Memoria Nortina

Ariel Standen Lewis

 1929.

 

 

Una Final para llorar.

 

Nació para triunfar en el atletismo. Se le ve por las calle de Iquique con su sonrisa a cuesta. Nació el 12 de septiembre de 1929. Pero sólo llegó a Iquique cuando tenía 14 años. Toda las mañanas entrena en Cavancha. Aparte de atleta también jugó baby-fútbol por el Deportivo Segurito. Corrió por la Academia de Educación Física. Junto a Jorge González es uno de los grandes del atletismo chileno. Ariel Standen, fue seleccionado chileno desde los años 1954 al 1962. Fue vice-campeón sudamericano. Su especialidad es el salto triple.

 

Cuenta que en La Serena, cuando aún era un niño, delgado habrá de haber sido, su profesor Bernardo Gutiérrez, utilizaba la jornada de la tarde para llevar de paseo a sus alumnos. Les decía: “Niños, a la tarde iremos de paseo. No olviden el pan y la fruta”. Luego, mirando a Ariel le decía” “Y tu gringo, lleva un cordelito, porque a ti hay que llevarte amarrado”. Todo ello porque de chico, le gustaba saltar y correr. El dice, exagerando un poco, que primero aprendió a correr, luego a caminar.  A los 14 años llegó a Iquique, al English College, por supuesto. Allí lo motivó y lo encauzó en esto del atletismo, ese otro grande llamado José Scarzolo. También jugó fútbol por Cala-Cala y fue seleccionado por Nebraska el año 1954.

 

Otro que compartió glorias con don Ariel, fue Julio “Chino” León, que actualmente vive en los Estados Unidos. Dicen que es Rector de una Universidad del país del Norte. Toda una hazaña sin duda. Fue profesor normalista, después estudió Economía en la Universidad Técnica del Estado. Era, cuando joven, flaco y largo. Familiarizó con la Academia de Educación Física, pero allí nadie lo tomaba en cuenta. Un día apareció corriendo y ganando por el  Olimpo. Aún se lamentan los Alas Negras. La especialidad de Julio León eran los 400, 800 y 1500 metros. Fue seleccionado chileno, juvenil y adulto. Junto a Ariel Standen estuvieron en Los Angeles, California, Estados Unidos, la revista Estadio hizo la siguiente crónica.

 

“Julio León y Ariel Standen no son astros, aunque están en la primera plana de nuestro deporte atlético y han registrado clasificaciones honrosas en justas internacionales de esta parte del continente. Para ellos, ambos iquiqueños, la gran ocasión estaba en estos Juegos Olímpicos de las Américas; porque pretender a otros mayores es entrar en el plano de lo prohibitivo.

 

… Alegres, eufóricos se le vio antes de la partida, con los pasajes en los bolsillos: ¡ A Norteamérica , nación grande y poderosa ! ¡ A una Olimpiada ! A alternar con astros mundiales y a ser uno más en el desfile de 24 países y en un certamen maravilloso en todos su detalles. Les pareció lento el avión que los llevaba a Chicago.

 

… Sucedieron hechos que no se podrían concebir ni en el más modesto de nuestro certamenes atléticos, por un desconocimiento de las personas encargadas del control, de la medición y de la secuencia de un torneo.

 

Dice Standen: “Había dos astros mundiales en la cancha. Dos que yo no conocía  a través de las referencias y las fotografías. Quería verlos actuar en sus lanzamientos, en su técnica y en sus esfuerzos asombrosos, y no pude verlos porque había tal cantidad de gente alrededor de los fosos:  fotógrafos, jueces y mirones, que sólo por encima de las cabezas divisaba un brazo que lanzaba o un atleta que hacía un giro, pero sin poder identificarlo. No supe quién era O’Brien mientras lanzaba la bala y tampoco pude apreciar a Connolly en el martillo”.

 

Luego agregan León y Standen: “La falta de público le restó toda magnificiencia a la justa. En las mejores reuniones la concurrencia no subía de diez mil espectadores, que en un estadio inmenso parecían náufragos o seres perdidos en un desierto de cemento. Apretaba el alma verlos cuando se había pensado en 40 o 60 mil personas. Poníamos nuestros pensamientos en Chile, calculando que para ese mismo torneo el Estadio Nacional de Santiago se habría hecho estrecho. La desolación y frialdad afectaban al ánimo de los competidores y la desorganización y detalles hicieron de una justa olímpica una ” pichanga “.

 

Con respecto a las actuaciones, Julio León dice: “En mi serie de 800 competían seis y se clasificaban cinco; traté entonces de ganar a uno para quedar, y lo conseguí eliminando a un mexicano. No hubo tiempo cronometrado y se calculó en 1.55 mi carrera. En la semifinal piqué en punta para no quedar atrás, y todos me dejaron, y así me ví de puntero ocasional e involuntario durante los primeros 400 metros; inmediatamente me pasaron todos y en balde quise seguirlos; las piernas no me respondieron, y no estaba agotado. Mi esfuerzo al puntear no había sido mucho, pues pasé en 54 segundos, que es la marca acostumbrada en todos mis 800 de Chile. En la recta final logré levantar un poco y pasar al mexicano Luna, pero quedé eliminado: tiempo, 1.54 y fracción. La experiencia es que no se puede competir con posibilidades en torneos de esta envergadura sin estar en gran forma. Yo partí de Chile con 1.55  debí estar con 1.51. De todas maneras, allá no debí demorar más de 1.53 ; estaba entrenando, pero las piernas dijeron otra cosa”.

 

Habla Ariel Standen:  “Yo estaba adiestrado como para repetir mis mejores saltos, sobre 14,60, o mejorarlos”. Standen es un hombre experimentado con sus años, y sostiene que los mejores rendimientos los consigue en los campeonatos; es cuando saca más chispa y decisión; pero en Chicago no pudo. “Me sentía – dice – como si me hubieran estrujado. Sin ánimo, y saltaba como un autómata. Pese a que me daba ánimos y me auto-reconfortaba en un afán de responder a mi designación. Registrar una marca digna de lo que puedo. Fue inútil: logré 14.44 y quedé octavo entre quince. No fue del todo mal, ya que me clasifiqué como el mejor sudamericano,  luego de Adhemar que es de otra serie, y detrás de mi quedaron mexicanos, puertorriqueños, jamaiquinos y el peruano Betallaluz, que en la selección de su país había ganado con 14.86 y en Chicago no logró llegar a los 14.

 

Standen dice que llevaba la intención de que este Panamericano “fuese mi torneo de despedida  después de 12 años de actividad, pero la marca mediocre que allá cumplí me ha herido mi amor propio y seguiré entrenando para hacer una que me deje satisfecho y entonces poder decir adiós al foso”.

 

El sueño de su vida es que en Iquique se inaugure el Museo del Deporte. Y el sueño se le cumplió.