Memoria Nortina

Andrés Sabella



  • A 10 años de la partida de Andrés Sabella
    (Sergio González Miranda)

    Dónde están mis hermanos?, preguntó Andrés al llegar al Aeropuerto de Iquique. Había dispuesto para nosotros los iquiqueños tres días y un mensaje.
    Comenzó a esparcir su mensaje fecundo en nuestra Universidad el viernes al mediodía. Habló a los universitarios recordando una de las páginas más hermosas del movimiento estudiantil chileno de los años veinte, especialmente el rol que le cupo a los jóvenes de entonces para defender la PAZ frente a los fanáticos de la violencia, que previo a plebiscito de Tacna querían llevar a Chile a otra guerra. . Centró su homenaje en la figura del poeta anarquista José Domingo Gómez Rojas, quien a los 23 años muere en un manicomio después de haber sido encarcelado acusado de peruanista. Recitó un hermoso poema de ese gran poeta mártir, cuya plazuela que lo inmortaliza frente a la Escuela de Derecho se levantó gracias al esfuerzo de Andrés.
    Les recordó a los jóvenes que el héroe de Iquique, cuyo nombre engrandece a nuestra Universidad, fue abogado, intelectual soñador y hombre de paz. Señaló Andrés en su discurso que Prat preguntó, previo al combate, si sus hombres habían almorzado. Este marino noble tenía conciencia que sólo un pueblo que ha comido puede lograr grandes victorias. Es por ello, que los universitarios no deben olvidar la palabra PAN, y no deben olvidar al pobre, para quien se deben.
    Habló también de Gabriela, señalando a los grandes poetas de la generación del treinta. Ella, le entregó un mensaje a nuestro Andrés, le dijo que se recibiera de abogado para que defendiera a los pobres, promesa que no cumplió pero que compensó con creces entregando su palabra y su vida al servicio de estos y de todos. Andrés repitió el consejo de Gabriela a los universitarios. recalcándoles que estudiaran y se recibieran.
    De Gabriela nos contó más en la noche del viernes, en el discurso más notable que le hemos escuchado en Iquique. Recordó "La Palabra maldita" de la insigne poetisa, esa palabra es PAZ. Esa palabra que tanto molesta, esa palabra que Jesucristo utilizó "Mi paz os dejo, mi paz os doy", pero que no está de moda y es reemplazada por la guerra. Esa palabra que Andrés conjuga y rima con PAN.
    PAZ y PAN, dos vocablos malditos, pues no tienen cabida en un mundo lleno de odios y mezquindades. Sin embargo, Andrés se atreve a nombrarlos, a rimarlos, a sembrar con ellos en el desierto usando por arado su rojo corazón generoso. Quiso dejar en cada compañero una pincelada de sus líneas infinitas de hombre universal., recordando dos vocablos universales PAZ y PAN.
    Al lado de Gabriela, a quien venía a rendirle homenaje por el centenario de su natalicio, Andrés pone a Pablo, a su amigo, al poeta que admira como a ninguno. Andrés hace un juego donde ambos son un soneto llamado poesía. Para nosotros él es la trilogía junto a Pablo y Gabriela.
    Esa noche Andrés fue por sobre todo POETA.
    También se meció en sueños oceánicos esa noche. Andrés puso rumbo su nave a piratescas aventuras con sus hermanos de la Costa. Allí conjugó el tercer vocablo que nos traía MAR. El era un gentil hombre de mar. En los anchos horizontes del mar, como su pensamiento, Andrés encontraba inspiración y encontraba la calidez de la hermandad, por eso la buscaba y compartía aunque ello le llevara la vida, como una última aventura, su última anécdota que no podrá contar.
