. A las 11 y media, natación en la piscina de mar. Almuerzo; y de 2 a 3, la hora de estudio que el papá, inflexible, no perdonaba. A esa hora ya estaban los cabros para el segundo match de fútbol; después otra vez natación y a tomar “lonche”. Siempre había 12 o 15 niños invitados al té de la tarde, con la alarma consiguiente de la mamá. Era el programa de los tres meses de vacaciones. Al atardecer sucedía la excursión por los arrecifes, por los sitios inexplorados. La hora de los piratas. Era el capitán, porque era el más osado. Siempre llegaba hasta el peñasco más lejano, aquel que se internaba en el mar. El farellón odiado de las olas, que allí rompían y bramaban. Saltaba al aire como de un sifón. Se vendaba un ojo con el pañuelo rojo y un yagatán de madera al cinto. Era el capitán. Todos los de la banda vivían las aventuras que les contó Salgari. Una tarde asaltaron el faro y maniataron al guarda. Chiquillos bandidos. “Bajel pirata, que llaman – por su bravura, el Temido, – en todo mar conocido – de uno al otro confin. – Con diez cañones por banda – y viento a toda vela – no corta el mar, sino vuela – un velero bergantín”. Aquel era su barco, aquel mohoso y con la arboladura derruida. La chata “Carampangue”, inmovilizada hace treinta años en la bahía iquiqueña.

 

El cabro nortino se hizo popular de entrada en la UC. Se puso pantalón corto y sorprendió, porque nadie pensaba que en sus piernas delgadas, en su físico enjuto había tanta potencia. Delgado, pero fuerte, se doblaba como un bambú. Elástico con fibra y con chispa. En el primer torneo de novatos, interfacultades, ganó el triple, el alto,  el largo y la garrocha, e integrante de la posta sueca, se largó sobre 400 metros. Una semana después lo presentaron en el campeonato de novicios de la Asociación Santiago. Estaban contentísimos los dirigentes. ¡ El pedacito  de crack que traían! Ganó los cuatro saltos: 1 metro 705, en alto; 6 metros 28, en largo; 12 metros 58, en triple y 3 metros en garrocha. Fue el debut oficial de Carlos Sergio Vera Guardia. Tenía 16 años.

 

-Cosa curiosa, me gustan todos los saltos,  menos el triple. Y es el que tengo que hacer -declara Vera-. Para llevarme a Río me dieron esa prueba porque no había quién saltara. Ahora, para ir a la Olimpiada no puedo hacer más que ese salto, que es de mejor opción. Pero el triple no me gusta, resiente los tobillos y en cada brinco se me remueve hasta el alma. Es una prueba dura. Yo prefiero la garrocha y el largo. Esas serán mis pruebas favoritas en esta temporada. Más adelante, cuando tenga más años y más fortaleza física, me tiraré con el declatón. También me gusta.

 

“¡ A Londres voy a tener que ir, aunque tenga que afeitarme! (Don Pampa. Revista Estadio. Nº 265. Junio de 1948).

 

Carlos Vera, fue campeón sudamericano del decatlón el año 1953.

 

Don Pampa, le dedica esta larga crónica:

 

De tres brincos

             Hay una impresión primera que no se nos borra jamás. En la edad en que el hombre es retoño, su alma y su mente tienen la sensibilidad de una placa fotográfica. Muchos que, con el tiempo, llegaron a ser figuras connotadas del deporte, fueron inoculados el día en que el padre decidió llevar al niño al estadio. La impresión hermosa de la pista, del vocerío y del entusiasmo producido por un triunfo, quedaron para siempre en el alma del rapaz. Al ver al vencedor aplaudido, felicitado, paseado en andas, sintió el primer llamado interior. Ser como ése. Y el niño también aplaudió y gritó por el triunfo. Hermosa semilla.

 

Lo acostaban temprano, pero a las diez de la noche el griterío lo despertaba. Levantaba la cortina de la ventana del dormitorio y allí cerca estaba el espectáculo. Fútbol nocturno. En esa cancha de la isla Serrano jugaban el Obras del Puerto, el Norteamérica, el Maestranza, el Cóndores, el Yungay y el Sportiva Italiana. De la ventana no se apartaba hasta que se iba el público, que gritaba y gesticulaba. Hasta que apagaban las luces y se hacía la obscuridad. Obscuridad clara que permitía ver el penacho blanco de las olas rugientes. Su aliento empañaba el vidrio y tenía que limpiarlo cada diez minutos con la camisa. Afuera hacía frío, el aire del mar que rodeaba la cancha. Muchas veces lo sorprendió la mamá y hubo reprimenda, pero no fué remedio. Le gustaba el juego. En especial de esos muchachos, ágiles delanteros que volvían atrás y se llevaban la pelota en dribblings veloces. Más tarde fué inside del equipo infantil de la isla y del liceo.

 

Seguramente habría sido crack y hoy estaría contratado en algún club profesional. Aptitudes tenía de sobra para llegar a la consagración. Pero luego vio otro deporte que “sintió más adentro”. Tenía ocho años, y el padre lo llevó de la mano. Atletas de todo el Norte, desde Arica a Coquimbo, estaban en la pista. Un campeonato de la región. Durante los tres días el chico moreno, flacucho, con los ojos muy abiertos, estuvo mirándolo todo, especialmente los saltos: la garrocha, el largo y el alto. El también podría elevarse como una pluma. En su casa iba a practicar. Regresaba ronco todas las tardes, y tuvo un ídolo: el rucio Gómez. Atleta apuesto, que en ese torneo, ganó seis pruebas. Años después, aquel pequeño iba a repetir la hazaña del rucio Gómez, hace poco en Tocopilla, en representación de Coquimbo, ganó cuatro pruebas del campeonato del Norte: largo, alto, triple y cien metros: fué segundo en 110 vallas y 200 metros.

 

Frente a Iquique, a medio kilómetro de la playa, está la isla Serrano, hoy unida al territorio por un molo de abrigo. Era su isla. Allí vivió desde los 4 hasta los 14 años. Su padre era empleado en las obras de construcción del puerto. No le interesaban la ciudad, el cine, ni nada. Si no hubiera existido la necesidad de ir al liceo, nadie lo hubiera sacado de su reducto. La prueba está que en vacaciones se estaba los tres meses en ese pedazo de tierra incrustado en el océano. Allí tenía lo que quería, lo que amaba: Aire, mar, sol, el faro, las gaviotas y el roquerío inmenso atestado de mariscos. Y, además, la cancha de fútbol, la de básquetbol y una piscina. El viejo Neptuno, su amigo, la construyó para él. Entre dos rocas inmensas estaba una laguna natural. A las siete de la mañana, en la playa, su padre, su madre, él y su hermano, hacían gimnasia; después un poco de básquetbol y el desayuno. El papá iba al trabajo, la mamá al mercado y ellos a esperar a los amigos para la práctica del fútbol. A ls 11 y media, natación en la piscina de mar. Almuerzo; y de 2 a 3, la hora de estudio que el papá, inflexible, no perdonaba. A esa hora ya estaban los cabros para el segundo match de fútbol; después, otra vez natación y a tomar “lonche”. Siempre había 12 ó 15 niños invitados al  té de la tarde, con la alarma consiguiente de la mamá. Era el programa de los tres meses de vacaciones. Al atardecer sucedía la excursión por los arrecifes, por los sitios inexplorados. La hora de los piratas. Era el capitán, porque era el más osado. Siempre llegaba hasta el peñasco más lejano, aquel que se internaba en el mar. El farellón odiado de las olas, que allí rompían y bramaban. Saltaba al aire como de un sifón. Se vendaba un ojo con el pañuelo rojo y un yatagán de madera al cinto. Era el capitán. Todos los de la banda vivían las aventuras  que les contó Salgari. Una tarde asaltaron el faro y maniataron al guardia. Chiquillos bandidos. “Bajel pirata, que llaman –por su bravura, el Temido, – en todo mar  conocido – de uno al otro confín.- Con diez cañones por banda – y viento a toda vela – no corta el mar, sino vuela – un velero vergantín”.  Aquel era su barco, aquel mohoso y con la arboladura derruida. La chata “Carampangue”, inmovilizada hace treinta años en la bahía iquiqueña.

 

Estaban de tertulia esa tarde en un café de la Avenida Río Branco, después de las reuniones del último Sudamericano de Atletismo. El tema vino solo y lo discutieron: Julve del Perú; Recordón, Guzmán, Castro y Vera, de Chile. Este último sostuvo su tesis:

 

– No. Lo sostengo que no hay atletas naturales. Que no se nace dotado para determinado deporte. No. Hay una situación engañosa. Ven aparecer un muchacho, que de la noche a la mañana, en pocos entrenamientos, supera a los que años venían preparándose, y todos exclaman: “Este sí que tiene condiciones. Nació con ellas”.

 

Allí está el error. Se las fabricó de niño. Y como nadie lo sabe, ni el propio atleta que hizo el entrenamiento valioso de los primeros años, espontáneamente, sin que se lo sugirieran, como un juego más. Eso quedó olvidado. A Jadresic, uno de los campeones llamados naturales, no le gustaba el atletismo. El así lo creía, pero de chico se llevaba brincando todos los días . Y creó músculos flexibles, suaves y fuertes que lo hicieron crack extraordinario,. Mi caso es otro, claro. Desde que pude caminar, corrí, salté, hice excursiones. Es la niñez la época más valiosa para formarse. Y eso lo saben los entrenadores. En la época del crecimiento inicial es donde se coloca la primera piedra del crack en potencia.