    El día en que nos dejó para siempre debía hablarles a los jóvenes. Posiblemente conjugaría otro vocablo, ESPERANZA quizás?. Había pedido un regalo para el 13 de diciembre, su cumpleaños, no dijo qué, sólo señaló que se lo dieran al día siguiente.
    Había venido al lanzamiento de un libro que prologó con gran entusiasmo y centellantes palabras, veía en él la fuerza de la historia nuestra y la identidad del norte, quería regalarnos el sueño que puso en HACIA, el rescate y la creación de la cultura nuestra (Tierra, Hombre y Poesía). Consiguió salitre antofagastino para mezclarlo con el salitre iquiqueño, como el título del libro, pero Andrés además traía un vocablo más para esa ocasión: NORTINIDAD. Concepto que reune nuestra identidad, nuestra historia y nuestro patrimonio, tres factores que Andrés encontraba que en Iquique se observaron con claridad y orgullo, por eso le gustaba nuestro suelo.
    Andrés tuvo por norte al norte, al NORTE GRANDE, como el título de su novela. El es el más sublime cantor de la NORTINIDAD que forjaron pirquineros, pescadores, calicheros, soldados, obreros, etc., todos nosotros.
    A pesar de todo su quehacer, no dejó de nombrar una y otra vez, por una razón u otra, a su compañera , a Elba, su cariño era inmenso. Ella con paciencia de santa le escucharía una vez más sus anécdotas para grabarlas y hacer el libro más entretenido que jamás se escribió. Ella le instaba, decía, para hacer su próximo libro: el relato de la casa de su niñez, donde cada pieza sería un capítulo, donde cada personaje una época. Ambos libros serían su biografía.
    Le esperaba en Antofagasta una LUNA REDONDA (su libro póstumo) y una mujer abnegada...
    Ahora te preguntamos: Donde estás Andrés?
    Haciendo piruetas sobre olas llevado por el viento norte en un caballito de mar?
    Miranda con tus ojos oceánicos desde las estrellas?
    Contando tus interminables anécdotas de inmortales tiempo en un larga tertulia con Dios?
    PAZ, PAN, MAR, NORTINIDAD, ESPERANZA.. un mensaje de sueños realizables en el corazón más ancho del norte grande. Ese corazón que de tanto dar, cansado, dejó de latir para que nosotros continuáramos la tarea de esparcir la semilla de la PAZ, la lucha del PAN, la aventura del MAR, la búsqueda de la NORTINIDAD, y el encuentro con la ESPERANZA.
    El hecho que Andrés se despidiera para siempre del Norte Grande en Iquique lo hizo universal, universal para los nortinos. El creador del concepto Norte Grande -en su novela homónima- no podía ser sólo antofagastino, debía despedirse en el otro gran puerto salitrero.
    La noche antes de su muerte, recorrió la Plaza Prat, miranda las estrellas que ya le esperaban desde hacía un tiempo. Viajó a la cuadra de los hermanos de la costa, se fue mirando la hilera de autos que entonces se estacionaban camino al sur para coloquios nocturnos de parejas de enamorados, propuesto Andrés balancines para que conversaran miranda el mar. Se despidió de este mundo como un corsario salido de un poema. Un extraño corsario bueno al que nadie odiaba, al que todos querían, que nunca usó su pluma como espada, solamente para luchar por la paz y la poesía, las dos palabras de su correo.