 

“Hay otro aspecto digno de considerar y que han revelado los “coaches” extranjeros que hoy actúan en Sudamérica. La especialización en el atleta en formación es nefasta, pues reduce sus posibilidades. Sí, Señores, no se extrañen. Y es conveniente repetirlo. Se han hecho cargos a los dirigentes de la Universidad Católica porque se dice que ellos están malogrando mi carrera al hacerme participar en muchas pruebas. Por el contrario, eso es beneficioso para mí, para todos los atletas. Ya habrá tiempo después para dar con la prueba que más se rinde. En Europa y en los Estados Unidos, es decir, en los grandes centros del atletismo, los campeones de lanzamientos fueron en su juventud velocistas y saltadores, y, a la inversa, los velocistas hicieron lanzamientos y los mediofondistas y fondistas, saltos y velocidad. Así conviene hacerlo en la época del fortalecimiento. No sólo conviene, es indispensable”.

 

Carlos vera, esa tarde, en el café Carioca, decía la Biblia. He escuchado iguales reflexiones al polaco Petkiewitcz, al letonés Lapeinieks y a Carsteg Broderseng. Lidman, el vallista sueco, veterano experimentado, con estudios especiales de la técnica atlética y educación física,  le dijo a Vera:

 

– Usted tiene dieciocho años; no es tiempo de saber la prueba que la conviene. Es inaceptable que a esta edad se hable de especialización.

 

Su cuna atlética fue la Universidad Católica. Vino hace tres años justos, para estudiar arquitectura, y desde el primer día anduvo detrás de los que hacían deporte. Venía para ser arquitecto, pero también para ser campeón. En Iquique no pudo competir porque era muy niño, y en Coquimbo porque no había pista. En dos torneos que se hicieron en la cancha de fútbol, ganó los cien metros y el salto largo. Cuenta que en toda la provincia de Coquimbo sólo existía una pista atlética, en La Serena, y que la destruyeron para levantar un parque.

 

El cabro nortino se hizo popular de entrada en la UC. Se puso pantalón corto y sorprendió, porque nadie pensaba que en sus piernas delgadas, en su físico enjuto, había tanta potencia. Delgado, pero fuerte, se doblaba como un bambú. Elástico, con fibra y con chispa. En el primer torneo de novatos, interfacultades, ganó el triple, el alto, el largo y la garrocha, e integrante de la posta sueca, se largó sobre 400 metros. Una semana después lo presentaron en el campeonato de novicios de la Asociación Santiago. Estaban contentísimos los dirigentes. ¡El pedacito de crack que traían! Ganó los cuatro saltos: 1 metro 705, en alto; 6metros 28, en largo; 12 metros 58, en triple, y 3 metros, en garrocha. Fué el debut oficial de Carlos Sergio Vera Guardia. Tenía 16 años.

 

– Todo el resto de la temporada del 45 y parte de la del 46 hice el loco: participaba en cuanto torneo o prueba me permitían; sin hacer nada valedero. Pero vino la selección para el Sudamericano, que se hizo en Santiago, y me propuse ganarme un puesto. Ser seleccionado de Chile, vestir el uniforma internacional. Me clasifiqué prmero en el salto alto, en empate con Tabora; pasamos 1 metro 80, mientras Altamirano y Jadresic se quedaron en 1.75. Hubo después otra selección para darle opción a los cracks. Primero Altamirano, con 1.88, y segundo entré yo con 1.82; tercero Tabora y cuarto Jadresic. Fué esa seleción hecha en el Estadio Militar. Me seleccionaron, pero Jadresic, que era mejor me tiró a la reserva.

 

Salió con su gusto de vestir el uniforme del atletismo chileno. De todo ese grupo numeroso de participantes, que presentó Chile en la justa sudamericana, aquella tan brillante de 1946, dos actuaron sólo en el desfile: Carlos Vera y Sergio Guzmán, reservas  que no intervinieron. ¡Pero qué bien les hizo ese clima de campeonato! Al año siguiente, ambos se destaparon en forma espectacular: el 47,en Río, Guzmán fue campeón de los 400 vallas, y Vera, vicecampeón del triple. En la pista del Fluminense pegó ese brinco de quince metros tres centímetros, que no había cumplido nunca un atleta chileno, como que el record vigente, por muchos años, alcanzaba sólo a 14 metros 64.