  • Andrés decía en una canción abierta
    Digo: paz
    Dilo conmigo
    Sonríe la fragua
    De la labio plural;
    Se abrazan el,
    la sed y la sal.

    Digo: paz
    Dilo conmigo

    Danzan el arado
    y el martillo puro.
    Un aire sagrado
    repite el conjuro

    Digo Paz
    Dilo conmigo.

    Ojalá repitiéramos con él esa palabra todos, hoy y en Chile, especialmente cuando vemos odiosidades en sacerdotes y gestos de reconciliación en víctimas de violaciones a los derechos humanos. Quizás la peor y más sistemática violación a los derechos humanos es el hambre, la miseria, en particular la que sufren los niños pobres, y Sabella dedicó la mayor parte de su obra a ellos, fue tal vez el poeta que más le cantó a los niños.

    En Otoño nos dijo:

    ¡Si yo pudiera hacer
    con este cielo blanco,
    camisas
    para los niños pobres!

    Que no le hayan dado el premio nacional de literatura fue un olvido imperdonable más cuando durante la dictadura ilustres
    desconocidos lo alcanzaron, pero de la burocracia se puede esperar cualquier cosa. Sin embargo, nosotros no podemos permitirnos olvidar al poeta del Norte Grande, él fue y seguirá siendo un pilar de nuestra identidad.




  • A JUAN LOPEZ
    Eras hombre del mar y de las huellas,
    Juan Halcón, Juan en vértigo de tierras.
    Hablabas con los peces y las piedras,
    cateador de mares y de vetas.

    Viento arriba llegaste con tus velas,
    del mar llegaste y te ganó la arena.

    De viento y soledad fue tu vivienda,
    el sol se refugiaba en tu cabeza.

    Esta ciudad nació de tu miseria:
    ni el cobre ni el guanay dieron la hacienda.

    Sacaste del harapo la bandera;
    de ti, la luz de la aventura nueva!

    Antofagasta es sólo una herramienta:
    todavía Juan López la gobierna.
    De: Hombre de cuatro rumbos.
    Andrés Sabella.
    Antología del Norte Grande.
    Editorial Nascimiento.
    Santiago 1978. pp 120.

    Poemas

    FUNDACION DE ANTOFAGASTA
    (1866)

    Entonces,
    el mar
    devoraba su ración de soledad.
    En la costa
    hablaban las arenas,
    con su lengua de tiempo.

    Se escuchaba el jadeo del sol
    fatigado por los días.

    Dulcemente,
    la tierra le creaba un nido
    en medio de sus llagas.

    Todavía el hombre no inventaba las huellas
    donde llora la sed,
    todavía la piedra crecía desde el tiempo.

    La sombra de las nubes adelgazaba al cielo.

    Reían las aguas.

    Juan López -el Chango- (8)
    mojó su corazón en estas olas
    que el viento deshoja.

    Desolados,
    los terrales corrían por su frente.

    Las gaviotas comenzaron a besarle.

    Armó una carpa
    en cuya puerta se detuvo el sol.

    Llegaba a disputar al cobre sus enigmas,
    a sembrar calles
    y acomodar la tarde a sus ventanas.

    Aquí, la primera esquina
    dialogaría con la luna
    y la primera parturienta
    sería el primer jardín de la caleta.

    Aquí, los niños
    equivocarían el patio de sus casas,
    jugando a los pies del horizonte.

    Un ancla saltaría a las estrellas,
    los vapores descargarían la distancia en esta rada,
    le traerían hombres con el azar entre los dientes.

    Aquí, pianos y locomotoras
    cruzarían la noche con sus cantos,
    la muerte y la cuchilla danzarían abrazadas.

    Aquí,
    los cerros
    y las algas
    formarían su familia.

    Juan López toco la tierra victoriosa de sal.
    Le llamaron las vetas.

    Juan López
    levanto sus brazos:
    ¡una pala y un remo!

    De Hombre de cuatro rumbos.
    Andrés Sabella.
    Antología del Norte Grande.
    Editorial Nascimiento.
    Santiago 1978. pp 69.



    Poemas

    EL NORTE DE CHILE
    Aquí la tierra vive dentro de su propia sombra,
    vive en equilibrio de inmensidad,
    mirándose en larguísima vigilia.

    Es la tierra donde la piedra habla a las piedras,
    donde un coro de piedras
    va de sí hasta lo infinito.

    Despertando la desolación de las arenas,
    rozando el hombro de los quiscos,
    el viento vuela con el cielo a su espalda.

    El viento pampino,
    correo de los mineros
    que gritan su esperanza al oído del azar.

    ¡Patria salitral, patria del cobre anegado en su misma sangre!

    No busques un rostro para colocarlo a la estatua rota de los tiempos:
    ¡allí lo tienes!

    Furiosamente, el sol toca sus labios. La distancia es su cabello.

    Un día, la sed soñó un juguete: nació el espejismo.

    Otro, un cateador acarició la altura: nacieron los pimientos...
    Los "rotos" lo fundaron en sudores,
    caminando su misterio.
    De Hombre de cuatro rumbos.
    Andrés Sabella.
    Antología del Norte Grande.
    Editorial Nascimiento.
    Santiago 1978. pp 119.
    Poemas

    EL OJO SE LLENA DE HORIZONTE
    Pampa abierta ... No es posible que nada se esconda a los ojos de la
    muerte. Por los suelos se ven los rastros del más duro tiempo. Y el
    firmamento, el sol se descompone en una furiosa carcajada llena de fuego.

    La piedras esfuerzan sus bocas para gritarse, inútilmente, las consignas de Color
    la soledad, Las piedras evocan los cráneos malditos de una Color Col raza qué quién
    sabe en que sima de la desgracia encontró su adiós..!Cuando el viento se
    dispone a soplar sus flautas, las pobres piedras alzan , un poco, sus
    torpes orejas y dirérase que intentan moverse, en un bailes grotesco y
    enternecedor.

    Yo ignoro si el diablo tiene pañuelo. Un pañuelo grandote y fiero para
    secarse la frente, una vez queha colmado el negro hoyo de su heredad, con
    las almas de los condenados. Si lo tiene, es la pampa.

    Las nubes se deslizan , lejanas, con timidez. El cielo se abre en una bella
    sonrisa azul-perdida. es un cielo barnizado, como un espejo imperial. Los
    niños creen, que con los años, serán capaces de tocarlo con las puntas de
    sus dedos, endurecidos por el sol y la tragedia. Creen... un día , sin
    explicarse cómo, principian a curvarse a la tierra y en sus espaldas el sol
    patea, como un caballo habituado a comer furias...

    El cielo de la pampa es la tapa amorosa de una charca que conviene no
    mostrar demasiado... Es la única pureza que flota allá. por las noches, las
    estrellas se hinchan de luz y se quedan bajitas, como paya cuchichearles a
    los hombres los misterios os acontecimientos de su patria. las estrellas
    parecen puntos de tiza azul que un niño se entretuvo en rayar desde el
    techo de su casa.

    Fulgen ahí: ¡a un metro! Y llega la luna, con su panza de dulce preñada. Y
    es una luna como la "o" de la palabra gloria. Rueda, silenciosamente. Los
    soñadores quisieran hacerla caer, mediante una trampa de ensueño... mas, la
    luna pasa. Y sus ojos apenas si se detienen, brevemente, en las calicheras
    abandonadas; apenas si advierten que , en las huellas, los hombres han ido
    dejando el polvillo de oro que escapa del corazón, cuando no resta otra
    fuerza que la de la esperanza.

    La tierra es seca. Un gris de olvido se escapa de las grietas. Y el
    desierto se queda plano , liso, macabro, igual que la mesa donde se juega,
    en un azar diabólico, el destino de un hombre...
    Piedras: semillas de horror. Piedras para que la muerte marque su camino.
    Piedras que la sangre pinta, como terribles manzanas de una Hespérides
    muerta.

    Y no hay más: los pájaros no podrían levantar sus casitas de cancioneros;
    contra los pájaros irrumpe la atmósfera quemante y desgarradora.¿cómo
    vivirían las alas, sin la caricia del agua; cómo saldría el trino, si el
    horizonte es un guiñapo de maldiciones...? El árbol fue devorado por el
    genio subterráneo que, allí, gruñe. cuidando el caliche, como una leche
    maravillosa. El árbol es un país que limita con el cielo. Y en la pampa,
    los límites se han equivocado, se han confundido en una recta de espanto!.

    Pampa abierta...