 

Vera, con esa marca de 15 metros 03, figura entre los más capacitados saltadores de triple de América, y en un reciente ranking mundial fué clasificado en el 8º puesto. A juicio de muchos entendidos, es quien tiene más opción de ganar puntos en una justa olímpica. Sus quince metros se la dan. En el Sudamericano de Río, en el salto largo, quedó eliminado porque realizó sus tres saltos nulos, En los  tres pasó los siete metros, pero no fué de nervios. De ninguna manera. Eran sus ansias incontenidas de hacer más de lo que podía. Le faltó freno. Es un atleta en plena proyección. Si sólo tiene19 años. Y en cada temporada ha registrado progresos evidentes. Ya saben lo que hizo el 45, en su debut de novicios. Se ganó los cuatro saltos. Al año siguiente pegó un estirón notable. No hay más que comparar sus guarismos: 1 metro 80, en alto; 13 metros 86, en triple; 6 metros 67, en largo, y 3 metros 34, en garrocha; los cumplió todos en un día, en un torneo de todo competidor de la Santiago, en la pista del Stade Français. El 47 sacó sus 15 metros 03, en el Sudamericano de Río. Lógico es esperar que no se rompa su línea ascendente. A ver qué hace en el 48. Puede que en la pista de Wimbley haga algo grande. Puede ser su destino. Una vidente o una cartomántica se lo podría predecir, en cuanto él descubriera la fecha de su nacimiento…

 

Agosto de 1928. Mes olímpico de un año olímpico. Nació en la facha en que Manuel Plaza conquistaba un laurel olímpico en Amsterdam.

 

– Cosa curiosa, me gustan todos los saltos, menos el triple. Y es el que tengo que hacer –declara Vera-. Para llevarme a Río me dieron esa prueba porque no había quien saltara. Ahora, para ir a la olimpíada no puedo hacer mas que ese salto, que es de mejor opción. Pero el triple no me gusta. Resiente los tobillos y en cada brinco se me remueve hasta el alma. Es una prueba dura. Yo prefiero la garrocha y el largo. Esas serán mis pruebas favoritas en esta temporada. Más adelante, cuando tenga más años y más fortaleza física, me tiraré con el decatlón. También me gusta

 

“¡A Londres voy a tener que ir, aunque tenga que afeitarme!”

 

Es risueño, despierto, alegre y optimista este atleta barbudo. Ya es un personaje popular en el mundo atlético, no sólo en Chile, sino también en Río de Janeiro, de Sao Paulo y de Buenos Aires. Con su patilla larga de pastor o de hombre Cavernario. Es pintoresco y una figura graciosa en la pista. Verlo de pantalón corto brincando; el contraste es vivo; con una barba que siempre señala respeto, gravedad, circunspección. Carlos Vera la lleva como un chiste. De ahí que permanezca inalterable a todas las bromas que debe recibir diariamente. Calculen lo que le harán entre la muchachada universitaria. Pero él no se afecta. Para eso la lleva. ¡Hola, chivo!, le gritan algunos. En Río., los brasileños le decían “barbadito”. Y son muchas las chicas que no han reprimido su deseo de acariciársela. A los diecisiete años, cuando se le hizo más visible, le colgaron el apodo de “cantinflas”, porque indudablemente tenía cierta semejanza con el bufo mexicano. Se ha hecho mucha historia con la patilla del joven atleta. Circulan muchas versiones. El sólo sonríe.

 

– No. la verdad es que no tiene otra razón que la de sólo gustarme. No es que le tenga horror a las navajas, porque nunca las he usado. No es tampoco   que sea una manda, como se ha dicho. Nada de eso . Me gusta así, solamente.

 

Le hicieron una broma pesada. Fué la primera vez que salió al extranjero, en octubre del 46, con el equipo de la Universidad Católica, para competir con el Atenas, en Montevideo. Entre todos lo inmovilizaron y le cortaron su barba querida. Le pasó lo que a Sansón con la poda, se sintió menos fuerte y su actuación en la cancha uruguaya fué inferior a la esperada. Sin  barba se sintió débil y desnudo. Nunca más volvieron a atentar contra el ornamento de Barbadito… Esa vez se puso triste, pero los muchachos, para alegrarlo, entonaron el himno del club. Y en el tren, por la pampa Argentina, porque el hecho ocurrió a poco de dejar atrás las fronteras  chilenas, se oyeron las voces de la embajada vocinglera de la UC, que retumbaban por los vagones. Entre las voces, las de Carlos Vera fué remarcando la transición de la pena a la alegría, subiendo el diapasón a medida que cantaba las estrofas:

 

¡Universidad Católica!

Juntos vibremos con ardor,

Y llevando en el alma

Un deseo de triunfar.

Por la Patria, Dios y

la Universidad.

 

 

Tomado de la Revista Estadio

12 de Junio de 1948, Santiago, Chile.