    El viento se agacha y coge a puñados de tierra. La tierra salta en un loco
    salto sin gracia. El viento se echa a galopar y silva para congregar a
    todos sus hijos en tal cómoda pista. Y los hijos del viento acuden, desde
    sus escondites, brincando gozosos. Y en el desierto no sucede, entonces
    sino un delirio de cuerpos que danzan.

    Juan Zuleta ha gritado : ¡Salitre!

    En 1857, los hermanos Domingo y Máximo Latrille pasaron por el sitio donde
    ahora se agrupaban, en la noche, tres hombres jóvenes y animosos. Los
    Latrille no detuvieron su fiebre en estas soledades, y el caliche
    permaneció intacto con sus perspectivas fabulosas. Entre la sombra azulosa
    de la pampa, con sus cabalgaduras y sus cargas, descansan Alfredo Ossa,
    Juan Zuleta y Martín Rojas. El aliento de agosto les quema la cara. Y
    tirita en el tiempo el año de 1866. Los hombres respiran fatigados y parece
    que del suelo asciende una neblina de angustia que opaca el corazón.

    La pampa estira su longitud de mesa macabra. En otro sitio, reposa otra
    caravana bajo la noche que se inclina a causa de tanta estrella . Allí,
    manda la voz de un hombre que reúne todas las virtudes viriles del
    desierto; es llanto y duro, de los hombres que se ven hasta más allá del
    corazón, tan sólo contemplarlos un minuto. Frisa los 40 años. y su barba se
    ha ennegrecido al sol; en esos pelos anda toda la historia de esta tierra
    que va a sacar sus lamentos por la boca del mar. Es José Santos Ossa.

    Realiza una tentativa más para coger por las astas al toro de la fortuna:
    ¡ya suman cinco los fracasos! A su lado, Hermenegildo Coca coquea callado.
    es una estatua que sobre coge: las pupilas pequeñas se le han vuelto apenas
    dos lunas negrísimas, que no llevan esperanza de gotear la felicidad en
    parte alguna...

    El mar salta , furiosamente. Es un esclavo condenado a desear el impulso que le permita tocar la barriga de aquel otro océano que emprende tan quieto y tan límpido, con peces blancos, lentos y peregrinos...

    En este campamento palpitan los aperitivos sin felicidad de Juan
    Villarroel; Villarroel pateó mujerzuelas en California y mordió
    ansiosamente, las pepitas de oro de sus amigos afortunados; hoy se apresta
    a encontrar la plata que don José Santos anda buscando. Lucen la pericia
    del arriero José Poblete y los brazos tatuados de Pedro Brechart y Carlos
    Nepont, quienes variaron la sorpresa del mar por la pampa.

    "El Rubio", tendido cerca de la cocina improvisada, canturrea a media voz;
    las mulas duermen su sueño cansado, que llenarán imágenes tormentosas:
    caminos imposibles y suelos erizados de piedras filudas... Don José Santos
    se acerca a Hermenegildo:

    -Dime, Coca, ¿crees que tendremos suerte, esta vez?

    El indio se mira las sandalias de piel de guanaco y alza la voz:

    -Todo puede ser, don José... ¡ La estrella que yo quiero está muy linda...!

    No habla más. Desde 1863, acompaña a don José santos en la búsqueda de unos
    "rodados" de Plata que deben quedar próximos a Mejillones que guardan los
    dientes de mar. La desgracia se encariño con las cas de los Ossa; don José
    ha sido varón de una sólo pieza. Pero, la suerte, es hembra, y hembra que
    gusta acostarse, de repente, con quién menos se espera; es hembra
    alimentada con el cuerpo magnífico de los reyes y las reinas del naipe...

    En Cobija, él era una monarca: de su hogar, el piano y las sedas fueron las
    primeras galas de sus noches con lámparas entontecidas de silencio. Y en
    Cobija, el fuego no quiso excluirse de la avalancha de infortunios que
    azotaba y se metió en sus casa, tragando el lujo y los ahorros. Son tres
    años de boca amarga.

    -Hermenegildo, es necesario que encontremos la plata: ¡estoy hecho pedazos...!

    Coca mueve la cabeza enigmáticamente:

    -Don José, algo me golpea en el corazón... esperemos...

    Parco el indio, puebla la ansiedad de sus patrón , con enormes
    interrogantes. La fortuna ha sido extraña con este varón que no se amilana.

    Nació en Freirina, bajo una sombra de cateos y de sueños. En su cuna, el
    balance amoroso, se lo dió la leyenda y toda su niñez fue una humareda de
    ambiciones. Sus antepasados eran mineros curtidos, gentes que no
    retrocedían ante ninguna distancia y que parecían concentrar en sus piernas
    el envión misterioso de las raíces. Cuando el bozo cosquilleó en su cara,
    el joven José santos pronunció una frase que, aparentemente, carecía de
    lógica; pero, que sería su profesión fundamental:

    -¡La pampa cabe entera en mi mano!

    Lejos de su padre, Alfredo Ossa medita, cara a las estrellas. En su destino
    se han metido leyes de acaso y de puede ser, y es el heredero de una
    tradición de años cubiertos en el desampara. Martín Rojas ronca. Y Juan
    Zuleta piensa quizás en que absurdos. La pampa se encarga de sacar al
    hombre de las máscaras.

    Estos tres héroes del trabajo vagan tras de un camino que les permita
    sobreponerse a las desesperación de la sed. Ellos conocen cómo arde la
    garganta cuando la sed decide tomar parte de las caravanas. Nadie quiere.

    Ninguna boca invita. Y, de golpe, en el anca de las cabalgaduras, aparece
    con invisible látigo de llamas. Entonces, los animales hinchan sus ojos,
    de locura. Y los hombres comienzan a saborear las primeras frutas de la
    muerte; las frutas secas de la muerte que crujen entre los dientes, más
    blancos por el resplandor de la eternidad.

    Juan Zuleta retorna de su abstracción. Le resta un cigarro. El suelo albea,
    como el cráneo infinito de la mala suerte. Mira su último cigarro. No es
    hombre de imaginación, a pesar de que el desierto agudiza la mirada, la
    hermana al más remoto horizonte. Si la poseyera, juraría por los cien
    mineros condenados que bailan cueca con las cien queridas del diablo, por
    no poderlo estirar hasta los cielos!

    El cigarrito del minero es una estrella consoladora. Minero sin cigarro no
    sabe acariciar la fortuna: el cigarrillo le sensibiliza los dedos. Juan
    Zuleta lo mira y remira; es el último, y el tabaco emborracha a los
    hastíos... Los labios se alargan en un beso goloso. Se ha sentado en una
    piedra y en sus manos juguetean con las escamas blancuzcas que le sonríen
    desde abajo de su zapato. En Tarapacá esta blancura es una parte de la
    felicidad. con estas "costras" se podría construir, hoja por hoja, el Arbol
    de las Sonrisas. Zuleta no se resiste: se dará el gusto, a riesgo de
    suspirar por el vicio el resto de la jornada.

    Alfredo yace con los ojos repletos de inmensidad. Son dos ojos soñadores.
    Los hijos de mineros nacen con una vaguedad deliciosa en la mirada: la
    ilusión de los caminos se torna dulzura en estas pupilas. La noche bajó,
    silenciosa, hasta el fondo de ellos. Martín duerme a pierna suelta. Juan no
    duda.

    -¡Me lo fumo!

    Se agacha y recoge un pedacito de esa cosa blanca que le tienta en el
    suelo. Los "barreteros", en Tarapacá, acostumbran a colocar en la mecha un
    poquito de caliche: eso que pisa no es caliche, pero el desea imitarles.

    Enciende la mecha, espolvoreada por aquello que no sospecha lo que sea y le
    llama. Y resulta que la mecha crepita y no sabe de que parte de su cuerpo
    le sale este grito tremendo:

    -¡Salitre!

    Alfredo salta sorprendido. Martín Rojas despierta. Juan Zuleta ha
    descubierto en la región de Antofagasta la más formidable vena de fortunas.
    camino trémulo. El rostro de los hombres se ha transfigurado. Las manos de
    Juan Zuleta, tiritan nerviosamente. No atina a clamar sino:

    -¡Salitre!

    Repite la experiencia y la certeza le asiste. El cigarrillo ha sido
    despedazado por las manos febriles. Martín Rojas comienza a saltar, como un
    endemoniado. Alfredo Ossa se arrodilla para besar el suelo, movido por un
    impulso misterioso. Juan Zuleta ignora que él es la llave de la época; que
    se su mano encallecida acaban de salir, galopando, el Amor y la Embriaguez,
    las Calles y los Monumentos, la Miseria y la Traición...

    ¿Cuanto tiempo dura este frenesí? Cuando pasa, Alfredo pide a Zuleta que le
    cuente el poder de esta sustancia que tanta maravilla ha despertado en su
    corazón. Zuleta se explica con los mejores adjetivos de su pobre habla.

    Sólo recuerda que en cada trozo de caliche duerme una sonrisa, se desnuda
    una mujer imposible, todas las puertas se vencen sin protesta...

    El Arbol del bien y del Mal debió levantarse sobre un corazón de Caliche.

    El salitre es como el Blanco y el Negro de la visa: vigoriza la entraña de
    la tierra empobrecida; y si es vida es, también, vértebra de muerte; Jano ,
    mirando hacia la Salud y el Veneno...

    Juan Zuleta se revuelca a lo largo de la tierra sorprendida. Cuando pisa el
    alba los últimos escalones del espacio, se pone en marcha la caravana: han
    trabajado sin descanso, excavando el suelo para llevar a don José Santos la
    sorpresa de este hallazgo.

    Exactamente, cuando Zuleta gritó: ¡Salitre!, Ossa el viejo , preguntó, por
    quinta o sexta vez, a Hermenegildo Coca:

    -¿Qué te dicen tus amigos del otro lado, indio querido?

    Y el indio, sin responder nada, sonrió como no había sonreído jamás. Don
    José Santos sospechó que en el mundo brotaba un surco inmortal para su
    sangre. Y se tendió a esperar el primer beso verdadero del sol.


    Poemas

    LA PAMPA
    Como si, allí, hubiese sufrido el mundo una horrible quemadura de
    maldiciones, se muestra la pampa. Es el énfasis de la soledad esta tierra,
    donde las piedras parecen un llanto seco y detenido. Sólo un personaje
    puede medirla, enteramente, sin que sus ojos se vuelvan dos cuencas de
    espanto: el sol.

    Un árbol o un pájaro en la pampa, quizás si atrajesen el cielo a sus
    huellas devorantes, como un traje delicado a una piel demasiado violenta y
    lastimada. Yo he visto temblar el horizonte de la pampa, como el límite
    mismo de la vida.
    De Hombre de cuatro rumbos.
    Andrés Sabella.
    Antología del Norte Grande.
    Editorial Nascimiento.
    Santiago 1978. pp 39.
    Poemas

    LA PORTADA
    ¡Oh, misteriosa llaga del azar,
    donde la luz dialoga con el viento;
    arco de soledad cuyo lamento
    empalidece la razón del mar!

    Ojo del Tiempo, duro colmenar,
    flor de enigmas labrada en sufrimiento;
    las mareas te nombrar monumento: Color
    el sol en tu vacío va a llorar.

    De turbio acantilado te contemplo,
    ave sonámbula, boca de templo,
    garra volcada sobre las gaviotas.

    Si he de morir en tu heredad,
    yo quiero tu sombra de fantástico velero
    para mortaja de mis cales rotas!
    De Hombre de cuatro rumbos.
    Andrés Sabella.
    Antología del Norte Grande.
    Editorial Nascimiento.
    Santiago 1978. pp 63.